¡Ayúdanos a mejorar el blog!
Si ves alguna palabra mal escrita, o frase que no tenga mucho sentido, es muy fácil hacérnoslo saber. Sólo tienes que seleccionar las palabras que te resulten sospechosas y pulsar las teclas CONTROL y ENTER. Se abrirá un formulario con el texto seleccionado, y con pulsar enviar recibiremos tu notificación.
También puedes abrir el formulario pulsando el siguiente botón
Situación a principios de 1867
El 1 de enero, Maximiliano de Habsburgo recibió el año en la ciudad de Puebla en su camino de regreso a la capital después de abandonar su plan de huida del país. El 5 de enero, Maximiliano llegó a la hacienda de la Teja en las inmediaciones de la Ciudad de México, desde donde pidió no tener un recibimiento oficial. El día anterior, el periódico oficial del imperio incluye una especie de proclama del emperador que llena de inquietud a los capitalinos que lo apoyaban al publicar frases como: «El emperador trae en sus manos la bandera trigarante, y viene a morir con vosotros, si es preciso, por la independencia y la libertad de la nación.» El 7 de enero, en la hacienda de la Teja, Maximiliano se entrevistó con el mariscal Bazaine, quien le aconseja abdicar al trono.
El 5 de enero de 1867, 300 hombres del cuerpo expedicionario, bajo las órdenes del general Dupuis, jefe superior de Veracruz, salieron de dicha ciudad y realizaron una incursión. Tras reunirse en Tejoria con 200 cazadores del BIL de África, avanzaron hasta las poblaciones de Jamapa y Cotastle, a las que incendiaron. Posteriormente, se enfrentaron a un contingente de republicanos cerca de Atoyac y los derrotaron gracias a una brillante carga de caballería mandada por el capitán Clay y el Tcol Gallifet.
Estos éxitos, sin embargo, no mejoraban en absoluto la situación del Imperio, considerada desesperada por muchos, independientemente de lo que aún pudiera pensar el emperador Maximiliano. Un buen número de familias mexicanas huían ante el avance de los republicanos. Un convoy de 400 carretas y una multitud de coches cargados de emigrantes habían llegado a Tapejé del Río; se aguardaba la llegada de otro, compuesto principalmente por personas que habían evacuado Mazatlán tras las tropas francesas.
A principios de mes, el presidente Benito Juárez estableció su gobierno en Durango. El 7 de enero, el general republicano Ramón Corona pasó con su ejército por el territorio de Tepic (actual estado de Nayarit) sin sufrir ataques, ya que el cacique local Manuel Lozada, después de haber defendido al imperio de Maximiliano, decidió declarar su neutralidad en diciembre de 1866 ante el abandono de las tropas francesas de Sinaloa y el inminente triunfo republicano. El 9 de enero, por órdenes de Juárez, Jesús González Ortega fue detenido en Zacatecas por el general Auza.
El 10 de enero, Napoleón III ordenó el regreso de las tropas francesas a su país, así como de aquellos soldados y civiles austriacos y belgas que deseen abandonar México ante el avance republicano. El 13 de enero, fueron embarcados en Veracruz los primeros 700 soldados franceses de un batallón del RI-87, la Cía-4 del RING-1 y 300 sueltos en el vapor Impératrice-Eugénie. Diez días después, el transporte Le Rhône partió con la Legión Belga, compuesta por 925 hombres. La situación seguía siendo sumamente sombría. La ansiedad se intensificaba a medida que se veía a los soldados franceses apresurar los preparativos de partida, y la población acomodada comenzaba a alejarse de Ciudad de México. Cada convoy que descendía hacia Veracruz traía consigo una pequeña colonia de emigrantes, a los que se sumaban refugiados procedentes del interior. La legación francesa había anunciado que se pondrían medios de transporte a disposición de los franceses que deseasen regresar a su país.
El 14 de enero, en el Palacio Nacional se lleva a cabo una junta de consejeros del imperio sin que asistiera Maximiliano ante la crítica situación. La junta fue presidida por el presidente del Tribunal Supremo de Justicia, Teodosio Lares, y en ella el mariscal Aquiles Bazaine expuso la abdicación como única opción viable para Maximiliano. Los obispos manifiestan su abandono a la causa imperial. Los ministros imperiales se mantenían optimistas y confiaban aún en vencer a los republicanos y pacificar el país. Esta asamblea decidió, por 17 votos contra 7, que los recursos financieros y militares del imperio, tras la partida de los franceses, permitían confiar en el mantenimiento del gobierno, por lo que se instó al emperador a no renunciar al poder. El mariscal Bazaine, si bien se negó a participar en la votación, se había pronunciado a favor de la abdicación de Maximiliano. De inmediato se ordenó a los generales Mejía, Miramón y Márquez que reanudaran la ofensiva contra los republicanos. Mientras tanto, Márquez protegía la capital frente a posibles incursiones enemigas y mantenía libre la comunicación entre Ciudad de México y Veracruz; unas columnas móviles, escalonadas a lo largo de toda la línea bajo el mando de los tres comandantes en jefe, tenían sus cuarteles generales en Puebla, Orizaba y Veracruz.
Provistos de plenos poderes que los autorizaban a recaudar contribuciones, tanto en dinero como en especie, para el sostenimiento de sus tropas, emprendieron la campaña. Mejía, tras despejar el valle de México, llegó a Querétaro, donde una indisposición bastante grave le obligó a guardar reposo. El grueso de sus tropas acudió a apoyar las operaciones del general Miramón, que se dirigía a Zacatecas, ciudad donde Juárez había concentrado sus fuerzas.
