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Combate del Fortín (19 de abril de 1862)
Tras el fracaso de las negociaciones con el gobierno mexicano, los franceses tuvieron que dejar a 340 enfermos en Orizaba. La postura ambigua de Francia provocó el colapso de la coalición con España y Gran Bretaña el 9 de abril de 1862. Tras el asesinato de tres soldados franceses, el general Lorencez se preocupó por la suerte de los enfermos en Orizaba. Con el pretexto de que una carta del general Zaragoza amenazaba su seguridad, marchó con sus tropas (aproximadamente 7.000 hombres ) para socorrerlos.
El 19 de abril, sobre las 14:00, la columna francesa partió de Córdoba hacia Orizaba. A las 17:00, cerca de un lugar llamado el Fortín, el coronel mexicano Félix Díaz Mori, hermano del General Porfirio Díaz se presentó ante la vanguardia y afirmó querer parlamentar. El oficial al mando de la vanguardia francesa, el capitán de estado mayor Capitán, sospechó que se trataba de una estratagema para identificar a las tropas francesas y despidió al oficial mexicano.
Tras retirarse, el coronel reapareció poco después al frente de un destacamento de unos 60 lanceros que probablemente se habían ocultado tras el terreno y la vegetación. Dos pelotones de cazadores a caballo de África (35) fueron enviados a su encuentro. Los mexicanos dieron media vuelta y se produjo una persecución que duró veinte minutos. Fueron alcanzados cerca del barranco de Metela y decidieron contraatacar, pero 5 mexicanos resultaron muertos, 12 fueron hechos prisioneros y el resto huyeron hacia Orizaba. El coronel Díaz Mori resultó herido por los cazadores a caballo y fue capturado, pero logró escapar.

Al enterarse del enfrentamiento, el general Ignacio Zaragoza, que se encontraba cerca de Orizaba, partió hacia Puebla esa misma tarde. Al día siguiente, Lorencez entró en Orizaba. Allí, emitió una proclama justificando sus acciones, citando el “vil ataque” con el que Zaragoza supuestamente había amenazado a los pacientes franceses.
Batalla de las Cumbres (28 de abril de 1862)
El 25 de abril llegó el correo de Francia conduciendo despachos importantes del gobierno imperial, que manifestaban lo bien que habían sabido interpretar su voluntad el general Lorencez y el ministro Saligny, pues se desaprobaban los tratados de la Soledad, así como la conducta del almirante, a quien sin razón se hacía responsable de todo lo que había pasado, y se enviaba a Carlos Fernando de Latrille, conde de Lorencez, con el grado de general de división. Se ordenaba además al almirante que entregase al jefe del cuerpo expedicionario los poderes militares que entraban en su parte de mando, quedando en libertad para ponerse a la cabeza de la división naval o para volver a Francia.
El 27 de abril, por la mañana, la columna francesa, compuesta de 6.000 efectivos, se movió con dirección a Puebla, habiendo dejado el general en jefe, a quien acompañaban Almonte y Saligny, dos compañías de infantería de marina y dos piezas que protegiesen a 500 enfermos que se hallaban en el hospital de Orizaba, y habiéndose provisto de suficientes medios de transporte para conducir 200.000 raciones de víveres y 400.000 de vino. Después de haber vivaqueado en la hacienda de Tecamalucan, se posesionó del pueblo de Acultzingo, donde estableció su campo el 28 a las 9 de la mañana.
Lorencez, por las noticias que tenía, estaba en la creencia de que Zaragoza se replegaba sobre México capital, dejando libre el paso de las Cumbres de Acultzingo, en el límite entre Veracruz y Puebla; esto era cierto en parte, pues en el plan del general mexicano no contemplaba hacer frente al enemigo en aquella posición, por más ventajosa que fuese; se proponía, sin embargo, causarle el mayor daño posible, a cuyo fin había colocado 2.000 hombres que la defendiesen mientras hacía replegar el grueso de su fuerza.
La descarga de fusilería que sobre las 13:30 recibió una compañía de zuavos, que confiada trepaba la altura para tomar una posición avanzada, anunció a Lorencez la presencia de fuerzas mexicanas, y en vista de ello, ordenó inmediatamente el ataque con el fin de forzar el paso. Después de tres horas de combate, bastantes para el objetivo que se había propuesto Zaragoza, las tropas mexicanas se retiraron en dirección del Palmar, y las francesas quedaron en posesión del paso, habiendo tenido, según parte oficial del general Lorencez, 2 hombres muertos y 32 heridos. Entre las 50 bajas mexicanas, hay que mencionar la herida que recibió en una pierna el general José María Arteaga.
El 29, a las 09:00, el general Lorencez, habiendo dejado en Puente Colorado el batallón de cazadores con el fin de proteger el paso del convoy, atravesó las segundas cumbres con el resto de sus tropas y se detuvo en la cañada de Ixtapa, donde pasó el día 30.
El 1 de mayo llegó al pueblo de San Agustín del Palmar; el 2 a Quecholac, el 3 a Acatzingo y el 4 a Amozoc, unos 20 km de Puebla de Los Ángeles, situada a 240 km de la costa, que Almonte le había presentado como totalmente leal a los monárquicos y deseosa de abrir sus puertas a los franceses. La ciudad que el propio emperador creía que era solo un pueblo pequeño, en realidad tenía 75.000 habitantes, había sido fuertemente fortificada y 12.000 mexicanos, reconocidos como buenos defensores de murallas, se mantenían firmes a la espera de los invasores.
Batalla de Atlixco (4 de mayo de 1862)
El 3 de mayo por la noche, el general Zaragoza llegó a Puebla, dejando en su retaguardia una brigada de caballería de unos 300 efectivos para hostigar a los invasores. Los efectivos del Ejército de Oriente se organizaron por las calles desiertas de la ciudad, ya que la mayoría de la población era partidaria de la invasión. Zaragoza estableció su cuartel a unos cuantos metros de la línea de batalla, donde estableció el plan para la defensa de la plaza, que consistió en concentrar los pertrechos en el sur y oriente de la ciudad, esperando evitar que los franceses alcanzaran el área urbana de Puebla.
Los exploradores mexicanos regresaron con información que indicaba que una columna de conservadores a caballo, liderada por Leonardo Márquez y José Mari Cobos, marchaba hacia la zona de Atlixco (30 km de Puebla) para unirse a las fuerzas de Lorencez y atacar Puebla. Zaragoza envió una brigada de 2.000 hombres al mando de Tomás O’Horan y Antonio Carbajal para contenerlos.
Hacia las 09:00, llegaron al pueblo de Cholula y, después de almorzar allí, reemprendieron su movimiento sobre Atlixco, siguiendo el camino real existente en aquel tiempo, pasando por el pueblo de San Gregorio Azompa y por los ranchos de Santa Ana Acozautla de los Molinos.
A las 11:00, se encontraron con unos 500 jinetes reaccionarios que el general Márquez había destacado hacia Cholula. Se cambiaron algunos tiros entre ambos adversarios y, después que los republicanos se desplegaron para atacar a sus enemigos, estos emprendieron la retirada hacia el pueblo de Atlixco, en donde se encontraba el grueso de su fuerza. Durante su marcha fueron perseguidos por los jinetes del general Carbajal, a los que personalmente dirigió el general O’Horán.

