Edad Antigua Los númidas Guerra de Yugurta (112 – 105 AC)

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Antecedentes

Tras la derrota final de los cartagineses, Publio Escipión colocó a Masinisa a cargo de gran parte del territorio de Sifax en reconocimiento de la ayuda que Masinisa le había prestado frente a Cartago. Masinisa unificó a las tribus númidas alentando y promoviendo su asentamiento fundando numerosas ciudades.

Quería lograr una nación unida, un estado único en el norte de África con una industria agrícola, se convirtió en el principal aliado del pueblo romano, estableció una organización helénica en su reino y mantuvo numerosas relaciones comerciales con Rodas, Delos y Atenas.

Aprovechándose del tratado de paz que impedía a Cartago enzarzarse en guerras sin el permiso de Roma, Masinisa se anexionó parte del territorio cartaginés y siguió anexionándose territorios púnicos durante el siglo II AC apoyado por Roma.

En la propia Cartago existía un partido númida que deseaba la unión con Numídia, lo cual provocaba los recelos de Roma. Todos estos conflictos hicieron que se declarara la tercera guerra púnica.

En el año 149 AC, Masinisa murió de viejo durante la guerra y Espición el Africano hizo dividir el territorio de Masinisa entre tres de sus hijos: Gulusa, Micipsa y Mastánabal impidiendo así la pretensión de Masinisa de una nación unificada.

Le confió a Gulusa el mando supremo del ejército númida y la dirección de la guerra contra lo que quedaba de Cartago (Tercera Guerra Púnica), es decir, la supremacía política sobre sus otros dos hermanos.

Caballería númida. Autor Giuseppe Rava

Caballería númida. Autor Giuseppe Rava

Gulusa asistió al sitió y destrucción total de Cartago por parte de las legiones romanas, en el año 149 AC, muriendo al cabo de pocos años. El reino pasó a su hijo Masiva, de quien se sabe bien poco, tan sólo que estuvo en el año 111 AC en Roma, junto con Yugurta, siendo asesinado por orden directa de éste al conocer los planes políticos que albergaban los romanos de proclamarlo rey único de toda la Numidia.

Yugurta no tenía ninguna posibilidad de heredar el trono, pero era muy popular entre la ciudadanía númida.

El rey númida Micipsa envidiaba la popularidad de Yugurta, y decidió que  estaría mejor en un lugar lo más lejano posible de Numidia.Y lo envió a Hispania con un contingente de caballería númida, a colaborar con Escipion en la guerra contra los hispanos.

Mandar a Yugurta a Hispania fue un serio error de cálculo. Los años que Yugurta pasó sirviendo junto al alto mando del ejército romano le sirvieron para aprender muchas lecciones valiosas que emplearía en el futuro. Primero conoció la organización militar y la estrategia de las legiones, ya que participó en numerosos episodios bélicos. Cuando tenía 26 años estuvo en el famoso asedio de Numancia, mandando tropas númidas enviadas por Micipsa. Y no solo aprendió de los romanos. También observó que los celtíberos, pese a enfrentarse a un ejército más avanzado y disciplinado, se estaban mostrando muy capaces de oponer una férrea resistencia. Eran quizá inferiores en tecnología y organización, pero usaban el terreno en su favor, evitando combatir en campo abierto, donde nadie podía esperar vencer a la poderosa máquina bélica romana sin tener una gran superioridad numérica. Los celtíberos se internaban en bosques y montañas, atrayendo a los legionarios para tenderles emboscadas. Atacaban de manera inesperada a las columnas romanas y se dispersaban rápidamente, huyendo por el terreno que hacía muy difícil toda persecución. Aquella, una de las primeras guerras de guerrillas, fue una dura prueba para los romanos, que no estaban tan preparados para ello, solamente para la batalla convencional. La guerrilla les exasperaba, incrementaba mucho los costes militares y además afectaba a la moral de los legionarios. Yugurta tomó buena nota.

Yugurta se revelo como un competente soldado. Según el historiador Salustio, ”Por su obediencia incondicional y su desprecio del peligro, pronto se convirtió en héroe de los romanos y terror de sus enemigos”.

El mismo Escipión estaba entusiasmado con Yugurta, y lo recomendó efusivamente al rey Micipsa. ”Tengo en alta estima lo que ha hecho por nosotros, y haré lo que esté en mi mano por trasmitir esta estima al senado y el pueblo de Roma”.

Micipsa captó la indirecta de Escipión y nombro heredero a Yugurta, junto con sus propios hijos Hiempsal y Adherbal, y en su lecho de muerte, en el año 118 AC, encomendó a Yugurta el cuidado de sus hijos.

El más joven, Hiempsal, sugirió que su padre sufría demencia senil, y también sugirió que por esa razón, debía abolirse la adopción de Yugurta.
Yugurta no estuvo de acuerdo con esa apreciación y poco después de la propuesta de Hiempsal, unos soldados irrumpieron en su casa y lo asesinaron. Y luego llevaron su cabeza a Yugurta.

El otro heredero decidió no correr la misma suerte que su hermano y se levantó en armas. Pero Yugurta tenía más soldados y era mejor militar y lo derrotó con facilidad, obligándolo a huir a la provincia romana de África, lo que antes era Cartago.

Al senado romano no le gustaron estas luchas en su provincia, y convoco a ambos númidas a Roma. El senado romano emitió un decreto que dividía Numidia entre Yugurta y Adherbal, en el que Yugurta obtenía la parte más rica del reino.

Este arreglo duro pocos años, los suficientes para que Yugurta se preparara para la guerra. Y cuando estuvo preparado, invadió las tierras de Adherbal, que disponía de pocos jinetes fue empujado a la ciudad fortificada de Cirta (actual Constantina) en Argelia.

Roma decidió enviar una comisión para investigar que estaba pasando. Yugurta alegó que Adherbal había intentado asesinarlo e insistió en su amistad con Escipión. La comisión romana abandonó África, momento que aprovecho Yugurta para reanudar el asedio de Cirta, poniendo vallado y foso.

Roma envió una nueva comisión, compuesta por senadores de alto rango, como Marco Emilio Escauro. Yugurta no hizo ninguna concesión y la nueva comisión, frustrada, volvió a Roma. Los defensores de Cirta, abandonados a su suerte por Roma, se vieron obligados a negociar con Yugurta. Se ofreció a los defensores y al mismo Adherbal conservar la vida a cambio de la rendición de la ciudad. Los defensores aceptaron y se rindieron, pero una vez los soldados de Yugurta penetraron en la ciudad, se les ordenó asesinar a todos los varones adultos, incluido el mismo Adherbal.

