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Persecución de Juárez
El 26 de mayo de 1865, los yanquis del norte de Estados Unidos aplastaron finalmente la resistencia de los sureños, a quienes Napoleón III tanto anhelaba ver ganar la guerra. A partir de entonces, la presión de Washington sobre el Emperador para que retirara sus tropas de México se hizo cada vez más insistente.
Conforme a la ley orgánica del ejército mexicano, se hicieron en el territorio del imperio ocho departamentos militares, conviniéndose, además, en que para dar mayor unidad a las operaciones se establecerían dos grandes mandos. Uno de ellos tendría su asiento en San Luis de Potosí, y se formaría de los departamentos militares 3 y 5, comprendiendo los estados de San Luis, Tamaulipas, Nuevo León y Coahuila, poniéndose a su cabeza el general Douay, jefe de la DI-2, que había vuelto al país. El segundo departamento, confiado al general Castagny, jefe de la DI-1, residiría en Durango y comprendería los estados de Zacatecas, Durango, Chihuahua, Sonora y Sinaloa. Estas medidas eran dictadas en la previsión de que estallase la guerra, pues el esfuerzo de los americanos se dirigiría sobre la línea de San Luis, en cuyo caso Castagny, que había marchado de Mazatlán encargándose de su nuevo mando el 1 de julio, debería replegarse a Zacatecas y después a Querétaro, posición central y ventajosa para la concentración del ejército.
Se tomaron medidas precautorias en el camino de Veracruz a México; se levantaron fortificaciones en varios puntos y se prepararon los medios de mover prontamente las guarniciones de Guaymas y de Mazatlán. El emperador había deseado que, fuera de los dos grandes mandos referidos, se constituyese otro en el Sur, comprendido Michoacán, a las órdenes de un general francés. Pero Heriller, a quien se ofreció este encargo, no creyó posible aceptarlo sin un número suficiente de tropas francesas, y el mariscal no estaba dispuesto a hacer operar sus fuerzas en una dirección que las alejase de las líneas estratégicas del Norte. Estas medidas militares, cuya eficacia en la hipótesis de un rompimiento con los Estados Unidos, no bastaba para resolver el problema. Era preciso hacer desaparecer a toda costa a Benito Juárez, creyendo que de esta manera acabaría toda dificultad para que el gabinete de Washington reconociese el gobierno del archiduque. Con tal objeto había dispuesto el mariscal, desde el mes de mayo, que Brincourt se preparase para marchar sobre Chihuahua, a fin de lograr capturar a Juárez y obligarle a abandonar el territorio mexicano en octubre, coincidiendo su salida con la reunión del Congreso americano.
Tomadas todas las disposiciones para que la marcha se efectuase rápidamente por el camino más corto, Brincourt se movió el 1 de julio. Tenía a sus órdenes tres batallones, dos escuadrones de cazadores de África y cuatro secciones de artillería, formando un total de 2.500 hombres. El 8 de julio, atravesó, no sin gran trabajo, el río Nazas, en el vado del Torreón; el 22 llegó la columna a Río Florido y el día siguiente a Allende, de donde se envió un destacamento al Parral para proveerse de dinero. El general Ruiz, que se hallaba en este último punto, se replegó a Santa Rosalía; pero al verse seguido por las tropas francesas, continuó hacia Chihuahua, mientras que Aguirre, con cerca de 700 hombres, tomaba rumbo al desierto. Brincourt tuvo que permanecer 8 días en las Garzas, a causa de la crecida del río Conchos, al mismo tiempo que Ruiz hacía alto en Santa Cruz de Rosales, detenido por el río de San Pedro; pero al saber que el enemigo comenzaba a pasar, mandó clavar sus piezas, arrojar al agua sus municiones, romper sus afustes y cruzó el San Pedro a nado con una parte de sus tropas, a la vez que Villagrán, con un batallón de 500 hombres y 4 piezas de montaña, se separaba, remontando al oeste hacia la Sierra.
La proximidad de los franceses obligó a salir de Chihuahua al presidente de la República, el 5 de agosto, rumbo al Paso del Norte, acompañado de los ministros de Relaciones y Gobernación, de Justicia y de Hacienda; antes se había separado el ministro de la Guerra, el general Negrete. Quedó en Chihuahua el general Ojinaga, que acababa de ser nombrado gobernador, dejándole todas las fuerzas disponibles, pues solo marchó el gobierno con una pequeña escolta, los empleados que le seguían en tan críticas circunstancias y varios jefes y oficiales sueltos. El 9 de agosto llegó Brincourt a Rosales, donde se apoderó de algún material abandonado por los republicanos, y el 15 entró en Chihuahua, habiendo dejado aseguradas sus comunicaciones con destacamentos en Río Florido, Allende, el Parral y Santa Cruz de Rosales.
El pensamiento de Bazaine se había realizado; la expedición había llegado a su destino, pero no se había logrado el objetivo propuesto, no se había capturado a Juárez ni se le había expulsado del territorio.

Batalla de Parral (8 de agosto de 1865)
El general Agustín Villagrán, al llegar al valle de Zaragoza, en el estado de Chihuahua, fue informado de que solo una guarnición francesa se encontraba en Hidalgo de Parral; esta consistía en 66 soldados del RI-95 mandados por el teniente Gabriel Óscar Pyot. La compañía francesa ocupó Parral para obtener una suma considerable de dinero necesaria para las necesidades de la columna. Fueron recibidos con gran hostilidad, lo que provocaría su acuartelamiento en el ayuntamiento y en el edificio de la cárcel, pidiendo apoyo a las fuerzas acantonadas en el Valle. Los habitantes de la ciudad, en cambio, no se quedaron de brazos cruzados, sino que enviaron un aviso a Santa Cruz de Villegas donde se encontraba una fuerza republicana.
Los generales Agustín Villagrán y Pedro Meoqui Mañón, jefes de la brigada de los Supremos Poderes, avanzaron rápidamente a Parral, llegando el 7 de agosto por la noche y atacando a los franceses la madrugada del 8 apoyados con el vecindario.
Los republicanos disponían de 500 infantes, tres cañones de montaña y unos 30 jinetes. Los soldados de Villagrán se dividieron en varios grupos que, con la complicidad de los habitantes, se escabulleron de casa en casa y lograron rodear a la compañía francesa. Villagrán relata los hechos: «Antes de entrar, y bien informado sobre la fuerza del enemigo y los puntos que ocupaban, dispuse, de acuerdo con el ciudadano general Pedro Meoqui Mañon, segundo comandante de esta brigada, dividir nuestra fuerza, de modo que la retaguardia participaría […] desde los cuarteles ocupados por el invasor, tomando posesión de las alturas inmediatas que dominaban dichos cuarteles y atacando a la hora indicada por la señal, rompiendo el fuego de ambas fuerzas, apoyados por tres piezas de artillería de montaña que operarían a la misma señal». Todo lo que dejé expuesto fue bien ejecutado, lo que puso al enemigo en desesperación, y se defendieron tenazmente.