El mariscal Bazaine, a punto de partir hacia Francia, había acudido a ver al emperador para recordarle que, según las órdenes reiteradas de Napoleón III, debía, antes de embarcarse, ponerse a su disposición para todo lo relativo a su seguridad personal. El mariscal dio a entender claramente que, en caso de que Su Majestad pensara en renunciar a la corona, estaba autorizado a escoltarle hasta Veracruz y a proteger su embarque. Maximiliano declaró al comandante en jefe del cuerpo expedicionario que estaba firmemente decidido a permanecer en su puesto de honor hasta el desenlace de la campaña emprendida por sus generales; que si la suerte de las armas se decidía en contra de la causa imperial, las simpatías del pueblo mexicano le protegerían lo suficiente en el trayecto de México a Veracruz, adonde solo iría escoltado por dos escuadrones de la legión austriaca que habían permanecido al servicio de México.

Toma de Guadalajara (14 de enero de 1867)
Cuando el general republicano Ramón Corona tuvo conocimiento de que las fuerzas imperialistas evacuarían la ciudad de Mazatlán, creyó conveniente crear una brigada del Ejército de Occidente que debía marchar sobre Jalisco. Las últimas tropas francesas que se habían quedado protegiendo Jalisco se replegaron en la ciudad de Guadalajara, que era la plaza más importante del área, que estaba en manos del jefe imperialista, el general Ignacio Gutiérrez.
El general Ramón Corona, con 300 soldados y 40 cañones, resolvió penetrar en el estado de Jalisco, llegando hasta Autlán de Navarro. El general imperialista Gutiérrez disponía de 338 efectivos y 13 cañones. La batalla que se libró en el sur de la ciudad empezó a las 11:00 de la mañana y se prolongó hasta las 16:00, cuando los republicanos alcanzaron la victoria. La batalla final se dio en la plaza de Guadalajara, ya que los imperialistas, al enterarse de aquella derrota, comenzaron a abandonar la ciudad esa misma noche poco a poco; con lo que la entrada republicana en Guadalajara era inminente, ya que el día 14 de enero de 1867 llegó a Guadalajara el general Ramón Corona, haciendo una entrada triunfal, adelantándose a sus tropas que entraron en dicha ciudad el 18 de enero. Inmediatamente procedió a organizar la administración de Jalisco, nombrando gobernador y comandante militar interino a Antonio Gómez Cuervo.
Evacuación francesa
Las tropas francesas se hallaban escalonadas entre la capital y Veracruz. El 15 de enero en la tarde llegó el general Castagny a la Ciudad de México, conduciendo los últimos cuerpos. La intendencia francesa ofreció al ministro imperial los carros que no podía llevarse el ejército, algunos trenes y el vestuario militar; pero la situación angustiosa del erario solo permitió comprar el vestuario. En cuanto al resto del material, cuyo valor no estaba en relación con los gastos del transporte, como caballos, arneses, etc., fue vendido en subasta pública, conforme a las órdenes del ministro francés, en México, Puebla, Orizaba y Paso del Macho, consiguiendo una suma insignificante. Los proyectiles huecos o sólidos se rompieron, porque eran inútiles a los mexicanos, cuyos cañones lisos de a ocho no podían cargarse con las balas de las piezas rayadas de a cuatro, según dice Keratry; esta razón, más o menos discutible, de ninguna manera puede aplicarse a la destrucción de la pólvora, que en grandes cantidades fue arrojada a las acequias, pues no basta para explicar ese hecho el que México quedara “bien surtido de municiones”.
La semana anterior, el número de buques de transporte llegados a Martinica desde Francia ascendía a 18. Todos se encontraban en excelente estado. Tras aprovisionarse de agua y víveres, se pusieron a las órdenes del contralmirante de la Roncière.
Los soldados franceses partieron de la Ciudad de México el 5 de febrero. El mariscal Bazaine se colocó, por la mañana, al frente de las tropas francesas, concentradas con equipo de marcha en una de las plazas principales, y atravesó la capital en medio de una inmensa multitud. Ningún incidente marcó la partida de las tropas, que acamparon a 5 kilómetros de la ciudad, tras La Piedad. Al día siguiente, el mariscal, tras ordenar la evacuación de los últimos puntos que permanecían bajo la custodia de los puestos por precaución, abandonó el campamento de La Piedad.
El paso del ejército no dio lugar a ninguna manifestación hostil. El mariscal llegó a Puebla el 10 de febrero con la retaguardia, y a Orizaba el 16.
El 6 de marzo, las tropas se encontraban en Veracruz, listas para embarcar. Debían abandonar el puerto el día 8, pero un fuerte viento del norte retrasó su salida 48 horas. El mariscal Bazaine partió el día 12 de marzo a bordo del Souverain. El 16, el contralmirante de la Roncière envió el siguiente despacho al ministro de Marina: «Evacuación totalmente concluida sin ningún incidente. Nadie se ha quedado atrás. El mariscal Bazaine partió el día 12. Yo parto hoy con todos los buques, retenidos durante dos días por un fuerte viento del norte. El Phlégeton permanece aquí destacado. Estado de salud bueno. Reina el orden en la ciudad. No hay noticias de México».
