Edad Antigua Guerras Macedónicas Batalla de Magnesia (190 AC)
Batalla de Magnesia (190 AC)

Preparativos romanos

En el año 190 AC, entraron en funciones los cónsules Lucio Cornelio Escipión a quién acompañaba su hermano Publio, y Cayo Lelio.

La primera cuestión que trató el Senado fue la de los etolios. Sus enviados insistieron en ser atendidos primero porque tenían un período de tregua corto, y además los apoyaba Flaminino, que había regresado de Grecia a Roma.

Los etolios adoptan un tono de súplica, contrapesando con sus antiguos servicios su mal comportamiento reciente. Pero mientras duraba su presencia, los senadores los acosaron a preguntas desde todas partes tratando de arrancarles, más que respuestas, el reconocimiento de sus culpas, y cuando se les manda salir de la curia comenzó en el Senado un vivo debate.

Después de varios días de discusión, al fin se tomaron la decisión de no concederles ni negarles la paz. Se les ofreció una doble opción: atenerse a lo que el Senado, a su entera libertad, decidiera sobre su caso, o entregar 1.000 talentos y tener los mismos amigos y los mismos enemigos. Cuando quisieron saber en qué aspectos se pondrían a merced del Senado no se les dio una respuesta segura. Así, sin haber concluido la paz, fueron despedidos con órdenes de abandonar Roma el mismo día e Italia en el término de quince días.

A continuación se inicia el debate acerca de las provincias de los cónsules. Los dos querían Grecia. Cuando el Senado dispuso que los cónsules lleguen a un acuerdo entre ellos o echasen a suertes las provincias, Lelio manifestó que obrarían con mejor criterio confiando la cuestión a la decisión de los senadores en vez de a la suerte. Escipión, a su vez, después de responder que pensaría lo que debía hacer, habla a solas con su hermano (el Africano). Este le aconseja que confíe en el Senado sin miedo, por lo que comunica a Cayo Lelio que se haría lo que él proponía.

El sistema propuesto era irregular. Publio Cornelio Escipión Africano declaró que si decidían que Grecia fuese la provincia de su hermano Lucio Escipión, él lo acompañaría como legado. Estas palabras zanjaron la cuestión. Casi por unanimidad se le asignó Grecia a Escipión, y a Lelio Italia.

Lucio Cornelio Escipión, además de serle asignadas las dos legiones que tenía Manio Acilio en Grecia; recibió como complemento 3.000 infantes y 100 jinetes romanos y 5.000 infantes y 200 jinetes latinos, con la disposición adicional de que, tras su llegada a la provincia, si lo estimaba conforme a los intereses del Estado, trasladase el ejército a Asia.

Aulo Cornelio Mámula, el pretor del año anterior, que había estado ocupando el Brucio con su ejército, recibió orden de trasladar sus legiones a Etolia, si el cónsul así lo estimaba, y entregárselas a Manio Acilio en caso de que este quisiera quedarse allí; si Acilio prefería volver a Roma, se quedaría Aulo Cornelio en Etolia en calidad de propretor con ese ejército.

El cónsul Lucio Cornelio, una vez llevado a cabo lo que debía hacerse en Roma, hizo saber, delante de la asamblea, que los soldados alistados por él como complemento más los que estaban en el Brucio con el pretor Aulo Cornelio debían concentrarse todos en Brundisium el día 15 de julio. También nombró tres legados, Sexto Digicio, Lucio Apustio y Cayo Fabricio Luscino, para que se hicieran cargo de las naves de todos los puntos de la costa y las reunieran en Brundisium.

Cerca de 5.000 voluntarios, romanos y aliados, que habían cumplido su servicio a las armas con el Africano como general, se presentaron al cónsul cuando partía y se reengancharon.

El pretor Lucio Emilio Regilo, al que se le había asignado el mando de la flota, recibió instrucciones de que el pretor del año anterior, Marco Junio, le entregase 20 navíos de guerra con su marinería; él personalmente enrolaría 1.000 soldados de marina y 2.000 de infantería; con estas naves y estos soldados zarparía para Asia y se haría cargo de la flota de Cayo Livio.

Los emisarios etolios cuando regresaron de Roma, informaron de que no había ninguna esperanza de paz, ocuparon el monte Córace para cortar el paso a los romanos, pues no dudaban de que volverían al comienzo de la primavera para atacar Naupacto. Acilio, como sabía que era eso lo que se esperaba, considera preferible dar un golpe inesperado y atacar Lamia, pues Filipo había llevado a sus habitantes al borde de la aniquilación y además se podía caer sobre ellos por sorpresa precisamente porque no temían nada parecido. Partiendo de Elacia, primero acampó en las cercanías del río Esperqueo; luego se puso en movimiento por la noche, y al amanecer rodea las murallas de Lamia y atacó. Sin embargo, aquel día, la ciudad logró resistir.

Después de realizar otro asalto con todos sus efectivos, Manio Acilio tomó Lamia. Puso en venta una parte del botín y repartió el resto; después celebra consejo para decidir qué hacer a continuación. Nadie se pronunció a favor de marchar sobre Naupacto, al estar ocupado por los etolios el desfiladero del Córace. No obstante, para evitar la inactividad durante el verano y evitar que, debido a las propias vacilaciones, los etolios tuvieran igualmente la paz que no habían conseguido del Senado, Acilio decidió atacar Anfisa. El ejército partió de Heraclea cruzó el río Eta y estableció el campamento cerca de las murallas, pero no intentó el ataque, sino que rodeó la ciudad con obras de asedio.

Golpearon las murallas con arietes y se abrieron brechas en muchos puntos; fue entonces cuando llegó la noticia de que su sucesor, Lucio Cornelio, había desembarcado las tropas en Apolonia y marchaba a través del Épiro y Tesalia con 13.000 hombres de infantería y 500 de caballería.

Llegada de los Escipiones a Grecia

En efecto, Lucio Cornelio había llegado al golfo Malíaco; envió por delante emisarios a Hípata para instar a sus habitantes a que rindieran la ciudad; y ante su respuesta de que no harían nada sin una decisión de toda la comunidad etolia, para evitar que el asedio de Hípata lo entretuviera cuando Anfisa aún no había sido tomada, envió por delante a su hermano el Africano y él avanza hacia Anfisa. A su llegada, los habitantes abandonan la ciudad, pues gran parte de la misma estaba ya desguarnecida de muralla, y todos ellos se retiran a la ciudadela, que consideraban inexpugnable.

El cónsul instala el campamento a unas 10 km de distancia. Hacia allí se dirigieron unos embajadores atenienses para mediar en favor de los etolios. Recibieron una respuesta más comprensiva del Africano, que buscaba una excusa honrosa para dejar la guerra etolia, con las miras puestas en Asia: este pidió a los atenienses que tratasen de convencer también a los etolios, de que era preferible la paz a la guerra.

Enseguida, gracias a las presiones de los atenienses, llegó una numerosa diputación etolia procedente de Hípata, y sus esperanzas de paz se incrementan tras una entrevista con el Africano, al que se dirigieron en primera instancia; este les recordó que se habían puesto bajo su protección muchos pueblos y que en todos ellos había dejado testimonios de su clemencia y bondad. Cuando parecía que la cuestión estaba resuelta, el cónsul, al que fueron a ver, les dio la misma respuesta con la que habían sido despedidos del senado. Afectados por ella, pues veían que no había servido de nada ni la embajada de los atenienses ni la tranquilizadora respuesta del Africano, dijeron que querían consultar con los suyos.

Luego regresan a Hípata, y no se veía qué decisión adoptar, pues no había de dónde sacar 1.000 talentos para pagar, y si se entregaban a discreción, temían ser objeto de malos tratos físicos. Dispusieron, pues, que volvieran los mismos emisarios a presentarse al cónsul y al Africano y les pidieran que, si de verdad querían conceder la paz rebajaran la suma de dinero u ordenaran que la rendición incondicional no afectase a las personas de los ciudadanos.

No se consiguió que el cónsul cambiase en nada, y también esta embajada se despidió sin resultado. Los atenienses propusieron a los etolios que solicitasen una tregua de seis meses que hiciera posible el envío de embajadores a Roma; un aplazamiento no empeoraría los males presentes, puesto que habían llegado al límite, y poniendo tiempo por medio podían ocurrir muchas circunstancias que paliasen la calamitosa situación del momento. A propuesta de los atenienses se envía a las mismas personas; se reunieron primero con el Africano, y por mediación suya consiguieron del cónsul una tregua de la duración que pedían.

Levantado el asedio de Anfisa, Manio Acilio dejó la provincia después de entregar el ejército al cónsul; este, desde Anfisa, se dirigió de nuevo a Tesalia con intención de marchar hasta Asia atravesando Macedonia y Tracia.

Convenía antes de emprender la marcha sondear la disposición de ánimo del rey Filipo V de Macedonia. Se elige para ese cometido a Tiberio Sempronio Graco; este llega a Pela en donde se entrevistó con el rey. Al siguiente día vio preparadas para el ejército provisiones abundantes, construyeron puentes sobre los ríos, y se arreglaron los caminos por donde era difícil el paso. A su regreso se encontró con el cónsul en Taumacos. Satisfecho con la aptitud del rey, Lucio Cornelio se dirigió a Macedonia, donde estaba todo preparado. Desde allí, Filipo lo acompaña a través no solo de Macedonia sino de Tracia y lo tuvo todo a punto, hasta que llegaron al Helesponto.

Preparativos de Antíoco

Antíoco había tenido libre todo el invierno para prepararse por tierra y por mar; había dedicado especial atención al carenado de la flota, para no verse privado por completo del control naval. Pensaba en que había sido derrotado sin que estuviera presente la flota rodia. Envía a Aníbal a Siria a buscar naves fenicias y dio instrucciones a Polixénidas de que se reparasen cuanto antes las naves que quedaban y preparase otras nuevas.