Pocas horas después, al llegar al puente cercano al rancho de los Molinos, en donde el camino cruzaba la profunda barranca de márgenes abruptas en cuyo fondo corre el río Alseseca (unos 7 km al noreste de Atlixco), los reaccionarios se establecieron en él y trataron de disputar el paso a los republicanos; estos nuevamente se desplegaron, desbordaron la posición enemiga y forzaron el paso del puente a los gritos victoriosos de «Viva México» y «Mueran los traidores», obligando a sus enemigos a emprender la retirada hasta el pueblo de Atlixco, en cuyos aledaños el general Márquez todavía presentó alguna resistencia. Fue obligado finalmente a retirarse rumbo a Izúcar con toda su fuerza, dejando abandonadas en Atlixco unas piezas de artillería y otros pertrechos.
Hacia las 18:00 de ese mismo día, después de una larga jornada, la tropa republicana ocupó el pueblo de Atlixco y el general O’Horán rindió el parte correspondiente, tanto al general Zaragoza como al general Santiago Tapia, gobernador y comandante militar de Puebla.
Al día siguiente, 5 de mayo, el general O’Horón con la tropa a sus órdenes emprendió el regreso para la ciudad de Puebla, población a la que entró al anochecer, cuando había finalizado la batalla de Puebla. Esa noche se celebraron en la Angelópolis las dos victorias alcanzadas, una el día 4 sobre el general Márquez y la otra sobre los franceses.

