Guerras Carlistas Tercera Guerra Carlista en 1875 y final Final de la guerra

Avance de Loma a Guipuzcoa

Prevenido el TG Moriones, jefe del CE-I/I, por repetidas órdenes de su jefe el TG Quesada para que avanzara en dirección a Azpeitia a fin de unirse con el TG Loma, jefe del CE-III/I, y reforzado por mar con algunos batallones de la DI de Vizcaya, el día 14 de febrero comenzó Moriones su movimiento de avance, disponiendo ya de suficiente número de combatientes con que poder arrollar por todas partes a los carlistas. Así es que, saliendo de Gárate y Zarauz, se hizo dueño en el primer empuje de Indamendi y Meagas y, por tanto, dominando la carretera de Cestona, siguió adelante por Oiquina e Izarnazabal y, uniéndose con las tropas del CE-III/I de Loma, entró en Azpeitia, destruyó cuantas máquinas y efectos no pudieron poner en salvo los carlistas y lo que fue aún peor, consiguió que resultase inútil para estos el sostenimiento de la fortísima línea carlista de la provincia, colocándose a su retaguardia.

Desde ese momento puede decirse que la provincia de Guipúzcoa, incluso la ocupación de su segunda capital, Tolosa, quedaba a disposición de los liberales, salvo una pequeñísima parte desde Vergara a la Sierra de Andía.

Con tal rapidez hubo de verificarse la acometida de las tropas del Ejército de la Izquierda, que, a pesar de contar desde luego con lo brusco de su avance, no pudo el comandante general carlista de Guipúzcoa, brigadier Rodríguez Román, organizar una seria defensa en ninguna parte. Los voluntarios carlistas comenzaron a desertar, disminuyendo las filas carlistas, precipitando el fin de la guerra.

A la puerta del cuartel. Una madre implora que no se lleven a su hijo herido. Autor Gerardo Meléndez y Conejo.

Planes carlistas

Don Alfonso fue llamado por Carlos VII; se celebró un consejo de generales para encontrar entre todos el mejor medio de afrontar tan difícil situación. Participaron con Carlos VII el 17 de febrero en Beasain, don Alfonso de Borbón, los generales marqués de Valde-Espina, Carasa, Cavero y Argonz, el brigadier Brea y el coronel González Granda, como JEM de Vizcaya. Carlos VII pidió el parecer de los citados jefes, tomó la palabra don Alfonso para manifestar la confianza absoluta que le merecían los batallones navarros, alaveses, castellanos y del Centro que cubrían el antiguo reino de Navarra, cuyo mando inmediato acababa de dejar para acudir al llamamiento de Carlos VII, que su opinión era que se debía formar una fuerte división, la cual podía componerse de los batallones vizcaínos y guipuzcoanos, levantada la línea de estos cuyo sostenimiento nada ni nadie podía ya aconsejar, y reunidos unos y otros bajo el mando del general Carasa, oponerse en lo posible al Ejército de la Izquierda; que el general Lizarraga se opusiese al TG Primo de Rivera en Estella y su línea, reforzando esta con batallones de Álava, Cantabria o Castilla, para mejor asegurar la resistencia por la citada parte de Navarra, y que don Alfonso al frente de los restantes batallones carlistas se lanzaría entretanto en el Baztán sobre las divisiones del TG Martínez Campos.

A don Alfonso siguió en el uso de la palabra el general Cavero, quien expuso próximamente la misma idea, es decir, la de reunir todos los batallones posibles y atacar al TG Martínez Campos para hacerle capitular u obligarle a entrar en Francia, dando así la preferencia al ataque del Ejército de la Derecha sobre el que pudiera dirigirse en contra del de la Izquierda.

A este proyecto objetó el bueno del general Argonz que no veía tan negra la situación del ejército carlista, que con menos elementos que con los que se había empezado la guerra, que, por lo tanto, creía que aún podría sostenerse bastante tiempo, y, en fin, que por su parte aceptaría mejor el ataque al TG Quesada (Izquierda) que al TG Martínez Campos (Derecha).

Llamado a exponer su parecer el coronel González Granda, opinó por el levantamiento de todas las líneas (las de Vizcaya y Álava ya habían sido levantadas), formando columnas dotadas de un número prudencial de batallones que se ocupasen en flanquear al enemigo, colocándose a su retaguardia, sin dejarle descansar un solo momento, combatiendo sin tregua, cuando las circunstancias, o algún descuido o falta de los liberales lo aconsejasen, empezando por atacar vigorosamente el flanco del Ejército de la Izquierda, a fin de impedir la conjunción de Moríones con Martínez Campos por Arichulegui, cuya operación, a juicio de Granda, sería la última etapa de la campaña.

Puestos de acuerdo todos los del Consejo, y aprobado en principio el plan del coronel González Granda, se eligió el punto mejor para atacar al enemigo, recayendo la elección en el flanco derecho del Ejército de la Izquierda del TG Quesada, es decir, sobre las fuerzas que ocupaban Mondragón y Oñate.

El brigadier Brea salió para dar las órdenes consecuentes al expresado acuerdo, entre las que figuraba la llamada de dos batallones castellanos que habían de unirse a los vizcaínos y a los que mandó el general Cavero en Elgeta, formándose con unas y otras tropas una fuerte división que podría, próximamente, contar con 10.000 hombres, dos baterías de montaña, una de campaña y unos 200 caballos. Terminó el célebre consejo carlista de Beasain cerca de las cinco de la mañana del día 18 de febrero.

Pero nada del plan acordado pudo al fin llevarse a efecto, porque precisamente el mismo día 17 de febrero en cuya noche empezó a celebrarse el Consejo de Beasain, avanzaron sobre Estella las tropas del mando del TG Primo de Rivera atacando rudamente Montejurra, de cuyo fuerte lograron apoderarse al día siguiente, quedando así muy comprometida la capital de los carlistas de Navarra; y precisamente también a la misma hora en que terminaba el Consejo de Beasain, es decir en la madrugada del día 18, inició el TG Martínez Campos la marcha sobre Vera, venciendo, aunque en sangrientos combates, entre dicho día y el siguiente a las tropas carlistas que con el brigadier Larumbe trataron de cerrarle el paso, sin que el general Pérula (que era el jefe superior de las fuerzas carlistas reunidas en el Baztán) acertase a operar, o pudiera hacerlo, de manera que entre los cuatro batallones que tenía por la parte, de Santesteban y la brigada de Larumbe se consiguiera impedir el citado avance del TG Martínez Campos, o al menos retrasarlo, por lo menos, hasta la llegada de refuerzos.

