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Organización del asalto
Los soldados mexicanos se dispusieron a descansar al anochecer. A medianoche, el campamento mexicano cobró vida. Oficiales y suboficiales inspeccionaron a sus hombres. Los zapadores distribuyeron escaleras y barras de hierro; los sargentos se aseguraron de que los soldados ajustaran las correas de sus chacós; los oficiales verificaron que todas las tropas de asalto llevaran el calzado reglamentario. Por último, examinaron minuciosamente las armas. La orden de Santa Anna había sido terminante: «Las armas, principalmente las bayonetas, deben estar en perfecto estado».
A las 03:00 horas, todos estaban listos en las posiciones de partida. Los soldados se tumbaron para descansar un poco; no tenían ni abrigos ni mantas y muchos soldados permanecieron tiritando en sus puestos durante largo rato. Los comandantes de columna informaron a Su Excelencia de que las tropas estaban perdiendo el ímpetu. Finalmente, a las 05:30, dio la señal de avance.
Todo transcurrió sin contratiempos mientras las columnas avanzaban bajo una luna brillante. Las columnas compactas ofrecían blancos excelentes, pero Santa Anna necesitaba a los veteranos experimentados para contener a los reclutas vacilantes. Había reunido a unos 1.700 infantes veteranos para el asalto, pero había eximido a los reclutas más recientes. Avanzaron en 4 columnas:
- El general Martín Perfecto Cos, al mando de 355 efectivos (6 compañías de fusileros y una compañía de cazadores del batallón Aldama y 3 compañías de fusileros de la milicia de San Luis) con 10 escaleras, 2 barras de hierro y 2 hachas, marchó hacia la esquina noroeste del fuerte.
- El coronel Francisco Duque Castrillón, encabezando a 395 efectivos y 2 escaleras, arremetió con fuerza contra el muro norte. Tenía bajo su mando seis compañías de fusileros y una de cazadores del batallón Toluca, junto con tres compañías de fusileros destacadas del batallón San Luis.
- El coronel José María Romero, con 430 efectivos y 6 escaleras, se aproximó a El Álamo desde el este con 6 compañías del batallón de Matamoros y 6 compañías del batallón de Jiménez.
- El coronel Juan Morales, con 150 cazadores en tres compañías provenientes de los batallones de Matamoros, de Jiménez y de San Luis, se dirigió hacia el parapeto bajo situado junto a la iglesia.
Santa Anna ordenó al general Ramírez y Sesma desplegar a 369 jinetes a lo largo del perímetro del campo de batalla para evitar las deserciones y evitar cualquier posibilidad de fuga de los defensores. Reunió a estos jinetes procedentes del regimiento de Dolores, el pelotón de Veracruz, la compañía de Coahuila y la compañía del Presidio del Río Grande. También mantuvo a 395 granaderos y zapadores como reserva.

