¡Ayúdanos a mejorar el blog!
Si ves alguna palabra mal escrita, o frase que no tenga mucho sentido, es muy fácil hacérnoslo saber. Sólo tienes que seleccionar las palabras que te resulten sospechosas y pulsar las teclas CONTROL y ENTER. Se abrirá un formulario con el texto seleccionado, y con pulsar enviar recibiremos tu notificación.
También puedes abrir el formulario pulsando el siguiente botón
Batalla de El Conejo (9 de julio de 1864)
En estas operaciones había tomado parte la contraguerrilla. El 12 de agosto se movió Dupin de Tampico con 500 hombres, después de colgar sin formación de causa en los faroles del alumbrado de la plaza a cinco guerrilleros republicanos. Dice Arrangoiz: «En lugar de haber privado del mando por hecho tan criminal y sujetado a un consejo de guerra a Dupin, todo lo que hizo el general Bazaine fue prohibir ese modo de castigar y mandar que fuesen sometidos a un consejo de guerra todos los guerrilleros que se cogieran con las armas en la mano. Pero tampoco se cumplió con el mandato de Bazaine: siguieron los fusilamientos sin formación de causa.» En Victoria colgó otros tres, y el 12 de septiembre continuó su marcha a Soto la Marina; allí permaneció hasta el 25, ocupando el 29 San Fernando de Presas, de donde retrocedió a Victoria al saber la ocupación de Matamoros.

La división Mejía quedó encargada de guarnecer los estados de Nuevo León, Coahuila y el distrito de Matamoros; Dupin fue nombrado gobernador de Tamaulipas, y Castagny recibió la orden de trasladar su cuartel general a Durango, para relevar la BRI-I/2 de L’Heriller que debía volver próximamente a Francia.
A unos 13 km de Tlacotálpam existe una colina llamada El Conejo, que enlazada con otras, sale a la playa del golfo de México a 16 km al sur de la barra de Alvarado. Hacía más de un año que los republicanos habían comenzado a fortificar aquella posición, en la cual lograron colocar 4 malos cañones de montaña y 2×12 con una fuerza de 350 hombres de artillería, infantería y caballería.
El 9 de julio se supo que tropas enemigas habían cruzado el Papaloápam por el paso de Alvarado, dirigiéndose a El Conejo por la orilla del mar, al mismo tiempo que subían por el río con la misma dirección barcos franceses. Al tener noticia de dicho movimiento, el jefe del campamento republicano, Tcol Juan B. Zamudio, dividió su fuerza, encomendando la defensa de la orilla del mar al Tcol Pablo Díaz y Lagos con la mitad de ella, y reservándose la otra mitad para hacer frente desde las fortificaciones a los vapores que avanzaban por el río. A las 10:00 de la mañana se intercambiaron los primeros disparos.
La columna expedicionaria estaba bajo las órdenes de M. Maréchal, de artillería de marina y comandante francés de Veracruz. El capitán de fragata Rolland, comandante del transporte Drôme y que tenía bajo sus órdenes a los cañoneros Sainte-Barbe, Tactique y Tempête, había recibido la misión de prestar su apoyo a dicho oficial superior.
Las tropas, desembarcadas la mañana del 9 de julio en la lengua de tierra que forma la entrada del río Alvarado, siguieron la línea de la costa para tomar los senderos casi intransitables que conducen a El Conejo. A mitad del camino, la tropa imperial de Maréchal cargó sobre Díaz, que, a pesar de su valiente defensa, tuvo que ceder ante el número, reuniéndose a las 15:00 con Zamudio, mientras el general Alejandro García, comandante en jefe de la línea militar de Sotavento, observaba la lucha desde El Estero, sin poder auxiliar a sus compañeros, pues los vapores habían cortado por todas partes el paso del río. Viendo Maréchal la resolución de los republicanos para prolongar la lucha, a pesar de su inferioridad numérica, los invitó a parlamentar, garantizándoles la vida y sus respectivos empleos, si se adherían al imperio; pero no aceptando tales proposiciones, el combate se renovó y, no pudiendo ya sostener la posición, se retiró Zamudio a las 17:00 a Punta de Arena, 10 km al sur de El Conejo, después de incendiar el campamento y enterrar dos piezas con el poco parque que le quedaba. La pólvora fue anegada, los cañones inutilizados y las balas arrojadas al río. Se capturaron unos 150 fusiles y 9 cañones.
Mientras la columna expedicionaria avanzaba por tierra, los cañoneros habían tomado posiciones en El Conejo. La Sainte-Barbe, al mando del capitán Riondel, a su paso frente al fuerte principal, recibió un fuego muy intenso al que respondió enérgicamente, y fondeó de manera que dominaba el campamento. Durante todo el día disparó contra los fuertes, los campamentos y los grupos que se formaban, al tiempo que perseguía a los fugitivos con sus lanchas armadas para el combate.
La cañonera Alba-la-Source, seguida por la Tempête, ancló antes de llegar al primer fuerte; con sus disparos de cañón bien dirigidos, lo dejó inhabitable e impidió así que el enemigo acampara. La Tempête, al mando del Sr. Gaude, contribuyó poderosamente a las operaciones, ayudando junto con los hombres del Drôme al desembarco de las tropas y ocupándose de todos los detalles de la expedición. Por último, esta cañonera y 100 hombres de desembarco del Drôme, bajo las órdenes del alférez de navío Latapy y del aspirante Véron, aseguraron la retaguardia de la columna y formaron una reserva, lo que permitió lanzar al ataque a toda la columna expedicionaria.
Una vez ocupado El Conejo, la caballería pudo, mediante gabarras y las embarcaciones del Drôme, y con la ayuda de una cañonera, cruzar a la orilla opuesta, situada a unos 100 metros de distancia, y atacar Tlacotalpan, que fue ocupada la tarde del 10 de julio sin resistencia.
Esta acción dejaba expedito el paso de los vapores a Tlacotálpam y aún más arriba por el Papaloápam y el San Juan; así fue que los franceses ocuparon aquella población la tarde del día siguiente, habiéndose retirado los republicanos a la hacienda de San Jerónimo. Las fuerzas con que estos contaban quedaron muy reducidas: un piquete del batallón activo de Veracruz, un piquete de la Guardia Nacional de San Jerónimo, otro de caballería de Cosamaloápam y otro de caballería de Tlacotálpam; en total unos cien hombres, parte de los cuales se hallaban en mal estado y casi desnudos.
