Siglo XIX Expediciones francesas a México en el siglo XIX Segunda expedición francesa a México (1861-67). Expedición española

Situación en México en 1860

México había sufrido numerosas derrotas: primero la Guerra de Independencia de Texas (1835-36), la Primera intervención francesa en México o Guerra de los Pasteles (1828-39), la Guerra entre México y los Estados Unidos (1846-48) y el país se encontraba en bancarrota cuando se promulgó la Constitución de 1857, que estableció las garantías individuales a los ciudadanos mexicanos, la libertad de expresión, la libertad de asamblea, la libertad de portar armas. Reafirmó la abolición de la esclavitud, eliminó la prisión por deudas civiles y la pena de muerte. Algunos fueron contrarios a los intereses de la Iglesia católica, como la enseñanza laica, la supresión de fueros institucionales y la enajenación de bienes raíces por parte de la misma. A consecuencia, se promulgaron las Leyes de Reforma que desarrollaban la Constitución.

El país se dividió en dos grandes grupos: los liberales (a favor de las Leyes de Reforma) y los conservadores (en contra). En consecuencia, se dieron dos gobiernos paralelos. El liberal, encabezado por Benito Juárez, que en su calidad de presidente de la Suprema Corte debía ocupar el Ejecutivo en caso de que el presidente se ausentara, secundado por Melchor Ocampo, Santos Degollado, Guillermo Prieto, Manuel Doblado y José María Arteaga; y el conservador, presidido por Félix Zuloaga, a quien una junta de representantes había electo presidente, secundado por Miguel Miramón y Tomás Mejía. Juárez estableció su gobierno, en un primer momento, en Guanajuato, mientras Zuloaga gobernaba en la capital con las llamadas Cinco Leyes, que de hecho derogaban algunas de las reformas liberales como la Ley Lerdo, la Ley Iglesias y la Ley Juárez, entre otras. Las diversas entidades del país tomarían una posición y defenderían a uno de estos dos gobiernos.

La Guerra de Reforma, también conocida como la Guerra de los Tres Años, fue una guerra civil que aconteció en México desde el 17 de diciembre de 1857 al 11 de enero de 1861.

Guerra de Reforma o Guerra de los tres años (1857-61). Mapa. Los Conservadores (azul) frente a los Liberales (rojo). Autor Delirium333.

El ejército y el gobierno liberal irían sufriendo severas derrotas a manos de los conservadores, en Puerto de Carretas, Atenquique, Ahualulco y Barranca de Beltrán, bajo el mando, en la primera batalla, de Luis G. Osollo y, tras la muerte de aquel, del general Miramón; estas derrotas llevaron a Juárez a convertir su mandato en itinerante. A pesar de las penalidades a las que se vio sujeto, continuó dictando una serie de disposiciones legislativas que simbolizaron una postura aún más radical que la asumida por el Congreso Constituyente de 1856. La legislación dictada en Veracruz modificó sustancialmente diversos aspectos centrales de la vida nacional.

Ambos grupos, liberales y conservadores, entraron en negociaciones con distintos países, entre ellos, Estados Unidos, Gran Bretaña y España. El gobierno conservador redactó el Tratado de Mon-Almonte el 26 de septiembre de 1859 junto con el representante de la corona de España en México; en este se reconocían las deudas mexicanas a causa de daños hacia súbditos españoles antes y durante la guerra, todo esto como parte del proyecto monarquista que había sobrevivido en la facción conservadora desde el destronamiento de Agustín de Iturbide (que, irónicamente, nunca fue incluido en dicho proyecto), pues esta facción esperaba todavía que un monarca europeo gobernara como soberano mexicano.

Aunque oficialmente este tratado nunca entró en vigor, materialmente Miramón había conseguido el apoyo de naves de guerra españolas para atacar la ciudad de Veracruz, donde se encontraba Juárez. Dichas naves, siendo de procedencia española, evitaron usar su correspondiente bandera en sus maniobras para no desencadenar algún problema diplomático mayor. Por ello, el gobierno juarista clamó la movilización de la marina estadounidense, invocando un antiguo tratado de mutua cooperación para combatir la piratería. Los barcos españoles (el vapor Marqués de La Habana, el vapor General Miramón (antes Correo Nº 1 y la balandra Concepción) que apoyaban a la reacción, al no usar banderas, fueron atacados por la marina norteamericana (corbeta Saratoga (40) y los vapores Wave e Indianola). Los barcos norteamericanos tomaron por asalto los vapores sin bandera, poniendo prisioneros a los marinos, llevando los prisioneros a Nueva Orleans, dándole al gobierno liberal la oportunidad de resistir el sitio de Miramón. El mismo año, los liberales negociaron el Tratado McLane-Ocampo el 14 de diciembre de 1859, encabezado por Melchor Ocampo, por medio del cual se cedía a algunas de las exigencias estadounidenses a cambio de una alianza militar defensiva y ofensiva entre las dos naciones. Sin embargo, este tratado tampoco entró en vigor.

Después de tres años de guerra civil, las fuerzas liberales, encabezadas por el general Jesús González Ortega, enfrentaron la última batalla contra las fuerzas conservadoras, dirigidas por Miramón. Los liberales vencieron a los debilitados conservadores definitivamente en la batalla de Calpulalpan, en el Estado de México, el 22 de diciembre de 1860, y finalmente el 11 de enero de 1861 Juárez hizo su entrada triunfal a la capital.

Batalla de Calpulalpan (22 de diciembre de 1860) durante la Guerra de la Reforma. Las fuerzas conservadoras bajo el general Miguel Miramón fueron derrotadas decisivamente los liberales bajo el general Jesús González Ortega. Autor Casimiro Castro.

El 12 de enero, se expulsó del país al embajador español Joaquín Francisco Pacheco, al nuncio de la Santa Sede y a los representantes de Guatemala y Ecuador, acusados de connivencia con el bando conservador vencido. Las relaciones con esos Estados quedaron rotas.

Tras una votación muy cerrada, el gobierno juarista apenas pudo triunfar con unos votos de diferencia. El Congreso declaró presidente constitucional a Benito Juárez y a González Ortega presidente de la Suprema Corte de Justicia, cargo que llevaba implícito ser el sustituto legal del presidente.