Pyot resistió durante dos horas bajo un fuego muy intenso, disparado casi a quemarropa por hombres bien protegidos. Pronto la posición se volvió insostenible y Pyot se vio obligado a rendirse. Se puso al frente de sus hombres y marchó resueltamente hacia una de las puertas de la ciudad. Logró abrir una brecha cargando contra el enemigo con armas blancas, pero no sin sufrir pérdidas significativas. Pyot luego logró llegar al campo y regresar a Río Florido con 14 de sus hombres. Informado de estos sucesos, el coronel Cousin del RI-95, marchó rápidamente de Allende a Parral, llegando al día siguiente de la batalla y recogiendo a 13 soldados heridos.
Los franceses presentaron las siguientes bajas: 18 hombres muertos (incluido un oficial), 24 prisioneros, 13 heridos y 50 armas capturadas. Los republicanos, por su parte, perdieron al general Pedro Meoqui Mañón, quien era comandante del Batallón Supremos Poderes, al subteniente Magdaleno Suárez, además de 4 soldados y 3 heridos.
Los soldados caídos en combate fueron sepultados en el Panteón de Dolores. Actualmente, la lápida identifica a 16 nombres y no 18 como habría reportado el general Villagrán.
Después de esta batalla, el general Villagra felicitó a los capitanes Antonio Cuéllar y Telesforo Pérez, al subteniente de artillería Eduardo Sierra y al corneta Feliciano Martínez. Inmediatamente ascendió a Cuéllar y Pérez a comandantes de batallón y el corneta Martínez a cabo.
Operaciones en Acapulco
Mientras Brincourt se dirigía a Chihuahua, sucesos de importancia se desarrollaban en el nordeste de la República. No habiendo guarniciones francesas más que en Monterrey y en Matehuala, y no pudiendo Mejía resguardar de un modo eficaz el inmenso territorio que se había puesto bajo sus órdenes, estableció la contraguerrilla en Cadereyta con el fin de mantener la comunicación entre Monterrey y Matamoros, lo cual, sin embargo, no pudo lograrse, pues una fuerza de 800 soldados mexicanos que había salido del puerto escoltando un convoy del comercio, tuvo a su vuelta un combate que le hizo perder 250 hombres, y el resto se vio obligado a retroceder. Cortina aisló completamente Matamoros, de suerte que ninguna mercancía entraba ni salía sin su permiso y sin pagarle antes los derechos, y a él se dirigían los viajeros para obtener pasaportes. Igualmente, se cortaban las comunicaciones con Matehuala, adonde fue necesario enviar un batallón de refuerzo; y columnas ligeras salidas de San Luis y Querétaro hicieron replegar a Tula de Tamaulipas las bandas enemigas que ocupaban los distritos de Santa María del Río y de Río Verde.
El mariscal quiso, no obstante, desalojarlas de aquella posición, dejando a la vez expedito el camino entre San Luis y el mar; a este fin ordenó que marchase rápidamente hacia el interior el BIL de cazadores africanos, que desde el mes de junio había desembarcado en Tampico, combinando su movimiento con las pequeñas columnas que salían de Mateluala, San Luis y Querétaro; pero habiendo conducido dicho batallón, en contra de las órdenes que tenía, sus bagajes a Tancasnequi, se vio en la imposibilidad de moverse por falta de transportes y la abundancia de las lluvias que inundaban los caminos.
Con el mismo objeto, el 19 de julio se había transportado a Tampico el batallón del Regimiento Extranjero que se encontraba en Matamoros; pero aquella tropa, que de 500 hombres había quedado reducida a 257, se encontraba en tal estado de agotamiento, que fue preciso renunciar a su auxilio y se la despachó a Veracruz. Entretanto, un batallón del RI-3 de zuavos, al mando de Deloye, llegó a Tancasnequi el 26 de agosto con los transportes necesarios para proteger la marcha del BIL de cazadores africanos hasta Tula. La columna se movió el día siguiente y, en su tránsito, tuvo que batirse en el Nopal y después en la garganta de Chamal el 9 de setiembre con las guerrillas de Méndez que le disputaron el paso.

Se habían enviado además sobre Escobedo, que expedicionaba entre Linares y Burgos, la contraguerrilla y un batallón del regimiento extranjero. Las medidas mencionadas no habían conseguido dejar libre el camino de San Luis y el 22 de agosto, fuerzas republicanas ocuparon el mineral de Catorce, y el 31 atacaron un convoy francés en Tanque de las Vacas.
El puerto de Acapulco fue de nuevo ocupado el 11 de agosto por 400 mexicanos imperiales, que al mando de Oronoz condujeron del Manzanillo los buques Victoire y Lucifer. La ciudad estaba casi abandonada de sus habitantes; el mariscal mandó hacer algunos reconocimientos en Guerrero, desguarnecido entonces de tropas francesas, y dispuso que se abriera un camino carretero entre Cuernavaca y el Mezcala, en cuyo valle se encontraba la antigua brigada de Vicario al mando de Peña.
Operaciones de los austriacos
Las tropas austro-mexicanas que resguardaban a Oaxaca no habían tenido éxito en sus operaciones. El 14 de agosto entró Figueroa en Tehuacán, donde hizo prisioneros a 20 hombres de un destacamento austríaco que antes había sido batido, y el mismo jefe destruyó después una fuerza de 140 entre austríacos y mexicanos que había salido de Oaxaca. Concluido el armisticio de abril sin haber llegado a ningún arreglo definitivo, las hostilidades comenzaron de nuevo en la Huasteca a principios de julio, contra la voluntad del general en jefe.
El 16 de agosto, después de haber concentrado sus fuerzas en Zacapoaxtía, atacó el general de Thun las posiciones de las cumbres de Apulco, que tomó tras un reñido combate, y construyó un fortín de estacada; pero el 22 los mexicanos lo incendiaron, apoderándose de los 25 hombres que allí habían quedado. Se siguió una serie de encuentros de éxito diferente, aunque sin resultado para la pacificación. Dice M. Niox: «la experiencia demostraba de nuevo, la imposibilidad de someter un país, cuyas montañas, gargantas y barrancas son otras tantas posiciones casi inexpugnables; los austríacos suspendieron sus operaciones y dejaron solamente puestos en Tesuitlán, Zacapoaxtla y Tulancingo.»
Fuga de Porfirio Díaz (20 de septiembre de 1865)
Después de la ocupación de Oaxaca por los franceses, el general Porfirio Díaz fue conducido prisionero a Montoya, después a Acatlán y de ahí fue conducido el 9 de febrero de 1865 a Etla como prisionero de guerra; lo acompañaban los generales Cristóbal Salinas y José María Ballesteros, los coroneles José Ignacio Echegaray y Apolonio Angulo, entre otros. De Etla a Puebla, los prisioneros fueron conducidos por el camino de la mixteca oaxaqueña con el propósito de llegar a la Ciudad de México.
