Guerras Carlistas Tercera Guerra Carlista en 1875 y final Operaciones en el Norte en el primer trimestre de 1875

La Restauración

En 1874, tambaleándose ya la Primera República, comenzaron los preparativos para restaurar en el trono al príncipe Alfonso de Borbón. El 1 de diciembre de 1874 se firmó el Manifiesto de Sandhurst (Inglaterra), en cuya escuela militar don Alfonso era cadete, redactado por Cánovas del Castillo, en el que daba a conocer el sistema político que adoptaría durante su reinado, una monarquía constitucional, conservadora y católica, defensora del orden social y garante del funcionamiento del sistema político liberal, basado en los famosos partidos turnantes; finalizaba así: «…ni dejaré de ser buen español ni, como todos mis antepasados, buen católico, ni, como hombre del siglo, verdaderamente liberal». Dos días después de conocerse este manifiesto en España, el 29 de diciembre, el general Martínez-Campos realizó el pronunciamiento en los campos de Sagunto, ante la brigada del mando del general Luis Daban y Ramirez de Arellano (BRI-II/2, del Ejército del Centro del mando del general Joaquín Jovellar, que guarnecía Chinchilla).

Pronunciamiento del general Arsenio Martínez Campos en Sagunto el 29 de diciembre de 1874 a favor de Alfonso XII. Autor Ricardo Balaca, grabador Tomás Carlos Capúz.
Martinez Campos restaurando el cuadro de la monarquía.

Martínez Campos, recluido en Ávila, sondeó a Dabán para pronunciarse por la restauración de la Monarquía, obteniendo respuesta positiva, suponiendo el segundo la plena colaboración del Ejército del Centro y la inhibición de la guarnición valenciana que, exceptuando a su capitán general, era alfonsista. El 4 de diciembre, ante la demora del pronunciamiento y a la vista de los problemas que tenía con su tropa, Dabán se sinceró con su general y envió a su ayudante a Madrid para conocer la situación. Este último regresó sin instrucciones, por lo que Luis Daban comunicó a Martínez Campos que solamente su BRI-II/2 estaba disponible (1.800 hombres del RI-30 de La Lealtad y del BI-II de Reserva de Madrid, más tres escuadrones y un par de baterías de artillería; en realidad, media brigada) y solamente hasta el 31 de diciembre, a lo que Martínez Campos contestó que había decidido encabezar el pronunciamiento él mismo; así lo hizo y triunfó en el intento.

Tras la monarquía electiva y el desastre de la Primera República, con su triste episodio cantonal, el levantamiento apenas encontró oposición en la nación, enfrascada, como estaba, en la Tercera Guerra Carlista y en la Guerra Larga de Cuba (1868-78).

Las primeras elecciones de la Restauración tuvieron lugar el 20 de enero de 1876, obteniendo la mayoría los liberal-conservadores de Cánovas, con 333 escaños, gracias a las «maniobras» electorales del ministro de la Gobernación Francisco Romero Robledo, a pesar de que se celebraron todavía bajo el sistema de sufragio universal (masculino) establecido en la Constitución española de 1869. La redacción de la nueva Constitución corrió a cargo de una comisión presidida por Manuel Alonso Martínez.

La legitimidad del nuevo régimen se establece con la Constitución de 1876, que conformó el nuevo modelo de Estado con un poder legislativo dividido en dos cámaras: Congreso de los Diputados y Senado, con un sufragio censitario para elegir el Congreso y la mitad del Senado (la otra mitad era nombrada por el rey), y en donde el monarca conserva buena parte de las funciones de jefe del Estado y del poder ejecutivo.

El reconocimiento de Cabrera fue total a la monarquía alfonsina, ya que arrastró consigo a algunos carlistas. El pequeño grupo carrerista se agitaba a comienzos del año, tratando de que el conde de Morella asumiese el mando del Ejército Real de Cataluña. Con el pretexto de su origen catalán y con el propósito de aparentar una justificación de Cabrera, reconciliado con el Rey, se hicieron gestiones en este sentido que fracasaron. El reconocimiento de Cabrera a Alfonso XII se produjo después de que este le ofreciera el cargo de capitán general del Ejército, además de todos los títulos y honores que había obtenido en el campo de batalla. Cabrera, desilusionado con la causa carlista y con Carlos VII, decidió aceptar la oferta del rey, lo que provocó un gran impacto en las filas carlistas y fortaleció la posición de Alfonso XII.

El reconocimiento de Cabrera fue un gesto significativo, ya que representó un abandono de la lucha dinástica y un paso hacia la reconciliación nacional tras años de conflicto. El propio Cabrera, en un manifiesto dirigido al partido carlista, expresó su convencimiento al aceptar a Alfonso XII como rey y poner bajo su cuidado la bandera carlista. 

Operaciones en el Norte en enero de 1875

Al comenzar el año 1875, el acontecimiento más importante que se produce es el cambio de adjetivo que tiene el ejército liberal, ya que, sin cambiar de hombres ni de mandos, de republicano se convirtió en alfonsino.

En enero de 1875, había fuertes atrincheramientos en la Sierra del Perdón, Biurrun, Tirapu, Olcoz, Guirguillano, Añorbe, Muruzabal, Obanos, Santa Bárbara de Mañeru, Monte-Esquinza y Unzué, así como diversas baterías en Olcoz, Añorbe y sobre todo en Santa Bárbara de Mañeru, constituyéndose en esta una fortificación poco menos que inexpugnable.

Ocupados estaban, pues, todos estos puntos por las tropas carlistas, compuestas de 10 batallones navarros, cinco alaveses, 4 castellanos, 2 cántabros, uno riojano, uno aragonés y el de Guías del Rey, las baterías montadas de Vélez, Fernández Prada y Rodríguez Vera, la de a caballo de García Gutiérrez, las de montaña de Reyero e Ibarra y 6 piezas del tren de sitio al mando de Marcos Fernández de Córdova, formando el Ejército carlista de operaciones en Navarra, un total de unos 14.000 hombres, con 42 cañones y 600 caballos del RC de Castilla y del RC del Rey, al mando de Juan Ortigosa. El cuartel general estaba en Puente la Reina, pero don Carlos inspeccionaba continuamente las líneas. Iba escoltado por generales y por oficiales de su Estado Mayor y de ingenieros.

Mientras tanto, y urgiendo cada vez más al Gobierno de Madrid, romper las líneas carlistas para abastecer Pamplona y levantar el bloqueo de dicha plaza, hizo acudir a Navarra la división de Despujol del Ejército del Centro, la brigada de Zenarruza, y otras fuerzas de Santander y otros puntos reuniéndose en el Norte el Ejército más numeroso que España había puesto en campaña, llegándose aa reunir, solamente en Navarra, para las operaciones del Carrascal, 49.500 hombres, con 2.500 caballos y 86 cañones.