Cuando la noticia de la caída de Cirta llego a roma en el 112 AC, la guerra resultaría inevitable, pues buena parte de los defensores de la ciudad eran comerciantes romanos. El propio hijo de Yugurta se presentó al Senado con la intención de apaciguar a los romanos con una gran cantidad de dinero, se le respondió que, a menos que ofreciera la rendición incondicional, se volviese de inmediato a su país.

 

Primera campaña: Lucio Calpurnio Bestia (110-109 AC)

A Lucio Calpurnio le correspondió Numidia, mientras que Escipión Nasica permanecería en Italia. Se procedió a reclutar un ejército para la campaña africana.

El cónsul Lucio Calpurnio Bestia partió con el ejército a través de Italia hasta Regio, y de allí pasó a Sicilia, desde donde embarcó para África; con la intendencia que le esperaba preparada en la provincia romana, penetró inmediatamente en Numidia, apoderándose en un principio de algunas ciudades. Yugurta respondió con una propuesta de paz, que los romanos aceptaron de inmediato. Yugurta debía declarar su sumisión a Roma, pagar una modesta indemnización y entregar 30 elefantes y muchos caballos a los romanos. Era un castigo muy pequeño para los desmanes de Yugurta. Quizas Calpurnio Bestia fue sobornado por Yugurta, o quizás los romano estaban más preocupados por las noticias de una inminente invasión barbará a través de los Alpes. El senado de Roma creyó más en la posibilidad de un soborno y se constituyó una comisión investigadora. Yugurta fue llamado a Roma, con inmunidad total a cambio de su testimonio.

Guerra de Yugurta, principales acciones militares

Guerra de Yugurta, principales acciones militares

Yugurta acudió a Roma, pero antes de que pudiera decir una palabra en el senado, un tribuno le prohibió hablar. Y sin poder hablar, Yugurta se dedicó a aprovechó el tiempo para asesinar Massiva, otro nieto de Masinisa que estaba reclamando el trono de Numidia. Cuando fue preguntado por el hecho, no ocultó su responsabilidad en el asesinato, y los indignados romanos, que debían respetar la inmunidad concedida a Yugurta, solo pudieron ordenarle que abandonara Italia de inmediato. Ya no habría más tratados de paz.

En el año 110 AC, un ejército al mando del pretor Espurio Postumio Albino llego a África. Pero se vio obligado a volver a Roma para las elecciones, dejando al mando del ejército romano a su hermano Aulo.

Aulo Albino le tentaron los rumores de que había un gran tesoro oculto en la ciudad númida de Suzul. Así que esperó a que su hermano el cónsul estuviera camino de Roma para celebrar las elecciones y la cabeza de tres legiones sin experiencia se dirigió a Suthul (Calama). Al fracasa el tomar la ciudad por sorpresa, los romanos empezaron a cercar la ciudad.

Jinetes númidas: pesado a la izquierda y legero a la derecha

Jinetes númidas: pesado a la izquierda y ligero a la derecha

Yugurta astutamente, viendo que Aulo Postumio no tenía capacidades como comandante, se presentó para romper el cerco de la ciudad. El rey númida hizo que su ejército realizara toda clase de maniobras evasivas, fingiendo huir por debilidad. Aulo Postumio, engañado, se cegó en una persecución que lo llevó hacia terrenos cada vez más propicios a su enemigo. Cuando por fin Yugurta hubo puesto las cosas a su favor, asaltó el campamento legionario durante la noche. El ejército romano, tomado por sorpresa, huyó en desbandada hacia una colina cercana. En su nueva ubicación elevada, los romanos podían defenderse con facilidad, pero existía un serio inconveniente: estaban completamente rodeados y no podían huir. Tenía dos opciones: intentar romper el cerco, algo que parecía un suicidio, o permanecer sitiado hasta que el hambre y la sed diezmasen a los suyos. Yugurta, adivinando la desesperación del general romano, le envió un mensaje prometiendo que si se rendía y accedía a abandonar Numidia, dejaría salir vivos a los legionarios. Aulo Postumio, sin saber qué más hacer, aceptó. Los prisioneros fueron obligados a pasar bajo un yugo, una costumbre ancestral mediante la cual cada soldado derrotado reconocía la superioridad del enemigo. Después de infligir a los romanos esta humillación, la mayor que podía sufrir un ejército de la antigüedad, Yugurta concedió a los romanos un plazo de once días para abandonar el país. La noticia llegó a Roma no a través de Aulo Albino, sino de Yugurta, que envió al Senado una copia del tratado acompañada de una carta en la que se queja duramente de traición por haber invadido un país con ansias de paz que no había levantado ni un dedo contra Roma.

El nuevo tribuno de la plebe Cayo Mamilio pidió la cabeza de Postumio Albino y exigió que su hermano Aulo Albino fuese ejecutado por traición y que a Espurio Albino se le juzguara también por traición.

La derrota romana no se debió solo a la superior dirección militar de Yugurta, sino también al terreno y las condiciones climatológicas. Los suministros romanos procedentes de la costa debían transportarse a través de unas montañas densamente pobladas de coníferas y árboles de hoja perenne, repletas de bandidos dispuestos a lanzarse sobre cualquier convoy escasamente protegido. En las veces que se enfrentaron en campo abierto, las legiones tuvieron que enfrentarse a la caballería númida de Yugurta, estos tenían mayor movilidad y conocían mucho mejor el terreno.

Segunda campaña: Quinto Cecilio Metelo (109 – 107 AC)

El Senado redactó y despachó una dura carta para Yugurta, diciéndole que Roma no puede ni quiere reconocer un tratado firmado firmado por un hombre sin Imperium y, por consiguiente, sin autoridad del Senado del pueblo romano para mandar un ejército, gobernar una provincia y concertar tratados.

La victoria de Yugurta sobre Aulo Postimio en la batalla de Suzul generó un sentimiento de especial furia en Roma. Y en el año 109 AC, un nuevo ejército romano, al mando del cónsul Quinto Cecilio Metelo llegó a África. Mientras el otro cónsul Marco Junio Silano tenía la responsabilidad de conjurar la amenaza sobre Italia de las tribus germanas de cimbrios y teutones.