El rey pasa el invierno en Frigia reuniendo tropas auxiliares de todas las procedencias; incluso manda emisarios a Galacia (zona central de Anatolia).
Por otro lado, deja a su hijo en Eólide al mando de un ejército para contener a las ciudades costeras incitadas a la sublevación por el rey Éumenes de Pérgamo y por los romanos desde Focea.

El rey Éumenes, a mediados del invierno, con 2.000 soldados de infantería y 500 de caballería se presentó en Canas, lugar en el que invernaba la flota romana. Dijo que se podía sacar un gran botín del territorio enemigo de las cercanías de Tiatira, y a base de insistir convenció a Cayo Livio para que enviara con él 5.000 hombres. La expedición regresó a los pocos días con un enorme botín.

Entretanto, estalló un motín en Focea promovido por la facción proseleúcida de la ciudad. Los rodios enviaron hacia allí a su almirante Pausístrato con 36 navíos. Cayo Livio, que con 30 naves suyas y 7 cuatrirremes del rey Éumenes, iba ya rumbo al Helesponto desde Canas para preparar lo necesario con vistas al paso del ejército, que se suponía llegaría por tierra.

Cayo Livio primeramente enfiló con su flota el puerto llamado de los Aqueos (Achilleion). Desde allí subió a Ilion (Troya), y después de ofrecer un sacrificio en honor de Minerva escuchó amistosamente a las embajadas venidas de los países del contorno, desde Eleunte, Dárdano y Reteo para poner sus ciudades bajo su protección. Luego navegó hacia la entrada del Helesponto, dejó 10 naves fondeadas enfrente de Abidos, y con el resto de la flota cruza a Europa para atacar Sestos, aunque la ciudad se entrega sin resistencia.

A continuación retorna a Abidos, donde se habían establecido contactos para sondear la disposición de ánimo de los habitantes, y como no se recibió respuesta alguna de paz, se prepara para el asedio.

Batalla de Panormos 190 AC

Mientras Cayo Livio se hallaba en el Helesponto, Polixénidas, enterado de la presencia de Pausístrato en la zona, entabló contactos con él asegurándole que traicionaría a Antíoco (Polixénidas era un exiliado rodio) entregando la flota real entera o la mayor parte de la misma. Como precio por tan importante servicio, pedía únicamente su vuelta a la patria.

La trascendencia del asunto hizo que Pausístrato ni creyera ni desdeñara lo que había oído. Zarpó rumbo a Panormos, en tierra de Samos, y allí se detuvo para examinar el ofrecimiento que se le había hecho. Los mensajeros iban y venían, y Pausístrato no quedaba convencido hasta que Polixénidas, en presencia de un emisario suyo, escribió de su mano que haría lo que había prometido.

A partir de ahí se diseñó el plan de la falsa traición: Polixénidas dijo que no haría ningún preparativo; no tendría el número suficiente de remeros ni marinos para la flota; sacaría a tierra algunas naves con el pretexto de repararlas, y otras las repartiría por los puertos cercanos, y solamente mantendría unas pocas en el agua delante del puerto de Éfeso para enfrentarlas en combate si la situación exigía que salieran.
Pausístrato envió una parte de las naves a buscar suministros a Halicarnaso y otra parte a la ciudad de Samos, y él permaneció en Panormos a fin de estar preparado cuando recibiera del traidor la señal de ataque.

Al ponerse el sol, Polixénidas zarpó con 70 naves cubiertas y recaló en el puerto de Pigela (a unos 10 Km al S.O. de Éfeso). Esperó allí sin moverse todo un día; mientras tanto ordenó a un tal Nicandro, capitán de piratas, que se dirigiera de allí a Palinuro con 5 naves cubiertas y que luego condujera a los hombres por el camino más corto a través de los campos en dirección a Panormos, en la retaguardia del enemigo. Al caer la noche, Polixénidas se dirige a Samos.

Pausístrato quedó un tanto desconcertado al avistar la flota seleúcida, pues era una maniobra que no había previsto. Se repuso enseguida y, convencido de que se podía mantener a raya a los seléucidas más fácilmente por tierra que por mar, conduce a sus hombres en dos columnas hasta los promontorios que forman el puerto contando con alejar fácilmente desde allí al enemigo con disparos cruzados.

La aparición de Nicandro por el lado de tierra desbarató esa táctica, y cambiando bruscamente de planes ordenó que embarcase todo el mundo. Pero entonces se produjo una gran confusión tanto entre los soldados como entre la marinería, y se inició una especie de huida hacia las naves, al verse rodeados por mar y por tierra al mismo tiempo.

Pausístrato considera que la única vía de salvación era la posibilidad de forzar el paso a través de la entrada del puerto y salir a mar abierto. Cuando vio que habían embarcado sus hombres ordenó a los demás que le siguieran y marchó en cabeza, con su nave propulsada a fuerza de remos, se dirigió a la bocana del puerto. Cuando estaba ya rebasando la entrada, Polixénidas rodeó su nave con 3 quinquerremes. Golpeada por los espolones, la nave se hundió; sus defensores son acribillados con venablos, y entre ellos sucumbe también Pausístrato.

Las naves restantes fueron capturadas unas fuera y otras dentro del puerto, y algunas fueron apresadas por Nicandro cuando trataban de alejarse de tierra; solamente 5 naves rodias y 2 de Cos escaparon abriéndose paso entre el apelotonamiento de embarcaciones gracias al pánico provocado con llamas relucientes, pues llevaban delante gran cantidad de fuego en recipientes de hierro que pendían de dos pértigas sobresalientes por proa.

No lejos de Samos, unos trirremes de Eritrea se encontraron con las naves rodias que venían a escoltar, y como estas iban huyendo, viraron poniendo rumbo al Helesponto, al encuentro de los romanos.

Después del combate, Focea es entregada a traición al dejar abierta la guardia una de las puertas. Cime y otras ciudades de la costa se entregaron por miedo.

Bloqueo romano de Éfeso

Abidos había soportado el asedio durante bastantes días gracias a que defendía las murallas una guarnición del rey. Agotados por el cerco se entablaron negociaciones con Cayo Livio; fue entonces cuando llega la noticia de la derrota de la flota rodia.
Livio temía que Polixénidas, crecido por el éxito de una acción tan importante, cayera por sorpresa sobre la flota que se encontraba en Canas. Abandonó inmediatamente el asedio de Abidos y la vigilancia del Helesponto y echó al agua las naves que habían sido sacadas a tierra; Éumenes, por su parte, llega a Elea.

Livio se dirigió a Focea con toda la flota, a la que había incorporado dos trirremes mitilenas. Informado de que estaba ocupada la ciudad por una fuerte guarnición real y que no quedaba lejos el campamento de Seleuco, hijo de Antíoco, saqueó la costa, embarcó a toda prisa el botín y esperó hasta que Éumenes le diera alcance con su flota. Se dirigió a Samos a toda velocidad.

Desde Rodas se enviaron 10 navíos y se prepararon otros 10 para enviarlos pocos días después, todos al mando de Eudamo.

Los romanos y Éumenes primeramente ponen la flota rumbo a Eritrea. Se detienen allí solamente una noche, y al día siguiente llegan al promontorio de Córico. Como desde allí querían cruzar a la costa de Samos más cercana, no esperaron a que saliera el sol, que permitiría a los pilotos conocer el estado del cielo, y soltaron amarras en unas condiciones atmosféricas inciertas. A mitad de la travesía el viento nordeste cambió a norte, y el mar, agitado por el oleaje, comenzó a zarandearlos.

Polixénidas, suponiendo que la flota romana intentaría dirigirse a Samos para unirse con los rodios, esperó la oportunidad. Al ver a la flota dispersa por el temporal pensó que era el momento de atacar, pero al arreciar el viento y levantar olas más altas, se dio cuenta de que era imposible alcanzarlos. Aplazada la acción de atacar por separado parte de la flota romana, Polixénidas retornó a Éfeso.

A los pocos días se unieron las flotas romana y rodia y zarparon inmediatamente hacia Éfeso. Tomaron, posiciones formando las naves de proa hacia la entrada del puerto. Como nadie salió a hacerles frente, dividieron la flota; una parte quedó anclada en el mar a la salida del puerto, y la otra desembarcó sus tropas. Cuando estas llevaban un botín muy cuantioso después de devastar el territorio a lo largo y ancho, en el momento en que estaban ya cerca de las murallas; hizo una salida contra ellos un tal Andrónico, que estaba de guarnición en Éfeso, les arrebató buena parte del botín y los obligó a huir hacia el mar, a las naves.

Al día siguiente los romanos preparan una emboscada a mitad del camino y marchan en columna hacia la ciudad para tratar de atraer a Andrónico fuera de las murallas; pero este sospechó e impidió que nadie saliera, los romanos desengañados, regresaron a las naves.

Dado que las tropas del rey rehuían el combate tanto por mar como por tierra, Cayo Livio se retiró a Samos.

Intento romano de conquistar Pátara (Licia)

A la llegada de Lucio Emilio Regilo, se convocó un consejo para estudiar la situación. Al primero al que le pregunta fue a Cayo Livio. Este le dijo que había pensado bloquear la entrada del puerto de Éfeso hundiendo varias naves de transporte con mucho lastre. La propuesta no le parece bien a nadie.

Epícrates de Rodas opinaba que se debía enviar a Licia parte de las naves, desentendiéndose de Éfeso por el momento, e incorporar a la alianza a Pátara, la capital de la región. Añadió que esto sería de gran utilidad en dos sentidos: los rodios, con la pacificación de los territorios situados frente a su isla, podían concentrar sus energías exclusivamente en la atención a la guerra contra Antíoco, y en segundo lugar se impediría que la flota que se estaba preparando en Cilicia tomara contacto con Polixénidas. Esta propuesta fue la más aceptada; se decidió no obstante, que Lucio Emilio se trasladara a Éfeso con toda la flota para sembrar el pánico.

Cayo Livio, con 2 quinquerremes romanas, 4 cuadrirremes y 2 naves de Esmirna descubiertas, fue enviado a Licia con instrucciones de dirigirse primeramente a Rodas y preparar la acción. A su paso por Mileto, Mindo, Halicarnaso, Cnido y Cos, fue repartiendo las instrucciones oportunas. En Rodas todos aprobaron el ataque a Pátara. Después de reforzar la flota con 3 cuadrirremes, Cayo Livio parte para Licia.

