Siglo XIX Expediciones francesas a México en el siglo XIX Segunda expedición francesa a México. Ocupación de la capital

Batalla de Camarón (30 de abril de 1863)

El 29 de abril, un destacamento francés partió desde el puerto de Veracruz con 64 carretas y 2.000 mulas con municiones y 14 millones de francos (casi 3 millones de pesos) en plata y oro. El coronel Pierre Joseph Jeanningros, al mando de la Legión Extranjera y tras recibir información sobre la movilización de tropas mexicanas en la zona, decidió mandar a la Cía-3/I bajo el mando del capitán Jean Danjou para hacer reconocimiento y, si contactaban al convoy, proporcionarle escolta. La Cía-3/I contaba con dos oficiales y 62 legionarios, con 60 balas por soldado y algunas mulas de carga.

El 29 de abril, Danjou pensaba salir del campamento inmediatamente y llegar hasta Palo Verde (a 35 km de Veracruz) al amanecer, donde haría un reposo de dos horas; luego hacia la Soledad. Marcharon durante la noche del 29 al 30 de abril. A mitad de camino llegaron a Paso del Macho, donde se encontraron con otro campamento de la Legión Extranjera a cargo del capitán Saussier, que les ofrece refuerzos, los cuales rechaza.

A las 06:00 de la mañana la Cía-3/I llegó a un pequeño rancho abandonado que ignoraban que se llama Camarón. Hicieron una pausa para el café. Luego se dividen en dos secciones: una comienza su avance hacia Palo Verde, la otra se aproxima al bosque cercano. A lo lejos, un legionario divisó una nube de polvo; se trata de una patrulla de 20 exploradores al mando del capitán Sebastián Campos y una parte de los lanceros de Orizaba al mando del comandante Joaquín Jiménez, que habían salido del pueblo de Matlaluca para dar inicio a una exploración rumbo a La Joya. Los legionarios se replegaron hacia el poblado.

A las 07:00, el escuadrón de lanceros avanzó hacia los legionarios que formaron en cuadro e hicieron la primera descarga. Los lanceros se replegaron y se dividieron en dos grupos para buscar el flanco de los franceses. Nuevas descargas. El ataque se frustró, pero las mulas se escaparon, siendo capturadas por los jinetes mexicanos, quedándose los legionarios sin provisiones ni municiones extras. El capitán Campos se dirige a informar al general Francisco de Paula Milán, que se encuentra en su base de La Joya, a unos 8 km de Camarón.

El general Francisco de Paula Milán llegó al lugar del combate con una parte de sus tropas. Danjou ordenó desplazarse a paso ligero hacia la hacienda La Trinidad. No consiguieron llegar sin tener que repeler otro ataque de la caballería, que produjo nuevas bajas entre los legionarios. A las 09:00, dentro de la hacienda, los legionarios se parapetaron y abrieron aspilleras en las paredes para hacer fuego. Danjou ordena al sargento Morziki subir al techo para observar al enemigo. El sargento le comunica que están rodeados por miles de enemigos.

Poco después, un jinete se aproxima con una sábana blanca como bandera; era el teniente Ramón Layne (o Lainé), mexicano hijo de francés, alumno del Colegio Militar de México, que se acercó a unos diez metros de la hacienda y pidió la rendición. Les expuso que si se rendían les respetarían la vida, a lo que el capitán Danjou contesta por medio de un sargento: «Ni hablar de rendirse, tenemos cartuchos». Danjou esperaba que la guarnición del capitán Saussier desde Paso del Macho escuchara los tiros y acudiera en su ayuda. Minutos más tarde, la caballería mexicana realizó una carga sobre la hacienda, pero los legionarios los hacen retirarse. En este combate murió el capitán Danjou; el mando fue asumido por el teniente Jean Vilain, de 27 años.

Batalla de Camarón (30 de abril de 1863). Soldados mexicanos asaltando el rancho. Autor Jean-Adolphe Beaucé.

Ataque tras ataque, los mexicanos ganaron terreno y ocuparon los muros externos y los establos, replegándose los legionarios hacia los muros del patio central de la hacienda. Milán les ofreció nuevamente la rendición. Un sargento legionario contesta: «Váyase a la mierda, usted, sus mexicanos y su coronel». Alrededor de las 12:30 horas, los legionarios escucharon el toque de corneta, de a degüello; no habría cuartel para los franceses. Los mexicanos iniciaron el ataque por los flancos.

A las 14:00, el teniente Vilain fue abatido por un balazo en la cabeza disparado por un francotirador mexicano cuando atravesaba el patio. El subteniente Maudet asumió el mando. En esos momentos llegó el resto de la infantería de Milán; serían unos 650 de infantería y 200 caballos los que allí se concentraron en total.

Para las 17:00, los mexicanos incendiaron los techos de la hacienda, el humo llenó los patios y los mexicanos avanzaron mejorando sus posiciones. Maudet, para entonces, ya solo cuenta con 16 hombres en total.

En la barricada que defendía la puerta principal solo quedaba un legionario con vida, un alemán de origen judío, el cabo Berg, que había sido degradado de su anterior grado de teniente debido a una violenta pelea con un oficial superior. Luchó con su rifle y su bayoneta hasta que cayó gravemente herido.

En el reducto suroeste, dos cabos y dos legionarios fueron atacados desde el frente y la retaguardia, y rápidamente superados. A las 18:00 solo resistían el subteniente Maudet, el cabo Maine y cuatro legionarios: Matau (polaco), Wenzel (alemán), Constantin (austriaco) y Leonhart (suizo). Los cañones de sus rifles Minié estaban tan calientes por la gran cantidad de disparos realizados que debían protegerse las manos con trapos.

Un cuarto de hora después habían agotado su munición y la de sus camaradas caídos. El fin era inevitable. El subteniente Maudet ordenó calar bayonetas; los seis hombres se colocaron en una formación en V y se lanzaron al patio interior.

Batalla de Camarón (30 de abril de 1863). Carga de los seis últimos defensores. Autor Jean-Adolphe Beaucé.

La carga de los 6 legionarios sorprendió a los infantes mexicanos, que retrocedieron momentáneamente. Pero el coronel Milán se percató de la situación y, blandiendo su espada, ordenó una descarga cerrada a sus hombres.

El subteniente Maudet recibió un disparo mortal en la mandíbula; los mexicanos rodearon a los legionarios supervivientes. Al cabo de once horas de combate, solamente tres hombres se encuentran todavía en condiciones de resistir: los cabos Maine y Berg, y el soldado polaco Wensel; todos los demás están heridos de gravedad o muertos.

Batalla de Camarón (30 de abril de 1863). Carga de los seis últimos defensores. Autor Jean-Adolphe Beaucé.

A las 18:00 los soldados de la Legión habían sido aniquilados; 33 habían muerto y 31 fueron hechos prisioneros, casi todos heridos; 19 de estos, graves, morirán en las siguientes semanas. El general Milán reportó sus bajas: 1 coronel muerto, 3 tenientes y capitanes heridos y nuestras pérdidas en la clase de tropa han sido 16 muertos y 18 heridos. Al término de la batalla, Milán ordenó que se enterraran los muertos de ambos bandos en una fosa común.

A la siguiente mañana, el coronel Jeanningross llegó a la hacienda con una tropa de refuerzo, alertado por los integrantes del convoy, que habían vuelto a su base al oír el sonido de la batalla en la lejanía. Solo encontraron una ruina humeante repleta de cadáveres. El tambor de la compañía fue descubierto aún con vida, sepultado bajo una pila de cuerpos; tenía 8 impactos de bala en su cuerpo, y moriría poco después, pero tuvo tiempo de contar todo lo sucedido.

El capitán Danjou yacía en el mismo lugar en el que había muerto. Jeanningross tomó su mano de madera, asegurando que estaba tocando algo sumamente sagrado, y prometió que le acompañaría durante toda la campaña en México.

El día 30 de abril se celebra el Día de la Legión Extranjera francesa, y la batalla es conocida como El Álamo de la Legión Extranjera francesa.