Al tener Carlos VII y el infante don Alfonso noticia del movimiento del TG Martínez Campos con el Ejército de la derecha en dirección a Vera, tuvo que prescindirse naturalmente del acordado ataque al general Quesada, para acudir a lo más importante por el momento, que era ver de evitar lograse su propósito del TG Martínez Campos. Don Alfonso ordenó que el brigadier Echévarri marchase con el batallón de Munguía a cubrir Vidania (Guipúzcoa), quedándose en Villafranca el general Carasa con el resto de la división de Vizcaya para oponerse a la entrada de los liberales en Tolosa, desde donde les sería fácil romper hasta Lecumberri y cerrar por completo la frontera a los carlistas; se dispuso asimismo que el coronel Solana operase por Cegama, San Adrián y sobre Oñate; que los dos batallones castellanos que habían sido llamados a Guipúzcoa con arreglo al plan convenido en el Consejo de Beasain se dirigiesen inmediatamente al Baztán, para donde marchó el infante don Alfonso con el brigadier Brea y los batallones de Cantabria, previniéndose al propio tiempo al general Pérula que obstaculizase el avance iniciado por el TG Martínez Campos operando sobre su flanco entretanto que se reunían con don Alfonso en el Baztán además de la brigada de Cantabria que ya le acompañaba, la brigada guipuzcoana del brigadier Rodríguez Vera y cuatro batallones al mando del general Cavero, para cuya concentración se corrieron las oportunas órdenes, a fin de poder son Alfonso dar al frente de las expresadas tropas una buena acometida al enemigo.

Lo peor de todo era que las deserciones se verificaban ya en masa, y era de temer que, al separarse de los núcleos de fuerza algunos batallones, se presentasen reunidos y en correcta formación al enemigo, como aconteció poco después, pues hay que tener presente que era el 18 de febrero y diez días más tarde terminó la guerra.

Mientras tanto, el movimiento simultáneo de los dos grandes ejércitos alfonsinos, cuyo funesto resultado para los carlistas era de prever, iba a realizarse ya: Alfonso XII al abrir las primeras Cortes de su reinado el 15 de febrero manifestó ante ellas su deseo de tomar parte en las últimas operaciones de la campaña, y precedido por el Subsecretario del Ministerio de la Guerra, el MC Azcárraga (que había marchado al Norte a preparar el viaje) salió en la noche del 16 de febrero para Vitoria, llegó el 18 a Vergara en donde tomó el mando de sus dos ejércitos siendo nombrado JEM el TG Quesada, y se dirigió al frente de sus tropas hacia Tolosa en donde era de esperar que se le abrirían en breve las puertas.

Tolosa durante la Tercera Guerra Carlista.

Situados ya los liberales a retaguardia de la línea carlista de Guipúzcoa, el comandante general de dicha provincia, el brigadier Rodríguez Román, se vio precisado a ordenar el levantamiento de la línea y retirarse con las fuerzas de su mando lo más ordenadamente posible a Leiza.

Segunda Batalla de Montejurra (17 y 18 de febrero de 1876)

Con la marcha del TG Martínez Campos al Baztán, extendiendo las operaciones hasta el norte de Navarra, y con el avance del Ejército de la Izquierda sobre Guipúzcoa, se había debilitado imprescindible y fatalmente la defensa de Estella en términos de no disponer el general carlista Lizárraga, encargado de la misma, más que de unos 9 BIs, un BING, 4 o 5 escuadrones, dos baterías montadas y una de montaña. En cambio, el TG Primo de Rivera, jefe del CE-II/D, encargado por el TG Martínez Campos de apoderarse de Estella, podía disponer de todo su CE-II/D, de la brigada de la Ribera del brigadier Jacquenot, de la guarnición de Logroño y de la BRI-II/A/I del brigadier Araoz de la DI de Álava, la cual, una vez ocupada por los liberales la provincia de Álava, pasó a operar en la de Navarra.

Mientras el TG Martínez Campos preparaba su avance a Vera para el día 18 de febrero, empezó el TG Primo de Rivera su embestida a Estella el día 17, ordenando que los carlistas fuesen atacados por varios puntos a la vez, movimiento elemental que había de darle la victoria, porque los carlistas, lejos de multiplicarse en una dirección dada y hacerse así más fuertes, no tendrían más remedio que dividirse y resultar débiles en todas partes, y si no lo hacían así y querían robustecer la defensa en algún punto dado, se verían precisados a dejar abandonado, o poco guarnecido algún otro, y claro es que por ese punto les resultaría más fácil a los alfonsinos forzar el paso a Estella. Dispuso, pues, el TG Primo de Rivera que el general Tassara atacase Villatuerta, que los brigadieres Molins y Cortijo avanzasen a Dicastillo y Alio, que los brigadieres Moreno del Villar y Albornoz se presentasen, respectivamente, por Arellano y Arroniz y, en fin, que la guarnición de Logroño se dirigiese por la carretera de Los Arcos.

A las diez de la mañana del citado día 17 abrieron el fuego las columnas liberales, y el brigadier Calderón, que se hallaba al frente de la vanguardia carlista, compuesta del BI-I y BI-XII de Navarra, cuatro compañías del BI-V de Álava, cuatro piezas de artillería y un escuadrón (unos 1.600 hombres en total), se fue retirando ordenadamente por escalones, conteniendo al enemigo con sus líneas de fuego, hasta llegar a Arroniz, a donde le había ordenado el general Lizárraga que se replegase. El combate, sin embargo, fue muy empeñado, confesando los alfonsinos haberles costado su avance unas 400 bajas; pero la falta de municiones hacía muy comprometida la situación de los carlistas.