Los territorios de Antíoco en la península de Anatolia estaban limitados en la parte septentrional por Galacia y Bitinia. Luego están Rodas y el reino de Pérgamo. Los romanos tenían a sus fuerzas terrestres en la zona del Helesponto preparadas para cruzar a Asia. La flota romana está operando desde la isla de Samos, cercanías de Eritras (actual península de Çeşme) y la costa de Pérgamo. Al norte de Éfeso, Antíoco contaba con pocas defensas y esa zona ya ha sido saqueada varias veces. Focea se había pasado al bando seleúcida, de ahí que Cayo Livio abandonara el asedio de Abidos.

La propuesta de Epícrates tenía las miras en la región de Licia, sobre todo en la capital, Pátara. Lucio Emilio se quedó en la zona de Éfeso para evitar los movimientos de la flota real mientras que Livio, pretor saliente, se va a hacer cargo del intento, teniendo en cuenta que se esperaban naves de refuerzo (traídas por Aníbal) que estaban por llegar desde el este.

Al principio, un viento favorable acerca la flota de Cayo Livio a Pátara; después cambió la dirección del viento y el mar comienza a arbolarse, por lo que las naves llegaron a la costa a fuerza de remos. Pero no había ningún fondeadero seguro en las cercanías de la ciudad, y no podían detenerse en aguas abiertas delante de la bocana del puerto, con el mar embravecido y la noche al caer.

Pasaron de largo frente a las murallas y se dirigieron a Fenicunte, a menos de 3 km de allí. De repente fueron atacados por la población y la guarnición del rey que habían tomado unos peñascos que dominaban el puerto. Livio envió contra ellos infantería auxiliar ligera y cuando vio que desde la ciudad afluían más enemigos, temiendo que su infantería quedara rodeada, ordenó que entren en combate el resto de soldados y las tripulaciones de las naves. Finalmente, los licios fueron derrotados y repelidos hasta la ciudad.

Fracasado el intento de tomar Pátara, partió al golfo de Telmeso y mandó a los rodios a casa. Por su parte, Cayo Livio hizo la travesía hasta Grecia con la intención de cruzar a Italia después de reunirse con los Escipiones que se encontraban en las proximidades de Tesalia.

Cuando Lucio Emilio Regilo tuvo conocimiento del cese de las operaciones de Licia y de la partida de Livio hacia Italia; como él mismo había sido alejado de Éfeso por el temporal y había vuelto a Samos sin conseguir su propósito, consideró que era una deshonra el fracaso de la tentativa contra Pátara, y decidió partir hacia allí con toda la flota.

Desembarcó en la bahía de Bargilias en dirección a Iasos; esta ciudad estaba ocupada por una guarnición real. El territorio de los alrededores fue devastado y se inicia el asalto a la plaza. Entonces surgió un desacuerdo con los rodios, los cuales no querían que la ciudad fuera atacada; parece ser que un grupo de exiliados estaba detrás. Los rodios recabaron el apoyo del rey Éumenes de Pérgamo, el cual hizo que Lucio Emilio desista del asalto.

La flota arribó a Lorima, puerto situado frente a Rodas, y llegaron a oídos de Lucio Emilio unos comentarios hechos por los tribunos militares; se decía que la flota había sido retirada de Éfeso, y que se dejaba al enemigo con las manos libres, pudiendo hacer impunemente toda clase de intentos contra tantas ciudades aliadas de las cercanías. Emilio llamó a los rodios y les preguntó si toda su flota cabía en el puerto de Pátara, y cuando le responden que no, tomando ese motivo como escusa, lleva las naves de vuelta a Samos.

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Movimientos y batallas antes de la batalla de Magnesia

Asedio de Pérgamo 190 AC

Seleuco, hijo de Antíoco, después de mantener su ejército en Eolia durante toda la estación invernal, en parte prestando ayuda a los aliados, y en parte saqueando a los que no podía atraer a su alianza; decidió invadir el reino de Éumenes mientras este, lejos de su casa, atacaba con los romanos y los rodios la costa de Licia.

Primero se acercó a Elea con su ejército dispuesto para el ataque; después renunció a atacar la ciudad y tras saquear los campos sin cuartel marchó a atacar Pérgamo, capital y ciudadela del reino.

Átalo, hermano de Éumenes, comenzó por situar avanzadas delante de la ciudad; lanzando ataques con la caballería y la infantería ligera, hostigando, más que conteniendo, al enemigo. Finalmente, se retiró dentro de las murallas, tras comprobar que con las escaramuzas no conseguía detener al enemigo, y comenzó el asedio de la ciudad.

Por la misma época, Antíoco partía de Apamea y establecía su base primero en Sardes (cuartel general de Antíoco y capital administrativa del Asia Menor), y después junto al nacimiento del río Caico, no lejos del campamento de Seleuco, con un gran ejército mezcla de diferentes pueblos. Los más temibles eran 4.000 mercenarios gálatas a los que envió junto con algunos otros, a devastar indiscriminadamente el territorio de Pérgamo.

Cuando llegan a Samos estas noticias, Éumenes se dirigió primero a Elea con su flota; luego, como había soldados de caballería y de infantería ligera disponibles, protegido por ellos como escolta se dio prisa en llegar a Pérgamo antes de que los enemigos se dieran cuenta e hicieran algún movimiento.

En la ciudad comenzaban a producirse de nuevo ligeros encuentros con salidas rápidas; estaba claro que Éumenes rehuía un combate decisivo.

Pocos días más tarde llegaron a Elea, procedentes de Samos, las flotas romana y rodia. Cuando Antíoco recibió la noticia de que estas habían desembarcado sus tropas en Elea y que se estaban realizando los preparativos necesarios para cruzar el Helesponto, pensó que había llegado el momento de negociar la paz antes de verse presionado por tierra y mar simultáneamente.

El rey ocupa una colina enfrente de Elea para emplazar el campamento. Deja allí todas sus tropas de infantería, y con 6.000 jinetes bajó al llano, al pie mismo de las murallas de Elea, después de enviar un parlamentario a Lucio Emilio para decirle que quería negociar la paz.

Emilio hizo llamar a Éumenes y celebró un consejo en el que participan también los rodios. Estos no desdeñaban la idea de la paz; Éumenes decía que no era honroso hablar de paz en aquellas circunstancias, ni era imposible llegar a una conclusión en la negociación.

La respuesta a Antíoco fue clara: no se podía hablar de paz hasta la llegada del cónsul.

Después de haber intentado en vano la paz Antíoco devastó primero las tierras de Elea y después las de Pérgamo. Dejó allí a su hijo Seleuco, marchó hacia Adramiteo y llegó a una rica tierra llamada llanura de Tebas en donde se consiguió un gran botín.
A Adramiteo llegaron también, para servir de guarnición a la ciudad, Lucio Emilio y Éumenes haciendo la travesía con las naves.

Llegaron a Elea, procedentes de Acaya, 1.000 soldados de a pie y 100 jinetes al mando de un tal Diófanes; después de desembarcar fueron conducidos a Pérgamo, por la noche, por unos emisarios mandados por Átalo a su encuentro. Se tomaron un par de días para el descanso de hombres y caballos y a la vez para hacer un reconocimiento de los puestos de guardia del enemigo, con los sitios y las horas en que salían y se retiraban.

Los soldados del rey se acercaban casi hasta el pie de la colina sobre la que se asienta la ciudad; de ese modo a su espalda se devastaba libremente, pues nadie salía de la ciudad ni siquiera para lanzar venablos desde lejos sobre las avanzadas. Una gran parte tenía los caballos sin sillas ni bridas; dejando a unos pocos con las armas y en sus puestos, los demás se habían dispersado diseminándose en todas direcciones por la llanura.

Al observar esto desde lo alto de la ciudad de Pérgamo, Diófanes ordenó a sus hombres que empuñasen las armas y estuvieran preparados junto a la puerta; él fue a ver a Átalo y le dijo que tenía intención de hacer un intento contra una avanzada enemiga. Átalo lo autoriza de mala gana, ya que se daba cuenta de que iba a pelear con 100 jinetes contra 600, y con 1.000 soldados de a pie contra 4.000.

Diófanes salió de la ciudad y se detuvo no lejos de la posición enemiga esperando una oportunidad. Los soldados del rey se fijaron de repente en ellos y, al ver que no se realizaba movimiento alguno, tampoco ellos hicieron nada, añadiendo incluso burlas sobre lo reducido de su número. Diófanes mantuvo quietos a sus hombres durante algún tiempo como si les hubiera hecho salir únicamente para observar el espectáculo.

Cuando vio que los enemigos estaban lejos de sus posiciones, ordenó a la infanteríaque lo siguiera todo lo deprisa que pudiera; él se puso a la cabeza de la caballería con su propio escuadrón y a galope tendido cargó de improviso sobre la posición enemiga, después de lanzar el grito de guerra cargó la infantería. Los soldados del rey fueron sorprendidos de imprevisto, la llanura fue un escenario de la matanza y la huida por todas partes. Diófanes persiguió a los que huían en desbandada mientras no corriera riesgo; al fin regresa al abrigo de la ciudad.

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Asedio de la ciudad de Pérgamo en el 190 AC. Diófanes realiza una salida de la ciudad y sorprende a los seléucidas. Autor Brían Delf

Al día siguiente las avanzadas del rey, mejor organizadas y ordenadas, se situaron 500 pasos más lejos de la ciudad, y los aqueos salieron casi a la misma hora y hasta el mismo sitio. Durante muchas horas, ambos bandos se mantuvieron en alerta a la espera del ataque como si fuera a producirse de un instante a otro. Llegado el momento de volver al campamento, cerca de la puesta del sol, las tropas del rey reunieron las enseñas y comenzaron a retirarse en columna, en formación más de marcha que de combate.