Continuación del asedio de Puebla

Batalla de San Pablo del Monte (5 de mayo de 1863)

El ejército mexicano, sitiado en Puebla, intentó una salida el 5 de mayo, combinada con un movimiento del general Comonfort. Una fuerza de caballería estimada en mil caballos, apoyada en la retaguardia por columnas de infantería y artillería, apareció ante la aldea de San Pablo del Monte. El general L’Hériller dirigió un reconocimiento en esa dirección, compuesto por un escuadrón del RCL-1 de cazadores africanos y una sección de granaderos del RI-99 bajo el mando del mayor Aymard de Foucauld. Los mexicanos fueron rechazados y perseguidos. Al ver al enemigo a tiro, el mayor de Foucauld cargó contra los escuadrones mexicanos, sable en mano. El enemigo cedió terreno y se retiró combatiendo hacia la hacienda de Acapulco, donde fue atacado de nuevo. Allí, el mayor de Foucauld cayó, atravesado por una lanza, y murió pocos instantes después.

Batalla de San Pablo del Monte (5 de mayo de 1863). Muerte del comandante Aymar de Foucault.

Sin embargo, la guardia mexicana que protegía al portaestandarte del RC-1 de lanceros de Durango fue atacada por Bordes e Imbert, jinetes del RCL-1 de cazadores africanos. Bordes se apoderó del trofeo del portaestandarte, mientras que Imbert lo persiguió y le arrebató el estandarte de su faja. El capitán de Montarby tomó el mando del escuadrón y continuó la persecución iniciada por el comandante de Foucauld. Dirigió tres cargas contra sus adversarios hasta que, herido, se vio obligado a retirarse. Los franceses recogieron a los heridos y sus armas, y llevaron a su campamento el estandarte bordado del RC-1 de lanceros de Durango, junto con 20 prisioneros y una gran cantidad de lanzas y fusiles. Los franceses tuvieron 4 muertos y 12 heridos.

Batalla de San Pablo del Monte (5 de mayo de 1863). Toma del estandarte del regimiento de lanceros de Durango.

Batalla de San Lorenzo (8 de mayo de 1863)

El 5 de mayo, se verificó un canje de prisioneros, celebrado en estos términos: los oficiales serían canjeados grado por grado y hombre por hombre, llevando consigo sus armas; los sargentos, cabos y soldados, hombre por hombre, sin distinción de grado. Los heridos serían comprendidos en aquel arreglo, pero seguirían curándose en los hospitales en que se hallaban, y se remitirían a sus respectivos ejércitos luego que se encontrasen en estado de verificarlo o que lo solicitaran.

En consecuencia de esto, González Ortega entregó a Forey 3 capitanes, 2 tenientes, 3 subtenientes y 160 individuos de tropa, comprendidos 57 franceses y 92 mexicanos; pero como el general francés no tenía en su poder el número suficiente de prisioneros para canjear los que se hallaban en la plaza, el mexicano dispuso que se le remitieran 26 zuavos restantes, sin exigir por ellos cambio alguno.

El general O’Horán volvió a situarse en Tenancingo. Forey remitió a González Ortega, en cuenta de los 26 soldados franceses que se le habían enviado de más, 20 mexicanos hechos prisioneros en el encuentro de San Pablo del Monte.

Un nuevo movimiento de Comonfort emprendido el 6 de mayo, no tuvo mejor resultado que el anterior; pero entretanto los víveres habían vuelto a agotarse, y el espectáculo que presentaba la población era horrible. Dice González Ortega: «Cuarenta o cincuenta mil habitantes de la ciudad, que habían quedado dentro de sus muros al comenzar el sitio, se encontraban en un estado verdaderamente violento y desesperado por la escasez de alimentos. Millares de personas de todas condiciones, sexos y edades, entre las que se encontraban multitud de familias delicadas, respetables y decentes, se colocaban a recibir la muerte en las calles enfiladas por los fuegos enemigos, con el solo objeto de conseguir que se les vendiera una pieza de pan, en dos o tres panaderías situadas en aquellos puntos: millares también de mujeres y niños se me presentaban en todas partes, pero muy especialmente en la calle de Mesones, donde estaban situados mis criados y las personas encargadas de mi asistencia. Allí veía el cuadro más triste y desgarrador que he presenciado en mi vida. Unas mujeres llorando me presentaban a sus niños; otras me pedían pan; éstas que las diera un pasaporte para salir de la ciudad; aquéllas que las proporcionara un socorro; y muchas que las diera una boleta para que se las vendiera a cualquier precio una pieza de pan, en tal o cual establecimiento donde se trabajaba aquel alimento para nuestros soldados.»

El 7 de mayo, continuaron los trabajos de ambos lados, lo mismo que en los días anteriores; pero los franceses no emprendieron ya ningún ataque serio, limitándose a hostigar la plaza con sus proyectiles desde los puntos en que se había parapetado. El coronel Juan Togno, que ese mismo día había llevado la contestación del general González Ortega a la comunicación del general Forey, remitiendo los prisioneros canjeados.

El día 8 por la mañana, al notar por San Lorenzo un fuego nutrido, el general González Ortega se dirigió al cerro de Loreto para observar lo que pasaba, ordenando que la columna mandada por el general Negrete estuviese lista para hacer un movimiento rápido hacia el punto que se le dijera; pero al llegar a dicho cerro, los fuegos habían cesado, sin poderse distinguir a cuál de los ejércitos pertenecían las columnas que se veían tendidas en las lomas de San Lorenzo. Lleno de incertidumbre, se volvió González Ortega a la plaza, sin poderse explicar lo que había pasado, pues el general Ignacio Comonfort no le había dicho una sola palabra sobre movimientos que tuviese que ejecutar por dicho rumbo.

El 5 de mayo, mientras el ejército francés sitiaba Puebla, el ejército republicano mexicano mandado por Ignacio Comonfort, instado por el gobierno para que introdujese en Puebla un convoy de víveres, escalonó su ejército en San Lorenzo, Panzacola, Santo Toribio y las haciendas de Palula y San Cosme. Las fuerzas ubicadas en la aldea de San Lorenzo comenzaron trabajos de fortificación.

El general Forey dio entonces la orden de atacar esta posición, y en la noche del 7 al 8 de mayo, el general Bazaine partió del puente de México con 4 BIs (del RI-3 de zuavos, del RI-51, del RI-81 y el BIL de fusileros argelinos), tres escuadrones de caballería franceses, un escuadrón mexicano, la batería de artillería a caballo del RA montado de la Guardia Imperial, una sección de artillería de montaña de los marineros y un destacamento de ingenieros.

Los franceses siguieron el camino hacia la Ciudad de México y luego cruzaron los campos cerca del pueblo de Cuautlancingo para evitar los puestos de avanzada republicanos. El general Bazaine colocó su caballería mexicana a la cabeza de la columna, lo que, combinado con la oscuridad, logró engañar a una vanguardia enemiga inicial. Alrededor de las 04:30 de la mañana, al amanecer y sin poder aprovechar más la oscuridad, los franceses asaltaron un primer puesto de avanzada y llegaron a un punto 2 km al sur del pueblo de San Lorenzo.

A las 05:00 de la mañana, los franceses se desplegaron frente al pueblo, situado en una elevación. La artillería se posicionó en el flanco derecho y en el centro, mientras que la caballería se ubicó en el flanco izquierdo. Las tropas de Bazaine atacaron desde el sur, donde el terreno era menos escarpado. El lado oriental del cerro de San Lorenzo era rocoso, surcado por barrancos y descendía abruptamente hacia el río Atoyac. En ambos lados, la artillería abrió fuego; luego la infantería francesa avanzó en escalón, con el flanco izquierdo a la cabeza, para cortar la retirada mexicana desde el oeste.

Los republicanos, que eran unos 6.000 efectivos con 8 cañones, se retiraron rápidamente a través del vado de Pensacola, mientras que parte de la caballería francesa perseguía a la caballería mexicana. La otra parte atacaba con sables a los mexicanos que intentaban escapar a través de los vados del río Atoyac. La DI-1 fue destruida, la DI-2 también sufrió grandes pérdidas, y la DI-3, mandada por el general O’Horan, se retiró sin luchar a Tlaxcala.

Las tropas mexicanas del Partido Conservador llegaron entonces como refuerzos a través del Cerro de la Cruz. Compuestas por dos batallones y un escuadrón comandado por el general Márquez, persiguieron a los republicanos en retirada hasta Santa Inés Zacatelco. A las 09:30, los combates habían terminado. Los republicanos se retiraron a Tlaxcala, pero no se detuvieron allí; el general Comonfort reunió a sus hombres en San Martín Texmelucan.

Los franceses estimaron las pérdidas republicanas en 800 muertos o heridos y 1.000 prisioneros, entre los que había 56 oficiales. Los franceses informaron de un oficial y 10 soldados muertos y 80 heridos, mientras que los mexicanos aliados sufrieron 5 muertos y 18 heridos. Los republicanos también dejaron 3 banderas, 8 banderines y sus 8 cañones en manos de los atacantes.

