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Situación del ejército liberal
Al abandonar Serrano el frente y unir los cuerpos de ejército, fue necesario fundir los dos cuarteles generales, reorganizándose los casi 50.000 efectivos de la siguiente manera:
- JEM el general Miguel de la Vega Inclán.
- BRI de vanguardia al mando del brigadier Blanco (6 BILs de cazadores).
- CE-I al mando del TG Antonio López de Letona y posteriormente sustituido por José Rosell (16 BIs y 5 Bías Krupp). DI-1/I al mando de Andía y DI-2/I al mando de Catalán.
- CE-II al mariscal de campo Adolfo Morales de los Ríos (12 BIs). BRI-I/-/II de Cassola, BRI-II/-/II de Bargués y BRI-III/-/II de Zenarruza.
- CE-III al mando del TG Rafael Echagüe, conde de Sarrallo (25 BIs y 2 Bías Plasencia). DI-1/III de Pedro Beaumont, DI-2/III de Martínez Campos y DI-3/III José de los Reyes.
- DM (división mixta) de la Ribera al mando del general Tassara (2 BIs y 1.000 caballos).
El BI-VI de la Guardia Civil quedó afecto al cuartel general y la sección topográfica se asignó al coronel EM José de Castro. También contaba con ingenieros y 7 RCs.
La delicada cuestión del abastecimiento constituyó un serio impedimento para el movimiento de las fuerzas liberales, ante la falta de dinero y de suficientes acémilas, al devolver las 400 carretas adquiridas o requisadas en tierras cántabras en los meses anteriores, ante la protesta de los campesinos afectados por esa medida. Los víveres que se habían concentrado en Santander y Bilbao se enviaron a Miranda y Logroño, pero el tiempo dificultó su desembarco; todavía se encontraban en los barcos y su transporte terrestre.
Concha se propuso dirigirse primero a Logroño por Valmaseda y Medina de Pomar para trasladar la base de operaciones a la línea del Ebro, entre Miranda y Tudela, con la idea de penetrar en tierras navarras por la Ribera y alcanzar Estella, reforzando una débil columna que operaba a la izquierda del Ebro. También pensó en destruir la fábrica de cartuchos y apoderarse de los almacenes de paños de Orduña, entrando en Vitoria para animar con su presencia la causa liberal, reforzando la ciudad militarmente. La marcha de sus fuerzas por Medina de Pomar conllevaba un gran rodeo, pero quedaba compensado con el efecto que supondría su vista para consolidar el ánimo y la disciplina de sus soldados que habían combatido en Somorrostro y se encontraban todavía débiles y deprimidos por algunos frustrados avances. Por otra parte, el CE-III también necesitaba fijar su disciplina y unidad, pues Serrano había creado, en los meses anteriores, una amalgama de unidades que resultaba evidente fusionar, mientras aumentaba la confianza en sus oficiales. Pequeñas operaciones en el camino servirían para desvanecer la imagen de unas provincias donde la bandera liberal no tenía apoyo para enfrentarse a la carlista, demostrando lo contrario con el desfile de 25.000 soldados en poblaciones y zonas rurales.
A mediados de mayo comenzó la marcha de los soldados liberales, cuya vanguardia se adelantó para tomar las alturas cercanas, por si los carlistas hubiesen decidido hacerles frente en las alturas que dominaban Valmaseda, cubriendo la marcha del grueso del ejército. Pero los únicos carlistas que estaban en el pueblo se encontraban en su hospital de sangre, que el marqués del Duero visitó, recomendando a sus médicos que les asistieran sin problemas. El 14 de mayo los liberales llegaron a Medina de Pomar y se acantonaron en Villasante y pueblos anejos, a los que se les exigió raciones de pan que no presentaron a su debido tiempo, lo cual retrasó considerablemente su marcha. Con la intención de alcanzar lo antes posible Orduña por el camino más corto, se ordenó que la artillería rodada y los carros de administración fueran trasladados a Nanclares, mientras el resto de las fuerzas cruzaba el camino de herradura por el valle de Losa.
Orduña no ofreció más resistencia que el fuego de unas guerrillas de caballería que avanzaron frente al pueblo por poco tiempo, mientras el resto de tropas carlistas lo hizo hacia Amurrio. El municipio abonó una contribución igual a la que proporcionaba a los carlistas anualmente, perdiendo los depósitos de paños y de prendas de vestir. Los liberales destruyeron la fábrica de cartuchos de Artomaña, previa requisa de los cartuchos útiles, lo cual no fue impedimento para que Concha visitara el hospital de sangre de los carlistas, preguntando por su estado, permitiendo que varios de ellos, de forma voluntaria, se unieran como indultados en sus unidades. El 18 de mayo sus fuerzas abandonaron esas tierras, alcanzando Vitoria al día siguiente, tras incorporárseles la división de Catalán con la artillería a la altura de Nanclares. La acogida que les tributó la población, manifestando su apoyo, aumentó la moral de los soldados y oficiales. La guarnición de casi 2.000 soldados recibió a Concha con los honores de ordenanza, ofreciéndole la casa de la Diputación como alojamiento.
Esta ciudad vasca sufría los contratiempos de un bloqueo desde el control efectivo carlista del campo, por lo que se ordenó la distribución de varias piezas de artillería en sus defensas provisionales, proveyendo de víveres a sus combatientes. Un batallón de la división Catalán fue enviado a Armiñón para defender la comunicación con Miranda de Ebro, punto decisivo al ser organizado como depósito de municiones de boca y otro material bélico. La caballería salvaguardó el correo y las caravanas, regularizándose el servicio de diligencias y carruajes en esa provincia y zonas limítrofes. La franja más peligrosa del camino era el cruce de sierra llamado las Conchas de Arganzón, terreno donde la caballería no podía desenvolverse adecuadamente, a diferencia de los llanos. Al conocer la existencia de tres antiguas atalayas, el general en jefe ordenó que se reparasen dos de ellas, sobre todo la telegráfica, y dispuso una guarnición en cada una de las torres de treinta soldados con víveres para sostenerse dos meses. Aunque era evidente que esos soldados no podían resguardar todo el camino, valdrían como sostén a cinco batallones que, junto a varios escuadrones de caballería y algunas piezas de artillería, se dispusieron para actuar en la Rioja Alavesa ante posibles ataques carlistas.
