Edad Antigua Guerras Macedónicas Batalla de las Termópilas 191 AC
Batalla de las Termópilas 191 AC


Situación de Antíoco III

Antíoco III quería restaurar las fronteras primitivas del Imperio de Seleuco. La alianza de Antíoco con Filipo V de Macedonia, no había sido más que un reparto de influencias mientras hubiera suficiente territorio por conquistar, basado en un respeto mutuo siempre que los intereses de ambos no entraran en conflicto. Antíoco ignoró los apuros macedonios en su lucha con los romanos a la espera de un beneficio propio ante la perspectiva de una ganancia a costa del debilitamiento de Filipo. El erróneo cálculo de que él iba a rellenar el vacío dejado por Macedonia en el Egeo, tras la derrota de esta a manos de los romanos, sería lo que precipitará el conflicto.

Cuando Antíoco subyugó la Celesiria en 198 AC, tras la llamada Quinta Guerra Siria; Roma mostró un carácter tolerante en apariencia, a pesar de la amistad con Ptolomeo y los intereses romanos en Egipto. Antíoco se vio animado a emprender de inmediato las operaciones en Asia Menor y esto inevitablemente iba a chocar de frente con el reino de Pérgamo y Rodas, aliados de los romanos durante la Guerra Macedónica.

En el 197 AC, Antíoco se hizo con buen número de plazas costeras ptolemáicas y macedonias lo que provocó una severa advertencia de Rodas. Antíoco ignora el problema y traslada sus operaciones a la región del Helesponto en donde toma la ciudad de Abidos; para entonces ya se había dado la batalla de Cinoscéfalos.

Después de la derrota macedonia de en la batalla de Cinoscefalos en el año 197 AC, los intereses de Antíoco se iban a ver afectados, pues una de las exigencias romanas a Filipo era la de liberar las ciudades griegas de Tracia y de la zona del Helesponto, objetivo de Antíoco. Por otro lado, Esmirna y Lampsaco (ciudades de Anatolia) aprovecharon la situación y se pusieron bajo la protección de Roma.

Durante la celebración de los Juegos Ístmicos en Corinto en el 196 AC, y tras la proclamación de la liberación de Grecia los embajadores de Antíoco fueron convocados. La advertencia era clara: se les conminaba a que Antíoco debía abandonar inmediatamente las ciudades de Asia que hubieran pertenecido a Filipo y a Ptolomeo, debía respetar a las ciudades autónomas (Esmirna y Lampsaco entre ellas) y se le instaba sobre todo a no pasar ni él ni sus tropas a Europa.

Esto significaba el final del sueño seleúcida en su última fase, la dominación de la costa de Anatolia y de la rivera septentrional del Egeo. Tracia, al ser europea, iba incluida en la prohibición hecha por Roma.

Antíoco, creyéndose en posesión del derecho sobre los territorios que habían pertenecido en su día al imperio seleúcida, se tomó la prohibición romana como una provocación lejos de convertirse en el origen de un conflicto armado. El rey trató de contrarrestar lo que él consideraba como provocación pasando a Europa e instalándose en la ciudad tracia de Lisimaquia. Los romanos no pensaban en una guerra inmediata pues no estaban preparados para la misma, pero se le vuelve a advertir al rey sobre la prohibición de pasar a Europa.

Durante el invierno 193/92 AC, Antíoco casó a su hija Cleopatra Sira con Ptolomeo, dándole como dote la Celesiria, buscando así congraciarse con el joven rey para que se mantuviera al margen de la guerra contra los romanos. A su hija Antióquide la envió a Ariárates, rey de los capadocios, y a la que le quedaba, a Éumenes, rey de Pérgamo; este rehusó la oferta.

Antíoco, a comienzos de la primavera, envía a su hijo, llamado también Antíoco a Siria para prevenir cualquier movimiento que pudiera surgir a su espalda durante su ausencia; él, con todas las fuerzas de tierra atacaría a los písidas que habitan en los aledaños de Psidia.

Los legados Publio Sulpicio y Publio Vilio llegaron a Pérgamo y se entrevistaron con Éumenes, el cual reafirmó su compromiso con Roma. Sulpicio enfermó y tuvo que permanecer un tiempo en Pérgamo mientras que Publio Vilio, a la espera de entrevistarse con Antíoco, que estaba en la campaña de Psidia, marcha a Éfeso sabedor de que Aníbal Barca estaba allí. La tradición cuenta que a Publio Sulpicio y Publio Vilio fueron acompañados por Escipión el Africano, el cual es el que se entrevistó con Aníbal.