Primera batalla de Puebla (5 de mayo de 1862)
Lorencez tuvo que enfrentarse a una amarga realidad: los 10.000 auxiliares, bajo el mando del general Leonardo Márquez, de quien Saligny había anunciado que se uniría a los franceses bajo las murallas de la ciudad, seguían sin aparecer. Se vio condenado a elegir entre el menor de dos males o atacar la ciudad o retirarse, viéndose obligado a combatir durante la retirada.
Al amanecer del 4 de mayo, Zaragoza ordenó al general Miguel Negrete que, con su DI-2 de unos 1.500 efectivos, ocupase los cerros de Guadalupe y de Loreto, los cuales fueron artillados con una batería de campaña y otra de montaña. También mandó organizar 3 columnas de ataque con las brigadas de Felipe Berriozabal (1.082), Porfirio Díaz (1.000) y Francisco Lamadrid (1.020), así como una columna de caballería con 550 efectivos al mando del general Antonio Álvarez con una batería a caballo. Estas fuerzas estuvieron formadas en la plaza de San José durante todo el día 4 hasta las 12:00, cuando se acuartelaron.
Fuerzas mexicanas:
- DI-2 del general Miguel Negrete: RI Reforma del coronel Rojo (600) en el fuerte Loreto, RI del coronel Arriata (600) en el fuerte Guadalupe, reserva el coronel Juan Méndez (BI-LX de Puebla, y compañías de Tetela, Xochapulco, Zacapoaxtla y Apulco).
- BRI del general Felipe Berriozabal (1.082): BI-I y BI-III de Toluca, y BI fijo de Veracruz.
- BRI de San Luis de Potosí del coronel Francisco Lamadrid (1.020): BIL de rifles, BI de Zapados y BI de Reforma de San Luis Potosí.
- BRI de Oaxaca del general Porfirio Díaz (1.000): BI de Guerrero y el BIL de rifles, y una batería.
- BRC del general Antonio Álvarez (610):
- RC-1 provisional bajo su mando (RC de carabineros [2] y RC de lanceros de Toluca [2])
- RC-2 provisional bajo el mando del hermano de Porfirio, el Tcol Felix Díaz (EC de Trujano, RC de lanceros de Tuluca [1], RC de lanceros de Oaxaca [2]).
- Artillería: 18 cañones en 3 baterías: una en el fuerte Loreto, otra en la BRI de Porfirio Díaz. La mayoría de los cañones eran de 12 libras.
Abandonando la idea de tomar la ciudad desde el sur, lo que lo habría obligado a participar en la siempre impredecible lucha callejera, el general optó por capturar los fuertes, ubicados al noreste y noroeste en las alturas.
El flanco derecho mexicano estaba cubierto por la BRI de Porfirio Díaz. Felipe Berriózabal y Francisco Lamadrid ocupaban el centro de la línea con tropas del Estado de México y San Luis Potosí. El flanco izquierdo se encontraba anclado en el cerro Acueyametepec, situado en el extremo norte de la ciudad, donde se ubican los fuertes de Loreto y Guadalupe en la cima. El general Miguel Negrete comandaba la DI-2. La artillería restante estaba posicionada en las fortificaciones y bastiones dentro de la ciudad, bajo el mando del general Santiago Tapia.
El 5 de mayo a las 09:15, los franceses aparecieron en el horizonte, avanzando desde la cercana Hacienda de Rementeria, intercambiando fuego con la caballería en retirada, que solo se replegó una vez que las líneas francesas estuvieron formadas y listas para avanzar. La batalla comenzó formalmente a las 11:15, anunciada por un cañonazo disparado desde el fuerte Guadalupe y acompañada por el repique de las campanas de las diversas iglesias de la ciudad. En ese momento, se produjo una maniobra sorprendente: la columna francesa, que avanzaba de este a oeste, se dividió en dos. La primera columna, compuesta por aproximadamente 4.000 hombres y protegida por su artillería, giró bruscamente a la derecha y se dirigió hacia los fuertes, mientras que la segunda columna de unos 1.000 hombres, compuesta por la infantería restante, permaneció como reserva.

La línea de batalla mexicana formaba un ángulo que se extendía desde Guadalupe hasta la Plaza Romana, frente a las posiciones enemigas. Zaragoza ordenó al general Lamadrid que defendiera, con tropas de San Luis Potosí y dos piezas de artillería, el camino que conectaba la ciudad con el refugio de Amozoc. El flanco derecho de la línea de batalla mexicana fue cerrado por Porfirio Díaz con la división de Oaxaca, apoyado por escuadrones de lanceros de Toluca y Oaxaca.
Fuerzas francesas:
- Infantería ligera: 1.900 efectivos en 3 BILs: BIL-I de cazadores (720), BIL de cazadores de Vincennes (700), BIL de fusileros navales (480).
- Infantería de línea: 3.867 efectivos en 6 BIs: RI-99 (2, 1.544), RI-2 de zuavos (2, 1.143), RI-2 de infantería de marina colonial (2, 1.280).
- Caballería: ECL-2 de cazadores y ECL-2 de cazadores africanos (173).
- Artillería: Bía-1/9 (6×12), Bía montada del capitán Mallat (6×4) y Bía de montaña de marina del capitán Bernard (6×4).
Desarrollo de la batalla según fuentes francesas
La columna de ataque estaba compuesta por 2 BIs del RI-2 de zuavos, la 6×4 cañones de batería montada del capitán Bernard y 4×4 cañones de la batería de montaña de marina del capitán Mallat, tenía orden de atravesar la barranca, marchar paralelamente al fuerte de Guadalupe en dirección de la derecha y, una vez a la altura del fuerte, volver a la izquierda y dirigirse a él. El RI-2 de marina formaba la reserva. La segunda columna, formada por un BIL de fusileros de marina y 2×4 de la batería de montaña, debía seguir a la primera, proteger la retaguardia de la columna de ataque, que se veía amenazada por una numerosa fuerza de caballería que había aparecido a la derecha.
Lorencez dejó a la infantería ligera conteniendo al enemigo, que también se mostraba a la izquierda con algunos tiradores, y encargó al coronel L’Héritier la protección, junto con RI-99 y cuatro compañías de infantería de marina, del convoy que había reunido. La caballería se posicionó entre el convoy y la columna de ataque, para contrarrestar cualquier eventualidad que pudiera surgir. Los zuavos, marchando por batallones en columnas a intervalos, con las 10 piezas de artillería entre sus dos batallones, realizaron una gran maniobra de giro a la derecha para aproximarse a la posición de Guadalupe por laderas accesibles.

