Edad Media El Imperio Germánico Otón I el Grande (912-973)

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Tras la muerte de Enrique I el “Pajarero”, Otón fue elegido rey por los duques alemanes reunidos en Aquisgrán, el 7 de agosto de 936. Recibió la corona de manos de los arzobispos de Maguncia y Colonia y su coronación estuvo rodeada por tradicionales actos solemnes de la tradición imperial carolingia, tales como la elección por parte de los duques, la aclamación del pueblo y la unción sacra.

 

Reorganización del reino y estabilización de las fronteras

Pese a la facilidad con que accedió al trono, los primeros años del reinado de Otón I estuvieron marcados por las rebeliones internas. Poco después de su entronización, en 937, el duque Eberhard de Baviera se negó a prestarle vasallaje. Otón le derrotó, lo depuso y lo envió al destierro, entregando el poderoso ducado bávaro a Berthold, hermano de Arnulfo de Carintia. El hecho de que el nuevo rey osara disponer de un título ducal considerado hereditario despertó malestar y una fuerte oposición entre la aristocracia territorial.

Los francos, antiguos rivales de los sajones, se resintieron con esta absorción.

En 939, el duque Eberhard de Franconia, aprovechó las desavenencias en el seno de la dinastía sajona para suscitar una nueva rebelión nobiliaria, apoyada desde el exterior por el rey Luis IV de Francia apodado de Ultramar, a la que se unió Wichmann el Viejo.

A dicha rebelión se unieron también Thankmar medio hermano de Otón y Enrique hermano menor de Otón I, así como el duque Giselbert de Lorena. La insurrección se extendió por los territorios del Rin y el Palatinado, alcanzando incluso los confines del Saale.

La fortaleza de Eresburgo fue sitiada y ocupada por el ejército imperial, donde fue asesinado Thankmar por Maginzo,  mientras que Enrique recibió el perdón de su hermano y fue restablecido en el favor regio, Eberhard de Franconia fue encarcelado brevemente en Hildesheim, pero fue puesto en libertad, ya que llegó a un acuerdo con Enrique, hermano menor de Otón.

Tras la muerte de Thankmar, Wichmann el Viejo se reconcilió con Otón viniéndose abajo, la rebelión en Sajonia.

Batalla de Andernach (939)

Tras una corta reconciliación con Otón, Eberhard se alió en 939 con Gilberto de Lorena y el hermano menor de Otón, Enrique de Baviera, para relanzar la rebelión. Gilbert, duque de Lorena desde 928, que también había sido leal durante el gobierno de Enrique I, ahora intentó escapar de la esfera de influencia de su cuñado y se alió con el nuevo rey de los francos occidentales Luis IV, uniéndose a la revuelta encabezada por Enrique de Baviera y Eberhard de Franconia.

El rey Otón logró al principio una victoria sobre los rebeldes en una batalla en Birten cerca de Xanten, sin embargo, no pudo capturar a los conspiradores. Mientras tanto, Gilberto y Eberhard fueron al sur y devastaron las áreas de los condes imperialistas. Recibieron el apoyo de Luis IV, Hugo el Grande cuñado de Otón, y de otros importantes gobernantes francos del oeste. Cuando Otón sitió Breisach, los insurgentes avanzaron desde Metz al Rin y lo cruzaron por Andernach.

Después de que el ejército rebelde saqueara la zona de Niederlahngau, comenzaron de nuevo a cruzar el Rin por Andernach. Gilberto y Eberhard fueron sorprendidos por los dos condes imperialistas, Conrado Kurzbold, conde de Niederlahngau, y su primo Udo, conde de Wetterau y Rheingau, que siguieron a los rebeldes con un pequeño ejército y atacaron sólo cuando la mayoría del ejército enemigo estaban cruzando su botín el Rin, era el 2 de octubre de 939. Eberhard fue muerto en la lucha y Gilberto se ahogó en el Rin cuando intentó escapar al otro lado. Así terminó la rebelión contra Otón I. Enrique huyó a Francia, y Otón respondió mediante el apoyo a Hugo el Grande en su campaña contra la corona francesa.