En lo referente a la cuestión financiera, se había firmado un nuevo convenio en México el 22 de febrero. Los agentes franceses habían hecho entrega de la administración de las aduanas al emperador Maximiliano el 12 de marzo, bajo la condición de abonar a finales de cada mes, en manos del cónsul de Francia, la suma de 150.000 piastras o 250.000 francos. Dicha suma se pagó por primera vez el 2 de abril y fue depositada por las autoridades consulares a bordo de la corbeta Le Phlégeton, que permanecía frente a Veracruz.
Batalla de la hacienda del Sauz de Armenta (26 de enero de 1867)
En el Bajío ocurrieron sucesos de suma gravedad. El 28 de diciembre había salido el general imperialista Miguel Miramón de la ciudad de México al frente de 400 hombres de las tres armas, que le servirían de núcleo para formar el ejército con que pensaba abrir la campaña en el interior; pero las noticias que recibió en el camino fueron bastante desfavorables a los planes que había concebido. Perdida la ciudad de Guadalajara, Gutiérrez se encontraba en León con una escasa fuerza; a esto había que agregar la pérdida de San Luis Potosí, ocupada ya por el ejército del Norte. En virtud de una combinación formada en Querétaro, Severo del Castillo, con cerca de 2.000 hombres, se movió en dirección de San Luis, objetivo de la campaña, a la vez que Miramón marchó a reunirse con Gutiérrez.
Pocos fueron los recursos que pudo reunir a su paso por Guanajuato; sin embargo, una vez en León, organizó una división de 1.500 hombres, y el 20 de enero se dirigió rápidamente a Zacatecas, con intención de sorprender la guarnición republicana que allí se encontraba.
La operación se realizó con éxito. Sin dificultad ocupó Aguascalientes, y el 27 de enero, tras una marcha rápida, apareció a las puertas de Zacatecas y, después de un breve combate, entró en la ciudad, de donde apenas tuvieron tiempo de escapar el presidente y sus ministros, que el 22 de enero habían llegado para establecer allí su gobierno.
Miramón creía que en aquellos momentos se encontraría Castillo al frente de San Luis, y empezó a tomar algunas disposiciones para dirigirse a aquella plaza; pero un suceso desgraciado había hecho abortar la combinación. El general imperialista Francisco Liceaga, encargado del mando en Guanajuato, había salido con intención de batir a Florencio Antillón, que estaba en Silao; al aproximarse el enemigo en la tarde del 25 de enero, el jefe republicano, no se consideró con fuerzas suficientes, se retiró a la hacienda del Sauz de Armenta, distante 25 km de la población, y envió un aviso al coronel Rincón para que se le incorporase con la tropa que tenía. Verificada la reunión en la misma noche, se movió Antillón el día siguiente sobre Silao en busca de Liceaga; pero éste a su vez esquivó el encuentro y retrocedió hacia Guanajuato. Entonces el jefe republicano le siguió de cerca, obligándole a batirse, lo que dio por resultado la completa derrota de las fuerzas imperialistas.
Débil fue la resistencia que la guarnición de Guanajuato opuso enseguida al jefe vencedor. Antillón ocupó la ciudad apoderándose de 22 piezas de artillería, de gran cantidad de armas y municiones y de más de 300 prisioneros. Liceaga se replegó a Querétaro con la poca tropa que pudo salvar. Este hecho de armas fue en extremo perjudicial para Castillo, quien privó de los recursos que debían enviarse de Guanajuato.
El triunfo en la hacienda del Sauz de Armenta facilitó la desarticulación del control imperialista en el Bajío. Esto allanó el camino para el establecimiento de la República en el estado de Guanajuato y la posterior pacificación general de la entidad federativa a manos del general Sóstenes Rocha.
Batalla de Villa de Álvarez (29 de enero de 1867)
Las fuerzas republicanas al mando del general Julio García, el coronel Filomeno Bravo y el mayor Miguel García Topete con unos 700 soldados y 100 reservistas, se enfrentaron al BI-VI imperialista de 400 efectivos al mando del general Felipe N. Chacón. Los imperialistas fueron derrotados totalmente, cuando se dirigían por los callejones en dirección a la “Cruz Gorda”, por lo que no pudieron maniobrar, perdiendo armas, equipo y una pieza rayada.
Batalla de San Jacinto (1 de febrero de 1867)
En enero, las tropas francesas habían desocupado Jalisco, Zacatecas, San Luis Potosí, Guanajuato y parte de Hidalgo. Juárez, para estimular a los combatientes, se acercó lo más posible a la vanguardia; al efecto había salido de Durango y el 22 de enero, instalado su gobierno en Zacatecas.
El general imperialista Miguel Miramón tenía la intención de aprehender a Juárez y a sus ministros. Comisionó a su hermano, Joaquín, para que capturara a Juárez y el 27 de enero atacó Zacatecas con tanta energía que logró llegar al centro de esa población. Juárez y su gabinete se salvaron porque mandaron el carruaje del presidente hacia una dirección y ellos, como jinetes, fueron hacia otra; Joaquín Miramón persiguió el carruaje.
Miramón, siguiendo su audaz plan, tomó Zacatecas y ordenó a Severo del Castillo que desde el Bajío se moviera hacia San Luis Potosí para frenar el movimiento del general republicano Mariano Escobedo.
