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Corriente migratoria francesa a México en las primeras décadas del siglo XIX
Una vez rotos los lazos políticos con España, la apertura mercantil del naciente Estado mexicano permitió que a partir de 1821 arribaran barcos procedentes de varias partes del orbe, que anclaron en los puertos habilitados para el tráfico ultramarino. Estas embarcaciones, además de mercancías, transportaban personas que pretendían construir un futuro promisorio. Entre quienes “saltaron a tierra” estuvieron los franceses, hombres y mujeres, que se asentaron o transitaron la tierra receptora.
Las razones de los franceses para dirigirse a México eran varias; sin embargo, la más frecuente fue levantar un patrimonio con el trabajo personal. En palabras de los expulsados franceses, buscaban “intentar fortuna” y “mejorar su posición”. El viejo adagio colonial de “hacer las Américas” aplicado a los indianos seguía vigente en la centuria decimonónica y permeaba a los extranjeros. Al efectuar la travesía marítima, además de traer consigo su inseparable baúl, dos papeles de importancia también los acompañaban: el pasaporte y el certificado de bautismo. El pasaporte era un salvoconducto utilizado en Occidente y que permitía la entrada y salida de un territorio. En Francia, ostentar un pasaporte implicaba honorabilidad y cumplimiento del servicio militar. Al ingresar a la República mexicana, era requisito indispensable presentar el pasaporte visado por alguna autoridad mexicana; de no verificarlo, el ingreso se prohibía. El certificado de bautismo acreditaba el catolicismo y era de utilidad si se anhelaba casarse conforme a las reglas de la Iglesia católica. Para quien había acreditado una profesión liberal, como por ejemplo profesor de primeras letras o doctor en medicina y cirugía, el certificado de aptitud o diploma que avalara sus estudios era otro documento adicional.
Los franceses provenían de localidades pertenecientes a entidades denominadas departamentos, que eran unidades territoriales principales en las que se dividía el territorio francés desde los inicios de la Revolución francesa. Sustentados en criterios geográficos, se constituyeron 83 departamentos (divididos a su vez en 544 distritos y 4.710 cantones), que a través del tiempo han sufrido cambios en sus nomenclaturas y extensiones, hasta alcanzar el número de 101 en la actualidad.
Entre los departamentos franceses que variaron sus nombres, deben indicarse, por ser los puntos de emigración de los franceses que vinieron a México, el extinto departamento del Sena y del que surgieron los actuales departamentos de París, Altos del Sena, Sena-Saint Denis y Valle del Marne. El antiguo departamento de Sena y Oise quedó repartido entre los departamentos conocidos hoy por Essonne, Altos del Sena, Sena Saint-Denis, Valle del Marne, Valle del Oise e Yvelines. En la región de Aquitania, el departamento de los Bajos Pirineos actualmente es Pirineos Atlánticos, que comprende al País Vasco Francés (mitad occidental) y el Béarn (mitad oriental). El departamento de Bajos Alpes, y que ahora se llama Alpes de Alta Provenza, fue la tierra de nacimiento de los barcelonnettes, ubayes, valéians o barcelos, que destacaron por sus almacenes de ropa y novedades, conocidos primero como cajones, y con el paso del tiempo se convirtieron en grandes empresas, entre las que sobresalieron las fábricas de Francia y el puerto de Liverpool. Un último departamento es Meurthe y Mosela, que tras su supresión originó dos departamentos de los mismos nombres, en la región de Lorena.
Los franceses, como parte de los extranjeros, se ajustaron al pensamiento de la élite nacional que creía que los inmigrantes colonizarían las tierras despobladas, sobre todo del septentrión, fomentarían la agricultura e impulsarían el comercio y la industria nacionales. Como bien señala Fernando Alanís, la inmigración de extranjeros engrosó, de manera prioritaria, la agenda de la clase gobernante. Se construyó la imagen entre el grupo dirigente de que el forastero ideal debía ser europeo, católico, trabajador, sin ambiciones políticas y obediente de las autoridades. Esto es, el inmigrante era visto como la panacea para los males que acechaban al país.
Francia era considerada como una nación progresista y referente cultural; por tanto, se creía que desde un inicio reconocería la independencia de México. No obstante, esto no ocurrió por el Pacto de Familia con la rama borbónica española. El acuerdo databa del siglo XVIII y consistía en que cualquiera que atacara a una corona también lo hacía a la otra, por lo cual los soberanos podían clamar por ayuda militar y naval mutua. Esta circunstancia no fue impedimento para que Francia instrumentara una doble política hacia México, es decir, desconocer la nueva situación jurídica, pero al mismo tiempo enviar agentes informales.
Los franceses comunes, que ignoraban o poco sabían de los asuntos internacionales, efectuaron el viaje marítimo y comenzaron a instalarse desde los primeros años de la instauración de la soberanía nacional en las principales ciudades mexicanas. La prensa, a través de la sección de avisos, dio a conocer los anuncios de los inmigrantes que buscaban acomodo con la práctica de sus oficios, como las modistas, los cocineros, profesores de diversos ramos, médicos, sastres, sombrereros y zapateros. Muchos franceses hicieron de México su nuevo hogar, donde establecieron casas y negocios; algunos contrajeron nupcias bajo el rito católico con “hijas del país”, formaron familias y tuvieron descendencia, que en ciertos casos subsiste hasta nuestros días.
A través de las listas de pasajeros se puede ofrecer un perfil de la corriente migratoria francesa que entró a territorio mexicano. Esta documentación, que era elaborada por los capitanes de puerto o administradores aduanales y que enviaban a la oficina encargada de los asuntos exteriores mexicanos, contiene el nombre, la edad, el estado civil, la nacionalidad, el puerto de embarque, el punto de destino, la finalidad del viaje, la recomendación y la profesión de los pasajeros, datos que permiten delinear su perfil. También resultan relevantes las noticias de pasajeros publicadas en los diarios porque proporcionan información adicional sobre los barcos de la emigración.
De acuerdo con la información consultada, en el periodo de 1823-1840 desembarcaron 2.791 franceses en los puertos mexicanos de Matamoros, Veracruz, Tampico, Campeche, Guaymas, Mazatlán, San Blas y Acapulco, que eran los principales del país y contaban con aduanas y capitanías de puerto. Los hombres eran los que más viajaban, esto es, un 88 % del total; mientras que las mujeres lo hicieron el 12 %.
El pico más alto de ingresos se registró en 1839 y se produjo en el contexto del conflicto franco-mexicano. El flujo registrado ese año se compuso por los franceses que habían sido expulsados desde diciembre de 1838, así como por los franceses que ingresaban por primera vez. Entre abril y mayo de 1839 desembarcaron en Veracruz 205 franceses procedentes principalmente de Nueva Orleans. Aunque no conocemos los nombres de la mayoría porque se omitió su registro, suponemos que eran los expulsos; de hecho, uno de los barcos transportó 104 pasajeros franceses, hecho inusual hasta ese momento. El año con las menores entradas fue 1823 debido a dos factores: el estado de guerra entre México y España y la parquedad de los registros.