Triunfante el movimiento de Sagunto, cesaron en el mando en Jefe y en el del CE-II del Ejército del Norte, los generales duque de la Torre y Pieltain, reemplazándoles en sus respectivos cargos los tenientes generales La Serna y Primo de Rivera, confiándose el de Jefe de Estado Mayor General al mariscal de campo Ruíz Dana, continuando el general Loma con el cuerpo de ejército de su mando en operaciones por las provincias vascongadas, y organizándose las tropas acumuladas en Navarra para las operaciones del Carrascal, formando tres CEs:

  • El CE-I al mando del TG Moriones se componía de 20 batallones, 2 RCs, 16 cañones de montaña y 3 compañías de ingenieros.
  • El CE-II al mando del TG Primo de Rivera lo constituían 20 batallones, 2 RCs y 2 ECs, 24×8 4×4 cañones, 12 de cañones de montaña y 4 compañías de ingenieros.
  • El CE-III al mando de Despujols estaba formado con 14 batallones, 6 ECs, 8 cañones de Montaña, 18×8 y 4×10 cañones, y 2 compañías de ingenieros.

En total disponían de 54 batallones, 4 RCs y 8 ECs, 36 cañones de montaña, 42×8 y 8×10 cañones, y 9 compañías de ingenieros.

La primera acción que encontramos al comienzo de enero fue la realizada por el brigadier Villegas, que el día 11 de enero consiguió entrar en Valmaseda (Vizcaya), presentando esta operación fugaz como una gran maniobra contra los carlistas, aunque sus consecuencias eran nulas.

El 14 de enero, en Navarra, una columna perteneciente a las fuerzas que mandaba el brigadier Moltó, situada en Viana, salió para Aras; sin contratiempo llegó a su destino, y cuando regresaba fue atacada por los carlistas, por lo que Moltó tuvo que salir de Viana y socorrer a los que regresaban, y, como es natural, se atribuyó una gran victoria.

El rey Alfonso XII pasando revista a los tres cuerpos del Ejército del Norte el 23 de enero de 1875. Autor Ricardo Balaca.

El día 27, ya estando en el Norte Alfonso XII, la brigada Lasso consiguió entrar sin resistencia carlista en Artajona y con algún tiroteo en Pueyo (Navarra). El 27, el brigadier alfonsino Infanzón desembarcó de noche en Guetaria, apoderándose de la posición de Garatemendi. Esta fue preliminar de la realizada por el general Loma, el 29, quien avanzó hasta Usurbil (Guipúzcoa), donde tuvo que combatir, llegando hasta Orio, mientras que los carlistas se replegaban a la otra orilla del río Oria. En esta operación intervinieron dos buques de guerra alfonsinos, así como una lancha de vapor. Los carlistas estuvieron hostigando a los liberales la noche del 29 y los días 30 y 31 de enero. En este último día, después de bombardear las posiciones carlistas de Zarauz, fueron estas ocupadas por los alfonsinos y el 1 de febrero Loma llegó hasta Aya, pero se retiró ante la resistencia carlista.

Por la parte de Bilbao hubo combates en el Monte de Abril y en la línea de Arbolancha. Las operaciones ejecutadas por Loma el 3 de febrero desde Zarauz le permitieron ocupar la línea carlista que iba desde Indamendi hasta Zumaya. En Navarra hubo ligeros combates el 1 de febrero sobre los montes de Izco y Avingano. Por otra parte, llegaron los alfonsinos hasta las alturas que dominan Barasoaitl y, cuando se replegaban, fue atacada la retaguardia por fuerzas carlistas situadas en Obanos. En Vizcaya también el día primero hubo un combate en Castrejana.

Tropas alfonsinas marchando por la nieve en 1875.

Operaciones en el Norte en febrero de 1875

Don Carlos acudió personalmente para tomar el mando del ejército navarro, pasando revista el 29 de enero a todas las fortificaciones desde Obanos hasta Añorbe. El pretendiente fortificaba después de algún tiempo el Carrascal. Los soldados habían dejado sus fusiles. Abrían trincheras y elevaban parapetos. Las fortificaciones del Carrascal tenían por objeto bloquear Pamplona y obligar al enemigo a acudir en su ayuda. El cuartel general estaba en Puente la Reina, pero don Carlos inspeccionaba continuamente las líneas. Iba escoltado por generales y por oficiales de su Estado Mayor y del cuerpo de Ingenieros. Hacía tres años que sostenía la campaña, pero siempre discreto y modesto, no obraba sin previo consejo de los expertos capitanes de la Primera Guerra Carlista. La operación parecía razonada en sí misma, pero hubieran sido precisas mayores fuerzas para cubrir una línea tan extensa.

A las doce de la noche del 1 de febrero, emprendieron una operación los alfonsinos para apoderarse por sorpresa de la ermita de San Cristóbal, punto culminante del Monte Esquinza, lo que hicieron al amanecer del día 2, mientras que otras fuerzas ocupaban la Sierra de Izaya, permitiendo a los alfonsinos que siguieran la marcha por la carretera de Monreal a Pamplona. La pérdida por los carlistas del Monte Esquinza contrariaba los planes que para la defensa de la línea del Carrascal había tenido Mendiry, que, sin embargo, no fue defendida como debía, y quebrantó mucho a los carlistas, pues quedaba insostenible la posición de Puente la Reina. Así el día 3 quedó abandonada la Sierra de El Perdón y, poco después, fue ocupado por los liberales Puente la Reina. Se iban preparando los alfonsinos para atacar la posición de Santa Bárbara de Mañeru y dar la batalla decisiva.

Monte Esquinza durante la Tercera Guerra Carlista. Narración Militar de la Guerra Carlista de 1869 a 1876.

Batalla de Lácar (3 de febrero de 1875)

En el consejo de generales celebrado en Peralta se dispuso: el CE-I de Moriones debía desde Tafalla dirigirse por la carretera de Sangüesa, rebasar el ala izquierda carlista, franquear la sierra del Perdón, caer sobre Astrain, ayudar al CE-III en sus movimientos y, por los montes de Guirguillano, apoderarse de Santa Bárbara de Mañeru en combinación con el CE-II. El general Primo de Rivera con su CE-II debía dirigirse desde Berbinzana y Larraga, por Oteiza, a Monte-Esquinza, Cirauqui y los referidos atrincheramientos de Santa Bárbara. El CE-III de Despujols debía partir de Artajona y dirigirse al centro de la línea carlista, es decir, contra las posiciones de Añorbe, Tirapu y Oleoz, hasta Puente la Reina. El plan de los alfonsinos era, por lo tanto, combatir el centro carlista y destruir las alas, dejando libre el paso a Estella.