Dice Porfirio Díaz en sus Memorias: «Nuestra situación cambió grandemente en Puebla porque fuimos entregados a fuerzas austríacas, que nos encerraron en tres prisiones distintas, poniendo a los generales, coroneles y tenientes coroneles en la fortaleza de Loreto. Allí nos juntamos con otros prisioneros liberales; entre quienes estaban el general Santiago Tapia y el general Arce, que es ahora gobernador de Guerrero, y permanecimos en ese punto como dos o tres meses.»
«Estando presos en el fuerte de Loreto, nos volvieron a amonestar para que protestáramos no tomar las armas contra la intervención ni el Imperio, y protestaron todos los que estábamos prisioneros, con excepción del general Santiago Tapia, del coronel Miguel Castellanos Sánchez, del capitán de artillería Ramón Reguera y de mí.»
El jefe francés trató con bastante consideración al general Díaz, manifestándole que le otorgaría mayor libertad si en lo particular le daba su palabra de no escaparse, a lo que contestó el prisionero: «Mi palabra dada privadamente me liga tanto como una promesa pública, y yo no puedo renunciar a aprovecharme de algún incidente favorable que pueda presentárseme.» El general francés replicó: «No obstante, usted es caballero y amigo mío, y puede salir de su prisión durante el día volviendo al toque de retreta. Si usted me compromete, tendré que sufrir las consecuencias.»
Díaz consintió únicamente en no intentar nada mientras no regresara el conde de Thun, que había salido a expedicionar por Cuernavaca. En efecto, al volver a Puebla, el general austríaco desaprobó la libertad en que se había dejado al jefe republicano.
«Transcurrido algún tiempo, nos pasaron al convento de Santa Catarina, en donde tenía yo arreglada mi evasión, para lo cual hice una mina en el lugar que quedaba debajo de mi cama. Estuve en la celda por mucho tiempo, acompañado de Benítez y Ballesteros; pero un día fingí un motivo de desagrado con ellos y solicitaron al preboste que les diera otra habitación, y concedido esto, quedé yo solo, como lo deseaba, para poder dedicarme a continuar haciendo la mina que había comenzado».
«Ignoro si fue o no descubierta la mina que yo había hecho, aún cuando procuré cubrirla no tan solo con palos y estacas, sino con algunos atravesaños que puse en forma de huacal, cubriendo todo con ladrillos. Permaneceríamos en Santa Catarina de cuatro a cinco meses, y de ahí nos pasaron al convento de la Compañía».
«Estando en la prisión del convento de La Compañía o Colegio Carolino, había yo pedido permiso para tomar algunos baños, pero se me obligaba a salir con un sargento austríaco, que me seguía como sombra a todas partes, y molestándome esto, no volví a pedir permiso».
«En esos días había quedado con el mando del puesto el barón Juan de Csismandia, teniente de un regimiento de húngaros, pues el jefe nato de la plaza, que era el conde de Thun, había salido a campaña sobre la sierra norte de Puebla».
«El mal éxito que el conde Thun había tenido en su campaña en la sierra de Puebla, lo tenía de mal humor y el mismo día de su arribo a Puebla, ordenó la clausura de nuestras ventanas que dan a la calle, no obstante que tenían fuertes rejas de hierro; aumentó también el servicio de centinelas de día y de noche en el interior de la prisión, prohibiendo que en ninguna hora se apagara la luz en los cuartos y se cerrara la puerta».
«La conducta que siguió conmigo el general Thun me obligó a festinar mi evasión. La había preparado para el 15 de septiembre, día de mi cumpleaños, pero coincidiendo esa fecha con el aniversario de la Independencia, no pude realizar mi propósito en ese día, porque estaban muy iluminadas las calles de Puebla contiguas a mi prisión, en virtud de la festividad cívica que se celebraba esa noche, y aplacé mi resolución para llevarla a cabo el día 20».
«Había yo comprado caballos y monturas, que tenía preparados en una casa tomada con nombre extraño, y en la cual no había más habitante que mi criado, que era de entera confianza, y arrendada por un amigo mío de Puebla, sin dar fianza, como es de costumbre, para no comprometer a nadie; y para evitar la fianza se pagaban mensualidades adelantadas».
«El teniente coronel Guillermo Palomino y el mayor don Juan de la Luz Enríquez, mis únicos confidentes entre mis compañeros de prisión, invitaron a jugar naipes, la noche en que me evadí, a nuestros demás compañeros de prisión, para tenerlos distraídos y juntos, y evitar así que anduvieran por los corredores y pudieran apercibirse de lo que pasaba».
«En la tarde del día 20 había yo añadido y envuelto en forma de esfera tres reatas que me proponía usar en mi evasión, dejándome otra en mi equipaje, y una daga perfectamente aguzada y afilada, como única arma para defenderme de cualquier agresión».
«Luego que pasó el toque de silencio, me fui a un salón destechado y que por esa circunstancia estaba convertido en azotehuela, y en donde la entrada y salida de los prisioneros no llamaba la atención de los centinelas porque había allí inodoros. Me dirigí a ese lugar llevando conmigo las tres reatas envueltas en un lienzo gris, y una vez cerciorado de que no había otra persona en la azotehuela, las arrojé a la azotea, y con la otra reata que me quedaba lancé una canal de piedra, que me pareció muy fuerte, lo que hice con muchas dificultades, porque no podía distinguir la canal, pues no había más luz que la de las estrellas, por ser la noche muy obscura. Después de tirar el lazo sin ver bien y sólo calculando el lugar en que estaba la canal, logré acertar la lazada, y haciendo algunos esfuerzos por cerciorarme de su resistencia, subí por la cuerda a la azotea; quité enseguida la cuerda que me había servido para subir, y recogí las tres que había tirado de antemano».
«Mi marcha por la azotea para la esquina de San Roque, punto señalado para mi descenso, era muy peligrosa, porque en la azotea del templo que dominaba toda la del convento, había un destacamento y un centinela que tenían por objeto cuidarnos por la azotea. La que yo recorría era sinuosa, porque cada una de las celdas, tenía una bóveda semiesférica, lo mismo que los espacios de los corredores comprendidos entre cada arco. Así es que deslizándome entre esas medias esferas y acostado sobre el suelo, caminaba hacia el pide de los centinelas, puesto que tenía que buscar el ángulo del patio antes de cambiar de dirección. La marcha diagonal, que era más corta y más lejana del centinela, no podía ser sino aérea. Tenía muy a menudo que suspender mi marcha y explorar con el tacto el terreno por donde tenía que pasar, porque había sobre las azoteas muchos pequeños pedazos de vidrio que hacían ruido al tocarlos, y porque eran muy frecuentes los relámpagos. Llegué por fin a tocar el muro del templo, y como allí no podía verme el centinela sino inclinándose mucho, seguí de pie y vine a asomarme a una ventana muy elevada que daba a la guardia de prevención, con objeto de ver si había alguna alarma. Corrí allí un gran peligro, porque el piso era muy inclinado y muy resbaladizo por las lluvias frecuentes, y sin poderlo remediar me resbalaba hacia los cristales que eran poco resistentes, y me vi en peligro de rodar al precipicio, pues la altura de la ventana era muy grande».
