Edad Moderna Guerras italianas (1494-1559) Primera Guerra Italiana (1494-98)

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El rey francés Carlos VIII tras neutralizar a sus vecinos con respectivas paces con los ingleses (Tratado de Étaples), con los aragoneses (Tratado de Barcelona), y con los borgoñones (Tratado de Senlis). Y una vez que se sintió seguro decidió invadir Italia.
Carlos VIII cruzó los Alpes en el mes de agosto de 1.494, con 30.000 efectivos, la mitad de los cuales eran de caballería, también disponía de un tren de artillería móvil. La campaña para conquistar Nápoles, fue una autentica  blitzkrieg,  pues los franceses al disponer de una artillería de campaña móvil que se desplazaba al mismo ritmo que el resto del ejército.
A Carlos la formación de la liga le puso furioso, al darse cuenta de que el Papa no iba a reconocer la anexión de Nápoles, y además podía quedar atrapado, abandonó esta ciudad el 20 de mayo con intención de regresar a casa, dejando a Gilberto de Borbón, duque de Montpensier, en calidad de virrey de Nápoles, con guarniciones en las plazas más importantes y además un ejército de 6.000 piqueros suizos, otros tantos gascones, caballería pesada y artillería. Una poderosa escuadra les abastecería de refuerzos y víveres en caso necesario.

Mapa de Italia en 1594 antes de la invasión francesa

Alfonso II de Sicilia Citerior pidió ayuda al rey Fernando el Católico para detener el imparable avance francés hacia su reino, pero las condiciones que este último exigió a cambio de ella le parecieron muy duras y no se llegó a un acuerdo. El napolitano abdicó luego en favor de su joven hijo Fernando (o Ferrandino), duque de Calabria, y despues Fernando II, que se mostró incapaz de frenar a los franceses.

Hizo con su entrada en Nápoles el 20 de febrero de 1.495. Durante todo el recorrido de norte a sur de la Península Itálica los oficiales franceses requisaban casas para uso militar, marcándolas con yeso. De ahí que a esta rápida campaña se le diera el sobrenombre de “Guerra del Yeso“.

Mientras tanto, la hábil diplomacia española había dado lugar a la creación de la Santa Liga contra el rey francés, en la que se aliaron el emperador Maximiliano, el papa Alejandro VI, Luis Sforza duque de Milán y la república de Venecia.

A Carlos la formación de la liga le puso furioso, al darse cuenta de que el Papa no iba a reconocer la anexión de Nápoles, y además podía quedar atrapado, abandonó esta ciudad el 20 de mayo con intención de regresar a casa, dejando a Gilberto de Borbón, duque de Montpensier, en calidad de virrey de Nápoles, con guarniciones en las plazas más importantes y además un ejército de 6.000 piqueros suizos, otros tantos gascones, caballería pesada y artillería. Una poderosa escuadra les abastecería de refuerzos y víveres en caso necesario.

Ferrandino consiguió salir a tiempo del país, cruzó el Estrecho de Mesina y se refugió en Sicilia Ulterior, reino integrante de la Corona de Aragón. Pidió auxilio a Fernando el Católico, quien le puso las mismas condiciones que a su padre. Y dada su desesperada situación el joven monarca se vio forzado a aceptarlas. Estas consistían en correr con todos los gastos de la contienda y en ceder cinco plazas en el sur de Calabria (zona no ocupada en aquel momento por los franceses): Regio, Crotona, Squillace, Tropea y Amantea.

Tras la derrota en la batalla de Fornovo en 1495, Carlos VIII rey de Fancia emprendió una retirada que bien podría calificarse de huida. El 9 de octubre de 1495 el rey francés firmaba un acuerdo con sus dos recientes vencedores, tras el cual retiraba lo que quedaba de sus tropas del norte de Italia, acabando así las hostilidades en dicha zona, pero mantenía las fuerzas que había dejado en Nápoles. Para mas información ver el capitulo “Edad Media – guerras italianas – batalla de Fornovo 1495”.