A medida que las columnas mexicanas entraban en alcance, reinaba el silencio en el interior de El Álamo. Pero aquel silencio resultaba angustioso. La tensión acabó por superar la resistencia de un soldado anónimo que gritó «¡VivaSanta Anna!». «¡Viva la República!», vociferó otro. Entonces, cientos de voces rompieron la quietud. Al presenciarlo desde su puesto de mando, Santa Anna estalló en cólera. Más tarde arremetió contra aquellos imprudentes vítores por haber despertado la vigilancia dormida de los defensores.
El alboroto alertó efectivamente a los defensores. Aún aturdidos, se despabilaron y corrieron a ocupar sus puestos. Travis saltó de su catre, empuñó su escopeta y se dirigió a toda prisa a la batería del muro norte. «¡Vamos, muchachos, los mexicanos nos tienen encima!», gritó, «¡y les vamos a dar el infierno!».
Los artilleros corrieron hacia sus cañones. Habían atiborrado las piezas con metralla improvisada: trozos de herraduras, eslabones de cadena, clavos, fragmentos de bisagras; en fin, cualquier resto de chatarra oxidada que hubieran podido conseguir. Al disparar esa carga letal, la artillería funcionaba como escopetas gigantes. Bañadas por la clara luz de la luna, las columnas enemigas aparecieron en su mira. La descarga de metralla barrió las columnas como una “lluvia terrible”. Peña observó con horror cómo la descarga de un solo cañón aniquilaba a la mitad de la compañía de cazadores de Toluca. Otro soldado recordó que él y sus compañeros sufrieron los efectos de un “fuego espantoso”.
Columna del coronel Duque
La columna del coronel Duque se dirigió al muro norte, donde se encontraban 3×8 cañones, y era el lugar donde había acudido Travis por ser el más vulnerable. La descarga de metralla de un cañón barrió la mitad de la compañía de cazadores del batallón de Toluca, que marchaba en vanguardia; el resto de la columna avanzó hasta el muro desde donde el fuego de los 3×8 cañones y el fuego de fusilería causaron estragos en las filas mexicanas. Durante la carrera para alcanzar el muro, una dolorosa herida en la pierna derribó al coronel Duque; en su carrera desenfrenada, sus propios hombres lo pisotearon. Justo cuando estaba a punto de perecer bajo sus pies, otros soldados más atentos lo rescataron de la multitud y del aplastante pisoteo de las botas. Mientras ayudaban a salir del campo de batalla a un Duque aturdido, el general Castrillón asumió el mando de la columna.
Finalmente, los mexicanos alcanzaron el muro y se refugiaron tras él para protegerse; los fusileros de El Álamo debían exponerse sobre el parapeto para disparar contra el enemigo que se encontraba abajo. Un soldado mexicano recordó que quienes estaban sobre el muro “no podían permanecer ni un segundo sin morir”. Travis acababa de descargar ambos cañones de su escopeta contra la columna de Duque cuando una bala de pistola de uno de los asaltantes le atravesó la frente y se le incrustó en el cerebro. Junto a él se encontraba su esclavo negro Joe, que relató su muerte y que sería de los pocos supervivientes debido a su condición de esclavo.


Columna del general Cos
La columna del general Cos avanzó hacia la esquina noroeste, que estaba defendida por 2×8 cañones que apuntaban uno hacia el norte y el otro hacia el oeste, y empezó a recibir fuego de cañón y de fusil, empezando a causar numerosas bajas entre los cazadores y fusileros mexicanos. El fuego devastador causó estragos en las filas mexicanas. Desgarró las columnas, pero aun así siguieron avanzando. En respuesta a aquel fuego mortífero, Cos dirigió sus fuerzas hacia el muro oeste. Sin embargo, al desmoronarse la cohesión de las unidades, muchos soldados doblaron la esquina y se mezclaron con los hombres de Duque, que se apiñaban en la base del muro norte.
Columna del coronel Romero
La columna del coronel Romero avanzó hacia el muro este. Durante el avance fue acosada por la metralla del cañón situado en lo alto de la iglesia, por el cañón situado en la esquina nordeste del corral de caballos y por el cañón situado en la esquina nordeste del corral del ganado, así como por fuego de armas ligeras. Para evitar más bajas, Romero ordenó un movimiento oblicuo a la derecha en dirección al muro norte.
Allí, la columna chocó con la masa confusa de las tropas de Cos y Duque. Los hombres de Romero se unieron a la horda desordenada, agravando aún más el caos.
En medio del pánico, los más fuertes y grandes apartaban a empujones a los más pequeños y débiles, mientras otros seguían abriéndose paso a la fuerza. Se planteaba una elección cruel: morir a manos de los rebeldes o perecer aplastados por los propios compañeros. La última opción consistía en escalar el muro y acabar con sus defensores.
Columna del coronel Morales
La columna de cazadores del coronel Morales avanzó hacia la empalizada que se extiende entre la iglesia y las edificaciones situadas junto a la puerta principal. Se suponía que este era el punto débil del fuerte, pero, al estar protegido por una abatís y defendido por los fusileros de Tennessee al mando de David Crockett con un cañón, la realidad era muy distinta.
Morales lanzó a sus cazadores con ímpetu contra la empalizada de madera, pero chocó de frente con un sólido abatís que los frenó, ralentizando el avance y sufriendo letales descargas de metralla del cañón y de los fusileros de Crockett. Los pocos que consiguieron llegar a la empalizada fueron rechazados fácilmente.


