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Toma carlista de La Guardia (5 de agosto de 1874)
El primer hecho importante después de la batalla de Abárzuza fue la sorpresa de La Guardia (Álava) por el general Álvarez Cacho de Herrera, comandante general de Álava. Sabedor el general carlista por sus informadores seguros de que se había reducido la guarnición de dicha plaza, reunió los BI-I, BI-II y BI-IV de Álava, y el BI castellano del Clavijo, apoyado por 6 piezas de la Bía-2 de montaña al mando de Rodrigo Vélez. En la noche del día 4 de agosto, dos compañías alavesas, mandadas por el comandante Urbina, se situaron en unas casas extramuros, y al amanecer entraron en la población, librándose combate en las calles con los defensores, que eran unos 300.
Refugiada la guarnición en el castillo, pidieron que se les diera un plazo para rendirse si no llegaban socorros, pero Álvarez negó el compromiso, y la guarnición se rindió. En poder de los carlistas quedaron tres cañones rayados de a 8, 8.000 granadas, 300 fusiles y 600.000 cartuchos. Desde Logroño el general Zavala intentó socorrer a aquella guarnición, pero se desistió al llegar a dicha ciudad los prisioneros de La Guardia, que habían sido puestos en libertad por los carlistas.
Durante la operación, el brigadier José García Albarrán, con los batallones cántabros, estuvo guardando las avenidas de La Guardia. Zavala hizo una operación para introducir un convoy en Vitoria que procedía de Miranda de Ebro. Hubo algún tiroteo con los carlistas, particularmente en la parte de Nanclares; esto ocurrió el 12 de agosto.
Los carlistas no tuvieron gran empeño en conservar su conquista, puesto que si se obstinaban en hacer suya en adelante la plaza, tendrían que dedicar, por lo menos, un batallón para guarnecerla. Así que, comprendiendo perfectamente que no les convenía distraer en guarniciones las fuerzas necesarias para otras empresas más importantes, se contentaron con demoler las fortificaciones de La Guardia, dejando una guarnición poco numerosa, y llevándose fondos y cuantos pertrechos de guerra u otros efectos pudieran serles útiles.
Batalla de Oteiza (11 de agosto de 1874)
Con el fin de crear una diversión para que Zavala introdujera su convoy en Vitoria, el general Domingo Moriones y Murillo, capitán general de Navarra, con 18 batallones, dos regimientos de caballería y 22 cañones (18 Krupp y 4 de a 10), emprendió la marcha sobre Oteiza, bajo el pretexto de que debía pagar las contribuciones al Gobierno republicano. Habiendo sabido Mendiry la comunicación de Mariones, llamó al coronel Argila para que se pusiera al pueblo en estado de defensa, y que el BI-II/N de Navarra se alojara en el mismo para ayudar a las compañías de ingenieros en su labor.

Oteiza está situada sobre una sierra, desde donde se domina todo el terreno hacia el sureste, pero en el sur la altura de Estella, a unos 600 m, turba la visión. Al oeste, las alturas de Santa Bárbara dominan al pueblo, y más allá el río Ega, vadeable en algunos puntos, limita los movimientos y sirve de apoyo al defensor. Al norte, el terreno es accidentado, sobre todo hacia Mauries y monte Esquinza.

Al conocerse la concentración de Moriones en Larraga, Mendiry dispuso que el BI-II/N, el BI-III/N y el BI-V/N de Navarra, con la contraguerrilla de Felix Rosa Samaniego, defendiera las trincheras; que el BI-VII de Navarra se quedara en el pueblo como reserva, y el BI-I de Navarra y el BI-1/C y BI-2/C de Castilla (Cid y Arlanzón), quedaran escalonados desde la balsa del pueblo situada a unos 400 metros de él, hasta la altura de santa Bárbara y el vado llamado de Arinzana sobre el río Ega; el BI-IV/N y el BI-VI/N de Navarra con el BI-III/C y el BI-IV/C de Castilla y BI-I/AR de Aragón se situaron en monte Esquinza y ermita de San Cristóbal, apoyados por la batería de montaña del Tcol Reyero para impedir la marcha sobre Cirauqui, ya que era intermedia entre este pueblo y Oteiza.
El día 10 de agosto, Moriones pernoctó en Larraga y a las seis de la madrugada, emprendió la marcha después de haberse incorporado el brigadier Jaquetot con dos batallones, una batería montada y el RC-1 de lanceros de Sesma.
Las fuerzas de Moriones marchaban en el orden siguiente: El coronel de infantería Arolas con el BI-II/40 de Málaga, las dos compañías de tiradores del Norte y 130 caballos del RC-12 de lanceros Lusitania ocupaban la vanguardia; seguía la división del general Catalán con una batería Plasencia y 200 caballos del RCL-15 de Talavera; después el general Colomo con su división, una batería Krupp y 150 caballos del RC-2 de lanceros de Arlabán; cubría la retaguardia el brigadier Jaquetot con la brigada Ruiz de Alcalo, dos baterías Krupp, una de cuatro piezas de 10 centímetros y 380 caballos del RC-1 de lanceros de Sesma, en total 10.50 infantes, 28 piezas de artillería y 800 caballos.
Al llegar a dos kilómetros de Oteiza, vio que Mendiri había fortificado y atrincherado el pueblo, una posición dominante de su derecha, y que a su izquierda, en el Monte Esquinza, se habían colocado y atrincherado algunos batallones con artillería.
A las diez de la mañana del día 12, las tropas gubernamentales emprendieron el movimiento de ataque. La división de Catalán, que constituía el flanco derecho del frente liberal, debería atacar Oteiza con la brigada Cortijo (RI de Zamora), mientras que con la otra brigada del coronel Rodríguez (BI de Marina, BI de Alcalá de Henares y RI-33 de Sevilla) y fuerzas del RCL-15 de Talavera debía atender a la extrema derecha del frente para contener a las fuerzas carlistas del Monte Esquinza. La división Colomo, constituyendo la izquierda, se aprestó a forzar las trincheras de la extrema derecha enemiga, iniciando un movimiento envolvente por su izquierda. Con la brigada del brigadier Mariné a la derecha, el coronel Arolas con el BI-II/40 de Málaga, dos compañías de tiradores del Norte y 130 caballos del RC-8 de Lusitania, se situó en el centro, a un kilómetro del pueblo, a cubierto de los fuegos enemigos, y la brigada del brigadier Dabau en la extrema izquierda.
La batería Krupp del capitán Beltran de Lis, que apoyaba con el general Colomo, lo hacía por la izquierda, enfilando las trincheras cuanto le era posible; la batería Plasencia del capitán Provedo hacía lo mismo por derecha en apoyo del general Catalán; la batería del capitán Claverías quedaba de reserva para acudir donde fuera conveniente.