Sin embargo, el general García formó con tan escasos elementos la sección de vanguardia, y fue a situar su cuartel general en Amatlán, adonde llegaron el 12 de julio dos compañías del batallón de la Guardia Nacional de Zaragoza, que se hallaban en la hacienda de San Nicolás, marchando luego para Acula en unión de las de Cosamaloápam y Amatlán, y pocos días después la de Tuxtepec, enviadas por el jefe de aquel distrito de Oaxaca.
Entretanto, escenas deplorables tenían lugar en Tlacotálpam. Maréchal, jefe de la expedición, publicó una proclama en el español chapurrado, ofreciendo toda clase de garantías; pero pronto se vio que los hechos no correspondían a las palabras. No encontrando personas que aceptasen el nombramiento de autoridades locales, los imperiales se irritaron en gran manera, previniendo por medio de avisos que se abriesen las puertas de las casas que estaban cerradas, y no pudiendo cumplir semejante orden los propietarios ausentes, se procedió a derribar puertas y ventanas, dejando las casas abiertas, lo cual excitaba a la rapiña a los soldados. Viendo que aquella medida no surtía efecto, se hizo un llamamiento a las familias para que volviesen a sus fincas, amenazándolas con que éstas serían ocupadas por la tropa en caso de que no obedeciesen, amenaza que se realizó, pues los habitantes se alejaron más en vista de aquellas tropelías.
Entonces se vieron las casas vacías convertidas en cuarteles y caballerizas, siendo robados o destruidos los objetos que en ellas se encontraban, sin que pudiese evitar aquellos desórdenes el comandante militar Lachaux, encargado de la plaza por Maréchal, que se volvió a Veracruz. Regularizada en Acula la sección de vanguardia, el coronel Manuel Gómez se trasladó a la hacienda de San Jerónimo la tarde del 13 de julio, y en la madrugada del 14 se dirigió a Tlacotálpam. A más de 1 km dejó una fuerza de reserva y avanzó con el resto hasta colocarse a tiro de fusil del puente de García, a orillas de la población. Esto ocasionó un combate en que los imperialistas tuvieron varios muertos y heridos, contándose entre estos últimos el comandante Lachaux.
Gómez se volvió luego a San Jerónimo, donde se asentó la sección de vanguardia. El 29 de julio, los republicanos realizaron un movimiento sobre Tlacotálpam, tuvieron noticia de que un vapor imperial subía el río: era el Sainte-Barbe. Gómez se retiró entonces al pueblo de Acula, y al llegar dicho vapor al frente de San Jerónimo, el comandante Maréchal, que iba a bordo con su esposa y su hija, hizo desembarcar una tropa egipcia y mandó poner fuego a la hacienda, que pronto fue pasto de las llamas. La misma suerte corrieron los ingenios de San Antonio, El Progreso y los Silvas, basta donde llegó el vapor, presenciando el incendio, que se extendió más de una legua, devorando sembrados, animales y habitaciones.
Mientras esto pasaba, Antonio Merodio, que había sido enviado de Veracruz con la doble investidura de alcalde y administrador de Rentas, hacía conducir a golpes a varios habitantes de Tlacotálpam para que firmasen un acta de adhesión al imperio, lo cual ejecutaron bajo la influencia del terror, con excepción de Miguel Cházaro, que se negó terminantemente «por ser contrario a sus opiniones republicanas», acto de valor civil que estuvo a punto de costar la vida a su autor, a quien metió en prisión durante varios días. Al regresar Maréchal de su bárbara expedición, publicó una proclama.
El 2 de agosto, a las 19:00 horas, llegó a Cosamaloápan la sección de Oaxaca, que iba a tomar parte en las operaciones; el día 3, se trasladó a ese punto el general en jefe con su Estado Mayor, y poco después se anunció la aproximación del vapor Tempête, que no pudo seguir por haberse varado a 3,5 km de Amatlán. El día siguiente, a las 09:00 de la mañana, se anunció otro vapor, el Tactique, más pequeño, de menos calado y mucho más ligero, que llegó al frente de Amatlán, apuntando sus cañones sobre la población. Los republicanos se retiraron a la orilla del bosque, quedando una pequeña parte dentro del pueblo para observar los movimientos del enemigo, que en vez de desembarcar prosiguió rumbo a Cosamaloápan, adonde marchó luego el coronel García Terán con 200 hombres.
El 5 de agosto, muy temprano, llegó el Tactique, un oficial francés que saltó en tierra e invitó al comandante Manuel Rodríguez Torres a conferenciar con el almirante, pero sin conseguirlo. El 6 se reincorporó en Amatlán el coronel García Terán con las tropas republicanas; el 7 el general en jefe recorrió toda la línea y, después de examinarla detenidamente, formó el plan de ataque a Tlacotálpam; pero el mismo día a las 14:00, los franceses se retiraron de la plaza, que fue ocupada por los republicanos el 8 de agosto a las 02:00 de la mañana.
Batalla de Majoma (21 de septiembre de 1864)
El 10 de septiembre aparecieron simultáneamente Patoni en Cuencamé, Negrete en la Noria y Carvajal en Yerbániz; L’Heriller ordenó entonces a todos los destacamentos mexicanos que saliesen a reconocer el país; el coronel Martín dejó una pequeña guarnición en San Juan del Río y se dirigió a Santa Lucía. En la noche del 15 al 16, el capitán Hurtel, que salió del Fresnillo con objeto de practicar un reconocimiento, sorprendió a Carvajal en la hacienda de Juan Pérez y le hizo retroceder a Yerbániz; por su parte, el capitán Marqué, salido de Durango, notó la presencia del ejército republicano en la Tapona, adonde le había hecho avanzar González Ortega con objeto de batir al coronel Martín, situado en Porfías, distante a 20 km; pero al saber que la fuerza procedente de Zacatecas se hallaba en las inmediaciones de San Miguel del Mezquital, el jefe republicano resolvió sorprender y destruir dicha fuerza, pues esto le dejaría expedito para seguir a Zacatecas o volver sobre Durango, y al efecto emprendió por la noche una marcha forzada de 85 km.