Desde Éfeso, Publio Vilio siguió adelante hasta Apamea. Antíoco, enterado de la llegada del delegado romano, acudió también allí a su encuentro. El debate entre los reunidos en Apamea fue prácticamente el mismo que el que había habido en Roma entre Flaminino y los embajadores del rey.

La noticia de la muerte de Antíoco, el hijo del rey, que había sido enviado a Siria, interrumpió las conversaciones. Durante varios días el palacio real se entregó a los funerales, y Publio Vilio, por temor a ser un visitante inoportuno en un momento poco apropiado, se dirigió a Pérgamo.

Antíoco discutió sus planes en privado con su amigo Minión; el rey no iba a recibir a los embajadores romanos por lo que le encargó la tarea a su amigo.

Publio Vilio y Publio Sulpicio, ya restablecido de su enfermedad, fueron citados en Éfeso por Minión. Tras mucho hablar no se llegó a ningún acuerdo; sin haber conseguido ni concedido nada, los delegados regresaron a Roma tal como habían venido, sin saber a qué atenerse en ninguna cuestión.

Antíoco, una vez que se habían marchado los romanos, trató en consejo el tema de la guerra con Roma.

Un macedonio llamado Alejandro, amigo del rey Filipo en otro tiempo, experto en las cuestiones de Grecia y aceptable conocedor de las romanas, dio por sentado que el tema del debate no era si procedía hacer la guerra o no, sino dónde y de qué manera había que hacerla. Asegura que él preveía una victoria incuestionable si el rey pasaba a Europa y tomaba algún lugar de Grecia como base para las operaciones bélicas; en principio iba a encontrar ya en armas a los etolios.

Nabis, partiendo del Peloponeso, distraería la atención tratando de recuperar la ciudad de Argos e intentando reconquistar las ciudades costeras de donde lo habían desalojado los romanos; desde Macedonia, Filipo empuñaría las armas en cuanto se iniciasen las hostilidades. También había que enviar a Aníbal a África sin dilación para dividir la atención de los romanos.

Aníbal, excluido en un principio del consejo por haber suscitado sospechas por su entrevista con Escipión, consiguió convencer a Antíoco de su fidelidad a la causa contra los romanos. Del consejo se sale con la idea de que habría guerra.

Situación en Grecia

Mientras tanto, los etolios, tras la retirada de Grecia de los romanos, al principio habían concebido esperanzas de que Antíoco se adueñaría de una Grecia desocupada, y que tampoco Filipo o Nabis tirano de Esparta permanecerían pasivos. Cuando vieron que en ninguna parte se producía ningún movimiento convocaron una asamblea en Naupacto. La principal queja que se expuso fue que los etolios eran, de todos los pueblos y ciudades de Grecia, los menos recompensados.

Decidieron enviar embajadores a los reyes de su entorno no solo para sondear sus intenciones, sino además para impulsarlos, con estímulos apropiados en cada caso, a una guerra contra Roma. Damócrito recibió la misión de entrevistarse con Nabis de Esparta, Nicandro lo haría con Filipo de Macedonia, mientras que la principal embajada recayó en Dicearco, que debía reunirse con el rey Antíoco III Megas.

La Liga Aquea no se decidió inicialmente a entrar en guerra hasta esperar una respuesta de Roma. Reunidos en asamblea todos votaron por ir contra Nabis aunque la llegada de una carta de Flaminio aplazó momentáneamente las acciones pues les decía que esperasen la llegada del pretor Aulo Atilio y la flota a su cargo. La última palabra era de Filopemén, estrategos de la Liga.

Filopemen convenció a la asamblea de que se iniciase inmediatamente la guerra.
El estrategos aqueo fue derrotado inicialmente en un combate naval por la flota de Esparta. Nabis, dominando el mar, quería cerrar los pasos terrestres situando tropas estratégicamente, pero en ese campo era superior Filopemen, que tras derrotar al tirano partió hacia Laconia a devastar las tierras. Convencido de que la única manera de levantar el asedio de Gitión era atacar Esparta, marcha hacia allí. Nabis, después de tomar Gitión, se dirige al encuentro del aqueo siendo derrotado en varias ocasiones y acabando encerrado tras las murallas de Esparta.

Filopemen se dedica durante 30 días a devastar los campos de Laconia y regresó a su tierra dejando debilitadas y casi destrozadas las fuerzas del tirano.

Mientras se desenvolvía la guerra, los delegados romanos recorrieron todas las ciudades aliadas para contrarrestar la propaganda etolia. Primero se dirigen a Atenas, luego a Calcis, después a Demetriade en donde se convocó una asamblea. Aquí tuvieron que medir mucho lo que se iba a decir, pues gran parte de los asistentes eran partidarios por entero de Antíoco y de los etolios.