Inició el combate la artillería republicana, siendo respondida por la carlista; tras media hora de fuego, la división de Catalán comenzó a avanzar, atacando por el este y sureste del pueblo. El brigadier Mariné con el RI-32 de San Quintín se apoderó de las trincheras de la extrema derecha.
Entretanto, la división Colomo emprendió el ataque por el oeste, situó su artillería, escoltada por parte de la caballería, a unos 2.000 metros al suroeste de Oteiza, mientras la brigada Dabau, que constituía la extrema izquierda, se dirigía en el extremo derecho del frente enemigo observando el valle del Ega, y la brigada Mariné avanza sobre las alturas del oeste del pueblo, apoderándose de una altura que lo domina, siendo socorrida por un batallón de la brigada de Dabán con el fin de asegurar la posición conquistada.
En esta situación, siendo las doce y media del mediodía, se acentuó el movimiento envolvente por el este; la división de Catalán, con las guerrillas del RI-8 de Zamora, llegó a unos 50 metros del pueblo; Mariné (RI-29 Constitución y RI-32 San Quintín) siguió su movimiento envolvente por el oeste y Arolas avanza por el sur, sirviendo de lazo de unión entre ambas columnas de ataque. De repente, la situación de la división Colomo se hizo difícil por haberse presentado en el valle del Ega fuertes masas enemigas de infantería y caballería tratando de rodear su izquierda, masas que se retiraron cuando el general Moriones dispuso que un batallón y 150 caballos de la reserva reforzaran el flanco amenazado.
Hasta el último momento no vio Mendiry con claridad el objetivo de Moriones. Abrió fuego la contraguerrilla de Rosa Samaniego, pero de pronto cuatro compañías del BI-II/N de Navarra abandonaron sus posiciones, que por ser las más avanzadas eran más importantes. Al darse cuenta Mendiry de la retirada de los navarros, hizo entrar en fuego al BI-VII/N de Navarra que, ya casi en las casas del pueblo, hizo retroceder a los republicanos. Pero de nuevo volvió a ceder el BI-II/N de Navarra, por lo que Montoya mandó una compañía del BI-III/N, y cuando esta fuerza agotó sus municiones, ocupó la trinchera una compañía del BI-II/N de Navarra, que volvió a retroceder, y cuando una compañía del BI-III/N intentó recuperarla, estaban ocupadas por los liberales, quienes, apoyados por la caballería, entraron en el pueblo y desbandaron al BI-II/N, que tardó bastante en rehacerse.
Desde el Monte Esquinza, la batería montada que mandaba el Tcol Fernández de Prada hacía fuego, hasta que los liberales silenciaron sus piezas; con la retirada BI-II/N de Navarra, estuvo en grave peligro de caer prisionera. Iniciaron entonces los carlistas su retirada hasta Navaleta, donde se rehizo la línea carlista.