Los franceses que llegaron a la República mexicana se embarcaron de puertos extranjeros; los principales fueron Burdeos y El Havre (los más importantes de Francia), pero también destacaron Nueva Orleans, Nueva York y La Habana. Las edades oscilaron entre los 3 y los 64 años, aunque sobresalieron los jóvenes. Se trataba de una población soltera, pero también venían casados y viudos. Si bien predominaron los viajes en solitario, las listas y noticias de pasajeros advierten la presencia de franceses que se hicieron acompañar de sus familias, lo que de alguna manera aliviaba la larga travesía transoceánica. En total, se identificaron 410 franceses que desembarcaron en los puertos mexicanos con sus familias. Debido a que solo a la persona llamada “cabeza de familia” o “cabeza de casa” se le tomaba la declaración al tiempo de desembarcar, no es posible conocer, con excepción de la relación de parentesco, los pormenores del resto de los integrantes. En algunos registros se anotó el número de miembros seguido de la expresión “de familia” para designar a los acompañantes del “cabeza de casa”, sin que sepamos el vínculo entre ellos. Otros registros consignaron que el francés desembarcó con familia, sin especificar otra información adicional.
La composición familiar común fue los dos esposos solos y los esposos e hijos que, según Peter Laslett, se trata de “familias simples”. Un ejemplo de este tipo de familia fue la del comerciante Pierre Roselló, quien con su esposa, su suegra y cuatro niños desembarcaron en el puerto de Veracruz el 11 de abril de 1831, a bordo del bergantín estadounidense General Victoria, que había zarpado de Nueva Orleans. Ocurrió también que el viaje se realizó por un francés o francesa en compañía de su progenie, como ocurrió con madame Tomasa Meunier y un hijo. Los franceses también emprendieron la aventura ultramarina con hermanos, padres, “padres políticos” (suegros), “hijos políticos” (yernos), sobrinos y sirvientes domésticos, considerados como integrantes de la casa y signo de la pertenencia a un estrato acomodado. Estamos, entonces, ante una familia extendida, como fue la del cónsul Michel Hersant, quien efectuó el viaje trasatlántico con su esposa, dos hijos y una criada.
Las profesiones de los franceses abarcaron varios sectores. El más importante era el comercio, considerado como el principal medio generador de fortuna, así como de ascenso social. Lamentablemente, los registros no consignan en la mayoría de los casos el tipo de praxis mercantil que ejercían, pero por el contraste con otras fuentes, se puede afirmar que los comerciantes minoristas o detallistas dominaban. Las actividades artesanales, las labores agrícolas, los servicios de transporte y las profesiones liberales eran, del mismo modo, practicados por los franceses. Entre los pasajeros se encontraban viajeros que deseaban recorrer el país con fines recreativos o científicos, migrantes sin oficio e individuos que esperaban hallar una ocupación.
Los lugares a los que se dirigían los franceses, aunque al final no sucediera así, destacaron los puertos de desembarque, así como la Ciudad de México, Jicaltepec, Orizaba, Puebla, Xalapa y Zacatecas. Esto es, se privilegiaron las urbes porque ofrecían las mayores posibilidades para desarrollar sus actividades, aunque los asentamientos rurales fueron otros centros de destino donde esos extranjeros se ganaron la vida mediante la labranza, el arrendamiento de haciendas y la explotación de vetas mineras.
Respecto a la presencia francesa en México en las primeras décadas de vida independiente, se pueden ofrecer datos a través de las peticiones de cartas de seguridad y los certificados de nacionalidad francesa. La carta de seguridad permitía la estancia legal del forastero en territorio mexicano durante un año, a cuyo término podía renovarse por el mismo plazo. El trámite se verificaba ante el agente acreditado o la autoridad política más próxima al lugar de residencia del solicitante. El camino más socorrido era acudir ante el cónsul francés, quien elaboraba los certificados de nacionalidad francesa, que luego mandaba a la oficina encargada de los asuntos exteriores de México. Las cartas de seguridad otorgaban, además, la protección por parte de las autoridades civiles y militares.
Las solicitudes de cartas de seguridad hechas por franceses de manera anual entre 1830 y 1840, que alcanzaron un total de 3.437. Como suele ocurrir en este tipo de fuentes, aparecen subregistros. Es de notar que el año de 1840 cuenta con el mayor número de solicitudes de cartas de seguridad debido a la estabilidad en las relaciones franco-mexicanas, después de las desavenencias suscitadas en 1838 y 1839.
En términos cuantitativos, la corriente migratoria francesa estuvo entre las principales que llegaron a México en la primera mitad del siglo XIX, solo superada por la española. Con el correr de los años se hizo notar gracias a sus actividades económicas y culturales, a pesar de formar una comunidad reducida. La historiadora Leticia Gamboa afirma que varios franceses trajeron consigo prejuicios racistas y menospreciaban a los nacionales. A pesar de ello, un sector de ellos contribuyó con sus servicios al mejoramiento de la población, como fue el caso de los artesanos, educadores y médicos-cirujanos. El estadista guanajuatense Lucas Alamán, en su Historia de México, no ocultó su predilección por este colectivo extranjero debido a los beneficios que proporcionaban a la tierra de acogida al mediar la centuria:
«Los franceses, entre los cuales deben comprenderse los pocos italianos que hay, aprendiendo prontamente el idioma, familiarizándose con todas las clases de la sociedad, fáciles de carácter, censurando y ridiculizando todo lo que no es francés, pero acomodándose sin repugnancia a todo lo del país, habiendo abrazado con ardor los intereses de éste en la guerra de los Estados Unidos, es la nación que más simpatiza con los mejicanos, y la que ejerciendo todas las profesiones, ha causado un adelanto inmenso en todas las artes mecánicas, mejorando todos los procedimientos, introduciendo al buen gusto en los edificios, los muebles y los vestidos, y proporcionando todas las comodidades y placeres de la vida desde la arquitectura y la maquinaria, hasta la confitería y la cocina…».
En general, puede decirse que los franceses gozaban de buena imagen ante los nacionales, aunque las fricciones entre ambos no faltaron en el quehacer cotidiano. Según muestran las solicitudes de excepción y las piezas justificativas para permanecer en la República mexicana, las profesiones de varios franceses se juzgaron como útiles para los habitantes y su salida redundaría en “un verdadero mal”.
Los franceses, como parte de los extranjeros, se ajustaron al pensamiento de la élite nacional que creía que los inmigrantes colonizarían las tierras despobladas, sobre todo del septentrión, fomentarían la agricultura e impulsarían el comercio y la industria nacionales. Como bien señala Fernando Alanís, la inmigración de extranjeros engrosó, de manera prioritaria, la agenda de la clase gobernante. Se construyó la imagen entre el grupo dirigente de que el forastero ideal debía ser europeo, católico, trabajador, sin ambiciones políticas y obediente de las autoridades. Esto es, el inmigrante era visto como la panacea para los males que acechaban al país.
Francia era considerada como una nación progresista y referente cultural; por tanto, se creía que desde un inicio reconocería la independencia de México. No obstante, esto no ocurrió por el Pacto de Familia con la rama borbónica española. El acuerdo databa del siglo XVIII y consistía en que cualquiera que atacara a una corona también lo hacía a la otra, por lo cual los soberanos podían clamar por ayuda militar y naval mutua. Esta circunstancia no fue impedimento para que Francia instrumentara una doble política hacia México, es decir, desconocer la nueva situación jurídica, pero al mismo tiempo enviar agentes informales.
Situación en México
Por su parte, el México de 1838 atraviesa una gran inestabilidad económica, social y política. Desde la independencia, y en tan solo 17 años, había sido un imperio (1821-23), dio paso a una república constitucional federal (1824-35) y, posteriormente, a una república centralista conservadora que generó conflictos separatistas (Zacatecas en 1835 y Texas en 1836) y levantamientos populares en gran parte del territorio (1837-38). El país está presidido por el general Anastasio Bustamante, que había sido médico, militar y político. Desempeñó como presidente de México en tres ocasiones: la primera entre el 1 de enero de 1830 y el 13 de agosto de 1832, tras derrocar al presidente Vicente Guerrero; la segunda del 19 de abril de 1837 al 18 de marzo de 1839, después de haber sido electo, y la tercera ocasión del 18 de julio de 1839 al 22 de septiembre de 1841. También fue vicepresidente de México de 1829 a 1832.