Esta combinación no dio resultado, porque el enemigo, advertido a tiempo, se retiró; pero entretanto, el coronel Martín, con quien estaba ya incorporado el capitán Marqué, se había movido sobre el Saucillo, y de allí tomó el día 21 la dirección de la hacienda de la Estanzuela, distante unos 60 km de la anterior. En vista de esto, el ejército republicano salió de San Miguel del Mezquital rumbo de la mencionada hacienda, y a poca distancia de ella se situó, apoyando su derecha en un cerro llamado de Majoma, que era la llave de la posición. Allí se colocaron diez piezas de artillería, y la división mandada por el general Patoni, quedando las otras dos divisiones de Zacatecas y el general Alcalde en la llanura, formando el centro y la izquierda del ejército, con la caballería en las dos alas. En total, las fuerzas mexicanas eran 4.200 efectivos (3.500 infantes y 700 de caballería).
Jules Martín disponía de 611 efectivos en 5 compañías de zuavos, una compañía de cazadores montados y 80 jinetes imperiales mexicanos con 2 obuses de montaña; avanzó sobre el camino sabedor de que tiene una fuerza republicana enfrente, pero no conocía el número exacto. Dejó en la hacienda sus vituallas de campaña protegidas por los imperiales mexicanos como reserva.
El general Carvajal, al frente de una sección de exploradores, avanzó hasta la Estanzuela, donde comenzó a tirotearse con una compañía de cazadores montados, causándoles algunas pérdidas y obligándoles a retirarse; el coronel Jules Martín creyó al principio que solo tenía que batirse con una fuerza pequeña, salió de su error cuando ya había avanzado demasiado para poder retirarse, no quedándole más remedio que disponer el ataque sobre el Cerro de Majoma, por haber comprendido que el triunfo dependía de su posesión.
Martín ordenó el avance total de sus columnas sobre el cerro, pero en el intento de captura se vieron frenados por el fuego de Ojinaga; golpeados, lograron reorganizarse y lanzaron una segunda carga sobre una vertiente del cerro que tenía una pendiente de mejor ascenso y estaba protegida por árboles. El impulso fue tan furioso que lograron vencer a la escolta de la artillería y capturar la batería; en este intento, Jules Martin cayó muerto.

El jefe de batallón Frederic Benoit Japy, del RI-2 de zuavos, tomó entonces el mando y ordenó una tercera carga para asegurar en su totalidad el cerro, pero el mando republicano ordenó una carga de caballería que logró estabilizar el frente. También subió el batallón de Zacatecas; lamentablemente, en el furioso empuje, murieron los coroneles zacatecanos Fernández y Villagrán, cayó herido el general Eugenio Castro, jefe de la carga montada. Nuevamente, el factor de falta de disciplina pesó en las fuerzas mexicanas, pues sin jefes de mando, las tropas mexicanas sucumbieron a la presión ejercida por los zuavos y emprendieron la fuga.
Según algunas versiones, González Ortega reunió a sus brigadas y, tras una breve arenga, se lanzó en persecución de los franceses que llevan las piezas. Los zuavos, en respuesta, formaron en cuadro evitando el golpe; mientras eso pasaba, una fuerza de cazadores se lanza sobre otra batería republicana que logra tomar y, girando los cañones, disparó a los republicanos, sembrando la desbandada y marcando la derrota de González Ortega. Iglesias presentó otra versión, en la que González Ortega solo observó la situación sin hacer nada para salvar la situación, versión que Juárez, en sus querellas personales contra el general zacatecano, tomará como cierta y difundiría como motivo de la derrota en Majoma.
Los republicanos se retiraron en aparente orden con rumbo al Nazas, con 300 bajas entre ellos dos generales, 152 prisioneros y con solo 9 piezas de artillería que, salvo el general Satenes Rocha, los franceses, también golpeados, se replegaron a Durango con un jefe, 20 soldados y 4 oficiales muertos, más 46 heridos. González Ortega y Patoni alcanzan a Juárez, que los destituyó y los reemplazó por los generales Carvajal y Quezada.
Toma de Matamoros (21 de septiembre de 1864)
El contraalmirante Bosse se había dirigido, con varios buques de la división naval, a la desembocadura del Río Grande del Norte.
Desde el mes de agosto, el contraalmirante Bosse, comandante de la escuadra del Golfo, había enviado a la desembocadura del Río Bravo los buques Darien, Colbert y Drôme, yendo después él mismo con Bellone, para participar en la maniobra ordenada por Maréchal contra Matamoros. El papel asignado a la marina en las operaciones combinadas consistía en apoderarse de la ciudad de Bagdad, que domina la desembocadura del río, y atraer hacia ese sector, manteniéndolo en jaque al jefe juarista Cortina, que ocupaba Matamoros.
Mientras tanto, la plaza era atacada desde el interior por los generales Castagny, jefe de la DI-1, Méjia y el coronel Dupuis; debía caer en poder de las tropas imperiales.
Este plan de campaña se siguió puntualmente. El 22 de agosto, las compañías de desembarco de la división naval, favorecidas por el estado del mar, desembarcaron un contingente de 400 hombres bajo el mando del capitán de navío Véron en la propia playa de Bagdad y tomaron posesión de la ciudad en nombre del emperador Maximiliano. Se procedió de inmediato a poner la plaza en estado de sitio y, pocas horas después, los marinos, situados en posiciones ventajosas, estaban en condiciones de resistir los ataques del enemigo.
Durante 35 días, la pequeña guarnición de Bagdad resistió todos los ataques de las tropas de Cortina; por su parte, las embarcaciones ligeras, que eran las únicas que habían logrado franquear la barra del río, pasaron a la ofensiva, atrayendo así a todas las fuerzas mexicanas hacia las orillas del Río Grande.
No contando el almirante con medios suficientes para apoderarse de Matamoros, en donde se encontraba el general republicano Juan Nepomuceno Cortina con 400 infantes, 500 caballos y 12 piezas, y no teniendo noticia ninguna de Mejía ni de la contraguerrilla, se limitó a bloquear la desembocadura del río, y a hacer que subiesen algunas embarcaciones que se tiroteaban con los puestos republicanos emboscados en la orilla. A la vez, fuerzas americanas federales y confederadas se disputaban la posesión del fuerte Brownsville, enfrente de Matamoros: los jefes de ambas fuerzas enviaron a cumplimentar al almirante, solicitando su auxilio los confederados a cambio de ayudarle contra los mexicanos, al mismo tiempo que los federales buscaban la alianza de Cortina, manifestándose inclinados a favorecerle contra los franceses.