Segunda Batalla de Montejurra (17 y 18 de febrero de 1876). Los carlistas heridos son transportados al hospital de Irache el día 17. Autor Daniel Urrabieta Vierge, en la revista Le Monde Illustré.

Por la noche reforzó el general Lizárraga al brigadier Calderón con 6 u 8 compañías de distintos cuerpos, a cuyo frente se puso el denodado coronel barón de Sangarrén, valioso jefe que acababa de ser absuelto. Aprovechóse el siempre animoso Calderón del refuerzo para atacar vivamente al enemigo aquella misma noche, y logró arrojar de Arellano a los alfonsinos, causándoles bastantes bajas y haciéndoles algunos prisioneros.

Al amanecer del 18 de febrero, se abrió de nuevo el fuego, lo cual no era de extrañar dado el proverbial valor de Calderón y Sangarrén; pero como los liberales atacaron por varios puntos a la vez, y en vista de ello hubo de atender a todas partes el general Lizárraga, no siéndole posible socorrer convenientemente a Calderón, harto hicieron los tres escasos batallones carlistas (ya muy mermados) que defendían Montejurra, logrando tener a raya al enemigo durante largo tiempo, a pesar de verse atacados por los ocho batallones de las brigadas de Moreno del Villar y de Cortijo, auxiliadas más tarde por las fuerzas del general Tassara.

Segunda Batalla de Montejurra (17 y 18 de febrero de 1876). Toma del reducto carlista de Montejurra por las brigadas de Cortijo y Moreno el día 18. Autor M. Vierge.

Pirala dice a propósito de este reñido hecho de armas lo siguiente: «Calderón y Sangarrén sostuvieron el empuje de las columnas de Moreno del Villar y Cortijo, cargando cinco veces a la bayoneta, y al verse completamente rodeados y abrumados por tantas fuerzas, y fatigada la fuerza de Calderón, se replegaron detrás de los alaveses, rompiendo el fuego las cuatro piezas de montaña y las dos del fuerte, sosteniéndole a pesar del que sufrían de las baterías liberales que les enfilaban».

Pero era tal la superioridad numérica de los liberales, sobre todo cuando pasaron el río Ega las tropas del general Tassara, que al fin se inició la retirada de los carlistas, algo desordenadamente. Sin embargo, reunió el brigadier Calderón unos 400 hombres, con los cuales, y previa una carga a la bayoneta dada por su JEM, el comandante Suarep (quien cayó herido en ella), consiguió contener al enemigo y encerrarse en el fuerte de Montejurra, dispuesto a continuar sosteniendo su defensa hasta el último extremo. Todavía pudo mandar el general Lizárraga al BI-I de Castilla (que acababa de entrar en Estella) a reforzar al brigadier Calderón; pero dicha fuerza no llegó ya a tiempo de impedir la pérdida de Montejurra, porque las tropas que habían quedado allí aprovecharon la oscuridad de la noche, y descolgándose por los parapetos del fuerte, se dirigieron a Estella, abandonando al heroico brigadier carlista, a su ayudante de campo, Etenestrosa, y a los oficiales de artillería encargados de la del fuerte. Viéndose, por tanto, solo Calderón, se adelantó hacia el enemigo rindiéndose como prisionero de guerra.

Segunda Batalla de Montejurra (17 de febrero de 1876). El brigadier carlista Carlos Calderón rindiéndose tras la batalla. Autor Enrique Estevan y Vicente.

Perdido el principal baluarte de Estella, que era el fuerte de Montejurra, quedaba libre a los liberales el paso a la ciudad. Las bajas sufridas por ambos combatientes en los alrededores de Estella llegarían a mil, prueba inequívoca de la brillante resistencia que opusieron los carlistas.

Acción de Peña Plata (18 de febrero de 1876)

Memorables fueron las fechas del 17, 18, 19 y 20 de febrero, pues en ellas hubo de verificarse el definitivo y simultáneo avance de los ejércitos liberales contra los carlistas, adelantando sus tropas los TGs Primo de Rivera, Martínez Campos y Quesada: el primero sobre Estella, el segundo en dirección a Vera, y el tercero con Alfonso XII, hacia Tolosa.

Contra el Ejército de la Derecha, que había llevado al Baztán todo el CE-I/D del TG Blanco y la división de la Reserva, del MC Prendergast, solamente podían llegar a oponer los carlistas los VI-II, BI-III, BI-V y BI-VII de Navarra, BI-II de Álava y BI-II y BI-III de Castilla, dos escuadrones y las baterías de montaña de Llorens y Ortigosa, cuyas tropas, al mando del general Pérula y de los brigadieres Larumbe y Pérez de Guzmán, se encontraban las unas por la parte de Santesteban, y las otras por la del puerto de Otsondo, Tres Mugas, Peña Plata y el alto del Centinela.

Acción de Peña Plata (18 de febrero de 1876). Vista de la acción.

El día 17 de febrero, enterados los carlistas de hallarse casi sin defensa la vanguardia liberal del Baztán, se lanzaron con arrojo y a la bayoneta sobre las fuerzas liberales que ocupaban el alto de Auzcue, ocasionándoles en tan rápida sorpresa la pérdida de las posiciones, la de un centenar de fusiles, 14 prisioneros, 13 muertos y 25 heridos, entre ellos el JEM de la brigada, capitán Bollo, y el comandante Fernández.

Esta acción no retrasó los planes del TG Martínez Campos, quien ya había dado al TG Primo de Rivera la orden de atacar seriamente Estella a fin de distraer tropas carlistas en unos y otros puntos extremos de Navarra, y hallarles débiles, como así sucedió. Dispuso, pues, el TG Martínez Campos que la división de Reserva quedase en Urdax, y que el TG Blanco emprendiese a las tres de la mañana del día siguiente el movimiento de avance, marchando con su CE-I/D, las raciones y el parque móvil en dirección de Peña Plata, lugar conocido con este nombre debido al aspecto blanquecino-plateado que ofrece desde lejos su cresta rocosa y descarnada, actualmente conocido como monte Atxuria.