Los conservadores Almonte, Antonio de Haro y Tamariz, que acompañaban a los franceses, habían sugerido atacar cerca del antiguo convento del Carmen, al sur de la ciudad, citando como precedente lo ocurrido durante el asedio de la guerra contra Estados Unidos. Lorencez, confiado en la superioridad de sus tropas y en la ayuda que esperaba del contingente de Leonardo Márquez, ignoró el consejo y decidió concentrar el ataque en los fuertes, donde los mexicanos tenían ventaja.
Zaragoza comprendió la maniobra y rápidamente modificó su plan de batalla, movilizando tropas hacia las laderas. El BI-VI de la Guardia Nacional del Estado de Puebla, al mando del coronel Juan Nepomuceno Méndez, fue la primera unidad del Ejército de Oriente en enfrentarse a los franceses, posicionándose en la línea entre los fuertes y repeliendo el ataque. Zaragoza adelantó rápidamente las fuerzas de Berriózabal entre las rocas, posicionándolas entre los flancos que separaban Loreto y Guadalupe. Mientras tanto, el general Antonio Álvarez y su brigada protegían el flanco izquierdo de los bastiones.

El fuerte de Guadalupe abrió fuego primero. Las dos baterías avanzaron hasta el pie de la colina, lo más cerca posible, para poder abrir fuego contra esta posición; estaban a 2.200 metros de distancia; comenzó el fuego y los zuavos se desplegaron en formación de combate. El fuego fue, en general, muy preciso; el del enemigo, muy certero y bien dirigido. Tras tres cuartos de hora de combate, movió la batería más a la derecha, para atacar más directamente el flanco que los zuavos debían capturar. La batería de Mallat se posicionó a cierta distancia de la batería Bernard para dispersar el fuego mexicano, y avanzó con los zuavos hacia la base de la colina para protegerlos del fuego del fuerte.
El terreno no permitía abrir una brecha útil; además, no contaba con el equipo de asedio necesario para destruir la fortaleza de Guadalupe; decidió intentar un asalto directo. Los zuavos, listos para cargar, habían llegado a la mitad de la ladera; envió cuatro compañías de infantería ligera, ordenándoles que ascendieran por las laderas a la izquierda de los zuavos para dividir la defensa mexicana. Simultáneamente, ordenó al RI de marina, a los fusileros navales y a la batería de apoyo de montaña que movieran al BI-I de zuavos, que ocupaba el flanco derecho, y tomó un batallón del RI-99 para reemplazar a la infantería de marina y a los fusileros navales como reserva detrás de las columnas de ataque.
Mientras se realizaban estos movimientos, una sección de las tropas partía con cada columna de ataque, portando tablones con peldaños clavados y sacos de pólvora destinados a volar la puerta del reducto. La artillería montada intentó en vano abrirse paso colina arriba y acercarse al fuerte.
Se dio la señal de ataque; los zuavos y la infantería ligera cargaron con la tradicional intrepidez de estos dos cuerpos; llegaron bajo un terrible bombardeo de artillería y mosquetes, balas de cañón y proyectiles, hasta las zanjas del fuerte; algunos lograron trepar a la muralla, donde murieron, excepto el corneta Roblet de la infantería, que resistió un rato, tocando la señal de carga. Pero el convento fortificado de Guadalupe, que según se había dicho era una posición de poca importancia, estaba armado con 10×24 cañones, sin contar los obuses de montaña colocados en las plataformas y en los campanarios. Se habían establecido tres líneas superpuestas de fuego de mosquete mediante sacos de arena colocados en las terrazas; al menos 2.000 hombres, al mando del general Negrete, se encontraban atrincherados en el fuerte con artillería bien equipada.
El BI-I de zuavos, la infantería de marina y los fusileros navales, al avanzar, se toparon con el fuego de las baterías de Loreto a su derecha y, entre este fuerte y Guadalupe, con cinco batallones en tres líneas. La caballería mexicana los cargó y los detuvo a 100 metros del fuerte.

Lorencez se disponía a avanzar dos compañías de zuavos que tenía en reserva cerca, a mitad de la ladera, cuando una tormenta tropical, oscureciendo el cielo, se abatió sobre los atacantes y empapó el suelo de tal manera que ya no era posible mantenerse en pie en las laderas que acababan de subir. Tras comprobar la imposibilidad de continuar esta lucha, ordenó a los batallones combatientes que se retiraran, aprovechando los desniveles del terreno, y los detuve al pie de la colina para que recuperaran sus mochilas.