Batalla de Fornovo 1495, saqueo del campamento francés. Autor Richard Hook

Gonzalo de Córdoba fue enviado por el rey Fernando el Católico a Sicilia con instrucciones eran: establecer en la zona un contingente reducido como arma preventiva ante cualquier acción ofensiva del ejército francés; estar a la expectativa y prestar apoyo a Ferrante II, heredero al trono napolitano, que se había comprometido previo acuerdo con Fernando el Católico a la entrega de cinco plazas de gran valor estratégico en la Calabria, como cabeza de puente: Reggio, Cotrone, Squillache, Tropea y Amantea. Gonzalo de Córdoba era consciente de las nulas posibilidades que el reducido ejército español, integrado mayoritariamente por antiguos combatientes de la guerra de Granada, tenía ante la poderosa y numerosa gendarmerie (gent d’armes) francesa desplegada en Italia, y de que su elección como capitán de la expedición no era fortuita. Si por algo se había caracterizado el capitán cordobés durante la campaña granadina había sido por dos cualidades: la prudencia en el campo de batalla y la habilidad para negociar. Ambas, sin duda, serían de gran valor para la ocasión.

Campaña de 1.495: Calabria y Seminara

Tras pasar varios en aguas de Mallorca en espera de vientos propicios, el 24 de mayo de 1.495 don Gonzalo Fernández de Córdoba llegó a Mesina con 5.000 infantes y 600 jinetes. Allí se encontraba Galcerán de Requesens con una flota de 35 galeras a las que se sumarían otras hasta alcanzar las 75 para tener total dominio en el mar. En Mesina se entrevistó con el rey de Nápoles para establecer el plan de reconquista del reino. Fernando II era partidario de atacar directamente la capital, pero el español le convenció del grave riesgo que corría de ser derrotado. Los franceses habían ocupado casi todo el sur de Italia excepto Ischia, Brindisi, Gallípoli y la fortaleza de Reggio. Por ello Fernández de Córdoba propuso operar en Calabria (punta de la bota de Italia), donde los franceses tenían las plazas peor guarnecidas y municionadas, y donde la población sería adicta a las tropas españolas por proximidad a Sicilia, base natural de partida de toda la operación.

Aprobado el plan, el las fuerzas españolas desembarcaron en Calabria dos días después, el 26 de mayo. En sus filas formaban los capitanes castellanos Alvarado, Peñalosa, Benavides y Pedro de Paz. En la escuadra de apoyo figuraban los marinos vascos Lazcano y López de Arriarán y los aragoneses Galcerán de Requesens, Bernardo de Vilamarí y Espés. Allí se les unieron unos 3.000 voluntarios napolitanos y calabreses reclutados por Hugo de Cardona en nombre del rey Fernando II, y unas fuerzas mercenarias tudescas al mando del marqués de Pescara.

Fernández de Córdoba inició la campaña con una serie de marchas y contramarchas, rehuyendo los combates decisivos con el enemigo y tomando aquellas plazas y puestos que podían servirle como apoyo a las futuras operaciones. Con ello pretendía desconcertar al enemigo, acabar de instruir a sus bisoñas tropas y dar señales de su presencia para lograr adhesiones al rey de Nápoles. En un mes había tomado posesión de las cinco fortalezas concedidas por el rey Fernando II en nombre de la reina viuda Juana, hermana de Fernando el Católico. Pero los puntos clave seguían en manos francesas, que contaban en la abrupta tierra de los Abruzzos con la ayuda de un guerrillero vasco-francés llamado Gracián de Aguirre, hermano de Menoldo de Aguirre, gobernador de Ostia.

La táctica rindió pronto sus frutos y acompañada de un eficaz uso de la artillería le permitió a Córdoba tomar Fiumara, Santa Ágata y el 6 de junio la de la plaza de Seminara.
Gobernaba la Calabria un tal Everardo Stuart, aventurero escocés nombrado caballero de Francia, excelente general y conocido como el Señor de Aubigny, . Actuaba en Nápoles en calidad de segundo del duque de Montpensier. En vista de los progresos que hacía el ejército hispano-napolitano, reunió sus fuerzas y se dispuso a combatir al enemigo cuanto antes, de tal suerte que les venció el 21 de junio en la primera batalla de Seminara.