La ciudad fronteriza de Matamoros, situada en el estado de Tamaulipas, representaba un enclave de vital importancia. Debido a su proximidad inmediata con Texas y a su acceso directo al puerto de Bagdad, la ciudad se había convertido en un importante centro comercial durante la guerra de Secesión estadounidense.
El 6 de septiembre el comandante de Matamoros simuló un ataque a Bagdad, pero su verdadero objeto era ocultar el paso de 400 hombres a la orilla opuesta, con el fin de ayudar a los federales. El almirante protestó cerca del coronel Henry Martín Day, comandante federal, pidiéndole el internamiento de los hombres de Cortina; a lo que contestó el jefe americano que no tenía noticia oficial de la llegada de los mexicanos a sus líneas, que se esforzaría, por lo demás, en impedir que repasasen la frontera, y el 10 fue él mismo a Bagdad, prometiendo al francés que no tardaría Cortina en hacer proposiciones de sumisión. Sin embargo, Cortina repasó el río la noche siguiente y volvió a Matamoros para arrojar de allí a Canales, que durante su ausencia se había pronunciado contra él.
Careciendo de artillería los beligerantes americanos, procuraba cada uno por su parte obtener el auxilio de la que se hallaba en Matamoros, y a este fin entraron los confederados en conversaciones con Canales, mientras que los federales, habiéndose concertado con Cortina, propusieron en su nombre al almirante una suspensión de hostilidades, con la condición de que sus tropas quedarían libres para pasar al campo federal con su material y artillería; pero, poco después, la guarnición Matamoros recibió a cañonazos a una embarcación francesa que llevaba bandera parlamentaria, obligándola a retroceder después de haberse visto en una situación bastante crítica, y sin que el almirante tuviese medio de vengar el insulto.
Se recibió, entretanto, noticia de la aproximación de las fuerzas imperiales mexicanas; se trataba de Tomás Mejía con un RI francés al mando del coronel Aymard, y viéndose entonces Cortina en una situación sumamente comprometida, pues ni podía bajar hacia San Fernando, donde habría encontrado la contraguerrilla, ni era posible burlar la vigilancia de la marina para pasar al campo federal, resolvió someterse pura y simplemente al imperio, a fin de ganar tiempo, entregando las piezas que había en Matamoros: los jefes subalternos Canales y Aureliano Rivera se negaron a tal arreglo y se separaron de la plaza, pasando el primero con 200 hombres a Brownsville, en donde fue muy bien acogido por los confederados.
De esta manera ocupó Mejía Matamoros sin disparar un tiro entre el 21 y el 26 de septiembre. La ocupación de Matamoros permitió al Segundo Imperio mexicano controlar el noreste del país y cortar una importante fuente de ingresos aduaneros para los republicanos.
Este resultado tuvo gran repercusión en las provincias: Juárez acababa de perder los últimos recursos que le quedaban en el norte, y la pacificación del estado de Tamaulipas quedó asegurada. No solo eso: ochenta barcos de diversas nacionalidades aguardaban en la rada el permiso para reanudar sus operaciones, lo que habría de reportar importantes ingresos a la aduana. Ya se preparaba el movimiento comercial: un convoy con 500.000 pesos esperaba en Monterrey la apertura de las vías férreas para ser trasladado a Matamoros.
En el plazo de tres meses, el cuerpo expedicionario había sometido a la autoridad del emperador Maximiliano cuatro vastas provincias, cuya superficie total superaba la mitad de la de Francia.
Viaje del emperador Maximiliano I al interior de México
El emperador Maximiliano, que aún no había organizado su gobierno, resolvió emprender un viaje al interior con el fin de examinar por sí mismo la situación de los departamentos y conocer sus necesidades en aquellas circunstancias en que más se hacían sentir la gran carestía y miseria. En dicha circular se ordenaba a las autoridades locales, que «deseando evitar gastos, y considerando el estado en que habían quedado los pueblos por los horribles sufrimientos de la guerra, no se preparasen recibimientos ni adornos ni diversiones que originasen gastos a los pueblos.» El viaje no podía ser muy largo, pues no traspasaría los límites de la zona en que se disfrutaba de una seguridad relativa. Durante la ausencia del emperador, quedó a la cabeza del gobierno en calidad de regente la princesa Carlota, pero su poder efectivo se reducía a muy poco; de cerca o de lejos, Maximiliano ponía la exigencia de que ninguna decisión se tomase sin su conocimiento.
La partida se verificó en la mañana del 10 de agosto de 1864. Maximiliano salió del palacio de Chapultepec, en donde residía, y que en el nuevo régimen había tomado el nombre de Alcázar, acompañado de un escuadrón de cazadores de África y dos de la guardia imperial, al mando estos últimos del coronel Miguel López, yendo en una diligencia el consejero Schertzenlechner, el secretario de gabinete Iglesias, el chambelán Raygosa, el escribiente Noriega y cerrando la marcha el resto de la servidumbre.

En un punto llamado el Divisadero, poco distante de Tepeji del Río, fue obsequiado con un coleadero, diversión de los rancheros compitiendo por derribar a un toro, que parece fue del agrado del archiduque. El 17 llegó a Querétaro, en donde permaneció seis días visitando lo más notable de la ciudad, y el 23 muy temprano continuó su viaje a Apasco, Celaya, Salamanca e Irapuato, poblaciones del Bajío pertenecientes al Estado de Guanajuato. En Irapuato se detuvo algunos días con motivo de una inflamación de garganta. El 10 de septiembre recibió al general Uraga, a quien mandó llamar de León, en donde permanecía después de haber abandonado la causa republicana, invitándole para que comiese en su mesa esa misma tarde.
El 11 de septiembre, prosiguió su camino a San Miguel de Allende, adonde llegó el día 13 a las 13:30, y en la mañana del 15 se dirigió al histórico pueblo de Dolores con la intención de celebrar allí el 16 de septiembre, aniversario de la independencia, declarado única fiesta nacional, con grave disgusto de los conservadores; lo hizo vestido de charro. Maximiliano usó frecuentemente el traje de charro; de hecho, el Emperador trató de adaptarse a la vestimenta de cada región, pues cuando visitaba la Tierra Caliente, como las cercanías de Orizaba, en Veracruz, lucía traje blanco y sombrero de paja de igual color. A las 14:00 del mismo día entró en la referida población, y después de la comida se ocupó en arreglar las fiestas que debían verificarse esa noche y el día siguiente. Conforme al programa, a las 22:30, las autoridades le condujeron en procesión con música y cirios a la casa del cura Miguel Hidalgo; visitó todas las piezas, informándose minuciosamente con un veterano de la época de la independencia acerca del destino de cada una de ellas, y a las 23:00 se colocó en una ventana desde donde dirigió una alocución al pueblo.