En 941, Otón y Enrique se reconciliaron por los esfuerzos de su madre, y en los próximos años Otón se retiró de Francia después de que fuera reconocida la soberanía de Luís IV sobre Lorena. Más tarde, cuando Otón estaba en guerra contra las tribus eslavas, Enrique volvió a conspirar con Federico, arzobispo de Maguncia, para asesinarlo durante la celebración de la Pascua en Quedlinburg, pero el complot fue descubierto y huyó, siendo Enrique posteriormente indultado por Otón nuevamente.

Politica frente a los nobles levantiscos

La política de Otón respecto a los nobles levantiscos consistió en fragmentar los territorios ducales y evitar su transmisión por vía hereditaria. De esta manera, Otón intentó conservar la capacidad de nombramiento de los duques (a los que normalmente eligió de entre sus parientes cercanos), al tiempo que procuraba devolver a los títulos ducales su antiguo carácter administrativo. Retuvo para sí el ducado de Franconia; dividió Lorena en dos ducados, Alta y Baja Lorena, al frente de los cuales puso a nobles adeptos al trono. Concedió el gobierno de Baviera a su hermano Enrique  en 947, y  el de Suabia a su hijo mayor, Liudolfo.

Asimismo, impulsó el fortalecimiento de los condados, entre los que destacaron los de Turingia y Westfalia, y desgajó de Sajonia los territorios de las marcas de Carintia y del Este. Al mismo tiempo, trató de reducir las atribuciones de los duques, quienes, en general, respetaron el vasallaje de fidelidad que habían prestado al soberano.

Esta política hizo posible que sólo en Sajonia se consolidara una dinastía ducal fuerte, la otónida, dentro de la cual el rey pretendía que se transmitiera el derecho a la realeza. Esta política consiguió, por otra parte, que los nuevos duques apoyaran a la monarquía en la tarea de defender el orden público (Landfriede). Sin embargo, la consolidación de los condados a que dio lugar la reorganización administrativa otónida, diseñada conforme al modelo carolingio, se tradujo a más largo plazo en un avance del sistema feudal debido a la transmisión hereditaria de los títulos condales y a la falta de una vinculación vasalla fuerte de los condes respecto a los duques o al propio rey.

Pese a sus esfuerzos por someter a los grandes poderes territoriales, Otón I no consiguió en ningún momento garantizar la continuidad de su estirpe en el trono y tuvo que afrontar constantes ataques de algunos miembros de la casa real que no tomaban parte directa en el gobierno. En 953-954 estalló una peligrosa rebelión en los territorios del sur. Su instigador fue Liudolfo, hijo mayor de Otón y duque de Suabia, que había exigido a su padre una mayor participación en el gobierno y desconfiaba de la creciente influencia de la nueva reina, Adelaida de Borgoña, con la que Otón se había casado en 951. A él se sumaron los duques de Baviera y Franconia.

La rebelión fue aprovechada por los magiares para lanzar una profunda incursión de rapiña que penetró hasta los territorios del Rin durante la primavera y el verano de 954. La incursión magiar alarmó a todo el reino y generó un clima favorable a la unión de fuerzas en torno a la monarquía. De ahí que Otón consiguiera sofocar rápidamente la rebelión. La paz fue sellada en la dieta imperial de Auerstadt, donde Liudolfo fue despojado de su ducado.

En el verano de 955, Otón decidió tomar la iniciativa militar contra los temidos magiares. Reunió a todas sus fuerzas vasallas y atacó a los magiares cuando éstos, animados por el éxito de la campaña del año anterior, se disponían a poner sitio a la ciudad de Augsburgo. El 10 de agosto de 955, en el campo junto al río Lech, la Segunda batalla de Letchfeld o de Augsburgo, los ejércitos comandados por Otón infligieron a los magiares una severa derrota que puso fin a sus incursiones. (Para más detalles ver el capítulo los magiares – Segunda batalla de Letchfeld o de Augsburgo).

Segunda Batalla de Lechfeld o de Augsburgo (955) muerte de Conrado. Autor Michael Echter

Batalla de Rednick (955)

La Marca Billunga fue formada en 936, cuando Otón I, duque de Sajonia y rey de Francia Oriental, hizo a Herman Billung princeps militiae (margrave, literalmente “príncipe de la milicia”), concediéndole control de la frontera con gobierno sobre las tribus eslavas occidentales de los abroditas, inclyendo polabios, warnabos y wagrios, así como las tribus redarios, circipanos, y kissinos de la confederación veleta, y los daneses, quienes habían repetidamente realizado compañas contra el territorio. La mayor parte de las tierra de los luticios y los havellios permanecieron en la esfera de Hermann en la Marca Geronis.