Dos batallones de infantería con unos cuantos caballos se establecieron en posición para impedir todo el ataque carlista por esa banda.
En vista de la avanzada posición de sus tropas, Moriones ordenó el ataque general; las 22 piezas en batería disparaban contra el pueblo; el RI-8 de Zamora por la derecha con dos compañías del RI-33 de Sevilla, Arólas por el centro con los tiradores del Norte y el BI-II/40 de Málaga, y un BI del RI-28 de Luchana por la izquierda, entraron en el pueblo, arrollándolo todo y tomando las casas en que aún se defendían algunos grupos carlistas.
El resto del RI-33 de Sevilla, por la extrema derecha, se posesionó de las trincheras que en forma de reducto tenían en la parte más elevada de aquel flanco. Al mismo tiempo, tres escuadrones de RCL-15 de Talavera cargaron por el camino viejo que conduce a Oteiza; el RC-12 de Lusitania cargó por la carretera, envolviendo el pueblo por la izquierda.
Posesionadas las tropas gubernamentales del pueblo, los carlistas rompieron el fuego con una batería que tenían situada en una elevación que conduce a Villatuerta.
A los pocos disparos la retiraron antes de que pudiera hacerle fuego la batería de Clavería, que había avanzado al pueblo, y las guerrillas, que perseguían a los batallones carlistas, que huían en completa dispersión, que no pudo ser aprovechada por un obstáculo insuperable que impedía avanzar a los escuadrones de Lusitania.
Las bajas de los liberales, según el parte de Moriones, fueron un jefe, 2 oficiales y 30 de tropa muertos; 14 oficiales y 250 heridos; 107 de tropa contusos; 3 caballos muertos y 27 heridos. Los carlistas dejaron 38 muertos (entre ellos un coronel, un comandante y 3 oficiales), 7 prisioneros ilesos y 5 prisioneros heridos; estimando un total de 100 muertos y 600 heridos.
El día 19 de agosto, a las cuatro de la tarde, debido a la escasez de agua que existía en el pueblo de Oteiza, no solo para el ganado, sino también para las tropas, se inició la marcha sobre Larraga, siendo hostigado débilmente por los carlistas con algunos disparos de cañón y poco fuego de fusilería, sin que ocasionara bajas.
El 27 de agosto Zavala emprendió una operación sobre Puebla de Argonz (Burgos), que fue evacuado por los carlistas, así como Añastro (Burgos), pero estos se hicieron fuertes en Tuyo (Álava), donde se libró un combate contra la brigada de Agustín Oviedo. El día 26 había habido un combate en Arráiz (Navarra).
Acción de Biurrun (21 de septiembre de 1874)
El bloqueo que en toda regla hacían pesar los carlistas sobre la plaza de Pamplona, que se halla ya en una situación difícil, sintiendo escasez de hombres, de mantenimientos y de municiones. Urgía, por lo tanto, socorrerla, pues las partidas volantes y las avanzadas carlistas llegaban hasta sus mismos muros, y al menor descuido de los liberales les cogían hombres y ganados, constituyendo todo esto un penoso servicio para sus mermados defensores.
El nuevo general en jefe del ejército liberal, Manuel de la Serna, disponía, para operar frente a Dorregaray, de una división de vanguardia mandada por el general Blanco y compuesta de 8 batallones, y del CE-I y CE-II, que a las órdenes, respectivamente, de los generales Moriones y Ceballos, se componía cada uno de 15 batallones con la correspondiente dotación de ingenieros, artillería y caballería. Las numerosas fuerzas estaban acantonadas por Miranda, Logroño y la ribera de Navarra, teniendo su cuartel general en Logroño, y el CE-I en Tafalla. También figuraban, naturalmente, a las órdenes del general Laserna, el CE-III mandado por el general Loma y la división llamada de Vizcaya, pero dichas fuerzas se encontraban en zonas distantes de Navarra y no tomarían parte.
Serna, apremiado por repetidas comunicaciones recibidas del Ayuntamiento de Pamplona y del comandante en jefe del CE-I, suspendió una operación que tenía proyectada sobre La Guardia y reforzó a Moriones con una brigada, conviniendo en que dicho general llevase un fuerte convoy a Pamplona, mientras él a su vez amagaba Estella por la carretera de Logroño a Viana y Los Arcos, suponiendo fundadamente que si no se lograba debilitar la línea carlista en el Carrascal y desfiladeros de Unzué, no le sería fácil al ejército liberal conseguir su objeto, dado el número de los carlistas y lo escabroso de las posiciones que estos ocupaban.
El 17 de septiembre, emprendió el general Moriones su movimiento, precedido de un reconocimiento que dio por resultado averiguar que los batallones carlistas que ocupaban Unzué y Añorbe habían avanzado hasta cerca de Barasoaín, regresando a sus posiciones.
El día 19, llegó Moriones, por lo que, visto por los carlistas, desplegaron sus fuerzas de infantería y colocaron en batería las piezas de la batería a caballo al mando del coronel Pérez de Guzmán y del comandante Leopoldo Ibarra, esperando así impávidos la acometida; pero el ejército liberal no avanzó, por lo que los carlistas volvieron a sus acantonamientos.
Durante la noche se recibió, por confidentes fiables, en el cuartel general carlista la noticia de que el el CE liberal que operaba a las inmediatas órdenes de La Serna, había salido de Logroño en dirección de la Solana y Estella, en vista de lo cual, el general Dorregaray dispuso que inmediatamente se enviara al comandante general de Álava Rafael Álvarez, de dos batallones y que amagara el flanco izquierdo de La Serna, así como que el general Argonz y el brigadier Iturmendi, con 6 batallones, y el coronel de artillería Brea con las dos baterías montadas de Fernández Prada y Rodríguez Vera, marchasen por la carretera de Puente la Reina a Estella, como así lo hicieron llegando antes del amanecer a Morentín, Dicastillo y Alio.
Al día siguiente, debilitada ya la línea carlista para atender Estella, según el plan que el general en jefe liberal había propuesto al general Moriones, avanzó este con el convoy hasta Tiebas, precedido por la división del general Catalán. Las fuerzas carlistas que ocupaban los altos de Biurrun bajaron a cortar el paso de los enemigos, así como las de Unzué; pero como tenían que luchar con fuerzas superiores por haberse debilitado su línea, no pudieron impedir el paso de los 18 batallones de que disponía el enemigo, que además había adelantado 5 batallones y 4 piezas Krupp hasta Biurrun, en cuyo punto pernoctaron, decididos a asegurar el paso del convoy por la carretera, apoyándolo desde aquella importante posición.

Enteradas las tropas carlistas más próximas a Biurrun de la ocupación de dicho pueblo, lo cual hacía dueños de la carretera a los liberales, pensaron seriamente en expulsar de Biurrun al enemigo. Estas fuerzas carlistas al mando del brigadier José Pérula, los BI-II/N, BI-III/N y BI-II/C y el EC-1 del RC de Navarra al mando de Juan Ortigosa, salieron de Puente la Reina y Obanos, pasando por Muruzábal, llegaron a Subiza, situada en la sierra del Perdón, para dejarse caer el 21 de septiembre en Biurrun. Como que el camino era muy áspero, tuvieron que marchar en enfilada, y al descender de una pequeña elevación, el coronel Montoya del BI-III/N, que iba a la cabeza de las avanzadas, dio orden de que sus fuerzas se lanzaran a la bayoneta.
El ataque fue tan rudo que las avanzadas liberales fueron desbaratadas en breves instantes y empujadas dentro del pueblo, en donde el ruido apresurado de las cornetas tocando llamada y ataque a la carrera, se mezclaba con el sonido de los disparos de la artillería liberal, a cuyo amparo comenzaron a organizar la resistencia los batallones republicanos. Pero el empuje estaba ya dado e iniciada la retirada de estos a la vez que llegaban el resto del BI-III/N de Montoya y BI-III/N y BI-II/C con el EC-1, a cuyo frente marchaban Pérula y Ortigosa. El pueblo, la ermita y los alrededores quedaron sucesivamente en poder de los carlistas, y en tan rápida y valiente acometida se hicieron multitud de bajas al enemigo, cogiéndole 80 prisioneros y considerable número de cartuchos y pertrechos de guerra.
Puede decirse que el honor de la jornada correspondió al coronel Montoya. Carlos VII, que se hallaba en Puente la Reina acompañado del general Díaz de Mogrovejo, jefe de su Casa militar, y escoltado por el batallón de Guías del Rey, acudió a Biurrun, felicitando a los vencedores de la jornada. Más tarde fueron concedidos a las banderas de los batallones BI-II/N y BI-III/N de Navarra y BI-II/C de Castilla, así como al primer escuadrón del RC de Navarra las corbatas de San Fernando por esta acción.
El general en jefe liberal no quiso empeñar acción alguna en Los Arcos, ni avanzar hacia Estella en vista de las formidables posiciones que ya ocupaban las fuerzas carlistas destacadas de la línea principal al mando del general Argonz, mientras que por la parte de Álava el comandante general de dicha provincia, Rafael Álvarez, amagaba el flanco y comprometía la retirada de las tropas del general La Serna. A esta actitud se debió sin duda la inacción y el regreso de los liberales a su acantonamiento, volviendo también los carlistas a su anterior línea del Carrascal, dispuestos otra vez a disputar el paso del CE-I a su regreso de Pamplona.
Acción de Monte San Juan (23 de septiembre de 1874)
De regreso Moriones con el CE-I de Pamplona sin haber conseguido introducir el convoy en la ciudad, se encontró con los carlistas escalonados en Biurrun, Enériz, Adiós, Ucar y Añorbe. El ataque liberal comenzó en la mañana del 23, pero Mendiry permanecía indiferente, como si no tratara de impedir el paso del enemigo. Moriones fue dirigiéndose hacia los pueblos de Barasoain y Carancaín, en el camino de El Pueyo. Los carlistas, siguiendo las órdenes recibidas por Dorregaray, atacaron, distinguiéndose el BI-I/N de Navarra, así como el BI-IV/N de Navarra, que consiguió tomar las posiciones del enemigo que se iba retirando. Ante el desarrollo de los acontecimientos, dispuso que el brigadier Pérula se dirigiera a la sierra de Añorbe, con el objeto de amagar el flanco izquierdo enemigo, mientras que el BI-V/N de Navarra relevaba al BI-I/C y el BI-III/C de Castilla hacía lo mismo con el BI-III/N de Navarra. El enemigo iba perdiendo todas las posiciones y se hallaba en las de Barasoaín y el Pueyo, formando sus grandes masas en las llanuras de Artadia y Audiaín y Quito, pero los republicanos se iban acercando al desfiladero del puente de Mendive.