Después de los combates, las tropas franco-mexicanas pasaron la noche en San Lorenzo; luego Bazaine regresó a su cuartel general en Molino en Medio.

Rendición de la plaza

El 11 y el 12 de mayo continuaron los fuegos bastante nutridos; en la tarde de este último día, una multitud compuesta de mujeres y niños, cediendo a la exasperación causada por el hambre, trató de salir del recinto fortificado, bajo la protección de banderas blancas; pero los franceses dispararon sobre aquellas gentes desvalidas, obligándolas a retroceder en medio de la más cruel desesperación. El día 13, el general Patoni realizó una salida del fuerte de Ingenieros con objeto de reconocer los parapetos franceses, la colocación de sus fuerzas y el número de los que defendían las obras de contravalación y puntos escogidos para sus emboscadas; el ataque fue reñido, habiendo muerto varios jefes, oficiales y soldados de los cuerpos de Durango y Chihuahua.

En la mañana del 14 de mayo, los franceses hicieron un vivo fuego de artillería sobre el fuerte de Ingenieros. La noche de ese día era la señalada para romper el sitio, pero toda ella se pasó sin que apareciesen las señales indicadas a Comonfort; esto hizo temer que no hubiese recibido la carta en que González Ortega le participaba su resolución. Entre las 05:00 y las 06:00 de la mañana del 15 se repitió el cañoneo sobre el mismo fuerte; y viendo que no se recibía noticia ninguna del ejército del Centro, el general en jefe citó una junta de guerra, a la que concurrieron los generales Mendoza, Paz, Berriozábal, Negrete, Antillón, Alatorre, Llave y Mejía.

En ella manifestó el primero la situación en que se encontraba reducida la plaza, así como las instrucciones que tenía del gobierno para que en último extremo desocupara la ciudad, debiendo concurrir a aquella operación ambos cuerpos de ejército: esta condición no podía, sin embargo, cumplirse, pues aún no se sabía en dónde se encontraba el general Comonfort, y por lo mismo pedía su opinión a cada uno de los generales presentes. Se siguió una larga discusión sobre la conveniencia de que la plaza no capitulara; de lo remoto que era esperar que el general francés permitiera a los defensores de ella salir con todos los honores de la guerra y con los elementos que aún conservaban, en cuyo caso el general González Ortega estaba resuelto a destruir todo el armamento, disolver el CE de Oriente, y a entregar prisionero y sin garantías el cuadro de generales, jefes y oficiales. Se acordó, sin embargo, que se entrase en negociaciones con el enemigo, a fin de conseguir, siempre que fuera de un modo honroso, la salida del ejército.

El 16 de mayo por la mañana, salió el general Mendoza comisionado para hablar con el general Forey a fin de arreglar un armisticio, y al regresar por la tarde le dio a González Ortega un documento en el que decía que se concedería a los defensores de la plaza todos los honores y todas las garantías que merecen; pero en caso de que sus defensores destruyeran el armamento, quedarían sin garantía alguna, y serían en consecuencia deportados a la Martinica.

Recibido ese informe, González Ortega celebró en la noche del 16 una nueva junta de guerra, a la que asistieron los generales citados, y además los generales Porfirio Díaz, Pedro Hinojosa y algunos otros. El general en jefe comenzó preguntando al comandante general de artillería el estado que guardaban las municiones de guerra, y la contestación fue que en los ataques de ese día se habían consumido aún los cartuchos que contenían triple carga y que por orden anterior estaban preparados para destruir las piezas; pero que si se recogían las municiones que había en todos los fuertes, reconcentrándolas en los de Ingenieros y el Carmen, podrían sostener todavía un fuego de dos o tres horas, después de lo cual las municiones de guerra habrían sido agotadas. Concluyó que no había más que dos caminos para terminar de un modo honroso el sitio de Puebla: romper el cerco librando para ello una batalla, o destruir el armamento y rendir la plaza.

La junta terminó entre 01:00 y 02:00 de la mañana del 17 de mayo, e inmediatamente se dictó una orden general previniendo que de las 04:00 a las 05:00 se destruyese todo el armamento y piezas de artillería, a fin de que el ejército invasor no pudiese utilizar nada de ello; que los generales, tanto de división como de brigada, disolverían todo el ejército. A las 05:30 se tocaría parlamento y se izaría una bandera blanca en cada uno de los fuertes, manzanas y calles que estaban al frente de los puntos ocupados por el enemigo; y por último, que a la misma hora estarían presentes en el atrio de la catedral y palacio del gobierno los generales, jefes y oficiales para rendirse como prisioneros. Entre ellos figuraban nombres que resonarían en la historia nacional: Jesús González Ortega, comandante en jefe; Porfirio Díaz, Mariano Escobedo, Felipe B. Berriozábal, Ignacio de la Llave, Epitacio Huerta y José María Patoni.

Se informó al general Forey que la guarnición había completado su defensa y se ponía a su merced. Apenas había amanecido cuando 12.000 hombres, la mayoría desarmados, sin uniformes ni equipo, se rindieron; y los oficiales, entre 1.000 y 1.200, incluyendo 26 generales y 200 oficiales superiores, informaron al comandante en jefe que se encontraban reunidos en el palacio de gobierno, a la espera de sus órdenes. El equipo de la guarnición parecía haber sufrido solo daños parciales.

Un despacho del contralmirante Bosse, sucesor del vicealmirante Jurien de la Gravière, al ministro de Marina y Colonias, complementó la información proporcionada por el comandante en jefe. Fue el coronel Manèque, segundo jefe de Estado Mayor del general, quien ocupó la fortaleza con el BIL-I de cazadores y un escuadrón de húsares: no encontró resistencia. Las tropas francesas entraron en ella los días 17 y 18, y el general Forey entró el 19, a las once de la mañana. Se disparó inmediatamente una salva de 21 cañonazos.

Los franceses ofrecieron un indulto condicionado a los generales prisioneros: debían comprometerse por escrito a no participar en actos políticos ni militares, ni comunicarse libremente con sus allegados. La respuesta mexicana fue tajante y unánime. Rehusaron firmar, alegando que hacerlo atentaría contra su honor militar y sus convicciones. Ante esta negativa, Forey dispuso su traslado inmediato a Veracruz, para posteriormente enviarlos a Francia.

La suerte de la tropa fue diversa. De los miles de prisioneros, solo unos 5.000 accedieron a incorporarse a las fuerzas del general conservador Leonardo Márquez, célebre por su dureza. El resto emprendió, a pie, la marcha hacia el puerto de Veracruz, en condiciones difíciles, como testimonio vivo de la derrota.

Cartas procedentes de La Habana revelaron que las obras de fortificación habían sido dirigidas por un norteamericano. El general de artillería era español, nacido cerca de Ferrol. Más de 2.000 soldados juaristas, de infantería y caballería, ya se habían pasado al bando francés. Entre los prisioneros, se decía, había chilenos y peruanos, a quienes sus respectivos gobiernos habían enviado con armas y equipaje para ayudar a México a través de varios puertos del sur; serían transportados a Guadalupe y a Martinica, donde serían internados hasta la firma de la paz.

Mientras tanto, la ocupación de la ciudad avanzaba. Durante el mismo 17 de mayo, las tropas francesas tomaron los fuertes de Totimehuacán, Santa Anita, Loreto y Guadalupe. Se destruyeron trincheras y se prepararon accesos para consolidar el dominio militar. Ingenieros e intendentes comenzaron el inventario del material de guerra abandonado por los mexicanos.

La ciudad había quedado completamente desbastada.

Asedio de Puebla (16 de marzo al 17 de mayo de 1863). Vista de la ciudad desbastada, se aprecia la antigua calle de San Judas, hoy 9 Norte y 3 Poniente.

Marcha a la Ciudad de México

El día 20 de mayo, el general Bazaine, al mando de una división, comenzó a avanzar hacia la Ciudad de México. El resto del ejército la seguiría de cerca, dejando en Puebla únicamente la guarnición necesaria para mantener a raya a las guerrillas. Según una carta de un comerciante de Ciudad de México, la plaza no estaba en absoluto en condiciones de resistir. En cierto sector, hacia el sureste, se habían levantado algunas obras de tierra; pero, además de ser insuficientes para detener a los franceses, Juárez había tenido que enviar a Comonfort los regimientos de que disponía, y las tropas de este último se hallaban dispersas.