A pesar de haber sido derrotado por los liberales, Zuloaga hizo un nuevo pronunciamiento, declarándose presidente de la República. La inquietud política se volvió a desatar y produjo fuertes enfrentamientos partidistas, incluso contra el presidente Juárez, que se esforzaba por mantenerse dentro del orden constitucional.

Sin embargo, las ejecuciones de Melchor Ocampo y de Santos Degollado en 1861, llevadas a cabo por las fuerzas conservadoras, contribuyeron a que la situación política, económica y social se tornara crítica. El 17 de julio de 1861, el gobierno juarista decidió suspender el pago de las deudas contraídas con otros países.

El ministro francés, Alphonse Dubois de Saligny, rompió relaciones, mientras que su colega británico, Charles Lennox Wyke, las interrumpió. La representación oficial europea quedó reducida al ministro prusiano, Johann Emil von Wagner.

La respuesta de la suspensión temporal de pagos de la deuda externa fue inmediata. El 31 de octubre de 1861, Inglaterra, Francia y España firmaron el Convenio en Londres, que autorizaba una intervención militar conjunta en los puertos de Veracruz y Tampico para exigir reparaciones sin interferir en la política interior mexicana. Se nombró comisionados a Saligny y a Wyke, y como jefes militares, al contraalmirante francés Edmond Jurien de la Gravière y al comodoro británico Hugh Dunlop; el general español Juan Prim reunió ambas potestades. De nada sirvieron la rectificación parcial del Gobierno mexicano ni la entrada del general Manuel Doblado en su ministerio de Relaciones Exteriores.

Envío de la flota española

Antecedentes

Las tensiones entre México y España aumentaron con el asesinato de cinco españoles en Cuernavaca en diciembre de 1856, atribuido a las fuerzas del caudillo Juan Álvarez, pues desde la perspectiva de las Cortes de Madrid, las autoridades mexicanas no manifestaban ningún interés en hallar y castigar a los autores del crimen. En consecuencia, en enero de 1857, el encargado de negocios de España en México, Pedro Sorela, dispuso el rompimiento de relaciones, lo que elevó el tono de la confrontación entre ambos países a niveles sin precedentes.

En realidad, la ruptura se debió a la conjunción de una serie de factores, entre los que sobresalían los económicos, debido a la reiterada negativa de los gobiernos mexicanos para cumplir lo acordado en los convenios suscritos en 1847, 1851 y 1853, lo que inclusive motivó el envío de una flotilla hispana al puerto de Veracruz en 1856.

A esto, hay que agregar el deseo de España de reposicionarse como una gran potencia en el escenario internacional, pues eran estas naciones “las que se arrogan el derecho exclusivo de intervenir en otros países invocando esta cuestión de la justicia y del deber de velar por el cumplimiento de la ley y de los acuerdos internacionales en lo relativo a la protección de vidas y bienes de los ciudadanos y al pago de la deuda”.

Al respecto, conviene recordar que durante las décadas de 1850 y 1860 del siglo XIX, España gozó de un fuerte crecimiento impulsado por el establecimiento de infraestructuras modernas, la expansión del ferrocarril, la multiplicación de las líneas telegráficas y la renovación del sistema financiero, entre otros factores, lo que estimuló el desarrollo de la actividad económica, particularmente en el norte, Cataluña y Andalucía, así como un vigoroso incremento del comercio exterior, que se duplicó entre 1852 y 1867.

Esta bonanza proporcionó al gobierno de Leopoldo O’Donnell los recursos para invertir en la modernización de sus fuerzas armadas, mejorando sus tácticas e invirtiendo en equipamiento y navíos blindados de hélice, construidos con la tecnología más avanzada del momento, lo que alentó a España a involucrarse en una serie de eventos bélicos en Asia, África y América, con miras a extender su influencia: así, entre 1857 y 1862, varios contingentes filipinos fueron enviados desde el archipiélago para luchar al lado de los franceses en Indochina; asimismo, a finales de 1859, el ejército hispano invadió el sultanato de Marruecos.

El aparente renacimiento del poderío español coincidió con una etapa de entendimiento con Francia e Inglaterra, lo que permitió a la Corona española replantear su estrategia en relación con América, la cual en las décadas anteriores había estado condicionada por la creciente influencia de Estados Unidos, cuya política expansionista amenazaba el dominio ibérico en las Antillas. No obstante, el agravamiento de los conflictos internos en el país norteamericano, que desembocaron en el estallido de la guerra de Secesión, ofreció a los europeos la oportunidad de intervenir en los asuntos del Nuevo Mundo.

Así, el forzoso repliegue de los estadounidenses es el factor clave para entender la inusitada actividad desarrollada por España en América en aquellos años, como lo demuestra el sorpresivo retorno de Santo Domingo al seno del Imperio en 1861, pues si bien fueron los dominicanos quienes solicitaron su anexión para contrarrestar la intervención haitiana en sus asuntos domésticos, no cabe duda de que la acogida hispana no estuvo motivada por la defensa de los intereses de los isleños, sino más bien por las ventajas que le brindaba la posesión de Santo Domingo y su utilidad para “contrarrestar la creciente influencia de Washington sobre Haití, cuya actitud hacia la población esclava de Cuba suscitaba el recelo de las autoridades coloniales”.

El alto mando español se dio a la tarea de recopilar la mayor cantidad de información posible para elaborar un hipotético plan de desembarco en tierras mexicanas, en caso de que estallaran las hostilidades. Así, en junio de 1857, el capitán general de Cuba mandó que se hiciera un minucioso reconocimiento a la plaza veracruzana y sus alrededores, para lo cual comisionó al teniente de infantería Hipólito Llorente y al capitán de ingenieros José Echavarría, quienes debieron sortear múltiples dificultades para cumplir su misión, dado el clima de tensión que prevalecía en la ciudad.

La atención de los comisionados se centró en las fortificaciones que resguardaban el recinto, así como en las posiciones entre Veracruz, Medellín, Puente Nacional y La Soledad, estas últimas consideradas de suma importancia para dominar las dos rutas del Camino Nacional que conducía a la Ciudad de México. Según ellos, las defensas de la plaza eran de poca importancia, pues la muralla que la circundaba no era más que una “simple tapia aspillerada” de 16 a 18 pies (4,4 a 5,5 m) de altura y unos tres (1 m) de espesor.

