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Organización del Eército mexicano
La población de México en 1835 era de 7 a 7,5 millones de habitantes, según estimaciones demográficas históricas para el periodo de la Primera República Federal y el inicio de la República Centralista. La mayoría de los habitantes se dedicaban a la agricultura.
El Ejército mexicano se organizó tras su independencia entre 1821 y 1822, uniendo las diversas unidades coloniales españolas con las fuerzas insurgentes. El nuevo ejército contaba con tres tipos de tropas: las tropas regulares (o permanentes) de línea, la Milicia Activa y la Milicia Cívica; esta última se transformaría en la Guardia Nacional a partir de 1845.
Las tropas permanentes constituían el ejército regular, pero no eran las únicas en servicio activo en tiempos de paz. También existían varias unidades pertenecientes a la Milicia Activa, la milicia en servicio activo. Esta organización, heredada de las unidades provinciales del Imperio español, consistía en cuerpos que se encontraban parcial o totalmente en servicio activo, lo cual, en México, duraría muchos años.
La Milicia Cívica, organizada a partir de 1822, era la reserva básica a la que, por ley, podía alistarse cualquier varón mexicano entre 18 y 40 años de edad y apto para portar armas. Esta era una verdadera milicia nacional. Aunque ocasionalmente realizaban ejercicios militares, solo se les convocaba para tareas policiales locales o en casos de emergencia. Las unidades debían estar compuestas por voluntarios o, en su defecto, por el alistamiento obligatorio de un hombre por cada cien.
A partir del 10 de septiembre de 1823, el ejército quedó bajo la jurisdicción de 17 comandancias generales y 7 comandancias particulares. En 1839, el ejército se reorganizó en 6 divisiones que abarcaban los distintos estados:
- La Primera División tenía su cuartel general en Toluca e incluía México, Querétaro y Michoacán (reorganizada como Ejército de Reserva en 1845).
- La Segunda División estaba en Jalapa y comprendía Puebla, Veracruz, Tabasco y Oaxaca.
- La Tercera División tenía su cuartel general en Lagos y abarcaba Jalisco, Zacatecas, Aguascalientes, Guanajuato y San Luis Potosí.
- La Cuarta División (también llamada Ejército del Norte) comprendía Nuevo León, Coahuila y Tamaulipas.
- La Quinta División incluía Chihuahua, Durango y Nuevo México.
- La Sexta División estaba formada por Sonora y Sinaloa. Los cuarteles generales de las últimas tres divisiones podían variar según fuera necesario.
También existían 4 comandancias generales: Ciudad de México, Yucatán, Chiapas y California. Las ciudades de Veracruz y Campeche, así como los fuertes de San Juan de Ulloa, Perote y Acapulco, contaban cada una con un comandante militar. Todos los puestos de mayor jerarquía estaban ocupados por generales, excepto los comandantes generales de Yucatán y California, que eran coroneles. Otras 17 ciudades tenían comandantes militares, ya fueran generales o coroneles.
Cada división y mando contaba con sus auditores, tesoreros y secretarios militares, así como con generales subalternos y oficiales de estado mayor. Algunos también se encontraban en las comandancias, ciudades y fuertes, por lo que solía haber una profusión de galones dorados y plumas en cualquier cuartel general.
En 1825, diplomáticos británicos y franceses estimaron que el ejército contaba con 30.000 hombres, todos armados y mal vestidos. Ese año, el Ministro de Guerra Gómez Pedraza quiso aumentar las fuerzas a 67.700 hombres y, gracias a préstamos de bancos británicos, adquirió 90.000 mosquetes, 14.000 carabinas, 2.000 fusiles, 20.000 espadas, 5.000 pistolas y 20.000 uniformes de Gran Bretaña. Las estimaciones de la Foreign Office británica indican que en 1827 había 111.564 mosquetes, 15.280 carabinas, 2.000 rifles, 8.000 pistolas, 26.500 sables y 5.792 lanzas en México.
Los rifles se entregaron a algunas compañías ligeras, aunque no está claro en qué medida.

