Siglo XVIII Guerras Anglo-Españolas en el siglo XVIII (1.726-48) Guerra Anglo-Española de 1726-27
Guerra Anglo-Española de 1726-27

Declaración de guerra por Gran Bretaña

Para conseguir la restitución de Gibraltar y Mahón se firmó el 5 de noviembre de 1725 el tratado de Viena por el que Felipe V renunciaba a la corona francesa y concedía a la compañía de Ostende iguales privilegios que a los ingleses y holandeses en América. En contrapartida, los austriacos debían apoyar la restitución de Gibraltar y Menorca. Esta alianza fue conseguida por el embajador español en Austria, el holandés Juan Guillermo de Ripperdá, que fue nombrado primer ministro el 27 de diciembre de 1725, un personaje que provocó no pocos males a la política exterior española con su poco tacto. Esta fue una mala alianza, pues Austria nos dejaría solos a la primera ocasión.

Tras conocerse la firma del tratado de Viena del 30 de abril de 1725 entre los representantes de Felipe V de España y de Carlos VI del Sacro Imperio Romano Germánico; las monarquías de Gran Bretaña y de Francia lo vieron como amenaza al statu quo establecido en el tratado de Utrecht. El 3 de septiembre firmaron junto con el Reino de Prusia el tratado de Hannover para mantener a los estados firmantes en los países y ciudades dentro y fuera de Europa que actualmente poseyeran. A la Alianza de Hannover se adhirieron posteriormente las Provincias Unidas, el reino de Dinamarca y el reino de Suecia, aunque Prusia finalmente lo abandonó.

Felipe V destituyó a Juan Guillermo Ripperdá, quien había negociado en Viena el tratado en nombre suyo, cuando supo que el Emperador no daría finalmente su consentimiento al matrimonio de sus dos hijas con los infantes españoles Carlos y Felipe. En realidad hacía tiempo que estaba concertado el matrimonio de María Teresa con el joven duque Francisco Esteban de Lorena, boda que se celebraría en 1736. Tampoco estaba dispuesto a entrar en conflicto con Gran Bretaña por lo que no apoyaría a Felipe V si este intentaba recuperar Gibraltar o Menorca. En contrapartida las concesiones comerciales prometidas por Felipe V a la Compañía de Ostende nunca se materializaron y acabó disolviéndose en 1731 por la presión británica.

Para obligar a que Felipe V desistiera de su proyecto revisionista de lo pactado en tratado Utrecht, Gran Bretaña desplegó su flota por el Mediterráneo y el Atlántico, capturando barcos españoles sin que hubiera habido una declaración de guerra. Como las reclamaciones ante el gobierno de Londres por los apresamientos por barcos británicos, a los que la corte de Madrid consideraba piratas, no surtieron ningún efecto, el nuevo grupo de consejeros que había sustituido a Ripperdá apoyaron la decisión de Felipe V de conquistar Gibraltar.

Así en enero de 1727 el embajador español ante la corte de Jorge I de Gran Bretaña, presentó un escrito en que consideraba sin valor el artículo 10 del tratado de Utrecht por el que se cedía Gibraltar. Alegaba los incumplimientos del mismo por parte de Gran Bretaña, que había ocupado tierras en el istmo, no había garantizado el mantenimiento del catolicismo y había permitido la presencia de judíos y musulmanes. El asunto fue llevado al parlamento por el primer ministro Robert Walpole y allí se comprometió a que nunca se entregaría Gibraltar sin el consentimiento expreso del mismo. La votación final celebrada el 17 de enero de 1727 en la que el parlamento ratificó la soberanía británica sobre Gibraltar supuso la declaración de guerra a la monarquía de España.