Lo mismo podía decirse de sus baluartes, ya que, con excepción de los de Santiago y de La Concepción, los demás eran pequeños y estaban mal distribuidos.

En cuanto a la fortaleza de San Juan de Ulúa, era evidente su mal estado debido a los ataques de la escuadra francesa en 1838 y de las fuerzas estadunidenses que tomaron el puerto de Veracruz en 1847, los cuales provocaron graves daños en el baluarte de San Pedro, dejándolo prácticamente inservible, “porque a los primeros disparos que sufriese se arruinaría”, con lo que también se perdería la torre del fanal colocada en dicho bastión. Por si fuera poco, los muros de la cortina que unían aquel baluarte con el de San Crispín y las baterías de San Miguel y Guadalupe estaban muy deteriorados, e incluso había algunas secciones que estaban a punto de derrumbarse.

A los ya mencionados, habría que agregar otros desperfectos de tipo estructural en la fortaleza, como los de su sistema de aljibes, que supuestamente era suficiente para almacenar hasta 90.000 pies cúbicos de agua, pero cuya capacidad era en realidad considerablemente menor, ya que las filtraciones del agua de mar habían inutilizado varias de las cisternas. En consecuencia, aunque en teoría San Juan de Ulúa podía albergar hasta 2.500 hombres, en aquel momento solo podía alojar una guarnición de 100 efectivos.

La parte más relevante del informe de Llorente y Echavarría se refiere a la inspección que hicieron de las vías de comunicación, para lo cual recorrieron diversos segmentos del Camino Nacional, que discurría a través de dos rutas principales: una por Córdoba y Orizaba y otra por Jalapa y Perote, mismas que se unían en las inmediaciones de Amozoc, a unas 4 leguas (19,3 km) de Puebla y a 32 (154,5 km) de la Ciudad de México.

En opinión de los comisionados, el estado de ambas carreteras era “bien triste”, aunque en la ruta Veracruz-Xalapa todavía permanecían algunos tramos de calzada.

Aunque los militares hispanos consideraban muy poco probable una guerra a gran escala con México, era evidente que debían sopesarse todos los escenarios posibles, por lo cual evaluaron distintas opciones para encarar tal eventualidad. Así, de acuerdo con sus cálculos, para conquistar el país o por lo menos para controlarlo, sería necesario organizar una expedición formada por unos 20.000 o 25.000 hombres para ocupar no solo Veracruz, sino también otras posiciones de interés como Tampico y Campeche.

En caso de que la resistencia de los mexicanos fuera tal que hiciera imposible tomar San Juan de Ulúa, los comisionados proponían realizar un desembarco por sorpresa en Nautla, población enclavada a unas 30 leguas (145 km) al norte de Veracruz. Desde ese punto, las tropas marcharían a Jicaltepec, localidad ubicada a 4 leguas (19,3 km) de la costa, donde “no se conoce el vómito”; allí se aprovisionarían para después marchar rumbo a la Tierra Fría.

De esta manera, el ejército español evitaría cruzar la “gran cordillera de la sierra” y, sobre todo, pasar por “la fuerte posición de Puente Nacional, dejando a los mexicanos burlados, obligándoles a desistir de auxiliar a Veracruz y a retroceder”, sin darles tiempo a reaccionar para impedir el arribo del cuerpo expedicionario a Puebla que, a su paso por Tlapacoyan, Teziutlán y Nopalucan, podría abastecerse de víveres suficientes para la travesía.

Los comisionados consideraban muy difícil que el conflicto desembocara en una conflagración abierta, por lo que centraron su atención en la conquista de San Juan de Ulúa, pues con esto se lograría la rendición del puerto veracruzano; para ello, suponían que bastaría con una fuerza de unos 2.000 o 3.000 hombres. La toma de la ciudad era crucial para el éxito de la misión, pues, además de ser la plaza más fuerte del país, su aduana producía la cuarta parte de los ingresos totales del gobierno nacional.

Unos meses después, el cónsul español en Veracruz notificó al capitán general de Cuba que los mexicanos habían construido 5 nuevos reductos en las afueras de la plaza, “de a dos y tres troneras cada uno”: el primero frente a la Puerta de México; el segundo entre dicha entrada y el fortín de San Mateo, ambos colocados a unos 30 metros de la muralla. El tercero estaba a unos cuantos pasos de la noria. Según el diplomático, los tres edificios eran fortificaciones de tipo provisional, fabricadas con arena y tablas sostenidas con vigas clavadas en el suelo.

El cuarto estaba situado en las cercanías del fortín de Santa Bárbara, y el quinto entre la Puerta de la Merced y el baluarte contiguo. Como los anteriores, estos reductos también eran defensas de campaña. Para apuntalar su débil constitución, los inmuebles estaban rodeados por fosos de 3 varas (2,5 m) de ancho por una (0,83 m) de profundidad. No obstante, en opinión del cónsul, todas estas defensas resultaban poco funcionales, pues apenas llegara noviembre, quedarían sepultadas por la arena arrastrada por los “nortes” que soplaban en esas fechas; en total, existían 10 bastiones con estas características en el exterior del recinto. En los años siguientes, el caos ocasionado por las revueltas internas obligó al gobierno de Ignacio Comonfort a suspender los pagos de la deuda con España con el propósito de revisar la validez de los empréstitos, tras lo cual se negó a saldar 2,4 millones que se consideraron irregulares y congeló los abonos para liquidar los 5,1 millones restantes.

Al estallar la guerra civil entre liberales y conservadores, ambas facciones buscaron apoyo en el exterior: en abril de 1859, Estados Unidos reconoció al gobierno de Benito Juárez como el único legítimo, por lo que Miramón volteó a Europa; así, con el auspicio de Francia e Inglaterra, el Joven Macabeo restableció las relaciones con España, gracias a lo cual se firmó el Tratado Mon-Almonte (1859), que “ratificaba la convención de 1853 y fijaba indemnizaciones por los asesinatos de españoles en 1856”.