Toda Grecia estaba pendiente de la llegada de noticias sobre Antíoco. Los etolios queriendo provocar un cambio en la situación tomaron la decisión de ocupar Demetriade, Calcis y Esparta. Demetriade pasó inmediatamente a manos etolias. A Esparta se enviaron 1.000 hombres con la escusa de ayudar al tirano; Nabis cayó en la trampa y fue asesinado, pero los etolios fueron repelidos de la ciudad incorporándose los ciudadanos a la Liga Aquea. Calcis se negó a abandonar el bando romano.

Por esas fechas llega Aulo Atilio a Giteo con 24 quinquerremes.

A Antíoco lo retenían las ciudades de Esmirna, Alejandría de Tróade y Lampsaco. Hasta entonces se había sido incapaz de tomarlas bien por la fuerza o bien conpromesas; no quería dejarlas a sus espaldas cuando pasara a Europa. Al conocer la noticia de que Demetriade había pasado a manos etolias ya no esperó más.

Situación en Roma

En el año 192 AC, fueron elegidos para en mando en Hispania los pretores Marco Bebio Tánfilo (la Citerior) y Aulo Atilio Serrano (la Ulterior). Pero en virtud de un decreto del senado respaldado por un plebiscito, se le asigna a Aulo Atilio el mando de una flota para Grecia y a Marco Bebio la provincia del Brucio.

Para el Brucio se enviarían dos legiones y se exigiría de los aliados 15.000 infantes y 500 jinetes. Se ordenó construir 30 quinquerremes, sacar de los astilleros las naves viejas si había alguna que pudiera servir, y enrolar soldados de marina; además se dió orden a los cónsules de que entregasen para la flota 2.000 aliados y latinos así como 1.000 romanos de infantería.

Se comentaba que estos dos pretores y sus dos ejércitos, el de tierra y el naval, estaban preparados para hacer frente a Nabis, que estaba ya atacando abiertamente a los aliados del pueblo romano; pero en realidad se estaba esperando a los diputados enviados a Antíoco.

Mientras el año transcurría, en Roma, rumores de los que nadie se hacía responsable mezclaban muchas noticias falsas con las verdaderas. Entre otras circula el de que tan pronto como Antíoco llegase a Etolia, iba a enviar a Sicilia una flota inmediatamente. Por ello el senado, a pesar de que había enviado ya a Grecia al pretor Atilio con una flota, envió a Grecia como delegados a Tito Quincio, Gneo Octavio, Gneo Servilio y Publio Vilio. También se decidió que Marco Bebio traslade sus legiones desde el Brucio a Tarento y Brundisium, y que, si las circunstancias lo requerían, hiciera la travesía desde allí a Macedonia. En Sicilia se toman también medidas urgentes en el caso de que hubiera que defender la costa.

Átalo, hermano del rey Éumenes de Pérgamo, trajo la noticia de que el rey Antíoco había cruzado el Helesponto con un ejército, y que los etolios se estaban preparando para estar movilizados en el momento de su llegada.

El año tocaba ya a su fin, y de día en día iban en aumento los rumores de guerra con Antíoco así como la preocupación de los senadores, por ello, se comenzó a tratar la cuestión de las provincias de los magistrados designados, para que todos estuviesen más en alerta.

Se decidió que las provincias de los cónsules fuesen en Italia y aquella que el Senado acordase enviar contra el rey Antíoco. Se le asignarían 4.000 soldados romanos de infantería y 300 de caballería, y 6.000 aliados latinos y 400 jinetes como refuerzo, del ejército que tenía el pretor Marco Bebio Tánfilo. Se encargó al cónsul Lucio Quincio Flaminino que lleve a cabo su reclutamiento, para que nada impidiera al nuevo cónsul entrante partir inmediatamente hacia el destino que hubiese decidido el Senado.

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Legión romana siglo II AC. (1) vélite; (2) hastati; (3) príncipe; (4) Triario. Autor J. Redondo

Llegada de Antíoco III a Grecia

Antíoco partió hacia Grecia con una flota de 40 naves cubiertas y 60 descubiertas, seguido de 200 de transporte con provisiones de todas clases y otro tipo de material bélico. Primero puso rumbo a la isla de Imbros; de allí cruzó a Esciatos, donde reagrupó las naves que se habían dispersado en alta mar y llegó a Pteleo. Allí acudieron a encontrarse con él desde Demetriade Euríloco y los dirigentes de los magnetes. Satisfecho de que fueran tantos, al día siguiente hizo su entrada en el puerto de la ciudad con la flota y desembarcó las tropas no lejos de allí. Había llevado tan solo 10.000 soldados de infantería, 500 jinetes y 6 elefantes, fuerzas apenas suficientes para ocupar una Grecia indefensa, pero no para afrontar una guerra contra Roma.