Las fuerzas carlistas que encontró el TG Martínez Campos a su frente el día 18 de febrero, mandadas por el bravo coronel Tomás Foronda, eran el BI-II de Navarra al mando del Tcol Fausto Ello, ocupaba la izquierda; el BI-VII al mando del Tcol Angosto ocupaba la derecha, y el BI-III de Castilla al mando del coronel Atienza y la batería de Llorens constituía el centro carlista.

Al amanecer del día 18, comenzaron el combate los liberales, dirigiéndose contra la derecha carlista, la cual sostuvo el fuego por espacio de una hora hasta que contramarchando de pronto los liberales, ocuparon estos las Tres Mugas y el alto del Centinela, para detenerse ante Peña Plata, cuya posición atacaron desesperadamente durante doce horas sin conseguir romper la línea carlista, pues en cuantas ocasiones llegaban los soldados alfonsinos hasta ella, otras tantas veces eran denodadamente rechazados por los voluntarios carlistas, cuyo heroísmo fue tal, que habiendo cesado el fuego al anochecer, pasó la frontera un general francés para abrazar y felicitar al coronel Foronda, admirado tanto de la intrepidez de la infantería carlista como de la artillería, quienes, a pecho descubierto, contribuyeron eficazmente, con sus certeros disparos, a contener el empuje liberal.

Entre los alfonsinos se distinguió también por su bizarro comportamiento el BIL-I de cazadores de Cataluña, el cual, al ser rechazado por tercera vez a la bayoneta y a pesar de haberle mandado retirar el TG Martínez Campos, desplegó la bandera, y con ella y su Tcol Gaseo a la cabeza, subió por cuarta vez hasta las posiciones carlistas.

Entretanto, los socorros y las municiones que se habían pedido al general Pérula, al avisársele del movimiento de avance del TG Martínez Campos, no llegaban, y para cubrir bajas solo pudo disponer el coronel Foronda de una compañía de alaveses que le envió el brigadier Junquera, a pesar de ver este amenazadas sus posiciones por el Ejército de la Izquierda; por cierto que al ir dicha compañía de alaveses a reforzar el centro carlista fue recibida a tiros por los alfonsinos, pues estos habían logrado apoderarse de aquella posición aprovechando la retirada del BI-III de Castilla, movimiento ordenado por el general Pérula según se supo después. Entonces, cortada ya la línea carlista y dominadas completamente por el enemigo las posiciones que ocupaban el BI-II y el BI-VII de Navarra, ordenó el coronel Foronda un cambio de posiciones, trasladándose con dichas fuerzas a las Palomeras de Echalar, para seguir disputando con alguna ventaja el paso a las divisiones del TG Blanco.

Al amanecer del 19 de febrero llegó a la línea carlista el brigadier Larumbe con algunas municiones de boca y guerra que había logrado coger a la retaguardia liberal. Esto hizo renacer en los carlistas las esperanzas de rechazar por completo al enemigo, dando tiempo a la llegada del general Pérula con los batallones que tenía por la parte de Santesteban. Pero Pérula tampoco acudió aquel día al combate, y, en cambio, los alfonsinos reanudaron briosamente la acción, lanzándose al ataque de las posiciones de los carlistas, quienes con igual denuedo que los días anteriores les hicieron frente, conteniendo su avance unas veces con las balas y otras con las bayonetas, hasta que después de siete horas de porfiada lucha, herido gravemente el brigadier Larumbe Arraras, muertos a la cabeza del BI-II y BI-VII de Navarra sus Tcols Elío y Angosto, perdidos en la lucha más de 200 hombres y agotadas las municiones, se retiró el coronel Foronda, pero ordenadamente, dominando al fin los alfonsinos las posiciones carlistas después de dos días de constante lucha y dejando cubierto de cadáveres el campo de batalla.

Las pérdidas de los alfonsinos en estos combates fueron 73 muertos (entre ellos cuatro oficiales) y 413 heridos (entre ellos 5 jefes y 22 oficiales).

Rota, pues, la línea carlista, entraron los liberales en Vera.

Tercera Guerra Carlista. Traslado de heridos en el ejército liberal. Autor José Cusachs y Cusachs.

Acción de Santa Bárbara de Oteiza (18 de febrero de 1876)

Únicamente faltaba a los alfonsinos para redondear sus planes, enlazar el Ejército de la Derecha con el CE-I/I del TG Moriones; pero como a esto no podían ya oponerse más fuerzas que las de la brigada del brigadier Martínez Junquera que ocupaba los límites de Guipúzcoa y Navarra, se vio dicho jefe arrollado por los batallones del Ejército de la Izquierda al mando del brigadier Navascués, si bien contribuyendo Junquera, como el que más, con su bizarra resistencia a salvar el honor de las armas carlistas en la acción de Vera.

Al saberse por Carlos VII y don Alfonso los avances simultáneos del TG Martínez Campos y del TG Primo de Rivera hacia Vera y Estella, respectivamente, acordaron que el JEM carlista, Caserta, acudiese con el brigadier Brea para intentar cortar el paso al TG Martínez Campos o embestirle en combinación con las fuerzas del inmediato mando de los generales Pérula y Cavero y del brigadier Rodríguez Vera.

Don Alfonso y su JEM brigadier Brea se encaminaron al Baztán recogiendo a su paso por Tolosa los dos batallones de Guipúzcoa que tan bien se habían portado recientemente en la acción de Mendizorrotz al mando de su brigadier Rodríguez Vera. Pasaron después a Leiza, para donde había salido poco antes Carlos VII con los generales marqués de Valde Espina, Martínez de Velasco, Martínez Fortún y Egaña, el batallón de Guías y el escuadrón de Guardias; también acudió al citado punto el general Cavero, con quien conferenciaron el general Caserta y el brigadier Brea, acordándose que don Alfonso con los batallones de Cantabria, el general Cavero con cuatro batallones castellanos y el brigadier Rodríguez Vera con los dos batallones de su brigada, se reunirían en unas alturas llamadas de Santa Bárbara, comprendidas entre Arichulegui (por donde se encontraba la brigada de Martínez Junquera) y el puerto de Otsondo y Echalar (por donde operaba el brigadier Larumbe).

Puerto de Otsondo en el valle del Baztán durante la Tercera Guerra Carlista. Fuente Narración militar de la Guerra Carlista 1869 a 1876.