Recordando la escasa eficacia que había tenido en otros conflictos anteriores, Concha no quiso dividir sus fuerzas en pequeñas guarniciones, típica respuesta ante la guerra de guerrillas, por lo que intentó organizar otro sistema más económico con mejores resultados, para lo cual solicitó permiso a sus superiores. Su plan partía de la rapidez de las noticias, por lo que resultaba trascendental la disposición de telégrafos ópticos en las líneas militares que cubrían desde Santander a Tudela y alcanzaban los Pirineos. Esos telégrafos debían concertarse con los eléctricos que unían los puntos más extremos, ensanchándose hacia el interior a medida que se fuera tomando por sus tropas. A ello se uniría, para su fortalecimiento, la creación de sólidas columnas dotadas de armas propias para desenvolverse en su comarca, que se emplazarían en la ribera de Navarra y la Rioja Alavesa para salvaguardar el Ebro.
Asimismo, también se colocarían en Medina de Pomar para dominar el valle de Losa; en Villasante y en Ramales para amparar las Encartaciones. Estas columnas enclaustrarían a los carlistas en su territorio y, gracias a las torres, se podrían recibir avisos inmediatos sobre sus movimientos. De esta manera, se lograría evitar cualquier tipo de expedición carlista a Castilla, de donde los carlistas habían obtenido 4.000 hombres y algunos recursos. Por otra parte, también se impediría repetir las expediciones carlistas sobre Asturias o Galicia, ahogando las iniciativas del enemigo, esperando que se rindiera ante el agotamiento de alimentos y esterilidad de movimientos. Para el establecimiento de líneas ópticas, Concha propuso que se utilizara la mitad del antiguo material de las 74 torres que habían establecido en Cataluña durante el conflicto de 1846 a 1849. Su propuesta recibió la aprobación de Madrid y el gobierno nombró, a sugerencia del general en jefe, como director general de telégrafos militares al brigadier Mathé.
Al tiempo que sus órdenes se cumplían, los liberales continuaron instruyendo tropas, distribuyendo efectivos en Vitoria, disponiéndose para alguna acción diseñada como un pequeño triunfo para elevar el ánimo de los soldados. De esta manera, Manuel Gutiérrez de la Concha comunicó a sus superiores su intención de atacar las fuerzas establecidas en Villarreal de Álava, montañas de Arlabán y faldas de Peña Gorbea, compuestas por 12 batallones carlistas al mando de Antonio Dorregaray, con Torcuato Mendiry como su JEM. Si se lograba la victoria con captura de prisioneros, sus fuerzas obtendrían información sobre la situación de las defensas que los carlistas podían haber establecido en el camino de Ochandiano, hacia Durango, y sobre toda la tipografía de la zona.
El avance comenzó el 24 de mayo, dividiéndose en tres columnas, bajo el mando de Echagüe a la derecha, Martínez Campos a la izquierda y en el centro el general Concha, el cual penetró en Villarreal, abandonado por las fuerzas legitimistas que combatieron durante todo el día en unas posiciones próximas al pueblo, más ventajosas, con una brigada de vanguardia y una pieza de artillería. La fidelidad carlista del pueblo fue sancionada con la imposición de una imposición fiscal semejante a la que abonaban a los legitimistas y con suficiente alimento mediante el cual se abasteció a las tropas ese día. Su prensa presentó la acción de Villarreal como una retirada de tropas liberales, aunque realmente fue una derrota carlista. Al día siguiente, las tres columnas volvieron a Vitoria sin tener ningún problema y, de nuevo, caminaron hacia Salvatierra el 26 de mayo, repitiéndose los mismos eventos que en el pueblo anterior sin que hubiera ningún tipo de resistencia armada por parte de los legitimistas.
Por indicación de Concha al gobierno, el general Echagüe fue encargado de la antigua capitanía general de Navarra, donde se incorporó con la misión de reorganizar la división de la Ribera, formada por 2 batallones y 1.000 caballos. Paralelamente, el general en jefe decidió permanecer unos días más en Vitoria mientras intentaba, con el respaldo de Serrano, levantar el bloqueo comercial que había provocado en las provincias castellanas un aislamiento de los mercados vascos y de sus puertos, necesarios para la exportación de sus productos, originándose un consecuente deterioro económico que había afectado a su población.
Situación del ejército carlista
El ejército carlista, que había esperado en posiciones atrincheradas el avance de los liberales hacia Durango, marchó en dirección al Ebro en el momento que vio iniciado el movimiento de los enemigos hacia Navarra. Por mucho secreto que el marqués del Duero empleó, hubo de traslucirse el principal objetivo de su operación, que era la toma de Estella, para cortar la retirada y obligar a capitular al ejército carlista. En consecuencia, el general Dorregaray destacó primero al general Mendiry con algunos batallones y con orden de ir abriendo zanjas y trincheras en los alrededores de Estella, no alejándose mucho de la población para no extender demasiado la línea de defensa, a fin de que no resultase debilitada en ninguna de las posiciones que se eligieran y tener la mayor facilidad para allegar refuerzos de un lado a otro de la expresada línea. A Mendiry siguió después el JEM, reuniéndose en las inmediaciones de Estella 9 batallones navarros, 4 alaveses, 3 vizcaínos, 4 guipuzcoanos, 4 castellanos, 2 cántabros, uno aragonés y otro asturiano, en total 28 batallones, 10 piezas de montaña, un BING y un RC.
Cuando arribó Dorregaray a Estella, se dio un gran impulso a la construcción de trincheras, que al iniciar el enemigo su ataque, se hallaba toda la línea en el mejor estado de defensa, para conseguir de este modo equilibrar la gran desproporción de fuerzas entre los ejércitos que iban a combatir, pues aun suponiendo que los batallones carlistas tuvieran unos con otros 800 hombres cada uno, sus 28 batallones alcanzaban 22.400, aproximadamente un tercio menos que el ejército liberal, aun descontando al CE-II, que no tendría parte en la batalla.

La distribución de las tropas carlistas, hecha por el general Antonio Dorregaray, era la siguiente:
- Derecha partía de Alio, siguiendo por Dicastillo, Morentín, Aberin, altos de Villatuerta, Zurucuaín, Grocin, Murugarren, Muru y las posiciones al norte de Estella, o sea Eraul y el puerto de Echávarri: Extrema derecha: BRI de Zalduendo (BI-I y BI-II y BI-VII de Navarra), BRI de Álvarez (BI-III y BI-IV de Álava) y la BRI de Yoldi (BI-I y BI-II cántabros y BI asturiano).