El BI-IV/C de Castilla, en una carga a la bayoneta, apoyada por el BI-I/N y el BI-V/N de Navarra, desalojó de sus posiciones a los republicanos, que se encerraron en Barasoaín y el Pueyo, apoyándose en las fuertes posiciones de monte San Juan.
Al llegar al desfiladero, las tropas carlistas, dirigidas también admirablemente por los generales Dorregaray y Mendiry, bajaban con arrogancia desde las alturas de Unzué, Biurrun y Tirapu, llegando un momento en que los liberales se vieron casi envueltos por los carlistas. Pero maniobrando hábilmente Moriones, logró que sus tropas pudieran desenvolverse y ocupar con la mayor parte de sus fuerzas el Pueyo y Barasoaín, donde establecida ya en posición su excelente artillería, que abrió un certero y vivo fuego sobre las columnas carlistas, evitando así que el fracaso de Biurrun se reprodujera en mayor escala ese día.
Los republicanos, aprovechándose de los accidentes del terreno y de que los carlistas atacaban en compactas masas, rompieron con gran precisión y serenidad un nutrido fuego de cañón y fusil, que hizo vacilar algo a los carlistas, conteniendo su ímpetu. Parapetada y disparando al abrigo de las tapias del cementerio, que había aspillerado convenientemente, se debió sin duda el éxito de la resistencia a la artillería liberal, solo comparable a la valiente y ordenada acometida de los carlistas.
Desgraciadamente, los carlistas no pudieron sacar más fruto de esta acción, pero sí restablecieron la línea atrincherada que, partiendo del monte de San Cristóbal de Cirauqui, seguía el monte Esquinza y terminaba en la Peña de Unzué, y para en caso de que se rebasara la línea por la parte de Sangüesa, se establecía una segunda línea oblicua que, partiendo de la ermita y el pueblo de Añorbe, terminaba en la venta del Portillo, formando un gran saliente sobre la sierra del Perdón. Los trabajos de fortificación fueron dirigidos por el coronel de ingenieros Amador Villar.
El ejército liberal tardaría más de cuatro meses en acometer y envolver la línea carlista, y lo hizo cuando se había duplicado en número y reforzado con una división de Aragón. La plaza de Pamplona, entretanto, volvió a verse bloqueada y cañoneada, y de los combates de Biurrun y Monte San Juan no quedó más recuerdo que las bajas ocasionadas en ambos ejércitos, siendo unas 200 liberales y 178 carlistas.

Es de señalar en este mismo mes de septiembre el combate librado en Sangüesa el día 12. El BI-IX/N de Navarra, unido a varias pequeñas fuerzas, había regresado del Alto Aragón. Cuando llegaron a Sangüesa, estaba este pueblo ocupado por la columna de Navascués. El Tcol Antonio Landa dispuso que se atacaran las posiciones enemigas, distinguiéndose en este combate el comandante Romualdo Cesáreo Sanz, que por dos veces pudo contener el retroceso de los carlistas en la posición de Rocafuerte primeramente, y en la de Santa Margarita después.
Un cambio notable debía efectuarse en el mes de octubre, y fue la sustitución de Dorregaray por Torcuato Mendiry en el mando del Ejército del Norte. Quizás influyó mucho en este cambio la cuestión de los fusilamientos de Abárzuza, y sobre todo el fusilar a los liberales sin tener en cuenta el indulto dado por Carlos VII. Dorregaray fue mandado al Centro.
Acciones en las líneas de San Sebastián
El 7 de octubre los voluntarios de Heenani tuvieron un combate en el monte Iparzageña, cerca de esa población, con una partida carlista. El día 8, el general La Serna tomó La Guardia, cuyas fortificaciones habían sido demolidas por Álvarez Cacho de Herrera, después de su conquista. Con La Guardia los liberales ocuparon Elciego, también en la provincia de Álava. El 12 de octubre, hubo un ataque carlista del BI-IV/G de Guipúzcoa por la parte de Behobia, y como al día siguiente se acercaron al puente internacional, el comandante militar republicano de Irún, Juan Arana, hizo una operación contra los carlistas, tratando de utilizar el río Bidasoa. En la colina Portu hubo un violento combate por 4 compañías del batallón BI-IV/G de Guipúzcoa, cuatro del BI-VII/G y dos del BI-III/G. Los carlistas coronaron también el monte San Marcial. Arana se defendió, consiguiendo al final que los carlistas se retiraran. Hubo un incidente con los franceses, que no permitieron que los republicanos pasaran elementos de guerra de Irún a sus líneas por territorio francés.
El 12 de octubre, hubo también un encuentro en el monte Gaizquibel, y el día 15, también se combatió cerca de Astigarraga.
Ataque carlista a Behobia (12 de octubre de 1874)
El ayuntamiento liberal desde principios de octubre de 1874 estaba preocupado por los movimientos carlistas. Los preparativos que se veían en el alto de San Marcial, en Azkenportu y en otros puntos de la zona podían tener dos motivos: el ataque inminente o el desembarco de armas. Así fue. Como primer paso para la toma de Irun, los carlistas buscaban apoderarse de la fortaleza de Behobia.
Los carlistas prepararon un carro blindado de asalto, construido por José Joaquín Enparan en la ferrería de Vera de Bidasoa. El día 10 llegaba a Irún la noticia de que el carro blindado había salido de Vera. El comandante de Irun, Juan Arana, reforzó el destacamento que defendía Behobia. El ataque carlista comenzó hacia la madrugada del día 12. Los carlistas tomaron las casas contiguas a la casa fortificada de la Aduana e hicieron fuego desde ellas.