Durante su primer mandato presidencial (1830-32), Bustamante expulsó al ministro estadounidense Joel Roberts Poinsett, promulgó una ley que prohibía la inmigración estadounidense a Texas y generó un superávit presupuestario. Su principal ministro durante este periodo fue el intelectual conservador Lucas Alamán. Los opositores a su régimen proclamaron el Plan de Veracruz en 1832, lo que desencadenó casi un año de guerra civil y finalmente obligó a Bustamante al exilio, pasando 3 años en París. Aprendió a hablar francés con fluidez, aunque con un marcado acento, y su posición como expresidente de México le permitió tener contacto con personalidades prominentes.
Durante su exilio, la Primera República federal colapsó y fue reemplazada por Santa Anna con la República Centralista de México. La caída en el poder de Antonio López de Santa Anna durante la Independencia de Texas en 1836 le dio a Bustamante la oportunidad de regresar a México y reasumir sin problemas la presidencia a principios de 1837.
Además de los estragos de la represión, la población mexicana se vio gravemente afectada por la gran epidemia de cólera de 1833. Estos acontecimientos condujeron a un declive económico, agravado por el auge del bandidaje en algunas provincias. De hecho, a mediados de la década de 1830, las arcas del Estado mexicano estaban vacías. La necesidad de ahorrar provocó una reducción de las fuerzas armadas, llegando incluso a suprimirse la Escuela de Cadetes de la Marina de Córdoba en 1836. Para romper este círculo vicioso, México firmó acuerdos comerciales con ciertos estados europeos a cambio de préstamos para financiarse, al tiempo que mantenía una fuerte presión fiscal sobre sus habitantes e imponía elevados impuestos al comercio marítimo con otros países.

Con la caída de Santa Anna, Bustamante se convirtió en el conservador más destacado de la nación. Tras la desastrosa presidencia de José Justo Corro, que no pudo evitar la pérdida de Texas, el Congreso votó a favor de ofrecerle la presidencia, la cual aceptó el 12 de abril de 1837. Aceptó y publicó una proclama explicando que había abandonado su tranquilo retiro en Europa para ofrecer sus servicios a la nación en la lucha contra la provincia rebelde de Texas. Lamentó la falta de fondos para lograr este fin y prometió promover la justicia imparcial y el bien del país.
Poco después de la inauguración, llegó la noticia de que España había reconocido la independencia mexicana, en un tratado celebrado en Madrid con el plenipotenciario mexicano, Miguel Santa María, el 28 de diciembre de 1836. El tratado fue ratificado por el Congreso mexicano en mayo de 1837.

Relaciones de Francia con México
Los líderes de las recién independizadas naciones hispanoamericanas vieron en la firma de tratados de comercio con las grandes potencias una manera de integrarse al mundo occidental. En Europa, las relaciones comerciales eran consideradas una muestra del grado de “civilización” de un pueblo, por lo cual podían dar aliados y respetabilidad a las nuevas naciones independientes. Las posibilidades de expansión que el mercado mexicano ofrecía a las potencias marítimas eran tan grandes que Inglaterra y Estados Unidos decidieron pasar sobre los derechos que Fernando VII, con el apoyo de la Santa Alianza, decía conservar sobre sus colonias, y otorgaron su reconocimiento a la independencia de México e Hispanoamérica. Así, México firmó con Inglaterra su primer tratado comercial en 1825 y con Estados Unidos se firmó en 1830, no obstante que era evidente la desventaja de tratar de igual a igual con la potencia manufacturera más desarrollada del mundo.
El caso con Francia fue más complicado. Francia era parte de la Santa Alianza y el llamado Pacto de Familia de los Borbones había sido restaurado en las personas de Luis XVIII y Fernando VII. El gobierno francés estaba entonces con la corona española y se negó a conceder su reconocimiento a ninguna nación hispanoamericana. Por el contrario, intrigó en la corte española con el objetivo de imponer en las nuevas naciones una serie de monarquías borbónicas y así lograr en el mediano plazo un lugar de privilegio en el mercado americano.
Esa intriga monárquica no fructificó y Francia comenzó a perder terreno en el mercado de México y el resto de Hispanoamérica en beneficio de ingleses y estadounidenses. Sus mercancías sí penetraban en dichos mercados, pero lo hacían en condiciones desventajosas. Esto produjo el descontento de sus navieros y comerciantes, quienes presionaron a su gobierno para que reconociera la independencia de Hispanoamérica y firmara tratados. El ascenso al trono de Carlos X en 1824, sin embargo, complicó más la situación, pues se trataba de un monarca recalcitrantemente absolutista y enemigo de los regímenes republicanos de América, por lo cual la formalización de las relaciones de Francia con el Nuevo Mundo tuvo que seguir esperando.
Los que no podían esperar eran los intereses comerciales de Francia, por lo cual el primer ministro, el conde Jean-Baptiste de Villèle, intentó establecer con México relaciones informales enviando a este país una serie de agentes oficiosos con la misión de obtener del gobierno mexicano algunas garantías para el comercio francés, el cual iba en continuo aumento con miles de toneladas de mercancías introducidas cada año (en 1827 se iba a llegar a las 12.000). Lo máximo que consiguió Villèle fue que en abril de 1826 se concediera a un oficial naval, llamado Alexandre Martin, el nombramiento oficioso de agente confidencial en México, en reciprocidad por el nombramiento del mismo tipo que se había concedido al agente mexicano Tomás Murphy en París. Por su parte, lo más que lograron de Francia los mexicanos fue la firma de un proyecto de tratado, que después fue conocido como Declaraciones de 1827, y que nunca llegó a tener valor oficial, pues tanto Luis XVIII como su sucesor Carlos X se negaron siempre a reconocer la independencia de México.
Las exportaciones francesas a México aumentaron tan rápidamente que este mercado se convirtió en una importante salida para los productos de Francia. Sin embargo, mientras que estadounidenses y británicos ya habían obtenido garantías comerciales, los franceses no lograban cerrar ningún acuerdo: sus mercancías estaban sujetas a impuestos más elevados, al igual que los expatriados franceses establecidos en México. Además, estos últimos eran víctimas de actos de violencia recurrentes.
Las relaciones franco-mexicanas siguieron estancadas en la informalidad. Tal situación empeoró debido a que en México la repentina apertura al contacto con el exterior llevó a la población a reaccionar de manera negativa ante la creciente presencia de extranjeros, quienes llegaban al país para establecerse y dedicarse al comercio y diversos oficios. La xenofobia popular se expresó en una notable desconfianza e incluso agresividad contra los inmigrantes y sus intereses, de lo cual la expresión más violenta fue el saqueo de las casas comerciales extranjeras que se encontraban en el mercado conocido como El Parián, ubicado en la plaza central (hoy llamada Zócalo) de la Ciudad de México, el 30 de noviembre de 1828, en medio del movimiento revolucionario que impuso en la presidencia al general Vicente Guerrero luego de que sus partidarios desconocieran el triunfo electoral del general Manuel Gómez Pedraza.
La inestabilidad condujo también a la bancarrota de las finanzas gubernamentales y, para paliar tal situación, se recurrió al expediente de imponer préstamos forzosos a la población, incluyendo a los extranjeros, quienes a su vez solicitaron la protección de sus respectivos representantes diplomáticos acreditados en México.