El general republicano Mariano Escobedo, que se encontraba en San Luis Potosí, había hecho salir anticipadamente rumbo a Zacatecas al general Jerónimo Treviño, jefe de la DI-1, con 2.500 hombres de las tres armas, a fin de apoyar al gobierno constitucional, y a la vez mandó situar en Mezquitic una sección del cuartel general, compuesta de 1.000 hombres, al mando del general Francisco Arce, con objeto de acudir en auxilio de Treviño o bien de la plaza de San Luis, según los movimientos que siguieran los imperialistas.
Al enterarse Escobedo de la toma de Zacatecas por las tropas de Miramón y la casi captura de Benito Juárez, decidió avanzar con dirección a Zacatecas y atacar a Miramón. Escobedo unió las fuerzas con las que contaba en Mexquitic y las del general Jerónimo Treviño y se puso al frente de ellas para combatir en la batalla. Al ser informado Miramón de la proximidad de Escobedo, decidió evacuar Zacatecas el 31 de enero y huir con dirección al centro, sin presentar batalla.
El general Mariano Escobedo logró cerrar la huida de los imperialistas en la hacienda de San Jacinto el 1 de febrero de 1867. La batalla comenzó en un principio en la hacienda de Ledesma hasta que finalmente se desarrolló en la hacienda de San Jacinto. Escobedo se enfocó en fortalecer su centro con fusiles y artillería, mientras que Miramón confió en la caballería europea para frenar a los republicanos. Los jinetes imperialistas cargaron al frente de los Gendarmes de la Emperatriz, pero fueron detenidos por el fuego republicano producido por los nuevos rifles americanos de 16 tiros. Al verlos fracasar, Escobedo ordenó una carga general contra el enemigo por la retaguardia y por ambos flancos. La carga de los cazadores de Galeana sobrepasó las defensas de los imperialistas, que a duras penas lograron disparar sus cañones para emprender la retirada desordenada. Miramón intentó reorganizar a sus hombres, pero fracasó.
Esta fue una derrota total para el imperio, pues perdieron unos 100 muertos, 800 prisioneros, de los cuales 139 eran franceses.
Joaquín Miramón (hermano del general) fue herido y hecho prisionero y posteriormente fusilado. Como castigo por los ultrajes cometidos en Zacatecas, alrededor de 103 gendarmes y mercenarios franceses al servicio del imperio fueron fusilados en el lugar.
Miramón logró reunirse con Castillo en Ojuelos, pero no siendo ya posible marchar a San Luis, emprendieron ambos su retirada a Querétaro, hostigados por las fuerzas que con anticipación había colocado Escobedo para que vigilasen los movimientos de Castillo. El general Anacleto Herrera y Cairo, encargado del mando de las fuerzas republicanas por enfermedad del general León Guzmán, desplegó una gran actividad con el propósito de alcanzar y batir a los imperialistas antes de que lograran llegar al punto que se proponían. Castillo era un militar experimentado y, al llegar a la hacienda de la Quemada, escogió un terreno ventajoso y aguardó el ataque. El 4 de febrero, Herrera y Cairo, cediendo a su impaciencia, se arrojó a combatir personalmente al enemigo en las posiciones que ocupaba, y ese arrojo le costó la vida, siendo una victoria a favor de los imperialistas. Pocas horas después llegó Escobedo, sin poder ya dar alcance a Castillo y batirlo con todas las fuerzas reunidas, lo que habría dado como consecuencia inmediata la ocupación de Querétaro, donde no podía sostenerse la escasa guarnición que mandaba el general Mejía.
Toma de Colima (2 de febrero de 1867)
De gran importancia fue la ocupación de Colima, capital del estado del mismo nombre, y por lo mismo encargó el general Ramón Corona a Ricardo Palacio que fuese acompañado de su hijo, el coronel Adolfo, con objeto de ver si por las relaciones que tenían en aquel Estado se podía economizar la sangre y obtener una capitulación. Pocos días después, el coronel Palacio comunicó al cuartel general que era imposible todo avenimiento con los imperialistas; entonces Corona resolvió ir en persona con parte de sus fuerzas, y al mismo tiempo ordenó al general Manuel Márquez que, con las brigadas II y III de Jalisco, III de Sinaloa, una batería de montaña y una sección de caballería, marchara sobre la Barca, advirtiéndole que tan pronto como ocupara esa ciudad, continuara a Michoacán, procurando actuar en combinación con las fuerzas del general Regules, informado ya del movimiento.
Márquez salió de Guadalajara el 24 de enero, y el 25 salió Corona en dirección de Colima. El 31 se le incorporó en los Alcaraces, a 35 km de la ciudad, el general Guadarrama, y el 1 de febrero se aproximó a la plaza. Chacón manifestó una buena disposición para negociar; se nombraron comisionados de una y otra parte, y quedó arreglado que el día siguiente ocuparían la plaza las tropas republicanas. En la capitulación se había establecido que el jefe imperialista escogería 300 hombres de tropa y todos los jefes y oficiales de su división, con los cuales saldría rumbo al interior, sin ser hostigados por los republicanos, comprometiéndose a entregar las armas de los 300 hombres, en caso de confirmarse la noticia de la derrota de Miramón; pero al desfilar en columna frente a la guardia que ocupaba el fortín de salida, se amotinaron los soldados al grito de «¡viva la República!» negándose a salir, resultando en el desorden 4 muertos de entre ellos, y el subteniente Juan N. Suro, perteneciente al Estado Mayor de Corona, que había acudido a establecer el orden. El general en jefe nombró gobernador de Colima a Ramón R. de la Vega, distribuyendo los demás empleos de categoría y responsabilidad entre las personas más aptas y que de más crédito gozaban.