También se adquirieron uniformes adicionales de tela y lino en el país. El ejército “mejoró notablemente, tanto en apariencia como en disciplina; y se hizo todo lo posible, dentro de las posibilidades del tiempo, para recrear el espíritu de cuerpo”. Esto no duraría mucho. A pesar de un contrato para 20.000 uniformes en 1832, el ejército a menudo estaba mal uniformado para la época de la guerra de Texas. El 28 de agosto, el gobierno anunció que todos los mexicanos de entre 15 y 26 años podían ser reclutados, y que los desertores serían indultados si se reincorporaban al ejército. Sin embargo, aunque se movilizaron numerosas guardias nacionales, Santa Anna solo pudo reunir entre 20.000 y 25.000 hombres como máximo para su ejército principal.
Los soldados rasos solían ser reclutados a la fuerza entre campesinos indígenas pobres, quienes, una vez en el ejército, eran maltratados, mal alimentados, golpeados y apaleados por oficiales, tanto ebrios como sobrios, que además eran propensos a malversar el sueldo que les correspondía. Naturalmente, a menudo desertaban y podían dedicarse al saqueo, al principio simplemente para alimentarse, pero tales prácticas, una vez iniciadas, tienden a descontrolarse. No obstante, el campesino mexicano era un soldado muy aguerrido y, si se le daba la oportunidad, luchaba con valentía. La principal debilidad del ejército radicaba en su cuerpo de oficiales. Los generales estaban más preocupados por las maniobras políticas y el enriquecimiento ilícito que por el arte de la guerra. Se observó que los oficiales de regimiento eran lo suficientemente valientes, pero en gran medida deficientes en educación y entrenamiento militar. Pocas unidades podían evitar el contagio de la tumultuosa política de México, y a veces eran leales al gobierno y otras veces se veían envueltas en motines, dependiendo de la confianza en sus mandos.
Infantería mexicana
Infantería permanente
A partir de noviembre de 1821, la infantería de línea permanente constaba de 13 RIs de dos BIs cada uno; sin embargo, en 1823 esta cifra se redujo a 12 RIs de un solo batallón, los cuales a menudo pasaron a denominarse simplemente “batallones” a partir de esa fecha. También existió un efímero Regimiento de Granaderos Imperiales, formado el 7 de noviembre de 1821 y disuelto en octubre de 1823, cuando México se convirtió en república. Desde mayo de 1824, cada batallón se organizaba en una compañía de granaderos, una de cazadores y seis de fusileros. La plantilla de cada una de las compañías del batallón comprendía un capitán, un teniente, dos abanderados, 4 sargentos, 10 cabos, 3 cornetas o tambores y 83 soldados rasos. La plana mayor estaba compuesta por un coronel, un teniente coronel, dos ayudantes, un portaestandarte, un capellán, un cirujano, un armero, un corneta mayor, un tambor mayor, un pagador, un cabo de cornetas, un cabo y ocho zapadores. Así, la plantilla teórica del batallón ascendía a 823 efectivos en tiempo de paz y se ampliaba a 1.223 en caso de guerra; no obstante, los efectivos reales eran siempre muy inferiores, oscilando entre los 500 y 600 hombres.
El 19 de noviembre de 1833, el número de RIs permanentes se redujo a diez. Anteriormente, los RIs se identificaban únicamente por su número; a partir de entonces, recibieron los nombres de héroes de la causa de la independencia: Hidalgo, Allende, Morelos, Guerrero, Matamoros, Aldama, Abasolo, Jiménez, Galeana y Landero. Esta organización se mantendría hasta el 16 de marzo de 1839, fecha en que la infantería se amplió a 12 RIs numerados, cada uno compuesto por dos batallones.
La uniformidad de 1832, tanto para la infantería de línea como para la milicia activa, era de una casaca azul turquesa con pantalón blanco, producidos en la ciudad de Querétaro, centro de la mayor industria textil de México. El cuello, las hombreras y los puños eran de color escarlata (rojo para los granaderos y verde para los cazadores), con el número bordado en amarillo en el cuello, que posteriormente serían cambiadas por las iniciales de la ciudad de procedencia.