Metelo era un buen soldado, y además era conocido por su honradez y por ser incorruptible. El procónsul Espurio Albino le entregó un ejército desmoralizado, apático, derrotado e incapaz de aguantar riesgos y fatigas. Decidió no emprender ninguna campaña e instruir de nuevo a sus soldados.
Por medio de un edicto, prohibió que nadie vendiera pan en el campamento o cualquier otro alimento cocido, los cantineros no seguirían al ejército, los soldados no tendrían, ni en el campamento ni en marcha, esclavo o acémila. Además, todos los días cambiaba de campamento por caminos transversales, lo fortificaba con empalizada y foso, como si el enemigo estuviese a la vista, ponía numerosos puestos de guardia y les pasaba revista con sus oficiales; del mismo modo, durante la marcha, se hacía presente bien en vanguardia, bien en retaguardia, y muchas veces en el centro, para que nadie se saliese de su fila, para que marchasen apiñados en torno a sus insignias, para que los soldados llevasen su alimento y armas.

Yugurta se enteró por sus agentes de los preparativos de Metelo y viendo que no podría sobornar a Metelo, y temiendo el potencial del ejército que había traído, Yugurta intento establecer negociaciones de paz.

Soldados romanos durante la Guerra Yugurta: A jinete, B legionario, 3 centurión. Autor Angus Macbride

Soldados romanos durante la Guerra Yugurta: A jinete; B legionario; C centurión. Autor Angus Macbride

Metelo, en principio se mostró dispuesto al diálogo y a Yugurta varias exigencias, siempre de una en una, como si cada una de ellas fuera a ser la última. De este modo, Yugurta entregó a Metelo rehenes, armas, elefantes, la devolución de prisioneros y los desertores romanos, que fueron ejecutados sin excepción.

Yugurta se dio cuenta demasiado tarde que Metelo había estado ganando tiempo, mientras entrenaba y aclimataba a su ejército. Metelo se dirigió hacia el oeste, tomó la ciudad de Vaga y se dirigió con su ejército hacia el río Muthul (Wäd Mellag o Mellag). Con un ejército de 35.000 hombres

 

Batalla del río Muthul 108 AC

Yugurta decidió tender una trampa al ejército romano que le perseguía, decidió buscar un desfiladero y cerrarlo por ambos lados para destruir su ejército. Metelo tras descender montañas y cruzar el desierto trató de alcanzar el río Muthul, donde esperaba reponer sus reservas de agua. Para ello tenía que pasar por un valle estrecho. Yugurta había desplegado 2.000 infantes ligeros y 45 elefantes de guerra bajo el mando de su hermanastro Bomílcar a la salida, mientras esperaba con el grueso de su ejército (20.000 hombres la mayoría jinetes y otros 35 elefantes) en una ladera de un monte por donde los romanos tendrían que pasar.

Batalla del río Mithul: Primera fase

Batalla del río Muthul 108 AC: Primera fase

Tras descender del paso de montaña y adentrarse en el valle, Metelo se percató de la emboscada, pero no tenía más remedio que reponer sus reservas de agua en el río y seguir el camino bajo la vista de los enemigos. Metelo destacó una fuerza de caballería e infantería ligera al mando de Publio Rutilio Rufo (sería cónsul en el 105 AC) para que estableciera un campamento junto al río. Tras ello, la parte principal del ejército romano se desplazó en paralelo a la fuerza númida hacia el río.

Yugurta una vez que todo el ejército romano se había adentrado en el valle, ordenó a su infantería ligera prevalente unos 2.000 que ocupase y fortificase el puesto de montaña para cortar la retirada de los romanos. A una señal, la caballería númida cargó contra la columna de los romanos, atacándola en pequeños grupos aislados. Los romanos se mantuvieron en pequeños grupos, incapaces de realizar movimientos coordinados. Cada grupo luchaba por su propia supervivencia, y la caballería númida tenía el control del campo de batalla.

Según Salustio “Unos númidas hacían estragos en la retaguardia, otros probaban por izquierda y derecha, se mostraban atacando y presionaban, en todos los puntos desorganizaban las filas de los romanos. Entre éstos, incluso los que habían hecho frente al enemigo con ánimo más firme se veían burlados por la confusión del combate, y mientras ellos eran heridos sólo de lejos, no tenían posibilidad de herir a su vez o de trabar combate. Aleccionados ya con anterioridad por Yugurta los jinetes, cuando el escuadrón de los romanos comenzaba a perseguirlos, se retiraban, no en filas cerradas ni al mismo punto, sino lo más alejados posible los unos de los otros. De este modo, al ser superiores en número, si no podían hacer desistir al enemigo de su persecución, los atacaban por la espada y por los flancos cuando estaban desanimados. Y si para huir resultaba más adecuada una colina que los llanos, los caballos de los númidas, que estaban acostumbrados, se abrían paso por allí con facilidad entre los ramajes, mientras que a los nuestros lo abrupto y desconocido del lugar los entorpecía“.

Bomilcar mientras bloqueó la salida para evitar la fuga del grueso y prevenir la ayuda de las tropas de Metelo.

Cuando la batalla parecía completamente perdida, un legado del ejército de Metelo, Cayo Mario, había reorganizado algunos de los grupos conduciendo a 2.000 soldados contra los númidas para liberar a su comandante. Tras ello, Mario marchó contra la fuerza númida estacionada en la colina que se retiró cediendo a los romanos el control del paso, tras lo que marchó contra la retaguardia de la caballería númida, uniendo los grupos en una sola fuerza.

Batalla del río Muthul: Segunda fase

Batalla del río Muthul 108 AC: Segunda fase

Mientras, Rufo contuvo a la fuerza de los númidas bajo el mando de Bomílcar, derrotando a los elefantes de guerra de Yugurta que sucumbieron en una auténtica carnicería matando a 40 y capturando a 4. Por la tarde, los dos ejércitos se encontraron uniéndose en una sola fuerza.

Batalla del río Muthul: Tercera fase

Batalla del río Muthul 108 AC: Tercera fase

Gracias a su retirada a tiempo, Yugurta sufrió pocas bajas en comparación con los romanos que habían sido derrotados de manera aplastante si la batalla hubiera seguido el esquema del principio. Por lo tanto el resultado fue indeciso ya que aunque la victoria fue romana estos fueron también los que más bajas sufrieron.