Toma de Zamora (4 de febrero de 1867)
A la vez que volvía Colima al régimen republicano, el general Manuel Márquez tomaba, tras un sangriento combate, la ciudad de Zamora. Dicho jefe, en combinación con el general Régules, puso principio al sitio de la plaza en la tarde del 3 de febrero. El coronel imperialista Juan Berna se defendió valientemente rechazando varios ataques; pero convencido al fin de la inutilidad de su resistencia, abandonó Zamora en la madrugada del día 4, ocupándola en consecuencia Márquez con sus tropas. El 8 de febrero salió Corona de Colima, y en Zapotlán alcanzó a sus fuerzas que iban en dirección de Zamora; dio sus instrucciones a los jefes y se dirigió a Guadalajara con una pequeña escolta.
Allí arregló la maestranza para que se prosiguiera con toda actividad la elaboración de parque. De las municiones que existían, remitió una parte considerable a Márquez, a quien envió además el despacho de general de brigada efectivo, que en premio de su valor y buenos servicios acababa de extenderle el presidente de la República.
Reunión de fuerzas republicanas en torno a la capital
Las fuerzas republicanas avanzaban por todos lados, aislando enteramente las ciudades en que se habían concentrado los imperialistas, y no dejando a retaguardia ningún enemigo que inquietase sus movimientos.
El 20 de febrero, Corona con el CE de Occidente llegó a Morelia, ocupada por Régules a la salida de Méndez. Allí recibió por extraordinario una comunicación de Escobedo, fechada el día 21 en Dolores Hidalgo, en la cual le pedía su itinerario, y le suplicaba que a toda costa forzara sus marchas, porque la situación era apremiante. Encargado del mando en jefe de los CEs del Centro y de Occidente, salió el general Corona el 25 de febrero rumbo a Querétaro; en el camino recibió un parte de Riva Palacio diciéndole que tenía sobre la Ciudad de México 2.000 caballos, y que sólo esperaba equipar sus infanterías para moverse de Toluca y emprender sus operaciones sobre la capital.
El 26 de febrero, avisó Escobedo su llegada a Guanajuato; el día 27 entró Corona en Celaya, donde se le reunieron las caballerías de los coroneles Franco y Bermúdez, y 3.000 infantes con 10 piezas, al mando del general Silvestre Aranda, con lo cual se formó un total de 10.000 hombres. En Chamacuero se reunieron Corona y Escobedo para acordar el plan de campaña.

Bloqueo de Ciudad de México
El 4 de marzo el general Corona se movió de Celaya con sus fuerzas, yendo a acampar a la salida de Apaseo. El 6 de marzo al amanecer, se adelantaron dichas fuerzas a la hacienda de la Calera, avanzando la caballería a la Estancia de las Vacas y hacienda del Castillo. En la mañana del día 8, todo el ejército, al mando de Corona, se movió sobre Querétaro; instaló el cuartel general en la hacienda de San Juanico, las caballerías de Franco y Bermúdez ocuparon la garita de Celaya y, reforzada la extrema derecha, se comunicó la extrema izquierda con la derecha del ejército del Norte, formándose una línea de tiradores a caballo, que se puso de observación en el cerro de las Campanas. El 9 de marzo, quedó definitivamente establecida la línea.
El mismo 4 de marzo, se dio orden para que todo el ejército imperial estuviese listo para salir sin llevar bagajes; esto hizo creer que se iba a emprender la marcha al encuentro de los republicanos. El día 6, las tropas imperialistas aparecieron formadas en batalla, aguardando de un momento a otro la orden de marcha; así permanecieron, sin embargo, hasta el 9, en que Maximiliano celebró una junta de guerra compuesta por Márquez, Miramón, Castillo, Mejía, Méndez, Escobar, Vidaurri y Ramírez Arellano, con el fin de acordar lo que mejor conviniera. En dicha junta, Miramón censuró duramente a Márquez, diciendo que se había cometido una falta notable en haber dejado que las fuerzas republicanas se concentrasen alrededor de la ciudad.
El 10 de marzo, Escobedo y Corona, después de una conferencia, recorrieron el campo republicano y las posiciones imperialistas. El día 11, Escobedo pasó revista al ejército de operaciones, dando a reconocer como segundo en jefe al general Corona. Las fuerzas se componían de los 2 CEs denominados del Norte y de Occidente. Mandado el primero por el general Treviño, se componía de dos divisiones de infantería a las órdenes de los generales Rocha y Arce, y de una de caballería al mando del general Aguirre. A la cabeza del CE de Occidente quedó el general Corona, y se formaba de la DI de Jalisco, cuyo jefe era el general Manuel Márquez; la DI de Sinaloa, a las órdenes del general Félix Vega; la DI de Michoacán, a las del general Nicolás Régules; y la DI-3 del CE del Norte, al mando del general Silvestre Aranda; además, se formó una DC, de la cual fue nombrado jefe el general Amado Guadarrama.