Todo ello agrió las relaciones franco-mexicanas, máxime cuando el gobierno mexicano comenzó a evadir el pago de las reclamaciones presentadas por el sucesor de Martin, Adrián Cochelet, quien, además, a diferencia de otros diplomáticos, negó el derecho del gobierno a imponer préstamos forzosos a los extranjeros e invocó la protección de las Declaraciones de 1827, sin más resultado que el de que se le recordara la invalidez de ese documento. Para colmo, el comercio francés entró en decadencia; en 1829 se iba a reducir a 7.000 toneladas. En los círculos políticos se cobró conciencia de lo desventajoso que era el libre cambio para un país que tenía que crear una industria propia y surgieron voces a favor del proteccionismo, a la vez que se hostigó al comercio francés aumentando las tarifas aduanales; pero lo más doloroso para los franceses fue que se les prohibió comerciar al menudeo, que era su principal actividad económica.
Cochelet pintó a su gobierno un cuadro tan desfavorable sobre la situación política del país y el peligro que corrían los inmigrantes franceses, que en París comenzó a verse a México como un país bárbaro y a Francia como la nación llamada a ejercer el derecho y la obligación de imponerle una lección de civilización. El agente pidió la asistencia de fuerzas navales y el rey Carlos X ordenó entonces el envío de una escuadra de guerra y el bloqueo de las costas mexicanas.
El derrocamiento de Vicente Guerrero por Anastasio Bustamante y Lucas Alamán en diciembre de 1829 evitó el conflicto, pues el último, como ministro de Relaciones Exteriores, detuvo las represalias contra el comercio francés. Si bien poco después, en julio de 1830, Carlos X fue derrocado y sucedido por Luis Felipe de Orleans, el conflicto iba a resultar inevitable debido a que, no obstante el advenimiento al trono de un rey favorable a la independencia hispanoamericana, los intereses contrapuestos no iban a solucionarse con el simple cambio de gobernantes.
Luis Felipe de Orleans, a pesar de que anunció su reconocimiento inmediato e incondicional a la independencia hispanoamericana, se encontró con que Hispanoamérica se estaba rebelando contra el libre cambio. En todo el subcontinente se mostró indiferencia ante el reconocimiento de facto del nuevo rey de Francia, a la vez que falta de entusiasmo por obtener el de jure mediante tratados. En el caso de México, la repulsión a negociar con Francia no fue tan obvia como en las naciones sudamericanas, pues se firmó un tratado de comercio en París el 13 de marzo de 1831; sin embargo, al ser presentado al Congreso para su ratificación, fue rechazado porque el negociador mexicano, Manuel Eduardo de Gorostiza, había concedido a los franceses el derecho a comerciar al menudeo con absoluta libertad. Esto iba en contra del tratamiento de nación más favorecida que ya se había concedido a otras naciones mediante tratados, por lo cual el documento fue rechazado. Sin embargo, también reflejaba una nueva actitud por parte de los mexicanos: el presidente Bustamante declaró que su gobierno ya no estaba dispuesto a pactar lo que en el pasado se había pactado “con otros pueblos”, y en cambio estaba decidido a ejercer la soberanía para arreglar, “según nuestra conveniencia, nuestro comercio interior”.
Se firmó un nuevo tratado el 15 de octubre de 1832 en el que los negociadores franceses tuvieron que retirar la cláusula sobre libertad para comerciar al menudeo. Este tratado también fracasaría debido a que el Congreso mexicano lo ratificó exceptuando algunos artículos, lo que produjo la inconformidad del primer ministro de Francia en México, el barón Antoine Deffaudis, quien en 1834 propuso firmar una convención provisional en previsión de que su gobierno rechazara la ratificación incompleta, pero con el verdadero propósito de que en una nueva negociación su gobierno lograra obtener del mexicano la libertad de comerciar al menudeo para sus connacionales, pues este tipo de comercio había alcanzado la nada despreciable cifra de 16.200.000 francos (el comercio al mayoreo alcanzaba los 8.000.000 de francos).
Primeras tensiones
En 1828 fueron saqueados comercios franceses en Ciudad de México y, posteriormente, en 1833, cinco franceses acusados de envenenar pozos fueron asesinados en Atencingo. En 1835, dos franceses acusados de piratería fueron abatidos en Tampico, mientras que el cónsul de Francia en Guaymas fue encarcelado sin juicio previo. Entretanto, en 1832, fueron saqueadas tiendas francesas en Tacubaya (Ciudad de México), incluida la pastelería Remontel, donde algunos oficiales del presidente Santa Anna se habían comido unos pasteles negándose a pagar la cuenta; al serles exigida, causaron daños en la pastelería, por lo cual exigía ser indemnizado con 60.000 pesos, una cifra exorbitante (los daños se estimaban en 1.000 pesos). El gobierno mexicano ignoró la petición; por este hecho, este conflicto se conocería como la Guerra de los Pasteles. Las víctimas, al no obtener ninguna compensación por parte del gobierno mexicano, que carecía tanto de los medios como de la voluntad para hacerlo, recurrieron entonces a las autoridades francesas para reclamar una indemnización.

El año de 1830 originó un cambio trascendental en las relaciones franco-mexicanas. Tras su arribo a las Tullerías, después de las jornadas de julio de ese año, el monarca francés Luis Felipe I se dispuso a formalizar los lazos diplomáticos con México. En la opinión de Pierre Goubert, el llamado “rey de los franceses” era de carácter autoritario, aunque “sabía cómo utilizar el tiempo y no precipitar en nada”. Al recibir la noticia, ni Anastasio Bustamante, al frente del Ejecutivo como vicepresidente, ni Lucas Alamán, ministro de Relaciones, mostraron el mayor regocijo porque ambos veían en el nuevo régimen el producto del jacobinismo que odiaba Alamán. La Monarquía de Julio, o reinado de Luis Felipe I, debió aguardar tres años más para enviar un representante que velara por los intereses de los súbditos franceses del otro lado del océano.
La inauguración de los lazos diplomáticos entre México y Francia ocurrió en 1833, mientras ocupaba la silla presidencial el general Manuel Gómez Pedraza. A inicios de ese año se presentó el barón Antoine-Louis Deffaudis, el primer enviado extraordinario y ministro plenipotenciario francés en México. Negociante con amplia experiencia como jefe de la división comercial de su nación, carecía de la mínima formación diplomática. Durante su gestión, se estableció la legación de Francia en México, que comenzó a recibir reclamaciones y quejas de los franceses por las pérdidas pecuniarias a raíz de los movimientos revolucionarios, lo cual generó los primeros enfrentamientos con las autoridades nacionales.
La maniobra del francés resultó inútil, pues, en febrero de 1835, el Congreso decidió invalidar las ratificaciones dadas tanto al tratado de 1832 como a la convención de 1834. Esto evidenció, a juicio de Deffaudis, que México, igual que el resto de Hispanoamérica, estaba adoptando el proteccionismo. Para colmo, el representante francés polemizó con el gobierno mexicano sobre su supuesta obligación de indemnizar a sus connacionales afectados por la inestabilidad política del país, cuando la postura mexicana era que el derecho internacional no le obligaba a ello.
La evidente reticencia de los mexicanos a concretar un tratado y los incidentes entre la población y los inmigrantes franceses orillaron a Deffaudis a indisponer a su gobierno contra México, y así lograr que París lo apoyara con el envío de fuerzas navales. Desde 1835 se dedicó a coleccionar toda clase de quejas de sus compatriotas, justas o injustas, para presentarlas como reclamaciones diplomáticas, y a exigir la protección de las Declaraciones de 1827, así como libertad de comerciar al menudeo y la exención de los préstamos forzosos para aquellos.