Permaneció cuatro días en el campamento frente al río mientras se curaba a los heridos y se daba descanso a la tropa. Allí repartió condecoraciones y les dio las gracias a sus soldados, exhortándolos para que mostraran idéntico espíritu para lo que restaba de campaña.
La victoria romana se debió a dos factores principales: La calidad de los exploradores romanos que notificaron a su general la posición de los númidas emboscados y el inspirado liderazgo de Mario durante la batalla.

Yugurta supo retirarse a tiempo y no sufrió excesivas bajas. Pero tras la batalla, muchos de sus soldados, que eran mayoritariamente pastores y campesinos, optaron por regresar a sus hogares, a ocuparse de sus propios asuntos. Reorganizó el resto de sus tropas en guerrillas, volviendo con ello a la guerra de desgaste.

Batalla de Zama Regia

Cecilio Metelo, al ver que le estaban cansando con artimañas y que el enemigo no le daba posibilidad de combatir, decidió poner bajo asedio una ciudad grande, para lo cual eligió Zama Regia, baluarte del reino en la zona donde estaba situada, en la idea de que, como lo exigía el hecho, Jugurta vendría en auxilio al estar en peligro los suyos, y allí se daría la batalla.

Yugurta, informado por los desertores de lo que tramaba Metelo, se anticipó al cónsul. Ordenó a los habitantes de Zama Regia que defendieran las murallas con la ayuda de los desertores “la clase más firme de las tropas del rey, porque no podían engañarle“, con la promesa de que en su momento iría él con el ejército en ayuda de la plaza. Tras convenir la defensa, se retiró a unos parajes ocultos en espera de los romanos; poco después se enteró de que Mario había sido enviado sobre la marcha a buscar trigo, con unas pocas cohortes, a la región de Sica (actual Le Kef), que era la primera ciudad que, después de la derrota, había desertado del rey. Aprovechando la noche, hacia allí se encaminó Yugurta con una élite de caballería y, cuando salían los romanos de la ciudad, entabló combate con ellos en la misma puerta, animando al mismo tiempo a los habitantes de Sica para que atacaran a las cohortes por retaguardia.

Ya en campo abierto, los romanos pudieron repeler fácilmente el ataque de la caballería del rey. A continuación, Mario se encaminó en dirección a Zama Regia. La plaza estaba situada en una llanura, fortificada a base de obras y estaba bien abastecida de armas y de hombres. Por lo tanto, Cecilio Metelo rodeó con el ejército todo el perímetro de las murallas, indicando a sus lugartenientes dónde tenía que ejercer el mando cada cual.
Mientras se combatía en el asedio de Zama, Yugurta irrumpió de repente con un gran contingente de tropas en el campamento romano; descuidados los que estaban de guardia no pudieron impedir que los númidas penetraran en la empalizada. Los romanos, paralizados por el miedo, buscaban desesperadamente una salida. Cerca de cuarenta legionarios lograron reagruparse, tomaron un lugar elevado y allí lograron aguantar sin que los númidas pudieran desalojarlos; recogían los dardos que les arrojaban desde lejos y los volvían a arrojar. Entretanto, Metelo, que estaba librando una reñida batalla en los muros de la ciudad, oyó el criterio enemigo a sus espaldas y dándose cuenta de la amenaza, envió rápidamente al campamento a toda la caballería y a Cayo Mario con las cohortes de los aliados. Yugurta se retiró a lugares protegidos. Metelo, sin poder culminar la toma de la ciudad, cuando la noche se le echaba encima, optó por retirarse a su campamento.

Al día siguiente, antes de continuar el asalto, el cónsul dio la orden de que toda la caballería se aposte delante del campamento por la parte por donde se esperaba la posible llegada de Yugurta, asignó a los tribunos las puertas y las zonas próximas y se dirigió en dirección a la ciudad; al igual que el día anterior, asaltaron las murallas.

Yugurta apareció de repente en el campamento y cargó por sorpresa con la infantería mezclada con la caballería. Los jinetes, confiando en los de a pie, no perseguían para luego replegarse como era práctica habitual, sino que se enfrentaban de cara con los caballos y cargaban contra las líneas, procurando romper las líneas por las que penetrase su infantería ligera.

Al mismo tiempo se combatía con gran violencia en el asedio de Zama.

Llegó un momento en que la atención recayó sobre la batalla ecuestre que se allí se daba. Cuando Mario se apercibió de ello, atacó las murallas con gran violencia. Las escalas alcanzaron sus objetivos; casi se habían afianzado los romanos en las murallas, cuando los de la plaza acudieron y arrojaron contra ellos piedras, fuego y toda clase de proyectiles. Los romanos aguantaron al principio, luego, cuando se partieron varias escalas, y muchos estaban cubiertos de heridas, se alejaron de las murallas. Por último, la noche suspendió los combates.

Metelo, al ver que eran vanos sus intentos, que no tomaba la ciudad y que Yugurta no peleaba como no fuese en emboscadas o en su propio terreno, y que el verano estaba ya terminando, se alejó de Zama y estableció sus guarniciones en aquellas ciudades que habían hecho defección a su causa y se hallaban suficientemente fortificadas por la situación o por sus murallas. El resto del ejército lo instaló, para pasar el invierno, en la parte de la provincia más cercana a Numidia: el cónsul se acuarteló en Tisidio con una legión y Mario puso su campamento cerca de Utica.

Yugurta se dispuso a reclutar un nuevo ejército, mientras Metelo trataba de apoderarse de tantas ciudades númidas como fuera posible, para cortar las líneas de aprovisionamiento de Yugurta. Metelo sobornaba continuamente a los aliados de Yugurta, incluso a Bomilcar, el su leal compañero, que había asesinado a Massiva en Roma.

Yugurta empezó a ver conspiraciones por todos los lados, y muchos de sus consejeros lo abandonaron antes de ser acusados y ejecutados. Yugurta, después de perder a sus amigos, muertos la mayoría por sus órdenes, y al haberse refugiado muchos en la corte del rey Boco, como no podía hacer la guerra con lugartenientes de confianza y consideraba peligroso probar la lealtad de los nuevos, empezó a conducirse de forma contradictoria, lleno de incertidumbre.