Tras sufrir bajas, Morales condujo a sus hombres a lo largo del muro sur hacia la esquina suroeste y la pieza de artillería de 18 libras; una vez allí, lograron ponerse a cubierto tras las ruinas de los jacales, intercambiando disparos con los defensores.
Empleo de la reserva y entrada en El Álamo
Desde su puesto de mando, Santa Anna, al ver que el ataque estaba estancado tanto en el muro norte como en el muro oeste, ordenó la intervención de sus reservas: los granaderos y los zapadores mandados por el coronel Agustín Amat. Luego, ordenó a su Estado Mayor y a todos sus hombres que entraran en combate. Tras avanzar hasta quedar a tiro, estos dispararon una descarga contra los pocos defensores que aún permanecían en lo alto del muro; sin embargo, la mayoría de los proyectiles se quedaron cortos, hiriendo y matando a los compañeros que se agolpaban a los pies del muro. Se lamentaba Filisola: «Así fue como la mayor parte de nuestras bajas… se debió a esta desgracia». Él sostenía que «ni siquiera una cuarta parte de ellas fueron resultado del fuego enemigo». Puede que sus cifras fueran exageradas, pero un número excesivo de soldados cayó abatido por balas mexicanas. Este “fuego amigo” impulsó a la masa aglomerada a escalar el muro, pero necesitaban a alguien que los guiara. El ataque flaqueaba.
El general Juan Amador emprendió el arduo ascenso de 3,5 m del muro e instó a los soldados a seguir su ejemplo. Todas las escaleras habían desaparecido, pero las reparaciones improvisadas de Jameson habían dejado numerosos huecos y puntos de apoyo. La audacia de Amador avergonzó a los atacantes, impulsándolos a la acción. A fin de cuentas, la desesperación y la abrumadora superioridad numérica se impusieron sobre los minuciosos preparativos de Santa Anna. Aquella masa humana perdió toda apariencia de organización; la cohesión de las unidades se desmoronó y las órdenes dejaron de escucharse o acatarse. Aun así, cada soldado sabía lo que debía hacer: escalar el muro y tal vez sobrevivir, o perecer allí mismo, agazapado.
Así pues, treparon. Para llegar hasta el enemigo, tuvieron que abrirse paso a empujones y codazos entre sus propios compañeros. Amador logró encaramarse, superar el parapeto y caer en el patio interior; sus hombres saltaron tras él. En ese momento, sin importar a qué unidad pertenecieran, todos ellos eran sus hombres. Amador y los primeros soldados que entraron en el fuerte localizaron una pequeña puerta trasera y la abrieron de par en par. Sus compañeros irrumpieron en tropel. A partir de ese instante, el desenlace del asalto quedó fuera de toda duda.
A veces, cuando el resultado de una batalla pende de un hilo, un solo individuo inclina la balanza hacia la victoria. En El Álamo, ese hombre fue Juan Amador.

Resistencia en el interior
Los defensores abandonaron el muro norte; tras ello, los acontecimientos se precipitaron. Los defensores del muro norte se dirigieron hacia las Barracas Altas; en la retirada, algunos fueron muertos mientras estaban en el espacio abierto. Mientras tanto, la columna del coronel Romero se dirigió hacia el muro este para asaltar los cañones que se encontraban en la esquina norte del patio de ganado y el patio de caballos.
La columna del general Cos se dirigió hacia el muro del oeste y, empleando hachas y barras de hierro, abrieron las ventanas y poternas y accedieron al patio central.