El 3 de junio, una columna de tropas aliadas salió de Puebla para reunirse con el general Márquez en el camino a Ciudad de México. Al día siguiente, otra columna compuesta por material de ingenieros y artillería, la ambulancia del cuartel general y el equipo para instalar un hospital en la capital; todo ello escoltado por un batallón del RI-95 se dirigió a Buena Vista. Esa misma jornada, con motivo de la festividad del Corpus Christi, el general Forey asistió a la misa y a la procesión. Todas las tropas presentes en Puebla acompañaron el cortejo o formaron valla a su paso. Por la tarde, el general recibió a una delegación de notables de Ciudad de México, encargada de comunicarle que los habitantes de la capital habían protagonizado un pronunciamiento a favor de la intervención.

Dicha delegación constituía, en cierto modo, la contrapartida de la formada por los cónsules extranjeros que habían acudido a verle 48 horas antes. El comandante en jefe entregó a los notables una respuesta en la que les comunicaba su firme intención de no tolerar ninguna reacción violenta, y les pedía calma y confianza en la intervención francesa. El general Forey partió de Puebla el día 5 con todos los servicios del cuartel general y una columna de tropas de diversas armas. Pasó la noche en la hacienda de Santo Domingo y, al día siguiente, en el pueblo de Tezmelucan; el día 7 acampó en Río Frío, casi en la cresta de las montañas. Varios caballos y mulas murieron de congestión debido a la rarefacción del aire en esa región elevada, ya que el paso se encuentra a unos 3.300 metros de altitud.

Ese mismo día, el general Bazaine entró en Ciudad de México y tomó todas las medidas necesarias para garantizar la seguridad y organizar la defensa de la plaza.

Tras acampar el día 8 en Buena Vista y unir a su columna la división de Douay el día 9, el comandante en jefe se dirigió a pernoctar a El Peñón, donde le esperaba una nueva delegación de notables deseosa de presentarle sus respetos. Partió de El Peñón el día 10 y llegó a las puertas de México a las diez de la mañana. Forey entró con los generales Aquiles Bazaine, Juan Nepomuceno Almonte y Leonardo Márquez. Las autoridades provisionales encabezadas por el expresidente José Mariano Salas y los principales habitantes le ofrecieron las llaves de la ciudad. Poco después, las tropas aliadas hicieron su entrada en la capital de México al son de las campanas de todas las iglesias y entre el estruendo de los cañones. El ejército aliado encabezaba el cuerpo expedicionario. Las casas lucían engalanadas con colgaduras, follaje y flores; se habían erigido arcos de triunfo y la población se agolpaba en ventanas, balcones, azoteas y calles.

Entrada del cuerpo expedicionario francés en la Ciudad de México el 10 de junio de 1863. Autor Jean-Adolphe Beaucé.

Todas las clases sociales parecían competir en entusiasmo para mostrar su simpatía hacia los franceses, que avanzaban entre inmensas aclamaciones, cubiertos de coronas y flores. Estas muestras de afecto fueron especialmente intensas en las inmediaciones del primer arco de triunfo, levantado por nuestros compatriotas, a cuyos pies se habían congregado. A las puertas de la catedral, el comandante en jefe fue recibido por el clero; se entonaron con gran solemnidad un Te Deum y el Domine salvum. Tras la ceremonia religiosa, el general volvió a montar a caballo y las tropas franco-mexicanas desfilaron ante él en presencia de la población. A pesar de llevar mucho tiempo lejos de Francia y de haber soportado un asedio de dos meses y marchas penosas, nuestros soldados presentaban un aspecto magnífico que despertaba la admiración de los mexicanos. Por la noche, la ciudad quedó brillantemente iluminada y se lanzaron fuegos artificiales en la plaza frente al palacio.

El 11 de junio llegaron los carros de artillería y material que habían quedado en Buena Vista, escoltados por el BIL-XVIII de cazadores a pie. Aquel día era la octava del Corpus Christi y se celebró una procesión solemne. Al igual que en Puebla, el general asistió a ella con todas las tropas de la guarnición. Por la noche, la ciudad ofreció un banquete en el palacio al ejército francés y al aliado. Se brindó por el cuerpo expedicionario y por Francia, y los nombres del emperador y de la emperatriz fueron aclamados con entusiasmo.

El día 13, el convoy traído desde Veracruz por el coronel Mangin entró en la ciudad y, al día siguiente, llegó el general Neyra con todas las tropas que habían quedado rezagadas.

El comandante en jefe ordenó ocupar tres puntos de la carretera entre Puebla y Ciudad de México. Al enterarse de que el enemigo dirigía sus fuerzas hacia Real del Monte con la intención de destruir las casas y saquear las minas de plata, envió una columna para proteger esa explotación.

Guerra de Guerrillas

El 16 de junio, se ocupó de formar un gobierno provisional que, según los deseos del emperador, debía estar compuesto por 35 hombres moderados pertenecientes a todos los partidos y decididos a contribuir al restablecimiento del orden; de estos, 34 residían en la ciudad de México, otros 215 eran notables. Esta idea aparecía desarrollada en la proclama que el general en jefe había dirigido a los mexicanos dos días después de su llegada a la capital.

El 8 de julio, convocó la Asamblea Nacional, que copresidió junto a Dubois de Saligny. Dos días después, como era de esperar, la asamblea conservadora abolió la república y decretó de forma oficial que la nación mexicana adoptaba la monarquía moderada, hereditaria y bajo un príncipe católico como su sistema de gobierno. En esta misma acta se ofreció formalmente la corona imperial al archiduque Maximiliano de Habsburgo.

Existió un borrador redactado directamente por la emperatriz Carlota durante ese periodo, concebido para estructurar al Imperio de forma independiente y soberana, aunque no llegó a promulgarse como una carta magna oficial en ese año, hasta dos años después, con la expedición del Estatuto Provisional del Imperio Mexicano el 10 de abril de 1865.

La ocupación de la capital, la proclamación de la monarquía y la instalación del gobierno constitucional en San Luis de Potosí, a donde se había refugiado Juárez, repitió la situación que se había producido en la República durante los tres años de la Guerra de Reforma; como entonces, se levantaban frente a frente dos gobiernos antagonistas que, disputándose el dominio del país, la diferencia era que uno estaba sostenido por el ejército expedicionario francés. El presidente Benito Juárez, al llegar a San Luis Potosí el 9 de junio, después de haber recibido numerosas pruebas de adhesión de todos los pueblos que tocó en su tránsito, expidió un manifiesto exhortando a la nación a la lucha contra los franceses.

El general Forey, negándose a las repetidas instancias de sus protegidos, aplazó la campaña del interior para el otoño, cuando al terminar las lluvias no se corriese el riesgo de dejar atollados en el camino artillería y bagajes. Esto no impidió que se emprendiesen algunas expediciones con el fin de despejar un poco los alrededores de la capital, infestados por multitud de fuerzas republicanas. El 5 de julio ocupó Toluca el general Berthier, a cuya aproximación se retiró de la ciudad el gobernador Manuel Alas. En la misma fecha atacó Tepeji del Río el jefe republicano Vicente Vega.

Fuerzas republicanas mexicanas en 1863. 1 batallón de Jalapa, 2 batallón de Veracruz, 3 batallón de Córdoba, 4 y 5 jinetes irregulares del coronel Millan.

El 13 de julio, después de haber tomado Santiago de Tlaxcala y establecido autoridades en Monte Alto, el prefecto y comandante del distrito del Oeste emprendió su marcha a Atzcapotzaltongo con la caballería del coronel Larrauri (división Mejía) y dos compañías de zuavos. En los suburbios del lugar encontraron a 400 enemigos al mando de Fragoso, el padre Domínguez y Rosalio Flores; rotos los fuegos y cargando a la lanza, lo derrotaron y pusieron en fuga, persiguiéndole hasta cerca de Teloloapan, haciéndole 42 muertos, varios heridos y prisioneros y quitándole armas, caballos, etc. Se organizó inmediatamente un consejo de guerra y 18 de los prisioneros fueron fusilados, llevando otros 20 a México para juzgarlos.

El 18 de julio, el coronel Carranza, de la brigada de Vicario, salió de Tlalpam para el pueblo de Ajusco, y en la mañana del 19 atacó al enemigo compuesto de 600 hombres al mando del general Leyva, y lo derrotó y puso en fuga, dejando un gran número de prisioneros, armas, parque y demás pertrechos. Un batallón del RI-99 de línea, a las órdenes del Tcol Lefévre, 600 infantes y 500 caballos de Vicario, se movieron sobre Cuernavaca, que fue ocupada el 29, habiendo ahuyentado a las tropas republicanas más allá de Yautepec, Xocliitepec, Tetecala, Taxco, Iguala y Teloloapan.