Mientras el enemigo permaneció a la vista, Diófanes no se movió. Después cargó contra la retaguardia con el mismo ímpetu que el día anterior, y de nuevo provocó tal pánico y desconcierto que, a pesar de los tajos que caían sobre sus espaldas, nadie se detuvo para luchar.

Ese golpe de audacia de los aqueos obligó a Seleuco a retirar su campamento del territorio de Pérgamo.

Antíoco, ante la imposibilidad de atacar Adramiteo por la presencia de la flota romana, devastó la región y se retiró a Sardes por Tiatira. Seleuco permaneció en la costa después de levantar el asedio de Pérgamo.

La flota romana, junto con Éumenes y los rodios, se dirigió primero a Mitilene y luego retornó a Elea, su punto de partida. Al dirigirse desde allí a Focea para asaltarla, abordaron a una isla llamada Baquio, que domina la ciudad de los focenses, saquearon el territorio y cruzaron hacia la propia ciudad. Se distribuyeron los objetivos y la atacaron; cuando parecía que era posible tomarla con armas y escalas sin trabajos de asedio, entró en la ciudad un destacamento de 3.000 hombres enviado por Antíoco. Inmediatamente, se renuncia al ataque y la flota se retiró a la isla sin más consecuencia que el saqueo de los alrededores de Focea.

Batalla de Sida o de Eurimedonte 190 AC

Se decidió que Éumenes preparase al cónsul y a su ejército la travesía del Helesponto y que la flota romana retornase a Samos para permanecer allí fondeada e impedir que Polixénidas se moviera de Éfeso.

La flota rodia iba a actuar sola. Al mando de un tal Panfílidas habían sido enviados pocos días antes con 13 navíos reforzados con 4 naves que guarnecían Caria para hacer frente a una flota que, según rumores, venía de Siria. Cuando Éudamo dejó a la flota romana en Samos se acordó que se uniera a Panfílidas con los 13 navíos que llevaba; además se le dieron 6 naves descubiertas de refuerzo.

Éudamo aceleró la marcha y alcanzó a Panfílidas cerca del puerto llamado Megiste. Desde allí llegan a Fasélide en formación única y se acordó esperar en ese punto al enemigo. Pero debido a lo insano del lugar así como a la época del año, pues era a mediados del verano, aparte de los olores desacostumbrados, comenzaron a aparecer enfermedades generalizadas sobre todo entre los remeros, cosa que no habían previsto. Partieron, por miedo a esta epidemia, y navegando por el golfo de Panfilia la flota llegó a la desembocadura del río Eurimedonte.

Allí se enteraron por los habitantes de Aspendos, de que los enemigos se encontraban cerca de Sida. También la flota real descubrió la presencia de los rodios desde las atalayas cercanas.

Los rodios tenían 32 cuadrirremes y 4 trirremes. La del rey era una flota de 37 navíos de mayor tamaño, entre los cuales contaba con 3 hepteres y 4 hexeres; además de estas había 10 trirremes.

Al día siguiente al amanecer salieron de puerto dispuestos a combatir ese mismo día, y nada más doblar el promontorio que avanza hacia el mar desde Sida, los rodios avistaron a los enemigos y al mismo tiempo fueron avistados por ellos.

En la flota real, Aníbal mandaba el ala izquierda, que se extendía hacia alta mar, y Apolonio, un alto dignatario, mandaba el ala derecha, y tenían ya las naves alineadas proa al frente. Los rodios llegaron en una larga hilera; en cabeza iba la nave capitana de Éudamo, cerraba la marcha Caríclito, y mandaba el centro de la flota Panfílidas.

Éudamo, al ver la flota enemiga en formación de combate, se dirigió a su vez hacia alta mar y acto seguido dio orden de que las naves que lo siguieran y formaran una línea frontal manteniendo el orden. Esta maniobra generó confusión en un principio, pues no se había adentrado en el mar lo suficiente como para que pudieran desplegarse en línea hacia tierra todas las naves, y, con las prisas, se enfrentó a Aníbal demasiado precipitadamente con solamente 5 navíos; los demás no lo seguían porque habían recibido orden de formar una línea frontal. A los últimos de la columna no les quedaba espacio alguno hacia tierra, y mientras se entorpecían unos a otros, en el ala derecha ya se combatía contra Aníbal.

Pero en un instante la situación cambió, imponiéndose la calidad de los navíos y la experiencia marítima rodia. Por una parte, sus naves se desplazan rápidamente mar adentro dejando sitio hacia tierra cada una a la que venía detrás; y al mismo tiempo, cuando alguna golpeaba con su espolón a una nave enemiga, le destrozaba la proa o le barría los remos o pasaba libremente entre las filas y la atacaba por popa. El mayor golpe de efecto lo provocó el hundimiento de una heptere real, con una sola embestida, por una nave rodia mucho más pequeña, con lo cual el ala derecha enemiga se vio claramente abocada a la huida.

Mar adentro, Aníbal, gracias sobre todo al número de sus naves, acosó a Éudamo, netamente superior en los demás aspectos; y, lo habría rodeado, de no ser porque se alzó en la nave pretoria la señal que habitualmente se empleaba para reagrupar la flota dispersa, y todas las naves que habían vencido en el lado derecho acudieron a prestar ayuda a los suyos. Entonces también Aníbal y las naves que estaban a su alrededor emprendieron la huida.

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Batalla de Mioneso 190 AC. Los romanos abordando una nave seléucida

Los rodios no pudieron perseguirlos debido a que una gran parte de sus remeros estaban enfermos. Éudamo observó a los enemigos llevando a remolque de sus naves descubiertas las naves a la deriva o averiadas, y que eran poco más de una veintena las que se retiraban indemnes.

Para evitar que pudiera reunirse Aníbal con la flota de Éfeso, desde Rodas se envió a Caríclito con 20 navíos de espolón a Pátara y al puerto de Megiste.

Por su parte, Éudamo volvió con la flota romana a Samos con las 7 naves más grandes de la flota que había mandado; también llevaba la misión de convencer a los romanos de que se tomara Pátara al asalto.

A los romanos les produjo una gran alegría primero la noticia de la victoria naval y después la llegada de los rodios.

Y estaba claro que si se les quitaba a los rodios la preocupación de la toma de Pátara, podrían asegurar la protección de los mares de aquella zona. Pero la marcha de Antíoco de Sardes les impedía abandonar la vigilancia de Jonia y Eolia por temor a que fueran aplastadas las ciudades de la costa. Como única medida, se envió a Panfílidas con 4 naves cubiertas a unirse a la flota que estaba en las cercanías de Pátara.

Batalla de Mioneso 190 AC

Movimientos previos

Antíoco había oído que una parte importante de la flota rodia se encontraba en las cercanías de Pátara y además el rey Éumenes había marchado al Helesponto con todas sus naves al encuentro del cónsul. Confiado en estas circunstancias, envió a Eudoro Polixénidas a probar fortuna con la flota, y él marchó hacia Nocio al frente de sus tropas. Quería que estuviera en su poder esta ciudad en concreto pues no dudaba de que al tener noticia del asedio los romanos desplazarían de Samos su flota para prestar ayuda a la ciudad aliada, y esa sería la ocasión para que actuase Polixénidas.

El rey comenzó el ataque a la ciudad con obras de asedio; prolongó hasta el mar las fortificaciones por los dos lados a la vez, lleva el terraplén hasta la muralla por ambos lados e hizo avanzar los arietes protegidos por los manteletes (testudo arietica). Los habitantes de la ciudad enviaron parlamentarios a Lucio Emilio, en Samos, para implorar la protección del pretor y del pueblo romano.

Emilio estaba incómodo por su larga permanencia en Samos sin hacer nada, y la última cosa con que contaba era con que Polixénidas, al que había provocado en vano por dos veces, fuese a presentar batalla; además consideraba humillante que la flota de Éumenes ayudara al cónsul a trasladar a Asia sus legiones mientras que él estaba sujeto a prestar ayuda a la sitiada Nocio, operación de conclusión incierta. El rodio Éudamo presionaba a Emilio y le decía que era mucho mejor liberar a los aliados del asedio e intentar derrotar a la flota real para arrebatarle enteramente al enemigo el control del mar en lugar de abandonar a los aliados, alejándose de la zona bélica de su responsabilidad.

Convencido el pretor, partieron de Samos en busca de provisiones y se dispusieron a cruzar a Quíos, lugar donde arribaban todas las naves de transporte enviadas desde Italia. Debían navegar hasta el lado opuesto de la isla (el lado que da a Eritras), y se disponían a hacer la travesía, cuando el pretor fue informado por carta, de que había llegado a Quíos un gran contingente de trigo procedente de Italia, y que las naves que transportaban vino se habían retrasado debido a las borrascas. Al mismo tiempo llegaron noticias de que los habitantes de Teos habían hecho un generoso ofrecimiento de víveres a la flota de Antíoco y le habían prometido 5.000 vasijas de vino.

A media travesía, Emilio cambió de pronto el rumbo de la flota dirigiéndose a Teos con el propósito de echar mano de las provisiones preparadas para el enemigo.
Habían puesto proa a tierra cuando aparecieron a la altura de Mioneso 15 navíos, pero resultaron ser falúas y lanchas rápidas de piratas. Volvían con toda clase de botín tras saquear la costa de Quíos; cuando avistaron la flota romana en alta mar emprendieron la huida. Tras un intento vano de alcanzarlos, Emilio fondeó las naves en el puerto que había en la parte de atrás de Teos, dejando a los hombres libertad para saquear los alrededores de la ciudad.

Casualmente, Polixénidas, que había salido de Nocio (Colofón) con la flota real, se enteró de que los romanos habían partido de Samos y que estaban saqueando el territorio de Teos con las naves fondeadas en puerto; entonces echó anclas a su vez en un lugar escondido frente a Mioneso, en una isla que los marinos llamaban Macris.
Desde allí podía observar de cerca los movimientos del enemigo y en un primer momento concibió grandes esperanzas de derrotar a la flota romana de la misma forma que había derrotado a la rodia en Samos, esto es, bloqueando en la salida la bocana del puerto.