Los etolios, nada más recibir la noticia de que Antíoco había llegado a Demetriade, convocaron una asamblea general y elaboraron un decreto invitándolo. El rey había salido ya de Demetriade, porque sabía que tomarían esa decisión y llegó hasta Fálara, en el golfo Malíaco. Tras recibir el decreto marchó de allí a Lamia, siendo recibido por la multitud con enorme entusiasmo entre aplausos y aclamaciones. Se estimó que lo mejor era dirigirse primero hacia Calcis en la isla Eubea. Cuando llegó, toda la isla de Eubea se pasó al bando del rey Antíoco, tenía así la impresión de haber iniciado la guerra con muy buen pie.

En la primavera de 191 AC, llegaron a Roma los embajadores de los reyes Filipo y Ptolomeo. Filipo se comprometía a enviar tropas, dinero y trigo para la guerra; Ptolomeo también enviaba 1.000 libras de oro y 20.000 de plata. Nada de eso fue aceptado. Se les dio las gracias a los reyes, y como ambos se ofrecían a ir a Etolia con todas sus tropas e intervenir en la guerra. Se declinó el ofrecimiento de Ptolomeo y se respondió a los embajadores de Filipo que si no dejaba desasistido al cónsul Manio Acilio se ganaría el reconocimiento del senado y el pueblo romano.

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Movimientos y batallas antes de la batalla de Magnesia

Batalla de las Termóplias (191 AC)

Movimientos previos

En el 191 AC, entraron en funciones los cónsules Publio Cornelio Escipión Nasica y Manio Acilio Glabrión, siendo este último enviado a Grecia.

Durante el invierno Antíoco intentó recabar el apoyo de las ciudades y pueblos enviando mensajeros y acudiendo en persona. Algunas embajadas se dirigieron a él por propia iniciativa como la de los epirotas y de los eleos.

Después de una ofensiva inicial sobre Tesalia en la que se rindieron algunas plazas a Antíoco, Marco Bebio Tánfilo (en calidad de pretor) unió sus tropas con las del rey Filipo e iniciaron una contraofensiva.

Las ciudades tomadas por Antíoco se rindieron una tras otra. En Pelineo pusieron cerco a la ciudad, que estaba defendida por una guarnición de 500 infantes y 40 jinetes al mando de Filipo de Megalópolis. Viendo la posibilidad de que podían sitiar dos plazas simultáneamente, se acordó que el rey Filipo se dirigiera a Limneo mientras que Bebio Tánfilo se quedase a sitiar Pelineo (Pelina en latin).

Fue en aquella época cuando el cónsul Manio Acilio Glabrión llegó a Grecia al mando de 20.000 infantes, 2.000 jinetes y 15 elefantes. Ordenó a los tribunos militares que marchasen con la infantería hacia Larisa mientras que él se dirigió con la caballería a Limneo para reunirse con el rey Filipo. Con la llegada del cónsul, la rendición de Limneo fue inmediata. De allí marcharon hacia Pelineo en donde se rindieron los atamanes y la guarnición macedonia de Megalópolis.

Manio Acilio marchó a Larisa con la intención de discutir allí las líneas generales de la guerra. Las ciudades de toda la región comenzaron a pasarse a los romanos, en especial los atamanes, a los cuales se les trató con indulgencia para ganarse la adhesión de todo su pueblo. Como el primer objetivo de Manio Acilio era apoderarse de Atamania (Filipo estaba muy interesado también en hacerse con esta región) llevó a su ejército en aquella dirección con los prisioneros en vanguardia; estos influyeron entre sus conciudadanos resaltando y aclamando la generosidad y la clemencia del rey Filipo. El resultado es que toda Atamania quedó bajo la autoridad macedonia; Filipo empezaba a recibir el pago de su apoyo a Roma.

Manio Acilio se detuvo en Larisa algunos días para dar descanso a los animales de carga, agotados por la travesía marítima y las marchas posteriores; con un ejército ya descansado siguió la marcha hasta Cranón. A su paso se rindieron Fársalo, Escotusa y Feras, así como los soldados de Antíoco que se encontraban allí de guarnición. A continuación recuperó Proerna y las posiciones fortificadas de sus alrededores, iniciando después una marcha hacia el golfo Malíaco. Cuando se acerca a las gargantas sobre las que está situada Táumacos fue atacado desde las alturas; Acilio destacó a un tribuno con dos manípulos para que cortasen el acceso de regreso a la ciudad de los atacantes y, adelantándose rápidamente, se apoderaron de una Taumacos indefensa. Los emboscados se percatan de la situación y corrieron hacia la ciudad siendo masacrados por los dos manípulos situados a cerrarles el camino.