Asedio de Gibraltar (21 de febrero al 23 de junio de 1727)

El monarca español resolvió afrontar la reconquista de Gibraltar. Su decisión, sin embargo, no contó con el beneplácito de los militares de alto rango que, reunidos, en consejo mostraron en primera instancia su opinión contraria, entre ellos el marqués de Villadarias, protagonista del fallido intento de reconquista durante la guerra de Sucesión, amparado en su propia experiencia aconsejaba “no exponerse a un vergonzosísimo desaire”. Similar argumentación manifestó el ingeniero general Jorge Próspero Verboom afirmando que el único plan susceptible de tener algún éxito consistía en desencadenar un ataque desde el sur y por mar. Y es que la empresa, tal y como había demostrado la negativa experiencia de pocos años atrás, entrañaba notorios riesgos.

La especial condición orográfica del peñón, a la que los ingleses incorporaron un adecuado, aunque modesto, despliegue defensivo, hacían de la plaza una suerte de fortaleza combinada muy difícil de atacar con éxito de no disponer un importante apoyo naval.

Asumida la imposibilidad de reconquistar la plaza con un asalto únicamente terrestre, los diferentes proyectos españoles diseñados para ello durante el siglo XVIII pasaron, inexcusablemente, por fortificar de manera adecuada el istmo, por efectuar un amplio despliegue de baterías y torres artilladas a lo largo de la costa, y sobre todo, por intentar aprontar los medios necesarios para el establecimiento de un férreo bloqueo marítimo que permitiera asfixiar la plaza.

De este modo desde primeros de enero de 1727 se fueron concentrando efectivos en el campo de Gibraltar, alcanzando un número que oscila entre los 12.000-15.000 hombres agrupados en 30 batallones de infantería, 6 compañías de carabineros, 900 jinetes y 100 cañones; a pesar de la inminente guerra los sitiadores no contaban con suficientes medios para hacer frente a la contienda. El encargado de comandar el ejército español sería esta vez el conde de las Torres; también fue mandado llamar el ingeniero militar Jorge Próspero de Verboom para hacerse cargo del cuerpo de ingenieros.

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Asedio de Gibraltar 1727. Plano del asedio. Autor Nicolas de Fer

Los primeros movimientos por parte de tropas españolas provocaron un reforzamiento en las fuerzas presentes en la plaza con el objetivo de defenderse de un nuevo asedio. De este modo el almirante Thomas Hopson llegó a la ciudad con 3 BIs y 10 Cías de guarnición que aumentaban las escasas fuerzas presentes, unos 1.500 hombres. Por mar la plaza contaría desde el 13 de febrero con la presencia de 4 navíos, 4 fragatas y dos bombarderas al mando del almirante Charles Wager junto a 3 BIs más, con lo que los efectivos alcanzarían los 5.000.

Ese mismo día 13 de febrero, se hallaban ya a tiro de cañón de las defensas de la plaza y daba comienzo la construcción de una batería en las inmediaciones de la Torre del Molino. De este modo se inició la construcción de una fuerte batería de costa en la zona norte del istmo.

Como no se había declarado formalmente la guerra el gobernador inglés en la plaza, el coronel Jasper Clayton, elevó una queja formal por lo que para él era una usurpación ilegal de los términos reconocidos por el tratado de Utrecht a Gibraltar.

La respuesta del conde de las Torres fue que la construcción se hacía en términos españoles pues el Tratado sólo contemplaba la soberanía de la ciudad intramuros. El gobierno de Gibraltar no considera satisfactoria esta respuesta y acordó abrir fuego contra los ya considerados sitiadores. De este modo, bajo fuego inglés continuó la construcción de la batería y de otra más junto a ella con una dotación artillera de 8 cañones y 12 morteros además de las nuevas trincheras del istmo.

Nueve días más tarde, el 21 de febrero, 5 BIs, una brigada de ingenieros y unos 1.200-1.500 trabajadores bajo el mando de del Teniente General Lucas Spínola, iniciaban los trabajos para abrir una trinchera desde la denominada Torre del Diablo hasta la Lagunilla.

Comenzaba con ello formalmente el asedio a Gibraltar, calificado como uno de los más costosos.