Esta combinación de tropas podía estorbar el paso a Vera del TG Martínez Campos, porque mediante ella debieron haberse reunido a las inmediatas órdenes del general Caserta ocho batallones ansiosos de combatir, sin contar con los batallones que pudieran hostigar de flanco al enemigo, al mando del general Pérula, a quien se avisó de lo convenido para que pudiera operarse la conjunción de tan crecido número de tropas carlistas en contra del Ejército de la Derecha.

La noche siguiente la pasaron en Articuza los batallones de la brigada de Rodríguez Vera con don Alfonso y el brigadier JEM, dándose cita para el otro día con las demás fuerzas en los montes de Santa Bárbara, es decir, entre Vera y las Palomeras de Echalar. Un conjunto de aciagas circunstancias hizo que no pudiera tener éxito la operación. El punto de cita, perfectamente elegido para acudir a donde fuera más necesario, no ofrecía más dificultad que el tener que atravesar a su frente un profundísimo barranco que le separaba de Peña Plata y el alto del Centinela y que hubiera costado una hora el salvarlo; pero lo que contribuyó más que nada a que se malograse la operación, fue una circunstancia fatal, de adelantarse el TG Martínez Campos en su ataque, el cual, lo inició casi a la misma hora en que concluía el célebre Consejo de Beasain, no teniendo, por lo tanto, don Alfonso tiempo material para llegar al alto de Santa Bárbara antes de que Martínez campos jefe del Ejército de la Derecha pudiera vencer la resistencia heroica que le opusieron las escasas fuerzas que con el brigadier Larumbe y el coronel Foronda pudieron oponérsele, por ser las más próximas, y que fueron las únicas que tubieron que sostener el peso de la acometida.

Mientras tanto, emprendieron la marcha las fuerzas conducidas personalmente por don Alfonso y el brigadier Brea, que se reducían a dos batallones cántabros, de escasa fuerza, al mando del coronel Pedro Vidal, a quien acompañaba, como de costumbre, el presidente de la Junta de Cantabria, Fernando Fernández de Velasco, para estar siempre pendiente de sus voluntarios y atender sus necesidades.

Desde Articuza tuvieron que escalar una serie de montes imposibles, y cuando llegaron a la cima de Santa Bárbara, les quedaba aún salvar otros dos montes que estorbaban hacerse cargo de las posiciones ocupadas por las fuerzas alfonsinas, pero que no impedían percibir un violento fuego de fusil y cañón que se sentía hacia la parte de las Palomeras de Echalar. La impaciencia de don Alfonso y de cuantos le acompañaban no reconocía límites, máxime al ver que no llegaban al punto de la cita ni los batallones del general Pérula, ni los del general Cavero, ni los del brigadier Rodríguez Vera, y que, por lo tanto, no podían disponer más que de la brigada de Cantabria, muy escasa para poder con ella sola conseguir una victoria sobre los 20.000 hombres que tenía el TG Martínez Campos.

Impaciente don Alfonso, envió todos los ayudantes de campo y oficial de órdenes en distintas direcciones, unos para saber algo de la lucha entablada, que se oía, pero que no se veía, y otros para reconocer los probables caminos por los que suponía que debían llegar los batallones guipuzcoanos y navarros, o siquiera los castellanos con su general Cavero. Pero aquellos no regresaban, y creciendo la impaciencia en todos, se adelantó el brigadier JEM, con su ayudante de campo Sureda y otro de Cantabria, a fin de que, si aún era tiempo, pudiera regresar el último para conducir y guiar a los batallones cántabros en ayuda de sus compañeros de la brigada Larumbe.

Acción de Santa Bárbara de Oteiza (18 febrero de 1876). Vista panorámica del campo: 1 Montejurra, 2 montañas de las Amézcoas, 3 Monte Esquinza, 4 villa de Oteiza, 5 población de Dicastillo, 6 fuerte de Santa Bárbara, 7 vonvoy de Larraga a Oteiza. Fuente Revista Ilustración Española y Americana.

A la media hora de camino se encontraron con algunos voluntarios de dicha brigada navarra, quienes iban a participar las desgracias ocurridas en la acción, ya terminada, recibiendo una herida grave su brigadier y la muerte de los Tcols Elio y Angosto al frente del enemigo, que se había posesionado de Peña Plata, el alto del Centinela y las Palomeras de Echalar, cuyas posiciones eran las que podían impedir el paso de los liberales a Vera.

Hubieran podido arriesgarse a comenzar de nuevo el combate a fin de recuperar las posiciones perdidas, si la brigada de Rodríguez Vera, los batallones castellanos del general Cavero y los navarros del general Pérula hubieran podido reunirse en el alto de Santa Bárbara, pero esas fuerzas carlistas no llegaron, y las noticias que fueron recibiendo quitaron toda esperanza de concluir la guerra con una batalla tan sangrienta como gloriosa.

El general Pérula informó que hubo que ceder el paso a Vera por falta absoluta de municiones Remingthon, y que para apoyar la retirada había empleado el BI-III y el BI-V de Navarra, únicos que por su armamento Remingthon tenían municiones; el general Cavero, envió un ayudante de campo para comunicar que los batallones guipuzcoanos y vizcaínos se encontraban en un estado tal de indisciplina y descomposición, que hasta habían llegado algunos voluntarios a atentar contra la vida de sus jefes superiores, y que en aquellos momentos en que los unos se presentaban en masa al enemigo y otros pretendían entrar en pactos con él, y todos faltaban a la subordinación provocando serios y escandalosos lances (en algunos de los cuales llegaron a mediar fuego y las consiguientes bajas entre voluntarios hermanos). Finalmente, el brigadier Rodríguez Vera había tenido la desgracia de extraviarse con sus batallones guipuzcoanos en aquel laberinto de montes a través de los cuales emprendió la marcha para el alto de Santa Bárbara.