Los eslavos de esta región fueron a menudo hostiles entre si, así que no se encontró ninguna resistencia organizada. Sin embargo en 955 el jefe abrodita Nako aprovechó la oportunidad y se alió con el sobrino de Herman, los condes sajones Wichmann el Joven y Egberto el Tuerto en su lucha doméstica contra su tío. Su revuelta abierta culminó en la batalla de Recknitz, se detuvo en la orilla del río Raxa, donde los abroditas y sus aliados, encabezados por Stoigniew (Stoinef), habían ocupado una posición defensiva en la orilla opuesta. El margrave de Otón, Gero, junto con la tribu aliada de los ruanos (ruani) se trasladaron secretamente a una parte distinta del río para construir tres puentes, mientras que una fuerza asaltante distraía al ejército de Stoigniew. El 16 de octubre, Stoigniew se dio cuenta demasiado tarde de que las fuerzas de Otón ya estaban cruzando el río por otro lado, y fue completamente derrotado al ser cogido entre las dos fuerzas. Se dice que durante la batalla, Stoigniew fue perseguido en un bosque, alcanzado y muerto por un soldado llamado Hosed, que fue recompensado magníficamente después de presentarse a Otón con l cabeza de Stoigniew cortada. La cabeza de Stoinegin fue levantada en un poste y 700 esclavos capturados fueron ejecutados antes del ocaso.

El rey patrocinó la evangelización de los eslavos y en 968 autorizó la creación de una provincia eclesiástica eslava con cabeza en una de sus ciudades predilectas, Magdeburgo. Estos esfuerzos se tradujeron en una lenta pero imparable expansión de la influencia alemana hacia el río Oder y la región de Bohemia.

La Iglesia imperial otónida

La rebelión nobiliaria de 954 convenció a Otón de que no conseguiría imponerse a los ducados por la fuerza o intentando ejercer meramente la supremacía nominal de su título regio. En sus esfuerzos por estabilizar el reino y evitar la disgregación feudal, Otón debía contar con el apoyo de la Iglesia y de una administración eficaz al servicio de la monarquía. De la unión de estas necesidades surgió la creación de la llamada “Iglesia imperial“, la cual dotaría al reino germano de solidez y estabilidad.

La base de este sistema radicaba en el hecho de que la corona, desde tiempos carolingios, poseía el derecho a nombrar obispos dentro de los territorios bajo su soberanía. Otón no sólo ejerció este derecho, sino que además otorgó a los obispos poderes gubernativos condales sobre sus sedes y dependencias territoriales. Asimismo, amplió la jurisdicción de los tribunales episcopales y concedió a determinados obispos ciertos derechos de la corona, como el de acuñar moneda o el de percibir impuestos no eclesiásticos. De esta forma convirtió los obispados en distritos administrativos bien delimitados cuyos titulares disponían de derechos y funciones semejantes a las de los condes y vinculados al rey. Había obispos muy poderosos como los de Spira y Chur y sobre todo los arzobispos de Magdeburgo, Maguncia y Colonia.

La clave de este sistema era la estrecha vinculación de intereses que existía entre los obispos y el rey. Los grandes nobles pretendían extender sus prerrogativas señoriales en detrimento de los poderes obispales, y eran los mismos que intentaban reducir el poder político y territorial del emperador. Amenazados continuamente por la nobleza laica, los obispos hicieron causa común con el monarca, quien, por su parte, intentó en todo momento evitar una posible alianza entre los poderes episcopales y los nobles laicos mediante el recurso de nombrar para los obispados a personas no oriundas de las diócesis a su cargo.

El Papa Juan XII con Otón I

El Papa Juan XII con Otón I

Estos obispos formaban un grupo vinculado directamente a Otón y no a un territorio específico. Por otra parte, el hecho de que por su condición de eclesiásticos no pudieran tener hijos legítimos, impedía la formación de dinastías episcopales hereditarias. Otón puso gran cuidado en la elección de los obispos, que fueron por lo común personas de reconocida honestidad religiosa y extensa cultura.