Primera batalla de Seminara (21 de junio de 1.495)

El Señor de Aubigny, dispuesto a acabar cuanto antes con el ejército hispano-napolitano recién desembarcado en Calabria, reunió sus fuerzas y las de su subordinado Precy (principalmente infantería suiza), reuniendo un ejército de 400 hombres de armas, 600 jinetess ligeros, un cuerpo de infantería suiza y otro de milicias del país. Con él se dirigió a Seminara para presentar una batalla campal a los aliados.

Batalla de Seminara 6 de junio de 1495. Movimientos de fuerzas

Decidido a forzar a los españoles a presentar batalla, Stuart los acusó públicamente de cobardía a los hispano-napolitanos. La estrategia tuvo éxito y Fernando II, herido en su orgullo, ordenó enfrentarse a los franceses.

Fernández de Córdoba aconsejó al rey Fernando II que no presentase batalla, pues se desconocía a ciencia cierta tanto el número de soldados franceses como la calidad de los voluntarios napolitanos en una batalla campal. Propuso retirarse a una plaza fuerte o en su defecto, encerrarse en la propia Seminara para observar al enemigo y tomar más elementos de juicio. Pero el rey, un joven de apenas 26 años y quizás influenciado por el ánimo de sus capitanes, no tomó en cuenta los consejos del español y decidió presentar batalla al francés.

El 21 de junio salieron las tropas aliadas de Seminara para desplegar en unas colinas a una legua al este de la plaza y a cuyo pie discurría el río Petrace,  dominando el tramo vadeable. A la derecha formaron 1.000 infantes y 400 jinetes españoles; a la izquierda formaron los 6.000 voluntarios napolitanos y calabreses de Fernando II. Frente a los españoles el Señor de Aubigny formó sus 400 gendarmes y 800 jinetes ligeros, y a su derecha colocó a los 800 piqueros suizos. En su retaguardia dejó las tropas del país.

La fuerza base del ejército francés era su caballería. Su especial desarrollo se produjo por la acción del rey Carlos VII, quien sustituyó las antiguas mesnadas de los nobles por las primeras unidades regulares, alistando y pagando milicias permanentes con los tributos del estado. De este modo se reforzaba la autoridad real al no tener que depender el rey de los nobles para levantar un ejército. Carlos VII creó en 1.445 las compañías de ordenanzas, posteriormente conocidas como la gendarmería (procedente de la palabra gens d ́armes, gente de armas), compuestas estas por 100 lanzas (estando constituida cada lanza por un caballero acompañado de otros cinco hombres). Los gendarmes eran la principal fuerza de choque ya que se eran caballería pesada totalmente acorazada sobre la que descansaban las tácticas de combate en campo abierto. Su estrategia residía en formar en líneas compactas para después lanzar una carga de caballería contra el enemigo, que rompía sus filas ante la visión de semejante masa acorazada o era arrollado en el ataque. La infantería en el ejército francés no estaba muy valorada, por eso se recurría al empleo de los piqueros suizos que eran los mejores de la época.

Comenzaron el ataque los gendarmes (gent d’armes) franceses, que avanzaron hacia la zona vadeable del río. Los 400 jinetes españoles se lanzaron sobre ellos para tratar de desorganizarlos. El Señor de Aubigny y su subordinado Precy reagruparon su caballería para rehacer las las filas, y lanzarlas de nuevo al ataque. Los españoles, fieles a sus tácticas guerreras aprendidas durante años de luchas contra los árabes, retrocedieron a sus posiciones para reorganizarse en ellas y volver a la carga.

Pero los voluntarios napolitanos y calabreses entendieron la maniobra de la caballería española como una huida, y emprendieron una desordenada fuga sin llegar a pelear. En cuanto se dio cuenta de ello, el Señor de Aubigny lanzó sobre ellos su caballería. En el campo quedaron solos el cuerpo de infantería y caballería españolas que, al mando de don Gonzalo Fernández de Córdoba iniciaron una ordenada y disciplinada retirada hacia las murallas de Seminara.