Tenía que evacuar a los heridos, a quienes, durante la batalla, había llevado a una granja ubicada a 2.200 metros del fuerte. Los sacó en pequeños grupos para evitar el fuego de la artillería de Guadalupe, que seguía disparando contra todos ellos.
Cuando concluyó la operación, estaba a punto de anochecer, y las tropas se retiraron al campamento en escalones, con el máximo orden, y sin que los mexicanos se atrevieran a avanzar contra ellas.

Las bajas sufridas en la batalla del 5 de mayo 467 que se resumen así: oficiales: 15 muertos o desaparecidos y 20 heridos; tropa: 162 muertos o desaparecidos , 245 heridos y 25 prisioneros.
Lorencez logró retirarse con orden y serenidad, sin perder ni un solo hombre ni un cañón, y atrincherarse en Orizaba, donde simplemente tuvo que esperar refuerzos de Francia mientras mantenía a raya al ejército republicano. Esta fue la famosa Retirada de los Seis Mil, título de una obra del príncipe Bibesco, quien participó en las operaciones.
Desarrollo de la batalla según las fuentes mexicanas
Los franceses continuaron su avance, posicionando sus baterías frente a Guadalupe mientras respondían al fuego mexicano desde esa posición. En ese momento, los zuavos, que eran la infantería de élite francesa, comenzaron su ascenso hacia Guadalupe, esquivando el fuego de fusilería mexicano, y aparecieron repentinamente, disparando desde la fortificación. Los soldados de Berriózabal los recibieron con bayonetas, obligándolos a retirarse en orden para salir del alcance. Rápidamente se replegaron y volvieron a cargar, intentando tomar el fuerte. Los franceses, apoyados por los RI-1 y RI-2 de marina, arremetieron contra las líneas mexicanas restantes, que fueron recibidas con bayonetas. La columna francesa fue rechazada en Guadalupe, al igual que los ataques de las demás columnas francesas desplegadas. En ese momento, el coronel mexicano José Rojo advirtió a Antonio Álvarez que era hora de que la caballería mexicana actuara para lograr una victoria completa. Ordenó a los carabineros de Pachuca que cargaran contra los restos de la columna, desplegando sus carabinas y disparando golpes de espada contra los franceses, quienes fueron completamente rechazados.
A las 14:30, cuando la victoria mexicana parecía inminente, Lorencez, listo para lanzar el asalto final, dirigió a los cazadores de Vincennes y al RI de zuavos hacia Guadalupe. Mientras tanto, puso en marcha una segunda columna de ataque compuesta por los restos del grueso de la batalla, a excepción del RI-99, que permanecía en reserva en el campamento francés, para atacar el flanco derecho de la línea de batalla mexicana. Ante esta situación, se encontraron con los Zapados de San Luis Potosí, al mando del general Lamadrid, quienes entablaron una feroz lucha a la bayoneta. Su objetivo era una casa en la ladera. Los franceses la capturaron y se refugiaron en su interior. Expulsados por los zapados, la recapturaron y fueron nuevamente expulsados por las tropas de Lamadrid. Un brigadier mexicano llamado Palomino se encontró entre los zuavos y luchó cuerpo a cuerpo, apoderándose como botín de guerra del estandarte de un soldado caído, lo que en ese momento dio una ventaja psicológica a los defensores.

Esa misma tarde, un aguacero azotó el campamento, dificultando el avance de las tropas francesas. Zaragoza ordenó al BI de Reforma de San Luis Potosí que saliera en apoyo de los fuertes. En Loreto, un cañón de 6 libras infligía grandes bajas a las columnas francesas. Los zuavos lanzaron una desesperada carga de infantería para capturarlo. El artillero mexicano, sorprendido por la velocidad francesa, tenía la bala de cañón en sus manos, pero no lograba introducirla en la boca del cañón. Un zuavo apareció ante él, junto con el resto del cuerpo, lo que, una vez tomadas las fortificaciones, podría haber elevado la moral francesa y, por lo tanto, puesto en peligro la victoria. El artillero disparó contra el soldado francés, quien, mortalmente herido por el golpe en la cabeza, cayó en la zanja del parapeto. Tras repeler este asalto, los franceses continuaron su retirada, perseguidos por el BI de Reforma.

Mientras tanto, al llegar la segunda columna al fuerte Guadalupe, protegida por una línea de fusileros, Porfirio Díaz acudió en ayuda de los fusileros de San Luis Potosí, que estaban a punto de ser rodeados. Desplegó el batallón Guerrero, al mando del coronel Jiménez, en columna y ganó terreno a los franceses. En apoyo, envió al resto de las tropas de Oaxaca, dirigidas por los coroneles Espinoza y Loaeza, quienes lograron expulsar al enemigo de las afueras. Este éxito animó a Díaz, quien destacó al batallón Morelos con dos piezas de artillería en el flanco izquierdo, mientras que los fusileros de San Luis Potosí, en el flanco derecho, se recuperaban del combate. Previamente, una carga de los lanceros de Oaxaca, que se enfrentaron cuerpo a cuerpo, repelió a los atacantes.