En virtud de las disposiciones dictadas por el general Escobedo, la ciudad se vio amagada la tarde del 11 de marzo en el lado este por la artillería, la columna del general Rocha y las fuerzas de los generales Carbajal y Rivera. Posesionado Corona desde la Cuesta China, el día 12 extendió su línea por la derecha sobre el cerro hasta la garita del Molino de Hércules; situó su cuartel general y la DI de Jalisco sobre el principio del acueducto de Querétaro, extendiéndose con sus fuerzas Rocha y Régules desde aquel punto hasta la carretera de la Cuesta China. Al notar aquel movimiento, Maximiliano trasladó su cuartel general del cerro de las Campanas al convento de la Cruz.
Dispuesto por Escobedo un reconocimiento de la plaza, el 14 de marzo a las 10:00 de la mañana se dio la señal de ataque. Rocha, al frente de una columna, penetró hasta San Francisquito; los batallones de Michoacán, a las órdenes de los generales Canto y Merino, ocuparon el Panteón, de donde desalojaron a los imperialistas, y Neri se posesionó del jardín de la Cruz, que con el Panteón formaba la extrema derecha de la línea imperial.
Entretanto, Mejía, a la cabeza de un cuerpo de lanceros, arrollaba la caballería republicana situada al suroeste de la ciudad y se trababa un reñido combate en los cerros de San Pablo y San Gregorio, logrando apoderarse de San Gregorio el general Antillón, que colocó una batería cerca del puente de San Sebastián. Ocho horas duró aquel sangriento combate, en que, si bien los sitiadores obtuvieron notables ventajas, apoderándose de varios puntos importantes, sufrieron en cambio pérdidas de consideración, y los imperialistas, por su parte, alcanzaron señalados triunfos, como la carga dada por Mejía; la recuperación de la línea del río por Miramón; el acto atrevido por el cual el príncipe de Salm Salm quitó una pieza de artillería, hiriendo gravemente al jefe republicano Prisciliano Sandoval, y la valiente defensa del convento de la Cruz.
El 15 y el 16 de marzo se pasaron sin más novedad que el haber impedido el general Rivera, en el día 15, la entrada en Querétaro de las fuerzas que conducía de la Sierra, jefe imperialista Olvera. En la madrugada del día 17, Miramón se movió con objeto de atacar los cerros de San Pablo y San Gregorio; pero amenazando Corona al mismo tiempo el fuerte de la Cruz, no pudo acudir Méndez en su apoyo, y Maximiliano, que observaba la operación desde el cerro de las Campanas, ordenó a Miramón que se replegase a la plaza. El jefe imperialista, que vio en esa orden una intriga de Márquez, envainó furioso la espada, arrojó al suelo el sombrero y, encontrando en la calle a Vidaurri, le dijo «que hiciera saber al Emperador que no contase con él para ningún proyecto de ataque ni para ningún consejo de guerra: que obedecería todas las órdenes que diese, y nada más.»
Situación en Querétaro
El entusiasmo de los imperialistas por las ventajas alcanzadas en la jornada del 14 de marzo, dio lugar a la reflexión, pues la verdad era que los republicanos continuaban las operaciones del sitio, contando con los recursos del país entero, mientras que la plaza de Querétaro, donde el emperador había llegado el 21 de febrero, veía disminuir rápidamente sus municiones sin que llegasen los auxilios tantas veces pedidos a la capital. En vista de esta situación, Maximiliano trató de conocer el mismo 17 de marzo la opinión de algunos de sus jefes. Márquez fue del parecer de que debía romperse el sitio por el camino de Celaya; apoderarse violentamente de la Estancia de las Vacas; aguardar allí el ataque republicano, cuya derrota consideraba segura; en caso de que no atacara, continuar a Celaya haciendo creer que se dirigía a Guanajuato; tomar luego el camino de Acámbaro, fingiendo que iba a Morelia, y seguir luego por Maravatío e Ixtlahuaca para llegar a Toluca.
Antes se habría dado orden a la guarnición de México para que saliese a su encuentro, posesionándose del Monte de las Cruces, y a la de Puebla para que se replegase a la capital; de esta manera podría reunirse en pocos días un total de 20.000 efectivos y 100 piezas de artillería con los que se daría una batalla campal, cuyo buen éxito era seguro, terminando así la cuestión, añadía «de una manera tan completa que quedáramos dueños enteramente de todo el país, puesto que así como yo hubiera reunido todos mis elementos, también el enemigo habría reunido los suyos; de consiguiente, al ser derrotado, quedaría sin ninguno.»

Se adhirieron sucesivamente a ese plan, cuyo único defecto era el de ser irrealizable, Méndez, Miramón, Castillo y Vidaurri, modificando este último la idea con que en vez de México se emprendiese la marcha a Monterrey, en donde ofrecía todo lo necesario para el triunfo de la causa imperialista. Mejía, por su parte, se opuso resueltamente a un proyecto que con razón juzgaba impracticable, «porque apenas el ejército imperialista hubiese salido de la ciudad, las numerosas fuerzas republicanas que sitiaban la plaza, cargarían por todas partes sobre él, haciéndolo pedazos sin darle ni aun tiempo para formarse en batalla.» En cambio, ofrecía al emperador llevarle con toda seguridad hasta la capital por la sierra, abandonando en Querétaro los cañones, carros, equipajes y cuanto no era posible llevar por lo escabroso del camino.
Al oír semejante proposición, Maximiliano exclamó tristemente dirigiéndose a Márquez: «Es la primera campaña que hago en este país, y me da vergüenza volver a México, habiendo perdido mi artillería y mis trenes.» Quedó, pues, aceptado el plan propuesto por Márquez, y se dieron las órdenes respectivas para efectuar la salida en la noche del día siguiente.