Primera batalla de Seminara 1495. Primera y única derrota de Gonzalo de Córdoba

El rey Fernando, al caer muerto su caballo, quedó atrapado bajo el animal y salvó su vida gracias al caballero Juan de Altavilla que lo rescató y le cedió el suyo, muriendo en la acción.

Esta fue la primera y única derrota del general español, si bien no puede decirse que sea achacable a él.

Pero la derrota fue engañosa, pues más se debió a la desbandada de los napolitanos y calabreses que al acierto de los franceses, y en la batalla los españoles mostraron su cohesión, disciplina y valor.

Tras la batalla, Fernández de Córdoba abandonó las plazas ocupadas hasta la fecha y se refugió con sus tropas en Reggio tras sus fuertes murallas y el apoyo de la potente flota aragonesa, mientras que el rey Fernando II se trasladó a Sicilia en busca de refuerzos.
Como primera medida aumentó la disciplina en el seno del ejército, cualidad que, a la postre, sería alabada y considerada por todos los tratadistas militares como virtud capital del soldado y uno de los pilares en que debía sustentarse cualquier ejército moderno; sustituyó las viejas ballestas como arma portátil ofensiva por los nuevos arcabuces que, a pesar de su peligrosidad e imprecisión, y de exigir un adiestramiento más prolongado en su manejo, eran mucho más eficaces y presentaban mayor frecuencia de tiro; potenció, asimismo, la técnica de la emboscada, el ataque nocturno por sorpresa y la guerra de movimientos y desgaste.

Al poco tiempo, Ferrandino con su ejército al frente del cual se encontraba el marqués de Pescara, embarcó de nuevo a bordo de la escuadra del almirante Requesens, desembarcando en Nápoles, y mediante una insurrección popular se apoderó de la ciudad el 7 de julio de 1.495, y de la misma forma, también de Capua, Aversa y Aquil Estas fuerzas lograron alejar de la zona al duque de Montpensier, que al frente de una parte del ejército, comenzó a buscar desorientado a su enemigo.

El señor de Aubigny, creyendo tener arrinconado al español, envió a su subordinado Precy a Nápoles en auxilio del duque de Montpensier. El duque se percató del engaño y regresó a Nápoles, pero una vez allí se vio obligado a encerrarse en la fortaleza de Atella.

Por su parte, Gonzalo Fernández de Córdoba, sin abandonar su base de Reggio, se enfrentaba con éxito al señor de Aubigny nada más partir su subordinado Precy en socorro de Nápoles. El español se enteró de los planes del francés y en un momento dado atacó de noche con 200 jinetes y le hizo un gran número de prisioneros suizos. Tras este golpe de audacia siguieron otros por los que se hizo dueño de Muro, Calana, Bagneza, Esquilace y Sibaris. A finales de año se hallaba en posesión de todo el sur de Calabria.

Dado que estaba escaso de hombres y recursos, decidió pasar el invierno en la Baja Calabria al abrigo de la plaza de Nicastro, donde se dedicó a reorganizar sus fuerzas, reforzadas con 1.000 gallegos venidos de España mal vestidos y desarmados, y con voluntarios partidarios del rey de Nápoles.

 

Campaña de 1.496: asedios de Atella y de Ostia

Asedio de Atella (1.496)

El de Montpensier y sus fuerzas se hicieron fuertes en dicho enclave que era prácticamente inexpugnable, a la espera de refuerzos desde Francia.

El fuerte estaba asediado por el pueblo sublevado, las tropas de Fernando II y tropas de la Santa Liga y la escuadra española de Requesens, que disponían de 9.000 efectivos y que no hacían ningún progreso.