En ese momento, antes de ser rechazadas definitivamente, las fuerzas francesas comenzaron a huir, completamente dispersas. Se replegaron a la hacienda de Los Álamos y finalmente se retiraron hacia Amozoc.
El general mexicano Ignacio Zaragoza reportó 83 muertos, 132 heridos y 12 desaparecidos para sus tropas.

La noche del 5 al 6 transcurrió sin que se disparara un solo tiro.
Lorencez no podía considerar atacar las barricadas de Puebla mientras los fuertes de Guadalupe y San Loretto estuvieran en manos mexicanas; una marcha directa sobre la Ciudad de México, dejando atrás una posición fortificada, era imposible; decidió retirarse a Orizaba. Sin embargo, para no desaprovechar la posibilidad de que se me uniera el ejército del general Márquez, cuya llegada se esperaba en cualquier momento, resolvió aprovechar el tiempo que me brindaban las provisiones para varios días que llevaba consigo.
Por lo tanto, pasó los días 6, 7 y 8 frente a Puebla, limitándome el día 8 a ajustar la posición del campamento, sin ordenar, sin embargo, la retirada de las tropas más cercanas a la ciudad; también esperaba atraer al enemigo y derrotarlo en campo abierto, si se atrevían a atacar.

Retirada francesa a Orizaba
Los mexicanos fueron lo suficientemente prudentes como para no disparar ni un solo tiro, ni de día ni de noche. Finalmente, el día 8 de mayo, a las 14:00, recibiendo solo noticias muy vagas e incluso contradictorias del ejército del general Márquez sobre su proximidad y su intención de unirse a los franceses, comenzó a mover el convoy hacia Amozoc. Lorencez permaneció en posición hasta las 18:00 horas, con la mayor parte de las tropas, y se retiró con ellas tras el convoy, sin que los mexicanos se atrevieran a mostrar un solo jinete o infante fuera de la ciudad.
Se quedó en Amozoc los días 9 y 10 de mayo, ya que le habían pedido que esperara la llegada del general Márquez.
El día 10, el general López vino a reunirse en persona, con unos 10 jinetes. Informó que Zulaoga, en nombre de su partido, había firmado un tratado la mañana del día 5 con el gobierno de Juárez, en virtud del cual se comprometía a neutralizar al ejército del general Márquez durante la presencia francesa frente a la ciudad. Ante esta noticia, que aclaró la situación incluso a los ojos de quienes aún conservaban las mayores ilusiones, determinó la partida para el día siguiente, el 11 de mayo. Hizo escala sucesivamente en Tepeaca, Acacingo, Queholac, San Agustín del Palmar y la Canada de Istapan (actual Cañada de Ixtapan), sin ser molestado, encontrando únicamente con algunas unidades de caballería que siempre permanecieron fuera del alcance.
Al llegar a Palmar, que según le habían dicho estaba fuertemente ocupado y fortificado, tuvo la oportunidad de capturar un destacamento de 22 jinetes, ordenando a la vanguardia de caballería que flanqueara el pueblo por la derecha y la izquierda.
Al día siguiente, partió hacia la región de Istapan, en Canada, donde, según la información recibida, preveía dificultades para cruzar el Cumbres, cuya ruta estaría bloqueada por barricadas y otros obstáculos. Se preparó para esas eventualidades y mantuvo ocupadas las laderas derecha e izquierda.
La información que había recibido era solo parcialmente cierta. Los mexicanos, en efecto, habían acumulado obstáculos físicos consistentes en barricadas hechas con enormes troncos de árboles que habían hecho rodar desde las montañas hasta el camino, y zanjas cuyos escombros formaban grandes montones de rocas y tierra; efectivamente, había alrededor de cuarenta de estos obstáculos en el camino. Pero, ya fuera porque los mexicanos no se atrevieron a perseguirlos o porque existía división entre los mexicanos, no encontró un solo defensor en el Cumbres. Y, a pesar del esfuerzo requerido para destruir estos obstáculos, la columna y el convoy llegaron a Aculango antes del anochecer. Llegó a Tecamalacán el día 17 de mayo. Un oficial mexicano del ejército del general Márquez se presentó en los puestos de avanzada e informó que la caballería del general, compuesta por 2.500 hombres, se dirigía hacia los franceses desde Tehuacán por los senderos de la montaña, y que el general, con su vanguardia, estaba a punto de unirse; solicitaba un salvoconducto para ir a Orizaba a reunirse con el general Almonte.
Envió a un oficial de estado mayor a los puestos de avanzada con el oficial mexicano; regresaron una hora después, con el general Leonardo Márquez. Este dijo que venía de Matamoros, una ciudad ubicada a 19 leguas de Puebla, al margen izquierdo del camino a la Ciudad de México.
Tras presentar sus respetos, partió hacia Orizaba con algunos jinetes, informándome que su caballería se encontraba en la retaguardia y se uniría a mí al día siguiente.
El día 18, Lorencez partió hacia Orizaba. Al llegar al pueblo de Ingenio, dejé que la columna y el convoy avanzaran, y se instaló allí con el RI-99 con dos obuses de montaña. Quería evitar la sobreaglomeración de tropas en Orizaba.
Alrededor de las seis de la mañana, el general Márquez vino a decir que le habían advertido que el ejército de Zaragoza avanzaba por las montañas Cumbres para impedir que su caballería se uniera a los franceses, que no estaba seguro de que esta información fuera precisa y que iría personalmente a reunirse con sus tropas para comprobarlo.
Batalla de la Barranca Seca (18 de mayo de 1862)
Ordenó al coronel L’Héritier que proporcionara apoyo de un batallón al general Márquez, en caso de que informara de que el general Zaragoza se encontraba efectivamente con su caballería. Lorencez permaneció en Ingenio hasta las 13:00 y, al ver llegar la caballería de Márquez, sin que ninguno anunciara la presencia del enemigo, continuó camino hacia Orizaba.
A las diez de la noche, el general Tabouda vino para informarme de que la caballería del general Márquez y el BI-II/99, al mando de Lefebvre, habían librado una dura batalla a las cinco de la tarde contra las tropas de Zaragoza; que se habían hecho 4.200 prisioneros y que el BI-II/99 había capturado una bandera.