- Centro desde la ermita de Santa Bárbara de Villatuerta hasta Muru, BRI de Pérula (BI-IIII, BI-IV y BI-VI de Navarra), BRI de Zarategui (BI-I y BI-II de Navarra), BRI del coronel Fontecha (BI de Munguía y BI de Bilbao).
- Izquierda desde Muru a Echávarri: BRI del coronel Costa (BI-IX de Navarra, BI-II de Álava), BRI del coronel Cavero (BI-I y BI-II de Guipúzcoa) y BRI del coronel Iturbe (BI-III y BI-IV de Castilla).
El RC estaba en Allo; la batería de montaña de Navarra, mandada por Reyero, quedó a las inmediatas órdenes del general Antonio Dorregaray, situándose en Echávarri la batería de Rodríguez Vera, cuyo jefe no pudo concurrir a la batalla por hallarse curando la grave herida que recibió en Somorrostro; tanto sus piezas como las de Reyero cambiaron de situación durante la refriega, según las exigencias de la misma.
Al ver Dorregaray la marcha del enemigo y calculando los puntos que ocuparía, dispuso que la BRI de Álvarez (BI-III y BI-IV de Álava, y el BI-I de Navarra) se trasladara a Estella; mientras que se daban órdenes para que el BI-III y BI-IV de Guipúzcoa, que todavía no habían llegado, se alojasen en Azcona.
Marcha hacia Lodosa y Sesma
Al finalizar las obras de defensa de Bilbao, en su mayor parte estaban concluidas, así como las de las torres del paso de las Conchas. El marqués del Duero decidió encaminarse hacia Logroño el 1 de junio, donde se encontraba el octogenario general Espartero, líder militar de la Primera Guerra Carlista, verdadero icono de la resistencia liberal durante ese conflicto. Concha envió un oficial para que le invitara a encabezar la entrada de sus tropas en la ciudad o presenciar, con todos los honores, el desfile desde su residencia, pero el veterano militar declinó amablemente su ofrecimiento por motivos de salud.
Los logroñeses aclamaron al general y sus soldados, tildándole como «Libertador de Bilbao», tras lo cual sus fuerzas se acantonaron en el caso urbano y sus inmediaciones. En sus entrevistas con los notables de la zona, el general en jefe verificó su seguridad, repetida en muchas ocasiones, que, si lograba entrar en Estella y capturar alrededor de 500 prisioneros, otorgando garantías para su seguridad, la mayor parte de los hombres jóvenes de aquella comarca navarra retornaría a sus casas y el carlismo se vería mermado.
Todo ello le convenció más de la necesidad de agrupar el mayor número de soldados, considerando que los que tenía en aquellos momentos resultaban todavía escasos. Pensó en ordenar el traslado del CE-II de Morales que todavía estaba en Bilbao, pero llegó a Logroño una carta del general Castillo explicando que no podía desprenderse de esa fuerza, al ser necesaria para finalizar las obras de defensa totalmente. Ante esa situación, Concha se limitó a solicitar una brigada de las tres que componían el CE-II, pero otra dificultad imposibilitó la concentración de sus tropas al atacar Hernani los carlistas, para distraer la llegada de los liberales a Estella.
Al conocer que el pueblo había sido bombardeado, se enviaron dos batallones de Bilbao en socorro de San Sebastián al considerarse que la ciudad y puerto se encontrarían amenazadas en poco tiempo. La maniobra tuvo éxito, pues los carlistas se retiraron ante el envío del socorro, pero una fuerza carlista formada por 6 batallones y varios jinetes de caballería, al mando de Lizárraga, se situó en Sangüesa con la intención de penetrar en tierras aragonesas o atacar un castillo. Justamente, así ocurrió al tener noticia de la retirada de su guarnición militar por orden del capitán general de Aragón. Ello motivó que Concha ordenara al general Echagüe que con su CE-III se desplazara desde Tafalla a Lumbier para frenar la entrada de esa expedición carlista, enviando en su ayuda a la BRI-II/1/III de Otal por Gallur, Tauste y Sospor Retuerta, flanqueando el flanco derecho del adversario. Los carlistas pronto adivinaron la trampa que se les tendía y, cerca de Jaca, temiendo ser cortados por el movimiento combinado de ambas fuerzas, se retiraron por el canal de Berdun a zona navarra leal, posicionándose en Navascués. Echagüe con sus soldados, junto a los que le remitió Martínez Campos, jefe de la DI-2/III, pudo ocupar la peña de Unzué y El Carrascal, expulsando a los carlistas de Navascués hacia Puente la Reina.
A Concha se le notificó que estas fuerzas habían entrado en Pamplona, regresando al poco tiempo a Tafalla, siendo enviadas más tarde a posicionarse en Larraga, donde también llegaron las fuerzas al mando de Martínez Campos. Se les asignó la misión de reparar un puente cortado y escoltar los convoyes de aprovisionamiento de los almacenes de Larraga y Lerin, estableciendo hornos de campaña y hospitales. Paralelamente, el marqués del Duero organizó en la capital riojana una brigada que debía oponerse a las andanzas de los carlistas y sostener la comunicación con Vitoria, encargándose de su mando el brigadier Acellana.
El 9 de junio, el general Concha se trasladó a Lodosa, en la orilla izquierda del Ebro, con la DI-1/III Beaumont, acercándose a la vanguardia de sus objetivos, potenciando la adquisición de aprovisionamientos y conseguir más acémilas para su transporte. Allí se entrevistó con las autoridades locales y les aconsejó lealtad y obediencia al gobierno de Madrid y el pago de contribuciones, denostando abiertamente el ideario carlista. Al saber que habían detenido y entregado a dos sargentos liberales que se habían acercado a Lodosa a por alimentos, les amenazó con castigos que se les asignarían cuando llegara el final de la guerra (que vaticinaba breve) si continuaban colaborando con el enemigo.
El RI-8 de Zaragoza, procedente de las columnas de Medina de Pomar, y dos baterías, una de montaña y otra de posición de a doce, con una compañía de artillería a pie, llegaron a Lodosa el día 14 de junio. La misma había protagonizado un episodio de indisciplina que, para Concha, resultaba evidente cortar de raíz, pues no soportaba esa clase de faltas. Sus fuerzas desarmaron a la compañía y sometieron a consejo de guerra a los responsables, condenando posteriormente con pena de cárcel a un sargento y a 19 cabos y soldados. Consiguió llegar también un batallón del RI-22 de Gerona procedente de San Sebastián. El general Castillo anunció dos días después la salida del RI-3 de Ontoria desde la capital vizcaína, al que seguiría, en breves días, el RI-31 de Asturias, con lo que esperaba reforzar de esa manera al ejército del marqués del Duero, al tiempo que atendía sus órdenes.