Desarrollo de la batalla

El plan de Polixénidas consistía en ocupar la entrada del puerto durante la noche; apostar 10 navíos junto a cada promontorio para atacar por ambos flancos los costados de las naves que salieran; desembarcar en la costa los combatientes del resto de la flota, como había hecho en Panormo, y caer sobre el enemigo por tierra y por mar simultáneamente.

Este plan se vio frustrado, ya que los habitantes de Teos, no queriendo ser asediados, consideraron preferible entregar todo lo que se les pedía, por lo que la flota de Emilio se trasladó al puerto que estaba delante de la ciudad para embarcar las mercancías. Además, el rodio Éudamo también llamó la atención sobre los inconvenientes del otro puerto al haber enredado y roto los remos de dos naves en la estrecha entrada.

Una vez movida la flota, los hombres desembarcaron para repartir entre las naves los víveres y sobre todo el vino; fue entonces cuando llega a oídos de Emilio el aviso de que la flota real está al acecho muy cerca de allí. El pretor, alarmado por tan inesperada visita, ordenó tocar las trompetas para que regresen los que estaban dispersos por los campos, y envió a los tribunos a la ciudad para que hicieran embarcar a soldados y marineros.

Se produjo un aglomeramiento repentino frente a las naves entre órdenes contradictorias; apenas podían reconocer cada uno a la suya o llegar hasta ella debido a la confusión. El desbarajuste hubiera sido peligroso por mar y por tierra, de no ser porque se repartieron las responsabilidades; Emilio salió del puerto el primero con la nave pretoria dirigiéndose a alta mar y a medida que iban llegando las que lo seguían, colocó a cada una en su puesto en formación frontal; mientras, Éudamo había permanecido cerca de tierra con la flota rodia protegiendo el embarque de las tripulaciones.

En orden de combate, y sin haber avistado aun a la flota real, los romanos avanzaron mar adentro cerrando los rodios la formación.

Cuando se encontraban cerca del promontorio de Mioneso avistaron al enemigo.
La flota real, que se dirigía a Teos, iba en una larga columna de dos naves en fondo. Al percatarse de la presencia de los romanos, Polixénidas desplegó su frente de combate estirándose hacia el lado izquierdo lo suficiente como para poder rodear y aislar el ala derecha de los romanos. Cuando Éudamo se percató de que los romanos no podían igualar la línea y corrían el peligro de ser envueltos, dio velocidad a sus naves y enfrentó su embarcación a la de Polixénidas (las naves rodias eran las más rápidas del combate).

Las flotas entran en combate. Por parte romana combatían 80 naves, 22 de las cuales eran rodias. La flota real se componía de 89 navíos y contaba con 3 hexeres y 2 hepteres (las de mayor tamaño en la batalla). Aunque las naves romanas eran más sólidas que las rodias, fueron estas las que causaron un mayor pánico inicial pues usaron la técnica de llevar fuego por delante igual que hicieran en Panormo. Llevaban delante gran cantidad de fuego en recipientes de hierro que pendían de dos pértigas sobresalientes por proa.

Por temor al fuego que se les venía encima, las naves del rey se escoran para no chocar las proas, no pudiendo utilizar el espolón para embestir a la vez que ellas mismas presentaban sus costados a los golpes; si alguna iba al choque, quedaba envuelta en fuego y el incendio creaba un mayor nerviosismo entre las demás.
No obstante, el factor decisivo se produjo cuando los romanos rompieron por el centro el frente enemigo, describieron un arco y se presentan por la retaguardia de las naves que se enfrentaban con los rodios. En un instante quedaron destrozados el centro y el ala izquierda de Polixénidas.

El ala derecha, al ver lo que estaba sucediendo y que Polixénidas abandonaba el frente y se dieron a la vela, izaron los foques a toda prisa y emprendieron la huida aprovechando que el viento les era favorable en dirección a Éfeso.

La flota real perdió 42 naves, 13 de las cuales fueron capturadas. De las naves romanas 2 quedaron destrozadas y unas cuantas averiadas. Con esta batalla los romanos se hicieron con el dominio naval.

Secuelas

Antíoco, al verse contrariado por el revés de la derrota naval comenzó un repliegue poco acertado retirando la guarnición de Lisimaquia, plaza fácil de defender contra un primer ataque de los romanos y capaz de aguantar el asedio durante todo el invierno. También desistió de asaltar Nocio y se retiró a Sardes desde donde envía emisarios al rey Ariarate IV de Capadocia para buscar refuerzos. Además, se puso a la tarea de intentar reunir el mayor número posible de tropas por si se lo tenía que jugar todo en una batalla decisiva.

Emilio Regilo, tras su victoria, marchó hacia Éfeso y alineó sus naves delante del puerto; desafío que la flota real ya era totalmente incapaz de aceptar. Con ese gesto estaba reafirmando ante toda la región que tenía el dominio absoluto del mar. Después zarpó hacia Quíos, rumbo que llevaba antes del combate. Allí reparó las naves averiadas y envió a Lucio Emilio Escauro con 30 navíos al Helesponto para ayudar a cruzar al ejército del cónsul; dispuso que los rodios volvieran a casa después de honrarles con parte del botín.

Reparadas las naves, la flota romana hizo la travesía de Quíos a Focea. La ciudad, de forma alargada, estaba situada al fondo de un entrante de mar; estaba rodeada por una muralla de 4 km de largo cuyos extremos se aproximaban y se estrechaban en una especie de cuña (llamada Lamptera), contando con dos puertos situados en ambos lados.

La flota romana ocupaba los dos puertos y, antes de nada, se enviaron emisarios. Rechazadas las propuestas se dio inicio al asalto atacando los dos lados simultáneamente; por la parte que estaba menos edificada se aproximó un ariete que comenzó a batir los muros y las torres. Al dirigirse la guarnición a defender aquel punto, se aproxima otro ariete por el otro lado.

Cuando parte de la muralla se vino abajo, los soldados romanos irrumpieron por entre los montones de escombros mientras, que otros intentan trepar también por los muros con escalas. La resistencia ofrecida fue tal que el pretor ordena la retirada.

Mientras se están reparando los tramos afectados, llegó Quinto Antonio, enviado por el pretor para conminar a los habitantes de la ciudad a que desistieran de la defensa.

Se estableció una tregua de cinco días para deliberar, tiempo que los habitantes de Focea aprovecharon para solicitar la ayuda de Antíoco. Cuando volvieron los emisarios mandados al rey diciendo que no se les iba a facilitar ninguna ayuda, previo acuerdo de no ser tratados como enemigos, la ciudad abrió sus puertas a los romanos.

Como se avecinaba ya el invierno, Emilio decidió invernar en los puertos de Focea.

Batalla de Magesia (diciembre de 190 AC)

Movimientos previos

Una vez dejado atrás el territorio de Maronea y Eno, el cónsul Lucio Cornelio Escipión recibió la noticia de la derrota de la flota real en la batalla de Mioneso. También recibió noticias de la retirada de la guarnición que había en Lisimaquia, hecho que le fue más satisfactorio que la victoria naval, sobre todo cuando llegaron a la ciudad y la encontraron repleta de provisiones.

Una vez descansado el ejército, se emprendió la marcha a través del Quersoneso hasta llegar al Helesponto. Allí, gracias al rey Éumenes de Pérgamo, estaba todo preparado para la travesía y, sin que nadie lo impida, se cruza ordenadamente.
Después de estar un tiempo acantonados en el Helesponto llegó al campamento romano Heraclides de Bizancio, enviado por Antíoco para tratar los términos de paz.

Se convocó un consejo y se escucharon las palabras del enviado. Los puntos del conflicto durante el cruce de embajadas anteriores habían sido Esmirna, Lampsaco, Alejandría de Tróade y Lisimaquia. Antíoco estaba dispuesto a ceder todas esas ciudades además de las que se hubieran pasado al bando romano y de sus aliados ese año. Por otro lado, el rey estaba dispuesto a abonar la mitad de los gastos que les hubiera supuesto la guerra a los romanos.

Estas propuestas les parecieron insuficientes a los romanos. Ellos consideraban justo que Antíoco pagase en su totalidad los gastos ocasionados; las guarniciones del rey no debían retirarse solamente de Jonia y Eolia, sino que debían ser liberadas todas las ciudades, cosa que solo podía ocurrir si Antíoco renunciaba a Asia Menor y retiraba sus fronteras al otro lado de la cadena de los Montes Tauro.

Cuando estuvo todo preparado, Lucio Cornelio Esipión emprendió la marcha con el ejército y llegó primeramente a Dardano, después a Reteo; las poblaciones de ambas ciudades salieron en masa a su encuentro. Luego avanzó hasta Ilio y acampó en el llano que se extendía al pie de las murallas; tras realizar una ofrenda religiosa en la ciudad, el ejército se puso en marcha y, a la sexta jornada, llegó a las fuentes del río Caico.

El rey Éumenes intentó llevar su flota desde el Helesponto de vuelta a Elea, a los cuarteles de invierno, pero al no poder doblar el promontorio de Lecton, a causa de los fuertes vientos, desembarcó para no retrasar el avance. Por el camino más corto llegó al campamento romano con un pequeño contingente de tropas. Del campamento fue enviado a Pérgamo para ocuparse del suministro de provisiones. El plan era preparar raciones para muchos días de marcha y alcanzar a Antíoco antes de que se echara encima el invierno.

El hermano del cónsul, Escipión el Africano, había enfermado y tuvo que ser trasladado a Elea. No iba a poder tomar parte en la batalla por lo que dejó como consejero para su hermano a Cneo Domicio Ahenobarbo.

El campamento de Antíoco estaba en los alrededores de Tiatira. Al conocer la marcha de Lucio Cornelio, se replegó cruzando el río Frigio; estableció su campamento en las cercanías de Magnesia.

Para evitar que los romanos efectuaran alguna tentativa contra sus fortificaciones mandó excavar un foso de 2,5 metros de profundidad y 5 metros de anchura, lo rodeó de doble empalizada por la parte exterior y, en la parte interior levantó un muro con numerosas torres para proteger la zanja.