Al día siguiente Acilio marchó hacia el río Esperqueo y desde allí saqueó los campos de Hípata (ya en territorio de la Liga Etolia).

El rey Antíoco, que se encontraba en Calcis, envió mensajeros a los etolios para que movilizasen a todos los hombres que pudieran y se reunieran con él en Lamia hacia donde se dirigía al frente de 10.000 soldados y 500 jinetes. Al llegar al punto de reunión, el rey descubrió que el número de efectivos concentrados no era el esperado.

Desarrollo de la batalla

Antíoco estableció su campamento dentro del desfiladero de las Termópilas, añadiendo defensas para dificultar el paso. Lo fortificó todo con doble empalizada y foso e incluso con un muro donde la situación lo requería. Empleó para ello las piedras que había en gran abundancia. Después, plenamente confiado en que el ejército romano jamás atacaría por allí, envió una parte de los 4.000 etolios (esa era la cifra que se había reunido en Lamia) a ocupar la ciudad de Heraclea, situada justo delante del desfiladero; y otra parte la envió a Hípata, pues estaba convencido de que Manio Acilio atacaría Heraclea.

Manio Acilio devastó primero el territorio de Hípata y luego el de Heraclea, resultando ineficaz en ambos casos la ayuda de los etolios, y después acampó en el mismo desfiladero, junto a las fuentes termales, enfrente del rey. Los dos destacamentos etolios se encerraron en Heraclea.

Antíoco temiendo que Acilio descubriese algún sendero por donde rebasarle. Envió a Heraclea un mensaje a los etolios para que ocupasen y bloqueasen las cimas de los montes de alrededor, para que los romanos no pudiesen pasar por ningún sitio. Cuando los etolios oyeron el mensaje, surgieron disensiones entre ellos. Unos estimaban que se debía obedecer la orden del rey y acudir, y otros, que había que permanecer en Heraclea a la espera de resultados, para tener dispuestas tropas frescas con que prestar ayuda a sus ciudades vecinas si el rey era vencido por el cónsul. Si él resultaba vencedor, para perseguir a los romanos cuando huyesen en desbandada. Finalmente, llegaron a un acuerdo, 2.000 se quedarían en Heraclea, y los otros 2.000, repartidos en tres grupos, ocuparían las crestas de Calídromo, Roduncia y Tiquiunte.

Cuando el cónsul vio que las alturas estaban ocupadas por los etolios, envió a los legados consulares Marco Porcio Catón y Lucio Valerio Flaco con 2.000 hombres de infantería cada uno a los puntos fuertes de los etolios: Flaco iría a Roduncia y Tiquiunte, y Catón al Calídromo. Él dio una breve arenga a sus fuerzas recordándolos que el desfiladero del río Aoo era más difícil de salvar, este y Flaminio ya lo había hecho, así es que debían atacar para distraer a los enemigos mientras cruzaba el resto. Al despuntar el día dio la señal de combate y el cónsul formó al ejército en orden de batalla con un frente estrecho, a tenor de la configuración del terreno.

Antíoco, nada más avistar las enseñas de los romanos, formó también él sus tropas. Colocó parte de la infantería ligera en primera posición, delante de la empalizada; a continuación, como bastión alrededor mismo de las defensas, situó lo mejor de sus tropas, los llamados sarisóforos. Junto a estos, en el flanco izquierdo, al pie mismo de la montaña situó una unidad de lanzadores de venablos, arqueros y honderos, con la misión de hostigar el flanco descubierto del enemigo desde su posición más elevada. Desde la derecha de los sarisóforos hasta el final mismo de las fortificaciones, dondeel fango pantanoso y las arenas movedizas cierran una zona intransitable hasta el mar, colocó los elefantes con la habitual protección acorazada; detrás de ellos, la caballería, y a continuación, dejando un breve espacio, el resto de las tropas en la segunda línea.

El cuerpo principal de la infantería situado delante de la empalizada, al principio contuvo sin dificultad a los romanos que intentaban penetrar por todas partes; contaban con la valiosa ayuda de los situados en la posición más elevada, que disparaban una lluvia de piedras, flechas y venablos.

Llegó un momento en el que la presión de los romanos se hizo incontenible y las primeras filas seleúcidas fueron desalojadas de sus posiciones, siendo obligados a retroceder en formación hasta dentro de las fortificaciones; desde el vallado formaron una especie de segunda empalizada poniendo por delante sus sarisas; la altura proporcionaba una posición de combate más elevada y, debido a la longitud de las lanzas, contuvieron el empuje romano.