El 17 de septiembre, salió Maximiliano de Dolores Hidalgo y al día siguiente llegó a Guanajuato, en donde permaneció hasta el 26; en Silao estuvo el 27. En la mañana del 28 llegó a la ciudad de León. El 29 comió en la casa de Uraga. El 1 de octubre salió por el rumbo de La Piedad con dirección a Morelia, adonde llegó el 11. Allí permaneció 7 días, y en ese tiempo nombró prefecto político de Michoacán a Antonio del Moral.
El 18 de septiembre, se dirigió a Toluca y el 25 se reunió en la hacienda de San Juan de la Cruz con la archiduquesa, que había salido de México para recibirle. Juntos hicieron ese día su entrada en Toluca, donde los conservadores se manifestaron bastante fríos. Después de permanecer tres días en aquella ciudad, continuaron a la capital, adonde llegaron el 30 de octubre.
Dos meses y medio se habían gastado en ese viaje, expedición.
Los desastres naturales
El 28 de septiembre, una tromba estuvo a punto de abatirse sobre Ciudad de México. Su llegada fue anunciada con antelación por alteraciones en los aparatos eléctricos y, durante el paso de las nubes sobre la ciudad, se pudieron registrar en el galvanómetro 3.000 descargas eléctricas, es decir, unas treinta por minuto. La tromba descargó en el valle y provocó tales desbordamientos que, de no haber sido por las medidas adoptadas, se habría podido pensar que el famoso desagüe, que costó tantos millones a los virreyes españoles, no bastaba para proteger a la capital de una inundación formidable.
El 3 de octubre, otro fenómeno no menos temible se dejó sentir a lo largo de una extensión de ciento veinte leguas. Durante la noche, hacia las dos de la mañana, un terremoto originado en la costa y observado primero en Veracruz y en La Soledad, se dirigió hacia Ciudad de México pasando por Orizaba y Puebla. Las oscilaciones sufridas en Acatzingo, El Palmar, Aculzingo, Córdoba y Ciudad de México fueron violentas, pero no causaron las desgracias ocurridas en Puebla, donde varias personas perdieron la vida o resultaron heridas, sin contar las casas y edificios que se derrumbaron.
Un subteniente del tren de equipajes militares, el señor Flamant, escribía a este respecto a uno de sus parientes: «El 3 de octubre, a las dos de la mañana, se produjo un terremoto en una parte considerable del Imperio mexicano. Ya había sentido algunos temblores en Argelia, pero nunca tan fuertes. En Orizaba, varias mujeres murieron de susto; otras siguen muy enfermas a consecuencia de ello. El campanario de la catedral, que acababa de ser acondicionado para albergar un reloj, perdió unos veinte metros de su parte superior; una gran parte de lo que queda de él está agrietada. Muchas casas han quedado totalmente destruidas; cada día tenemos noticias de nuevas desgracias. La noche del día 4 fue aún más terrible. Algunos habitantes decían haber sentido ya sacudidas similares, aunque menos intensas, y aseguraban que siempre se repetían veinticuatro horas después, en dirección opuesta. Todo el mundo estaba en alerta; la gente vagaba por las calles, manteniéndose lo más alejada posible de monumentos y casas. Por fin llegó la hora en que se había producido la sacudida la víspera, y esta no se repitió. La gente terminó por quedarse en casa y se acostó, feliz de haber salido del trance solo con el susto.»
Ante la actividad desplegada por el gobierno imperial, los juaristas difícilmente podían mantener la esperanza de llevar a cabo una contrarrevolución. Sin embargo, estaban lejos de renunciar a la lucha, y el general Bazaine se vio obligado a dispersar en repetidas ocasiones a las partidas de guerrilleros que se reorganizaban constantemente, así como a tomar por la fuerza ciertas posiciones.
Toma francesa de Mazatlán (13 de noviembre de 1864)
El 6 de octubre de 1864, en plena guerra contra los franceses, Ramón Corona, Antonio Rosales y Joaquín Sánchez Román firmaron el Plan de Rosario, para en maniobra rápida y efectiva penetrar en Mazatlán a bayoneta calada y destituir al general García Morales (gobernador del Estado designado por Juárez) para colocar en su lugar a Antonio Rosales. Una auténtica asonada, tras la cual Ramón Corona recibió el mando de todas las fuerzas militares republicanas que recibieron la denominación de “Brigadas Unidas de Jalisco y Sinaloa”.
Pero esta nueva administración no mejoró las condiciones de la defensa; no había soldados en número suficiente, ni armas, ni dinero. La sombra de una nueva ofensiva imperialista contra el puerto avanzaba, ahora bajo la forma de un ataque combinado por mar y tierra.
Manuel Lozada, cabecilla conservador, había firmado una alianza con el ejército francés. “El Tigre de Álica”, al mando de 3.000 hombres de caballería, infantería y artillería, irrumpía desde sus dominios con dirección a Mazatlán para apoyar el ataque naval preparado por la escuadra francesa del Pacífico.
A principios de noviembre, encontrándose Corona en El Walamo, fue informado del movimiento de Lozada sobre Mazatlán en combinación con fuerzas francesas que se dirigían por mar al mismo punto. Uno de los escuadrones republicanos venía retrocediendo, desde Escuinapa, ante la embestida lozadista; otra parte del ejército, bajo el mando de Sánchez Román, estaba en Cosalá.
El general Ramón Corona había situado en el Presidio al comandante de escuadrón Eulogio Parra con 200 hombres, para que de ellos destacara 50 de observación en Escuinapa; enseguida se había ido a reunir con Parra, avanzando al rancho de Valamo, y el de noviembre recibió un parte en que se le decía que el enemigo se aproximaba a Escuinapa.
El 6 de noviembre se avistó el primer buque de guerra francés en la bahía de Mazatlán y el 12 del mismo el resto de la flota del Pacífico fondea frente a las tres islas. Con cuatro buques (Assas, Diamante, Victoria y Lucifer), el capitán Thomas Louis Le Normant de Kergrist anunció la toma inminente. Desde el vapor Assas, el comandante de la flota estableció comunicación escrita con Rosales y le notificó el establecimiento del bloque marítimo y el inicio de hostilidades para el amanecer del día siguiente.