Aislado don Alfonso con su JEM brigadier Brea, y los batallones de Cantabria, y fracasado su proyecto de quebrantar con un rudo combate al Ejército liberal de la Derecha, cuya operación consideraba imprescindible para continuar en condiciones algo favorables la campaña, envió un ayudante de campo a dar cuenta de lo ocurrido a Carlos VII, quien le contestó que perdidas ya Estella y casi toda la frontera, y habiendo tenido que irse por enfermo a Francia el comandante general de Castilla, general Cavero, había resuelto que pasase a hacerse cargo inmediatamente de la división castellana.

Entrada de los liberales en Estella (19 de febrero de 1876)

Después del famoso Consejo de Beasain, habían quedado a la inmediación de los diferentes CEs alfonsinos de la Izquierda, los batallones carlistas de Vizcaya y Guipúzcoa, escalonados desde Tolosa y Berástegui hasta Leiza y Lecumberri, con el general Carasa y los brigadieres Rodríguez Román, Ugarte, Ormaeche, Iturzaeta, Aizpurúa y Echévarri; pero una vez enlazados por la parte de Vera los ejércitos alfonsinos de la Derecha y de la Izquierda se hizo insostenible por los carlistas su capital guipuzcoana, y entró en su capital Alfonso XII enseguida, quedando con ello quebrantada por completo la moral de las tropas carlistas vascongadas, cuyas deserciones en masa no pudieron ya evitar los respectivos comandantes generales, cundiendo rápidamente por los batallones una desmoralización y una desconfianza en sus jefes superiores, que hacían prever una catástrofe.

En vano fue que los carlistas Carasa, Rodríguez, Ugarte, González Granda y otros muchos tan valerosos y tan fieles como ellos hicieran lo imposible para recabar de sus subordinados la influencia perdida, pues empezaron a sonar las voces de ¡traición! y ¡mueran los traidores! dando la señal los vizcaínos y siguiéndoles los guipuzcoanos, en términos de que los comandantes generales y casi todos los jefes procedentes del ejército (contra quienes más se manifestaba la desconfianza de los voluntarios) tuvieron al fin que abandonar Leiza para ganar la frontera; hubo una fuerza que se insubordinó al grito de ¡Paz y fueros! y roto ya por completo el freno de la disciplina, llegaron algunos voluntarios a pretender matar al general Carasa, mientras otros provocaban sangrientas colisiones, y los más se presentaban por compañías, y hasta por batallones, a las autoridades alfonsinas.

En Navarra, al caer el fuerte de Montejurra en poder de los liberales, reunió el general carlista Lizárraga en consejo a los generales Maestre, Alemany, Lerga e Iturmendi, a los brigadieres Ferron, Yoldi, Fontecha, Landa y Torrecilla, al coronel de artillería Fernández Prada, y algunos otros jefes, resolviéndose el abandono de Estella, apoyado dicho acuerdo por la contestación de Carlos VII a una consulta que le dirigió el general Lizárraga, a quien autorizó retirarse de dicha plaza, a fin de evitar días de sangre a la ciudad y pérdidas inútiles a sus heroicos voluntarios, toda vez que perdido Montejurra resultaba insostenible la posesión de Estella.

La retirada fue, pues, decidida salvando el mayor número posible de cañones y efectos de guerra, y sin que el enemigo la advirtiera a tiempo para obstaculizar la operación: tan bien fue dirigida por el veterano general Lizárraga, y por los jefes que secundaron sus órdenes, emprendiendo la marcha con todas sus fuerzas por Salinas de Oro a Santesteban, a unirse con los otros batallones y voluntarios que aún restaban fieles a su Carlos VII, no sin antes mandar a los brigadieres Fontecha y Boet que se pusieran a las órdenes del general Lerga para conservar el paso de las Amézcoas; pero esto no tuvo efecto, y se unieron después camino de la frontera con las restantes tropas leales.

Los batallones navarros empezaron también a descomponerse por entonces, desertando muchos voluntarios a Francia, y los más a Pamplona, sin que pudieran contenerles los esfuerzos de su comandante general Pérula, antes tan popular y querido en Navarra y que ahora no tenía ya ninguna influencia sobre aquellas bravas tropas de paisanos suyos.

En vista de lo crítico de las circunstancias, se cuidó ante todo el general Lizárraga de asegurar la única parte de frontera que quedaba libre a los carlistas, por Roncesvalles, situando a los batallones del Centro con el brigadier González Boet, en Zubiri.

Entretanto habían entrado los liberales en Estella el 19 de febrero apoderándose de grandes almacenes y repuestos de todas clases, así como de la artillería de los fuertes de San Juan de Arandigoyen, Monte-Muru, León y San Millán, abandonada por ser imposible transportarla por los caminos emprendidos en la retirada, después de la cual solo quedaron dominando los carlistas el pequeño territorio comprendido entre Pamplona y la frontera por Roncesvalles, pues en el resto de Navarra únicamente ondeaba el pendón de Carlos VII en el Castillo de la Población, el cual, por cierto, se sostuvo aún después de terminada la guerra, pues su gobernador, el brigadier alavés José de Montoya, veterano de la Primera Guerra Carlista, no se rindió al brigadier Araoz hasta después de haber Carlos VII emigrado cuando mayor resistencia por parte del Castillo de la Población habría sido aún más que temeridad, una locura, y si al fin se rindió Montoya fue quedando en libertad tanto él como toda la fuerza que tenía a sus inmediatas órdenes.

Entrada del rey Alfonso XII en Estella, al final de la Tercera Guerra carlista. Revista The Graphic.

Salida de Carlos VII de España

Carlos VII, frenéticamente aclamado por las tropas que le seguían leales, escoltado por la división de Castilla, el batallón de Cadetes y su escuadrón de Guardias, había marchado por Erasun y Zubieta a Santesteban, a donde acudieron también el infante don Alfonso y el brigadier Brea con los batallones cántabros que habían llevado a los altos de Santa Bárbara, el general Lizárraga y el brigadier Ferrón con algunos de los batallones retirados de Estella y gran número de generales de distintos cuerpos y divisiones, entre los que recordamos a los generales marqués de ValdeEspina, Argonz, Martínez Fortún, Martínez de Velasco, Maestre, Alemany, Pérula y Egaña, y los brigadieres Villar, Fontecha, Pérez de Guzmán, Pagés, Yoldi, Anrich y Ramajos.