El armamento principal de la infantería mexicana era el mosquete de ánima lisa y acción de chispa. Muchos eran viejos vestigios ingleses de las guerras napoleónicas, ya que la fábrica de pertrechos colonial quedó en desuso. El más común era el mosquete “Brown Bess tipo India Patern Tower” inglés de calibre .75, con un peso de 4,2 kg y una longitud de 140 cm, y un alcance eficaz de 70 yardas; disponía de una bayoneta triangular, baquetas y llaves, los cartuchos de fusil respectivos y pedernales de repuesto. Estaba considerado fuera de servicio en Gran Bretaña y 100.000 unidades de este tipo fueron adquiridas por México vía préstamos de la compañía Barclay, Herring & Richardson.

Infantería de la milicia activa
Las unidades de la milicia activa tenían la misma organización que las tropas permanentes y eran conocidas por el nombre de su ciudad o estado, por ejemplo, batallón activo de Tres Villas. Constituían una parte importante del ejército; en 1826, su creación requería 20 batallones. Con ocho regimientos de caballería y numerosas compañías independientes, esto daba un total teórico de 42.000 hombres, mientras que la plantilla de las unidades permanentes ascendía a 22.750.
Caballería mexicana
Regimientos permanentes o de línea
El regimiento de Granaderos a Caballo de la Guardia Imperial tuvo su origen en la escolta montada de Granaderos a Caballo que acompañaba al general Iturbide, la cual ya existía en mayo de 1821. Tras el ascenso de Iturbide a emperador, dicha escolta pasó a ser el regimiento de caballería de mayor antigüedad, contando inicialmente con unos 700 hombres. A pesar de su nombre, se trataba de una unidad de caballería ligera uniformada al estilo de los húsares. La unidad continuó existiendo como regimiento de caballería de la guardia tras la caída de Iturbide y la proclamación de la República en 1825; el 10 de septiembre de ese mismo año, fue integrada en el RC-2 Permanente.
Las unidades que dieron lugar a los regimientos de caballería permanente (o de línea) a partir del 24 de diciembre de 1821 tenían orígenes muy diversos: algunas procedían de antiguas tropas coloniales españolas (regulares y provinciales), mientras que otras eran formaciones revolucionarias. Inicialmente se crearon 11 RCs numerados; el RC-12 se formó el 13 de marzo de 1822. El RC-13 regimiento, creado el 26 de junio de 1822, fue renumerado como RC-5 el 29 de diciembre de 1826 (el RC-5 original había sido disuelto por insubordinación e integrado en el RC-3 el 16 de octubre de 1826).
La estructura de cada regimiento constaba de cuatro escuadrones, compuestos a su vez por dos tropas (compañías) cada uno; cada tropa estaba integrada por un capitán, un teniente, dos portaestandartes, cuatro sargentos, seis cabos, dos trompetas y 56 soldados (incluidos ocho a pie). La plana mayor estaba formada por un coronel, un teniente coronel, dos comandantes de escuadrón, un capitán con funciones de mayor, dos ayudantes (tenientes), un capellán, un cirujano, un herrador con dos ayudantes, un armero, un cabo trompeta mayor y ocho zapadores. Este total de 614 efectivos en tiempo de paz se elevaba a 782 en pie de guerra; sin embargo, los efectivos reales solían rondar únicamente los 300 o 400 hombres. Cada RC de línea combinaba caballería ligera, pesada y media: el EC-1 se instruía como húsares, el EC-2 y el EC-3 como caballería pesada y el EC-4 como dragones. Cada compañía contaba además con 12 hombres armados con lanzas, lo que daba un total teórico de 96 lanceros por regimiento. Al parecer, estos lanceros constituían una fuerza de élite que podía agruparse cuando fuera necesario.
El 19 de noviembre de 1833, los 12 regimientos se consolidaron y fusionaron en 6 RCs con la misma estructura organizativa que antes. En lugar de llevar números, adoptaron los nombres de sitios y batallas destacados contra los españoles. Los nuevos regimientos se organizaron a partir de los siguientes regimientos numerados de línea: Dolores (RC-3 y RC-6), Iguala (RC-4 y RC-10), Cuautla (RC-11 y RC-12), Veracruz (RC-8 y RC-9), Palmar (RC-2, RC-7 y RC Activo de México) y Tampico (RC-1 y RC-5).
Esta organización se mantuvo hasta el 16 de marzo de 1839, fecha en que la caballería de línea se amplió a ocho regimientos numerados.