En una carta comunicó a su superior que faltaba dinero para pagar las defensas urbanas, lo cual había atrasado las obras, pese a las promesas económicas de las autoridades municipales y las centrales. No obstante, la llegada de esos soldados no pudo evitar la salida del BI-X batallón de la guardia civil y del BI-II de carabineros que regresaron a Madrid, quizá por calificarlos faltos de operatividad en el futuro campo de batalla. La prensa carlista presentó otra visión del hecho, al referirse a esos hombres como «presidiarios vestidos de guardias civiles» que, tras haber estado en la campaña de Bilbao al mando de Echagüe, se les había devuelto a las cárceles porque continuaban delinquiendo.
Al igual que en Somorrostro y Castro Urdiales, el mal tiempo entorpeció la marcha de los convoyes de las fuerzas liberales con alimentos y material bélico, deteniéndoles en varios momentos, lo que retrasó el plan de maniobra. Ante esta situación, Concha envió al Gobierno un proyecto de bando con el que trató de mermar el sostén de la población civil al carlismo, amenazando con la deportación a Ultramar de toda persona que excitara a la rebelión y la multa de 2.500 pesetas a todo joven que se pasara al ejército carlista, las cuales serían abonadas por su familia y, en caso de insolvencia, por el pueblo donde residiese. Al mismo tiempo, se concedería la dispensa del servicio militar o la licencia absoluta al civil o soldado que presentara a alguno de esos instigadores al motín, reos prófugos, ladrones, incendiarios y partidarios del Pretendiente. En caso de ser denunciados por un equipo consistorial o municipal, la exención se aplicaría al cupo de dicha localidad.
El plan de Concha para el avance del ejército republicano era: durante la primera etapa, partiendo de Larraga y Lerín, el CE-I y el CE-III debían dirigirse a Lorca y Ciranqui, pernoctando en Lácar y Alloz uno de ellos, y marchando el otro en dirección de Oteiza a pernoctar en Murillo. En las alturas de este punto debían situarse las baterías que habían de batir los altos de Villatuerta, Arandigol y Grocin. La BRI de vanguardia debía pernoctar en Montalbán y Zurucuaín. La CE-I de Rosell debía salir de Lerín, camino de Oteiza, y situarse con sus fuerzas y la artillería en disposición de oponerse a los carlistas que ocupaban la Solana y que pudieran correrse en defensa de su centro. En el segundo día, el general Martínez Campos con la DI-2/III y la BRI de vanguardia debían tratar de envolver las posiciones de los montes que cubrían a Estella, batiendo con toda la artillería disponible a las fuerzas carlistas que defendieran Abárzuza, Zabal, Murugarren y Monte Muru. Apoyando estos movimientos, el resto del CE-III Echagüe (DI-1/III de Beaumont). Conseguido todo este objetivo, las tropas liberales debían caer sobre Estella, y fuerzas suficientes cortarían la natural retirada de los carlistas a las Amézcoas, previa la ocupación de los montes de Eraul.
Batalla de Abárzuza o de Monte Muru (25 al 27 de junio de 1874)
Desarrollo de la batalla el 25 de junio
El 25 de junio a las cuatro de la mañana, se emprendió el movimiento de las fuerzas liberales de Larraga a Estella en tres columnas. La primera de ellas, bajo el mando de Beaumont (DI-1/III), con batallones y una batería de seis piezas Plasencia, se encaminó desde Mañeru hasta Muruzábal, desde donde se dirigió sobre la derecha en dirección a Lorca, Lácar y Alloz, siguiendo por la cumbre del monte Esquinza. La segunda al mando de Martínez Campos (DI-2/III) con 12 batallones y 4 piezas Plasencia, se encaminó faldeando el monte, dirigida por Echagüe, para atacar el bosque y las posiciones de la vertiente meridional, apoyada en la cumbre por las fuerzas de Martínez Campos. Concha se encargó de la tercera columna, compuesta por la BRI de vanguardia, la BRI-II/1/III del brigadier Otal, dos batallones de la división de la Ribera, toda la artillería y caballería, que avanzaron por carretera hacia Oteiza. Todas eran fuerzas del CE-III, mientras el CE-I, con 16 batallones, artillería y caballería agregadas, partió desde Lerin a la misma hora hacia Oteiza, por la orilla izquierda del río Ega.

Convergieron a la misma hora las fuerzas del CE-I con la tercera columna, mientras las otras dos alcanzaban sus posiciones a las dos de la tarde, coronando las alturas desde las cuales se veía Lorca, manteniendo tiroteo. Los soldados de la BRI-II/1/III de Otal se apoderaron de las alturas que dominaban Villatuerta, a 3 kilómetros de Estella. Desde allí una batería de montaña comenzó a disparar a las trincheras carlistas en las faldas de Montejurra. La columna de vanguardia avanzó en columna de a cuatro por la derecha de la carretera de Estella, continuando hacia Murillo, donde llegó a las dos de la tarde, protegiendo con dos baterías el movimiento de tropas que tomaron Villatuerta, cañoneando el pueblo de Grocín ocupado por una fuerza importante de los carlistas. Las tropas bajo la dirección del marqués del Duero se posicionaron en las alturas a la derecha de la carretera de Oteiza a Villatuerta, para batir los montes de Estella. El resto de la caballería y artillería permaneció en columna esperando el resultado de estos movimientos.
El ayudante del brigadier Blanco anunció la toma de Murillo sin resistencia, por lo que se encontraban las fuerzas de vanguardia en disposición de continuar su avance, pero Concha consideró muy importante la conquista de Villatuerta para protegerlas, por lo que decidió esperar. A las seis y media de la tarde, viendo cómo se demoraba la conquista de la citada población por las tropas de Martínez Campos, el marqués del Duero envió al general Vega Inclán con la orden de proceder a ello. De esta manera, se inició la lucha a bayoneta contra dos batallones carlistas que defendían el pueblo hasta que estos se batieron en retirada, al igual que en el inmediato Arandigoyen. Pero Blanco no pudo avanzar, ordenándosele que aguardara las raciones de sus soldados, que vendrían desde Oteiza, y pernoctara en Murillo. En Lorca se asentó el cuartel general con la columna de Echagüe, la artillería rodada y la caballería; las fuerzas de Martínez Campos lo hicieron en Lácar y Alloz. A su frente se extendían las defensas carlistas, fuertes líneas de trincheras y reductos en diez kilómetros desde Villatuerta hasta Abárzuza.