«Para llegar a la esquina de la calle de San Roque, por donde me había yo propuesto descender, era necesario pasar por una parte del convento que servía de casa al capellán, quien tenía el antecedente de haber denunciado poco antes ante la corte marcial a los presos políticos que habían hecho una horadación que fue a dar a esa casa, por lo cual fueron fusilados al día siguiente».

«Bajé a la azotehuela de la casa del capellán, en momentos en que entraba un joven que vivía en ella y que probablemente venía del teatro, pues estaba alegre y tarareando una pieza. Esperé que se metiera a su pieza, y a poco salió con una vela encendida y se acercó al lugar donde yo estaba. Me escondí para que no me viera y esperé a que regresara. Permaneció allí el tiempo necesario para concluir lo que había ido a hacer, y regresó a su pieza sin apercibirse de mi presencia. Cuando consideré que había tiempo para que se hubiera acostado y dormido, volví a ascender a la azotea del convento, por el lado del lote opuesto al que me había servido para bajar, y seguí mi camino por la azotea a la esquina de San Roque».
«Una vez pasado este peligro, seguí mi marcha para la esquina de San Roque y una calle nueva que se llama de Alatriste y que corta el convento, quedando de un lado las casas que han edificado los compradores, y del otro lado el convento. En la esquina hay una estatua de piedra de San Vicente Ferrer, que era la que yo me proponía usar como apoyo para fijar mi cuerda. El santo oscilaba mucho al tocarlo; pero tendría probablemente alguna espiga de hierro que lo sostuviera, y para mayor seguridad no fijé la cuerda en él, sino en la piedra que le servía de pedestal y que era a la vez la angular del edificio».
«Me pareció que si descendía yo de esa esquina para la calle, podía ser visto por algún transeúnte en el acto de descolgarme por la cuerda, o vista ésta por el primero que pasara por la calle después de mi descenso, y por ese motivo me propuse bajarme a un lote del exconvento que estaba cercado pero no edificado todavía, sin saber que al pie del edificio, donde yo debía descender, había unos cochinos encerrados en un cercado formado con vigas».

«Como al comenzar a descender giraba un poco la cuerda, el roce que sufría yo por la espalda con la pared del edificio, ocasionó que la daga que llevaba en el cinturón se saliera de la vaina, cayendo sobre los cochinos, y probablemente hirió a alguno de ellos, porque hicieron mucho ruido y se alarmaron, todavía más cuando me vieron descender sobre ellos. Tuve en consecuencia que dejar pasar un rato para que se aquietaran, con mucho temor de que el dueño de aquellos animales viniera a defenderlos, suponiendo que se trataba de robarlos. Cuando hubo pasado un poco el ruido, subí a la cerca del lote que daba a la calle; y tuve que retroceder repentinamente, porque en esos momentos pasaba un gendarme recorriendo la calle y examinando las cerraduras de las puertas. Cuando se hubo retirado el gendarme, descendí para la calle, pero tuve la desgracia de que se desprendiera sobre la banqueta una de las piedras del muro, la cual hizo mucho ruido que, sin embargo, no llamó la atención del gendarme. Al buscar mi daga noté que la había perdido, y me expliqué la causa de los gritos de los cochinos».

«Seguí violentamente mi marcha para la casa donde tenía mis caballos, mi criado y un guía, y pude llegar a ella ya sin dificultad».
Dejó caer dos cartas; una dirigida al oficial francés, en que le daba las gracias por su conducta caballerosa, y la otra al conde de Thun, recordando el haberle manifestado su intención de escaparse y desafiándole para el campo de batalla. Una vez en la calle, montó en el caballo que se le tenía prevenido y se alejó precipitadamente de la ciudad, con un solo compañero, tomando por veredas extraviadas el sur de Puebla, antes de que el enemigo, advertido de la fuga, emprendiera la persecución.
Pronto se hizo sentir la presencia de Díaz entre los republicanos: el 22 de septiembre cayó sobre la guarnición imperialista de Tehuicingo, al frente de una pequeña fuerza que el coronel García puso a sus órdenes; el día siguiente derrotó un cuerpo de 150 hombres en Piaxtla; reforzado por el coronel Segura y el comandante Cano, pasó el río en Tepetlapa, y el 1 de octubre sorprendió en Tulcingo a Visoso, que con 500 hombres se había movido en unión de Elon para cortarle el paso; se hicieron 40 muertos al enemigo, un gran número de prisioneros y alguna cantidad de dinero fue el resultado de esa acción.
Batalla de Álamos (24 de septiembre de 1865)
Representantes de las dos ideologías (imperialista y republicana) intentaron ganar para su causa, por las buenas o las malas, a los diferentes pueblos indígenas que constituían la mayor población de México. En Sonora, por ejemplo, las fuerzas imperialistas continuaron con campañas “civilizadoras” para mantener dentro de las leyes emitidas desde la Ciudad de México a los indígenas yaquis y mayos.
Por ello, cuando en 1865 emisarios franceses del emperador Maximiliano desembarcaron en Guaymas para solicitar el reconocimiento de los pueblos indígenas, estos no los desestimaron, sino que consideraron la oferta imperial como un gobierno dispuesto a escuchar sus demandas.
Uno de los personajes clave para atraer tanto a los yaquis como a los mayos fue José María Tranquilino Almada (1822-66), conocido como “el Chato”. Oriundo de Álamos, Sonora, las fuerzas republicanas intentaron someterlo.
El general Antonio Rosales fue solicitado por las autoridades de Álamos, debido a que 300 franceses, habían desembarcado y estaban reclutando a los indígenas nativos de la región a sublevarse en contra del gobierno de Juárez, por lo que Rosales partió de Sinaloa el 2 de agosto al mando de 500 efectivos, dispuesto a defender la plaza.
Las noticias del número de enemigos lograron que la moral de las tropas decayera, provocando un gran número de desertores. Para el 24 de septiembre, el general Antonio Rosales tomó los cuarteles de la ciudad con un número muy reducido de soldados; murió defendiendo la plaza, la cual fue atacada por alrededor de 2.000 milicianos entre yaquis, coras y mayos, liderados por Refugio Tánori y José María Tranquilino Almada.