Como era de esperarse, los liberales, que se mantenían en pie de guerra en Veracruz, desconocieron el acuerdo, por lo que el gobierno español envió al embajador Joaquín Francisco Pacheco para tratar de llegar a un arreglo, pues ya para entonces todo parecía indicar que la balanza se inclinaría en favor de estos; empero, una vez derrotados los conservadores, Juárez expulsó al diplomático del país (enero de 1861), como represalia por el reconocimiento otorgado por la Corona española a sus enemigos.

Unos meses más tarde (julio de 1861), el gobierno juarista decretó la suspensión por dos años del pago de las deudas con el exterior. La decisión de Juárez fue vista como una afrenta por Inglaterra, Francia y España, quienes estudiaron diversas opciones para responder de forma conjunta al desafío, entre ellas, la de enviar una expedición militar para obligar a México a reanudar los pagos. Para evitar cualquier posible intromisión de Estados Unidos, los europeos los invitaron a participar en las operaciones, pero fueron rechazados por los estadounidenses, quienes, además, les advirtieron que reprobaban tal medida, pues la consideraban “una interferencia directa en los asuntos internos de América”.

No obstante, dado que Estados Unidos continuaba inmerso en su devastadora guerra civil, a fines de octubre de 1861, por medio de la Convención de Londres, se formalizó la Alianza Tripartita. Hay que decir que, si bien en dicho acuerdo se estipulaba que las naves de las tres potencias desembarcarían simultáneamente en México, ya desde un mes antes el alto mando hispano había ordenado a la Capitanía General de Cuba que enviara una poderosa flota a Veracruz. Según García Pérez, la prisa de los españoles se explica por su deseo “de apoderarse de México, ayudar al partido reaccionario o conservador e implantar una monarquía en su antigua colonia”; para Falcón, la decisión obedeció más bien al temor de que franceses y británicos se adueñaran primero de las aduanas de Veracruz y Tampico.

Conjeturas aparte, lo cierto es que, por lo menos en el papel, las órdenes dadas al capitán general de Cuba eran muy claras en cuanto a los propósitos de la expedición:

  1. Satisfacción por la expulsión del embajador Francisco Pacheco.
  2. Reconocimiento del Tratado Mon-Almonte.
  3. Indemnizaciones por los asesinatos y vejaciones de que hubiesen sido objeto los ciudadanos españoles en la república.
  4. Abono de los intereses correspondientes a la demora que habían sufrido los acreedores españoles por la suspensión del Tratado de 1853.
  5. Devolución o abono del valor de la fragata Concepción e indemnización de perjuicios a sus propietarios y cargadores.

Intervención española

En las instrucciones que se daban al general Serrano se recomendaba la mayor actividad, para que, si fuese posible, llegase la expedición a Veracruz en todo el mes de octubre, a fin de anticiparse a los nortes, que tanto dificultan el desembarco en aquellas costas, mencionándose al mismo tiempo que entre los buques de guerra que compondrían la escuadra figurarían las fragatas de hélice Lealtad y Concepción, que saldrían de Cádiz el 1 de octubre.

Al designar el gobierno español las fuerzas marítimas de la expedición, dejó a la discreción del general Serrano la elección y monto de las tropas de desembarco, así como los medios de transporte, el equipo y provisiones del ejército expedicionario y todas las medidas necesarias para hacer efectivas las reclamaciones en caso de resistencia por parte de México. Se le encomendaba además la parte diplomática del negocio, a cuyo efecto ponía a sus órdenes a Juan Antonio López de Ceballos, exsecretario de la legación española en Venezuela.

La actividad con que obró el capitán general fue tanta, que habiéndole llegado las instrucciones el 11 de octubre, la expedición estaba ya lista a finales del mes, aguardando solo las fragatas mencionadas para hacerse a la mar, y encomendó la misión diplomática al comandante general de marina Joaquín Gutiérrez de Rubalcava, jefe de la escuadra.

El 1 de noviembre llegó a La Habana López de Ceballos, y el 3 las fragatas esperadas de Cádiz, que habían retardado su salida hasta mediados de octubre.

El 26 de noviembre, sin haber recibido órdenes de Madrid que modificaran “las que tenía dictadas”, Serrano dispuso, “de acuerdo con el almirante Joaquín Gutiérrez de Rubalcaba, que la escuadra zarpara de forma escalonada a partir del 29, dividida en tres divisiones: la primera compuesta por los buques de vela, la segunda por los de hélice y la tercera por los de vapor, en su mayor parte de ruedas.

Por lo que respecta a los 16 navíos de guerra que integraban la flota, sus nombres eran los siguientes:

  • 2 urcas: Santa María y Marigalante.
  • 8 fragatas de hélice: Berenguela, Blanca, Ferrol, Concepción, Petronila, Princesa de Asturias, transporte núm. 3 y Lealtad.
  • 5 vapores de ruedas: Blasco de Garay, Isabel la Católica, Francisco de Asís, Pizarro y Velasco.
  • 1 aviso: Guadalquivir.
Buques de guerra que integraban la escuadra que zarpó de La Habana con destino a Veracruz en 1861.

Además, se fletaron los siguientes transportes:

  • 3 transportes de hélice: Cubana, Almendares y Maysy.
  • 2 transportes de ruedas: Pájaro del océano y Cuba.
  • 5 transportes de vela: Liniers, Teresa, Favorita, Paquita y Parma.

Los 5 transportes de vapor estaban mandados por el capitán de fragata José Francisco Ponce de León; los 5 transportes de vela estaban mandados por el capitán de fragata Ignacio Gómez Quijano. Por último, a estos buques hubo que añadir 12 chalanas, construidas para el desembarco y capaces de conducir a tierra 3.000 hombres de una vez.

La escuadra se vería reforzada al llegar a Veracruz con la corbeta Colón. Días después también pasarían a engrosar aquella los vapores Antonio de Ulloa y San Quintín, que trasladaron a México, en compañía de Francisco de Asís, al general Juan Prim, nombrado por el Gobierno comandante en jefe del cuerpo expedicionario, y a su Estado Mayor. Así pues, cuando el conde de Reus llegó a su destino el 8 de enero, la flota española estaba formada, sin contar lanchas cañoneras y chalanas de desembarco, por 29 navíos.