Los liberales habían logrado ocupar un semicírculo de posiciones frente a Estella, por lo que el 26 de junio, Concha dispuso que el CE-I atacaría de frente desde Villatuerta, por la carretera que se dirigía hacia la ciudad carlista. Apoyada por Echagüe, la BRI de vanguardia de Blanco y los soldados de la DI-2/III Martínez Campos realizarían un movimiento envolvente hacia el extremo opuesto de la cordillera, o sea la izquierda carlista, apoderándose del valle hasta Abárzuza; llegando hasta Monte Muru, llave de la posición y objetivo principal, pues desde allí se dominaba Estella y se podían tomar de flanco todas las líneas de trincheras de la cordillera. Mientras tanto, el CE-I amenazaría con atravesar los vados del Ega para penetrar en la Solana, atacando la posición carlista por la derecha del río.
Desarrollo de la batalla el 26 de junio
Se tocó diana a las cuatro de la mañana y, en las primeras horas, las tropas del CE-I de José Rosell (que había sustituido a Letona) recibieron los primeros disparos del enemigo, por lo que rompieron fuego sus baterías sin esperar la señal prevenida para dos horas más tarde. El cuartel general se trasladó de Lorca a Murillo, donde se encontraba la BRI de vanguardia de Blanco, y Martínez Campos con la DI-2/III marchó desde Lácar y Alloz para tomar las alturas de Montalván frente a Zaval, puntos ocupados por sus tropas tras un breve tiroteo. En Murillo, el marqués del Duero se encontró con la desagradable sorpresa de que las raciones no habían llegado todavía, por lo que sus soldados no podían entrar en combate. Tuvo que esperar al convoy, devorándolo la impaciencia y luego la sorpresa cuando supo que aquel se había perdido por los caminos, por lo que había tenido que volver a Oteiza.
Resolvió continuar el movimiento a las tres de la tarde, dirigiéndose con todas las fuerzas hacia Montalván. Cuando llegó allí, ordenó al general Martínez Campos que se apoderara del pueblo de Zurucuain y de sus posiciones cercanas, después de cañonearlo vivamente. Tras el fuego de la artillería, 4 batallones liberales avanzaron a las 19:30 horas, luchando encarecidamente contra sus enemigos. Dos batallones de la BRI-I/3/III de Infanzón ocuparon un pequeño bosque al pie de las alturas de Montalván, frente a Zurucuain, aunque la llegada de la noche obligó a detener el combate.

Al mismo tiempo, el general Echagüe, con dos batallones de la vanguardia, sus propias tropas y cuatro baterías Krupp, se había encaminado hacia las cuatro de la tarde a su objetivo, Abárzuza; quedándose Concha con el resto de la artillería, dos batallones de infantería y el RC-7 de lanceros de Numancia. La artillería de Echagüe cañoneó las trincheras carlistas, tras lo cual ordenó el avance de su infantería en medio de una intensa lluvia, la cual se apoderó de la carretera del pueblo. Las fuerzas carlistas mandadas por el coronel Costa (BI-IX de Navarra, BI-II de Álava) tuvieron que retirarse ante el fuego enemigo. (Costa sería sumariado por el abandono de Abárzuza, pero absuelto por un consejo de guerra). Se retiraron a sus reductos del monte que dominaba Abárzuza, los cuales abandonaron al anochecer favorecidos por la oscuridad y la tormenta.

El BI-III de Navarra, que ocupaba las posiciones situadas encima de Murugarren, recibió orden de ir a los caseríos de Muru, donde estaba Dorregaray, quien ordenó que 4 compañías mandadas por el comandante Sobrino ocupasen la zanja que había más avanzada. A la pérdida de Abárzuza, el BI-III de Navarra ocupó la ermita, y los liberales, entusiasmados por su éxito obtenido, atacaron al mismo tiempo Murugarren, donde estaban los batallones castellanos. La lucha fue encarnizada, pero ya empezaban a flaquear los carlistas cuando 3 compañías alavesas mandadas por Camón se lanzaron sobre los republicanos, obligándoles a retroceder a Zabal, dejando sobre el terreno muertos, heridos y prisioneros. Los que atacaron la ermita también fueron rechazados, pero rehechos los liberales, se lanzaron de nuevo sobre los carlistas. Así hasta tres veces, en que los carlistas y los liberales se disputaban el terreno a la bayoneta, y cuando los republicanos parecían llevar la ventaja, una carga definitiva de los navarros les obligó a abandonar el terreno, dejando la ladera cubierta de cadáveres. Los que subieron por Eraúl, parecía que marchaba mejor su ataque, pues allí estaba recién llegado BI-I de Aragón, que estaba defendiéndose; pero tuvo que replegarse hasta llegar a la cumbre, revueltos carlistas y republicanos, pero al fin el ataque de liberales fue completamente desmoronado por los aragoneses, que expulsaron a los liberales y los obligaron a bajar a Abárzazua.
Por la izquierda, se dispuso por el marqués del Duero que se avanzara para secundar a Echagüe, que marcharía a Montalbán. Pero Catalán y Ruiz Dana se vieron obligados a retroceder a Arandigoyen y Villatuerta, después de un buen tiroteo en Noveleta. Se vio desde las posiciones carlistas un convoy liberal, al que tirotearon, primero la artillería y después unos voluntarios que pasaron el Ega. La retirada del convoy a Oteiza influyó notablemente en el desarrollo de la batalla.
Las tropas del CE-I de Rossel habían simulado un ataque desde Villatuerta y Arandigoyen con el objetivo de entretener a los soldados carlistas de su ala derecha, volviendo a pernoctar en aquellos pueblos. El marqués del Duero, que se había trasladado a las posiciones ocupadas por el general Martínez Campos a fin de presenciar la toma de Zurucuain, marchó desde allí a Abárzuza, donde llegó en el momento en que los batallones conquistaban el pueblo, defendido por 8 batallones carlistas. Entre las aclamaciones de las tropas, se estableció en el lugar y preparó las órdenes para el día siguiente. El optimismo impregnaba al ejército liberal, convencido de su pronta victoria sobre el carlismo, pero muchos oficiales, entre ellos su propio comandante, lamentaban haber tenido que esperar las raciones de comida porque esa demora había retrasado las operaciones y, quizá, la toma de Monte Muru.