Peñas de Izartea en el camino a Lacar antes de la acción del 3 de febrero de 1875. Narración Militar de la Guerra Carlista de 1869 a 1876.

El general carlista Mendiry, previendo el ataque de los liberales por su izquierda, había dispuesto con antelación que 4 batallones a las órdenes de los brigadieres Yoldi y Lerga, se situaran en las posiciones de Unzué y Monreal, para oponerse al paso del CE-I de Moriones, que la brigada de Pérula defendiese Obanos con el BI-III y BI-VI de Navarra: que el brigadier Zalduendo, con otros dos batallones cubriera Añorbe, y que el brigadier Cavero con los castellanos se opusiera al enemigo en San Cristóbal de Esquinza, a propuesta del mismo Cavero, quien más tarde recibió contraorden del general Mendiry, por razones que se ignoran, dándose lugar con ello a que encontrándose al fin sin defensa el importantísimo alto de San Cristóbal, se apoderase de Esquinza el CE-II de Primo de Rivera, sin necesidad de disparar un tiro.

El general Despujol con el CE-III, cuyo objetivo era Puente la Reina, salió de Artajona con dirección a Tirapu, Olcoz y Añorbe, al amanecer del día 2; pero como en esos puntos se hallaba precisamente el grueso del ejército carlista en formidables posiciones, que por necesidad había de batir con artillería, porque eran defendidas también por artillería, y como la suya no pudo franquear el paso, a causa de los malos caminos que debía atravesar, hubo Despujol de iniciar el ataque sin el auxilio de las piezas de campaña, y debido a esta circunstancia, el CE-III, después de haber desplegado todas sus fuerzas, regresó al punto de partida, no sin haberle hecho frente desde Obanos el brigadier carlista Pérula, con 5 batallones y algunos más que bajaron de otras posiciones.

El CE-II, mientras tanto, saliendo de Larraga, emprendió la marcha sobre Oteiza y Monte Esquinza, que se hallaban desguarnecidas de enemigos, y de cuyos puntos tomó posesión en la madrugada del día 2. Posible es que si los batallones castellanos, que con su brigadier Cavero habían cubierto antes Monte-Esquinza, no hubiesen recibido el día 1 la orden del General Mendiry para retirarse a reforzar el centro carlista en vista de las grandes masas del CE-III, es posible, que otro hubiera sido el resultado de la operación de las tropas del general Primo do Rivera, quien inmediatamente hizo atrincherar sus fuerzas en Ezquinza y mandó avanzar la división del general Fajardo a Lorca y Lacar, en donde entró después de un ligero tiroteo con algunos batallones que en Lorca había situado el general carlista Iturmendi, quien no pudo disponer de mayor número de fuerzas, porqué las que después puso el general Mendiry a disposición del general Argonz, no pudieron ya llegar hasta el anochecer. Esta falta de precaución de Mendiry fue causa de lo que aconteció después, así como la de los alfonsinos al no apoderarse de Murillo (cuya ermita domina Lacar), dio motivo a la pérdida de la brigada Bargés, que guarnecía dicho punto.

Por su parte, el CE-I de Moriones, cuyo primer objetivo era Astrain, inició su marcha y llegó a Noain, encontrando en su camino a las brigadas carlistas de Yoldi y Lerga, que con cuatro batallones no se creyeron bastante fuertes para resistirle, y que temiendo verse envueltas, se replegaron a Biurrun. Pero observando el general Moriones las grandes masas de infantería y caballería que ocupaban respectivamente la sierra del Perdón y Astrain, no quiso intentar el paso, acantonándose y pernoctando el día 2 con todas sus fuerzas en Noaín, Tajonar y Ondovilla, pues el no haber oído fuego sostenido hacia Añorbe le hizo presuponer que no era necesario su auxilio al CE-III.

Enterado por la tarde el general en jefe carlista Mendiry de los movimientos llevados a cabo por el enemigo, y sospechando fundadamente que los del CE-III solo habían tenido por objeto hacerle reunir sus fuerzas en el centro abandonando sus alas, y creyendo en inminente peligro a estas, rebasada su derecha y a alfonsinos dirigiéndose a Estella, mandó entonces al general Argonz que acudiese a cubrir dicho punto y la Solana, al frente de sus tropas.

Rota, por lo tanto, la línea carlista del Carrascal, y ante el temor de verse envuelto por los numerosos batallones alfonsinos que tenía enfrente y casi a retaguardia, ordenó el general Mendiry la retirada hacia Estella, pernoctando con sus fuerzas en Cirauqui y Mañeru.

La artillería de la línea del Carrascal, a las órdenes del coronel Pérez de Guzmán, emprendió de noche la marcha por Legarda, Astraín, Salinas de Oro y Abárzuza, guiada y escoltada por algunos jinetes del RC-1 del Rey, los que, adelantándose, impidieron que se volara el puente de Ibero por algunas fuerzas que tenían orden de destruirlo para impedir el paso del CE-I en dirección a Estella.

Entretanto, el general carlista Argonz con sus tropas, forzó su marcha para hacer frente a una probable embestida a Estella, estableció su cuartel general en Murugarren con la BRI-II de Navarra, a las órdenes del brigadier Arbeloa; situó el EC-3/1 del Rey con el brigadier Zaratiegui, en el puente de Muniain, y distribuyó el resto de su infantería en la forma siguiente: el BI de Guías del Rey, con el general Carasa y el brigadier Fontecha, en Grocin; el BI-IV de Álava en Zurucuain, con el general Iturméndi; el BI-III de Álava en Arandigoyen y Villatuerta, con el brigadier Fortún; la BRI cántabra, con el brigadier Albarrán, ocupando las posiciones sobre la ermita de Villatuerta, y en el pueblo de Abárzuza, los batallones de Clavijo y BI-V de Álava y de Castilla. El coronel de artillería Brea, de acuerdo con el general Argonz con quien conferenció detenidamente sobre las operaciones que pudiesen tener lugar, colocó ocho cañones de la batería de a caballo y de la 3 montada, en el promedio de la carretera de Estella a Lorca, cuyo camino faldea Monte-Esquinza, prestos acudir a sus inmediatas órdenes, a donde sus fuegos pudieran ser necesarios, y en una de las estribaciones del monte Apalar, se situaron los seis cañones del tren de sitio, que mandaba el coronel de marina Fernández de Córdoba, para en un caso desgraciado batir las avenidas de Estella, en cuyo servicio se previno al citado Córdova que había de consumir hasta el último cartucho; en esta disposición quedaron en la noche del día 2 las tropas del general Argonz resueltas a impedir, a todo trance, el probable avance de los liberales a Estella.