Las fuerzas francesas que llegaron a La Habana al mismo tiempo que Prim iban embarcadas en una escuadra compuesta por 13 buques: 1 navío, 4 fragatas, 1 corbeta, 2 avisos, dos cañoneras y 3 transportes. El número de barcos españoles superaba ampliamente al conjunto de los aportados por ingleses y franceses.

La división terrestre expedicionaria estaba mandada por el mariscal de campo Manuel Gasset y Mercader (quien lideró el desembarco inicial en diciembre de 1861 de forma anticipada antes de la llegada de Prim), el segundo jefe, el brigadier Carlos de Vargas y Machuca, y el JEM era el coronel Juan Vidarte y Bobadilla. La fuerza estaba compuesta por:

  • BRI-I: BI-I del Rey (869), BI-II del Rey (826) y BIL de la Unión (832).
  • BRI-II: BI de Nápoles (907), BI de Cuba (891), BIL de cazadores de Bailén (878).
  • Caballería: EC de lanceros del Rey (126) y Escolta del general (20).
  • Artillería: Bía de montaña (136, 6 piezas) y Bía a caballo a pie (344).
  • Ingenieros: 1,5 Cías (208).
  • Guardia Civil: 1 sección (25).
  • Brigada de confinados: 15.
Estado de la división expedicionaria española el 20 de diciembre se 1861.

No habiendo recibido el general Serrano orden en contrario, no obstante haberse ya firmado la Convención de Londres, quedó resuelta la salida de la expedición en tres divisiones navales, como en efecto se verificó, haciéndose a la mar la primera con los barcos de vela (11 en total) el 29 de noviembre, la segunda con los buques de hélice (6 en total) el 1 de diciembre, y al día siguiente la tercera con los buques de rueda (9 en total). En el Isabel la Católica iba el jefe de la escuadra, el teniente general de la Armada Joaquín Gutiérrez de Rubalcava; en el Francisco de Asís iba el general de la división terrestre, el general Manuel Gasset.

El 9 de diciembre, Rubalcava avistó el Pico de Orizaba y la costa de México; el 10 se descubrió la ciudad de Veracruz y sus fuertes, así como los buques de la tercera división fondeados en Antón Lizardo, a la vista de Veracruz.

Según el diario de operaciones: «El Puerto de Antón Lizardo es un magnífico y gran fondeadero en la punta de aquel nombre y unos cuantos bajos de mucha extensión, donde rompen las olas y libran las tranquilas aguas del puerto de toda clase de movimiento, y como el fondo es excelente y de 7 a 15 brazas con salas (sic) 2 entradas al oeste y sureste, resulta que, abrigado de la mayor parte de los vientos y con su gran extensión y condiciones dichas, puede considerarse este fondeadero como uno de los mejores del mundo».

Situación de la escuadra española en el fondeadero de Antón Lizardo, a la vista de Veracruz, en diciembre de 1861.

En la ensenada mexicana se encontraban ya la corbeta Colón, que pasó a engrosar la escuadra española, la fragata francesa Fondre y la inglesa Ariadne. Rubalcava fue el encargado de acoger a los comandantes de dichos buques, recibir las últimas novedades procedentes de los cónsules de ambas naciones y, con el propósito de evitar la propagación de la fiebre amarilla, que ya se había “presentado en varios transportes”, adoptar las primeras disposiciones, de acuerdo con el general Gasset, a fin de desembarcar tropas y pertrechos lo antes posible.

El 14 de diciembre, dirigió al general La Llave, gobernador de Veracruz, un ultimátum, en que hablaba de la larga serie de agravios; se exigía la plaza de Veracruz y el castillo de San Juan de Ulúa en un plazo de 48 horas. Los comandantes francés e inglés se abstuvieron de tomar parte en las operaciones del español.

Mientras tanto, en México, el presidente Juárez ordenó crear el Ejército de Oriente el 23 de noviembre de 1861, al tener noticia de la Convención de Londres del 31 de octubre. Puso a su mando al general José López Uraga e integró el contingente con los batallones que los estados prometieron enviar y con algunas de las brigadas que hacían campaña en el Estado de México: poco menos de 10.000 hombres inicialmente, distribuidos en tres divisiones. López Uraga se dirigió al teatro de operaciones, donde citó a los cuerpos que integrarían el ejército y a los refuerzos de los estados. El 7 de diciembre de 1861, llegó a Veracruz para inspeccionar los trabajos de Ignacio de la Llave, gobernador del estado, de desarme del puerto y de San Juan de Ulúa aprobados por Juárez, ya que era de común acuerdo que las viejas fortificaciones no resistirían el ataque de una escuadra moderna.

Vista de Veracruz, México en 1860 tomada en globo. Autor Francisco García y C. Castro.

Cuando la flota española intimó la rendición de Veracruz, López Uraga ordenó evacuar la plaza el 14 de diciembre. La estrategia de López Uraga consistía en defender los caminos de Jalapa y de Orizaba porque pensaba que las fuerzas extranjeras sufrirían bajas en la costa por fiebre amarilla y serían forzadas a reembarcarse o a marchar tierra adentro y ser sorprendidas. Mandó a la división de Veracruz a cubrir la ruta a Jalapa, que fortificó en un vasto campo militar que iba de Puente Nacional a Corral Falso, y al resto del Ejército de Oriente lo apostó en el camino de La Soledad a Córdoba con el mismo propósito, con Chiquihuite como reducto principal.

Entorno de Veracruz, México en 1861. Alrededores de la ciudad, plano de la ciudad y plano del fuerte de San Juan de Ulúa.

Abandonado el castillo de San Juan de Ulúa por las tropas mexicanas, que se llevaron consigo la mayor parte de la artillería, fue ocupado el 17 de diciembre por una fuerza de tropas de Marina, bajo el mando del capitán de fragata Rafael Rodríguez de Arias, que también tomó posesión de la capitanía del puerto. A las 12:00, fue izada la bandera española en el castillo de Ulúa; fue saludada por 21 cañonazos. Se ocuparon también los baluartes de Concepción y Santiago en la ciudad de Veracruz.