El infante don Alfonso y el brigadier Brea consideraban que, ocupadas por los alfonsinos todas las provincias vascongadas, así como la mayor parte de Navarra y casi toda la frontera, disueltos los batallones vizcaínos, guipuzcoanos y alaveses, así como muchos navarros y las diputaciones de guerra, sin fábricas de armas ni municiones, ni recursos con que poder ya subsistir por muchos días, se había llegado ya al caso de ser completamente imposible sostener la guerra, e inútil el intentarlo. Pero algunos otros generales carlistas creían que aún era posible prolongar la campaña, reaccionando la moral de las fuerzas vascongadas y navarras y reorganizando la guerra con la base de las tropas que aún quedaban fieles, al abrigo de la frontera. Carlos VII se dignó, deseoso de apurar todos los recursos posibles, nombrar JEM General y JEM de este, respectivamente, al TG Antonio Lizárraga y al brigadier José Ferrón, antiguo, ilustrado y valiente oficial de infantería en el ejército de Isabel II, brillante jefe carlista que había hecho toda la campaña a las órdenes del general Lizárraga, tanto en el Norte como en el Centro. Con este motivo pasaron don Alfonso de Borbón y su JEM, brigadier Brea, al mando de las tropas de la comandancia general de Castilla.

El día 23 de febrero tomó, pues el mando de los restos del ejército carlista el heroico defensor de Seo de Urgel, general Lizárraga, quien de acuerdo con Carlos VII, ordenó que algunos batallones de los que llevó de Estella se escalonaran en la regata de Zubiri y que el infante don Alfonso y el brigadier Brea le siguieran con los batallones castellanos y cántabros y la caballería de Borbón y de Castilla; que los cuerpos que aún se habían librado del contagio desmoralizador, como el batallón asturiano, le siguieran también, así como los sufridos batallones del Centro al mando del brigadier Boet, y ordenó, en fin, que la artillería se concentrase en Roncesvalles.

Dispuso también Lizárraga que los generales marqués de Valde Espina y Egaña y el brigadier Fontecha volvieran a Vizcaya, Guipúzcoa y Álava, respectivamente, como comandantes generales de dichas provincias para intentar reanimar en ellas el espíritu carlista; y mientras tanto, teniendo segura la entrada en Francia, pensó en que con los diez mil hombres salvados del naufragio de la disolución podría librar alguno o algunos combates antes de resolverse a abandonar España.

El día 24 de febrero, Carlos VII salió de Santesteban con su JEM General, Lizárraga, con sus ayudantes de campo los generales Martínez de Velasco y Martínez Fortún, con los batallones de Cadetes y el BI-II de Castilla y el escuadrón de Guardias, dirigiéndose a Roncesvalles por Villaba, Zubiri, Vizcarret Espinal y Burguete, seguido a una corta jornada de distancia por don Alfonso de Borbón el brigadier Brea con las tropas de su mando, y cubriendo la retaguardia el brigadier González Boet con los batallones del Centro.

Los planes del general Lizárraga no pudieron realizarse desde el primer momento, y a los cuatro días de desempeñar la Jefatura del Estado Mayor General carlista se vió precisado él mismo a pedir a la nación francesa hospitalidad para Carlos de Borbón: sus esfuerzos por continuar la guerra no dieron otro resultado que el sacrificio inútil del valeroso y veterano general Domingo de Egaña y del leal brigadier Francisco Ramajos, quienes fueron inhumanamente asesinados por turbas de antiguos voluntarios carlistas, sin más que haberles echado en cara sus deserciones y la poca consistencia de su carlismo.

Carlos de Borbón, quien había llegado ya en la mañana del 27 de febrero a Valcarlos con su JEM General Antonio Lizárraga, con sus ayudantes de campo, los generales Gerardo Martínez de Velasco y León Martínez Fortún, con el brigadier José Ferrón, con su escuadrón de Guardias y con el batallón de Cadetes y el BI-II de Castilla.

A eso de las tres de la tarde llegaron a la vista de Valcarlos, y a una de las estribaciones de la garganta de Roncesvalles, la división de Castilla, la brigada de Cantabria, los batallones de Asturias y el BI-I de Valencia, y el RC de Borbón, cuyas fuerzas recibieron orden de vivaquear en las alturas. Dichas tropas iban al mando del infante don Alfonso de Borbón, conde de Caserta, y de su JEM, el brigadier de artillería Antonio Brea. Cubriendo la retaguardia a una jornada de distancia, marchaba el batallón de Cadetes estaba mandado por el coronel Emilio Martínez Vallejo, y el escuadrón de Guardias, mandado por el Tcol Manuel de la Cruz.

Carlos VII se despide de sus seguidores en Valcarlos el 28 de febrero de 1876. Dibujo de José Passos para la Historia de España de Pi y Margall.

A menos de un kilómetro de la diseminada y pintoresca villa de Valcarlos, formaron en masa los batallones y escuadrones carlistas en un alto, donde se dirigió Carlos VII para pasar revista. El 28 de febrero, tras pasar revista, emprendió la marcha y tras él siguieron ordenadamente los batallones y escuadrones. Al llegar al puente de Arneguy, las tropas francesas rindieron los honores debidos a Carlos VII al pisar la tierra francesa, quien en aquel solemne momento volvió su cabeza a España y, levantando los ojos al cielo, dijo con voz firme: ¡Volveré!

Carlos VII se despidiéndose de sus seguidores en Valcarlos el 28 de febrero de 1876 y dirigiéndose a la frontera. Autor J. Vehil.
Llegada de Carlos VII al puente de Ameguy en la frontera francesa el 11 de marzo de 1876. Autor Daniel Vierge.

Los jefes y oficiales carlistas conservaron sus espadas, y a las doce todo había terminado; jinetes y peones arribaron a San Juan de Pié de Puerto, poco más o menos, a las dos de la tarde.

Aquel mismo día cruzaban la frontera, muy cerca de Orbaiceta y Burguete, los restos de aquellos batallones navarros; al frente de ellos marchaba su comandante general Pérula con el general Lerga y los brigadieres Pérez de Guzmán, Yoldi, Landa y Torrecilla, y gran número de jefes y oficiales de todos los batallones de la provincia, quienes pernoctaron al día siguiente en San Juan de Pié de Puerto, donde fueron alojados en las casernes francesas.