Como en el sitio anterior las primeras acciones de las tropas españolas fueron la creación de las estructuras necesarias para llevar a cabo la empresa. A finales de enero se produjo un reconocimiento del terreno encabezado por el conde de Montemar que permitió el adelantamiento de las tropas españolas desde San Roque hasta Rocadillo. A lo largo del asedio se emplearon las técnicas habituales; esto es, el trazado de paralelas y trincheras de aproximación para permitir el acercamiento de las tropas sitiadoras pese a que el carácter arenoso y llano del istmo, junto con su estrechez, las hacía en extremo vulnerables al fuego de los sitiados.

Poco tiempo después acabarían las obras y estas primeras baterías lograron hacer retirarse a los buques ingleses que continuamente impedían los trabajos de fortificación. Sin estos buques se pudieron construir dos baterías más en el istmo. Una de ellas, denominada de Braus se encontraba frente a la Puerta de Tierra, la otra denominada de las Horcas estaba en una zona llamada Lengua del Diablo que hacía fuego contra el muelle norte de Gibraltar. Las dos estaban bajo la dirección de Antonio Montagut, que poco más tarde abandonaría el sitio por desavenencias con el conde de las Torres.

Estas baterías sin embargo resultaron inútiles para la labor que debían realizar pues cuando se pudieron realizar los primeros disparos contra las murallas y el muelle viejo se comprobó que se encontraban demasiado alejadas de sus objetivos.

Incluso se procedió a horadar el monte Perejil a partir del 8 de marzo con el fin de volar el fuerte de la Reina Ana y hundir un flanco de la fortaleza; tarea en extremo ardua que, a la postre, se reveló tan inútil como lo fue asimismo el asedio. No hay duda de que, pese a que el conde de las Torres dispuso de un número importante de soldados así como de suficientes baterías, hubo mucha precipitación, una lentitud exasperante en las acciones y bastante descoordinación. Todo ello al margen de que el apoyo naval brilló por su ausencia y de que el máximo responsable era poco dado a escuchar consejos de quienes componían su estado mayor. Eran destacables los constantes encontronazos con el general director de los ingenieros Jorge Próspero Verboom, y era muy poco dispuesto a variar sus decisiones una vez que las había tomado. En estas condiciones el fracaso estaba asegurado.

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Asedio de Gibraltar 1727. Vista del asedio. Grabado alemán

Su obcecación por desencadenar el ataque únicamente por vía terrestre le llevó a oponerse al empleo de una suerte de navíos acorazados diseñados por el oficial de marina Juan de Ochoa denominados “barcazas espín”.

Consistían en embarcaciones forradas de planchas de hierro en uno de sus laterales, equipadas con ocho cañones y movidas por remos de galeras. Útiles para llevar a cabo bloqueos en bahías o puertos bien defendidos su elevado coste y escasa capacidad de maniobra hacía recomendar a Ochoa el empleo de barcos viejos.

El 23 de marzo llegaron a la bahía de Algeciras dos navíos y una fragata ingleses que atacaron la zona cercana al campamento español hundiendo varias barcazas de aprovisionamiento y pretendiendo luego desembarcar el la desembocadura del río Guadiaro; la salida desde el campamento de dos compañías de granaderos y caballería frustró los planes ingleses de atacar por tierra a los españoles. El fuego desde la ciudad de Gibraltar comenzó a ser tan intenso sobre las tropas que construían las trincheras que a partir del 12 de abril solo pudieron realizar su trabajo durante la noche.

Las obras en las baterías que fueron levantadas en sustitución de las anteriores acabaron el día 7 de mayo e inmediatamente comenzaron a bombardear la muralla norte de Gibraltar. El baluarte de San Pedro y la batería de la Reina Ana, así como todo el lienzo de muralla que unía la Puerta de Tierra con el muelle fueron gravemente dañados y redujeron su fuerza de fuego notablemente.

Ante la inminente ruptura del frente norte los británicos tuvieron que improvisar una batería de circunstancias junto a los restos de la de la Reina Ana con tan buen acierto que causaron graves daños en las trincheras y en las baterías españolas más próximas. En Gibraltar se comprendió que podía hacerse más daño en los sitiadores con baterías artilladas en las faldas del monte pues aquellas que se encontraban a nivel del mar, cerca del muelle, habían resultado inútiles; por ello mientras se reconstruían las baterías en la parte española se hacía lo propio en la parte británica. Fue considerada como una guerra de artilleros.