Esa misma tarde, Ramón Corona llega a Mazatlán y es puesto al tanto de la situación por el propio Rosales. Juntos consideran la pertinencia de evacuar la plaza, pues se contaba para la defensa solamente con poco más de 300 hombres, y los refuerzos no tendrían el tiempo suficiente para trasladarse desde sus puntos de guarnición hasta este lugar.
Se replegó entonces Corona al Presidio, y con objeto de hostilizar los destacamentos que Lozada fuera dejando en su tránsito, nombró al Tcol Perfecto Guzmán comandante militar de los pueblos de la Sierra, pertenecientes a Jalisco, que se conservaran fieles a la República, y de los de Sinaloa correspondientes al distrito del Rosario; destacó, además, una sección de 100 caballos a las órdenes del Tcol Anacleto Correa, para que, obrando bajo la dependencia de Guzmán, le diera el apoyo conveniente, y colocó en el rancho de la Urraca el pequeño número de dragones que le quedaba, al mando de Parra, dejando 25 guerrilleros de observación en el Presidio.
Esta guerrilla se retiró el 12 de noviembre a Siqueros, seguida de un piquete del enemigo, y habría sido envuelta por un gran número de soldados de Manuel Lozada, si una fuerte crecida del río no les hubiera puesto serios obstáculos; pero observando Corona que se dividían para flanquearle, y atendiendo a lo reducido de su fuerza, se retiró. Enseguida tomó una pequeña escolta y se dirigió a Mazatlán para conferenciar con Rosales sobre las medidas que hubieran de tomarse en vista de lo grave de las circunstancias, previniendo a Parra que dejase algunos exploradores y marchase con su tropa en la misma dirección. Ese mismo día había llegado al puerto la escuadra francesa, y el comandante de la división M. L. Kergrist había notificado a la plaza que desde el día siguiente quedaría establecido el bloqueo y comenzarían las hostilidades.
Corona llegó a Mazatlán a las 18:00 del 12 de noviembre, y en la conferencia que tuvo con Rosales quedó resuelta la desocupación de la plaza, sacando todos los elementos de guerra que fuese posible, pues faltaba el apoyo de Sánchez Román, que no había regresado aún de Cosalá por habérselo impedido las crecidas corrientes de los ríos. La desocupación se verificó a las 02:00 de la mañana del día 13 con el mayor sigilo posible y llevándose consigo los carretones del servicio de limpieza de la ciudad cargados de pertrechos. Los republicanos abandonan la plaza con rumbo a Palos Prietos, burlando la vigilancia de los hombres de Lozada.
En esos momentos en que la fuerza de Lozada, ocupando la Loma Atravesada, a 5 km de las fortificaciones del puerto, empezó a lanzar cohetes de luz y a encender grandes fogatas, señales indudablemente convenidas para avisar a la fuerza naval que había llegado a tiempo y que estaba lista para obrar en combinación; y luego que amaneció, los buques franceses comenzaron a bombardear la población indefensa, y habrían continuado en aquella operación bárbara, hasta demoler la ciudad, si una comisión compuesta por Pablo Retes y algunos representantes consulares abordaron una lancha con bandera blanca de parlamento para llegar ante el comandante Kergrist e informarle de la indefensión del puerto y que la plaza estaba desocupada, a la vez que otra comisión iba a comunicar a Lozada el mismo aviso.
Al salir Corona de Mazatlán la noche anterior para ir con su caballería al encuentro de Sánchez Román, ordenó a Parra que se dirigiera a la Puerta de Abal y de allí enviara un emisario a aquel jefe a fin de que apresurara su marcha, y él continuó a la ranchería de Camacho, en donde tuvo noticia al día siguiente de que la fuerza de Cosalá estaba pasando el río de Elota y que no tardaría en llegar a dicha ranchería.
Por su parte, Rosales llegó a la medianoche del 13 de noviembre a la Puerta de Abal con sus tropas bastante fatigadas, por cuyo motivo concedió a los soldados algunas horas de descanso, y a las 12:00 del día siguiente, cuando se encontraban más descuidados, apareció una sección enemiga que desde la víspera había destacado Lozada en su persecución. La sorpresa fue completa, y ya casi estaba consumada la derrota; pero los republicanos, alentados por el valor de su jefe, hicieron un esfuerzo, rechazando a los lozadeños y reconquistando sus posiciones.
Adopción del sistema de guerrillas
El 15 de noviembre, se reunieron todas las tropas republicanas en El Quelite (Sinaloa), y allí se acordó en junta de guerra adoptar por entonces el sistema de guerrillas, como el que ofrecía mayores probabilidades para hacer la campaña con buen éxito, a reserva de tomar más tarde una organización conforme a las circunstancias: en virtud de esta resolución, el día siguiente se movió para Culiacán la brigada de Sinaloa a las órdenes de Rosales, y Corona se dirigió rumbo a Concordia con la mira de imponerse de la situación de las fuerzas que por aquel lado había dejado, de unirse a ellas y de obrar sobre los destacamentos que a su paso estableció Lozada en Escuinapa y el Rosario.
En Chele, adonde llegó Corona el 18 de noviembre, supo que al pasar Correa cerca del Rosario con sus 100 caballos, fue acometido por 200, pertenecientes a una fuerza de 500 hombres que allí estaban acantonados. Correa se dirigió luego hacia Matatán, en donde se encontraba Guzmán, a quien pidió que destacara en su auxilio una compañía de infantería ligera; ésta llegó oportunamente, se emboscó a un lado del camino, y la caballería enemiga tuvo que retroceder con grandes pérdidas.
Unidos, Correa y Guzmán marcharon sobre el Rosario, derrotando la fuerza que había quedado; pero al saber que estaba entrando en la población una fuerte sección del enemigo, emprendieron su retirada hacia los pueblos de la Sierra, y acordaron marchar sobre Escuinapa para sorprender la sección imperialista que allí se encontraba de tránsito. El movimiento se efectuó tal como lo habían imaginado, llegando a la referida población a las 05:00 de la mañana y penetrando hasta la plaza en donde el enemigo dormía tranquilamente. La primera noticia que tuvo este del peligro que le amenazaba fue una descarga de fusilería, seguida de pistoletazos, sablazos y lanzadas que consumaron la derrota; sin embargo, una guerrilla, situada a orillas del lugar, que se retiró por el camino del Rosario tras una desesperada resistencia, se encontró con una fuerte columna amiga que iba de refresco, la puso al corriente de lo que acababa de pasar y, apresurando la marcha, marchó sobre los republicanos que fueron a su vez sorprendidos, causándoles tales destrozos que no tuvieron más recurso que ponerse en fuga, viendo convertido el triunfo en completa derrota.