Las tropas francesas que expedicionaban por Tenancingo entraron en aquella población el 18, y las de Pachuca, ocupado desde mediados de junio por el coronel Aymard, llegaron a Tulancingo, en persecución de las guerrillas que asolaban la comarca. El 16 fue atacado San Andrés Chalchicomula por fuerzas de Quesada, que se retiraron luego a la hacienda de Jalapasco, la cual había sido amenazada por las tropas de Rodríguez.

El 5 de agosto fue atacado y destruido por una fuerza republicana el pueblo de San Antonio, cerca de Tepeji de la Seda, que se había pronunciado por la intervención. El día anterior había sido rechazado y muerto en Milpa Alta el guerrillero Román López. El 18, el coronel Cuellar atacó a Uzumba, retirándose enseguida con alguna pérdida. Casi al mismo tiempo fue derrotado, aprehendido y fusilado el jefe republicano Baltasar Téllez. Habiéndose propuesto el coronel Aymard arrojar a Negrete de la fuerte posición que ocupaba en Necaxa, pidió el concurso del general Liceaga, que ocupaba Apám, y el del general de la Canorgue, que estaba en Tlaxcala; el primero avanzó luego a Zacatlán; Aymard no lo supo, pues el enemigo interceptó la comunicación en que se le participaba aquel movimiento, y tuvo que renunciar a la operación, volviendo a Tulancingo el 6 de septiembre. Entretanto, el general Brincourt, comandante superior de Puebla, había enviado una columna de 7 compañías del RI-2 de zuavos, al mando del comandante Lalanne, sobre Zacapoaxtla, que fue tomado el 12 de septiembre, después de un rudo combate.

En principios de septiembre, una partida liberal de Oaxaca atacó y derrotó la pequeña fuerza de indígenas pronunciados que había en Tepeji de la Seda. Una columna francesa, enviada en socorro de aquel pueblo, persiguió al enemigo, sin poder alcanzarle, hasta Huajuápan, cometiendo multitud de atentados en los lugares cuyos habitantes eran hostiles. El 9 de septiembre, ocupó Perote el jefe monárquico Hermenegildo Carrillo, después de un ligero combate con las guerrillas de Arredondo y Platas, y el 11 sufrió un descalabro una columna que el general Echeagaray había mandado de Maravatío con objeto de sorprender la fuerza monárquica que ocupaba a Ixtlahuaca.

En las tierras calientes, el coronel aventurero francés Charles-Louis Dupin, que había participado en las guerras de Italia y de Crimea, fue nombrado el jefe de la contraguerrilla. Había adoptado un sistema de devastación, haciendo quemar a varias leguas de distancia los ranchos y pueblos que podían ofrecer asilo al enemigo; por estas acciones recibió el apodo de el “Diablo Rojo” o el “Carnicero Rojo”.

Coronel aventurero francés Charles Louis Dupin apodado el “Diablo Rojo” o el Carnicero Rojo” jefe de la contraguerrila en Taumalipas.

Se enviaron algunas guerrillas al norte de Córdoba, pero los franceses, prevenidos a tiempo, se retiraron a las montañas vecinas, llevando consigo a los habitantes. Todas las tentativas de pacificación fueron inútiles, a pesar de haber puesto una guarnición en Coscomatepec y haber hecho varias correrías de destacamentos de la contraguerrilla o columnas francesas en el valle de Río Blanco, Tlaliscóyan, Cotastla, etc. Las tropas repartidas entre México, Puebla, Orizaba y Veracruz estaban en continuo movimiento, persiguiendo a un enemigo que casi siempre se les evadía. En las costas, los negocios no marchaban mejor para la intervención. Después de ocupar la capital, el jefe francés dirigió su atención al golfo, proponiéndose privar al enemigo de los considerables recursos que sacaba del mar, y resolvió con este fin establecer guarniciones en Minatitlán y Tampico.

Otro tanto pasó en Tabasco, donde el gobernador intervencionista del Carmen, Tomás Marín, había ocupado San Juan Bautista, capital del Estado, el 18 de junio; pero pronto se vio que la guarnición no se bastaba a sí misma, y el almirante se vio obligado a enviar una cañonera que se estacionase delante de la ciudad. La expedición de Tampico, que debía hacerse después de la de Minatitlán, tuvo que retrasarse a consecuencia de la pérdida del Moctezuma, hasta el 6 de agosto. Se componía de 900 hombres de infantería de marina al mando del coronel Hennique, y un cuerpo mexicano auxiliar de dos compañías y de un escuadrón, formados en su mayor parte de habitantes de Tampico refugiados en Veracruz. La marina proporcionó, además, un destacamento de 14 artilleros para el servicio de 2×4 y 2×12 cañones. El total de la expedición se elevaba a 1.280 hombres y 172 caballos.

El 8 de agosto se presentó la escuadra en la desembocadura del río Pánuco; el almirante hizo acodar tres de sus buques a 1.500 metros de la costa, silenciando los fuegos de un fortín que defendía la entrada del río. El desembarque se efectuó el día siguiente: las embarcaciones, remolcadas por tres chalupas de vapor, atravesaron la barra, y 700 hombres saltaron en tierra sin resistencia. Una de las referidas chalupas, la Jeanne d’Arc, zozobró en la barra, pero su equipaje se salvó. El día 11, entró en Tampico el coronel Hennique; el enemigo no pensó defender la ciudad, pero, como el año precedente, la bloqueó de tal manera por el lado de tierra, que la privó enteramente de toda comunicación con el interior del país, mientras que el vómito se declaraba con extremada violencia, diezmando diariamente su guarnición. Por último, el 6 de septiembre, el gobierno francés declaró el bloqueo efectivo de las costas del golfo, desde un punto situado diez leguas al sur de la desembocadura del Río Bravo hasta Campeche inclusive.

Circunstancias especiales habían hecho que Jalisco fuese en aquellos momentos el Estado que abrigaba mayor número de guerrillas monárquicas, impotentes, sin embargo, para sobreponerse a las fuerzas republicanas que las perseguían sin descanso. El 26 de junio había llegado a Guadalajara el general José María Arteaga, nombrado por el gobierno general, a instancias del gobernador Ogazón, comandante militar del Estado.

A mediados de julio, una considerable fuerza republicana, mandada por el coronel Alvarelli, fue derrotada cerca de Lagos por el jefe Larrumbide, quien se acercó enseguida a Nochistlán, de donde tuvo que retirarse con algunas pérdidas. El 21 de junio, atacó a Tepatitlán el cabecilla Mójica, pero salió luego a su encuentro Miguel Alba con su escuadrón, haciendo retroceder al enemigo hasta Dos Palos, una legua distante de aquella población. Ocho días después repitió el ataque el mismo cabecilla en unión de Castellanos y otros, pero volvió a ser rechazado con pérdidas insignificantes.

El 18 de agosto, fue sorprendido en Santa Lucía, al lado este del Río Verde, un destacamento de 50 hombres pertenecientes al cabecilla Rentería. Murió el jefe del destacamento y, además, 2 oficiales y 7 soldados, dejando varios heridos, armas y caballos. La fuerza vencedora marchó luego a Manalisco, en donde batió a Cruz Alfaro y Cipriano Luna, muriendo este último y siendo dispersada su pequeña gavilla. El 27, una fuerza de 500 monárquicos, al mando de Cuellar, Zermeño, Soto, Mireles y otros, atacó la plaza de Lagos, cuya corta guarnición, dirigida por el comandante militar Prudencio Topete, obligó a retirarse al enemigo después de un combate de seis horas.

Legión extranjera francesa en México.

El 2 de septiembre, el cabecilla Rocha fue derrotado en Barranquitas (departamento de Tepatitlán) por el coronel Washington. Este mismo jefe, conduciendo un convoy al general Ghilardi, que se hallaba en Jalos, fue asaltado en Arroyo Prieto por más de 700 monárquicos. La tropa republicana tuvo que atacar de frente, desalojándolos de las alturas que ocupaban, y de las que huyeron dejando una pequeña pieza de artillería, algunos muertos y pertrechos de guerra. A mediados del mismo mes, varias gavillas atacaron dos veces Atotonilco, siendo en ambas rechazadas por el comandante Murillo, que defendía la población.