Entretanto, Ramírez Arellano, comprendiendo la imposibilidad de efectuar ese movimiento sin correr a una derrota segura, trató de disuadir tanto al emperador como a Miramón; este último se convenció con las razones que se le daban, y el emperador, sin saber ya a qué atenerse, mandó decir a los jefes superiores que se suspendía la salida, y citó una junta de guerra para que se discutiera un asunto de tanta importancia. La junta se celebró la tarde del 20 de marzo, asistiendo a ella Márquez, Miramón, Mejía, Méndez, Vidaurri, Castillo y Ramírez Arellano. El emperador manifestó entonces que se le habían presentado 5 opiniones distintas, y que, no habiéndose fijado en ninguna de ellas, quería que se discutieran con entera libertad, para lo cual se separaba de la junta, ofreciendo someterse a lo que aceptara la mayoría. El consejo de guerra se instaló luego bajo la presidencia de Miramón, haciendo de secretario Ramírez Arellano.
Tras una larga discusión en que prevaleció la idea de continuar la defensa de Querétaro, y estando ya presente Maximiliano, se acordó despejar el flanco izquierdo del cerro de las Campanas; poner en movimiento, sobre la retaguardia de los sitiadores, todas las guerrillas; llegar a una determinación sobre si debían traerse refuerzos de México, y arreglar un medio sencillo propuesto por el jefe del Estado Mayor para contar oportunamente con el diario, en dinero, de toda la fuerza armada.
Resuelta la permanencia en Querétaro, había que proveer los medios para sostener la plaza, es decir, proporcionarse tropas y dinero en suficiente cantidad para hacer la defensa con buen éxito.
Toma de Puebla (2 de abril de 1867)
El general Porfirio Díaz amenazaba con tomar Puebla, pues con sus constantes victorias ya tenía sitiada la ciudad desde el 9 de marzo de 1867. Díaz montó su cuartel general sobre el cerro de San Juan, en el mismo lugar donde cuatro años atrás el mariscal Élie-Frédéric Forey, entonces comandante de las tropas francesas, había establecido el suyo. La situación distaba de ser favorable para el futuro presidente de México, quien con 6.000 hombres y sin los materiales de asedio suficientes para poder efectuar un sitio de larga duración, tenía que enfrentarse a una guarnición que disponía de un número similar de fuerzas que los superaban en cantidad y calidad de artillería, además de que contaban con los fuertes de Loreto y Guadalupe, aquellos que en 1862 permitieron causar tanto daño a los franceses.
Por otra parte, los generales republicanos Mariano Escobedo y Ramón Corona se habían reunido para sitiar Querétaro, por lo que el general imperialista Leonardo Márquez, el carnicero de Tacubaya, acudió en auxilio de la plaza; al escuchar los planes de Porfirio Díaz, se dirigió a este lugar. Díaz, por su parte, incorporó a sus tropas civiles que estaban a las afueras de Puebla y bloqueó las principales vías de comunicación a la ciudad.
El avance de las tropas de Leonardo Márquez inquietó a Díaz, por lo que convocó a una junta de generales. Tenían tres opciones y todas implicaban un gran riesgo: la primera opción era levantar el asedio a Puebla y retirarse para reorganizar el resto de su ejército, evitando así quedar atrapado por las fuerzas de Leonardo Márquez y procurar evitar en otro punto que estas tropas imperialistas combinadas reforzaran Querétaro; otra era salir al encuentro de Márquez antes de que llegara a Puebla, con el riesgo de que los defensores de esta ciudad lo atacaran por la retaguardia; y la última podía ser solo forzar el asalto a Puebla, apostando por minar la resistencia antes de la llegada de Márquez. Decidieron tomar Puebla y después cerrar el paso a Leonardo Márquez, evitando así su llegada a Querétaro.
La ciudad de Puebla estaba defendida por el general Manuel María Noriega, que disponía de unos 6.000 efectivos con 18 piezas de artillería.
Díaz ordenó que fueran tomadas una a una las calles de la periferia, luchando casa por casa, en un asalto mandado por el general Manuel González, quien recibió una bala de rifle que le destrozó el codo derecho, por lo que tuvieron que amputarle el brazo.
Durante el ataque, el propio Porfirio estuvo a punto de morir cuando el techo de una casa en la que combatía se desplomó sobre él, dejándolo enterrado de la cintura para abajo, mientras los soldados enemigos se acercaban a las ventanas para dispararle. Sus subalternos lograron sacarlo aunque perdió sus botas entre los escombros, y así, descalzo, montó su caballo y continuó en la batalla.


La batalla se realizó principalmente sobre el convento del Carmen, que era el lugar más sólido de las tropas imperiales, pues era ese el lugar donde se encontraba la mayor parte de los efectivos sitiados. Durante la madrugada del 2 de abril, los soldados mexicanos se colocaron en sus puestos sigilosamente en los lugares acordados. Siendo las 02:00 de la mañana, los generales Ignacio Figueroa y Eutimio Pinzón Martínez comenzaron el ataque al convento del Carmen, con el propósito de alejar a los soldados imperialistas de aquellos sitios por los cuales atacarían las columnas, mientras que el resto de los soldados permaneció en sus puestos hasta la orden de asalto general de Díaz a las 03:30, ingresando las 14 columnas al ataque.