Comprendiendo Carlos VII que era necesario tomar la iniciativa, llamó a su presencia al general Mendiry y, sin hacer caso de sus observaciones, le ordenó tomar la ofensiva, señalándole como objetivo el pueblo de Lacar y previniéndole que él asumiría toda la responsabilidad de la jornada.

En el acto, Mendiry organizó 4 brigadas con tres batallones cada una; la BRI navarra, al mando de Pérula, acometería al enemigo por el NE de la población; la BRI guipuzcoana, al mando de Carpintier, por el Norte; la BRI castellana, al mando de Cavero, por el Oeste; y la BRI alavesa, al mando de Iturralde, por el SO. Las cuatro brigadas habían de desfilar paralelamente por hileras de a cuatro y, conforme fuera ensanchándose el terreno, se desarrollarían también las columnas, desplegando en guerrilla los primeros batallones, siguiéndoles de cerca y en el mismo orden los segundos y en columna de secciones, a media distancia, los terceros, que en su marcha debían aprovechar los accidentes del terreno para ocultarlas del fuego enemigo, en cuya formación debían acometer denodadamente al pueblo. Prepararon sus columnas en el orden expresado, quedando las cabezas de ellas a una misma altura, próximas a la salida de la garganta.

Batalla de Lácar (3 de febrero de 1875). Plano de la batalla. Narración Militar de la Guerra Carlista de 1869 a 1876.

La artillería fue colocada en la posición más adecuada y la caballería saldría de su escondrijo de la carretera de Alloz para secundar el ataque.

Al amanecer del día 3, el CE-III emprendió su marcha desde Artajona, y no encontrando resistencia, por haber abandonado su línea los carlistas, llegó sin novedad a Puente la Reina, donde se alojó. El CE-I, no viendo ya enemigos en Perdón ni Astraín, bajó también a Puente la Reina, donde, reunido con el CE-III, debían ambos auxiliar al CE-II en su ataque a las fuertes posiciones de Artazu y Santa Bárbara de Mañeru, guarnecidas por masas carlistas en crecido número. No se escondían al general Primo de Rivera ni al general Fajardo, jefe de la división que ocupaba Lorca y Lacar, la importancia de este último punto, así es que a su orden se atrincheraron los batallones del brigadier Bargés, colocándose avanzadas y previniendo a sus fuerzas que en caso de ataque se defendieran en las casas, puestas en el mejor estado posible de defensa.

Las columnas carlistas se pusieron en marcha a las cuatro de la tarde hacia Lácar. Cuando los batallones carlistas dieron vista al pueblo de Lacar, estaba el brigadier Bargés en las afueras del pueblo con algunos jefes de su brigada, y suponiendo desde luego enemigas las fuerzas que se acercaban, dispuso que se abriera sobre ellas fuego de cañón. Algunas granadas cayeron, pues, en medio de las columnas carlistas de ataque, las cuales, sin perder su formación en hileras de a cuatro, siguieron avanzando con imperturbables, enarbolando, además, bandera blanca como si se tratara de las tropas avanzadas del general Moriones. En vista de esa actitud, los liberales suspendieron el fuego; entretanto, los carlistas avanzaban lo suficiente hasta el momento preciso en que rompieron el fuego de fusil y cañón, que fue inmediatamente contestado por las baterías enemigas.

Las columnas de ataque de los carlistas se lanzaron a la bayoneta, a la carrera, con irresistible empuje, un intenso pánico que se apoderó del RI-23 de Valencia y RI-31 de Asturias. No se comprende, ciertamente, el no haber visto destacarse las encarnadas boinas de los navarros entre las azules de los vascongados. Media hora duró aproximadamente la potente arremetida de los batallones castellanos, navarros y alaveses, a cuya cabeza iban los primeros, a pie y sable en mano, los bravos brigadieres Cavero, Férula y Valluerca y el coronel Iturralde, protegidos por los certeros disparos de las baterías de Reyero e Ibarra, así como por la intrépida caballería que, llevando a su frente al general marqués de Valde Espina y el joven conde de Bardi, se lanzaba por los claros que iba abriendo la infantería.

Batalla de Lácar (3 de febrero de 1875). Los carlistas de Mendiry derrotan a los alfonsinos, estando el propio Alfonso XII a punto de caer preso. Autor Enrique Esteban y Vicente.

Ni el valor de algunos soldados liberales, ni el de su arrojado jefe el brigadier Bargés, quien aa todo trance procuraba contener la dispersión de sus fuerzas, ni la heroica defensa de la artillería, hecha por los oficiales y soldados de la batería, de la cual murieron en pocos momentos el teniente Navazo y 34 artilleros, acuchillados al pie de los cañones, defendidos también bravamente por una compañía de ingenieros; nada fue bastante para detener el empuje de los carlistas y la ciega carrera de la mayor parte de los soldados alfonsinos, quienes viéndose cercados por tres frentes del pueblo, intentaron dirigirse al único libre a su parecer, es decir, al Sur, en dirección de Murillo; pero en breve retrocedieron y se dispersaron por todas partes, pues en aquella dirección vieron adelantarse también hacia ellos, a la bayoneta la BRI-II de Navarra, con su brigadier Arbeloa al frente, y el BI de Guías del Rey con su coronel Calderón a la cabeza, cuyas tropas completaron por orden del general Argonz el cerco de Lácar, protegidas por los cañones de Brea, Fernández de Córdova, García Gutiérrez y Miguel Ortigosa.

Prevenido el general jefe de la división, Fajardo, de cuanto acontecía por un ayudante de campo del brigadier Bargés, montó a caballo y, ordenando que le siguiera la brigada de Viérgol, acantonada con él en Lorca, salió rápidamente para Lácar. Su sorpresa fue entonces inmensa, pues en el brevísimo espacio de tiempo transcurrido vio llegar, y rebasarle, a las dispersas fuerzas de la brigada de Lácar, y al mismo brigadier Bargés, herido, pero persiguiendo bravamente a sus oficiales y soldados para que volviesen cara al enemigo.

Batalla de Lácar (3 de febrero de 1875). Mi general es inútil todo; el brigadier Borgés se dirige al general Fajardo. Autor Juan Alaminos.