A partir del 28 de abril de 1835, la caballería permanente se vio reforzada con un RCL (regimiento de caballería ligera de México). Este se fusionó con el nuevo RCL de Veracruz el 31 de agosto de 1847.

Caballería de la milicia activa
La caballería de la milicia activa se organizó en más de 8 RCs y numerosos escuadrones y compañías a partir de 1823. Llevaban el nombre de su zona de influencia, por ejemplo: Regimiento de Puebla, Escuadrón de Zacatecas y Compañía de Acapulco.
Desde el 6 de diciembre de 1824, la caballería de la milicia activa vestía una casaca verde con cuello, puños y solapas escarlata, ribete verde en el cuello y los puños, y botones metálicos blancos. Otros elementos, como cascos y pantalones, eran similares a los de la caballería permanente. Según Linati, se añadió galón blanco a los uniformes importados de Inglaterra entre 1825 y 1826. El uniforme verde se mantuvo en uso hasta el 31 de agosto de 1840.
El 20 de septiembre de 1821, se asignó a la caballería de línea una casaca de color amarillo limón con cuello, puños, vueltas y vivos de color escarlata (sin solapas) y botones de metal blanco; pantalones gris oscuro y un casco de dragón de latón con una cresta negra tipo “oruga”. Este uniforme era común a los 13 RCs permanentes. Las distinciones regimentales consistían en el número del regimiento en los botones, en la placa del casco y a ambos lados del cuello.
El color del uniforme de la caballería regular cambió a casaca escarlata mediante una orden del 6 de diciembre de 1824. Hacia 1826, la caballería también contaba con gorras de cuartel azules, chaquetas y pantalones de diario de lino blanco, mantillas y maletas de grupa verdes, cartucheras con herrajes de latón y cinturones con hebillas de latón.
Caballería presidial
La caballería presidial, la fuerza montada mexicana restante, no tenía comparación con ninguna otra unidad del oeste: actuaba como policía, soldado y guardia de seguridad para el marco de las misiones. Había sido creada para lidiar con los indígenas a caballo de las llanuras del sur que hostigaban las misiones y aún existía en 1836, organizada en 32 compañías en todo el norte de México. En Coahuila y Texas, había nueve compañías presidiales permanentes y otras dos en activo.
Artillería mexicana
Al igual que otras ramas del ejército, la artillería tuvo su origen en el cuerpo profesional del ejército colonial español. España había mantenido un número adecuado de artilleros en Nueva España, con un buen grupo de oficiales con formación profesional. Tras la independencia en 1821, México contaba con un considerable parque de artillería, incluyendo cañones montados en los numerosos fuertes, así como baterías de campaña. Estos cañones consistían principalmente en la versión española del sistema de artillería Gribeauval francés, tal como se describe en el excelente Tratado de Artillería de Morla, que siguió siendo la obra de referencia fundamental para cualquier oficial de artillería en el México independiente.
Para 1822, la artillería permanente estaba organizada en 6 baterías a pie, 2 baterías a caballo y algunas compañías de guarnición. El 14 de febrero de 1824 se estableció oficialmente el Cuerpo Nacional de Artillería. Contaba con 3 BRAs: 2 BRAs a pie con una dotación de 1.175 hombres, y una de BRA a caballo con 589 hombres. En 1824-26 había 11 baterías de milicia activa de guarnición con 1.178 artilleros.
Entre 1826 y 1827, el general (y posteriormente presidente) José Joaquín de Herrera dirigió el cuerpo de artillería; puso especial énfasis en la instrucción y abrió dos fábricas de pólvora, pero tras su partida se hicieron pocos avances. Los fondos destinados al cuerpo eran escasos y, a partir de noviembre de 1833, se suprimió la brigada de artillería a caballo.
Durante el régimen español existió artillería de milicia, y un decreto del 3 de mayo de 1823, que creó la Milicia Nacional de Artillería, mantuvo esta organización. Las compañías tenían su base en las principales ciudades provinciales y puertos marítimos; la Ciudad de México contaba con una brigada de artillería de milicia. Cada compañía estaba compuesta por unos 50 hombres, liderados por un capitán, un teniente y un subteniente; su entrenamiento corría a cargo de personal de artillería regular.