Con un hábil manejo de notas diplomáticas, en junio de 1837 el barón Deffaudis obligó al ministro de Relaciones Exteriores, Luis G. Cuevas, a exponer la postura de México sobre los problemas mencionados y, aunque Cuevas intentó ser conciliador explicando en una nota fechada el 27 de junio que las reclamaciones necesitaban de un análisis que podía llevar tiempo, y que México tenía derecho a imponer préstamos forzosos a todos los habitantes del país y a arreglar su comercio interior como mejor le conviniese, el barón presentó ese documento ante su propio gobierno como un rechazo definitivo y tajante de las demandas francesas. En París, el primer ministro, conde Louis-Mathieu Molé, recomendó al rey el 1 de octubre el envío de fuerzas navales contra México, que tendrían la misión de presentar un ultimátum exigiendo la satisfacción de las reclamaciones. Con el objetivo de amedrentar a toda Hispanoamérica, se ordenó también una expedición contra Argentina, donde el cónsul general, Aimé Roger, había desarrollado una misión diplomática muy similar a la de Deffaudis y también había alertado sobre el proteccionismo hispanoamericano.

Bloqueo de Veracruz
El año de 1830 originó un cambio trascendental en las relaciones franco-mexicanas. Tras su arribo a las Tullerías, después de las jornadas de julio de ese año, el monarca francés Luis Felipe I se dispuso a formalizar los lazos diplomáticos con México. En la opinión de Pierre Goubert, el llamado “rey de los franceses” era de carácter autoritario, aunque “sabía cómo utilizar el tiempo y no precipitar en nada”. Al recibir la noticia, ni Anastasio Bustamante, al frente del Ejecutivo como vicepresidente, ni Lucas Alamán, ministro de Relaciones, mostraron el mayor regocijo porque ambos veían en el nuevo régimen el producto del jacobinismo que odiaba Alamán. La Monarquía de Julio, o reinado de Luis Felipe I, debió aguardar tres años más para enviar un representante que velara por los intereses de los súbditos franceses del otro lado del océano.
La inauguración de los lazos diplomáticos entre México y Francia ocurrió en 1833, mientras ocupaba la silla presidencial el general Manuel Gómez Pedraza. A inicios de ese año se presentó el barón Antoine-Louis Deffaudis, el primer enviado extraordinario y ministro plenipotenciario francés en México. Negociante con amplia experiencia como jefe de la división comercial de su nación, carecía de la mínima formación diplomática. Durante su gestión, se estableció la legación de Francia en México, que comenzó a recibir reclamaciones y quejas de los franceses por las pérdidas pecuniarias a raíz de los movimientos revolucionarios, lo cual generó los primeros enfrentamientos con las autoridades nacionales.
Deffaudis abandonó su misión diplomática en México y regresó a Francia, para volver al poco tiempo (marzo) acompañado de una flota al mando del capitán de navío Charles Louis Joseph Bazoche, compuesta de 5 barcos de guerra que apoyaban las reclamaciones de su gobierno: 2 fragatas: Herminie (60) e Iphigénie (60), 3 bergantines: Lapérouse (20), Albiciade (20) y Eclipse (10). Fondearon frente a la isla de Sacrificios, Veracruz, amenazando con invadir el territorio mexicano si México no cumplía las condiciones que Deffaudis plasmó en un ultimátum redactado el 21 de marzo de 1838 a bordo de la fragata insignia Herminie (60), que contenía las reclamaciones francesas relativas a los saqueos y la destrucción de propiedades, los préstamos forzosos y las denegaciones de justicia. Para encontrar una solución favorable, Deffaudis concedió unas semanas y fijó el 15 de abril como plazo límite.
En la noche del 26 de marzo, el gobierno mexicano puso en conocimiento de las Cámaras el ultimátum, e indicó su resolución de no contestar a él mientras permaneciesen en Veracruz las fuerzas navales, pues la dignidad nacional se lastimaba de que pudiera llegar a creerse que cualquiera composición que en el asunto se hiciese hubiera sido dictada, no por la razón y la justicia, sino por la presión de las tropas francesas o por el temor a sus armas. Esta actitud, digna y enérgica, fue aprobada por el Congreso y aplaudida por el inmenso concurso que llenaba las galerías.

Ante el rechazo del ultimátum por el gobierno mexicano, la escuadra naval francesa, que se encontraba estacionada en la costa del golfo de México, inició el 16 de abril un bloqueo a los puertos de la República Mexicana, que en los hechos solo aplicó para Veracruz.
Como el gobierno de Anastasio Bustamante se negaba a tratar con Deffaudis mientras hubiera fuerzas navales francesas frente a Veracruz, el comandante de estas, el capitán Bazoche, declaró bloqueados todos los puertos del Golfo de México (aunque solo se aplicó a Veracruz, de un modo “amistoso”; las barcas mexicanas de pescadores podían ejercer su industria y no pasarían a las medidas hostiles, “pues Francia, confiada en su buen derecho, no quería desde luego aniquilar a México con el peso de su poder”). Francia hacía gala del uso de la “diplomacia de cañonero”, es decir, presionó a México, país considerado menos aventajado, para aceptar concesiones desfavorables con el uso de la fuerza militar. Comenzó un bloqueo que duraría más de 7 meses, desde el 16 de abril de 1838 hasta mediados de noviembre.
Bazoche no se atrevió a atacar el puerto de Veracruz, que estaba fuertemente fortificado. La bahía de Veracruz está salpicada de bancos de coral que, con la marea baja, quedan casi a flor de agua. Algunos de estos escollos, como el bajo de Sacrificios, se han transformado en islotes de arena debido a la acción de los vientos. La distancia desde Sacrificios hasta el fuerte de Ulúa es de tres millas; apenas una milla si se mide entre el islote y la costa que tiene enfrente. Hacia el noreste se extienden, hasta cuatro millas mar adentro, los arrecifes de Pájaros, Isla Verde y Anegada de Adentro, dejando entre ellos pasos de mayor o menor anchura. A la altura de Veracruz se encuentra una segunda cadena casi paralela a la primera: la Lavandera, la Gallega y la Galleguilla. El arrecife de la Gallega es el más importante y presenta una forma oblonga. Su longitud, de sur a norte, puede estimarse en 2.600 metros; su anchura, de este a oeste, apenas supera los 1.200 metros.

El fuerte de San Juan de Ulúa ocupa el ángulo suroeste de esta plataforma rocosa. Los cañones de Ulúa mantienen a Veracruz a su merced. Los barcos fondean lo más cerca posible de la fortaleza, pues este punto es el que les ofrece mejor abrigo; allí podían acceder buques con el calado de las fragatas Herminie (60) e Iphigénie (60). No obstante, el canal es estrecho y de navegación bastante difícil. En cuanto al fuerte, puede imaginárselo como un paralelogramo flanqueado por cuatro baluartes. Los dos lados mayores, orientados aproximadamente de oeste-noroeste a este-sureste, miden 200 metros cada uno; los lados cortos miden 140. El baluarte del este, en la cara que mira hacia alta mar, lleva el nombre de baluarte de la Soledad; el del oeste es el baluarte de Santiago. En la cara orientada hacia el sur y la ciudad se encuentran, a la derecha (mirando hacia tierra firme), el baluarte de San Pedro y, a la izquierda, el baluarte de San Crispín. Casi en contacto con el baluarte de San Crispín se alza un caballero que cubre el gran almacén de pólvora.