El fuerte era sólido y los 11 carabineros y 29 miqueletes presentes están preparados para aguantar el ataque, pero escasea la munición. El comandante Juan Arana intentó hacer llegar los cartuchos a los sitiados. Desde Francia primero, pero las autoridades francesas no se lo permitieron. Por el río Bidasoa después, pero los carlistas atacan a tiros las barcas de los liberales y no consiguen llegar. Además, mataron a dos miqueletes y a un voluntario que viajaban en la lancha e hirieron a otros dos miqueletes. Entonces Arana decide ayudar directamente a los sitiados de Behobia con sus escasas fuerzas de Irun.

Entretanto, el carro blindado había llegado a la altura del fuerte de Behobia. Este tenía un sistema de proyectiles de fuego, pero los liberales se dieron cuenta de que los pies de los que movían la barricada quedaban al descubierto y dirigieron los tiros hacia allí. Los carlistas tuvieron que abandonar el carro blindado en su retirada.

No obstante, el ataque dirigido por Juan Arana procedente de la villa de Irún fue un éxito y consiguió la retirada de los carlistas.
El miembro de la Cruz Roja Vincent Kennet-Barrington fue testigo de este ataque y su testimonio fue publicado por el diario parisino Le Monde Illustré:
«Bayona, 15 de octubre. (…) Ataque a la casa fortificada de la Aduana cuando había una densa niebla que cubría el Bidasoa. Los carlistas, unos 1.500, avanzaron hasta las casas contiguas al río; luego, haciendo agujeros de una casa a otra, llegaron hasta la cabecera del puente, bordeando la Aduana y el puesto de cincuenta hombres antes de que se diera la voz de alarma. Poco después de levantarse el alba, cuando la alarma se extendió, una intensa descarga de mosquetería despertó a actores y espectadores. La guarnición francesa, en la orilla contraria, tomó las armas. Los carlistas avanzaban de casa en casa, protegidos por las paredes, y los republicanos ocultos, los dos partidos disparándose, sin verse. El cañón de Irún se interpuso entonces, pero sin mayores consecuencias, pues a pesar de los proyectiles que podían llegar, los carlistas seguían detrás de sus refugios. Al final, la guarnición de Irun llegó a apoyar al fuerte de la aduana. Veinticinco miqueletes hicieron una carga de bayoneta; los vieron subir como gatos por las crucerías de las casas, y salir con las manos teñidas de sangre. Los carlistas huyen ante este puñado de hombres. Por la tarde todo había terminado. Sin embargo, el cañón de Irún seguía disparando y varios obuses cayeron en Francia, matando a un soldado e hiriendo a una mujer en un brazo. Mi boceto representa al pueblo en llamas. Nada más entrar, los miqueletes le prendieron fuego, empleando el petróleo que los carlistas usaron en el incendio de la Aduana y que abandonaron en su huida. Dicen que varios vecinos han encontrado la muerte en ese brasero. Era un espectáculo tan sombrío como espantoso y pintoresco al mismo tiempo».

Sin embargo, los carlistas lograron disimular el fracaso del ataque de Behobia, ya que esa noche hicieron un gran desembarco de armas en el cabo Higer de la cercana Hondarribia. Así lo expresaron en la revista El Cuartel Real, publicada en Tolosa el 17 de octubre:
«La operación contra Behobia ha tenido como objetivo apoyar el desembarco de cañones, fusiles y cartuchos en el Bidasoa. Una vez conseguido el desembarco, hemos abandonado Behobia, ya que aún no hemos intentado atacarlo seriamente».