Desde la independencia hasta la guerra con Estados Unidos en 1846, los cañones de la artillería de campaña mexicana eran en su mayoría antiguos cañones españoles de latón de 4, 6, 8 y 12 libras, montados en cureñas Gribeauval. En 1846, solo había unos 150 cañones de campaña en servicio; sin embargo, su calidad era generalmente buena, aunque algunos presentaban recámaras perforadas por el paso del tiempo. La Ciudad de México contaba con un buen arsenal para el mantenimiento de las piezas y la fabricación de cureñas. Hasta la década de 1840, no se fundían cañones en México, y cuando en 1846 se empezaron a fundir cañones de latón localmente, su calidad resultó decepcionante.
Si bien la mayoría de los cañones y cureñas eran similares a los de la artillería de campaña estadounidense, que también se basaba en el sistema Gribeauval, no se podía decir lo mismo de su munición y tren de ametralladoras. La pólvora negra mexicana solía ser tosca y de mala calidad, con una consiguiente baja eficacia propulsora. Las balas de cañón eran adecuadas, pero la munición más compleja tendía a ser de mala calidad: la metralla, por ejemplo, estaba tan mal fabricada que su alcance se veía considerablemente reducido. Tras la suspensión de la brigada a caballo a finales de 1833, no existía artillería de campaña de rápido movimiento. En cuanto al tren de artillería, este no existía realmente; los vagones de municiones eran simples carros alquilados cuando se necesitaban. El traslado de las piezas de artillería suponía un desafío enorme, ya que los caballos mexicanos eran ligeros y nerviosos, careciendo por tanto de la fuerza de tracción necesaria que poseían los animales de mayor envergadura criados para el tiro pesado.
En cualquier caso, no existían unidades de tren de artillería dedicadas a esta labor, por lo que el transporte de los cañones corría a cargo de contratistas privados que utilizaban yuntas de bueyes o mulas extremadamente lentas. Una vez en el campo de batalla, las piezas solían permanecer en una misma posición, dado que resultaba casi imposible desplazarlas con rapidez. Si bien estas deficiencias resultaban tolerables durante las guerras civiles endémicas de México, colocaban a los ejércitos mexicanos en una gran desventaja frente al Ejército de los Estados Unidos, que contaba con pólvora y municiones de buena calidad, caballos pesados, conductores adiestrados y baterías ligeras de gran movilidad.
También se disponía de algunas piezas españolas de bronce de 16 y 24 libras destinadas a la artillería de guarnición y de sitio, aunque las sofisticadas plataformas de giro tipo Gribeauval rara vez o nunca estuvieron presentes en los fuertes mexicanos. Estas fortificaciones albergaban diversas piezas antiguas de bronce o hierro, mayoritariamente de origen español, si bien algunas pocas podían ser extranjeras; por ejemplo, en los fuertes que defendían Puebla se encontraban algunas piezas francesas que databan del reinado de Luis XIV.
Por otro lado, los artilleros de Veracruz contaban con cohetes Congreve y cerca de 70 cañones pesados de hierro de fabricación británica, entre ellos numerosas piezas de 32 y 24 libras.
La artillería llevaba el mismo uniforme que los infantes, con el cuello, puños, hombreras y solapas de color escarlata con botones amarillos.
Cuerpo médico militar
El Cuerpo Médico Militar, establecido el 30 de noviembre de 1829, agrupó a los cirujanos y médicos existentes en el ejército en una plantilla de 85 profesionales. Sin embargo, sus efectivos reales eran obviamente mucho menores y el cuerpo presentaba graves carencias; de hecho, no hubo personal médico alguno acompañando al ejército durante la campaña de Texas de 1836. El cuerpo fue reorganizado en agosto de 1836 bajo la dirección de un coronel y con varios tenientes coroneles como inspectores.
Formación del Ejército Operativo de Tejas (EOT)
Para 1835, el ejército mexicano tenía tropas y recursos muy limitados para campañas ofensivas. Estaba ensimismado en los conflictos políticos internos, y entraba en acción casi exclusivamente en territorio mexicano. Había muy poca experiencia de combate y operaciones fuera de las regiones centrales del país. Además, una parte importante estaba ocupada en vigilar el constante riesgo de levantamientos internos. Era muy limitado el número real de tropas que podían destinar a una campaña ofensiva sin dejar vulnerable al centro de un pronunciamiento o golpe militar. Los conflictos interiores no solo debilitaron al ejército, sino que dañaban a la sociedad circundante y sus actividades económicas porque las fuerzas armadas se comportaban como una plaga de langostas. Para 1835, gran parte del ejército regular estaba en descomposición por las purgas de los años anteriores y la penuria pública.