Sin embargo, tras los nuevos acuerdos decididos por el mariscal François Achille Bazaine en previsión de una posible agresión estadounidense, solo el RI-62 permaneció en los estados de Sonora y Sinaloa.
Almada conservó la región para la causa imperial hasta el 7 de enero de 1866, cuando fue desalojado por el general Ángel Martínez con unos 600 hombres.
Ayuda norteamericana al gobierno republicano de Benito Juárez
La ayuda norteamericana al gobierno republicano de Benito Juárez entre 1865 y 1867 fue un factor clave para la derrota del Segundo Imperio de Maximiliano de Habsburgo durante la Segunda Intervención Francesa. Esta cooperación se reactivó tras el fin de la guerra de Secesión en Estados Unidos (abril de 1865).
El apoyo estadounidense se centró en tres ejes principales:
- Financiamiento y deuda (El Préstamo Juarista). En 1865, a través de las gestiones del ministro mexicano en Washington, Matías Romero, el gobierno de Juárez pactó un préstamo financiero con los Estados Unidos por un monto de 2,6 millones de dólares para sostener la guerra. Tras restar un millón de dólares en concepto de comisiones y cobro de intereses adelantados, el gobierno republicano recibió 1,6 millones de dólares libres. A pesar de ser una cantidad modesta en comparación con los fondos del imperio rival, este capital fue suficiente para comprar armamento y pagar los salarios de las tropas liberales que operaban en el norte de México.
- Suministro militar. Con el fin de la guerra civil estadounidense, los arsenales de Estados Unidos contaban con un enorme excedente de equipo militar que fue canalizado formal e informalmente hacia la causa liberal. El general juarista Mariano Escobedo recibió de manera directa miles de rifles estadounidenses para abastecer al Ejército del Norte. Las armas que marcaron la diferencia fueron el rifle Henry de palanca de calibre .44, cuya velocidad de fuego era devastadora, y la carabina Spencer de repetición con 7 cartuchos en la culata, que fue distribuida a la caballería mexicana. Los más empleados fueron los fusiles Springfield (modelos 1861/1863) que eran el arma estándar de la infantería estadounidense; eran fusiles de avancarga con munición tipo Minié, altamente precisos y potentes a larga distancia; los fusiles Enfield (modelo 1853), aunque de origen británico, Estados Unidos transfirió miles de estas armas que habían sido capturadas o compradas durante la guerra civil. Se enviaron baterías de artillería ligera para romper las fortificaciones imperiales y respaldar los asedios a gran escala.
- Suministro de vestuario. Miles de uniformes militares, calzado, fundas y mochilas descartados por el ejército de la Unión. Esto ayudó a profesionalizar la apariencia y la moral del ejército de la República, que hasta entonces combatía en condiciones de extrema precariedad.
- Voluntarios norteamericanos. Cerca de 3.000 veteranos de la Guerra Civil estadounidense se unieron como voluntarios a las filas del ejército de Juárez para combatir a los franceses e imperialistas. El cuerpo formal más importante fue la Legión Americana de Honor (o American Legion of Honor), que se formó originalmente en San Francisco, California, bajo la iniciativa de promotores juaristas y el gobierno mexicano en el exilio; estuvo comandada por el coronel norteamericano George M. Green. Soldados de fortuna y mercenarios licenciados de la Unión y la Confederación que buscaban empleo militar y fueron contratados por agentes diplomáticos de Juárez en Nueva York, Nueva Orleans y San Francisco.
- Colaboradores en la frontera. Pequeños grupos de voluntarios y exploradores que operaban en las inmediaciones del Río Bravo y colaboraban con generales liberales como Mariano Escobedo y Juan Cortina. La colaboración más importante fue por órdenes del general Ulysses S. Grant y bajo la ejecución del general Philip Sheridan; tropas estadounidenses se apostaron en la frontera de Texas. Aunque no podían invadir formalmente para evitar una guerra con Francia, “dejaban caer” o abandonaban intencionalmente decenas de miles de rifles, municiones y artillería desmovilizada a lo largo del Río Grande para que los hombres de Juárez los recogieran.
- Presión diplomática y despliegue naval. El gobierno del presidente Andrew Johnson y su secretario de Estado, William H. Seward, mantuvieron su doctrina de rechazo a las monarquías europeas en América. Estados Unidos movilizó a unos 50.000 soldados hacia la frontera con Texas. Esta demostración de fuerza intimidó al ejército francés de Napoleón III y precipitó la decisión de París de retirar sus tropas entre 1866 y 1867. Bloqueo naval indirecto: Juárez permitió que buques de guerra estadounidenses patrullaran aguas del golfo de México para obstaculizar el reabastecimiento marítimo de los barcos franceses.
Batalla de Santa Ana Amatlán (14 de octubre de 1865)
El 6 de octubre se movieron de Morelia fuerzas imperialistas al mando del coronel Ramón Méndez, con objeto de atacar las tropas republicanas de Riva Palacio, Zepeda y Arteaga, que se habían reunido en Uruápanunos 2.300 efectivos. El día 7, llegó Méndez a Pátzcuaro; el 8 continuó hacia Uruápan, y el 9 a las 15:00, estaba cerca de esta población; pero una terrible tempestad impidió la marcha hasta las doce de la noche en que bajaron las aguas extraordinariamente crecidas de los arroyos. Al tener noticia de ese movimiento, las tropas republicanas se dividieron en tres fracciones: una de 700 hombres al mando de Riva Palacio puso rumbo a Paracho; otra de 600 hombres al mando de Zepeda se dirigió a Los Reyes (Los Reyes Acaquilpan, estado de México), y la tercera con el general en jefe José María Arteaga, compuesta de 1.200 hombres la mayoría de infantería, se dirigió Tancítaro.
Méndez se propuso seguir a este último, y al efecto continuó su marcha el 11 después de haber dado un día de descanso a su fuerza; el 12 salió de San Juan de las Colchas y llegó a Tancítaro, de donde se había movido Arteaga dos horas antes, y el 13, a las dos de la mañana, se dirigió Santa Ana Amatlán sorprendiendo al jefe liberal que allí se hallaba, sin pensar que el enemigo estuviese tan cerca. La derrota de los republicanos fue completa; todo el armamento, los caballos y municiones de guerra quedaron en poder de los imperialistas, y además de 100 oficiales y 400 soldados prisioneros, entre los cuales estaban el mismo general José María Arteaga, el general Carlos Salazar, los coroneles Jesús Díaz Paracho, Villagómez, Pérez Milicua y Villada; 5 tenientes coroneles, 8 comandantes y muchos oficiales subalternos.