Mientras esto pasaba por el oriente del Estado, la situación no era más tranquila por el oeste y norte. El 28 de agosto fueron sorprendidas en Huejuquilla las gavillas de Bolaños, Chimaltitán y otros puntos, por el comandante del escuadrón de guardia nacional de Cololán, Antonio de la Torre, unido con una fuerza de Valparaíso y la acordada del Eresnillo (Zacatecas). El golpe fue certero, y el enemigo quedó derrotado, dejando en el campo 46 muertos, entre los que se hallaron los comandantes Bartolo Almeida y Esteban Huerta.

El 4 de septiembre, el coronel Isidoro Ortiz, que guarnecía la plaza de Ahualulco, atacó a una fuerza de 2.000 hombres, pertenecientes a las fuerzas de Lozada, que se hallaban posesionados de la hacienda de San Felipe, al mando de Rivas, García de la Cadena y Julio García. El enemigo fue desalojado de las ventajosas posiciones que ocupaba, dejando treinta y tantos muertos. Se le hicieron además 8 prisioneros, que fueron luego pasados por las armas.

El mismo día 4, dispersó en la mesa de la Venada, cerca de la venta del Astillero, el capitán Simón Gutiérrez, la gavilla que capitaneaba Santa Anna Ladino. El 11 de septiembre, una gavilla que se había acercado a Tecistán y a la Escoba fue perseguida hasta Milpillas por una fuerza que salió de Guadalajara en combinación con los destacamentos de la Tala y la Venta. El 18, una numerosa gavilla atacó Atemajac, a una legua de Guadalajara, siendo rechazada con algunas pérdidas por el coronel Villalobos. El 20, el coronel Llamas Sandoval batió a 400 monárquicos en el pueblo de Huentitán, persiguiéndolos después hasta Coyula. El jefe Dimas Sierra fue hecho prisionero y fusilado. En la mañana del mismo día, el jefe Narciso Jaime dispersó en la Barranca otras gavillas, haciéndoles sufrir pérdidas de consideración. Veamos por último lo que pasaba por el lado sur.

El 28 de agosto, el coronel Rojas atacó a Tovar, que se había posesionado del cerro del Durazno. El combate duró seis horas, después de las cuales, habiéndose replegado el enemigo a la parte más inaccesible del cerro, la fuerza del gobierno se retiró a Mascota. Las pérdidas en este encuentro fueron considerables, pues Rojas confiesa en su parte oficial haber tenido 26 soldados muertos, 3 jefes, 11 oficiales y 32 individuos de tropa heridos. Con este motivo hubo necesidad de suspender por de pronto las operaciones sobre Tovar, mientras se reunían bastantes elementos de guerra para hacerlas con buen éxito. A principios de septiembre se movió el comandante militar de Colima, con parte de la guarnición de aquella plaza, para incorporarse a Rojas. El 9 llegó a Guadalajara el RI-9, de la brigada Rojas, y el 30 salió a unírsele el BIL-IV a las órdenes del coronel Mendoza, habiéndosele remitido además 500 fusiles para que aumentara su fuerza.

El 22 de septiembre los vecinos de Cucuzapié entregaron a Victoriano Flores, que llevaba autorización oficial de Tovar para levantar una fuerza. Flores fue inmediatamente fusilado, dispersándose los 11 hombres que había reunido, y que perdieron caballos, armas y monturas. Por último, el 14, una fuerza republicana, que a las órdenes del coronel José María Montenegro conducía una caja de caudales que debía embarcarse en el Manzanillo, se sublevó al pasar la barranca de Beltrán, matando a su jefe y robando parte del dinero.

El general Forey había dicho con toda solemnidad que la cuestión militar estaba concluida. M. Niox describe la situación:

«A fines del estío de 1863, el ejército francés se encontraba dueño de Puebla y de México; su influencia se hacía sentir en el radio de unas 20 leguas en derredor de aquellas ciudades; sus destacamentos ocupaban la línea de México a Veracruz. El pabellón francés se mostraba sobre todas las costas del golfo, y la escuadra del Pacífico lo había hecho ver igualmente sobre varios puntos de las costas del Grande Océano; pero ningún movimiento serio se había producido en favor de la intervención. Verdad es que en las diversas localidades visitadas por nuestras tropas, las poblaciones parecían más bien simpáticas que hostiles; se habían asociado de buena voluntad a la fiesta nacional del 15 de agosto; parecían, por otra parte lisonjeadas de ver que el ejército francés celebraba con ellas las fiestas conmemorativas de la independencia el 15 y 27 de septiembre, dando así un testimonio de su respeto a la nacionalidad mexicana. Sucedía con frecuencia que pequeñas poblaciones, oprimidas por bandas de guerrilleros, solicitaban la protección de una guarnición francesa para escapar de sus violencias; pero a esto se limitaban todas las manifestaciones intervencionistas: Juárez era siempre el jefe reconocido y obedecido de la casi totalidad del país. El gobierno de la Regencia era impotente para constituirse y bastarse; necesario había sido para permitirle funcionar, que el general en jefe autorizara emisiones de bonos del tesoro, garantizados por la Francia, hasta la concurrencia de doscientos mil pesos mensuales. La cooperación de las fuerzas aliadas, cuya cifra se elevaba a cerca de seis mil hombres, era, por decirlo así, nula. El general Forey había creído deber abolir los alistamientos forzados o levas, modo de reclutamiento poco moral sin duda, pero el solo conocido y aplicado en México; no se tenía, pues, ningún medio de mantener el efectivo de esas tropas, debilitadas diariamente por las deserciones. Cerca de Pachuca se había pasado al enemigo una compañía con su capitán a la cabeza; si se las hubiera enviado a las tierras calientes, habrían desertado en masa. No se tenía, pues, sino muy poca confianza en los soldados, y no se sabía aún con cuáles de sus jefes era posible contar. Las guerrillas enemigas y las fuerzas llamadas regulares mostraban, por el contrario, una grande energía; sus exacciones les proporcionaban los recursos que necesitaban; dominaban el país por el terror; de todas partes surgían bandas que inquietaban los pequeños puestos sin empeñarse de una manera seria. Reclutábanse en todas partes, aun en las ciudades ocupadas por los franceses, aun en México, donde los liberales, abusando de la protección concedida a las gentes pacíficas de todos los partidos, proseguían sus manejos hostiles. En la casa del encargado de negocios del Perú había habido algunas reuniones, y el general en jefe, que se esforzaba, sin embargo, en resistir a las tendencias reaccionarias de la Regencia, consintió, cediendo a los consejos de M. de Saligny, en mandar arrestar nueve personas, designadas por el gobierno mexicano, y hacerlas deportar sin juicio a Cayena. Declinó, sin embargo, la responsabilidad de aquella medida, que causó una viva impresión en México y fue formalmente desaprobada por el gobierno francés. El encargado de negocios del Perú recibió sus pasaportes y tuvo que dejar el país.»

El 2 de octubre, el comandante Llamas Sandoval atacó y dispersó una gavilla al pie del cerro de Cacaluta. El día 5, un famoso bandido, llamado Juan Alcántar, atacó y robó el rancho del Carnicero (Tepatitlán), asesinando a varios ciudadanos indefensos. Luego se puso en movimiento una pequeña fuerza, aprehendiendo en Acahuales al referido salteador, que fue fusilado en el acto en unión de otros dos compañeros suyos. El 8, habiendo salido de Lagos el general Ghilardi con su brigada, a incorporarse al ejército de operaciones que se hallaba en San José Iturbide, ocupó dicha población José Rincón Gallardo con 500 hombres pertenecientes a Guanajuato; pero replegándose luego a León, entró en aquella ciudad el jefe reaccionario Zermeño. El 11 volvió a ser atacado Atotonilco, pero los asaltantes fueron rechazados, muriendo el cabecilla Mójica. De allí se dirigieron a Tepatitlán, a cuya población se avistaron el 15 de octubre, pero sin atreverse a emprender un combate formal, y tratando únicamente de impedir, cosa que no consiguieron, la entrada de las guerrillas de voluntarios de Río Verde, que se replegaban a aquella población.