En la esquina suroeste, los cazadores de Morales abatieron a los artilleros que manejaban el cañón de 18 libras, treparon el muro y penetraron en el recinto. Algunos texanos desafiantes intentaron resistir en la plaza abierta, pero se vieron atrapados entre el fuego de las tropas de Morales, que entraban desde el sur, y el de los hombres de Amador, que irrumpían desde el norte. Los defensores retrocedieron hacia el edificio de las Barracas Altas y hacia la iglesia.

Al irrumpir en una habitación pegada al muro sur cerca de la puerta principal, los cazadores de Morales encontraron a un rebelde demasiado débil y delirante como para levantarse de su lecho de enfermo. A esas alturas, los soldados ya no sentían compasión: lo mataron allí mismo, donde yacía. Pero, a decir verdad, la compasión nunca fue un sentimiento que Jim Bowie hubiera valorado especialmente.


Crockett y sus fusileros defendieron el muro que separaba el patio de la iglesia para favorecer el repliegue de los otros; también movieron el cañón que tenían. Otros, sin embargo, llegaron a la conclusión de que El Álamo se había convertido en una trampa mortal.

Hasta 75 hombres saltaron el muro del patio de caballos y buscaron refugio en el matorral circundante. Santa Anna había previsto su intento de huida y había desplegado a los lanceros de Ramírez y Sesma para interceptarlos. En su informe posterior a la batalla, Ramírez y Sesma destacó la “resistencia desesperada” de los fugitivos. Tuvo que enviar refuerzos en dos ocasiones antes de que sus jinetes acabaran con aquellos rebeldes, dispuestos a “vender sus vidas a un precio muy alto”. Pero la tarea no tardó en completarse. Todos perecieron bajo las puntas de las lanzas. Todos, salvo uno. Un defensor solitario se ocultó tan profundamente entre la maleza que los lanceros no lograron sacarlo de su escondite; por ello, le dispararon allí mismo, donde permanecía agazapado.

Última resistencia
Dentro del fuerte, los defensores se preparaban para su última resistencia. Solamente quedaban dos focos. Uno era las Barracas Altas, una estructura de piedra de 55 metros de longitud de dos plantas, que era el antiguo convento y que, junto con la iglesia, constituían las partes más fortificadas de la misión.
Los texanos habían abandonado el perímetro exterior con tal premura que olvidaron inutilizar sus cañones. Ahora, los mexicanos los arrastraban hasta el patio y, metódicamente, disparaban contra cada puerta del largo edificio de barracas altas. Los soldados irrumpían por las entradas destrozadas para completar la labor iniciada por los cañones capturados. Allí, en la oscuridad, los adversarios luchaban cuerpo a cuerpo con bayonetas y cuchillos de caza.


La iglesia de El Álamo fue el último reducto en caer. El muro que separaba el patio de la iglesia estaba defendido por David Crockett y sus voluntarios. Utilizando el enorme cañón de 18 libras, las fuerzas mexicanas abrieron fuego y la defensa se hizo imposible, así que decidió replegarse a la iglesia.