Los prisioneros fueron conducidos a Uruápan tras una penosa marcha forzada de siete días bajo un
sol abrasador, los generales Arteaga y Salazar, junto con los coroneles José Trinidad Villagómez, Jesús Díaz Paracho y el mayor Juan González, fueron separados y fusilados el 21 de octubre de 1865, de acuerdo con la Ley del 3 de octubre de 1865 (o Decreto Negro), emitida por Maximiliano, que ordenaba fusilar a cualquier republicano capturado con armas. Estos oficiales pasaron a ser recordados con honores como los Mártires de Uruápan.
A la muerte del general Arteaga el ejército del centro paso a manos del general Vicente Riva Palacio, por su parte el general Ramón Méndez sería capturado en el sitio de Querétaro y fusilado sin juicio previo en 1867.
Tras el desastre de Santa Ana Amatlán, no quedó pacificada aquella importante porción del territorio mexicano. El 12 de octubre, mientras Méndez marchaba sobre Arteaga, Morelia se vio seriamente amenazada por una fuerza republicana al mando de Riva Palacio, estando a punto de caer en su poder la guarnición belga que allí había quedado. Los fusilamientos de Uruápan no influyeron para que los republicanos dejasen de respetar a los prisioneros belgas en Tacámbaro, y el 5 de diciembre, mediante un arreglo celebrado entre Riva Palacio y el cuartel general francés, fueron canjeados en Acuitzeo 7 oficiales y 180 soldados belgas, y además 9 oficiales mexicanos.
El 15 de octubre en Sinaloa se avisó a Corona que Castagny había salido de Mazatlán con una columna francesa en dirección a Durango, según unos, y según otros, a la sierra para acometer por retaguardia al ejército republicano.
Suponiendo más probable lo primero, el cuartel general dispuso que se movieran las fuerzas con el fin de hostigar al enemigo en su marcha, concentrándose luego en Elota. Allí se supo de una manera positiva que unos 500 franceses, se dirigían a Durango, y que los destacamentos de la Noria, Concordia y Mesillas, al saber la aproximación de los republicanos se habían replegado a Mazatlán: inmediatamente ordenó Corona a Rubí que marchase para ocupar el primero de dichos puntos adonde debía llegar el día siguiente, mientras que por su parte marchó al Quelite, y unido a Parra, algunas horas después, entró en la Noria que acababa de abandonar la fuerza imperialista.
Esa población era la única que se había mostrado hostil a los republicanos, y esta circunstancia, unida a la de que en su mayor parte era compuesta de contrabandistas, y que casi todos los habitantes habían emigrado a Mazatlán, excepto los que estaban libres de complicidad, hicieron que Corona accediese a la petición de los soldados de la Concordia y Panuco para que se le pusiese fuego, salvados los intereses de los buenos patriotas, esperando que aquel ejemplo produciría un terrible escarmiento entre los pueblos que se sintiesen inclinados a favorecer la intervención y el imperio. Igual pena se aplicó al rancho del Espinal, cuyo propietario era responsable de la actitud que habían tomado los habitantes de la Noria.
Mientras esto pasaba, llegó de Guajicori un correo de Guzmán, avisando que acababa de llegar un batallón de línea que iba a reforzar la guarnición de Mazatlán, y poco después comunicó Parra, por extraordinario, que había salido del puerto sobre el campo liberal una columna compuesta de los destacamentos mencionados y una sección de imperialistas. En vista de eso, dispuso el general en jefe que Rubí marchara a batir una fuerza enemiga de 300 caballos que se hallaba en Concordia al mando de Mauricio Castañeda; pero éste se retiró al Rosario, y Rubí se movió sobre Cópala al sentirse amenazado por la columna salida de Mazatlán, la cual, a su vez, sabiendo que Gutiérrez volvía de su excursión sobre el camino de Durango, se dirigió a la Noria, que había sido ya abandonada por los liberales, y Gutiérrez pasó por Mesillas a acuartelarse en el Aguascalientes. Al moverse Corona, dejó a su paso por el Presidio a Parra en observación del enemigo, y tomando en el Aguascalientes la brigada de Gutiérrez se movió a El Rosario para atacar a Castañeda, el cual se replegó entonces al estado de Jalisco con objeto de incorporarse al batallón que marchaba de Tepic, y de que había hablado el general Guzmán.
Corona continuó su marcha, y poco antes de llegar a la Concepción tuvo noticia de que Castañeda se había alojado allí y de que el referido batallón se había detenido para pernoctar en la Bayona, pueblo de Jalisco situado en la línea divisoria de Sinaloa. El jefe republicano quiso aprovechar la ignorancia en que el enemigo estaba de su movimiento, atacando los dos puntos a la vez; la operación se verificó con el mejor éxito, pues mientras el Tcol Dávalos sorprendía la fuerza de Lozada, quedando en su poder más de 200 prisioneros, el capitán Noriega, apoyado por el comandante Hernández, caía sobre la Concepción, logrando a duras penas escapar el coronel enemigo y algunos de sus oficiales, protegidos por un bosque inmediato y la indecisa luz de la madrugada. A continuación, se mandó al comandante Cruz para que a toda prisa se moviera sobre Acaponeta, con el fin de llegar antes que los dispersos y evitar que la guarnición que ocupaba aquella plaza tomara las alturas y se pusiera en actitud de defensa.
Esto último no pudo evitarse, pues habían sido oídos los fuegos de la Bayona y de la Concepción; pero Cruz, sin detenerse ante los disparos que se le hacían, lanzó sus caballos a las posiciones del enemigo, ocupó la plaza, circunvaló las alturas e hizo que el enemigo se rindiera a discreción apoderándose de todos sus pertrechos. Después de un triunfo tan completo, Corona ordenó que todas sus tropas, con el botín, se pusieran en marcha sobre Guajicori, distante 30 km de Acaponeta sobre la sierra, de donde salió a recibirle su antiguo y fiel amigo el general Guzmán.
Allí se detuvo algunos días con objeto de pasar revista y de que la tropa descansara un poco de las rudas fatigas que había tenido que soportar.
Al saber los franceses que habían salido a proteger el paso del batallón de Lozada los sucesos referidos, se replegaron a Mazatlán, y Corona dispuso estrechar al enemigo, distribuyendo sus fuerzas de la manera siguiente: el batallón Degollado se situó en el pueblo de Cacalotan, mientras Gutiérrez, con el resto de su brigada, fue a establecerse en el rancho de las Moras, distante 60 km del puerto. Parra con la caballería se colocó en Siqueros, a 45 km, desde donde debía mandar una gran guardia a Palmillas, a 15 km, y una avanzada a Palos Prietos, a 5 km; a la vez se mandó situar al comandante Donato Guerra en el rancho de la Palma, a 50 km, obrando en combinación con Parra para impedir la introducción de víveres en Mazatlán e imponer al enemigo con su actitud.
El comandante Pintado se encargó del mando militar del presidio, y el general Rubí estableció su gobierno en Concordia. Los franceses, por su parte, cubrieron su línea fortificada y más tarde mandaron una gran guardia a Palos Prietos.