El general Gasset, comandante de las fuerzas españolas, en la orden general del 16 de diciembre en las playas de Mocambo, dirigió a sus soldados estas palabras: «En estas mismas playas existen todavía las huellas de Hernán Cortés, que con un puñado de españoles plantó con el pabellón de Castilla la enseña de la cruz y de la civilización, asombrando al mundo con sus maravillosos hechos.»

El general Gasset ordenó que el BI-I del RI del Rey pasara a guarnecer el castillo de Ulúa, y que la BRI-II (BI de Nápoles, BI de Cuba, BIL de cazadores de Bailén) acampase fuera de la población, a la salida de la puerta de la Merced; así es que solo quedaron en Veracruz el BI-II del RI del Rey y BIL de cazadores de la Unión, la fuerza de caballería y la artillería de montaña. Inmediatamente se notó que el estado sanitario había empeorado en el campamento, a causa de las humedades de la noche y de los calores del día, a que estaban más expuestos los soldados en las tiendas de campaña, y al poco tiempo, la cifra de los enfermos españoles subió a 400.

Expedición española en México 1861-62. Campamento español cerca de Veracruz, según un croquis de Fernando Ossorio.

El general Uraga, jefe del ejército de Oriente, expidió un decreto prohibiendo bajo las penas más severas toda comunicación con Veracruz, y esto explica las dificultades, en que se encontró el general Gasset para organizar la administración de aquella plaza y las escaseces que sus tropas y el vecindario sufrieron largo tiempo.

Llegada del general Prim

El general Juan Prim y Prats fue nombrado comandante de la fuerza expedicionaria y ministro plenipotenciario para las cuestiones diplomáticas, ya que uno de los objetivos de la expedición internacional era establecer en México un gobierno estable. Prim, por su carrera política y militar, era un hombre adecuado a la situación. Había alcanzado un buen patrimonio a la manera española que decía Machado, por matrimonio con la hija de una de las grandes fortunas del país americano, y algunos vieron en su intervención un interés particular.

Salió de Cádiz, en el vapor Ulloa, el 27 de noviembre, y llegó a La Habana el 23 de diciembre, cuando las tropas españolas ya habían ocupado Veracruz. Pocos días después llegó la flota francesa, al mando del contraalmirante Jurien de la Graviére, compuesta de 11 buques con 2.400 efectivos terrestres, y la escuadra inglesa de 6 buques y 800 hombres de desembarco. El día 2 de enero de 1862 fue el señalado para la salida de la escuadra francesa, del vapor Francisco de Asís, que debía llevar al general Prim, y del San Quintín, que acababa de llegar de la península con un batallón de marina.

El día 6 de enero llegó a Veracruz la escuadra inglesa; se componía de 6 buques: la corveta Challenger (insignia), la fragata de hélice Mersey, el navío híbrido de hélice y vela Saint George (89), el navío Sanspareil (70), la corveta Jason (21) y la balandra de ruedas Barracouta.

El 7 y 8 de enero llegaron los 9 buques de la flota francesa y los españoles Francisco de Asís, Ulloa y San Quintín. La flota francesa estaba formada por los buques: Victoire, La Bayonnaise, Rhin, D’Assas, Diamante, Lucifer, Cordelière, Marie y Talismán.

Después de que fondeara el Francisco de Asís, pasaron a bordo los generales Gasset y Rubalcava para felicitar al conde de Reus.

Prim desembarcó a las 11:30 de la mañana y se dirigió a caballo a su alojamiento, en donde le fueron presentados los jefes y oficiales del ejército expedicionario; en el discurso con que contestó a las felicitaciones que se le hicieron dijo: «No venimos, agregó, a dominar ni a conquistar: venimos a exigir una satisfacción de injustos agravios pasados y a obtener garantías para el porvenir. Creo que, convencidos de nuestras leales y justas intenciones, los mexicanos no se nos opondrán con las armas en la mano; pero si lo hicieren, ellos solos serán los responsables de los resultados, y nosotros tendremos la satisfacción de haber cumplido con nuestro deber y nuestra conciencia…»

El Cuerpo expedicionario español en Veracruz en 1862 es revistado por el general Juan Prim y Prats.

El almirante Jurien manifestó la intención de concentrar todas las tropas francesas en la Tejería, y el general Prim deseó igualmente reunir el cuerpo español en Medellín, lo cual se verificó el día 13, creyendo que se ahuyentaría el peligro con evitar la aglomeración de tantas tropas; pero las inclemencias del clima se hicieron sentir más rudamente en estos puntos, y presto se duplicó la cantidad ya considerable de bajas en las tropas españolas. Sin embargo, la enfermedad predominante consistía en fiebres intermitentes, y el número de víctimas era pequeño relativamente al de casos; no sucedió así con los ingleses y franceses que fueron atacados de disenterías agudas, y sufrieron comparativamente más bajas efectivas. Entonces se resolvió enviar a los enfermos a La Habana e internar al ejército para que acampase en la zona templada.

El día 11 de enero al amanecer, salieron por el terraplén del ferrocarril, que solo tenía seis leguas, el batallón de zuavos francés, dos compañías inglesas, el batallón de cazadores de la Unión y un escuadrón de caballería española a las órdenes del general en jefe conde de Reus, a quien acompañaban el contralmirante francés y el comodoro inglés con sus respectivos ayudantes y estados mayores. Este movimiento tenía por objeto ocupar la Tejería, a tres leguas de Veracruz. La marcha fue difícil, pues carecían de medios de transporte, no habiendo llegado todavía la artillería y el material de campamento de la columna francesa. La Tejería estaba guarnecida por un destacamento mexicano, que se retiró al aproximarse las tropas aliadas, habiendo prevenido cortésmente Prim a Uraga de sus proyectos, esperando que no se le opondría resistencia.

Poco después se presentó en calidad de parlamentario un ayudante de Zaragoza, con objeto de informarse de las intenciones que llevaban las tropas extranjeras, a lo cual contestó el general español, como intérprete de sus colegas, protestando de sus disposiciones enteramente amistosas, y rogándole que invitase a Zaragoza para que fuese personalmente a conferenciar con los comandantes de las fuerzas aliadas. Estos regresaron a Veracruz el mismo día, quedando las tropas francesas y españolas al mando del coronel Hennique.