Muchos fueron atravesados al escalar temerariamente la empalizada cuando de repente, sobre la colina que dominaba el campamento, apareció Marco Porcio Catón, que venía de la cima del Calídromo, tras desalojar de ella a los etolios y dar muerte a la mayor parte de ellos.

Lucio Valerio Flaco no había corrido la misma suerte en el Tiquiunte y el Roduncia, posiciones a las que había intentado llegar en vano, siendo repelido.

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Batalla de las Termópilas 191 AC. Entre el ejército seléucida de Antíoco III y el ejército romano mandado por Manio Acilio. Lucio Marco Porcio Catón con 2.000 efectivos derrotó los etolios en Calídromo y continuación atacó por retaguardia al ejército seléucida situado en las Termópilas. Autor Jason Juta

Las tropas de Antíoco confundieron en un principio a los soldados de Marco Porcio con los etolios, pero cuando se percatan de su equivocación al identificar desde cerca las enseñas, arrojaron las armas y emprendieron la huida.

Los romanos se vieron obstaculizados por las fortificaciones, por la angostura del valle que era preciso atravesar en la persecución; y sobre todo porque al final de la columna iban los elefantes, y si resultaba difícil para los de a pie, era casi imposible para los caballos, que se espantaban y provocaban entre ellos una confusión mayor que en un combate.

El campamento del rey fue saqueado y se persiguió a sus tropas hasta Escarfea.

Al regresar los romanos a su campamento se percataron de que este había sufrido un ataque, durante el transcurso la batalla por los etolios de la guarnición que ocupaba Heraclea, sin que hubiesen conseguido entrar.

A la noche siguiente el cónsul envió por delante a la caballería en persecución de Antíoco, y al amanecer puso en movimiento a las legiones.

El rey llevaba bastante ventaja, pues hasta llegar a Elacia no detuvo su desenfrenada carrera; allí reagrupó a los supervivientes de la batalla y de la huida, y con un reducido grupo de hombres casi desarmados se refugió en Calcis. La caballería romana no dio alcance al rey hasta alcanzar Elacia, pero cayó sobre gran parte de sus hombres cuando se detenían extenuados o se dispersaban y extraviaban.

De todo el ejército seleúcida, solamente se salvaron los 500 que acompañaban al rey.

Los romanos tuvieron 150 bajas en la batalla propiamente dicha y no más de 50 en la defensa contra el asalto de los etolios.

Antíoco partió de Calcis cuando el cónsul estaba a punto de llegar, puso rumbo a Teno primeramente y cruzando después a Éfeso. A la llegada de Manio Acilio a Calcis se le abrieron las puertas a la vez que todas las ciudades de Eubea se rindieron sin oponer resistencia.

Movimientos posteriores

Antíoco partió de Calcis cuando el cónsul estaba al llegar, poniendo rumbo a Teno primeramente y cruzando después a Éfeso. A la llegada de Manio Acilio a Calcis se le abrieron las puertas a la vez que todas las ciudades de Eubea se rindieron sin oponer resistencia.

En cuanto a los etolios, Manio Acilio comenzaba las tareas de asedio de Heraclea, tomando la ciudad tras una largo periodo de tiempo y duros combates. Los etolios pidieron una tregua para iniciar negociaciones. Se les concedió un tiempo para someter a votación los términos de paz. Manio Acilio enterado de que no había planes de finalizar los combates, y de que los etolios se habían concentrado en Naupacto para llevar desde allí todo el peso de la guerra; envió a Apio Claudio por delante con 4.000 hombres para ocupar las cumbres en los puntos donde los pasos montañosos eran difíciles.

El rey Filipo preguntó al cónsul, que partía hacia Naupacto, si quería que él, mientras tanto, reconquistase las ciudades que habían abandonado la alianza con Roma. Una vez obtenida la autorización, avanzó con sus tropas hacia Demetriade.

Flaminino, que realizaba labores de mediación por todo el territorio griego, viendo que el asedio de Naupacto duraba ya dos meses, Pidió a Acilio encargarse de la situación en Naupacto. Pidió hablar con los etolios y les sugirió que solicitasen una tregua lo bastante larga como para poder enviar embajadores a Roma y entregarse a la discreción del Senado. Los etolios aceptaron y Manio Acilio no rechazó los términos de la tregua.

Tras determinar la fecha en la que pudiese estar de vuelta de Roma una delegación con la respuesta, se levanta el asedio y se envió el ejército a la Fócida para pasar el invierno.