Al tener Corona noticia de los sucesos del Rosario, se movió hacia aquella población, y supo en el camino que la sección a que hacía referencia Guzmán en su parte había continuado para Escuinapa, y que más tarde llegó otra que había seguido el mismo rumbo. Estas secciones no eran más que el ejército de Lozada que regresaba para Tepic, pues ocupado Mazatlán por los franceses, el comandante Kergrist mandó que la fuerza mexicana volviera a su punto de partida, creyendo que la presencia de las tropas extranjeras bastaba para asegurar la tranquilidad del puerto, y solo quedaron a las órdenes del jefe francés 300 infantes y 200 caballos, mandados por Tapia, mientras Lozada se embarcó con su estado mayor para San Blas y dispuso que su tropa, dividida en tres secciones escalonadas, emprendiera la marcha. Informado de esto, Corona tomó una senda extraviada con objeto de abreviar el camino, y a poco encontró un ayudante de Guzmán que le refirió el desastre de Escuinapa; entonces ordenó a dicho ayudante que volviera con su jefe, previniéndole que con el mayor número de fuerzas que le fuera posible, se le uniese en Acaponeta, procurando hostilizar al enemigo por cuantos medios estuvieran a su alcance.
Corona continuó, tomando el camino carretero que une al Rosario con Escuinapa, y como el enemigo le llevaba solo una jornada de distancia, hizo apresurar el paso de sus soldados, deseando provocar un encuentro. Llegado a una legua de Acaponeta, acampó a un lado del cerro del Coatepe, y observó que el enemigo, en número de más de 2.000 hombres, iba entrando en aquella población, y que su retaguardia, sin notar su presencia, se hallaba a muy corta distancia de dicho cerro. Cosa de las doce de la noche se adelantó en silencio hacia Acaponeta, con el fin de sorprender la fuerza lozadeña, pero ya ésta había avanzado, y entonces el general en jefe mandó que los cuerpos de a pie se situaran sobre el camino de Guajicori, y él con sus 300 caballos se puso en persecución del enemigo, al que descubrió, cosa de las tres de la mañana, acampado en el Jumayal, 5 km de Acaponeta, en número de unos 1.500 hombres.
El capitán Camilo Isiordia, que mandaba la vanguardia, y al grito de: «¡Quién vive!» contestó arrojándose sable en mano sobre el campo; se siguió la acción, en que los combatientes se confundieron de tal manera que, momentos después, el fuego de la artillería se había silenciado, los republicanos se habían apoderado de las piezas y tenían más de 100 prisioneros. Pero el fragor de la contienda había despertado al resto del enemigo que se encontraba en un segundo campamento; se organizó inmediatamente y avanzó con todas las ventajas de un refuerzo mayor y de refresco; Corona, procurando evitar una derrota, organizó rápidamente su retirada, en que no le persiguió el enemigo sino a muy corta distancia, creyendo que la fuerza republicana era mucho mayor.
La tropa de Lozada levantó el campo y prosiguió su marcha a las 08:00 de la mañana del día siguiente; y el jefe republicano, viendo que el enemigo se encontraba ya en su terreno propio, dueño de todos los recursos que podían favorecerle en la campaña, contramarchó rumbo a Guajicori, adonde llegó en la tarde, dando a reconocer como coroneles de infantería de la guardia nacional de Jalisco a los tenientes coroneles Perfecto Guzmán y José María Gutiérrez, y como coroneles de caballería del mismo Estado a los tenientes coroneles Angel Martínez y Anacleto Correa, en premio de su buen comportamiento.
El día siguiente ordenó a Guzmán que, reuniendo su fuerza, extendiese la línea que ponía a su cuidado desde Acaponeta hasta el Rosario; después marchó a Escuinapa, nombró autoridades políticas, y encargó el mando militar a Correa, previniendo que de cada pueblo de los comprendidos en su territorio se levantara una guerrilla de voluntarios, con el fin de cuidar los caminos de la costa que parten de Tepic, señalando a ambos jefes los puntos de reunión en caso de un revés. Dictadas estas medidas, se dirigió al Rosario, impuso un préstamo, que fue exhibido en el acto, y prosiguió hasta Concordia, en donde pasó revista de comisario el 5 de diciembre. «Así quedaba planteado el sistema de guerrillas que Corona había justamente considerado como el más a propósito para continuar la campaña contra un enemigo, al que en aquellos momentos era sumamente peligroso presentar un ejército numeroso y compacto. Fraccionada su fuerza en un espacio bastante extenso, privaba al enemigo de toda clase de recursos, no teniendo que temer de él ningún daño considerable, pues en último resultado sólo podría ocasionarle descalabros parciales e insignificantes. Si los franceses, llevados por su orgullo proverbial, emprendían expediciones serias, sólo se verían dueños del terreno que pisaban, sin hallar a quién combatir, pues los republicanos, por lo reducido de su número y lo ligero de su equipo, podían fácilmente transportarse a grandes distancias. Entretanto, aquella continua fatiga, aquella falta siempre creciente de recursos, aquella agitación de no poder combatir eficazmente no haría más que aumentar, gastarían antes de mucho el prestigio de los invasores, infundirían confianza en los pueblos, y acabarían indefectiblemente por hacer triunfar la santa causa de la libertad é independencia de México».