El día 13 en la noche, tuvo lugar la primera reunión oficial de los comisarios aliados, con objeto de acordar el ultimátum que debía remitirse al gobierno mexicano. No se pusieron de acuerdo y decidieron nombrar una comisión encargada de presentar el ultimátum. Dicha comisión se componía del brigadier español Lorenzo Miláns del Bosch, el capitán de marina inglés Edward Tatliam y el JEM francés Thomasset; iban agregados el JEM español José Arguelles, el teniente Koor y el aspirante de marina Defilsjames, acompañándolos el doctor Carrillo, secretario de Uraga.

Prim se dio cuenta enseguida de lo inoportuno de la expedición y las pocas posibilidades de éxito. Conocía muy bien la política mexicana y aprovechó que González Echevarría, el ministro de Exteriores de Juárez, era tío de su mujer para tratar de llegar a un acuerdo pacífico. Prim no iba a hacer la guerra, sino a consolidar un gobierno estable en el país y lograr el cobro de la deuda. Había nombrado al general Miláns del Bosch, que era amigo íntimo suyo y un liberal exaltado, que manifestaba sin reserva sus simpatías en favor de la independencia de México, de las instituciones democráticas y de la reforma.

Los comisionados llegaron a México el 20 de enero, recibiendo las mayores muestras de consideración, tanto en la travesía de ida y vuelta como durante su permanencia en la capital.

En cuanto a las reclamaciones pendientes con cada una de las potencias coligadas, el gobierno mexicano estaba «dispuesto a entrar en arreglos con todas y con cada una de ellas, porque tiene voluntad y medios de satisfacer cumplidamente sus justas exigencias». A este efecto, invitaba a los representantes de dichas potencias para que pasasen a la ciudad de Orizaba con una guardia de honor de 2.000 hombres, y por su parte, el gobierno mexicano mandaría al mismo punto comisionados debidamente autorizados para que con toda calma discutiesen y concluyesen los convenios que asegurasen a las potencias aliadas la satisfacción de sus reclamaciones, dejando bien puesto el crédito y buen nombre de las altas partes contratantes.

Como consecuencia de esto, tenía que hacerse el reembarco de las fuerzas existentes en Veracruz, lo cual prevendría la nulidad que pudiera objetar la nación a los arreglos, reprobándolos como arrancados por medio de la fuerza armada y como pactados sin libertad por parte del gobierno mexicano. «Como este no hace a los aliados la injusticia de suponerles otra mira que la que han manifestado en la nota del 14 del corriente, entiende que no hallarán dificultad en acceder a esa proposición, en la cual no lleva el gobierno de México otra mira que la de afianzar la validez legal de los tratados que se celebren en Orizaba.»

El 29 de enero, regresaron a Veracruz los comisionados con la contestación del gobierno, acompañados del exministro señor Zamacona; de Alegre, JEM del general Uraga; de Bello, literato, y de un ayudante de aquel general. Se dijo que estas personas iban a servir de intérpretes de la buena disposición de su gobierno para con las potencias aliadas; se les dio una serenata en la noche siguiente, siendo convidados a comer en los días que permanecieron en Veracruz, por españoles, franceses e ingleses.

Los españoles querían llegar pronto a un acuerdo; en la misma posición parecían estar los ingleses, pero los franceses se mostraban más intransigentes. Prim, en nombre de los tres países europeos, había logrado un acuerdo preliminar con el ministro Manuel Doblado en La Soledad el 10 de febrero de 1862, lo que permitía a los aliados internarse en zonas más sanas a cambio de reconocer al gobierno de Juárez.
No fue fácil cumplirlo. Por una parte, los franceses no querían esa paz; por otra, los conservadores mexicanos, representados por el general Almonte, recién llegado de París, trataban de derribar a Juárez a toda costa y se reunieron con Prim para ese fin. El español supo por Juan N. Almonte, antiguo ministro mexicano exiliado en Francia, al que conocía de su exilio parisino, que los franceses preparaban el envío de otro contingente de 4.000 hombres con el fin objetivo secreto de colocar a Maximiliano de Austria como emperador de México.

El 19 de febrero de 1862, en la localidad de La Soledad, Veracruz, se firmaron los Tratados Preliminares de La Soledad, en los que se concluyó que las potencias aliadas se abstendrían de interferir en cualquier disputa interna de los mexicanos, restringiéndose a la negociación como única vía de reclamo por la deuda. Se había arreglado que las tropas francesas se acantonarían en Tehuacán y las españolas en Orizaba y Córdoba; las inglesas deberían ir también a esta última ciudad; pero el comodoro Dunlop recibió órdenes que le prohibían alejarse de la costa. El estado sanitario de las tropas exigía su internación lo más pronto posible, pues sobre un efectivo de 6.000 hombres los españoles no tenían más que 4.000 en estado de combatir, y los franceses contaban de 400 a 500 enfermos. La fiebre amarilla, que de ordinario no aparece sino hasta el mes de mayo, había hecho ya varias víctimas, cuyo número iba creciendo de día en día. Las condiciones climatológicas del año eran excepcionalmente malas, debido, entre otras cosas, a las comunicaciones frecuentes con La Habana y a la aglomeración de las tropas. La columna francesa se movió el 26 de febrero y llegó a Tehuacán el 12 de marzo, después de una marcha penosísima. 80 enfermos y 200 soldados incapaces de marchar se quedaron en La Soledad, y en cuatro días la columna no había andado más que 8 leguas.

Al salir de Veracruz, los comandantes de las tropas aliadas resolvieron dejar una guarnición mixta compuesta de 100 hombres de cada nación, siendo designado por el almirante el capitán de navío Roze para mandar a la vez la escuadra y las tropas de tierra.

El 28 de febrero, habían muerto ya 29 hombres; 159 enfermos había en el hospital de Veracruz y 122 en la ambulancia de la Tejería. El estado sanitario a bordo era bastante satisfactorio, pero el personal era insuficiente y estaba sometido a las más duras faenas, pues además del servicio naval, había que desempeñar el de enfermeros en los hospitales, y guardar y cuidar las bestias de carga y de tiro que se reunían, previendo la llegada probable de refuerzos; así fue que el almirante pidió al gobernador de la Martinica que le enviase soldados de infantería de marina, artilleros, gendarmes, obreros de ingeniería y, sobre todo, 250 marineros negros, únicos que podían ser empleados sin peligro en los trabajos del puerto bajo el sol ardiente de Veracruz.