Poco después, el coronel L’Héritier confirmó esa noticia por carta. Pensando que Zaragoza seguía fuerte y que al día siguiente podría reanudar sus ataques contra la caballería de Márquez y el BI-II/99, ordenó a la mayoría de las tropas que se reunieran a las 02:00 de la mañana y marchó a la cabeza por el camino a Aculcingo.
Cruzó el campamento de Márquez durante la noche y, al amanecer, se encontró con el BI-II/99; entonces supo que las tropas de Zaragoza se habían dispersado por completo esa misma tarde tras la batalla.
El BI-II/99, que había salido de Ingenio a las 14:00, se había reunido con el general Márquez a las 17:00. La caballería de este general, que llegaba por un paso de montaña, ya estaba cercada por el ejército de Zaragoza, que se encontraba en una meseta con vistas al cruce del paso de Tehuacán con el camino de Orizaba.
El comandante Lefebvre dividió inmediatamente su batallón de unos 500 hombres en dos columnas y dirigió la primera contra el flanco izquierdo del enemigo, mientras que la segunda ascendió a una colina que dominaba la intersección de dos caminos. El BI-II/99 y la caballería del general Márquez cargaron entonces contra el enemigo con tal vigor que a las 18:00 habían desaparecido. El resultado del día fue: una bandera capturada por el BI-II/99, 800 infantes y 400 jinetes hechos prisioneros, entre 100 y 150 muertos y 250 heridos.
Defensa de Orizaba
El general de Lorencez, tras regresar a Orizaba, tuvo grandes dificultades para mantener la comunicación con Veracruz a través de un territorio asolado por las inundaciones, viéndose obligado a defenderse de los ataques enemigos y, a menudo, a reducir las raciones de sus oficiales y soldados debido a la dificultad para obtener suministros. Así fue como, en tres días, la ciudad se puso en estado de defensa.
Primero, se utilizó el curso de un río para crear una barrera defensiva en un lado de la ciudad; luego, se barricaron las calles, bloqueando todas las salidas. Las casas entre las barricadas se almenaron y se reforzaron los muros débiles; de esta manera, se creó apresuradamente un recinto continuo y fortificado. Detrás de cada barricada, se abrieron aspilleras en las fachadas que daban a la calle, desde donde se disparaba contra los atacantes. Una vez que la barrera fuera traspasada, tenían que avanzar bajo una lluvia de balas. Finalmente, las piezas de artillería se colocaron en batería en los puntos más ventajosos.
Una vez construidas las fortificaciones, la tarea era defenderlas. Cada batallón tenía sus cuarteles, cada compañía su calle, cada escuadrón su puesto, cada soldado su lugar, y todos juraron morir antes que retroceder un centímetro.
Para acostumbrar a todos a ascender silenciosa y sigilosamente por la tronera o almena que les correspondía, un corneta tocaba una señal tenue, de día o de noche; tomaban las armas, corrían hacia las barricadas y estaban de pie en menos de tres minutos. Con estos preparativos, les preocupaba informar de la situación en Veracruz. Enviar un mensajero era casi imposible; sería interceptado por la guerrilla.
La ayuda de los indígenas resultó sumamente útil; los más hábiles se ofrecieron a llevar los despachos. Emplearon los trucos más ingeniosos para esconderlos.
El 12 de junio, Zaragoza llegó con su cuerpo de ejército a Tecamalara, a 6 kilómetros de Ingenio y a 12 de Orizaba. Sobre las 19:00, envió al comandante en jefe un mensajero con una extraña carta en la que proponía una capitulación cuya condición principal sería la evacuación, en un plazo determinado, del territorio de la república. El general Lorencez sabía que el cuerpo de ejército de 5.000 hombres al mando del general Ortega, que había partido de Jesús María, avanzaba a su derecha, al norte de la ciudad. El RI-99, aunque en una excelente posición defensiva, se encontraba en una situación precaria, y el comandante en jefe necesitaba ese regimiento para proteger la ciudad, cuya guarnición se había reducido por la partida de 2.000 hombres, que el general Márquez había enviado a Veracruz. Por lo tanto, le convenía ganar tiempo para traer de vuelta al RI-99.
Batalla de Cerro Borrego (14 de junio de 1862)
El comandante logró contener su indignación y envió a Zaragoza una respuesta evasiva. Al mismo tiempo, envió un oficial a Ingenio, encargándole que trajera de vuelta al RI-99 a Orizaba durante la noche. A la mañana siguiente, a las 06:00, llegó el regimiento, y poco después, exploradores enemigos se enfrentaron en escaramuzas con los franceses. El día se dedicó a los preparativos defensivos finales.
Durante la noche del 13 al 14 de junio, alertado por una mujer local, el coronel l’Héritier fue informado de que el enemigo estaba tomando posiciones en la cima del cerro Borrego, considerada hasta entonces inaccesible. Ordenó a la Cía-3/I/99 del capitán Paul Alexandre Détrie, que ascendiera las empinadas laderas sin sendero, expulsara a los mexicanos y mantuviera su posición a toda costa. Tras un ascenso sumamente difícil de aproximadamente dos horas, el capitán Détrie fue recibido, alrededor de la 01:30, por un intenso fuego de artillería. Lejos de amedrentarse, se abalanzó sobre los mexicanos y capturó tres obuses de montaña, dos de los cuales acababan de dispararle. Sin embargo, aún no se había alcanzado la cima del monte Borrego. El enemigo era numeroso; el teniente Sombret, el sargento mayor Gat y el sargento intendente Croz resultaron heridos. El capitán Detrie mantuvo a su compañía en posición y les dio descanso, confiando en que llegarían refuerzos. La Cía-2/I/99 del capitán Leclerc se unió a él a las 03:30; los capitanes Detrie y Leclère organizaron entonces su columna de ataque y cargaron a las 04:00 contra el enemigo a bayonetazos, gritando «¡Viva el Emperador!». Los mexicanos cargaron dos veces y fueron repelidos en ambas ocasiones. El capitán Detrie resultó herido en la mano; su revólver quedó destrozado y su ropa acribillada a balazos; pero la posición perteneció definitivamente a las Cías 3 y 2 del BI-I/99.