Batalla de Thala

Con su mando renovado por otro año, Metelo decidió capturar a Yugurta, ambas fuerzas se encontraron y al instante se entabló el combate. En la parte comandada por el rey se peleó por algún tiempo, todos sus demás soldados fueron derrotados y puestos en fuga al primer choque.

Finalmente, Jugurta se retiró junto a parte de su caballería al desierto, en dirección a Thala (actual Tala), ciudad grande y rica, donde estaban la mayoría de sus tesoros y se habían refugiado sus hijos. Cuando Metelo tuvo información de ello, si bien sabía que entre Thala y el río más cercano había cincuenta millas (romanas) de terrenos secos y baldíos, no obstante, con la esperanza de liquidar la guerra si se apoderaba de esta plaza fuerte, se propuso superar todas las dificultades y ordenó descargar los bártulos de todos los animales de carga, excepto el trigo para diez días, además de transportar odres y otros recipientes para el agua.

Cecilio Metelo dio instrucciones de que, en los campos, se requisase el mayor número de animales domésticos para cargarlos con vasijas de todas clases, pero especialmente de madera, recogidas en las chozas númidas. Indicó a las gentes de la zona, que se habían rendido tras la huida del rey, que acarrearan la mayor cantidad de agua posible y les fijó fecha y lugar para ponerse a su disposición; todos los animales de carga del ejército acarrearían agua del río más cercano a Thala. Preparado de esta manera, partió en busca de Yugurta.

Los de la plaza fuerte, que se habían considerado defendidos por lo intrincado del lugar, se vieron impresionados ante la súbita aparición del ejército romano ante sus murallas. Yugurta huyó, aprovechando la noche, con sus hijos y gran parte del tesoro.

Metelo, al observar que la ciudad se hallaba bien defendida por obras y por su situación geográfica, rodeó las murallas con una empalizada y un foso. A continuación, por los dos sitios disponibles más apropiados aproximó los manteletes, levantó un terraplén, y construyó sobre el mismo unas torres. Frente a estos preparativos, los de la ciudad preparaban defensas en los lugares por los que iban a comenzar el asalto los romanos.

Finalmente, los romanos, aunque agotados por el gran esfuerzo anterior y los combates, a los cuarenta días de haber llegado allí, se apoderaron de la ciudad; todo el botín fue destruido por los desertores (éstos habían llegado a la ciudad junto a Yugurta tras la batalla en la que había salido derrotado el rey).

Mientras tanto, Yugurta indujo al rey Boco (suegro de Yugurta), mediante grandes regalos y mayores promesas, a entrar en alianza con él.

Los ejércitos de Yugurta y del rey Boco se unieron en un lugar acordado; y desde allí marchar contra la ciudad de Cirta, porque Metelo había instalado allí el botín, los prisioneros y la intendencia. De modo que Yugurta pensó que, o bien merecería la pena apoderarse de la ciudad, o, si el general romano decidía acudir en ayuda de la plaza, se batiría en combate. Más que el ataque a la ciudad, la estrategia de Yugurta consistía en involucrar cuanto antes al rey Boco en la guerra contra los romanos.

Cuando tuvo constancia Metelo de la unión de los dos reyes decidió esperarlos en un campamento fortificado no lejos de Cirta. Entretanto, por una carta recibida de Roma, Metelo se enteró de que la guerra en Numidia se le había concedido a Mario (del nombramiento del mismo como cónsul ya había tenido noticias). Pensando que se le iba a arrebatar una victoria ya lograda, envió unos delegados a Boco para que no se enfrentara con los romanos: todavía tenía muchas posibilidades de trabar alianza y amistad con él, las cuales eran preferibles a la guerra. A estas propuestas Boco respondió que él deseaba la paz pero exigía el mismo trato para Yugurta; Metelo envió otra delegación y de esta manera pasó el tiempo.

Tercera campaña: Cayo Mario (107 – 105 AC)

Pero Metelo que recibió el sobrenombre de “Númidico” fue desplazado del mando por su lugarteniente Cayo Mario.

En el año 107 AC, fueron elegidos cónsules Lucio Casio Longino junto a Cayo Mario. Mientras Mario estaba maquinando su nombramiento como comandante en África, Longino se puso al frente de las legiones en la Galia. El resultado fue una nueva catástrofe militar. El ejército romano de la Galia fue aniquilado sin piedad por los tigurinos, aliados suizos de los cimbrios (el propio Longino murió durante la batalla). Una vez más, Roma estaba indefensa por el norte. Parecía cuestión de tiempo que los bárbaros se diesen cuenta. Por ello, el Senado decidió retirar las tropas de Numidia y llevarlas hacia los Alpes.

Cayo Mario se encontró con que ya no disponía de un ejército. No iba a ser fácil reclutar nuevas tropas. Roma y sus aliados italianos se estaban quedando sin reclutas que cumpliesen las condiciones mínimas. Era tradición que se alistaran únicamente los ciudadanos capaces de comprar su propio equipamiento militar, bajo la idea de que eran los hombres con propiedades los primeros interesados en defenderlas, y por tanto los principales responsables de enfrentarse a los enemigos exteriores. Era un sistema que ahorraba enormes gastos al Estado, pero que tenía un serio inconveniente: estaba pensado para conflictos bélicos de corta duración donde las pérdidas humanas eran pocas y los soldados podían regresar pronto a sus casas para ocuparse de sus tierras y negocios. Sin embargo, una guerra prolongada como las dos que estaba librando Roma mantenía a los soldados alejados de casa durante demasiado tiempo, exasperando su ánimo y el de la sociedad romana en su conjunto, y causando un serio perjuicio a la economía. El estado de ánimo era peor en la confederación italiana, cuyos habitantes todavía no eran ciudadanos de la República, pero sí combatían en sus ejércitos sabiendo que no iban a obtener los mismos beneficios de las victorias militares. Las bajas en el campo de batalla hacían, además, que tanto en Roma como en el resto de Italia la cantera de hombres con propiedades, susceptibles de enrolarse en el ejército, estuviese casi agotada. Mientras tanto, los muchos pobres que había en la República y sus aliados eran considerados no aptos para la movilización, pues no podían permitirse pagar el equipamiento que iban a necesitar en la batalla. Esto puede parecer extraño desde nuestro moderno punto de vista, pero cabe insistir en que durante mucho tiempo el sistema había funcionado bien. Tan bien, que había permitido que Roma se convirtiese en una gran potencia.