El lunes 4 de junio de 1838 se reúne el consejo de guerra; las deliberaciones no conducen a ninguna decisión. El presidente, el capitán de navío Bazoche, pospone para el día siguiente la votación de los proyectos presentados. El 5 de junio expone el plan que, a su juicio, mejor responde a las exigencias de la situación: consiste en penetrar en la rada de Veracruz por el paso del Este. Las dos fragatas se fondearán de costado frente al bastión de San Crispín, a tiro de fusil de la muralla; el fuego de fusilería y el de los pedreros situados en las cofas se sumarán al de las baterías para desalojar a los defensores del bastión y del caballero que lo domina; a continuación, se procederá al asalto mediante escalada, ya sea utilizando un pontón o haciendo atracar pequeñas embarcaciones dispuestas para tal fin.
El carácter arriesgado de una acción tan audaz no podía pasar inadvertido para los oficiales experimentados que integraban el consejo de guerra. El canal que las fragatas deberán seguir es estrecho y sinuoso; en algunos puntos apenas ofrece 24 pies (7,3 m) de profundidad, y la elevación constante del nivel del agua provocada por el oleaje no puede estimarse en menos de 2 pies (0,6 m). Si conseguían atravesar sin percances: una vez fondeadas bajo los muros de la fortaleza, las naves quedarían expuestas al fuego cruzado de los fortines construidos en ambos extremos de la ciudad. Cada uno de estos fortines podría apuntar a las fragatas con 3×24 cañones. El capitán Bazoche propuso neutralizar estas posiciones oponiéndoles las baterías de los 2 bergantines de 20 cañones.
El consejo rechazó por unanimidad el proyecto sometido a su examen: a su juicio, sería preferible situar las fragatas y los bergantines de costado frente a los dos baluartes que dan a mar abierto y efectuar después un desembarco en el arrecife de la Gallega, un arrecife que, según todos los indicios, era vadeable.
Por desgracia, este segundo proyecto, antes de poder llevarse a cabo, requería estudios exhaustivos y reconocimientos previos; la fiebre amarilla no daría tiempo para emprenderlos. La enfermedad azotaba a ambas fragatas y, en pocos días, las convirtió en hospitales flotantes.
Las tripulaciones se estaban agotando rápidamente en el mar y estaban siendo diezmadas por la fiebre amarilla. Desesperado, Bazoche solicitó ser llamado de vuelta. A principios de otoño, fue reemplazado. Fue en estas condiciones, después de pasar ocho meses frente a la costa de México, con una tripulación exhausta, él mismo aquejado de fiebre amarilla, inició el regreso a Francia y naufragó el 2 de diciembre de 1838, cerca de las Bermudas. De regreso a Francia a principios de 1839, fue llevado ante un consejo de guerra en Brest para responder por la pérdida de la fragata Herminie (60), cuyos 495 tripulantes se salvaron del naufragio, pero fueron internados en la isla por los británicos en las Bermudas.
Bombardeo y captura del fuerte de San Juan de Ulúa (27 y 28 de noviembre de 1838)
Veracruz, principal ciudad costera y puerto militar de México, constituía la puerta de entrada y salida de la actividad comercial mexicana. Fundada en 1519 por los españoles con el nombre de Villa Rica de la Vera Cruz como cabeza de puente logística para la conquista del Imperio azteca, Veracruz se convirtió en uno de los puertos más importantes del Imperio español y en paso obligado de un corredor transoceánico que conectaba España, el mar Caribe y las islas Filipinas. Su pérdida a manos de piratas o ejércitos europeos enemigos (principalmente holandeses o ingleses) habría supuesto un desastre para el sistema hispánico; por ello, la defensa de Veracruz fue siempre una preocupación primordial para los españoles.
Ya a finales del siglo XVII, la ciudad estaba rodeada por una muralla abaluartada, mientras que en la pequeña isla de Ulúa se erigía una gran fortaleza: San Juan. Esta isla, situada frente a Veracruz, ofrecía excelentes posibilidades de fondeo a la vez que servía como defensa avanzada. Tanto la fortaleza como las murallas estaban artilladas con cañones de gran calibre procedentes de fundiciones españolas y, de forma más excepcional, con piezas francesas enviadas para apoyar a la Nueva España frente a la amenaza británica durante las guerras del siglo XVIII, gracias a la alianza entre las casas de Borbón.
Dada la importancia que las autoridades españolas otorgaban a su ciudad, la mayoría de los habitantes de Veracruz permanecieron fieles a la monarquía hispánica durante la Guerra de independencia de México (1810-21); por otra parte, tras la proclamación de la independencia, tropas españolas que se negaban a reconocer al nuevo Estado se atrincheraron en la fortaleza de San Juan de Ulúa, a la espera de una reconquista por parte de Madrid. Esta situación habría podido ser anecdótica de no ser porque impedía al gobierno mexicano percibir los ingresos de las aduanas marítimas de Veracruz, los cuales representaban más de un tercio de la recaudación total del país. Para remediarlo, los mexicanos adquirieron armamento a crédito en Estados Unidos y el Reino Unido, logrando la rendición de los españoles en noviembre de 1825. Este contexto resulta fundamental para comprender las posteriores operaciones militares francesas: el control de las aguas circundantes a San Juan de Ulúa constituía un medio de presión muy eficaz sobre el gobierno mexicano.
La inestabilidad política mexicana impidió la creación de un ejército profesional numeroso, bien equipado y adiestrado. La industria armamentística era incipiente, mientras que la Armada estaba diezmada por la falta de mantenimiento: a principios de 1838, la flota disponible para defender todo el golfo de México contaba con apenas ocho buques de pequeño porte (una corbeta, cuatro goletas y tres bergantines).
Veracruz estaba defendida entonces por más de 3.000 hombres (infantería, infantería de marina y milicianos), a los que se sumaba un centenar de artilleros y zapadores. Todos ellos iban armados con fusiles europeos de la época de las guerras napoleónicas, importados por el gobierno a Inglaterra.

Sin embargo, la ciudad y su fortaleza carecían de artillería digna de tal nombre. Al igual que la Armada, este cuerpo no se renovaba ni recibía mantenimiento debido a la precaria situación financiera: los cañones, que databan del siglo XVIII, estaban oxidados; las cureñas de madera se pudrían por la humedad ambiental y la escasez de municiones era alarmante. No obstante, la ciudad contaba con la gestión del general Rincón para prepararse ante un posible asedio.
Habiendo dirigido la expulsión de los españoles de San Juan de Ulúa en 1825, Rincón conocía bien las fortificaciones veracruzanas. Consciente de su deterioro, logró obtener fondos del presidente Bustamante para reparar algunos muros, reforzar la artillería de la fortaleza (dotada de 186 piezas), construir cuarteles para la tropa, abrir trincheras en las calles y defender los puntos estratégicos de la ciudad. Sus contemporáneos la consideraban prácticamente inexpugnable, el “Gibraltar de América”. Si bien esto había sido cierto hasta entonces, los observadores informados eran evidentes ante preocupantes desventajas. Los muros de bloques de coral no eran capaces de resistir un bombardeo sostenido de los cañones modernos; casi no había casamatas interiores que proporcionaran protección lateral a las dotaciones de los cañones, la artillería era de pequeño calibre y estaba mal montada, la pólvora era de baja calidad y los hombres eran reclutas mal entrenados.
La fortaleza estaba formada por un cuadrado con 4 baluartes en las esquinas. Los baluartes Santiago y Soledad en el lado de tierra, y el de San Pablo y San Crispín en el lado del mar. En el lado terrestre estaba la luneta de San José protegiendo la entrada, flanqueada por los fuertes del Pilar y de Santa Catalina. Frente al bastión de Santiago se encontraba el cuerpo de guardia y la batería de Guadalupe, y frente al baluarte de la Soledad se encontraba la batería de San Miguel.