En Nápoles se había llegado a una guerra de posiciones sin que producir ningún avance por ambas partes. Gonzalo de Córdoba entregó el mando a Luis de Vara de la baja calabria y se instaló en Nicasyro al acecho de Aubigny. Los franceses enviaron un ejército de socorro a Nápoles, 3.000 piqueros suizos fueron embarcados en la Costa Azul y Percy con otros 3.000 intentaría perforar las líneas enemigas y liberar al virrey Montpensier. Fernando II que tenía fuerzas superiores le salió al paso. El 1 de octubre de 1.495 se produjo en Éboli una batalla que fue casi una réplica de la de Seminara, los franceses colocaron en el centro 1.500 piqueros suizos, flanqueados por 200 lanzas, que ormaban la fuerza de choque. Nuevamente la caballería pesada francesa arroyó a la napolitano-española y solo el ala izquierda de Fernando II, mandada por el conde de Sarno pudo retirarse indemne del campo de batalla. Sin embargo esta batalla no causó efecto alguno en el curso de las operaciones, ya que Montpensier no llegó a conocerla, ni tampoco que las siete naves de los refuerzos habían conseguido pasar a traves del bloqueo de Requesens con tan solo la pérdida de un buque. El 4 de octubre el virrey firmaba una tregua de dos meses.

Gonzalo Fernández de Córdoba el Gran Capitán al frente de las tropas. Autor Dariuz Bufnal

En febrero de 1.496 Fernández de Córdoba recibió una remesa de dinero procedente de España, por lo que decidió comenzar sus operaciones. En poco tiempo recorrió la Alta Calabria y se dirigió a Cosenza, necesaria para sus futuras operaciones, y de la que se apoderó tras tres vigorosos asaltos. En ese momento fue llamado por el rey Fernando II para que le ayudase a acabar con las tropas de Montpensier y Precy, a las que habían logrado encerrar en la plaza de Atella.

Don Gonzalo al frente de 400 jinetes ligeros, 70 hombres de armas y 1.000 infantes escogidos, partió desde Castrovillari para unirse al rey Fernando II.

Fernández de Córdoba se puso en camino, pero tuvo noticias de que Américo de San Severino, conde de Mélito e hijo del conde de Capacho, se había reunido en Lanio con un grupo de nobles angevinos pro-franceses de la comarca para salir a su encuentro y tenderle una emboscada en el valle de Morano. Sin embargo, los ojeadores españoles descubrieron la trampa. Fernández de Córboba quiso aprovechar esta oportunidad para acabar con los rebeldes, mandó sendos grupos que hicieron una marcha nocturna por sendas ásperas y tortuosas, y a la mañana siguiente entró en el valle como si desconociese la emboscada, los emboscados fueron sorprendidos y derrotados. Entró de improviso en la plaza de Morano, cortando el paso y arrollando a los que acudían a la fortaleza. Mató al jefe de la rebelión, Américo de San Severino, hizo prisioneros a Honorato de San Severino, al conde de Nicastro, a doce barones y más de cien caballeros, que llevó presos al rey Fernando II.

En el campamento aliado, que estaba próximo a Atella recibieron a Gonzalo de Córdoba, además de Fernando II de Nápoles, Francisco Gonzaga duque de Mantua, jefe de la tropas venecianas, y César Borgia en calidad de legado pontificio de su padre el papa Alejandro VI. Esta fuerza combinada, aún siendo muy poderosa, no conseguía doblegar a los franceses, quienes estaban establecidos en la fortaleza de Atella y en varios destacamentos aledaños a la misma.

Tras evaluar la situación, a Gonzalo le llamó la atención unos molinos mediante los cuales los sitiados obtenían agua y harina, lo cual les permitía prolongar por más tiempo el asedio, a la espera de una posible llegada de auxilios exteriores. Se fijó entonces como primer objetivo privar al enemigo de los beneficios de dichos molinos, que eran custodiados por piqueros suizos y ballesteros y arcabuceros gascones.