Batalla naval de Korokos (191 AC)

Antecedentes

Mientras tanto en el mar, el pretor Cayo Livio, prefecto de la flota romana, partió de Roma con 50 naves cubiertas en dirección a Nápoles, donde había ordenado a los aliados de la costa que concentraran las naves descubiertas que debían de acuerdo con el tratado. Desde allí puso rumbo a Sicilia. Cuando deja atrás el estrecho de Messina recibió 6 naves púnicas enviadas como refuerzo y reclama a los regios, los locrenses y los aliados del mismo estatuto las naves a que estaban obligados.

Después de pasar revista a la flota frente a Lacinio (a la entrada del golfo de Tarento) puso rumbo a mar abierto.
Llegó a Corcira, la primera ciudad de Grecia donde ancló. Se informó acerca de la marcha de la guerra y del paradero de la flota romana. Cuando se enteró de que el cónsul y el rey habían tomado posiciones cerca del desfiladero de las Termópilas y de que la flota romana estaba fondeada en el Pireo, pensaba que había todos los motivos para darse prisa y siguió adelante costeando el Peloponeso. De camino arrasó Same (Cefalonia) y Zacinto porque habían preferido pasarse al bando de los etolios, puso rumbo a Malea, y disfrutando de una travesía favorable llegó en pocos días al Pireo, junto a la flota romana.

Cerca de Escileo, el Rey Éumenes salió a su encuentro con 3 navíos; había permanecido largo tiempo en Egina dudando entre volver para defender su reino (pues le llegaron rumores de que Antíoco estaba preparando fuerzas navales y terrestres en Éfeso) o permanecer con los romanos.

Aulo Atilio entregó a su sucesor 25 naves provistas de cubierta (de ellas, 24 eran quinquerremes) y partió hacia Roma desde el Pireo.

Cayo Livio hizo la travesía hasta Delos con 81 naves cubiertas y muchas otras de menor tamaño, unas descubiertas y con espolón y otras de reconocimiento sin espolón.

Los vientos contrarios retuvieron a Livio durante varios días en Delos.

Movimientos preliminares

Antíoco, en Éfeso, estaba muy tranquilo con respecto a la guerra con Roma dando por hecho que los romanos no pasarían a Asia. Una buena parte de sus amigos, por error o por adularlo, alimentaban esta seguridad. Únicamente Aníbal, permanecía excéptico ante la situación. Ante las preguntas del rey, el cartaginés afirmó estar sorprendido de que los romanos no estuvieran ya en Asia.

Desde hacía tiempo la flota seléucida se encontraba en las proximidades de Malea. El rey había oído que recientemente habían llegado de Italia nuevas naves y un nuevo almirante para dirigir las operaciones.

El propio rey, con las naves que estaban preparadas y equipadas, se dirigió al Quersoneso para reforzar aquella zona por si los romanos llegaban por tierra. Ordena a Polixénidas que alistase y botase el resto de la flota. Por otro lado mandó naves de exploración para hacer un reconocimiento completo en torno a las islas.

Polixénidas informado por las naves de reconocimiento, de que la flota romana estaba fondeada en Delos, envió mensajeros al rey. Dejó lo que estaba haciendo en el Helesponto, regresó a Éfeso tan aprisa como pudo con las naves de espolón y celebra inmediatamente un consejo para decidir si se debía afrontar el riesgo de un combate naval.

Polixénidas opinaba que no había tiempo que perder, y que en todo caso era preciso combatir antes de que la flota de Éumenes y los navíos rodios se unieran con los romanos; de esta forma serían apenas inferiores en número y superiores en todo lo demás, tanto por la velocidad de las naves como por la diversidad de tropas auxiliares; las naves romanas, en efecto, rudimentariamente construidas, no tenían facilidad de maniobra, aparte de que, como venían a un país enemigo, llegaban cargadas de suministros, y, en cambio, las propias, como operaban en torno a su zona, no transportarían nada más qué soldados y armas; contarían además con la gran ventaja de su conocimiento del mar, de las costas y de los vientos, factores todos estos que crearían problemas a los enemigos por su desconocimiento.

El autor del plan, que además era quien iba a ponerlo en práctica, convenció a todos. Se emplearon dos días en los preparativos; al tercero partieron con 100 naves, 70 de las cuales eran cubiertas y las demás descubiertas, todas de tamaño menor, y pusieron rumbo a Focea. De allí, el rey, enterado de que la flota romana se estaba acercando ya, como no tenía intención de tomar parte en el combate naval se retiró a Magnesia, que está situada al pie del Sípilo, con el fin de reunir tropas de tierra; la flota se dirigió a Cisunte, puerto de Eritras, en la idea de que estaría mejor allí para esperar a los romanos.