Sin embargo, los gobiernos aliados, que veían las cosas desde lejos, desaprobaron los primeros pasos de sus respectivos plenipotenciarios.

El 5 de marzo, hacia las 18:00, entraba en las aguas de Veracruz el Forfait, encargado de llevar a México al general Carlos Fernando de Latrille, conde de Lorencez, y su Estado Mayor. La brigada de Lorencez se componía de 4.474 hombres y 616 caballos y mulas, conducidos en 8 buques de guerra: el Masséna (80); las fragatas de hélice y vela Guerrière, Astrée y Ardente; la fragata a ruedas Montézuma; los avisos Chaptal y Marsault; y el transporte Aube.

Las unidades francesas que participarían en esta expedición en cualquier momento fueron:

  • Infantería:
    • RI-7, RI-51, RI-62, RI-81, RI-95 y RI-99
    • RI de marina de marcha (9 compañías tomadas del RI-1 y RI-2 de marina), RI-1 y RI-2 de marina y BIL de fusileros de marina.
    • BIL-I, BIL-VII, BIL-XVIII y BIL-XX de cazadores.
    • BIL-I, BIL-II y BIL-III de zuavos, BIL-II africano, BIL de marcha de fusileros argelinos (6 compañías del BIL-I, BIL-II y BIL-III de fusileros argelinos).
    • RI-1 de la Legión Extranjera.
    • Compañía de voluntarios criollos (reclutados en Martinica).
  • Caballería:
    • RCL-12 de cazadores.
    • 3 escuadrones de cazadores africanos (RCL-1, RCL-2 y RCL-3 de cazadores africanos).
    • 2 EH del RH-5.
    • 1 pelotón de gendarmes montados procedentes de la guarnición de Martinica.
  • Artillería:
    • 8 baterías de los RAs 1, 3, 4, 5, 6, 7, 9 y 11.
    • 1 batería de artillería a caballo de la Guardia Imperial.
    • Cía-1 del tren de tripulaciones de la Guardia Imperial.
    • Bía-7 de artillería naval.
  • Ingenieros:
    • 4 compañías de los RINGs 1, 2 y 3.
    • 2 compañías de ingeniería colonial (una de Martinica, la otra de Guadalupe).

El general Lorencez desembarcó el 6 de marzo, encontrándose con una situación que estaba lejos de aguardar; pues cuando se imaginaba ponerse inmediatamente en marcha para la capital, conforme a las órdenes que tenía, le fue preciso resignarse a esperar al almirante y concertar un plan en vista de los preliminares de la Soledad. Esta incertidumbre terminó con la llegada del comandante Thomasset, enviado por el almirante, el cual le puso al corriente de todos los acontecimientos que habían precedido a su desembarco, y de la resolución que tenía de ejecutar a la letra la Convención de La Soledad en caso de un rompimiento con el gobierno mexicano.

En la sesión de la Convención de La Soledad del 9 de abril de 1862, el delegado francés anunció el apoyo de su gobierno a los conservadores opuestos a Juárez, y acusó a Prim de querer coronarse él mismo como emperador. Prim refutó estas afirmaciones y quedó en evidencia que los franceses planeaban avanzar hacia la Ciudad de México para derrocar a Juárez e implantar el Segundo Imperio Mexicano con Maximiliano de Habsburgo. Ante este flagrante engaño a los acuerdos firmados, Prim declaró disuelta la triple alianza y ordenó la retirada inmediata de las tropas españolas a Cuba, logrando además que el contingente británico secundara su decisión. La reina Isabel, que se oponía a la candidatura de Maximiliano al trono mexicano, aprobaría esta decisión, contra el parecer del gobierno que quería contentar a Napoleón III.

El general Prim pidió transportes al general Serrano, por no ser bastantes los buques ingleses que el comodoro Dunlop había puesto a su disposición. La noticia causó en Cuba profunda sorpresa, y el capitán general, que abrigaba ideas muy distintas sobre la política que debía seguir España en México, convocó una junta de generales, autoridades superiores, senadores, exdiputados y otras notabilidades con el fin de que indicasen lo que había que hacer en aquel caso.

Serrano dispuso aconsejar al representante español que permaneciese, si era posible, en el país hasta la resolución del gobierno, y que se embarcase con destino a Veracruz el general Gasset para tomar el mando de las tropas, en caso de que el conde de Reus no quisiera seguir a su frente. Dispuso también que el vapor Isabel la Católica saliera inmediatamente para Nueva York, llevando a Cipriano del Mazo, que espontáneamente quiso ir a Europa para instruir al gobierno español de la resolución tomada; esto se verificó el 17 de abril, saliendo el Ulloa para Veracruz el mismo día, y ya se disponía a embarcarse el general Gasset, cuando llegó la fragata inglesa Challenger con el aviso de que parte de la división iba ya de viaje para La Habana en buques ingleses y españoles. El general Serrano, al enterarse, dio las órdenes oportunas para enviar transportes a Veracruz, con el fin de que las tropas españolas estuviesen el menor tiempo posible bajo la influencia mortífera de aquel clima.

El 9 de mayo llegó a La Habana el general Prim, a quien se hizo un recibimiento bastante frío. De allí hizo un viaje a Estados Unidos, entrevistándose con el general McClellan, comandante del ejército del Potomac.

Prim era un convencido partidario de la Unión en la guerra civil norteamericana y, en su viaje a Estados Unidos, donde visitó Nueva York y Filadelfia, se entrevistó con Lincoln en Washington.

La retirada generó una gran controversia en la política española, provocando duros enfrentamientos políticos entre Prim y el general Francisco Serrano. Sin embargo, Prim compareció ante las Cortes Generales defendiendo con éxito su postura frente a las críticas de quienes exigían una acción bélica. El tiempo terminó dándole la razón tras el posterior colapso de la intervención francesa y el fusilamiento de Maximiliano en 1867. Su gestión es recordada históricamente como un gran éxito de la diplomacia que forjó un vínculo de respeto mutuo entre España y México.

Entrada creada originalmente por Arre caballo! el 2026-10-30. Última modificacion 2026-10-30.
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