Con el decreto sobre milicia cívica del 24 de marzo de 1835 se limitó el número de milicias a no más de un miliciano por cada 500 habitantes. Su segundo objetivo era reducir la deserción y “desmoralización” de los soldados del ejército permanente. Para ello incitó a los estados a elevar la calidad de los reemplazos, lo que muchos en su posición ya habían intentado inútilmente desde 1826.
El 18 de diciembre se dio la orden general para la organización del EOT en dos divisiones. La primera, con los batallones de Matamoros, Jiménez, el activo de San Luis Potosí, el regimiento de Dolores y ocho piezas de artillería, quedó a mando del general Ramírez y Sesma.
La segunda se subdividió en tres brigadas: una al mando del general Gaona, con el batallón de Aldama, Toluca, Querétaro y auxiliares de Guanajuato con dos piezas; la segunda al mando del general Tosa, con el batallón de Guerrero, de Morelos, el activo de México, de Guadalajara y Tres Villas, con seis piezas de artillería; la tercera de caballería, al mando del general Andrade, con el regimiento permanente de Tampico, activo de Guanajuato y auxiliares del Bajío.
Vicente Filisola fue nombrado segundo al mando, Arago mayor general y Woll cuartel maestre. Pedro Ampudia fue nombrado a su vez comandante general de artillería y el teniente coronel Luis Tola comandante de ingenieros (pero este último no se unió al ejército hasta que ya se encontraba en retirada). Por último, se nombró a José Reyes López comisario general y a Miguel Dromundo
proveedor general.
A partir del 22 de diciembre salieron brigada tras brigada en lapsos de un día a Saltillo. Santa Anna llegó el 6 de enero, y le siguieron las demás. El mismo mes se incorporaron las fuerzas de Cos y de Urrea, e inició la segunda fase de la planificación. Aquí se discutieron los planes de campaña, principalmente la administración de los víveres, su transporte y la ruta que debía tomarse. Según los testimonios, parece ser que la mayoría de los generales opinaba que el mejor destino era Goliad por su importancia estratégica y los recursos que se podrían encontrar cerca de la costa. Pero Santa Anna era de la opinión de que había que ir por Béjar, el bastión de mayor población mejicana que había sido recientemente tomado contra su yerno Cos.
Al final, la marcha fue fijada a Béjar, considerada como la capital hispana del departamento. La marcha se llevó a cabo sin una organización muy definida, como una serie de columnas alargadas y dispersas por los caminos.
El 22 de enero se dio una nueva orden general de organización del ejército reunido en Saltillo. Esta dio a los generales de brigada su itinerario, con el permiso de modificarlo según las necesidades. Además, “prevenía que los cuerpos llevasen sus depósitos porque el general en jefe deseaba que nuestros soldados se presentaran con brillantez cuando llegara la ocasión de saludar el Sabina y fijar nuestras águilas sobre sus márgenes”. Cada brigada debía contar con un mes de víveres. También se estableció un hospital general militar, que nunca funcionó en la práctica porque estaba totalmente desprovisto. Por ello, la mayoría de los heridos en el asalto al Álamo, entre 200 y 300, no sobrevivieron.
El 23 de enero se pasó revista al EOT, resultando entre 4.500 y 5.000 hombres, sin contar la fuerza de 1.500 de Ramírez y Sesma que se encontraba en los asentamientos del río Bravo y 200 de caballería que partieron con Urrea hacia Matamoros. De esta fuerza de 6.000 a 6.500 efectivos había que restar las bajas que habría por enfermedad, hambre y deserción en el camino a Tejas. La artillería era de 21 piezas (2×12, 4×8, 4×6, 7×4 y 4×7 obuses).
José Urrea, que se incorporó al EOT el 9 de enero en Saltillo con el regimiento de Durango, fue enviado a Matamoros, vía los asentamientos del río Bravo, para que luego tomara el camino de la costa (el “de abajo”) de Tejas.