Desarrollo de la batalla

En cuanto amainó el vienton, pues había soplado durante varios días ininterrumpidamente, los romanos partieron de Delos en dirección a Fanas, puerto de Quíos abierto al mar Egeo; desde allí dirigen las naves hacia la ciudad y después de aprovisionarse cruzan a Focea.

Éumenes marchaba a recoger su flota a Elea, y pocos días más tarde, con 24 naves cubiertas y un número algo superior de ellas descubiertas regresaba a Focea junto a los romanos, que se estaban preparando y equipando para el combate naval. Partieron de allí con 115 naves cubiertas y unas 50 descubiertas. Al principio, los vientos los empujaban de costado en dirección a tierra, y se veían obligados a navegar en estrecha fila, casi nave tras nave; luego, cuando amainó, tratan de llegar al puerto de Korykos, situado al norte de Cisunte.

Cuando Polixénidas recibió la noticia de que se estaba acercando el enemigo, se alegró de tener oportunidad de combatir, desplegó su ala izquierda hacia mar abierto, ordena a los capitanes de navío que desplegasen el ala derecha hacia tierra y marchara al combate con un frente en línea. Cuando Cayo Livio advirtió esa maniobra arrió las velas y bajó los mástiles al tiempo que recogía los aparejos y esperó a las naves que venían detrás.

Cuando hubo ya un frente de unas 30, para equilibrar con ellas el ala izquierda, izó las velas de proa y avanzó mar adentro ordenando a los que iban detrás que alinearan las proas cerca de tierra. Éumenes cerraba la formación, pero cuando comenzó el ajetreo de recoger los aparejos también puso sus naves a la mayor velocidad posible.
Estaban ya a la vista de todos. Dos navíos cartagineses iban delante de la flota romana, y les salieron al paso tres navíos del rey. Dada la desigualdad numérica, dos naves reales flanquean a una de ellas; primero barrieron los remos por ambos costados, y luego la abordaron, en el combate capturaron la nave después de arrojar al agua o dar muerte a sus defensores. La otra nave, que había ido al choque en igualdad, al ver que la primera había sido capturada, antes de verse rodeada por tres, retrocedió buscando refugio entre la flota.

Livio avanzó contra el enemigo con la nave pretoria. Las dos que habían rodeado a una de las cartaginesas se lanzaron contra la nave de Livio esperando el mismo resultado. En esta ocasión una nave sola abordó y capturó las dos mucho más fácilmente que antes las dos a una sola.

Ya se había producido también el choque entre las flotas en toda la línea, y se combatía en todas partes con las naves entremezcladas. Éumenes llegó cuando ya se había iniciado la batalla; en cuanto advirtió que Livio había desorganizado el flanco izquierdo enemigo, atacó a su vez el flanco derecho, donde la lucha estaba equilibrada. El ataque propició la huida, primero desde el flanco izquierdo. Cuando Polixénidas vio que las naves enemigas eran claramente superiores, izó las velas de proa y emprendió una huida en desbandada. Muy pronto lo hicieron también los que habían trabado combate contra Éumenes cerca de tierra. Los romanos y Éumenes los persiguieron mientras los remeros pudieron aguantar y mantuvieron esperanzas de castigar su retaguardia. Cuando vieron que los vanos intentos de sus naves cargadas con los suministros eran burlados por la velocidad de las otras, dada su ligereza, acabaron por desistir después de capturar 13 naves con sus soldados y remeros y de hundir otras 10. De la flota romana se perdió únicamente la nave cartaginesa que había sido cogida en medio otras dos al principio de la batalla. Polixénidas no cesó en su huida hasta el puerto de Éfeso.

Los romanos permanecieron ese día en el lugar, y al día siguiente intentaron la persecución del enemigo. A mitad del recorrido salieron a su encuentro 25 naves rodias provistas de cubierta con el prefecto de la flota Pausistrato, que se unieron a las suyas. Juntos persiguieron al enemigo hasta Éfeso y se alinean frente a la bocana del puerto en formación de combate.

Tras obligar a los enemigos a reconocer claramente su derrota, Cayo Livio envía a casa a los rodios y a Éumenes; rumbo a Quíos los romanos dejaron atrás primero el puerto de Fenicunte, en territorio de Eritrea, echan anclas por la noche, y al día siguiente pasan a la isla, cerca de la ciudad misma. Allí estuvieron detenidos unos cuantos días, para que repusieran fuerzas los remeros, e hicieron la travesía hasta Focea. Dejando allí 4 quinquerremes como guarnición de la ciudad, la flota llega a Canas, y como ya se acercaba el invierno sacaron las naves a tierra rodeándolas de un foso y una empalizada.

Entrada creada originalmente por Arre caballo! el 2022-01-19. Última modificacion 2022-01-19.
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