El diario británico The Times del 15 de octubre dice que 6 cañones, 3.000 fusiles y 500.000 cartuchos fueron desembarcados por los carlistas en el cabo de Higuer:
«El ataque del puente de Behobia no era más que una estratagema para desviar la atención de la guarnición mientras se realizaba el desembarco de armas y municiones».
Otras acciones en el Norte
El 22 salieron fuerzas republicanas de Rentería para proteger los trabajos de construcción de un fuerte en el alto de Alrramendi. Y a consecuencia de esto hubo combates en el alto de Gororregui, que quedó en poder de los republicanos, así como el caserío de Arizcueta. Al retirarse los republicanos, fueron contraatacados por los carlistas en Centoronea, empeñándose un fuerte combate a la bayoneta. Los carlistas trataron de ocupar Arramendi, pero no lo consiguieron.
El general Bérriz sustituyó al marqués de Valde-Espina en la comandancia general de Vizcaya, y a los pocos días tuvo que rechazar en dirección a Ortuella una salida de la guarnición de Bilbao. El 26, una columna formada por 4 batallones mandados por el brigadier Cassola salió de Bilbao con objeto de destruir los atrincheramientos carlistas por la parte de Algorta. Los carlistas, bajo las órdenes del brigadier Ormaeche, acudieron, contraatacando a los liberales, que tuvieron que regresar a Bilbao sin haber conseguido su objetivo; en esta lucha intervinieron los batallones de Guernica, Orduña y Bilbao.
El 2 de noviembre la columna republicana de Villegas entró en Valmaseda, casi por sorpresa, haciendo prisioneros a 7 carlistas y al comandante de armas del valle de Mena. En las inmediaciones del pueblo destruyó cuarenta barricas de petróleo, y en la población se apoderó de un depósito de cáñamo para hacer alpargatas.
Sitio de Irún (noviembre de 1874)
La división de Guipúzcoa, al mando del general Hermenegildo Díaz de Cevallos, dispuso en el mes de noviembre atacar la plaza de Irún. Realmente, Irún no tenía importancia alguna más que como población fronteriza; aun así, no era del todo indispensable a los carlistas su posesión, puesto que disponían de suficiente frontera por donde recibir mantenimientos y efectos de guerra como se había hecho hasta entonces, pero parece ser que en la decisión de sitiar la citada plaza entró por mucho el deseo de demostrar el valor e importancia del ejército carlista a los extranjeros que no dejarían de acudir a la frontera a presenciar los combates que hubieran de librarse en los alrededores de Irún.
Contaba Cevallos con 8 batallones guipuzcoanos al mando del marqués de Valde-Espina, 4 navarros al mando del brigadier Zalduendo y la batería de montaña del Tcol Zalduero. Fue designado el general Francisco Alemany como jefe de ingenieros de estas operaciones; se nombró para el mando de la artillería del sitio a los coroneles Brea y Rodríguez Vera. Las fuerzas carlistas fueron situadas de la siguiente forma: BI-I/G y BI-II/G de Guipúzcoa desde Urnieta a Fagollaga, a las órdenes del brigadier Aizpurúa y del coronel Iturbe; en Fagollaga y Santiagomendi, el BI-VI/G de Guipúzcoa, con el coronel Manuel López; en Choritoquieta, 4 compañías del BI-IV/G de Guipúzcoa, con el Tcol Tomás Fortuny; el BI-V/G de Guipúzcoa, en San Marcos, con el Tcol Pérez Dávila; el BI-III/G de Guipúzcoa, con el coronel Antonio Carpinter en Oyarzun; el BI-VII/G (-) de Guipúzcoa en Jaizquibel, a las órdenes de Folguera, y el BI-VIII/G de Guipúzcoa, al mando de Vicuña, en Lastaola y San Marcial. Antes de romper el fuego recorrió la línea Carlos VII con el ministro de la Guerra, Elío, y después estuvo allí el comandante general de artillería, general Maestre.

La plaza de Irún se puso en breve en estado de defensa: tenía dos fuertes construidos en dos colinas inmediatas, llamados el Parque Artillado con 3×12 cañones rayados y Mendivil con 1×12 y 1×16 cañones. En el río había asimismo una cañonera y dos trincaduras, con 1×12 cañón y 2×8 centímetros. La guarnición de Irún se componía de 2 batallones del RI-7 África y del RI-37 Murcia, 3 compañías de miqueletes, 49 carabineros y 100 voluntarios. Además, estaban fortificados y artillados el puente de Behobia, el internacional de Hendaya y el paso de Santiago.
A las siete de la mañana del 4 de noviembre, se abrió el fuego bombardeando la plaza de Irún, lanzándose 1.200 granadas, y por la noche 140 bombas que lograron incendiar bastantes casas; bombardeo que siguió, aunque no con tanta intensidad, los días 5 y 6, resultando herido el coronel de artillería carlista Rodríguez Vera. El fuego de artillería consiguió romper los diques del Bidasoa con el objeto de inundar Irún, pero fueron reparados inmediatamente. La población civil de Irún pasó a Francia para huir de los efectos del asedio. 7 de noviembre, se consideraba que había llegado el momento de ir al asalto de Irún, pero por causa no todavía aclarada, se retrasó la operación.


Convencido, entretanto, el general La Serna de que los carlistas proseguían con viveza el sitio de Irún, dispuso acudir en socorro de dicha villa con todas las fuerzas de que pudiera disponer, no dejando en la Ribera más que el CE-I de Moriones y algunos batallones más. El día 4 emprendió, pues, la marcha con 6 batallones y 3 baterías de montaña, e hizo que el general Blanco avanzase con otros 6 batallones y otra batería, y que se le uniera el general Loma con otros 2 batallones, media batería montada, algunas compañías de ingenieros y 2 escuadrones, embarcando La Serna sus tropas en treinta y tres trenes, trasladándolas por el ferrocarril a Santander y de allí por mar a San Sebastián, en donde desembarcaron el día 9 de noviembre.
Cuando se supo que el general La Serna reunía el ejército republicano y lo preparaba para embarcarse en Santander para acudir en socorro de Irún. Díaz de Cevallos hizo notar al general Elío las dificultades que se presentarían de acudir un fuerte ejército enemigo en socorro de los sitiados.
Elío le mandó los 6 cañones de la batería de Reyero y el BI-V/N de Navarra con el brigadier Zalduendo.