También en aquellos días atravesaron la frontera, los más por los Alduides, los generales marqués de Valde Espina, Diez de Mogrovejo, Berriz, Argonz, Iturmendi, Carasa, Alemany y Martínez Viñalet, los brigadieres Anrich, Villar, Montoya, Rodríguez Román, Aizpurúa. Fontecha, Garín, Ormaeche, Rodríguez Vera, Ugarte, Larumbe, López, Martínez Junquera, Echévarri e Iturralde, así como un gran número de jefes, oficiales y voluntarios de todas las armas e institutos armados, y de todas las provincias, quienes prefirieron emigrar antes que rendir sus armas al enemigo.

Carlistas cruzando la frontera francesa al final de la Tercera Guerra Carlista. Fuente Ilustración Española y Americana.

Jergón y la sima de Igúzquiza

El tudelano Ecequiel Llorente, alias Jergón, era chaparro, moreno, cejijunto, con cara de pocos amigos y bigotudo. Había llegado a ser lugarteniente del cabecilla Rosa Samaniego durante la última guerra carlista. Adquirieron notoriedad sus correrías alrededor de la ciudad de Estella y valles cercanos, en busca y captura “de confidentes y espías guiris [liberales] y, captados”, que luego eran lanzados a la sima de Igúzquiza. Al atardecer, Jergón llegaba a la taberna de la Feliporra, en las cuestas del Puy, y se deshacía, contándolas, las vueltas del pantalón en remango: una, dos, hasta cinco o seis, número de los desdichados arrojados al abismo. No hubo indulto al alcance de Samaniego ni de Llorente cuando la derrota. Rosa huyó a Francia; el gobierno alfonsino pidió la extradición, que no se concedió; por su parte, Llorente sería fusilado sin contemplaciones. Comenzaba la leyenda.

En marzo de 1876, la guerra había terminado, Rosa Samaniego se encontraba huido y los restos de su cuadrilla andaban dando palos y robando por diversos lugares. Estando cierto día en una taberna de Los Arcos, Jergón fue reconocido y tomado preso. Era el 13 de abril; Justo García Galdeano, el tabernero, recibió aviso de que un renombrado malhechor andaba por allí. Avisó a los guardias y al rato se presenta el cabo y otro número que lo encerraron en la cárcel de la villa, para más tarde trasladarlo a la ciudadela de Pamplona. Desde allí lo llevan para ajusticiar al pie de la sima según sentencia del 19 de diciembre del mismo año. Al pasar por Mañeru, en un descuido de sus guardianes, se pegó un tajo en el gañote. La sentencia se cumplió el día 21, muriendo fusilado y siendo después arrojado a la misma sima donde había hecho de las suyas.

Cuentan que Rosa Samaniego había despeñado vivos en Iguzquiza a más de doscientos confidentes. Que fuesen tantos, y que lo fueran por orden del cabecilla, según parece, es exagerado. Lo que sí consta es que quien los arrojaba era Jergón.

La sima de Igusquiza. Ezequiel Llorente, alías Jergón es ajusticiado y lanzado a la sima el 21 de diciembre de 1876. Narración militar de la Guerra Carlista de 1869 a 1876.

Acción de Puente la Reina (julio de 1876)

En julio de 1876, se promulgó una ley que abolía los fueros vasco-navarros, un golpe duro para la mentalidad foralista y un catalizador de sentimientos de agravio y resistencia en la región.
Un sargento carlista, López Zabalegui, junto con soldados y vecinos de Puente la Reina y Obanos, intentó tomar el fuerte de la localidad.

La intentona fracasó. Los sublevados tuvieron que huir a Francia, y la Diputación Foral de Navarra rechazó el movimiento, mostrando la debilidad de la causa carlista en la zona en ese momento.
Este evento, aunque menor, se enmarca en un periodo de gran tensión social y política, donde la resistencia carlista persistía a pesar de la derrota militar, alimentada por la defensa de la identidad foral. Mostraba cómo, incluso tras la derrota oficial, persistían focos de resistencia y un profundo arraigo a sus costumbres y leyes históricas.

Consecuencias de la Tercera Guerra Carlista

Consecuencias políticas

Fin de las guerras carlistas. La derrota carlista en 1876 supuso el fin de las guerras dinásticas y la consolidación de la monarquía de Alfonso XII como un régimen liberal. 
Supresión de los fueros. La ley del 21 de julio de 1876 abolió los fueros vasco-navarros, integrando estas provincias en la unidad jurídica y administrativa española. 
Consolidación del liberalismo. La guerra y la derrota carlista reforzaron el proyecto político liberal de Cánovas del Castillo, que buscaba la unidad nacional a través de la uniformidad de leyes y códigos.
Nacimiento del nacionalismo vasco. La abolición de los fueros y el sentimiento foralista desencadenaron el surgimiento del Partido Nacionalista Vasco en 1895, defendiendo la identidad regional.

Consecuencias económicas y sociales

Los conciertos económicos. Como contrapartida a la supresión foral, se firmaron los conciertos económicos, que permitían a las autoridades vascas recaudar impuestos y a la burguesía local gozar de ventajas fiscales.
Desarrollo industrial del País Vasco. La estabilidad política y las nuevas condiciones económicas impulsaron un notable crecimiento industrial en el País Vasco, convirtiéndolo en una de las regiones más industrializadas de España.
Exclusión política. La derrota carlista supuso la exclusión de los absolutistas y otros grupos del nuevo sistema político.

Quijotada carlista. Autor Augusto Ferrer Dalmau.

Conclusión

La última guerra carlista no solo selló la derrota militar del carlismo, sino que también permitió al liberalismo eliminar las estructuras forales tradicionales, consolidando el modelo de Estado centralista. Sin embargo, la introducción de los Conciertos Económicos otorgó una solución intermedia que preservó una parte del autogobierno fiscal, configurando una relación peculiar entre el Estado y las provincias vascas.

Entrada creada originalmente por Arre caballo! el 2026-01-16. Última modificacion 2026-01-16.
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