Solos, o casi solos, en el camino, el general Fajardo y el brigadier Bargés, rodeados de unos pocos valerosos jefes y oficiales, se vieron forzados a marchar a Lorca al abrigo de los batallones del brigadier Viergol, perseguidos por los coroneles Junquera e Inesrilla y el BI-VI de Navarra que entró en el pueblo revuelto con los liberales. El brigadier Viergol vio así mismo desbandarse sus fuerzas ante el funesto ejemplo de las de Lacar, y en esta situación el general Fajardo resolvió hacerse fuerte en Lorca con dos o tres compañías que pudo reunir de toda su división.

Entonces las tropas del general carlista Argonz pensaron en completar la victoria acabando con la división que suponían en Lorca, y que fue auxiliada por algunas fuerzas que el general del CE-II, Primo de Rivera, destacó desde Monte-Esquinza en socorro de su comprometida vanguardia. Y como quiera que el jefe de Artillería hizo adelantar al trote la batería a caballo al mando de García Gutiérrez y 4×3 cañones montada a las inmediatas órdenes de Ortigosa, desplegando a derecha e izquierda de la carretera de Estella a Puente la Reina la expresada artillería, protegida por dos batallones alaveses al mando del brigadier Fortún. Roto vivamente el fuego sobre los de Lorca, o mejor dicho, sobre las casas, por no verse los enemigos a medio tiro de cañón, claro es que el efecto que debió causar en los desbandados batallones alfonsinos debió ser grandísimo; y por lo que pudimos ver cuando ya se hacía de noche, se consiguió dispersar algunas nutridas masas de caballería, cuyos banderines se vieron ondear y retirarse a la carrera detrás de las casas y en dirección de Monte Esquinza.

Entretanto, el BI de Guías del Rey se lanzó a las alturas del Monte Esquinza con el fin de asegurar más la victoria, precedido por su coronel Carlos Calderón, escalando, si así puede decirse, las tortuosas veredas que se dirigían a la cima. Al poco rato parecía arder esta con los disparos que se cruzaban entre los que defendían la posesión de la meseta y los Guías del Rey. Una vez y otra vez fueron rechazados estos; una y otra vez se cruzaron las bayonetas entre los guías y los defensores del monte, que eran del BI de reserva de Cáceres, 4 compañías del RI-4 de Tetuán, una batería de montaña y una compañía de ingenieros. El enfrentamiento entre el alfonsino Mediavilla y el carlista Calderón fue muy igualado, pero finalmente acudieron más tropas en auxilio de los alfonsinos, y los Calderón con carlistas tuvieron que retirarse, aunque sin ser hostigados por los contrarios.

No habiéndose recibido orden en contrario, antes bien pensando las fuerzas de Argonz que debían extremar el ataque a Lorca, avanzaron, hasta emplazarse sobre dicho pueblo las baterías a fin de preparar la arremetida de la infantería, a eso de las ocho y media de la noche; pero el toque de alto el fuego y la voz de retirarse a Estella se oyeron bien claramente; y como quiera que quien lo disponía era el mismo capitán general de las provincias vasco-navarras, el general Mendiry, quien en aquel momento cruzaba por la carretera, emprendieron con los batallones la retirada, aunque no sin antes haber manifestado algunos jefes de infantería y artillería al general Mendiry las fundadas esperanzas que podían abrigar de tomar Lorca, dados el número y la moral de las tropas que allí se albergaban.

El resultado material del ataque de Lacar fue la destrucción de una división y la pérdida, por parte de los liberales, de 3 cañones Plasencia, 4 cureñas, 22 mulos, muchas cajas de municiones de cañón y fusil, 2.000 fusiles, la caja del RI-31 de Asturias, un jefe, 5 oficiales y 82 de tropa muertos (si bien Mendiry en su parte oficial dijo 800 muertos); un brigadier, 4 jefes, 24 oficiales y 416 de tropa entre heridos y contusos, 300 prisioneros y 452 extraviados. Las bajas de los carlistas fueron, según partes oficiales, 30 muertos y 200 heridos.

Alfonso XII oyó silbar las balas en Lácar. Uno de sus ayudantes fue herido junto a él, sería su bautismo de fuego, pero comprendió que para estas andanzas no estaba hecho y le aconsejaron que se pusiera lejos de donde se batían.

De Peralta a Tafalla. El rey Alfonso XII se adelanta galopando al Estado Mayor y escolta: 1 el Rey, 2 Estado Mayor General, 3. Escolta (escuadrón de húsares). 4. Escolta (escuadrón de lanceros). 5. Descubierta y avanzada. 6. Batidores (húsares de la Princesa).

En Estella, Carlos VII reunió a una junta de generales el día 6 de febrero y allí el brigadier Martínez Fortún propuso una serie de fortificaciones que desgraciadamente no se llevaron a cabo, porque dicho jefe tuvo que dejar el mando de la división de Álava por estar enfermo.

El incidente de Cirauqui (8 al 13 de febrero de 1875)

A la derrota de los alfonsinos en Lácar, debió seguir un estado de nerviosismo en los jefes liberales, sin el cual sería inexplicable el incidente de Cirauqui. Es muy probable que desde el primer momento se pensó en hacer la guerra dura, pero sus manifestaciones no se notan hasta después de Lácar. Así ocurre en este caso. El 8 de febrero, el general Primo de Rivera se dirigió al alcalde de Cirauqui ordenándole que desde el día siguiente debía contribuir con 6.000 raciones de pan y otras tantas de vino para el suministro de las tropas alfonsinas y que, de negarse a ello, el pueblo sería bombardeado. El alcalde de Cirauqui contestó que, estando dominado el pueblo por los carlistas, le era imposible servir las raciones, porque debía suministrar a las fuerzas que lo ocupaban y además por estar prohibida la exportación de víveres al enemigo. El alcalde de Cirauqui comunicó el oficio de Primo de Rivera a Mendiry. Este escribió el 10 al jefe liberal considerando que la amenaza de bombardeo era inhumana y bárbara y, sacando las cosas de su quicio, amenazó que por cada cañonazo que se dirigiera a Cirauqui serían fusilados dos prisioneros.

Fue entonces Primo de Rivera el que contestó diciendo que, por la negativa del alcalde de Cirauqui, fundamentándose en que el pueblo estaba ocupado por los carlistas, tenía el derecho de echarlos por los medios admitidos en la guerra, y que si se quería evitar el cañoneo, no había más que retirar las fuerzas. Recordaba que también tenían prisioneros de los carlistas, y además, al señalar varios hechos de guerra, sacaba a relucir el saqueo de Cuenca. Al mismo tiempo volvía a conminar el alcalde de Cirauqui para que hiciera efectivos los suministros. Comenzó el cañoneo. En otra comunicación de Primo de Rivera al alcalde, le anuncia que el bombardeo seguiría hasta conseguir su fin.