Al amanecer del día 10 de noviembre, avanzaron las tropas del general La Serna, que eran 16 batallones, hacia Rentería, dirigiéndose todas las fuerzas hacia la izquierda carlista, menos las tropas del general Blanco y del brigadier La Portilla, las cuales esperaron a que se trabase el combate en toda la línea para entonces dirigirse a Jaizquibel, que era su objetivo principal.
La Serna se dirigió a las posiciones de San Marcos y Choritoquieta, defendidos por el BI-VI/G de Guipúzcoa y 4 compañías del BI-IV/G, y en Santiagomendi, donde combatía el BI-VI/G. Los batallones de su mando, precedidos por algunas compañías de migueletes como exploradores, tomaron a la carrera los parapetos carlistas, aunque no sin sufrir terribles bajas ni tener que vencer una tenaz resistencia por parte de los carlistas, que tuvieron que ceder ante el número superior de enemigos. El brigadier Zalduendo, que se hallaba sobre Zamalvide con 2 batallones navarros, no pudo auxiliarles, pues a su vez era atacado por los republicanos.
El general Loma se apoderó de Oyarzun sin grandes bajas; y el general en jefe y el general Blanco avanzaron para romper el centro carlista, mientras el brigadier La Portilla emprendió la subida de Jaizquibel, cuyo punto se hallaba defendido por el BI-VII/G de Guipúzcoa mandado por el Tcol Folguera, que decidió defender la posición, que solo dejó a la reiterada orden del coronel Carpintier, JEM del marqués de Valde-Espina, al mismo tiempo que se mandaba otro BI alavés para relevarle.
Díaz de Cevallos, viendo que sus fuerzas se retiraban vencidas, marchó al caserío de Aguirre, repartiendo sus fuerzas entre Andoaín, Fagollaga y Goiburu. Lo único que quedaba en poder de los carlistas era San Marcial, que sería tomado por los liberales el día 23 de noviembre.
La artillería carlista y las municiones se replegaron por camino de Lastaola y Vera, a donde llegaron sin perder un hombre, una pieza ni un cartucho, a las diez de la noche.
Las bajas del ejército liberal en las operaciones de Irún fueron 30 muertos (entre ellos 19 oficiales) y 270 heridos y contusos, habiendo sufrido los carlistas unas pérdidas similares.
Después del levantamiento del sitio de Irún y retirada de los carlistas a Vera, volvieron a Navarra los batallones de dicha provincia, y el ejército liberal regresó a la Ribera del Ebro dejando en Guipúzcoa al general Loma reforzado con algunos batallones y baterías.
Se atacó mucho a Díaz de Cevallos y, muy especialmente, desde el periódico El Cuartel Real. El general Díaz de Cevallos pidió ser sumariado, y un consejo de guerra compuesto de los generales Mendiry, Argonz e Iturmendi, y de los brigadieres Yoldi, Bosque, Arellano y Landa, después de oír sus descargos y la defensa del brigadier Pérula, el fiscal general, Ruiz de Laramendi, pidió y decidió el consejo que el inculpado fuese absuelto libremente y con las notas más favorables.
Acción de Urnieta
A principios de diciembre fue nuevamente nombrado general en jefe del Ejército del Norte el capitán general Francisco Serrano, duque de la Torre, presidente del poder ejecutivo de la República, pasando a desempeñar el teniente general Laserna el cargo de JEM General, proponiéndose ambos generales, de acuerdo con el ministro de la Guerra Serrano Bedoya, librar a Pamplona del riguroso bloqueo en que tenían los carlistas dicha plaza.
Reforzado, al efecto, el ejército republicano con poderosos elementos, quedó organizado en tres CEs y una división llamada de Vizcaya:
- CE-I mandado por el TG Domingo Morriones, con 21 BIs, 2 Bías de montaña y 3 RCs, encuadrados en tres DIs:
- DI-1/I al mando del mariscal de campo Colomo con la BRI-I/1/I del brigadier Mariné y la BRI-II/1/I del brigadier Ruiz de Alcalá.
- DI-2/I al mando del mariscal de campo Catalán con la BRI-I/2/I de Otal y la BRI-II/2/I de Cortijo.
- DI-3/I al mando del mariscal de campo Merelo con la BRI-I/3/I de Prendergast y la BRI-II/3/I de Jaquetot
- CE-II mandado por el TG Cándido Pieltaniz con 21 BIs, 3 Bías montadas, 2 Bías de montaña, una Cía de ingenieros y 3 RCs en 3 DIs:
- DI-1/II al mandado por el mariscal de campo La Portilla, con la BRI-I/1/II de Pino y la BRI-II/1/II de Bargués
- DI-2/II al mando del mariscal de campo Fajardo con la BRI-I/2/II de Rodríguez Espina y la BRI-II/2/II de Acellana.
- DI-3/II al mando del mariscal de campo Tarrasa con la BRI-I/3/II de Moltó y la BRI-II/3/II de Serrano.
- CE-III al mando del TG José de Loma con 20 BIs, 2 Bías de montaña, 1 Bía montada, 5 Cías de ingenieros y 1 RC:
- DI-1/III al mandado por el mariscal de campo Campo Villegas, con la BRI-I/1/III de Pazos, la BRI-II/1/III de Velasco y la BRI-III/1/III de Oviedo.
- DI-2/III al mando del mariscal de campo Blanco con la BRI-I/2/III de Infanzón y la BRI-II/2/III de Salcedo.
- División Vizcaya a las órdenes del mariscal de campo Morales de los Ríos con 8 BIs; BRI-I de Mendeviela y BRI-II de Erenas.
Había sustituido como comandante general de Guipúzcoa al general Díaz de Cevallos, el veterano Domingo de Egaña. Este tuvo que enfrentarse con el ejército republicano en una acción de guerra que vino a coronar con un nuevo galardón la larga serie de victorias carlistas en 1874. Las líneas de San Sebastián estaban dispuestas de la siguiente forma:
- Derecha en los altos de Goiburu y Fagollaga, mantenida por el BI-II/G y el BI-III/G de Guipúzcoa.
- Centro estaba en Urnieta, defendida con un BI y 4 compañías del BI-IV/G de Guipúzcoa.
- Izquierda con 2 BIs se apoyaba en la cresta y falda de Peña Espino y la ermita de Santa Cruz de Alcote.
El general La Serna decidió una operación para llegar a Urnieta, y el día 7 de diciembre hubo un reconocimiento en fuerza por la tarde mandado por el general Blanco con unos 3.000 efectivos contra el centro de la línea carlista, con un ligero ataque contra Goiburu y Fagollaga. Egaña ordenó al brigadier Aizpurúa que contuviese al enemigo con los batallones BI-IV/G y el BI-VII/G, y en lo más recio de la lucha llegó Egaña con el BI-I/G, cargando a la bayoneta y rechazando al enemigo, que tuvo que retirarse dejando 3 muertos, 53 heridos y 28 prisioneros, entre ellos un capitán del RI-28 de Luchana.
Al día siguiente, 8 de diciembre, sobre las doce de la mañana, salió La Serna con 12.000 efectivos para emprender la operación decisiva, atacando en 3 columnas: la primera columna al mando del brigadier Oviedo con 4 batallones y 4 piezas de montaña se dirigió a Fagollaga, donde estaban el BI-II/G y el BI-III/G; mientras que la segunda columna se dirigía a Burunza con 5.000 efectivos al mando del brigadier Calleja con 5 batallones y una batería de montaña, la tercera con 4.000 efectivos al mando del general Loma se dirigió a Urnieta.