La creación de la así llamada iglesia imperial permitió al rey patrocinar la reforma religiosa de la que era firme defensor. Otón había recibido una ascética educación religiosa de su madre, la reina Matilde, y una fuerte influencia de su hermano Bruno, arzobispo de Colonia y hombre muy preocupado por la reforma del clero.

Bajo el auspicio del emperador, la corte sajona se convirtió en un centro de vida espiritual y religiosa que dio lugar a un movimiento cultural conocido como Renacimiento Otónida, y en el cual tuvieron gran importancia las mujeres de la familia real (la reina madre Matilde, las reinas Edith y Adelaida y la nuera de Otón, Teófano). Los obispados de Magdeburgo y Quedlimburgo fueron los centros espirituales más activos del reino.

Otón I utilizó el título de Emperador Augusto (Imperator Augustus) y el Imperio pasó a llamarse Imperio Romano en vez de Francia Oriental o Germania. A partir de Otón II, pasó a denominarse Emperador Romano. Federico I Barbarroja empezó a usar la denominación de Sacro Imperio (Sacrum Imperium). El término de Sacro Imperio Romano comenzó a ser usado a partir de 1.254.

Campaña en Italia

Después de las victorias sobre magiares y eslavos, Otón pudo emprender la idea era resucitar el Imperio de Carlomagno.  Como Francia Occidental era muy poderosa, así es que dirigió sus miradas hacia Italia.

En esta aspiración influyó, en principio, su necesidad de crearse una posición jurídica fuerte para imponerse sobre los grandes poderes territoriales germánicos. Su título de rey le otorgaba un poder notable, pero sus luchas con los señores rebeldes habían evidenciado la debilidad de la monarquía.

El derecho de conceder la corona imperial era, por tradición, prerrogativa del papa. De ahí que, siguiendo la senda de Carlomagno, Otón ambicionará convertirse en árbitro de la política italiana y en defensor del papado. Sus primeros intentos de intervenir en Italia empiezan en 950. Ese año, su apoyo permitió a Berenguer de Ivrea acceder al trono de Lombardía. Berenguer prestó homenaje a Otón y cedió las marcas de Verona y Aquilea al hermano del alemán, Enrique de Baviera, quien ya las había ocupado militarmente.

Sin embargo, al año siguiente, los seguidores del anterior rey lombardo, Lotario, convencieron a Otón para que acudiese a Italia, tomase Pavía y, mediante su matrimonio con la viuda de aquél, Adelaida de Borgoña (931-999), reclamase la corona del reino. Otón alentaba ya ambicionaba en convertirse en emperador; pero el papa Agapito II, presionado por la aristocracia romana, se negó a concederle la corona imperial, lo que, unido al estallido de la revuelta nobiliaria alemana del 953, frustró sus expectativas. Berenguer de Ivrea volvió a ocupar el trono lombardo mientras Otón se dedicaba a restablecer su autoridad en Alemania y combatía a los magiares y a los eslavos.

En 961, Berenguer retomó la ofensiva, enseñoreándose del norte de Italia y amenazando Roma. La ciudad y sus contornos formaban entonces un estado independiente en el que diversas familias aristocráticas se disputaban el poder. En aquel momento se encontraba dominada por Alberico, príncipe y senador romano, quien en 955 había instalado en el trono papal a su hijo Octaviano, con el nombre de Juan XII. Cuando Berenguer amenazó la ciudad, el papa solicitó la ayuda de Otón, quien dispuso así de un excelente pretexto para intervenir de nuevo en Italia.

Tras hacer reconocer a su hijo Otón (nacido en 955) como sucesor suyo en el trono germano en la dieta de Worms, y haber dejado el gobierno de Alemania en manos de su hermano Bruno y su hijo natural Wilhelm, el rey marchó a Italia, tomó Pavía y se ciñó la corona lombarda. Después entró en Roma y fue coronado emperador por el papa el 2 de febrero de 962. Esta fecha marca la restauración del Imperio en Occidente y puede considerarse el hito fundador de lo que más tarde se llamaría Sacro Imperio Romano Germánico.