La caballería republicana realizó una carga, a todo galope sobre el enemigo bien atrincherado y pertrechado; no obstante, cruzaron las líneas de defensa enemigas y llegaron hasta el centro de la ciudad, hasta las puertas de la Catedral de Puebla. Al mediodía, la plaza estaba completamente ocupada; y Díaz, comunicó el feliz resultado al ministro de Guerra.


La batalla costó la muerte de un jefe, 6 oficiales y 246 soldados, capturando el armamento imperialista y a 2.000 prisioneros. Carlos Pacheco Villalobos perdió una pierna y un brazo en esta batalla y Manuel del Refugio González Flores perdió el brazo derecho. Todos los oficiales imperialistas fueron fusilados.
Las tropas imperiales se replegaron hacia los fuertes de Loreto y Guadalupe, donde esperaban refuerzos de Leonardo Márquez, mientras intentaban bombardear las posiciones republicanas. Ante este intento de contraofensiva, el general Porfirio Díaz ordenó cortar la comunicación entre los fuertes, mientras preparaba el asalto, aprovechando las municiones capturadas.
En la madrugada del 4 de abril, Díaz recibió a oficiales imperiales de ambos fuertes, quienes buscaban negociar las condiciones de su rendición. Sin embargo, fueron presionados a aceptar una capitulación incondicional, la cual se completó a las ocho de la mañana, cuando las tropas imperiales fueron tomadas prisioneras. Esa misma tarde se indultó a los prisioneros capturados durante toda la campaña de Puebla, lo que causó alegría en los imperialistas, que ya habían mandado a llamar a sus confesores.
El general Márquez había salido de la Ciudad de México en la mañana del 30 de marzo con una fuerza de más de 3.000 efectivos, dos brigadas de caballería con unos 1.100 efectivos y 17 piezas de artillería, llevando de segundo en jefe a Miguel Andrade y de comandante de artillería a Mauricio Graf. Emprendió su marcha por el camino de Apan, llegando la noche del 30 la primera brigada a Tulpetlac y las demás tropas a San Cristóbal Ecatepec.
El 31 se pasó la jornada en Otumba; el 1 de abril en la hacienda de San Lorenzo, y el día 2 en la hacienda de Soltepec. Allí tuvo el lugarteniente la noticia de que las tropas republicanas habían tomado la ciudad de Puebla y que la guarnición imperialista se había retirado a los fuertes de Loreto y Guadalupe.
El 4 de abril, Márquez se enteró de que los fuertes se habían rendido y que el general Díaz iba tras él. Márquez decidió huir a la Ciudad de México, pero por Calpulalpan y Texcoco. Ese mismo día, Porfirio Díaz dio la orden terminante al coronel Jesús Lalanne para que con su fuerza de 1.000 hombres detuviera la precipitada fuga de Márquez a toda costa.
Márquez avanzó un poco y al día siguiente llega a la hacienda de San Diego Notario. Allí se enfrentó con una avanzada del Ejército Republicano. El día 6 ocurren los primeros enfrentamientos formales y por la noche Márquez huyó.
El día 8 de abril, el coronel Lalanne atacó en los alrededores de San Nicolás el Grande, hacienda al oriente de Calpulalpan, a las fuerzas de Márquez, siendo derrotado y sufriendo numerosas bajas, pero cumplió con su misión de retardar la marcha de los imperialistas. El general Porfirio Díaz le dio alcance en la Hacienda de San Lorenzo. Al día siguiente hubo otro enfrentamiento contra un destacamento húngaro que fue aniquilado, pero que causó desórdenes en las fuerzas republicanas, lo que aprovechó Márquez para continuar huyendo. El general Díaz entonces ordenó destruir el puente de San Cristóbal para evitar la fuga del enemigo.
Sin embargo, no fue destruido, pero sí gravemente dañado; de las vigas solo quedaban 3. Así que, al día siguiente, 10 de abril, Márquez ordenó repararlo, pero imprudentemente hicieron pasar un carro de instrumentos de zapa y quedó atascado. Entonces, se dio la orden de arrojar la artillería a la barranca para que no fuera capturada por los republicanos.
La persecución continuó por ese día y en la hacienda La Blanca, en San Joaquín Capango (en la jurisdicción de Texcoco), Márquez se hizo fuerte. La batalla se extendió a los terrenos del rancho El Batán y los de la comunidad de La Resurrección. El coronel Mucio Maldonado, que fue muerto al tomar al enemigo las últimas dos piezas de montaña que le quedaban, sus reservas de pólvora y sus proyectiles. En consecuencia, hubo una gran explosión, y los soldados fueron arrojados al suelo y los caballos tiraron a sus jinetes para correr hacia las montañas.
Márquez decidió entonces abandonar a su ejército y huyó hacia la Ciudad de México cruzando apresuradamente la ciudad de Texcoco. Lo persiguió en esta fuga el general Leyva, pero no le da alcance.
El 12 de abril, mientras el general Porfirio Díaz acampaba en Texcoco esperando y reorganizando a sus tropas, Márquez llegó derrotado a la Ciudad de México con tan solo unos 1.000 efectivos, sin artillería ni municiones.
Tras la caída de la Ciudad de México, Márquez estuvo escondido por varios meses en una cripta del panteón de Santa Paula (hoy desaparecido); disfrazado de arriero, huyó hacia el puerto de Veracruz y de allí a La Habana, Cuba. Este personaje fue expresamente excluido de la amnistía nacional de 1870 con orden de ser capturado vivo o muerto.