Un millar de jinetes, en su mayoría galo-griegos entremezclados con algunos dahas y arqueros montados, cruzaron el río y se lanzaron contra los puestos avanzados de vigilancia romanos. En un principio crearon cierto desconcierto. La prolongación del combate propició que fueran llegando refuerzos desde el campamento y los soldados del rey, agotados e incapaces de resistir a un número superior, intentaron replegarse hacia la orilla del río.

Este primer encuentro fue seguido por dos días de calma, ya que nadie cruzó el río. Al tercer día lo atravesó el grueso del ejército romano y acamparon a unos 4 km del enemigo. Cuando estaban haciendo el trazado del campamento y ocupados en fortificarlo, se presentaron 3.000 infantes y jinetes creando gran alarma y confusión. Las tropas romanas que estaban de guardia, inferiores en número, mantuvieron en un principio igualado el combate para a continuación rechazar a los soldados del rey después de matar a 100 de ellos y apresar otros tantos.

Durante los cuatro días siguientes los dos ejércitos permanecen formados delante de la empalizada. Al quinto día los romanos avanzan hasta el centro de la llanura; Antíoco no movió su ejército.

En vista de que no era aceptado el combate, Lucio Cornelio reunió al día siguiente el consejo de guerra para decidir que se podía hacer si el rey no ofrecía la posibilidad de combatir. El problema era que el invierno ya estaba encima y tenían que decidir aguardar y refugiarse en las tiendas o retirarse a los cuarteles de invierno, lo que aplazaría la guerra hasta la primavera siguiente.

La decisión del consejo fue unánime, todos estaban dispuestos a irrumpir en el campamento a través de los fosos y de la empalizada si el rey no salía a combatir.
Cneo Domicio fue enviado a explorar el camino y el lugar por donde se podía acercarse fácilmente a la empalizada enemiga; cuando regresó con una información detallada del terreno se decidió aproximar al día siguiente el campamento.

Después de tres jornadas de espera, las enseñas romanas aparecieron en el centro de la llanura y se comenzó a formar el frente de batalla. Antíoco pensaba que demorar otra vez el combate iba a ir en contra de la moral de sus tropas por lo que decidió salir a la llanura. Sacó a su ejército alejándose del campamento lo suficiente para dar a entender que aceptaba el combate.

El rey seléucida había reclutado un gran ejército procedente de todo su gran imperio asiático, y se preparó para la batalla. Antíoco tenía como asesor militar a Aníbal.

Despliegue inicial

Ejército seléucida

Antíoco contaba con 50.000 hombres (70.000 según fuentes antiguas), de los cuales 13.000 eran jinetes (6.000 catafractas, 1.200 escitas dahas arqueros, 2.500 gálatas, 2.000 de la guardia personal o agema, 1.000 camelleros), 16.000 falangistas, 3.000 hipaspistas argiraspidos o escudos plateados, 8.000 infantes diversos gálatas y griegos, 10.000 infantes ligeros (peltastas, honderos, arqueros, etc.), 54 elefantes indios y un buen número de carros falcados. Finalmente, los desplegó sobre el campo de batalla de la siguiente manera:

  • Ala derecha mandada por Antíoco: 3.000 jinetes catafractas, 1.200 escitas dahas arqueros, 1.000 jinetes gálatas y 2.000 jinetes Agema, delante 16 elefantes apoyados por infantería ligera (2.000).
  • Centro mandado por Filipo: 3.000 hipaspistas argiraspidos, 16.000 falangistas en grupos de 1.600 con un fondo doble (50×32) y entre ellos 2 elefantes indios en total 22, a continuación 8.000 infantes gálatas y griegos y delante infantería ligera (peltastas, arqueros y honderos unos 6.000).
  • Ala izquierda mandada por Seleuco: 3.000 jinetes catafractas, 1.500 jinetes gálatas, 1.000 camelleros que iban armados con arcos y sables largos, delante 16 elefantes apoyados por infantería ligera (2.000) y delante de estos los carros falcados.
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Batalla de Magnesia 190 AC.Despliegue inicial

Ejército romano

Al frente de los romanos estaba Lucio Cornelio Escipión, dado que su hermano Cornelio se había quedado enfermo en Alea, contaba con unos 35.000 hombres (25.000 fuentes antiguas), de los cuales había un ejército consular (16.800 legionarios), 8.000 griegos de Pérgamo, Rodas y Macedonia, 6.000 infantes ligeros de Pérgamo, equeos cretenses, y 4.200 jinetes (1.200 romanos e itálicos y 3.000 griegos) y 16 elefantes africanos. Distribuyó sus fuerzas de la siguiente forma:

  •  Ala derecha mandada por Domicio 1.200 jinetes romanos e itálicos y 2.000 infantes ligeros
  • Centro: 4 legiones (12.000), y 8.000 infantes griegos, delante los vélites (4.800) y   detrás 16 elefantes africanos en reserva.
  • Ala izquierda mandada por Éumenes de Pérgamo: 3.000 jinetes  griegos y 2.000 infantes ligeros.

Primera fase

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Batalla de Magnesia 190 AC: Primera fase el ala derecha de Antíoco derrota a la romana de Domicio, mientras el ala derecha de Seleuco es derrotada por Éumenes de Pérgamo.

Al amanecer se había formado una niebla que impedía la visibilidad; después la humedad lo empapó todo. Para los romanos no suponía ningún problema, tenían todas sus unidades a la vista y la humedad no afectaba a su armamento. Pero si era un problema para los seléucidas, al ser tan amplio su frente, apenas se distinguían las alas desde el centro; por otro lado, la humedad había ablandado los arcos, las hondas y las correas de las jabalinas.

La batalla empezó con una carga de caballería de Antíoco contra el ala izquierda romana de Domicios que se apoyaba en el río, la superioridad tan aplastante hizo que aguantase poco y se diese a la fuga. Cometiendo el error de perseguirlos y atacar el campamento romano con el fin de saquearlo.

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Batalla de Magnesia 190 AC: Antíoco III »Megas» cargando contra la caballería romana de Domicio. Autor Igor Dzis
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Batalla de Magnesia 190 AC. Izquierda jinete romano contra jinete selúcida. Derecha caballería ligera seléucida contra vélites romanos. Autor Graham Sumner

En el otro ala, Seleuco envió los carros falcados por delante, Eumenes mandó a algunos escuadrones de caballería y a su infantería ligera principalmente arqueros y honderos para disparar contra los caballos. Los proyectiles comenzaron a caer sobre los carros desde todas partes; los caballos, espantados y heridos, se lanzaban sin rumbo en todas direcciones. Las tropas ligeras, al perseguirlos aumentaban la confusión entre los caballos y los camellos.

Algunos volvieron sobre sus pasos para huir de los proyectiles y embistieron contra sus propias fuerzas, la infantería ligera huyó despavorida, los elefantes y los camellos se espantaron desorganizando a la propia caballería, momento que aprovechó Éumenes para atacar a los jinetes adversarios, derrotándolos y poniéndolos en fuga. Les persiguió durante un rato para que no pudiesen reorganizarse.

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Carro falcado del rey Antíoco III empleado en la batalla de Magnesia. Autor Angus McBride
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Batalla de Magnesia 190 AC. Carros de guerra seléucidas cargando contra sus propias fuerzas desorganizándolas. Autor Zvonimir Grbasic. Fuente Ancient Warfare Magazine.

La infantería ligera del ala derecha romana, atacó por la retaguardia a la infantería gálata y griega que se dieron a la fuga.

En el centro, los vélites se enfrentaron a la infantería ligera o peltastas que cubría a la falange, y a continuación chocaron las legiones contra la falange sin que ninguno de ambos bandas hiciese ningún progreso. Las legiones no encuentran fisuras para atacar la falange.

Segunda fase

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Batalla de Magnesia: Segunda fase

Antíoco que había derrotado el ala izquierda romana, trató de conquistar el campamento romano que estaba defendido por el tribuno Marco Emilio (hijo de M. Lépido) con 2.000 tracios y macedonios así como fugitivos del ala izquierda, resistió el ataque, haciéndole desperdiciar un tiempo precioso.

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Batalla de Magnesia 190 AC. Izquierda jinetes catafractas seléucidas atacando a los legionarios romanos del campamento. A la derecha lucha entre falangitas y legionarios. Autor Graham Summer

En el ala derecha Éumenes una vez desbaratada y puesta en fuga el ala enemiga, volvió grupas y se dispuso a atacar a la falange por retaguardia.

La falange para evitar su destrucción, formó en rectángulo con los elefantes dentro del mismo. Los romanos no podían penetrar en la selva de lanzas que defendían la posición seleúcida, así que recurrieron a lanzar sus flechas incendiarias contra los elefantes. Hirieron a la mayoría de ellos y los animales, enloquecidos de dolor, se revolvieron en su encierro y destrozaron la formación de las falanges, permitiendo a los legionarios llegar al cuerpo a cuerpo y hacer una verdadera masacre entre las deshechas filas seléucidas.

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The Battle of Magnesia 190 AC. , las legiones atacan a la falange seleúcida. Autor Sean O`Brogain.

 Cuando Antíoco volvió eufórico al campo de batalla, solo pudo constatar que se había quedado sin ejército y se retiró con los únicos hombres que salvó de la batalla, la mitad de su numerosa caballería.

Secuelas

Las bajas en las filas seleúcidas según Livio fueron 50.000 infantes, 3.000 jinetes muertos y fueron capturados 1.500 hombres y 16 elefantes; los romanos perdieron 350. En la actualidad se estima 5.000 muertos en el bando romano, y 10.000 muertos y 10.000 prisioneros en el bando seleúcida.

El rey Antíoco llegó a Sardes; enterado de que su hijo Seleuco había marchado en dirección de Apamea, partió hacia allí con su familia.

Al recibir noticias de la batalla, Polixénidas dejó Éfeso con la flota, se trasladó a Patara, desembarcó por temor a las naves rodias que custodiaban la zona y, marchando a pie, se dirigió a Siria.