En la noche del día 26 ocurrió en Abárzuza un incidente que tuvo más adelante inmensa trascendencia. Sea por imprudencia o descuido, o sea por haberse dedicado a recorrer las bodegas del pueblo algunos de los soldados liberales que pernoctaron en aquel punto. Otros incendios, aunque en menor escala, se produjeron también por los liberales en Zabal, Villatuerta y Zurucuaín.
Aquella noche fue de febril preparación por ambos mandos. Se comprendía que la batalla decisiva se libraría al día siguiente.
Desarrollo de la batalla el 27 de junio
Al amanecer del 27, Dorregaray dio orden al brigadier Álvarez para que con el BI-III y BI-IV de Álava, el BI-I de Navarra y el BI-I de Álava, continuasen de reserva tras Murugarren, y que el BI-III y el BI-VIII de Navarra quedaran tras de Muru, con la misma misión. El BI de Durango y el BI-II de Navarra marcharon a Eraúl para aumentar la defensa de la extrema izquierda, punto débil que no supo ver el marqués del Duero, y que, de aprovecharlo el día anterior, podía haber puesto en peligro al ejército carlista. Ahora ya no, y sobre todo, porque con el refuerzo que recibió el BI-I Aragón, iban los generales Mendiry y Ruiz de Larramendi, que reconocieron aquellas defensas, quedando allí los generales Argonz e Iturmendi.
El incendio de Abárzuza y demás pueblos exasperó a los carlistas y enardeció los ánimos, haciendo que combatieran con más coraje, si bien es verdad que el marqués del Duero, cuando vio los incendios de Abárzuza, formó sus batallones y les recriminó diciendo que podía caer sobre ellos la nota de incendiarios, y que estaba resuelto a castigar a los culpables. El general carlista Dorregaray ordenó diezmar a los prisioneros de la columna Concha, capturados en los últimos días y fusilarlos por incendiarios, tras un juicio farsa cuyo resultado estaba resuelto de antemano.
El convoy no llegó al marqués del Duero con la precisión que le esperaba, ni en el lugar señalado, y, sobre todo, sin las raciones necesarias, debido a que parte de él había quedado atascado y no llegaría hasta la tarde.

Concha situó una batería de 30 cañones protegida por tropas de infantería y caballería frente a los objetivos, dejó 2 baterías y 6 batallones en Abarzuza para proteger el flanco derecho y organizó dos columnas de seis batallones cada una para atacar ambos puntos, donde los carlistas habían concentrado 14 batallones.
Con la intención de dirigir el ataque, el general Concha partió del pueblo de Abárzuza, ocupado por el general Beaumont con 6 batallones, para frenar a los carlistas si intentaban un movimiento envolvente. Este dispuso sus fuerzas en torno a dos baterías de artillería, colocadas una dentro y otra fuera del pueblo, manteniendo 2 batallones de reserva por si se necesitaban en la batalla. Concha llegó hasta una batería Krupp que había dispuesto para batir el pueblo de Murugarren y el caserío de Muru, protegida por dos batallones de infantería, una compañía de ingenieros y las fuerzas de los RH-1 de Pavía, RCL-11 de Numancia y RCL-3 Talavera; mientras el optimismo reinaba en las filas liberales.
La artillería liberal rompió fuego a las 13:30 horas para facilitar el ataque de la infantería, y a las 15:30 horas, el marqués del Duero ordenó al brigadier Blanco, jefe de la BRI de vanguardia, que con sus fuerzas iniciase el ataque de las posiciones atrincheradas de Monte Muru, mientras el general Reyes con 6 batallones de su DI-3/III asaltaba Murugárren y sustentaba el ala izquierda de Blanco.
Para concentrar todas las fuerzas posibles, Concha dispuso en la vanguardia el BI-XIV de Estella y el BI-IV de Barbastro llegados de Murillo. Para alcanzar el punto de ataque previsto había que cruzar el arroyo de Iranzo, cuyo único puente se hallaba sobre la carretera y, una vez atravesado, había que subir los escarpes del monte Muru. Los carlistas dispararon en cuanto vieron a las columnas liberales bajar hacia el riachuelo, que atravesaron con el agua en la cintura, iniciando la subida después en medio de la lluvia y de un intenso fuego incesante de frente y de flanco.
A la media hora, las guerrillas liberales lograron expulsar a la bayoneta a los carlistas de la primera línea de trincheras, aunque las peculiaridades del terreno comenzaron a desordenar los batallones, disgregándose las compañías, sin enlace ni cohesión alguna, sufriendo numerosas bajas durante dicha acción. Los carlistas advirtieron esa circunstancia y concentraron sus soldados en las alturas, donde llegaron las guerrillas cansadas, algunas con tan solo 27 hombres calados y llenos de barro. En consecuencia, las tropas liberales tuvieron que sostener un fuerte combate, cuerpo a cuerpo y de forma desigual, retrocediendo ante el empuje carlista cuando pensaron celebrar pronto una victoria.
Paralelamente, el general Reyes, jefe de la DI-3/III, había atacado la derecha de las posiciones de Monte Muru en combinación con el movimiento de BRI de vanguardia, entrando en el pueblo inmediato a Murugárren. Pero su avance se encontró con una fuerte resistencia de los carlistas, fuego nutrido y ataques a la bayoneta que forzaron a una retirada a Zábal, siendo herido el brigadier Molina, jefe de la BRI-II/3/III en vanguardia. Mientras tanto, como había previsto el marqués del Duero, fue atacado Abárzuza por soldados carlistas para flanquear el ala derecha del ejército enemigo si lograban tomar la localidad. El brigadier Beaumont, jefe de la BRI-II/2/III, ordenó la concentración de todos los soldados bajo su mando, incluso los de reserva, para frenar el contraataque enemigo y sostener sus posiciones.
El marqués del Duero, al ser consciente del repliegue de sus tropas, ordenó que fuerzas de reserva avanzaran y mantuvieran la izquierda de la línea de ataque, unidas a uno de los dos batallones que protegían la artillería, con lo cual consiguió sostener la lucha, recuperándose la pendiente de Monte Muru. Sin embargo, una nueva acometida carlista hizo que estas tropas retrocedieran por el camino que conducía a Estella, acosados por carlistas, al mando del Tcol Eguileta. No se pudo retirar soldados del pueblo de Abárzuza, por lo que el coronel Castro y sus oficiales detuvieron a los soldados dispersos de Muru, concentrándoles en el camino de tal manera que pudieran enfrentarse de nuevo contra los carlistas que les perseguían, los cuales retrocedieron hasta sus trincheras.