Batalla de Monterrey (23 al 25 de noviembre de 1865)
Un nuevo peligro asomaba entretanto: el 16 de noviembre participó el coronel Correa, que había tenido que retirarse al distrito de Sinaloa a consecuencia de la ocupación del fuerte por tropas imperialistas destacadas de Sonora, con cuyo movimiento había coincidido la sublevación de los indios. Los avances imperiales tomaban grandes proporciones por la frontera norte de Sinaloa, hallándose en consecuencia amagados aquellos pueblos y las fuerzas que los guarnecían.
Corona comprendió la gravedad del caso y, para poner freno a los progresos imperialistas, se resolvió a extirparlo de raíz ocupando Álamos, donde el enemigo tenía su base principal de operaciones; al efecto, llamó en su auxilio al general Pesqueira, gobernador y comandante militar de Sonora, que a la sazón se encontraba con sus fuerzas en la frontera de aquel estado con la República del Norte, y ordenó al general Martínez que marchase sobre Sonora con todos los cuerpos de su brigada, llevando como segundo en jefe al coronel Correa y encargándole de preferencia la pacificación de los pueblos que se habían insurreccionado en Sinaloa.
Este movimiento, emprendido el 20 de noviembre, dio los mejores resultados: el 24 se reunió Martínez con Correa; el 2 de diciembre pasó revista en Chinabampo; el día 3, ocupó sin resistencia el fuerte, adelantándose luego Correa, que derrotó el día siguiente en Tehueco una fuerza enemiga al mando de Juan Espinosa.
Mientras esto pasaba, las operaciones sobre el puerto se efectuaban cada vez con más vigor. En el pueblo de Urías, que dista 15 km de Mazatlán, y que solo le divide un estero de agua, se estableció una avanzada de infantería al mando del capitán Miramontes, con el fin de proteger las avanzadas de caballería que se encontraban sobre Palos Prietos, y de hostigar incesantemente la plaza. Miramontes y sus soldados comprendieron de tal modo su misión y la cumplieron tan eficazmente, que no había noche que no simularan ataques, teniendo en constante alarma a los franceses que estaban en tierra y en continuo movimiento a los buques de guerra que se apresuraban a proteger los flancos de sus fortificaciones, abriendo el fuego sobre ejércitos imaginarios. Durante el día se aproximaban hasta las trincheras de la ciudad, provocando al enemigo que solía salir en su persecución a larga distancia; pero en tales casos, cuando se veían acosados con mayor tenacidad, se diseminaban rápidamente por el monte, que conocían a las mil maravillas, pues en su mayor parte eran leñadores, carboneros y cazadores.
Si en busca de algunos auxilios para su propio mantenimiento, cargaban de leña o carbón en sus asnos y tomaban el traje de campesinos para ir a comerciar al puerto, lo hacían con plena impunidad, porque ni los franceses ni sus aliados de la Noria los conocían; y como por otra parte la causa nacional contaba con el apoyo decidido de la mayoría de los habitantes de Mazatlán, los disfrazados guerrilleros encontraban muy a menudo personas que les hacían regalos para ellos y sus compañeros y que los instruyeran acerca del número de muertos y heridos que producía cada agresión, y del violento malestar que sus continuas operaciones producían en la fuerza franco-mexicana.
Miramontes organizó pronto una escuadrilla de canoas, tripuladas por los marineros del estero de Urías, con objeto de hostigar al enemigo por la playa y la isla de Piedra, sin bastar a retirarlas los continuos movimientos que con sus lanchas armadas en guerra hacían los franceses; pues si alguna vez los republicanos se veían muy comprometidos, ocultaban sus canoas entre los espesos manglares, y se iban por tierra a batir a los imperiales cuando ya se creían en aptitud de acabar con la molesta escuadrilla. Estas maniobras se repetían constantemente de día y de noche, habiendo en todas ellas algunos heridos y muertos, cuyo número sería imposible señalar.
Habiéndose propuesto el general Mariano Escobedo reunir en los estados fronterizos del Norte todos los elementos de guerra posibles para abrir una nueva campaña, marchó sobre Matamoros al frente de varias secciones de tropas pertenecientes a Tamaulipas, Nuevo León y Coahuila. El 22 de octubre se avistó la plaza y el día 25, se emprendió el ataque, haciéndolo por la derecha el general Hinojosa y por la izquierda el general Cortina, debiendo el centro llamar la atención con un movimiento falso. La operación se ejecutó valientemente; sin embargo, no habiendo sido simultánea la acción de ambas columnas, el enemigo pudo luchar con ventaja oponiéndoles toda su fuerza en los dos ataques sucesivos.
Escobedo levantó el sitio el 14 de noviembre, dejando en observación de Matamoros a Cortina, y se dirigió a Monterrey, de donde se habían retirado los franceses.
El 22 de noviembre, pernoctó en la villa de Guadalupe, a 5 km de Monterrey. Sabiendo entonces los coroneles Tinajero y Quiroga, encargados de la defensa de la plaza, que estaban para incorporarse a los republicanos 300 hombres al mando del comandante Ruperto Martínez, dispusieron atacarlos antes de que llegase dicho refuerzo.
El asalto comenzó el 23 de noviembre de 1865 con los combates en la entonces villa de Guadalupe, donde las tropas imperialistas salieron al encuentro. La resistencia fue tenaz, pero al ser atacados por ambos flancos, se comenzaron a desconcertar y entonces el coronel Treviño con su caballería, los sableó y les puso en fuga precipitada, después de hacerles más de 80 muertos y unos 50 prisioneros. En apurada, aunque ordenada retirada, los imperialistas se replegaron hasta los llamados fortines de Carlota y del Pueblo, en Monterrey, desde los cuales, gracias a su artillería, pudieron pronto contener el empuje de las columnas republicanas.
La oscuridad de la noche detuvo momentáneamente el combate, que continuaría al día siguiente. Fue un momento de descanso que los republicanos aprovecharon para reagrupar sus fuerzas y contabilizar sus bajas. «Se habían perdido 7 oficiales y más de 30 soldados», relató Juan de Dios Arias.
En la mañana del 24 de noviembre, Escobedo organizó su nuevo plan de ataque. Tres columnas de infantería se abalanzarían sobre la ciudad. La primera, al mando del coronel Francisco Naranjo, asaltaría el fortín de Carlota. La segunda, a cargo del comandante Ruperto Martínez, apoyaría a Naranjo para llegar hasta la plaza. La tercera, comandada por el coronel Joaquín Garza Leal, atacaría el fortín del Pueblo. La caballería de Sóstenes Rocha actuaría como reserva.