Para cubrir el río Oría fue destacado el brigadier Aizpurúa con el BI-VI/G, mientras que Egaña, con el BI-I/G, salía para reforzar el centro de la línea. A petición del comandante general acudió el BI de Guías del Rey, a las órdenes del general Díaz de Mogrovejo. Egaña dispuso que la vanguardia carlista fuese reforzada por el BI-VII/G y una compañía de Guías del Rey. En la dirección de Guruza, que seguía el enemigo, estaban 10 compañías del BI-IV/G y del BI-VI/G que también fueron reforzadas por 4 compañías de Guías del Rey. Las tres restantes de este batallón quedaron en el centro.
En la lucha se llegó con frecuencia al cuerpo a cuerpo, y en uno de los momentos en que el batallón de Luchana, junto con el de Huesca, retrocedía, el general Loma se lanzó sable en mano contra los carlistas junto con su EM, siendo entonces gravemente herido por un certero disparo de la derecha carlista. Otro disparo mató a un ayudante de campo del general Blanco, quien se hallaba a su lado y que tomó inmediatamente el mando.
Rehechas un tanto las tropas liberales que se habían desordenado, pudieron entablar de nuevo el combate, pues mientras tanto, la brigada Oviedo había coronado la posición más importante, y el brigadier Calleja recibía orden de apoderarse de un grupo de casas ocupado por los carlistas. Baste decir que fueron tomadas y perdidas tres veces las casas.
Por la parte de Monte-Espina, también el batallón de Puerto Rico tuvo que retirarse, perdiendo el caserío de Ezabal. Al anochecer terminó el combate, replegándose los republicanos sin haber alcanzado su objetivo; ya no se renovaron las operaciones, probablemente debido al temporal de agua y nieve que sobrevino al día siguiente. Esta fue la última victoria alcanzada por los carlistas en el Norte en ese año.
Bloqueo de Pamplona (3 de septiembre de 1874 a 2 de febrero de 1875)
El 3 de septiembre de 1874 se inició el bloqueo de la ciudad de Pamplona, que en esos momentos tenía 17.000 habitantes. La guarnición de la ciudad estaba compuesta por BI de Reserva de Cádiz, (600), la Comandancia de Carabineros de Navarra, la Comandancia de la Guardia Civil, dos compañías del BA-3 a pie (188), la compañía de Veteranos Forales y unos 40 caballos de Guardia Civil, en total 1.200 hombres, además de otros 800 encuadrados en el batallón de voluntarios de la ciudad, todos bajo las órdenes de Manuel Andía, gobernador militar. Frente a ellos, las tropas carlistas, al mando del general Juan Ortigosa, se desplegaron creando un cinturón alrededor de la ciudad sitiada, con destacamentos en Huarte, Villava, Berriozar, Berriosuso, Berrioplano, Arazuri, Cizur Mayor, Cizur Menor, Mutilva Alta y Mutilva Baja. La situación era ya grave, ya que el Gobierno de Madrid había establecido un bloqueo desde el Ebro para debilitar a las tropas carlistas, y los medios de comunicación como el telégrafo o el ferrocarril estaban paralizados.
Torcuato Mendiry, jefe de las fuerzas carlistas, asentó baterías que bombardearon la ciudad desde los montes San Cristóbal y Miravalles.
Los testigos y medios de comunicación describen las duras consecuencias que el bloqueo tuvo para la población, principalmente relacionadas con el abastecimiento, ya que los carlistas impidieron la entrada de alimentos y combustibles. Desde los primeros días del asedio, tanto las autoridades militares como las civiles se vieron obligadas a establecer los precios y las cantidades que se podían obtener de los bienes de consumo. La carne se convirtió en un bien escaso, reservándose desde diciembre de 1874 solamente para los enfermos. La venta en el mercado negro de otro tipo de carne como la de perro, gato o rata ejemplifica la escasez de este alimento y las duras condiciones impuestas a la población local.
El peor momento se vivió el 14 de septiembre; los carlistas cortaron el suministro de agua de Subiza. El suministro de agua se solucionó mediante un sistema de bombeo ideado por el ingeniero francés Salvador Pinaquy, que trabajaba en el Molino de Caparroso, a orillas del Arga. Tras algún intento fallido, el 6 de noviembre consiguió que manase agua de la fuente de la plaza del Castillo, lo que fue celebrado por la población en una fiesta con presencia de las autoridades locales, amenizada por la comparsa de gigantes y cabezudos y la banda de música de la Casa de Misericordia.
Fue un duro invierno con grandes nevadas e intenso frío; se agotaron el aceite, el petróleo y el carbón, y para calentarse talaron los árboles de los parques y utilizaron la madera de los tendidos y barreras de la plaza de toros. Tampoco permitieron los carlistas enterrar a los muertos en el cementerio, que se encontraba extramuros, y hubo de habilitarse uno provisional.

La situación llegó a ser tan desesperada que, en enero de 1875, las autoridades militares emitieron un bando ordenando la salida de la ciudad de todas las personas que no contasen con recursos propios, dada la escasez de medios de subsistencia.
Junto a la escasez de alimentos, Pamplona padeció una grave falta de agua debido a que los carlistas habían cortado el suministro procedente de Subiza, dejando sin caudal a las fuentes de la ciudad. A esto se sumaron problemas higiénicos y la propagación de enfermedades como las fiebres tifoideas y la disentería. El tifus se convirtió en la principal causa de mortalidad. También se hizo notar la falta de madera, lo que llevó a las autoridades a ordenar la tala de las arboledas cercanas a la ciudad.
Mendiri, que había desguarecido Eskinza, permitió que sus enemigos tomaran esta posición y pudiesen ocupar Lácar y Lorca, quedando así franco el paso a Pamplona, que se culminó el 2 de febrero con la entrada de 35.000 hombres al mando de Domingo Moriones en la ciudad y los carlistas retirándose de las últimas posiciones en la periferia.