Mendiry le dirigió entonces un escrito diciendo que si Primo de Rivera quería unas raciones de Cirauqui, fuera a buscarlas, con sus soldados, al pueblo. Esto hubiera sido racional. Pero Primo de Rivera se había metido en un callejón llevado por su soberbia, y así supo hacerlo comprender el general Mendiry en una comunicación de 13 de febrero; reprodujo los argumentos que se habían dado. No se sabe dónde hubiera llegado esta discusión, si no hubiese intervenido el general La Serna, quien, con mucha mano izquierda, halagando a Primo de Rivera, al darle la razón, le decía en fin que dejara este asunto, ya que «respecto a la negativa de la autoridad local de Cirauqui al suministro de raciones, conviene que no perdamos de vista que el pueblo se halla ocupado por fuerzas y que bajo la presión de ellas es impotente la acción de la autoridad». Así terminaron las pretensiones del general alfonsino con la intervención del general en jefe del ejército del Norte.

Operaciones en la línea del río Oria

Uno de los obligados objetivos del ejército liberal durante la guerra carlista, lo era sin duda alguna la línea llamada del río Oria, no sólo porque a su amparo podía llegarse más pronto al corazón de Guipúzcoa, ensanchando a la vez el territorio dominado por los liberales, sino porque los carlistas habían establecido en ella sus principales fábricas de armas, pólvora, maestranza y fundición de cañones, ya que el primer pensamiento del comandante general carlista de la provincia Antonio Lizárraga al encargarse del mando fue la toma de Éibar, Plasencia y Azpeitia.

Aprovechándose de la escasez de tropas de que disponía el general liberal Loma a mediados de 1873, penetró Lizárraga con sus batallones, unas veces sólo, y otras ayudado por los navarros, en Éibar, Plasencia y Oñate, primero, y después en Mondragón, Elgoibar, Vergara, Azcoitia y Azpeitia, apoderándose de multitud de armas en construcción, que sucesivamente fue haciendo poner en estado de servicio; pasándose más tarde, a convertir la fábrica antigua de Azpeitia en maestranza y fundición de artillería bajo la inteligente dirección de los oficiales del cuerpo Dorda e Ibarra.

Claro es, por lo tanto, y justificado el empeño de los carlistas en conservar su arsenal de armas, y el de los liberales en destruirlo.

El activo general enemigo Moriones, después de haber socorrido a Tolosa en diciembre de 1873, pensó en dirigir sus fuerzas al interior de Guipúzcoa, destruyendo a su paso las mencionadas fábricas carlistas; pero tuvo que desistir de su empeño ante la actitud de los numerosos batallones carlistas que en escogidas posiciones le cortaban el paso, lo que unido a las órdenes del Gobierno de Madrid previniéndole que volviera a la línea del Ebro, le obligó a embarcarse con sus fuerzas en San Sebastiián y Pasajes, para pasar a Santoña trasladarse por la línea férrea de Santander a Miranda de Ebro y Logroño, y acudir así a la Ribera de Navarra, ya que directamente le habría sido imposible conseguirlo, ó por lo menos le habría costado mucha sangre.

En 1875, volvieron a reproducirse los combates en la línea del Oria. Los puntos y plazas ocupadas por los liberales en enero de 1875 eran: San Sebastián, Hernani, Pasajes, Fuenterrabía, Irún y Astigarraga, así como Guetaria, pequeña península unida con un puente al continente.

Las avanzadas carlistas partían de Oyarzun, Santiagmendi, Uzurbil, Zubieta y Zarauz, ocupando y dominando el resto de la provincia; por consiguiente, era muy reducido el espacio en que podían desenvolverse las fuerzas liberales. De ahí el porfiado empeño de estas en ensanchar su círculo de acción, sobre todo en la línea del río Oria, o sea, enlazando San Sebastián con Guetaria por tierra y de un modo permanente. Con esta base de operaciones, es evidente que se facilitaba el poder adelantar al centro de la provincia y la consiguiente destrucción de las fábricas carlistas al menor descuido de estos.

Se hallaba de comandante general carlista el brigadier Domingo de Egaña, veterano jefe que había combatido durante la Primera Guerra Carlista, gran conocedor del país y de la gente que estaba llamado a mandar; a pesar de ser ya septuagenario, acababa de llegar de Méjico, donde había estado emigrado por no querer convenirse en Vergara ni volver a su patria sino vistiendo el uniforme carlista. Era cojo y manco, lo cual no le impidió inaugurar su mando con la brillante victoria de Urnieta.

Las fuerzas de que disponía el brigadier Egaña eran 7 batallones guipuzcoanos, 2 vizcaínos, la Bía-1 de montaña, al mando del Tcol Reyero, y 8 piezas del tren de sitio, a las órdenes del comandante Torres. Más tarde se hicieron marchar también a la línea carlista los 8 cañones de la batería de Rodríguez Vera.

Había vuelto a encargarse del mando de las tropas liberales de la provincia el general José de Loma. Las fuerzas a sus órdenes disponibles para emprender operaciones (prescindiendo de las ocupadas en guarnecer puntos fortificados) eran 3 brigadas de a 3 batallones, mandadas por el general Blanco y los brigadieres Infanzón y Oviedo con su correspondiente dotación de artillería, y un batallón de migueletes.

En el Estado Mayor General liberal se había convenido que para evitar la aglomeración de fuerzas carlistas en la importante línea del Carrascal, que se trataba de envolver, se hiciese el general Loma dueño de la línea del río Oria, ocupando la atención de sus enemigos, penetrando, si le era posible, hasta Azpeitia.

Obediente el general liberal, ordenó la salida de sus tropas por dos puntos a la vez: La brigada de Infanzón salió por mar a Guetaria, y rápidamente se hizo dueña de Garatemendi, a la vez que el general Loma salía con las otras dos brigadas por la carretera, a fin de operar la conjunción de las tres en Orio, para componer su puente y trasladarse a la otra orilla.

Apenas ascendía a una compañía la fuerza carlista que ocupaba la elevada posición de Garatemendi; por lo que la primera brigada liberal se posesionó de ella casi por sorpresa, después de un ligero tiroteo. Esto se explica por la poca vigilancia de los carlistas y la imprevisión de su comandante general; pues siempre debió cuidarse de posición tan importante por ser la llave de Guetaria y el obstáculo que la naturaleza misma oponía a que el enemigo rompiera la línea carlista, desembarcando en Guetaria.