Martínez Campos no pudo tomar las alturas de Zurucuain, al resultar obligada la toma de Murugárren, la cual no se había producido, por lo que el CE-I no pudo distraerse del combate que había provocado. Concha ordenó al general Reyes que cesara en sus intentos de avanzar y que, dejando un batallón en Zábal, reubicara sus fuerzas para conquistar por la izquierda Monte Muru, mientras la brigada de vanguardia y fuerzas de Abárzuza lo intentaban por la derecha. Para animar a sus tropas, el marqués del Duero se dirigió hacia las posiciones carlistas con el único batallón que custodiaba la artillería, la cual quedó protegida por la caballería. Junto a su cuartel general, sin escolta, se encaminó a la carretera de Estella, bajando entre Abárzuza y el pequeño puente que cruzaba los riachuelos.
Los grupos de guerrillas que encontró y que continuaban el fuego se fueron constituyendo como fuerza de reserva, junto a las reunidas por el coronel Castro con algunas otras compañías. Con ellas y reformando las tropas de vanguardia, Concha decidió apoderarse de Monte Muru, no sin repetir la orden para que Reyes le apoyase en la misma. Mientras, enfermo por la fiebre y la disentería, Echagüe yacía postrado en una manta junto a los cañones por orden superior. Al llegar al puente, el general en jefe se separó de la carretera hacia la derecha, comenzando a ganar la pendiente de Monte Muru; pero a la mitad de ella resultaba imposible la marcha a caballo, por lo que la comitiva puso pie en tierra, dejando los caballos en una ligera inflexión del terreno, algo resguardada del fuego de flanco que los carlistas hacían desde Murugarren.
Concha, apoyado en el brazo de uno de sus oficiales, continuó subiendo hasta que mandó detenerse a los que le acompañaban, excepto a sus tres ayudantes y al capitán de artillería Villar, pues temía que cayeran por el fuego carlista, si algún soldado enemigo les localizaba. En lo alto, el general con sus anteojos inspeccionó la posición y las trincheras enemigas defendidas con intenso fuego, tan solo a cincuenta pasos. Las guerrillas liberales respondían con otro más escaso, por lo que se preguntaron dónde estaban los refuerzos del general Reyes, ya que los soldados del coronel Castro no bastaban para alcanzar el éxito de la operación.
A las 19:30 horas, resultaba tarde para enviar nuevas órdenes con el fin de ayudar a la vanguardia, pues pronto vendría la noche haciendo imposible cualquier avance en terreno tan montañoso. Por ello, resultaba evidente diferir el ataque para el día siguiente, cuando se recibieran alimentos y municiones y se pudiera trasladar tropas para reforzar la derecha del Ejército, aplastando y tomando las trincheras carlistas. Mientras tanto, el coronel Castro, que dirigía la reserva, había ganado terreno por una inflexión de la montaña hasta ponerse ya muy cerca de las trincheras; pero los carlistas realizaron varias descargas que diezmaron las guerrillas de vanguardia y una gran masa de infantería navarra, al mando de Mendiry, se lanzó a la bayoneta sobre sus fuerzas. La reserva liberal se retiró en desorden, pese a que los carlistas habían decidido volver a sus líneas, una vez conseguido su objetivo de retroceder a sus enemigos.

Concha, resignado a demorar el ataque hasta el día siguiente, comenzó a bajar hacia el grupo que formaba su cuartel general, al que ordenó montar a caballo, mientras él se disponía a hacerlo bajando un poco más hacia el puentecillo. Disparos enemigos comenzaron a llegar cerca, cayendo heridos el coronel Astorga y el corneta de cazadores del RCL-XVIII de La Habana, a los que se mandó a retaguardia. El marqués del Duero se quedó solo con su asistente Ricardo Tordesillas, el cual le acercó el caballo a través de una pendiente para que el general lo montase mejor y, al cruzar la pierna derecha para dejarla descansar sobre el estribo, una bala de fusil procedente de las trincheras carlistas atravesó el pecho del general, derribándole sobre la espalda derecha del caballo, cayendo en tierra pese a los esfuerzos de su asistente para aminorar el golpe.

Los gritos de Tordesillas, solicitando ayuda e intentando animar al herido, atrajeron al capitán Grau, ayudante de campo del mismo, que descendía con las guerrillas más avanzadas. Entre los dos bajaron el cuerpo caído tres bancales para librarle de ser objeto de mayor tiroteo. Grau, cogiéndole por los brazos, y el asistente levantándole por las rodillas lograron su objetivo mientras se acercaba a caballo el teniente de húsares Federico Montero, ayudante de campo del brigadier Manrique. Con ayuda de un corneta, un sargento y otro soldado, se elevó al general Concha a los brazos del húsar para conducirlo a Abárzuza. Cogido de las extremidades por Tordesillas y Grau, descendieron al puente que aún mantenían los escuadrones de Talavera y Numancia, donde se encontraba un oficial de sanidad que no pudo hacer nada, aconsejando que se trasladara en camilla al pueblo. Los militares que le acompañaban no quisieron descenderle del caballo y, de la misma manera que le habían bajado, llegaron a Abárzuza, donde, en la casa nobiliaria de los Munárriz, solo se pudo dar al general los últimos auxilios espirituales, que le prestaron dos sacerdotes.

Recayó el mando en el enfermo general Echagüe; pero, aunque las tropas se vieron por momentos sin un claro líder, la llegada del anochecer, el cansancio general en los dos bandos y el cese del fuego ayudaron a que las tropas liberales se retiraran del monte sin ser hostilizadas. Quedaron en posición los batallones que defendían las alturas de las avenidas de Eraul e Ibiricu, donde pernoctaron.
Echagüe, pese a todo, se presentó en cuanto pudo en Abárzuza, asumiendo el mando y reuniendo a los generales y brigadieres para acordar una decisión. Concha había dejado instrucciones reservadas por si caía después de la derrota carlista, ordenando que una división ocupara Arbeiza, Ayegui, Igúzquiza y Azqueta, así como Muniáin y Abérin. En Oteiza, tres batallones debían situarse para proteger el convoy, el cual debía replegarse a Larraga, mientras la brigada de vanguardia, mediante medias brigadas, marchaba a Oteiza y Lerin, hasta llegar a Allo, donde debía cortar la retirada de los carlistas. Otras fuerzas desde Estella flanquearían Montejurra por la carretera de Allo, tomando Dicastillo y, una vez ocupada La Solana, se apoderarían de los recursos de la zona. Ordenó también que el fuerte de Monjardín no fuera destruido para conservar el dominio sobre la antigua corte carlista, pero sus indicaciones no pudieron realizarse posteriormente.