Por parte francesa, las interceptaciones de buques llevadas a cabo por Bazoche no bastaron para doblegar a los mexicanos. Tras el rechazo del ultimátum el 16 de abril de 1838 y al ser insuficientes las fuerzas presentes para tomar Veracruz, Luis Felipe decidió enviar una segunda escuadra. Esta, bajo el mando del contralmirante Charles Baudin, zarpó de Brest el 1 de septiembre en la fragata Créole (24), que estaba al mando del príncipe de Joinvilley llegó frente a Veracruz el 29 de octubre de 1838.
Baudin, que relevaba a Bazoche, disponía entonces de 4 fragatas: Iphigénie (60), Néréide (52), Gloire (52) y Médée (46); 2 corbetas: Créole (24) y Naïade (24); 11 bergantines: Alcibiade (20), Lapérouse (20), Voltigeur (20), Cuirassier (18), Oreste (20), Eclipse (10), Laurer (10), Dupetit-Thouars (10), Dunois (10) y Zèbre (16); 2 buques bombarderos (Cyclope y Vulcain) y 5 buques de apoyo logístico: Météore, Phaéton, Fortune, Sarcelle y Caravane; en total, 22 buques y 380 piezas de artillería. Además, Baudin contaba con tres compañías de artillería de marina y un destacamento del cuerpo de ingenieros. Los transportes Phaéton y Météore eran dos vapores, cada uno con motores de 160 caballos de fuerza. La corbeta Créole (24) estaba al mando del hijo del rey, François d’Orléans, príncipe de Joinville, de 20 años.
Como señal de que no se preveía ningún desembarco, no hay tropas de infantería de marina: el fuego de artillería debería bastar para doblegar a los mexicanos. Esta artillería no es un detalle menor. Por primera vez, los buques de guerra van armados con cañones obuseros. Este concepto, desarrollado por el general Paixhans en 1822, consistía en disparar proyectiles explosivos (esféricos) mediante cañones de gran calibre. Hasta entonces, en la Marina, solo los morteros disparaban proyectiles explosivos con trayectorias curvas, mientras que los cañones disparaban proyectiles macizos con trayectoria tensa. Tras unas pruebas satisfactorias en 1824, se adoptaron los cañones obuseros del tipo “Paixhans”. Una vez resueltas las cuestiones relativas a la seguridad de las espoletas y al almacenamiento de los proyectiles, se inició su fabricación y entraron progresivamente en servicio a partir de 1835. La expedición contra Veracruz supuso el estreno en combate real de esta nueva artillería, que, no obstante, representaba apenas el 10 % de las piezas embarcadas por la escuadra de Baudin.
El 26 de octubre a las 15:00, la fragata Néréide (52) echó el ancla frente al islote de Sacrificios. La escuadra dispersa se dispuso a reunirse. La Gloire (52), la Créole (24) y la Iphigénie (60) regresarían pronto de La Habana, adonde el almirante las había destacado; la Médée (46) y los bergantines Lapérouse, Alcibiade, Cuirassier, Voltigeur y Dupetit-Thouars ya se encuentran en la rada. El 7 de noviembre llegan un refuerzo inestimable: los dos vapores Météore y Phaéton; luego aparecieron dos bombarderos, el Cyclope y el Vulcain, acompañados por la corbeta Naïade (24), los bergantines Zèbre (16) y Oreste (20), los transportes Fortune (que se convertirá en hospital), Caravane y Sarcelle. Los bergantines Éclipse (10) y Laurier (10) patrullaban entre Tampico y Tuxpan; un huracán los dejó inutilizados. El Éclipse pudo continuar en servicio; en cuanto al Laurier, su capitán lo abandonó en La Habana y se trasladó con toda su tripulación a la Iphigénie.
Charles Baudin, veterano de las guerras napoleónicas, tenía el carácter de ministro plenipotenciario del gobierno francés, y se reunió el 17 de noviembre en Jalapa (capital de Veracruz) con el ministro de Relaciones Interiores y Exteriores de México, Luis Gonzaga Cuevas, para efectuar negociaciones.
El plenipotenciario reclamaba del gobierno mexicano la celebración de un tratado de amistad, comercio y navegación entre los dos países que concediera derechos preferentes a los franceses. Además, México debería pagar a Francia, en el término de 30 días, la cantidad de 800.000 pesos que se aplicarían del modo siguiente: 600.000 para la liquidación general de los daños sufridos por los franceses y 200.000 como indemnización de los gastos de la flota francesa anclada en la costa mexicana.
Tras varias dilaciones del representante mexicano, el 21 de noviembre dejó en manos de Cuevas un último y serio ultimátum. Aguardaría a bordo hasta el día 27 la decisión final del gobierno mexicano. Si el 27, a mediodía, no se ha dado plena satisfacción a Francia, iniciaría inmediatamente las hostilidades.
La división naval del almirante Baudin se desplazó desde el fondeadero de Sacrificios al de la Isla Verde. Ya en la tarde del día 26 se adoptaron las primeras disposiciones de combate. Los bombarderos se situarían al norte de las fragatas, fuera del alcance de los cañones del fuerte, pero en posición de extender cables de maniobra si fuera necesario. A la señal del almirante, los bombarderos se dirigirían a la altura de la brecha del arrecife de la Gallega y se fondearían allí en posición de combate. Las tres grandes fragatas Néréide (52), Gloire (52) e Iphigénie (60) fondearían al sur de dicha brecha, formando una línea cerrada a unos 1.550 metros del fuerte.
Los cañones-obús de calibre 30, cargados con granadas explosivas y disparados con dos kilogramos de pólvora, tienen un alcance muy similar al de los cañones convencionales. En cuanto a las carronadas, parece inútil emplearlas en un combate en el que la distancia supere los 1.400 metros. No obstante, si se desea intentar utilizarlas, habrá que apuntarlas con un ángulo de siete u ocho grados. La intención del almirante era comenzar ajustando el tiro de la división de ataque mediante algunos disparos de prueba. A tal efecto, la Naïade (24) y la gabarra Sarcelle, situados en dirección noroeste, realizarán las señales necesarias: la bandera 1, izada en el palo de mesana, indicará que el disparo ha quedado corto; la bandera 2, en el tope del palo mayor, que ha dado en el blanco; y la bandera 3, izada en el palo de trinquete, anunciará que el proyectil ha caído más allá del fuerte.
La mañana del 27 de noviembre, el tiempo estaba en calma. Se ordenó a los dos vapores de ruedas, Météore y Phaéton, que remolcaran cada uno a uno de los dos bombarderos Cyclope y Vulcain, y los condujeran al puesto de fondeo asignado. Una vez cumplida esta misión, el Météore remolcó a la fragata Néréide (52), mientras que el Phaéton remolcó a la Gloire (52), mientras que la Iphigénie (60) decidió confiar únicamente en sus velas.
Unos minutos antes del mediodía, la Néréide (52) fondeó lo más cerca posible del escarpado talud del arrecife; la Gloire (52) y la Iphigénie (60) ocuparon sus puestos con notable precisión: la primera, por delante de la Néréide; la segunda, por detrás. La corbeta Naïade (24), la gabarra Sarcelle y el bergantín Voltigeur (20) se situaron en posiciones escalonadas entre el bajo de la Gallega y la isla Verde; su misión era transmitir las señales del almirante, de ser necesario, a la parte de la escuadra que permanecía en reserva. La corbeta Créole (24) recibió la orden de mantenerse a vela, vigilando el noroeste de la fortaleza. A la fragata Médée (46), armada con cañones de a 18 libras, se le negó el honor de ocupar un puesto de combate junto a fragatas dotadas de piezas de a 30 libras.