Todos los defensores, salvo seis o siete, fueron arrollados y masacrados. El general Castrillón intervino y ordenó a sus soldados perdonar la vida a aquellos adversarios indefensos que se habían rendido.
La mayoría de las mujeres y sus hijos sobrevivieron a la batalla en una trastienda de la iglesia de El Álamo. Algunas se refugiaron en otras partes del fuerte; también sobrevivieron. Joe, el esclavo de Travis, informó que una mujer murió en la batalla de El Álamo, Joe supone que huyó aterrorizada y murió por un disparo accidental.
Las mujeres supervivientes, junto con sus hijos, comparecieron ante Santa Anna tras la batalla. Él las entrevistó, les dio a cada una dos monedas de plata y una manta, y las dejó en libertad.
Secuelas
La lista oficial de bajas, elaborada por el general Juan de Andrade, indica: oficiales 8 muertos, 18 heridos; soldados rasos 52 muertos, 233 heridos. Total: 311 muertos y heridos. Las estimaciones reales son de 600 muertos.
Una vez terminada la batalla, Santa Anna entró en el fuerte. Mientras evaluaba la carnicería, Castrillón presentó a sus prisioneros. Abogó por un trato humano para estos desdichados individuos, pero Su Excelencia respondió con un “gesto de indignación” y ordenó su ejecución inmediata. No todos los mexicanos aprobaron tal barbarie. Urissa relató que «Castrillón se apartó con lágrimas en los ojos, y yo tenía el corazón demasiado oprimido para hablar».

Aquel sangriento suceso aún provoca controversia entre los estudiosos de la batalla. Peña no se anduvo con rodeos al informar que Crockett se contaba entre dichos prisioneros. Aun así, muchos se niegan a aceptar que el “León del Oeste” pudiera haber muerto de otra forma que no fuera en el fragor de la batalla, rodeado de montones de enemigos abatidos. En realidad, ninguna de las pruebas es indiscutible. Como corresponde a una leyenda, la muerte de Crockett permanece envuelta en el mito y el misterio. Quizás la suposición más franca provino de un visitante de Texas en 1837. «Que Crockett cayó en El Álamo es todo lo que se sabe», informó; «por quién o cómo, nadie puede decirlo».
Al siguiente día de su victoria, Santa Anna expidió una proclama a los habitantes de Texas, firmada en su cuartel general de Béjar, en la que, entre otras cosas, decía: «Bejareños; regresad a vuestros hogares y ocupaos de vuestros quehaceres domésticos: vuestra ciudad y la fortaleza de El Alamo son ya guardadas por el ejército de la República, compuesto de vuestros compatriotas, y estad seguros de que ninguna reunión de extranjeros volverá a interrumpir vuestro reposo ni a atacar vuestra existencia y propiedades: el gobierno supremo os ha tomado bajo su protección y vela por vuestro bien.»
En cuanto a Bowie, la Lima de Vulcano, en su número del 5 de abril, copió una carta escrita por un oficial que concurrió al asalto a las órdenes inmediatas de Cos, que dice: «el jefe de ellos, llamado Travis, murió como valiente con la carabina en la mano en la explanada de un cañón; pero el perverso y fanfarrón Santiago Bowie murió como una mujer escondido casi debajo de un colchón.»
Los cuerpos de los defensores fueron arrastrados fuera de El Álamo hasta la Alameda, junto al camino de González. Allí se levantaron al menos dos piras: una capa de cuerpos de texanos seguida de una capa de leña, a la que sin duda se añadió carbón, aceite y yesca. Luego se prendió fuego a los restos, y pronto los cuerpos quedaron envueltos en las llamas funerarias. El lugar donde ocurrió esto era casi tan importante como la acción misma. El camino de González era la vía principal de acceso a las colonias, y la mayoría de los defensores habían llegado a Béjar por esa ruta.
La matanza de El Álamo hizo que los texanos tomaran conciencia, por fin, del peligro que corrían. Les hizo comprender con contundencia que la guerra estaba lejos de terminar y que debían unirse o lo perderían todo. El Álamo y sus defensores trascendieron rápidamente la mera historia para entrar en el terreno del mito. Irónicamente, si Santa Anna hubiera estado dispuesto a hacer prisioneros, habría privado a la batalla de su fuerza moral. En cambio, insistió en matar a los defensores hasta el último hombre; luego arrojó sus cadáveres desnudos a una pira y los quemó como si fueran simple basura. La muerte de Travis y sus hombres se convirtió en un poderoso símbolo de unión que infundió en los texanos una justa indignación.