Estos valientes tuvieron que luchar contra 2.000. 250 mexicanos yacían en el campo de batalla, muertos o gravemente heridos; tres obuses de montaña, una bandera, tres banderines de batallón y 200 prisioneros permanecían en manos de 140 soldados franceses. Un general, tres coroneles y dos tenientes coroneles habían perecido; todo el cuerpo del general Ortega, incluyendo a los 3.000 hombres que quedaron en la llanura, estaba completamente disperso. Los franceses perdieron 6 muertos y 28 heridos, incluido el capitán Détrie.
Esa misma noche, el cuerpo del general Zaragoza abrió una línea paralela frente a la Puerta de Puebla y desplegó 18 cañones, dos de ellos de asedio, a lo largo de esta línea en varias baterías. El día 14 de junio, a las 05:00, comenzó el fuego. Las baterías francesas aún no contaban con un parapeto de suficiente espesor; era necesario responder al ataque enemigo y continuar la labor.
Mientras estos acontecimientos se desarrollaban en la Puerta de Puebla, las otras dos secciones de la batería montada de tierra tomaron posiciones de combate al norte de la ciudad junto con el RI-99 y dispararon algunos proyectiles contra grupos de jinetes que aparecieron a lo lejos alrededor de las 14:00.
El capitán Bonnet, de la batería de montaña, dirigió con éxito el fuego de los obuses mexicanos capturados por el RI-99 contra los sitiadores. A las 20:00, los ingenieros comenzaron a cavar una trinchera con la intención de extender nuestra acción. Pero al anochecer, todos estaban demasiado cansados para pensar en emprender cualquier acción contra las baterías enemigas, y la operación se pospuso. A la mañana siguiente, el cuerpo de Zaragoza había desaparecido, aterrorizado por los resultados de los combates librados por las dos compañías del RI-99; había iniciado una retirada total hacia Canadá de Istapán y San Andrés.
El general de Lorencez ordenó la destrucción de las posiciones mexicanas y continuaron en las francesas. También mandó construir dos casas fortificadas en el río Borrego y esperó la llegada de las fuerzas que acababa de solicitar a Francia.