A las 15:00 se inició la batalla, precipitándose al ataque los fusileros republicanos con un increíble vigor, con una rápida y ruda carga. Naranjo envolvió fácilmente el fortín de Carlota y penetró enseguida en la plaza, seguido por Martínez, al tiempo que Garza Leal tomaba el fortín del Pueblo.
La defensa imperial se derrumbó y sus tropas comenzaron a replegarse hacia la plaza principal, para luego huir sin control de la ciudad, hacia Santa Catarina y Saltillo. La caballería de Sóstenes Rocha salió a su persecución y tomó 80 prisioneros armados. «Dos horas bastaron para penetrar en la plaza», dice Juan de Dios Arias. «Así fueron de rápidos los movimientos».
En la refriega, los coroneles Quiroga y Tinajero lograron refugiarse en el fuerte del Obispado y la Ciudadela donde se encerraron con una considerable fuerza, bien provista de municiones y artillería. Por el momento, estaban a salvo tras los gruesos muros del fuerte.

Contraataque de la Legión
Desde la misma tarde del día anterior, 23 de noviembre, mientras se desarrollaban los primeros combates en los alrededores de la villa de Guadalupe, las noticias del ataque de los republicanos a Monterrey comenzaron a llegar a la vecina ciudad de Saltillo, en donde el BI-II de la Legión Extranjera custodiaba la capital coahuilense.
Un mensajero lleno de polvo se presentó ante el mayor Alexis Hubert de la Hayrie y, de acuerdo con el historiador francés Pierre Sergent, el correo entregó una nota escrita a toda prisa por el coronel Julián Quiroga, en la que solicitaba el apoyo del destacamento francés ante el inminente ataque de Escobedo a Monterrey: «Las tropas del enemigo son tan numerosas que no podremos mantener la plaza y nos veremos obligados a encerrarnos en la Ciudadela».
Hayrie, un bretón de 40 años conocido en el regimiento extranjero por su fuerte temperamento, decidió partir de inmediato en auxilio de sus aliados mexicanos, pero al carecer de suficientes caballos, no pudo abandonar completamente Saltillo. Entonces dejó la mayor parte de su batallón al mando del más antiguo de sus capitanes y marchó él mismo hacia Monterrey con todos los legionarios que pudo subir a los vagones de suministros que tenía a su disposición.
«Las carretas arrastradas con mulas, obviamente, no están diseñadas para este propósito», comenta el historiador Sergent, «pero de la Hayrie es un oficial que no puede permanecer en Saltillo mientras el enemigo ataca Monterrey. A pesar de todos sus esfuerzos, solo logra que lo acompañen 150 hombres. Son muy pocos, pero no puede dejar pasar el asunto».
La vanguardia fue confiada al joven teniente Louis Emile Bastidon, quien, con una sección de la Cía-5, conducía la columna. Bastidon era originario de la villa de Barjac, al sur de Francia. graduado de la Escuela Militar de Saint-Cyr, tenía 7 años en la Legión Extranjera, aunque solo año y medio de haber sido ascendido a teniente.
A las 05:00 de la mañana del 25 de noviembre, los legionarios llegaban a las afueras de Monterrey. Bastidon detuvo el convoy y el comandante Hayrie reunió a todos sus hombres y dio las instrucciones. La ciudad dormía completamente tranquila.
La batalla había concluido apenas algunas horas antes y las tropas republicanas descansaban sin esperar un contraataque, o al menos no tan pronto. A paso rápido de carga, los franceses penetraron en la ciudad, sorprendiendo completamente a la guarnición. En un espectacular golpe de mano, llegó hasta el Palacio de Gobierno, a la plaza principal y a casi todos los puestos y avanzadas republicanas del centro de Monterrey. Sonó la alarma, había mucha confusión, fuego, gritos y tiroteos en muchas calles. El propio general Escobedo resultó milagrosamente indemne a pesar “de las descargas que le hicieron, casi a quemarropa”.
Escobedo quedaba momentáneamente separado de sus oficiales, pero los mexicanos se recuperan pronto de la sorpresa. Con 100 fusileros a pie y 150 hombres a caballo, los coroneles Jerónimo Treviño y Sóstenes Rocha respondieron en la conmoción. Escribe el historiador Sergent: «Los juaristas están furiosos de haber sido engañados, conscientes de que habían sido víctimas de un número muy pequeño de enemigos. Y pasaron al ataque». Entonces fueron los legionarios los que estaban en dificultades.
Superados en número, el mayor Hayrie tomó una rápida decisión. En lugar de quedar encerrado en la plaza, ordena replegarse hacia el cerro del Obispado, transformado en fortaleza, a tres kilómetros al oeste del centro de la ciudad, en el camino a Saltillo. Los franceses calaron bayoneta y subieron por Padre Mier mientras los mexicanos los persiguieron a balazos. Los oficiales de la Legión Extranjera hicieron todo lo posible por mantener el orden en su marcha hacia el Obispado, expuestos al fuego.
Final de la batalla
A pesar del acoso y persecución de los franceses por las calles de Monterrey, la columna del mayor Hayrie logró llegar con éxito al Obispado. Los legionarios se pusieron a salvo y tomaron posesión del edificio, atrincherándose en sus derruidos muros. Atrás solo quedaron tirados los muertos en las calles y los heridos abandonados, como el teniente Bastidon.
Mientras tanto, el general Escobedo logra ponerse nuevamente a la cabeza de sus tropas republicanas y recuperó la ciudad, pero en el fortín de la Ciudadela seguían atrincheradas tropas imperialistas bajo el mando de Quiroga y Tinajero, aparte de los legionarios franceses parapetados en el Obispado.
Estaban dictándose las órdenes convenientes para desalojarlos, cuando de los pueblos inmediatos se recibieron noticias de que el general Pierre Jeanningros, con 800 hombres, acudía rápidamente en auxilio de la guarnición de la ciudad.
Después de varios días de violentos combates, de ataques y contraataques por la captura de Monterrey, Escobedo juzga más prudente dejar la plaza, en vista de las considerable fuerzas que se acercaban. Las tropas republicanas evacuaron la ciudad cuando los franceses se hallan a solo una legua de distancia.
El general Jeanningros llegó con horas de diferencia y rescató a las tropas imperiales en la Ciudadela y al destacamento de la Legión Extranjera del mayor Hayrie en el Obispado. La batalla había concluido. La ocupación de Monterrey por el ejército republicano había durado solo tres días.
Conforme a las órdenes de Bazaine, Brincourt se retiró de Chihuahua el 29 de octubre, y el 20 de noviembre siguiente volvió Juárez a establecerse en esa ciudad; su permanencia, sin embargo, fue corta, pues cediendo el mariscal a las instancias de Maximiliano, una nueva columna francesa se movió de Durangobal mando de Billot, y al aproximarse a Chihuahua, el gobierno republicano se dirigió por segunda vez, el 9 de diciembre, al Paso del Norte.