Campaña contra los gálatas

En el año 189 AC, entraron en funciones los cónsules Marco Fulvio Nobilior y Cneo Manlio Vulso. Al primero se le otorgó Grecia y al segundo Asia Menor.

Manlio Vulso, llegó a comienzos de la primavera a Éfeso en donde se hizo cargo de las tropas de Lucio Cornelio Escipión. Su objetivo era emprender una expedición punitiva contra los territorios que habían ayudado a Antíoco con el envío de tropas auxiliares; para asegurar la zona no bastaba con haber fijado los límites más allá de la cadena del Tauro, había que quebrar la moral de los gálatas.

Partió de Éfeso y se dirigió a Magnesia en donde se reunió con Átalo que llegaba con 1.000 infantes y 500 jinetes; este había dado orden a su hermano Ateneo de seguirlo a corta distancia con el resto de las tropas y encomendando la protección de Pérgamo a los fieles a su hermano y al trono.

Manlio Vulso avanzó hacia el río Meandro y acampó al no poder cruzar el río a pie y tener que reunir embarcaciones para pasar el ejército. Una vez cruzado el Meandro llegó a Hiera Come. Desde allí, en una segunda etapa, llegó hasta el río Harpaso, en donde se presentaron embajadores de Alabanda pidiéndole que obligase a volver a su obediencia un enclave fortificado que se había rebelado no mucho tiempo antes. Allí se incorporó las tropas Ateneo, hermano de Átalo, junto a Leuso de Creta y Corrago de Macedonia; con ellos traían 1.000 infantes y 300 jinetes.

El cónsul envió un tribuno militar con un pequeño destacamento, tomó el poblado por la fuerza y se lo devuelve a los alabandeses. A continuación, sin desviarse de su ruta, acampó cerca de Antioquía (Antiochia Ad Meandrum). Seleuco, hijo de Antíoco, llegó al campamento romano a entregar el trigo para el ejército (según el acuerdo suscrito con Lucio Cornelio Escipión).

El cónsul partió hacia la localidad de Gordiutico (en la Caria oriental) y desde allí llegó a Tabas en tres etapas. En esta región la columna romana fue atacada por un contingente de jinetes que logra sembrar cierto desconcierto, siendo rechazados posteriormente a la ciudad. La plaza se rindió y se les exige a sus habitantes 25 talentos de plata y 10.000 medimnos (60.000 modios romanos) de trigo.

Dos días después llegaron al río Caso, de donde partieron y tomaron la plaza de Eriza al primer asalto. Llegaron a Tabusio, posición fortificada que dominaba el río Indo, y el cónsul envió por delante a Cayo Helvio con 4.000 infantes y 500 jinetes. El tirano de la región prometió paso libre si se respetan los campos, a cambio del pago de 25 talentos.

Manlio Vulso avanzó hasta las fuentes Rotrinas y acampó junto a un poblado llamado Apóridos Comé. Al día siguiente llegó allí Seleuco desde Apamea. Después de expedir a Apamea a los enfermos y los bagajes innecesarios y recibir de Seleuco guías para los caminos, salió aquel mismo día hacia la llanura de Metrópolis, y al día siguiente avanzó hasta Dinias de Frigia. Desde allí llega hasta Sínada, mientras eran abandonadas, por miedo, todas las ciudades del contorno. Arrastrando un ejército cuya marcha era ya lenta debido al botín hecho en ellas, y cubriendo en todo el día una etapa de apenas 8 km, llegaron hasta la que llamaban Beudos la Vieja. Después acampó en Anabura, al día siguiente en las fuentes del Alandro, y al tercero en Abasio. Allí mantuvo un campamento fijo durante bastantes días, porque habían llegado a la frontera de los gálatas tolostobogios.

Llegada a territorio gálata

El cónsul reunió a sus hombres en asamblea y tras decidir los movimientos que se iban a realizar envió emisarios a Eposognato, el único de los régulos que había mantenido la amistad con Éumenes y negado ayuda a Antíoco contra los romanos. Levantó el campamento y, al segundo día de marcha, llegaron emisarios de los oroandenses (habitaban al este del lago Caralitis) a pedir amistad; se les exigió 200 talentos, y cuando solicitaron volver a dar cuenta a su patria se les concede esa posibilidad. A los dos días volvieron los que habían sido enviados ante Eposognato junto a unos embajadores del régulo los cuales solicitan que se les permita convencer a los tectósagos para que no entrasen en guerra con los romanos.

Cuando el cónsul acampó al suroeste de Pesinunte se produjo el primer ataque gálata; un número considerable de jinetes asaltó por sorpresa los puestos de guardia. Tras un breve combate, la caballería romana logró repeler el ataque.

A partir de allí, Manlio Vulso, como veía que había entrado ya en contacto con el enemigo, avanzaba solo después de un reconocimiento del terreno y cerrando cuidadosamente la columna.

El cónsul llega al río Sangarius y ordena la construcción de un puente. Una vez vadeado el río llegan ante él desde Pesinunte sacerdotes de la Magna Mater anunciando con un canto frenético que la diosa abría a los romanos el camino de la guerra y les concedía la victoria y el dominio de aquella región. Manlio Vulso acepta el augurio y acampa en las cercanías de Pesinunte. Al día siguiente se dirige hacia Gordio (antigua capital de Frigia), encontrando la ciudad totalmente abandonada pero repleta de provisiones. Allí le alcanzaron los emisarios de Eposognato y le anunciaron que el intento de mediación con los regulos de los demás pueblos había resultado inútil. Le informaron que estos estaban emigrando en masa de las aldeas y las tierras del llano con sus mujeres e hijos llevándose cuanto podían acarrear, y se dirigían al monte Olimpo para defenderse allí con las armas y la posición.

Posteriormente, unos mensajeros de los oroandenses informan con más precisión al cónsul; los tectosagos se habían separado dirigiéndose a otro monte, llamado Magaba, los trocmos habían dejado sus mujeres e hijos con los tectosagos, y habían marchado armados para prestar ayuda a los tolostobogios en el Monte Olimpo.

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Los gálatas en Anatolia. Mapa de los asentamientos y batallas

Batalla del Monte Olimpo 189 AC

Manlio Vulso había previsto una batalla a distancia, asediando posiciones, por lo que había preparado gran cantidad de jabalinas para los vélites, flechas, bolas y pequeñas piedras para lanzar con honda. Provisto de esta reserva de proyectiles marchó en dirección a las tropas enemigas y acampa a 8 km del Monte Olimpo.

Al día siguiente, Átalo y 400 jinetes se adelantan para examinar la configuración de la montaña y el emplazamiento del campamento gálata. Cerca de 800 jinetes lo interceptaron y le obligaron a emprender la huida.

Al tercer día, el cónsul partió con las tropas para reconocer el terreno y, al no salirle el enemigo al encuentro, logró dar la vuelta a la montaña sin problemas. Observó que por la cara sur las elevaciones era de tierra y con una pendiente suave hasta un determinado límite; por la parte norte las paredes rocosas eran casi verticales; pero mientras que todo el resto era impracticable, había tres caminos, uno en medio del monte donde el terreno era de tierra, los otros dos, más difíciles, estaban en la parte sudeste y noroeste.

Reconocida la zona, el cónsul traslada el campamento a las faldas del monte. Al día siguiente, después de obtener presagios favorables, dividió el ejército en tres columnas e inicia el avance contra el enemigo.

El cónsul, junto al grueso del ejército, se dirigió hacia el acceso más fácil. Ordenó a su hermano Lucio Manlio subir por la cara sudeste hasta donde se lo permitiera el terreno y que, una vez alcanzado ese punto, gire en dirección a él y se reuniese con su columna. A Cayo Helvio le ordenó que bordease el monte hasta la pendiente noroeste. Los auxiliares traídos por Átalo también fueron divididos en tres partes. La caballería y los elefantes permanecerían en la llanura más próxima teniendo sus oficiales la orden de estar atentos a los tres puntos de asalto para poder acudir como ayuda si la situación lo requería.

Los gálatas, confiados en que su posición era inaccesible por las caras sudeste y noroeste, enviaron unos 4.000 hombres para ocupar una colina que dominaba el camino de tierra a 1,5 km del campamento con la intención de bloquearle el paso al cónsul. Al observar este movimiento, Manlio Vulso se preparó para la batalla.

En vanguardia iban los vélites y los arqueros cretenses de Átalo junto a los honderos trales y tracios.

Se inició el combate a distancia con las armas arrojadizas, fue equilibrado al principio, favorecidos los gálatas por la ventaja de la posición y los romanos por la variedad y la abundancia de armas ofensivas.

Los gálatas llevaban escudos largos y planos, pero eran demasiado estrechos lo que provocaba una mala protección ante la lluvia de proyectiles. Una vez que lanzaron todas las armas arrojadizas, únicamente les quedaban las espadas que inútiles para aquel tipo de combate; por lo que recurren a arrojar piedras de tamaño inapropiado al no haber hecho acopio de las adecuadas para un enfrentamiento a larga distancia. Mientras tanto, fueron acribillados por los romanos desde todas partes con bolas, jabalinas y flechas.

Pillados por sorpresa para un enfrentamiento al que no estaban preparados, llegaron a un punto de rabia y desconcierto, y decidieron cargar contra los romanos.

Cuando los primeros gálatas logran aproximarse a las primeras filas romanas fueron diezmados por los vélites. Superados en número, ante la proximidad de las enseñas de las legiones, huyeron en desbandada hacia su campamento en donde ya cundía el pánico y el desconcierto al estar allí entremezclados las mujeres, los niños y la masa restante de los no combatientes.

Manlio Vulso, cuando las primeras enseñas llegaron hasta las alturas ocupadas por la infantería ligera, dio orden a los soldados de tomar un respiro y descansar un poco.

En ese mismo momento, Lucio Manlio y Cayo Helvio habían llegado hasta donde les permitía el terreno; al alcanzar las paredes impracticables giran en dirección a la columna del cónsul.