Pero los romanos no tenían intención de someterse al nuevo emperador extranjero. Poco después de la coronación, mientras Otón combatía con Berenguer, el Papa intentó pactar en secreto una alianza con este último. Al descubrirlo, el emperador marchó de nuevo sobre Roma y depuso al pontífice, nombrando en su lugar a León VIII. Después derrotó a Berenguer y ordenó su encarcelamiento en Bamberg. En enero de 963, poco después de su marcha, la nobleza romana se rebeló y volvió a instalar en el trono papal a Juan XII, que murió poco después en 964.

Otón se apresuró a regresar a Italia, ocupó Roma y, aunque la nobleza había elegido a un nuevo papa, Benedicto V, volvió a restablecer a León VIII como Papa y, tras la muerte de éste poco después, a Juan XIII. Pero tampoco entonces su victoria fue duradera, pues tras su marcha estallaron en Roma diversas rebeliones contra los delegados del poder imperial. Otón regresó a Roma en diciembre de 966 y esta vez ordenó la ejecución de los caudillos militares de las doce regiones romanas y el destierro a Alemania de muchos nobles implicados en la rebelión.

Las sucesivas intervenciones de Otón I y sus sucesores en Italia se explican como consecuencia lógica de su política eclesiástica. El papa, como jefe supremo de la Iglesia, era de iure el jefe de la iglesia alemana, la cual era controlada por el emperador. De ahí que éste necesitara dominar al papado para mantener las riendas de la iglesia sobre la que había basado el sistema administrativo de sus reinos alemanes. Por ello, la política otónida giró desde 962 en torno a Italia, Roma y el Imperio.

Estos tres factores estaban íntimamente relacionados, pues solo en Roma se podía recibir la corona imperial, y únicamente el control sobre la mitad norte de la península garantizaba el control sobre Roma y, por consiguiente, sobre el papado. Otón I nunca aceptó la sujeción política teórica que debía al papa, sino  que intentó ejercer su supremacía sobre la Santa Sede. Ello le abocó a una espiral de campañas militares y esfuerzos diplomáticos que consumieron en gran medida el impulso de su reinado.

Sin embargo, sus intervenciones no modificaron esencialmente la situación institucional en Italia. El emperador se limitó a enviar embajadores a las principales ciudades del norte, para vigilar los intereses del Imperio, y realizó tímidos e infructuosos intentos de trasplantar el sistema de iglesia imperial mediante el otorgamiento de privilegios y donaciones a algunos obispos a los que deseaba convertir en aliados.

Por otra parte, en el sur de la península, que en su mayor parte se encontraba bajo dominio bizantino, la intervención imperial provocó fuertes reacciones. Otón mantuvo estrechas relaciones con los príncipes de las regiones meridionales de Capua, Salerno y Benevento, a los que, a fin de que le reconocieran como rey, favoreció con importantes donaciones territoriales. Ante estos hechos, el emperador bizantino Nicéforo Focas negó en 966 la validez del título imperial de Otón y reivindicó las ciudades de Roma y Rávena como parte de la herencia imperial griega. En 968, Otón intentó presionar a Bizancio lanzando una campaña militar contra Apulia, so pretexto de combatir a los piratas musulmanes. Pero la incursión fue un estrepitoso fracaso.

Durante los años siguientes, las relaciones de Otón con Bizancio mejorarían notablemente y la paz quedaría sellada en 972 con el matrimonio entre el futuro Otón II y la princesa Teófano, sobrina del emperador bizantino Juan Tzimiskés. Esta boda significó la renuncia por parte de Bizancio a los derechos sobre Capua, Benevento y Salerno, y el reconocimiento definitivo del nuevo imperio occidental.

Poco antes de su muerte, Otón I reunió en Quedlimburgo una gran dieta imperial que puso de manifiesto su inmenso poder. A ella acudieron representantes de Dinamarca, Polonia, Hungría, Bulgaria, Rusia, Bizancio, Roma, Benevento y Bohemia. Esta dieta y la recepción de una embajada de los fatimíes de Egipto fueron las últimas grandes actuaciones políticas del emperador, que murió el 7 de mayo de 973, a la edad de sesenta años, siendo enterrado en la catedral de Magdeburgo. Le sucedió Otón II, único hijo nacido de su matrimonio con Adelaida de Borgoña.

Entrada creada originalmente por Arre caballo! el 2015-05-13. Última modificacion 2017-06-24.