La brigada de Infanzón no pudo, sin embargo, pasar a Zarauz, porque se le adelantaron dos batallones que, al mando del coronel Iturbe, hizo avanzar el brigadier Egaña, y este con el resto de sus fuerzas fue flanqueando al general Loma desde su salida de San Sebastián, ocupando todas las alturas, incluso las que dominaban al pueblo de Orio.

Viendo Loma que el movimiento de concentración no podía verificarse por interposición de los carlistas, reforzó la brigada con las fuerzas del general Blanco, a la vez que él marchaba a su encuentro bajo el nutrido fuego de sus enemigos. La línea del río Oria fue, por tanto, restablecida, pues si bien los acantonados en el pueblo estaban bajo el fuego de cañón y fusil de los carlistas, lograron apoderarse de los altos de Meagas e Indamendi, que dominaban a su vez las posiciones enemigas. Sus bajas en esta operación, según datos oficiales, fueron 15 muertos y 145 entre heridos y contusos.

Caballería carlista en el frente Norte, durante la Tercera Guerra Carlista (1872-1876). Autor Augusto Ferrer Dalmau.

El brigadier carlista Egaña comprendió, aunque tarde, el verdadero objetivo de los liberales, y por consiguiente dio sus órdenes para que acudieran todas sus fuerzas a defender los pasos a Azpeitia, como así se verificó al día siguiente.

El puente de Orio no llegó a recomponerse sino a fuerza de tesón de los liberales, pues la batería de Reyero y la de Torres hicieron fuego de flanco sobre la obra, en términos de ocasionar la rotura de dos tramos, que tuvieron que recomponerse de noche. Las baterías fueron establecidas en magníficas posiciones que dio a conocer a los artilleros y a su coronel Brea, el vicario de Orio, y tan bien elegidas, que no solamente se dominaban los tableros del puente para destruirlos, sino que al acudir el general Loma en socorro de las fuerzas de Orio, no hubo necesidad más que de un ligero cambio de frente de las piezas, para que mientras unas contestaban al fuego de las baterías de campaña liberales, las otras siguieran tranquilamente arrojando sus proyectiles al puente, que fue roto por dos partes.

Recompuesto al fin el puente por los ingenieros, bajo el fuego carlista, atravesaron algunos batallones a la otra orilla y se hicieron fuertes, aspillerando el caserío de Damasco-Echevarria, que ocupaba una cima algo elevada, y otras posiciones que atrincheraron convenientemente. Satisfecho el general Loma de la operación, por más que no hubiera logrado penetrar en el interior de la provincia, regresó a San Sebastián, dejando bien guarnecidos Orio, Mendibelz y el mencionado caserío, por cuya razón el brigadier carlista volvió a sus antiguas posiciones de Aya y Zarauz, circunvalando perfectamente la línea alfonsina.

El caserío situado en Damasco-Echevarría fue también objeto de varias embestidas por los carlistas, aunque sin éxito. El caserío fue cañoneado por dos de sus flancos por las baterías de Reyero y Torres; pero como no había fuerzas carlistas suficientes para dar el ataque con seguro éxito, y los liberales estaban preparados, acudieron con grandes refuerzos y no pudo completarse la operación. El relevo de las tropas que ocupaban el caserío tenía que hacerse de noche para evitar bajas.

Posteriormente, el general Loma hizo colocar artillería de posición en la vertiente del Oria, y equilibradas las fuerzas carlistas y liberales, cada una de ellas conservó sus posiciones, por más de que el fuego de fusil y de cañón no cesó desde enero, en que se estableció la línea, hasta que al fin fue abandonada por los alfonsinos en mayo.

El parte oficial carlista dijo que el 27 de enero de 1875 por la noche se embarcó la brigada Infanzón en San Sebastián, pudiendo a favor de la oscuridad desembarcar en Guetaria y hacerse dueña del monte Gárate. Como las fuerzas carlistas no llegaban a dos compañías, tuvieron que abandonar el campo, retirándose a Meaga. Creyendo posible, sin embargo, recuperar posición tan importante, el general carlista ordenó al brigadier Aizpurúa que lo intentara con el BI-II de Guipúzcoa; pero habiendo sido rechazado, volvió dicho jefe a la línea de Andoain, quedando Egaña y el coronel Iturbe para hacer frente al enemigo con el BI-II y el BI-VII de Guipúzcoa y el BI vizcaíno de Bilbao, llegado hacía pocos días.

Mientras tanto, el general liberal Loma salió de la capital el día 29 con algunos batallones a las órdenes del general Blanco y del brigadier Oviedo, y aunque los carlistas le disputaron el paso en Usurbil, San Esteban y Zubieta, logró su intento de penetrar en Orio, donde, enterado de que la brigada Infanzón no había podido romper la línea carlista, dispuso que el general Blanco volviera sobre sus pasos y se embarcara para Guetaria y Gárate en auxilio del primero, mientras tanto, el general Loma disponía la inmediata recomposición del puente de Orio, protegiendo los barcos de guerra con sus fuegos todos sus movimientos.

No siendo ya necesarias las fuerzas carlistas en Usurbil, hizo el brigadier Egaña que se trasladaran a la nueva línea los batallones de Orduña y el BI-VI de Guipúzcoa, los cuales ocuparon el día 31 de enero el alto de Zarugaray. Reforzados a su vez los liberales de Gárate, atacaron resueltamente a los carlistas, que se vieron precisados a retroceder hasta su segunda línea, la de Aya, operándose por consiguiente la unión de todas las fuerzas liberales desde Orio a Zarauz y Gárate, pues la posición de Zurugaray se hizo insostenible, flanqueada y cañoneada por las bocas de fuego de la marina de guerra. Estos nuevos ataques costaron a los liberales 190 bajas, de las que correspondieron nada menos que 32 al batallón de migueletes, que generalmente iba en las operaciones a vanguardia, ocupando los puestos de mayor peligro.

Vista de Orio (Guipúzcoa) durante la Tercera Guerra Carlista. Narración Militar de la Guerra Carlista de 1869 a 1876.

El día 3 de febrero, salieron nuevamente el general Loma de Orio y el general Blanco, de Zarauz, haciéndose dueños de Indamendi y Meagas, cuyo paso les fue disputado por el coronel Iturbe con tres batallones. Al día siguiente intentaron los liberales pasar a Zumaya; pero tuvieron que retirarse al abrigo del fuego de la escuadra. Las bajas fueron numerosas, pues los carlistas se defendieron con tesón y bravura, haciéndose ascender a 250 el número de muertos y heridos de los liberales. Los batallones BI-VII de Guipúzcoa y el vizcaíno de Bilbao se retiraron a Aizarna para cubrir el paso a Azpeitia; pero tan seria fue la resistencia de los carlistas, que el día 5 se retiraron las tropas liberales de Zarauz y Gárate, concentrándose en Orio parte de dichas fuerzas, mientras otras volvían a San Sebastián y Hernani.