28 de junio, retirada republicana
Echagüe asumió la responsabilidad de la retirada, aunque no hubo un solo jefe de los presentes en la citada reunión que, informado de la situación, opinara de manera diferente. Sin municiones de boca ni de guerra suficientes, con menos fuerza de infantería que el enemigo, con soldados carlistas a vanguardia y retaguardia y quebrantada la moral por la muerte del marqués del Duero; solo restaba o bien retirarse o bien mantener la posición en espera de refuerzos que Madrid, en aquellos momentos, le resultaba imposible enviar. La retirada fue juzgada necesaria por todos y así fue ordenada. Eso sí, resultaba necesario evitar que el enemigo se aprovechara de la situación, por lo que se ordenó a los generales Martínez Campos y Vega Inclán que situasen sus fuerzas en Murillo y en Villatuerta para proteger la retirada de los efectivos de Abárzuza y del convoy que, a última hora, había llegado durante el anochecer. El brigadier Prat, comandante general de artillería, se encargó del desplazamiento de las baterías bajo la protección de un batallón y un escuadrón al mando de Otal. Martínez Campos hizo que se apagaran los fuegos de Zurucuain para desorientar al enemigo, emprendiendo sus fuerzas la retirada hasta Montalván, donde llegó al amanecer. La retirada fue, más adelante, explicada al público a través de la prensa oficial.

La lluvia, que había caído en abundancia el día anterior, hizo intransitables algunos puntos de los caminos, de tal manera que se pensó en abandonar material o quemarlo antes de que lo capturaran los carlistas. Pero el alto mando se opuso y ordenó que no se perdiera ni un carro ni una acémila, de tal manera que Echagüe pudo comunicar al ministro de la Guerra que no se había perdido ni material de artillería, ni uno solo de los 200 carromatos que se habían desplazado desde Murillo, ni un mulo de los 2.000 que siguieron a sus soldados, ni tampoco hubo que lamentar la pérdida de las 250 reses que portaban para su abastecimiento.

Reunidas las fuerzas, se descansó en Oteiza durante tres horas, de donde había partido el convoy para Larraga y Tafalla, invirtiendo ese tiempo los mandos en distribuir 30.000 raciones de galleta. Una vez alimentadas las columnas, continuaron su marcha hasta Berbinzana, donde se acantonó el CE-I. Tras oír misa en una gran explanada inmediata al pueblo, el ejército se dirigió hasta Tafalla, donde ya había llegado la artillería al mando de los brigadieres Otal y Prat. Se remitieron telegramas a los capitanes generales de Burgos y Provincias Vascongadas, además del comandante militar de Tudela, informándoles de la muerte del general Concha, proporcionándoles instrucciones para vigilar que los carlistas intentaran realizar algún golpe ante el entusiasmo por su victoria. Por ello había que aumentar la vigilancia y encargar a los jefes de las columnas la mayor precaución en las marchas y operaciones para contrarrestar sorpresas y resultados inesperados. Además, Echagüe comunicó la triste noticia al ministro de la Guerra y al Gobierno el día 28 de junio desde Tafalla, cifrando la hora de su muerte a las 8 de la tarde. La retirada de las fuerzas liberales se realizó sin desorden ni bajas, llevándose todo el material de guerra en perfecto estado para impedir su captura por parte del enemigo.
Secuelas de la batalla
Las bajas republicanas fueron: un general, un jefe, 16 oficiales y 114 soldados muertos; el brigadier Molina, 6 jefes, 5 oficiales y 849 individuos heridos; 4 jefes, 18 oficiales y 179 soldados contusos y 27 extraviados, arrojando un total de 1.456. Las bajas carlistas según sus fuentes fueron 200, contándose entre los muertos al Tcol Eguilleta, y heridos los coroneles Fontecha y Cavero. Pirala asciende a 2.000 las bajas liberales y los carlistas unas 300. Los carlistas dijeron haber capturado 250 prisioneros y 2.000 fusiles.
Muy polémico fue el hecho del posterior fusilamiento de 155 prisioneros liberales por los carlistas, a los que se formó consejo de guerra, acusándoles de incendiarios.
El ejército liberal quedó quebrantado después de su derrota, no reponiéndose hasta muy adelante. Se nombró como nuevo general en jefe al capitán general Juan de Zavala, procedente de caballería, que había demostrado en su larga carrera militar; le acompañó al Norte, como JEM, el general Marcelo de Azcárraga.
El entusiasmo de los carlistas rayaba en delirio, y a la llegada a Estella de Carlos VII y doña Margarita, pudieron pasar revista a más de 25 batallones de todas las provincias, al RC de Navarra, a las baterías de Brea, Prada y Reyero, y algunos otros cuerpos; constituyendo un total de más de 20.000 hombres perfectamente armados, equipados y organizados, formados en gran parada para vitorear a sus reyes.
Se aspira en el campo carlista a cambiar la guerra defensiva en ofensiva, castigando las poblaciones liberales más cercanas, y en especial la plaza de Pamplona, impidiendo la llegada de convoyes y haciendo cada vez más riguroso su bloqueo. También hubo de pensarse ya seriamente en ensanchar la esfera de acción del ejército carlista del Norte, franqueando la barrera del Ebro, dándose la mano con las tropas carlistas que operaban en Aragón. Extendiendo la guerra a Santander y Asturias e invadiendo Castilla, en donde el espíritu carlista estaba tan despierto que, al apoyo de una fuerte expedición, tal vez se hubieran podido organizar en breve tiempo hasta 20 batallones nuevos.
El general Dorregaray se limitó a dejar que cada división operase en su respectiva provincia: los vizcaínos, acosando a Bilbao; los guipuzcoanos, sobre San Sebastián y Hernani; los navarros, bloqueando a Pamplona; los alaveses, operando por los alrededores de Vitoria y La Guardia.
En el quinto aniversario de su muerte se inauguró un monumento en su honor en el lugar donde perdió la vida el general Manuel Gutiérrez de la Concha, marqués del Duero. La columna aún permanece hoy al borde de la carretera que lleva desde Estella a Abárzuza.