Los legionarios recibieron la orden de recoger todas las armas arrojadizas que habían quedado diseminadas en la pequeña colina mientras que la infantería ligera se adelantaba junto a las tropas auxiliares.

El cónsul se puso en marcha hacia el campamento gálata. Cuando se aproximaba dejó a los vélites y tropas auxiliares en vanguardia, teniendo en cuenta el resultado favorable del primer encuentro.

Los gálatas, temiendo que sus fortificaciones fueran insuficientes, formaron con sus armas delante de la empalizada. De repente se vieron sometidos a una nube de proyectiles que les hizo refugiarse en el campamento, dejando únicamente fuertes guardias a la entrada misma de las puertas.

Sobre la masa empujada al interior del campamento se dispara una ingente cantidad de armas arrojadizas y proyectiles, y los gritos mezclados con los llantos de las mujeres y los niños daban a entender que eran muchos los heridos. Fue entonces cuando avanzaron las legiones; la vanguardia lanza sus pilum contra las tropas que bloqueaban las puertas, estos no logran aguantar mucho tiempo el empuje romano.

Abiertos los accesos al campamento, todos los que estaban en el interior del mismo salieron huyendo en todas direcciones. Manlio Vulso ordenó que se persiguiera a esa multitud, aterrorizada hasta tal punto que muchos caían despeñados por las paredes rocosas.

La segunda columna, al mando de Lucio Manlio, se aproxima al campamento, pero el cónsul les negó la entrada para evitar que se dieran al saqueo y los mandó directamente en persecución del enemigo. Cayo Helvio llega tras la partida del cónsul y no fue capaz de impedir que sus hombres tomasen gran parte del botín.

No resultó fácil establecer el número de muertos debido a que la matanza se extendió por todos los montes y gran parte de ellos rodaron por peñascales inaccesibles hasta valles muy profundos mientras que otros fueron muertos en la espesura de los bosques.

Según relata Livio, las bajas gálatas fueron cerca de 40.000, cifra a todas luces muy exagerada.

Batalla del Monte Magaba 189 AC

Tras la batalla del Monte Olimpo, Manlio Vulso dirigió sus tropas contra los tectosagos llegando en tres jornadas a Ancira; los enemigos se encontraban a poco más de 16 km de la ciudad.

Al campamento romano se acercan unos delegados de los tectosagos solicitando audiencia para sus jefes asegurando que cualquier condición de paz sería para ellos preferible a una guerra. Se fijó para el día siguiente la hora y el lugar que parecía a medio camino aproximadamente entre el campamento de los gálatas y Ancira.

El cónsul acudió a la hora fijada junto a una escolta de 500 jinetes; al no aparecer nadie opta por regresar al campamento. Volvieron los mismos parlamentarios alegando que sus régulos no habían podido acudir debido a impedimentos de carácter religioso y solicitaban un nuevo encuentro a lo que el cónsul responde que acudiría Átalo.
Átalo se presentó con una escolta de 300 jinetes; aparecieron los mismos representantes de los gálatas con la excusa de que estaban autorizados a concluir un tratado que luego sería ratificado por sus líderes. Estas maniobras tenían por objeto en primer lugar ganar tiempo mientras se trasladaban al otro lado del río Halis, junto con sus mujeres y sus hijos, los bienes que no querían que corrieran peligro; y en segundo lugar, preparar una emboscada al propio cónsul, que estaría poco en guardia contra la ruptura del derecho de gentes de una negociación. Para este propósito habían escogido de entre todas sus tropas a cerca de 1.000 jinetes.

La delegación gálata llegó a unos acuerdos de paz con Átalo que debían ser ratificados por el cónsul y sus régulos. Átalo le asegura a Manlio Vulso que esta vez sí que acudirían los jefes tectosagos.

Los soldados romanos encargados de recoger forraje y leña fueron enviados a la zona donde iba a celebrarse la entrevista, considerando los tribunos que así la seguridad sería mayor porque la guardia del cónsul les serviría también a ellos de protección frente al enemigo; no obstante y sin confiarse demasiado, colocaron un segundo puesto de guardia para ellos formado por 600 jinetes, más cerca del campamento.

El cónsul partió hacia la entrevista acordada junto a su escolta de 500 jinetes; no se hallaba muy lejos del punto de encuentro cuando fue atacado por la caballería enemiga. En los primeros momentos, logró contener la carga inicial, pero en poco tiempo los romanos emprendieron la huida. Los gálatas los persiguen; al escuchar los gritos de los que eran masacrados, los 600 jinetes que escoltaban a los forrajeadores, marcharon rápidamente al lugar del combate. Los gálatas fueron derrotados a la primera carga; los forrajeadores acudieron desde todas partes topándose con los que huían en desbandada. Muy pocos gálatas lograron escapar vivos.

Manlio Vulso dedica un par de días a estudiar la configuración del Monte Magaba; al tercer día sacó a sus tropas y las divide en cuatro grupos, dos que llevaría por el centro del monte y dos que haría subir por los lados en dirección a las alas de los gálatas.

Lo mejor de las fuerzas enemigas, los tectosagos y los trocmos, unos 50.000 hombres, ocupaban el centro de la formación; la caballería desmontó dado lo escarpado del terreno y sus 10.000 hombres fueron colocados en el ala derecha; los capadocios de Ariarate y las tropas auxiliares de Morcio, un contingente de unos 4.000 hombres, se situaron en el ala izquierda.

Manlio Vulso situó a las tropas ligeras en vanguardia al igual que hizo en el Monte Olimpo, ocupándose de que también en este caso tuvieran a mano una gran cantidad de proyectiles de todas clases.

La batalla fue una repetición de la batalla anterior, los vélites y tropas ligeras lanzaron una lluvia de proyectiles contra los gálatas, una vez desconcertados, mandó avanzar las legiones.

Los gálatas no resistieron ni siquiera la primera carga. Todos emprenden la huida siendo solamente unos pocos los que se refugian en el campamento; la mayoría logra escapar al quedarse las tropas romanas asaltando la empalizada. Las alas gálatas resistieron un poco más de tiempo debido a que estaban un tanto alejadas del centro pero también cedieron. El cónsul, incapaz de detener el pillaje emprendido dentro del campamento, envió en persecución del enemigo a las tropas que habían atacado por los flancos.

Aunque la persecución se prolongó durante bastante tiempo únicamente cayeron muertos 8.000 hombres en la huida; el resto logró cruzar el río Halis.

Los gálatas, tras reagruparse, enviaron al cónsul una embajada pidiendo la paz. Manlio les mandó dirigirse a Éfeso; él, como estaban ya a mediados del otoño, se apresura a salir de aquellos lugares gélidos debido a la proximidad de las montañas del Tauro y llevó al ejército de vuelta a los cuarteles de invierno de la costa.

Para el año 188 AC, entraron en funciones los cónsules Marco Valerio Mesala y Cayo Livio Salinator.

Paz de Apamea 188 AC

A Cneo Manlio Vulso se le prorrogó el mando en Asia en calidad de procónsul. Este comenzó las negociaciones para un tratado de paz con el rey Antíoco III, siguiendo las instrucciones de los diez comisionados enviados a tal efecto. El tratado se formalizó en Apamea en Frigia.

Condiciones pactadas en el tratado fueron:

  • El rey seléucida Antíoco III se comprometió a pagar como indemnización de 500 talentos inmediatamente y 2.500 más cuando el Senado romano ratificara el tratado. y 12.000 más durante doce años en cuotas anuales.
  • Antíoco III también debía entregar todos los prisioneros y desertores, incluido el caudillo cartaginés Aníbal a Roma. Sin embargo, esta cláusula no se pudo cumplir, puesto que Aníbal huyó a Bitinia.
  • El rey Antíoco renunciaba a Asia Menor al norte de los montes Tauro, quedando como rey en el resto de sus territorios.
  • Se abstenía de navegar por el estrecho del Bósforo.
  • Entregaba sus elefantes y sus navíos, excepto diez que no serían impulsadas por más de treinta remos.
  • El rey Antíoco no tendría derecho a contratar mercenarios en aquellos pueblos que estaban bajo el dominio del pueblo romano, ni, incluso, a aceptar voluntarios.
  • Rodas recibía el territorio de Licia y parte del de Caria.
  • Éumenes II de Pérgamo recibía el Quersoneso europeo (península de Galípoli), quedando dueño del estrecho del Helesponto.
  • Roma sometió a los etolios y subordinó la política de estos a la del Senado romano, quitándoles su influencia en la Anfictionía de Delfos.
  • Filipo V de Macedonia adquirió algunos territorios.
  • Roma se anexionó las islas de Zante y Cefalonia, en el mar Jónico.
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Paz de Apamea 188 AC. Mapa de la situación en Asia Menor tras la firma del tratado

Antíoco renunciaba definitivamente a la recomposición del reino de Seleuco; Siria desaparecía como potencia mediterránea y a partir de ahora sería un estado de corte oriental sometido a fuertes presiones internas.
Pérgamo y Rodas eran las grandes beneficiadas aunque muy pronto se desatarán entre ellas fuertes pugnas por llevarse la mejor parte.

El panorama político del helenismo había cambiado. Durante dos siglos había estado presidido por el equilibrio de tres grandes reinos. Entonces, con un Egipto debilitado y vencidas Macedonia y Siria, se creaba un nuevo equilibrio al que venían a sumarse Rodas, Pérgamo y la Liga Aquea.

Roma usó la amenaza de una guerra renovada para evitar que el poder seléucida se reafirmara en la región. En la Sexta Guerra Siria, Roma insistió en que los seléucidas dejaran en paz al Imperio ptolemaico después de ocupar gran parte de Egipto y Chipre en el 168 AC; El rey seléucida Antíoco IV aceptó a regañadientes.

Las Historias de Polibio registran que en 162 AC, una delegación romana visitó Antioquía y utilizó el Tratado como excusa para desjarretar a los elefantes de guerra seléucidas y destruir los barcos seléucidas por violar los términos del tratado.

Entrada creada originalmente por Arre caballo! el 2014-06-11. Última modificacion 2022-01-19.
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