El descontento se hacía entonces con el campamento español, los trabajos en las trincheras resultaban inútiles y el fuego de las baterías de Gibraltar causaban más daño que el que podían causar los sitiadores desde las suyas. Varios oficiales españoles mandaron sus quejas al ministro de la guerra, el marqués de Castelar, mientras el conde de las Torres por su parte mandaba noticias positivas al Rey.

Los ingenieros directores don Francisco Montaigu y don Diego Bordik corroboraron esta opinión al marqués de las Torres el 18 de mayo de 1727, en su respuesta a la pregunta sobre la posibilidad de continuar el asedio, que calificaron de infructuoso.

La única acción de la Armada Española para evitar que llegasen refuerzos a Gibraltar fue la campaña del jefe de escuadra Rodrigo de Torres por el canal de la Mancha en 1727, que solo pudo disponer de 4 navíos y 3 fragatas, capturando cinco mercantes ingleses.

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Asedio de Gibraltar 1727. Vista desde tierra

Un aspecto todavía poco claro de esta guerra es el papel que se pensó que iba a desempeñar Rusia. Contaba con una respetable marina de 56 navíos y 26 fragatas que pensó el rey inglés Jorge I iba a ser utilizada para destronarle. Las intrigas y falta de discreción de Ripperdá, que actuó en ocasiones por iniciativa propia, hizo creer a los ingleses que así sucedería y que por eso se encontraba una escuadra rusa en el Cantábrico y la española de Gaztañeta preparada en Cádiz.

Fuese cierto o no, el caso es que el rey inglés mandó zarpar en 1726 una escuadra al Báltico con 20 navíos, una fragata, dos brulotes y un buque hospital al mando del vicealmirante Charles Wager que, unida a la escuadra danesa, encerró en los puertos de Revel y Cronstad a la escuadra rusa. Otra escuadra de 11 navíos fue mandada a las Indias, la de Francis Hosier, y a las costas españolas la de John Jennings de 20 navíos. Lo cierto es que los buques rusos zarparon de Santander, en vez de Escocia cargados de armas, fueron rumbo a San Petesburgo, con aceite y otras mercancías y la escuadra de Cádiz puso rumbo al Caribe.

Las hostilidades entre ambos países no alcanzaron el estado de guerra abierta, y se limitaron al escenario gibraltareño. El final de esta tentativa española de recuperación del Peñón ocasionó más de 600 muertos y gastos cuantiosos, sin más resultado que la construcción de una línea de fortificaciones frente a Gibraltar proyectadas por Verboom, origen de la ciudad de la Línea de la Concepción (corrupción del término «contravalación»).

El fin, sin embargo, estaba próximo. Los denominados Preliminares de París, auspiciados por Francia y el Imperio, se firmaron el 31 de mayo entre ambas potencias y Gran Bretaña; y pese a la inicial ausencia española a Felipe V no le quedó más remedio que adherirse a los mismos el 19 de junio. Ello implicaba el cese de las hostilidades.

Paz de París

Francia, cuyo primer ministro Fleury, de 73 años, era firme partidario de la paz, negoció un acuerdo de paz que se firmó en París en mayo de 1727:
España concedía revocar los privilegios concedidos al imperio austriaco en el tratado de Viena. Además, confirmó los privilegios comerciales que gozaba Inglaterra.

Inglaterra y Francia se comprometieron a ayudar a España a introducir guarniciones militares en Parma y Toscana. De esta manera, tropas españolas llevaron a cabo en 1731 la ocupación de Parma.

El julio de 1727 las tropas españolas levantaron el cerco del peñón. España e Inglaterra ratificaron sus acuerdos en la Convención de El Pardo en marzo de 1728.

Entrada creada originalmente por Arre caballo! el 2020-02-22. Última modificacion 2021-11-10.
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