Su nuevo ejército africano solo tenía un inconveniente: el elevado porcentaje de nuevos reclutas que jamás habían participado en una batalla y cuya instrucción era escasa. Pero también en esto demostró Mario una enorme agudeza militar. Cuando sus nuevas tropas llegaron a Numidia, empezó a curtir el ánimo de los reclutas a base de escaramuzas y pequeños ataques donde sus hombres, guiados por los escasos veteranos de los que aún disponía, podían estrenarse en combates a pequeña escala. En ellos los reclutas descubrieron que quienes intentaban huir del enemigo o rehusaban combatir eran fácilmente derrotados perseguidos y aniquilados. Por contra, la mayor probabilidad de supervivencia se daba entre quienes combatían de frente, con valor, consiguiendo que fuese el enemigo quien perdiera el ánimo.

Cayo Mario desolado en Tapsus por el comportamiento de su legión.

Cayo Mario desolado en Tapsus por el comportamiento de su legión.

Mario, además, estimulaba el espíritu combativo de su ejército prometiendo a sus hombres el reparto de los botines de guerra. Así, en poco tiempo, Mario convirtió a sus reclutas novatos en soldados bien dispuestos para la batalla. Por fin tenía bajo su mando un ejército en condiciones.

 

Conquista de Capsa

Cuando su ejército estuvo en la forma requerida, Mario obtuvo algunas sonadas victorias que causaban gran alivio en Roma. Por ejemplo, emprendió un atrevido movimiento para conquistar la ciudad de Capsa. Situada en mitad de una zona desértica, se la consideraba inexpugnable porque el territorio circundante no disponía de pozos ni cultivos con los que los atacantes pudieran abastecerse de agua ni alimentos. Tampoco resultaba factible avanzar por aquel entorno desértico con carros de suministros. Era un caso raro de ciudad que disponía de fuentes de agua en el interior, pero ninguna más allá de sus murallas, y que por lo tanto se consideraba inmune a los intentos de sitio. Yugurta también estaba seguro de que Capsa era invulnerable, tanto que guardaba allí buena parte de sus tesoros, sin pensar que fuesen necesarias medidas extraordinarias de seguridad. Los propios habitantes y soldados guarnicionados en Capsa consideraban tan improbable un ataque romano que se permitían el lujo de relajar la vigilancia.

Mario, tras estudiarlo todo y teniendo en cuenta la falta de trigo que se iba a encontrar por el camino, ya que todo lo que se había producido lo habían trasladado por orden del rey a lugares seguros, y además el campo estaba seco y vacío de cosechas por aquella época (era el final del verano), se preparó con suficiente previsión. Asignó a la caballería auxiliar la conducción de todo el ganado que días antes había constituido parte del botín; ordenó a Aulo Manlio, su lugarteniente, que se dirigiera con unas cohortes de infantería ligera a la ciudad de Lares (actual Henchir Lorbeus), en donde se habían depositado las pagas y la intendencia, aseverándose que a los pocos días llegaría él allí realizando correrías. De este modo, manteniendo en secreto su propósito, se encaminó al río Tanais.

Durante la marcha se distribuyó el ganado en cantidades proporcionales entre la caballería y la infantería, fabricándose odres con sus pellejos; a los seis días, cuando llegaron al río, se abastecieron de agua usando una gran cantidad de odres que se habían hecho. Allí se levantó un campamento, con ligera protección, en donde se ordenó a los soldados que comieran y estuvieran preparados para salir con la puesta del sol, cargándose ellos mismos y las acémilas sólo de agua, y lo imprescindible para la batalla. Llegada la hora, las tropas abandonaron el campamento y, tras marchar toda la noche, se detuvieron; lo mismo se hizo durante los dos días siguientes. Al tercer día de marcha, antes del amanecer, llegaron a una distancia de unos 3 km de Capsa, en donde se hizo un alto guardando el mayor secreto posible. Al despuntar el día, los númidas salieron en gran número de la plaza mientras Mario ordenó que toda la caballería, y con ella la infantería más rápida, salieran en carrera hacia Capsa y se apoderaran de las puertas; a continuación, él, atento y a toda velocidad, los siguió con el resto del ejército. Sus defensores, acostumbrados a que nadie osara atravesar el desierto para atacarles, ni siquiera concebían la posibilidad de ver aparecer a un ejército romano.

Lo inesperado del ataque provocó la inmediata rendición de la plaza, la cual fue incendiada, los númidas en edad militar ejecutados, todos los demás habitantes tomados prisioneros y el botín repartido entre los soldados.

El nombre de Cayo Mario empezó a correr de boca en boca entre los númidas, para quienes aquella gesta imposible carecía de fundamento lógico. Según Salustio, los númidas llegaron a atribuir poderes sobrenaturales a Mario, porque sus tácticas, de tan novedosas, les resultaban incomprensibles. Gracias a esta oleada de pánico, empezó a ser cada vez más frecuente que las poblaciones que no estaban muy bien guarnecidas se rindieran ante Mario sin combatir. En Roma, Mario era ya el héroe del momento.

Mario prosiguió su campaña durante el invierno (107-106 AC) capturando varias ciudades de las que pocas le ofrecieron resistencia; la mayoría habían sido abandonadas ante la suerte sufrida por Capsa.

Conquista del fuerte del río Malva (Moulouya)

No lejos del río Malva, que separaba el reino de Jugurta del de Boco, había en medio de una llanura un monte rocoso de anchura suficiente para un fortín mediano, que alcanzaba una gran altura y con un único acceso sumamente estrecho; pues todo el monte estaba cortado a pico de manera natural.

Mario emprendió con sumo ímpetu la conquista de dicho lugar, porque allí estaban los tesoros del rey. El fortín contaba con suficiente número de hombres y de armas, gran cantidad de trigo y una fuente; el sitio era inapropiado para terraplenes, torres y demás máquinas de guerra, el camino para sus habitantes era bastante estrecho y con precipicios a ambos lados. Por allí se empujaban los manteletes en vano y con enorme riesgo, pues cuando habían avanzado un poco los inutilizaban con fuego o con piedras. Los soldados no podían estar al pie de la obra dado lo desigual del terreno, ni manejarse entre los manteletes sin peligro; los más osados iban cayendo o eran heridos, y el miedo de los demás iba en aumento.