En el enfrentamiento del 1 de julio de 1.496, los rodeleros españoles (soldados con un pequeño escudo redondo o rodela y espada) cargaron con gran fuerza contra los mencionados defensores, haciéndoles retroceder desordenadamente. La caballería ligera española les cortó la retirada, y prácticamente fueron aniquilados. Salió entonces de la ciudad la caballería pesada gala, y el Gran Capitán reagrupó todas sus fuerzas para hacerle frente. Tras un nuevo choque, aquella fue cediendo terreno, y finalmente optó por refugiarse en la ciudad, logrando así los españoles apoderarse de los molinos.
En los días siguientes los aliados tomaron el resto de posiciones enemigas circundantes a Atella, entre ellas las fortalezas de Venosa y Ripacandida, esta última estaba unida a la fortaleza de Atella por un afluente del río Ofanto y que suministraba víveres a la plaza sitiada. Con estas acciones el cerco del duque de Montpensier se hizo más estrecho, además era muy improbable que recibiese refuerzos debido a la concentración de tropas francesas en el Rosellón ante las nuevas maniobras de Fernando el Católico. El duque pactó la entrega de la ciudad si no recibía refuerzos en un plazo de 30 días. En la capitulación se incluyeron las siguientes cláusulas:

  • Se incluían todas las plazas de Nápoles excepto las que gobernaba el señor de Aubigny en Calabria.
  • Se facilitarán navíos para el traslado de los soldados franceses a Francia.
  • Se concedería indulto a los soldados napolitanos que habían servido en el ejército de Carlos VIII y que reconociesen al rey Fernando II en el plazo de quince días

El socorro no llegó, y se hicieron firmes las clausulas de la capitulación. Las plazas fuertes de Venosa, Tarento y Gaeta se negaron a capitular alegando no tener órdenes directas del rey francés.
Los 5.000 hombres que salieron de la ciudad de Atella, tuvieron que recorrer 100 kilómetros hasta el golfo de Nápoles, donde debían embarcar hacia Francia, y sufrieron una epidemia de peste que asolaba la región. Algunos tuvieron que regresar a pie. Finalmente, sólo sobrevió aproximadamente una décima parte de ellos. La enfermedad afectó al propio Montpensier, quien moriría más tarde a causa de ella.

La victoria de Fernández de Córdoba en Atella tuvo gran resonancia internacional, y al general español se le comenzó a conocer y llamar el Gran Capitán.

Tras la victoria de Atella, todas las plazas francesas excepto Venosa, Tarento y Gaeta y se recuperaron para el rey Fernando II.

A continuación Fernández de Córdoba, convertido ya en “Gran Capitán” regresó a Calabria para seguir batiendo al general francés Aubigny. Por fin consiguió encerrarlo en Galípoli y obligarlo a regresar a Francia a finales del verano, con lo que consiguió liberar por fin a toda la Calabria en nombre del rey Fernando II.

El rey Fernando II no pudo saborear el triunfo conseguido. El 7 de octubre de 1.496 falleció en plena juventud, a los 28 años. Ese mismo día fue proclamado como sucesor su tío don Fadrique. Éste se hallaba sitiado en Gaeta por los franceses, por lo que llamó al Gran Capitán en su auxilio una vez finalizadas las operaciones en Calabria. Los españoles se presentaron en la plaza y al día siguiente de su llegada se rindieron los franceses. Excepto en las plazas de Diano y Tarento, ya no quedaban tropas invasoras franceses en el reino de Nápoles.

Antes de abandonar suelo italiano, el Gran Capitán y su ejército fueron requeridos por el papa Alejandro VI, miembro de la Santa Liga, para recuperar el puerto de Ostia

 

Asedio de Ostia (agosto de 1.496)

En su avance hacia Nápoles, el rey Carlos VIII había ocupado la plaza del puerto de Ostia, situado a la desembocadura del río Tiber y era el puerto de Roma. Había dejado como gobernador al aventurero vizcaíno Menaldo Guerri, y prometió al papa Alejandro VI que devolvería la plaza finalizada la conquista de Nápoles. Pero el rey Carlos VIII nunca cumplió su promesa.

Presentado ante los muros de la plaza, el Gran Capitán solicitó del gobernador su entrega, invocando la orden del Papa y la promesa de Carlos VIII. Pero fue en vano. La plaza era muy fuerte, estaba bien pertrechada y mejor defendida por gente sin escrúpulos y forajidos, pero de gran valor. El Gran Capitán formalizó el sitio con 1.000 infantes, 300 jinetes y algunas piezas de artillería, que dispuso en batería en una elevación al sur de la ciudad. Roto el fuego contra los muros, en cinco días abrió una brecha por la que se lanzaron al ataque los españoles.