Puede calcularse, sin temor a equivocaciones, que en los cinco días de combate en la línea desde Usurbil a Orio, Zarauz, Indamendi y Meagas, las bajas de los liberales excedieron de 600, sin contar las que sufrieron en Damasco-Echevarría.

Acción de Arbolancha (26 de febrero de 1875)

Al amanecer del 26 de febrero, los carlistas descubrieron una batería con cuatro cañoneras con 2×8 largos y 2×4 cañones, distante a unos 400 metros, y rompió el fuego contra las casas de Arbolancha, guarnecidas por dos compañías del RI-26 de Albuera.

Los carlistas habían tomado durante la noche la altura sobre Monte Abril, en que de día situaron una avanzada de dicho fuerte, y con otras fuerzas y las de la Peña amagó otro ataque a Puente Nuevo y península de Miradores.

Avisado por telégrafo por los fuertes de Monte Abril, Morro y Miravilla, se dispuso que el brigadier Medeviela, con la fuerza franca de servicio que pudiese reunir en el momento, marchase a reforzar el punto, estudiase la situación de las fuerzas carlistas y esperase órdenes, marchando con él de momento 4 compañías (2 del RI-26 de Albuera y 2 del RI-6 de Saboya) y algunos forales.

Sin esperar sus caballos ni aumento de fuerza, marchó el brigadier Medeviela y, llegado al punto, reforzó la línea con una compañía de Albuera, y con el resto de la fuerza se situó en el convento de Recogidas como segunda línea, cubriendo los forales en Monte Abril a reforzar su guarnición y tomar la avanzada cuando recibiera refuerzos.

Arbolancha se encuentra en los alrededores de Bilbao, donde había una línea de 54 km que defendía Bilbao de los carlistas. Mando situar dos telégrafos en Artagan y otro en Arbolancha y efectuar un reconocimiento, descubriendo que los carlistas tenían pocos efectivos en Monte Abril, donde había una batería.

El brigadier Medeviela marchó con sus fuerzas, y empezó por establecer su segunda línea colocando una compañía de Albuera con las dos piezas de montaña en las casas de Churdinago, que flanqueaban perfectamente la derecha e impedían ser envueltos, haciendo fuego de flanco a la vez sobre la otra orilla del río, y otras dos en las casas Larraondaburo, extrema izquierda de la línea de Arbolancha, que flanquea y bate el bosque situado entre Santa Marina y las casas de Arbolancha. Con el resto de la fuerza marchó a Arbolancha y con gran pericia y valor ordenó el ataque de frente para hacer creer al enemigo que había caído en el error que deseaba, si bien conservó fuerzas ocultas en dirección al bosque, y ordenó a las situadas a la izquierda que atacasen el monte en cuanto por él viesen descender enemigos.

De las casas de Arbolancha atacaron de frente a la batería dos compañías de Albuera; a la par que por la extrema izquierda los forales, quedando como reserva una compañía del provincial de Zamora, tomaban la avanzada llamada La Cantera con escasas pérdidas, por la derecha la artillería situada en Churdinaga abrió el fuego sobre el valle, y las fuerzas de Albuera situadas en las casas de Larraondaburo atacaron el bosque de la izquierda de Arbolancha, a la vez que dos compañías de Saboya desde dichas casas lo hacían también por el centro, apoyadas por otra del mismo cuerpo y la pieza de montaña, servida provisionalmente por artilleros a pié.

Ante este ataque simultáneo, los carlistas retrocedieron en toda la línea, por verse envueltos por fuegos cruzados y el vigor del ataque; llegando las fuerzas de Albuera y Saboya a dominar el bosque y coronar las posiciones con repetidas luchas, cuerpo a cuerpo, en que el enemigo cedió en todas partes. Cuando los forales vieron que las compañías de Albuera coronaban las alturas próximas, avanzaron a la trinchera enemiga de Santa Marina, luchando cuerpo a cuerpo y a la bayoneta con sus defensores.

Ante este brusco ataque, los carlistas reforzaron su línea con los dos batallones que tenían ocultos en la cresta de Santa Marina, y se trabó una lucha desesperada, en que, vencidas por la superioridad numérica las tropas, tuvieron que abandonar las posiciones y replegarse a las primeramente conquistadas.

Apercibido de ello, el general Salamanca marchó con el resto de la fuerza sobre la segunda línea, donde encontró al brigadier Medeviela, emprendiendo de nuevo el ataque. Observando que el cañón situado en Arbolancha no hacía fuego, mandó al Tcol de artillería Mariano Henestrosa marchase allí, reorganizando la sección, algo abatida por las bajas, malas condiciones del terreno y tener que llevar la pieza y municiones a brazo, rompió el fuego con gran acierto sobre los batallones carlistas que descendían, logrando deshacer su formación; lo que observado por las tropas, ya rehechas, repitieron el ataque, logrando dominar de nuevo las posiciones y conquistarlas por segunda vez.

Reforzados de nuevo los carlistas, lograron que los alfonsinos se replegasen algunos metros; pero llegados los refuerzos enviados por el brigadier Medeviela, restableció el combate, retirándose en toda la línea los carlistas. Cesando el fuego directo por la retirada del enemigo de toda la línea, los fuertes con sus fuegos de gran alcance siguieron hostigándole, y antes de anochecer, el brigadier Medeviela ordenó el repliegue de las fuerzas a las posiciones, escalonando con gran acierto las de reserva, por si el enemigo intentaba atacar la retaguardia.

Las bajas carlistas según fuentes isabelinas ascendieron a 77 muertos recogidos y 240 heridos, las bajas propias fueron de 4 oficiales y 42 de tropa muertos; 3 oficiales y 40 de tropa heridos, y dos oficiales y 42 soldados contusos de los forales; un soldado muerto, dos oficiales y 14 soldados heridos de Saboya; tres soldados muertos, un oficial, 20 soldados heridos, 12 contusos de Albuera; un muerto, 4 heridos y 2 contusos de Artillería, y 6 heridos y 4 contusos del provincial de Zamora, de la guarnición de Monte Abril.

Entrada creada originalmente por Arre caballo! el 2026-01-14. Última modificacion 2026-01-14.
Valora esta entrada
[Reduce texto]
[Aumenta texto]
[Ir arriba]
[Modo dia]
[Modo noche]

Deja tu comentario

Tu comentario será visible en cuanto sea aprobado.

Tu email no se hará público.