Cuando Mario llevaba varios días dándole vueltas a si abandonaría su propósito, un hecho fortuito llegó en su ayuda. Un soldado ligur de las cohortes auxiliares, que había salido del campamento a traer agua, observó, no lejos del flanco del fortín alejado de los combatientes, unos caracoles que se deslizaban entre las piedras; poniéndose a buscar uno y otro, y luego más, con el ahínco de cogerlos, poco a poco acabó por llegar casi a la cima del monte.

El ligur abordó a Mario y le informó de todo lo ocurrido, sugiriéndole atacar el fuerte por la parte por la que él había ascendido, ofreciéndose a servirle de guía. Mario decidió enviar un reducido grupo con el ligur. De entre los trompetas y cornetas se eligieron a los cinco más ágiles y con ellos a cuatro centuriones para que les diesen escolta. Tras una dura ascensión, el grupo alcanzó la parte del fuerte que estaba desatendida por los defensores. Cuando Mario recibió noticias de que habían alcanzado su objetivo, aunque había mantenido durante todo el día atentos al combate a los númidas, arengó a los soldados y salió él mismo fuera de los emplazamientos de los manteletes; tras formar la tortuga, los romanos se fueron aproximando, al tiempo que eran protegidos desde lejos por las máquinas de asalto, los honderos y los arqueros. Los númidas, por su parte, como antes les habían desbaratado los manteletes a los romanos muchas veces e incluso se los habían incendiado, no se guarecían dentro de las murallas del fortín, sino que se pasaban el día y la noche delante del muro, lanzado improperios a los romanos y echando en cara a Mario su locura. Estando todos atentos al combate, de repente sonaron las trompetas a la retaguardia de los númidas.

Conquista de Capsa. Legionarios de Mario tomando la ciudad de Capsa durante la Guerra de Yugurta

Conquista del fuerte del río Malva. Legionarios de Mario tomando el fuerte durante la Guerra de Yugurta

Lo que pasó es contado por Salustio: ” ...al principio, las mujeres y los niños, que se habían adelantado para ver, salieron huyendo; luego, los que se hallaban más próximos al muro, y al final todo el mundo, armados y desarmados. Al ocurrir esto, los romanos presionaban con más ímpetu, los atropellaban y se limitaban a herir a la mayoría y luego pasaban por encima de los cuerpos de los caídos, atacaban la muralla, compitiendo ávidos de gloria, y ni a uno solo lo retardaba el botín ”.

Mientras se desarrollaban estos acontecimientos, llegó al campamento un fuerte contingente de caballería al mando del cuestor que se había quedado en Roma para reclutarlos en el Lacio y entre los aliados. El cuestor era un tal Lucio Cornelio Sila.

Batalla contra númidas y mauros

Desesperado, Yugurta prometió a Boccho un tercio de su reino a cambio de su ayuda. Númidas y mauros unieron sus fuerzas y cayeron sobre las legiones de Mario mientras se retiraban a sus cuarteles de invierno.

Ambos atacaron por sorpresa al ejército de Mario, que estaba en plena marcha y no esperaba ataque alguno porque estaba a punto de caer la noche. Atacar de manera abierta poco antes de anochecer era algo insólito, pues en la oscuridad resultaba imposible continuar dirigiendo una batalla. Pensando que la noche, que ya se echaba encima, les serviría de protección si eran vencidos, y que, si vencían, no les suponía entorpecimiento alguno, ya que conocían el terreno y los romanos eran quienes más tenían que perder en el desorden: su ánimo se vería afectado por el factor sorpresa y por el hecho de no poder recurrir a sus ordenadas e infalibles tácticas. Estas, además, eran las únicas armas de las que disponía Yugurta.

Aunque superado en número y cogido por sorpresa, el ejército romano demostró tener una magnifica disciplina y un mando soberbio. Fue un caótico combate que los cronistas recordarían como algo más parecido a un sangriento tumulto callejero que a una batalla convencional. Sin embargo, Mario y sus oficiales hicieron un esfuerzo enorme para evitar que sus hombres se disgregasen. Finalmente, los romanos, a medida que su ubicación lo permitía, comenzaron a formar círculos defensivos y así, protegidos de esta manera y al mismo tiempo ordenados en un frente, resistieron la presión del enemigo.

En medio de esta situación desfavorable, Mario reunió un grupo de jinetes para prestar apoyo allí donde fuera necesario. La noche se acercaba pero el empuje de los atacantes no cedió un ápice y, conforme a las instrucciones de los reyes, considerando que la noche les era favorable, apretaron con más ganas. Entonces, Mario, para que su ejército tuviera un lugar de retirada, ocupó dos colinas inmediatas entre sí, en una de las cuales, poco ancha para un campamento, había un gran manantial, y la otra era adecuada para servirse de ella, porque, elevada y con precipicios en gran parte, requería pocos parapetos. Ordenó a Sila que pasase la noche junto al manantial con la caballería mientras él fue reuniendo poco a poco a los soldados dispersos, a los cuales hizo trepar a las elevaciones a paso ligero. Los reyes, obligados por la dificultad del lugar, desistieron de continuar la lucha, no obstante no permitieron a sus tropas alejarse mucho, sino que los hicieron acampar alrededor de las dos colinas, cosa que hicieron de forma desordenada.

Yugurta y Boco no habían conseguido las pérdidas que esperaban, pero sí consiguieron acorralar a los romanos, que ya no podían bajar de aquella colina. Así, pensaron que habían ganado y que Mario, como Aulo había hecho en una situación parecida, se rendiría.

Durante la noche los romanos asistieron con incredulidad a un curioso espectáculo: acampados muy cerca de ellos, númidas y mauros celebraban lo que consideraban una gran victoria, con cánticos y lo que parecía una enorme fiesta regada con alcohol. Al propio Mario le costaba creer que Yugurta fuese tan ingenuo; quizá se había dejado llevar por el inexperto entusiasmo de Boco, o quizá recordaba cuando había puesto en similar situación a Aulo Postumio Albino, el cual, viéndose sitiado, había terminado accediendo a marcharse de Numidia.