Batalla de Totoapan (18 de octubre de 1863)

El contraalmirante Bosse, que desde abril había sucedido a Jurien en el mando de la escuadra, no quería asumir la responsabilidad de una ocupación permanente de las ciudades del litoral; pero jactándose el suizo Édouard de Stoeklin, antiguo comandante de la contraguerrilla, de sostenerse con 120 aventureros que había reclutado y armado bien o mal, la expedición quedó resuelta, y el almirante hizo armar el Pizarro, un pequeño buque mexicano recientemente capturado, para que permaneciera delante de Minatitlán sosteniendo el destacamento que iba a establecerse. La tropa de Stoeklin desembarcó sin resistencia el 17 de julio; hubo, sin embargo, un gran incidente, y fue que en la noche la fragata Moctezuma, por torpeza o traición del piloto, encalló en un banco de arena, no siendo posible ponerla a flote. Al principio parecía que todo iba bien; varias localidades vecinas se sometieron; pero el 17 de agosto Stoeklin se dirigió con 25 hombres a Jaltipan para matar a un grupo de mexicanos, fue abandonado por sus soldados y asesinado en una emboscada. El Tcol Duboscq, un oficial del Ejército Imperial Francés en México, tomó el mando de la zona dejada por Stoecklin y continuó su campaña militar en Tacoteno con el apoyo del Pizarro y la cañonera Sainte-Barbe.

En Cosoleacaque, las tropas mexicanas fueron hostigadas por las acciones del Tcol Duboscq. El Tcol Francisco de P. Carrión mandaba a casi 300 hombres, formados por granaderos y la Cía-1 del batallón Zaragoza, y una compañía del batallón Segundo Activo (del antiguo batallón Ortega) y también otra gran fuerza del cantón de Los Tuxtlas.

Duboscq tenía a su mando 200 soldados de infantería de la Legión Extranjera y unos 200 soldados conservadores mexicanos. Carrión solicitó instrucciones al general Alejandro García, quien entonces era el comandante de la línea militar de Sotavento. García ordenó la retirada hacia Acayucan, donde se habían enviado refuerzos.

Las fuerzas republicanas decidieron comenzar el viaje el 18 de octubre de 1863. Partiendo a las 06:00 de la mañana, llegaron con noticias de un movimiento de fuerzas intervencionistas. 300 soldados bajo el mando de Duboscq se habían concentrado frente a Tacoteno y estaban decididos a avanzar hacia Cosoleacaque. En el camino, incendiaron los ranchos Matagarrapata y Hato Nuevo.

Ante esta situación, Carrión decidió presentar batalla en un precipicio cerca del lecho del arroyo Totoapan, cerca del antiguo camino a Minatitlán, ya que los enemigos tenían que subir y bajar por él, lo que ofrecía cierta ventaja a las tropas republicanas.

Batalla de Totoapan (18 de octubre de 1863). Escena de la batalla.

Para detener el avance enemigo, Carrión decidió que las mejores posiciones de ataque serían los flancos de Carmino Real. Así, los soldados republicanos se posicionaron tras los arbustos con todo su equipo. Cuando las fuerzas monárquicas se encontraron al borde del precipicio, comenzó la batalla. Duboscq ordenó disparar los cañones contra la zona, acción en la que murió el teniente al mando de la compañía Los Tuxtlas, junto con otros tres soldados. Carrión ordenó entonces un contraataque, dando inicio a una lucha feroz.

Mientras tanto, la pieza de artillería imperialista cayó al fondo del barranco. La lucha se centró entonces en capturarla, ya que las fuerzas republicanas no poseían este tipo de arma. El teniente Manuel Rosso y sus granaderos del batallón Zaragoza fueron los primeros en intentar apoderarse de la pieza, lo que complicó la batalla. Rosso la capturó y, junto con el sargento Pedro Vidal, disparó contra los franceses con su cañón. Duboscq recibió un disparo en el pecho, lo que dificultó la invasión, y los franceses iniciaron su retirada. Justo cuando los franceses huían del campo, la llanura fue sitiada por más de 300 soldados indígenas que buscaban supervivientes hasta Tacoteno.

Tras la batalla, se hallaron 51 muertos del bando monárquico en el campo de batalla, y solo dos republicanos. Al día siguiente, 18 monárquicos fueron hechos prisioneros y fusilados detrás de la iglesia, en un lugar llamado El Arenal. El botín de guerra, entregado al general García, incluía 65 fusiles, 15 carabinas, 11 espadas, dos cajas de artillería, 19 caballos y 9 mulas.

La tradición recuerda a Martín Alor, conocido como El Lancero, un indígena que, durante la batalla, clavó su lanza rústica en el pecho de un fusilero francés y, montado en una mula de la Legión Extranjera, arrastró el cañón con el que se pudo derrotar al enemigo. Un monumento en su honor se alza en la ciudad de Cosoleacaque, cerca del río Totoapan. Cada año, las autoridades municipales conmemoran oficialmente la victoria mexicana al pie del monumento que representa a El Lancero.

Fue preciso entonces enviar importantes refuerzos de Veracruz y resignarse a guardar una actitud defensiva.

Batalla de El Jahuactal (1 de noviembre de 1863)

El 6 de octubre de 1863, Andrés Sánchez Magallanes se levantó en armas en la Villa de San Antonio de los Naranjos; con la proclama, Sánchez Magallanes desconocía al general español Eduardo González Arévalo al servicio de los franceses, que había sido nombrado por la Regencia comandante de la zona de Tabasco y demás autoridades a su mando; excitaba a unirse en su lucha a los pueblos de Huimanguillo, San Antonio de los Naranjos y Otra Banda del Grijalva, recorriendo los municipios (entonces pueblos) de Comalcalco, Jalpa, Nacajuca y Cunduacán, para que reconocieran el sistema constitucional republicano.

El 8 de octubre, Gregorio Méndez, gobernador constitucional, que desconocía el alzamiento de Andrés Sánchez Magallanes en San Antonio de los Naranjos, comenzó una lucha aislada contra el ejército francés ayudado por las fuerzas de Regino Hernández, Mamerto González, Bernabé Fuentes y Crescencio Rosaldo.

Al tiempo que Méndez se dirigía a Jalpa para hacerse con 40 fusiles que allí se encontraban, Regino Hernández caía sobre el cuartel de Comalcalco, logrando la huida de las fuerzas imperialistas al mando del comandante Manuel Romanco, con lo cual las fuerzas tabasqueñas se apoderaron de municiones y artillería enemiga, procediendo acto seguido a levantar el acta insurreccional.

Cuando el gobernador Arévalo se enteró del asalto al cuartel de Comalcalco, envió una columna mixta de infantería y caballería el 10 de octubre, intentando sorprender a los insurrectos. Gregorio Méndez escribió que «no obstante que los hombres a su mando aún no se encontraban acostumbrados a los hábitos de campaña, no abandonaron el campo de batalla a pesar de haber sido envueltos por las fuerzas de Arévalo que atacaron a la población por tres puntos simultáneamente, sino antes de intercambiar un tiroteo con sus fuerzas».

Los rebeldes acataron las leyes y respetaron las propiedades de los mexicanos, marcando diferencias entre “patriotas” e “invasores”. Méndez intenta desorientar al enemigo creyéndole estar en diversos lugares, mientras sus fuerzas se dirigen a Cárdenas, a donde llegan el 16 de octubre, uniéndosele poco más de 200 hombres que formaron varios contingentes de Huimanguillo, Comalcalco y Mezcalapa. Para esos días recibió la noticia de que Lino Merino, los hermanos Castillo, los hermanos José María y Eduardo Bastar Zozaya, Pérez Andrade y otros lo reconocen a él como jefe de las fuerzas republicanas de la Chontalpa.

Finalmente, las fuerzas republicanas marcharon a Cunduacán, a donde arribaron el 29 de octubre. Cerca de allí se encontraba San Juan Bautista, la capital, a solo ocho leguas. Es entonces que, junto al teniente coronel Andrés Sánchez Magallanes, recorren las inmediaciones de Cunduacán para el combate. No sería hasta el 1 de noviembre cuando recibí informes de que las fuerzas de Arévalo se encontraban cerca, y que, por la falta de municiones, resolvieron librar combate en El Jahuactal, a la salida de la población, camino de San Juan Bautista.

Gregorio Méndez organizó a su tropa con la finalidad de caer por sorpresa sobre los invasores; la espesa vegetación del lugar, por un lado los plantíos de caña de azúcar y por el otro la vegetación selvática, impediría que sus hombres fueran vistos por el enemigo.

Batalla del Jahuactal (1 de noviembre de 1863). Las fuerzas juaristas de Gregorio Méndez Magaña derrotan a los imperiales de Eduardo González Arévalo.

Las tropas fueron dispuestas para cubrir una línea de medio kilómetro por tres frentes a lo largo del camino: Gregorio Méndez dispuso que del lado derecho del camino estuvieran cinco puntos de ataque: Encarnación Alejandro con 30 hombres, José A. González con 40 hombres, Encarnación Rosaldo con 45 hombres, Eligio Escudero con 40 hombres y Anastacio Gil con 50 hombres; al fondo estaría el teniente Juan Solís al frente del centro de exploradores.