Los defensores se batían con tesón y valor, pero en ese momento el embajador de Castilla en la corte pontificia, Garcilaso de la Vega, atacó los muros de la plaza por el lado opuesto. Ante este segundo ataque Guerri y sus hombres se rindieron con la promesa de respetar sus vidas. Tras la victoria, el Gran Capitán entró victorioso en Roma y fue aclamado como “libertador”. Una vez en presencia del papa, éste se levantó del solio y le besó en la frente. Luego le entregó la “rosa de oro”, máxima distinción pontifica con la que el papa galardonaba cada año a su mejor servidor.

El Gran Capitán y Menaldo Guerri ante el Papa.

Al despedirse del papa hubo una escena bastante violenta. El papa se mostró dolido de los Reyes Católicos ante el Gran Capitán. Este le replicó que no olvidara los servicios que le habían prestado, y que recordara las palabras que había dicho hacía poco tiempo: “Si las armas españolas me recobraban Ostia en dos meses, debería de nuevo al Rey de España el Pontificado”. Y el Gran Capitán añadió que las armas españolas no tardaron dos meses sino ocho días. Y siguió atacando al papa diciendo que “mas le valiera no poner a la Iglesia en peligro con sus escándalos, profanando las cosas sagradas, teniendo con tanta publicidad, cerca de sí y con tanto favor a sus hijos, y que le requería que reformase su persona, su casa y su corte, para bien de la cristiandad.”

Desde Roma el Gran Capitán marchó a Nápoles, donde el rey Don Fadrique le dió el título de duque de Santángelo, el señorío de dos ciudades y diversos lugares del Abruzo, y 3.000 vasallos, diciendo que “que era debido conceder siquiera una pequeña soberanía a quien era acreedor a una corona.”

El Gran Capitán. Autor Augusto Ferrer Dalmau

De Nápoles se dirigió a Sicilia como gobernador de la isla. Allí el Gran Capitán administró justicia, corrigió abusos y fortificó las costas. Al poco tiempo acudió a la llamada del rey don Fadrique para expulsar a las franceses de Diano, única plaza que aún conservaban. En pocos días el Gran Capitán logró la rendición de la guarnición francesa, con lo que dieron fin las operaciones militares en Nápoles.

Pero el estado de guerra se había trasladado al Rosellón, donde el ejército francés se apoderó por sorpresa de la plaza de Salces.

El general español Don Enrique de Guzmán concertó con el francés una tregua que duró desde octubre de 1.496 hasta enero de 1.497, y que fue prorrogándose sucesivamente mientras se encontraba un arreglo a la situación. Carlos VIII de Francia murió inesperadamente en Amboise el 7 de abril de 1.498. Con ella se pararon las iniciativas hispano-francesas para negociar la paz. Al difunto rey le sucedió el duque de Orleans con el nombre de Luis XII, que prosiguió las negociaciones de manera que el 5 de agosto de 1.498 se firmó un tratado de paz entre Francia y España que devolvía a ésta última la plaza de Salces pero que nada decía sobre Nápoles. Oficialmente, la guerra entre ambas naciones había acabado.

Acabada su misión en Italia, el Gran Capitán regresó por fin a España en 1.498 con la mayor parte de su ejército. A su llegada la gente le aclamó como un auténtico héroe nacional. En la Corte, el rey Fernando el Católico decía que la guerra de Nápoles había procurado a España más crédito y gloria que la de Granada.

El Gran Capitán introdujo los rodeleros como soldados armados de espada y dardo con misión de combatir cuerpo a cuerpo a los piqueros enemigos introduciéndose debajo de sus picas. Además introdujo los arcabuceros en una relación de 1 a 5 con el resto de soldados.

Entrada creada originalmente por Arre caballo! el 2018-03-03. Última modificacion 2018-03-03.