Cayo Mario en África inspeccionando la instrucción de sus legionarios

Cayo Mario en África inspeccionando la instrucción de sus legionarios

Mario, pues, ordenó a los suyos que aguardasen en silencio, permaneciendo alerta, sin dormir. Incluso suprimió el toque de trompeta rutinario que marcaba los cambios de guardia, para provocar la impresión de que sus tropas continuaban en desorden, sin recuperar la disciplina. Yugurta se tragó el anzuelo, o de lo contrario hubiese impedido la fiesta nocturna. Cuando se acercaba el amanecer y en el campamento de la alianza africana había terminado el jolgorio, ordenó un súbito ataque, acompañado de todo el griterío y toque de cornetas del que fuesen capaces sus hombres. Sila fue el primero en ser atacado con sus escuadrones lo más juntos posible; los demás permanecieron en sus puestos protegiéndose de los disparos. Boco atacó las últimas líneas romanas con la infantería que había traído su hijo Voluce y que, por haberse retardado en la marcha, no había participado en el combate anterior. Mario actuaba en primera línea, porque allí estaba Yugurta con el grueso de sus tropas.

Despertados de súbito y anonadados por el estruendo, los dos ejércitos enemigos apenas tuvieron tiempo de abandonar sus campamentos ante la avalancha romana que bajaba de la colina. Númidas y mauros huyeron en torpe desbandada sufriendo muchas bajas.
Habiendo conseguido una gran victoria justo cuando parecía haber sido emboscado, Mario se dispuso a regresar a su cuartel general. Cuando Yugurta y Boco consiguieron reorganizar lo que quedaba de sus tropas, lanzaron otro ataque sorpresa sobre la retaguardia de Mario. Mario, en previsión de un ataque, había ordenado marchar en formación cuadrangular (quadrato agmine incedere): Sila, en el ala derecha, con la caballería; en la izquierda, Aulo Manlio ejercía el mando de honderos y arqueros, además de las cohortes de ligures; los tribunos se colocaron en la vanguardia y en la retaguardia con la infantería ligera (cum expeditis manipulis).

Finalmente, al cuarto día, no lejos de la ciudad de Cirta, los exploradores detectaron al ejército númida, comprendió que el enemigo estaba cerca, Mario, incierto sobre el modo de ordenar el frente, aguardó en el mismo sitio sin variar la formación de marcha que llevaba, preparado para el ataque desde cualquier dirección. De este modo se frustraron las expectativas de Yugurta, quien había distribuido sus tropas en cuatro contingentes en la creencia de que, entre todos, algunos de los suyos lograrían atacar la retaguardia de los romanos. Entretanto, Sila, que fue el primero en ser atacado, formó la caballería en escuadrones lo más juntos posible; los demás permanecieron en sus puestos protegiéndose de los proyectiles en formación de testudo. Boco atacó las líneas posteriores romanas con la infantería que había traído su hijo Voluce y que, por haberse retardado en la marcha, no había participado en el combate anterior. Mario actuaba en primera línea, porque allí estaba Yugurta con el grueso de sus tropas.

Alguien gritó en latín que Mario había muerto, cuando los soldados oyeron esto, se asustaron y ,al mismo tiempo, los atacantes cobraron ánimos y avanzaron con más denuedo contra los sorprendidos romanos. Mario aguantó el envite y cuando estaba al borde de que el enemigo rompiese las líneas, Sila, que regresaba de aniquilar a aquellos con los que se había enfrentado, acometió a los enemigos de flanco, obteniendo la victoria y los enemigos huyeron.

Campaña de Mario durante la guerra de Yugurta (107-105 AC)

Campaña de Mario durante la guerra de Yugurta (107-105 AC)

Cayo Mario supuso que Boco estaría ya arrepintiéndose de la ayuda militar que había prestado a Yugurta. Era el momento de intentar aquello en lo que Metelo había fracasado: deshacer la alianza enemiga mediante la diplomacia. Mario envió a sus dos principales lugartenientes, Lucio Cornelio Sila y Aulo Manlio, a una entrevista secreta con Boco. La elección de Sila fue acertada, ya que usó de sus habilidades sociales para ganarse a los mauritanos. La negociación empezó a fluir. Sila, que ya había trazado cuidadosamente su plan, respondió diciendo que la paz no era suficiente. Si Boco quería la amistad de los romanos, debía satisfacer cierta cláusula especial: entregar a Yugurta. Este se encontró de repente con la interesante (pero peligrosa) disyuntiva de a quién iba a traicionar, a su suegro Yugurta o a Sila, un enviado romano respaldado por todo el poder de Roma.

Invito a ambos a una amistosa reunión, a la que los dos acudieron con poco entusiasmo, ya que ambos sabían que podían ser traicionados en cualquier momento. El encuentro comenzó con Yugurta y Sila esperando a que el rey Boccho diera una señal a sus soldados para que salieran de su escondite y apresaran al elegido. Al final, la señal llego, los soldados de Boccho salieron de su escondite y dieron muerte a los acompañantes del elegido para ser traicionado. El elegido había sido Yugurta, que fue apresado y entregado al triunfante Sila.

Yugurta encadenado delante de Sila. Autor Joachin Ibarra

Yugurta encadenado delante de Sila. Autor Joachin Ibarra

La captura de Yugurta puso fin a las guerras númidas. Como recompensa por haber escogido el bando correcto, Boccho recibió una buena de Numidia, mientras que el resto se adjudicó a otro de los numerosos descendientes de Masinissa. Los hijos de Yugurta fueron perdonados, aunque tuvieron que marchar a al exilio a la ciudad italiana de Venusia.

En el 104 AC, Yugurta regresó a Roma, pero esta vez lo hizo para ser paseado  cargado de cadenas por las calles de Roma, participando en el desfile triunfal de Cayo Mario por su victoria en Numidia.

Yugurta ante Mario. Autor Johnni Shumate

Yugurta ante Mario. Autor Johnny Shumate

Tras finalizar los actos de celebración, fue enviado a la cárcel, donde fue despojado de sus ropas, afeitado y lo introdujeron en la fosa Tuliana que era la mazmorra más temible de Roma (anteriormente, había servido como cisterna), la única entrada se encontraba en un trampilla en el techo.

Triunfo de Mario sobre Yugurta 104 AC. Yugurta encadenado desfilando delante del carro de Mario por las calles de Roma. Autor Giuseppe Rava

Triunfo de Mario sobre Yugurta 104 AC. Yugurta encadenado desfilando delante del carro de Mario por las calles de Roma. Autor Giuseppe Rava

En aquella mazmorra permaneció Yugurta un par de días, mientras se celebraba un espléndido banquete en honor de Cayo Mario. Cuando el banquete terminó, llegaron los verdugos y lo estrangularon.