Del lado izquierdo del camino, cubiertos en la espesa vegetación selvática, se dispuso que estuviera Antonio Reyes Hernández con 50 soldados y que sería el encargado de asaltar la retaguardia enemiga. En frente, estarían cerrando el camino Antonio Adriano con 40 hombres de la reserva y el Estado Mayor comandado por el coronel Gregorio Méndez en compañía de los también coroneles Andrés Sánchez Magallanes y Narciso Sáenz. Alrededor de las 7 de la mañana del 1 de noviembre de 1863, inicia el combate con una emboscada al ejército invasor.

Iniciado el combate, un sargento de Huimanguillo descubrió sus posiciones, lo que provocó que el enemigo descubriera la emboscada. Por su parte, el sargento Jacinto López, con machete en mano, se lanzó sobre el cañón imperialista, robándolo para las armas republicanas.

Las fuerzas imperialistas hicieron marchar sus armas y pertrechos por la izquierda a la orilla del bosque; por lo que el jefe Antonio Reyes Hernández cargó sus tropas sobre la escolta guardaparque, provocando su huida, y sin dar tiempo al enemigo se apoderó de una caja de cartuchos y pertrechos, con los que armó a su compañía y rompió sobre las columnas enemigas que, poseídas del pánico, comenzaron a huir.

Después de varias horas de combate, a las 11 de la mañana se levantó el campo de batalla con el triunfo de las fuerzas liberales tabasqueñas.

Retirada de las tropas imperialistas hacia San Juan Bautista. Reagrupamiento y fortificación del Almacén Real y el edificio de gobierno llamado “El Principal“ en la ciudad de San Juan Bautista (hoy Villahermosa), capital de Tabasco.

Acciones de noviembre a diciembre en la zona de Jalisco

El 25 de octubre, fue sorprendida una gavilla de 20 hombres en Estancia Vieja, cerca de Colimilla, muriendo los capitanes monárquicos Apolinario Sánchez y Gabino Flores.

El 8 de noviembre se acercaron a Tepatitlán las gavillas de Cuéllar y Soto; después de una escaramuza a orillas de la población con el comandante de la plaza Juan N. Ibarra, se retiraron perdiendo un comandante y un capitán; pero a las cinco de la tarde del mismo día volvieron considerablemente aumentadas con otras que se, les agregaron, y comenzaron a poner un asedio formal. Al día siguiente, se les unió Octaviano Castellanos con 200 hombres. El 10 les llegaron 400 al mando de Troncoso, procedentes de Guanajuato. La guarnición de la plaza, compuesta apenas de 110 hombres, se vio entonces seriamente amenazada por más de 1.000 que tenían los asaltantes; sin embargo, estuvo repeliendo los diversos ataques que se le dirigieron por diversos lados, causándoles pérdidas de importancia.

Entretanto, se aproximaba para auxiliar a Tepatitlán el coronel Leocadio Solís, al frente de una sección de operaciones. Cuando los sitiadores observaron esto, destacaron 600 hombres para que le salieran al encuentro, lo que hicieron a las cuatro de la tarde del día 11. Solís resistió el empuje, obligándolos a refugiarse en las lomas de Sacamecates, donde se posesionaron de una cerca de piedras, en que hicieron una vigorosa resistencia. Después de una hora de combate, y saliendo de Tepatitlán el comandante Ibarra, huyó el enemigo dejando en el campo un considerable número de muertos, y viéndose de pronto libre aquella población de los amagos que constantemente la inquietaban.

El 25 de noviembre, la fuerza de Atotonilco sorprendió en Ciénega a una gavilla de 200 hombres, que fue dispersada, haciéndole 11 muertos, quitándole armas y caballos, y tomando dos prisioneros, que fueron inmediatamente fusilados. El 27, el comandante Luis Marcha batió y dispersó una pequeña gavilla, desde La Laja hasta Piedras Negras. El 29 fueron muertos en Estancia Vieja los cabecillas Secundino Ramírez y Epitacio Ortega. Las ventajas obtenidas el día 11 sobre las gavillas que amenazaban Tepatitlán no impidieron que algunos días después, reunidas en gran número, emprendieran nuevos ataques sobre aquella población, aprovechando la ausencia del coronel Solís, que había ido a Guadalajara a conferenciar con el gobierno juarista sobre asuntos del servicio, consiguiendo esta vez apoderarse de aquella población, que hicieron víctima de las depredaciones de costumbre. Sin perder tiempo, Solís se movió inmediatamente sobre el enemigo, el cual le salió al encuentro en Buena Vista el 1 de diciembre a las siete de la noche: el combate se empeñó luego, dando por resultado la dispersión de las gavillas y la muerte de su jefe Juan Soto, que había adquirido una triste celebridad por su audacia y tremendas fechorías.

Solís volvió a ocupar Tepatitlán el 2 de diciembre a las dos de la mañana.

Segunda expedición francesa a México. Ejercito francés en 1863. 1 soldado de infantería de línea, 2 capitán de la Legión Extranjera, 3 cazador a pie. Autor Richard Hook.

Batalla de Morelia (18 de diciembre de 1863)

El presidente Benito Juárez se encontraba en San Luis Potosí después de haber desalojado la capital ante el avance de Forey; estaba protegido únicamente por las fuerzas del general Miguel Negrete, pues las concentraciones más grandes de elementos republicanos tenían la misión de recuperar la ciudad de Morelia, que había caído en poder de los monárquicos a finales de noviembre de 1863. Para tal motivo, el general José López Uraga, jefe del Ejército de Occidente, se trasladó a la capital michoacana el 17 de diciembre con 12.000 hombres y 36 cañones, acompañado de los generales Felipe Berriozábal, Juan Caamaño con la división de Toluca, Crescencio Morales con los chinacos michoacanos, Nicolás Regules con los “Defensores de la Constitución” y la caballería del general Tomás O´Horan, junto a ellos, el coronel Carlos Salazar.

La ciudad de Morelia estaba defendida por el general Leonardo Márquez, acompañado de los jefes conservadores generales Carlos Oronoz y Zires; junto a ellos estuvieron Ramón Méndez, indio tarasco que llegaría a general, y el artillero y niño héroe de Chapultepec Manuel Ramírez de Arellano.

El asalto general se inició el día 18 al amanecer; Uraga lanzó contra las trincheras improvisadas de Márquez hasta 5 columnas protegidas por la artillería. El ataque fue tan intenso que rápidamente las defensas monárquicas fueron rebasadas por los republicanos. Las fuerzas del “Tigre de Tacubaya” se vieron precisadas a retroceder a defensas secundarias ya dentro de la ciudad. Por tres horas se luchó manzana por manzana; según crónicas, se disparan 8.000 balas por minuto, causando esto una mortandad alta. Conforme las unidades juaristas continuaron su avance, las tropas monárquicas se vieron obligadas a retroceder hasta el punto de combatir cerca de la plaza central de la ciudad. Justo en el momento en que la victoria parecía más cerca, el general en jefe de Uraga ordenó la retirada que sorprendió a los mandos republicanos y causó un intento de amotinamiento de Morales.

En el mismo instante en que se ordenaba la retirada, Leonardo Márquez cayó gravemente herido en la cara por un tiro republicano y fue rápidamente intervenido por el cirujano Nelaton. Márquez perdió 45 muertos y 88 heridos, entre ellos el jefe de la plaza.

Según el parte republicano, la retirada se realizó en orden, pero aun a pesar de eso se perdieron 600 prisioneros, 3 cañones y supuestamente fueron recogidos 300 fusiles por los monárquicos; esto se sumaba a 500 muertos. La retirada fue de alto costo en vidas, convirtiéndola en una derrota terrible. El avance de la división del afamado general Douay sobre Zamora acabaría por disgregar a la defensa del ya entonces el oscuro general López Uraga, que se replegaba a Guadalajara. El general López Uraga permanecería vacilante, hasta que a inicios del año 1864 inició pláticas con el mariscal Bazaine y abandonaría finalmente a la República juarista el 26 de julio, llevándose consigo a los generales Caamaño y la que fue tal vez la pérdida más sensible para los juaristas, la del héroe de Atlixco, el general Tomás O’Horan.

Entrada creada originalmente por Arre caballo! el 2026-10-31. Última modificacion 2026-10-31.
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