El ancla de la Néréide (52) acababa de tocar fondo; aún no habían dado las 12:00: un bote se separó de tierra y condujo a dos oficiales hasta el costado del buque. Dichos oficiales eran parlamentarios. Si el gobierno mexicano dejaba de lado sus dilaciones y aceptaba franca y sin reservas las condiciones de Francia, los cañones permanecerían mudos.
El almirante estudió detenidamente sus términos y trató de interpretarla en el sentido más favorable; a las 14:00 horas, ya había tomado una decisión y dijo: «He perdido toda esperanza de obtener por vías pacíficas el acuerdo honroso que se me había encomendado proponer al gabinete mexicano; me veo, pues, en la necesidad de iniciar las hostilidades». Poco antes de las 14:30, los parlamentarios fueron despedidos. Apenas el almirante los vio a suficiente distancia, dio la señal de abrir fuego.
El fuego comenzó y a las 15:30 apareció a vela la corbeta Créole (24), bordeando el arrecife de la Gallega por el lado norte y solicitó por señales permiso para unirse a las fragatas de ataque y participar en el combate; dicho permiso le fue concedido. El príncipe de Joinville pasó entonces entre la fragata Gloire (52) y el arrecife de la Lavandera. Se mantuvo en esa posición hasta la puesta del sol, combinando hábilmente sus andanadas para cañonear el baluarte de San Crispín y la batería rasante del este.

A las 16:20, la torre de señales, erigida sobre el caballero del baluarte de San Crispín, voló por los aires, cubriendo con sus escombros al caballero y las obras circundantes. Ya se habían producido otras dos explosiones de polvorines: una en el foso de la luneta y la otra en la batería rasante del este. Hacia las 17:00 se produjo una cuarta explosión y, a partir de ese momento, el fuego de los mexicanos disminuyó considerablemente.

Al atardecer, varias de sus baterías parecían abandonadas; la fortaleza ya solo disparaba con un reducido número de sus piezas.
A las 18:45, el coronel mexicano Manuel Rodríguez de Cela se acercó en una lancha portando una bandera parlamentaria y subió a bordo de la fragata Néréide, para solicitar la suspensión de fuego, a lo que se negó el contraalmirante, contestando que solo lo consentiría si la guarnición capitulaba. Cela regresó a Ulúa, en donde se encontraba ya el general Antonio López de Santa Anna, que al oír en su hacienda de la Manga de Clavo los disparos de la acción se había trasladado a Veracruz para ofrecer sus servicios y por Rincón había sido enviado a inspeccionar el estado de la fortaleza.
El coronel Rodríguez de Cela regresó a Ulúa con la contestación. El consejo de guerra, convocado a instancias del general Santa Anna, no dudó en declarar por unanimidad que continuar la defensa era imposible. Tal como quedó asentado en el acta redactada el 28 de noviembre a las dos de la madrugada, varias piezas de artillería habían quedado inutilizadas y el fuerte carecía de cureñas de repuesto; las municiones, prácticamente agotadas, apenas habrían permitido mantener el fuego durante una o dos horas más; la mayor parte de los artilleros había muerto o resultado heridos.
La explosión de dos de los polvorines, la destrucción total de una batería elevada y de casi toda la línea de defensas exteriores, la muerte del coronel de ingenieros y la baja de 3 oficiales superiores, 13 oficiales subalternos y 207 soldados habían minado considerablemente la moral de las tropas mexicanas: como único refuerzo, el general Rincón podía enviar desde Veracruz a 80 artilleros, cantidad apenas suficiente para dotar a diez piezas. En tales circunstancias, no quedaba más remedio que capitular, procurando obtener las condiciones más honrosas posibles.

Rodríguez de Cela regresó a la Néréide, aceptando la capitulación, y se pedía al contraalmirante que enviara parlamentarios para discutir los términos de la misma. Durante toda la noche se parlamentó. A las 08:00 de la mañana, los oficiales que había enviado a Veracruz para negociar con el general Rincón aún no habían regresado.
Habían aprobado la capitulación consiguiente. Según sus artículos la fortaleza de Ulúa sería ocupada el 28 a las doce de la mañana por las tropas francesas, después de la salida de la guarnición; ésta la verificaría con sus armas y equipajes y todos los honores de la guerra: el almirante les proporcionaría todos los medios de transporte, los oficiales y tropa conservarían sus espadas, comprometiéndose bajo su palabra de honor a no servir contra Francia antes de ocho meses, contados desde la fecha de la capitulación: todos los oficiales y tropa que quisieran ser desembarcados sobre cualquier punto del Golfo Mexicano o en el puerto de Veracruz serían transportados a expensas de Francia: por último, el almirante se comprometía a que se cuidasen los heridos de la guarnición por los cirujanos de su escuadra y a tratarlos como a los heridos franceses. Desde el primer momento, el almirante exigió que también la plaza de Veracruz entrase en la capitulación. Siendo el principal motivo de discrepancia.
Baudin hizo saber al general que, si no se firmaba la capitulación en el plazo de media hora, abriría fuego contra la ciudad. A las 09:00, el JEM Doret trajo la capitulación firmada. Según ella, la ciudad no conservaría más que una guarnición de 1.000 hombres, debiendo salir de la ciudad todos los que excediesen de ese número en el término de dos días, y alejarse de ella en el de tres a distancia de diez leguas; el general Rincón conservaría su autoridad de comandante de la plaza, garantizando el cumplimiento de este primer artículo: firmado el convenio por una y otra parte, el puerto quedaría abierto a todos los pabellones y suspendido el bloqueo por ocho meses, en espera de una composición amistosa de las diferencias entre México y Francia: quienquiera que fuese que ejerciera la primera autoridad en Veracruz, no pondría dificultad alguna a que las tropas francesas que ocupasen el castillo de Ulúa se proveyeran de víveres frescos en la plaza: el almirante se comprometía a que la fortaleza sería evacuada por las tropas francesas y restituida al gobierno de la República tan luego como estuviesen allanadas las diferencias entre ambos países, y lo mismo haría con todos los artículos de guerra que se recibiesen por inventario.
La entrega de la fortaleza estaba prevista para el mediodía; sin embargo, la evacuación no pudo concluirse hasta las dos de la tarde. El almirante ordenó entonces que la fortaleza fuera ocupada por las tres compañías de artillería de marina embarcadas en las fragatas; izaron el pabellón francés, que fue saludado por salvas de todos los buques franceses. Baudin se apresuró a sacar los buques de la peligrosa posición que ocupaban; el viento arreciaba, el mar se estaba agitado.
En el ataque a San Juan de Ulúa, las tres fragatas y la corbeta Créole dispararon 7.771 balas y 177 proyectiles Paixhans. Los cuatro morteros de los dos bombarderos dispararon tan solo 302 bombas; estas bombas aplastaron las bóvedas de los polvorines. Aunque se atribuyó a los obuses de la Créole una de las explosiones, parece dudoso que tales obuses hubieran bastado para causar los terribles destrozos de los que fue testigo el general Santa Anna al entrar en el fuerte. Todo el frente de la fortaleza que daba a alta mar estaba construido con coral: las balas de cañón lo habían hecho saltar en pedazos en muchos puntos, mientras el fuego de las baterías proseguía sin tregua; fueron las explosiones, y solo ellas, las que sembraron el desaliento entre la guarnición.
La conquista del “Gibraltar de las Indias” se logró a costa de 4 muertos y 29 heridos. La Néréide (52) tuvo 15 hombres fuera de combate; la Gloire (46), 5; la Iphigénie (60), 13. El Cyclope, el Vulcain y la Créole (24) no registraron ni muertos ni heridos.