Conociendo Corona mejor que nadie el valor, la sagacidad y la pericia que como guerrillero había desplegado en todas partes el coronel Martínez, le dio el mando de la primera brigada, compuesta del primer cuerpo de Ramírez, el escuadrón de Guerrero y las guerrillas de Concordia y de Hernández, para que formara con ella la primera línea de operaciones sobre Mazatlán, cuidando de hostigar la plaza hasta donde fuera posible, impidiendo la introducción de víveres y garantizando al mismo tiempo a los pueblos que estaban bajo su dependencia para que en ningún caso pudiera enajenarse su voluntad, sino que estuviesen siempre dispuestos a auxiliarle con toda clase de recursos, levantando entre ellos guerrillas de caballería, que aumentasen el número de los defensores de la República. Nombró, además, al Tcol Domingo Rubí en jefe del batallón Panuco, ordenándole que fuera a situarse en el punto llamado el Espinazo del Diablo, en donde levantaría parapetos, y comunicaría al cuartel general cuanto ocurriese, pues se tenía noticia de que tropas francesas mandadas por Castagny jefe de la DI-1 se habían puesto en movimiento de Durango para Mazatlán; y habiendo indicado Rubi que no tenía fuerzas bastantes para resistir, pues hahía que guarnecer no sólo el punto que ocupaba sino también el camino del Rey, que conducía directamente a Pánuco, y el de Ventanas, que iba a terminar en Santa Lucía, el general en jefe dispuso inmediatamente que marcharan el batallón Degollado al mando de Gutiérrez, 100 hombres del de Pueblos Unidos y otros 100 que de los lugares inmediatos se pudo medio organizar y que sin armas fueron remitidos, dirigiéndose él mismo al lugar indicado.
Batalla de Jiquilpan o de la Trasquila (22 de noviembre de 1864)
El 15 de octubre, el general Douay, jefe de la DI-2, partió de Guadalajara marchando directamente hacia el sur. A su derecha, cuerpos de tropas imperiales mexicanas debían vigilar el territorio hasta el mar, mientras que el general Márquez, establecido en Zamora con 1.500 infantes, 300 jinetes y algunas piezas de artillería, cubriría su flanco izquierdo y avanzaría por la ruta de Los Reyes. Esta última columna se reunió con él el 26 de octubre en Zapotitlic, no lejos de los volcanes de Colima.
En esas montañas se originan enormes barrancas. Las más importantes, las de Atenquique y Beltrán, tienen cerca de 1.700 metros de profundidad. Ningún carruaje puede atravesarlas; los caminos estrechos y escarpados trazados en sus laderas solo son transitables para las bestias de carga. Los mexicanos se habían establecido tras estas inmensas brechas, cuya orilla opuesta era fácilmente barrida por su artillería. Habría sido imprudente afrontar esos obstáculos de frente; por ello, el general Douay, tras dejar una parte de su columna frente a las barrancas para ocupar y vigilar al adversario, cruzó el río Coahuanejo, donde desembocan dichas barrancas. Realizando un gran rodeo hacia la izquierda, siguió un camino de montaña que le permitía, según las circunstancias, atacar la posición por la retaguardia o marchar directamente sobre Colima.
Tan pronto como los republicanos tuvieron conocimiento de ese movimiento, se retiraron precipitadamente, destruyeron su material, arrojaron a los barrancos sus 12 piezas de artillería pesada y escaparon por el sendero de Jabalí, que bordea el volcán por el suroeste. La ruta quedó así expedita.
El 5 de noviembre, el general Douay llegó a Colima, ciudad en la que el general Márquez había entrado ya tres días antes. Allí dejó a las tropas mexicanas aliadas y retrocedió de inmediato para perseguir al enemigo. Tres columnas convergieron sobre Autlán.
Los mexicanos, bajo las órdenes del general Arteaga, avanzaban con extrema rapidez; apenas habían atravesado dicha ciudad cuando se concentraron en Tecolotlán. El 15 de noviembre, se supo inesperadamente en Guadalajara que habían cortado la línea de puestos avanzados entre Cocula y Ameca y que se dirigían a marchas forzadas hacia el este.
Los puestos franco-mexicanos de la región ya habían sido atacados en varias ocasiones por las partidas de Rojas y Gutiérrez, que contaban entonces con 800 hombres y 2 piezas de artillería. El general Rivas incluso se había visto en una situación muy comprometida en Ameca, logrando liberarse solo gracias a la oportuna llegada de la compañía de guerrilleros del capitán Berthelin, la cual causó un centenar de bajas al enemigo y le tomó 50 prisioneros y un cañón el 7 de noviembre.
Preocupado por las tropas dispersas en la llanura, el general Neigre, comandante en Guadalajara, les ordenó replegarse hacia Santa Ana Acatlán y envió una columna de apoyo al mando del Tcol Lepage; sin embargo, un destacamento de 80 hombres, por no haber tomado las debidas precauciones de reconocimiento, fue sorprendido y capturado durante la noche del 16 al 17. Por el contrario, la compañía que ocupaba el puesto de Santa Ana, aprovechando la oscuridad para ocultar su escaso número, hostigaba a los mexicanos, intentaba obstaculizar su avance, dejaba fuera de combate a unos 40 hombres y sembraba el desorden en sus filas. El Tcol Lepage siguió al enemigo, que avanzaba bordeando la orilla sur del lago de Chapala; pero, como solo contaba con 300 hombres, ralentizó su marcha para esperar a que otras columnas enviadas por el general Douay llegaran a su altura. Por su parte, el general ordenó el rápido descenso de un fuerte destacamento desde León hacia Jalpa para cerrar la ruta del norte.
En los días previos al 21 de noviembre, el general de división republicano José María Arteaga Magallanes, había ordenado a los generales de brigada Leonardo Ornelas Rourigner y Pedro Rioseco Romero, ambos originarios de Guadalajara, que, en unión del coronel Ignacio Zepeda, atacasen al contraguerrillero Rito Sabalsa en la población jalisciense de Jocotepec. El susodicho Sabalsa disponía de 200 hombres de caballería imperialistas y más de 100 franceses del RI-81 de línea que mandaba el teniente Barberi, así como una media batería de artillería. En adición, en aquella tropa militaban 500 jinetes mexicanos aliados de los franceses.
En Jonotepec, los generales Rioseco y Ornelas lograron la victoria, causaron 60 muertos y tomaron prisioneros a 80 zuavos. Después de la batalla, el ejército mexicano se trasladó a la región de Jiquilpan, Michoacán, y se distribuyó en los lugares aledaños a esta localidad. González Ortega entró a Jiquilpan a las 11 de la mañana del 21 de noviembre, escoltado por el general Cuervo y el RC de lanceros de Jalisco.
Algunas horas después arribó el ejército mexicano. El cuartel general permaneció en la plaza, y por orden del segundo en jefe, el general Miguel María Echegaray, se montó el campamento de la manera siguiente: la división compuesta de fuerzas de Jalisco y San Luis Potosí, al mando del mismo Echegaray, se instaló en el camino que conduce a Mazamitla, al pie de un cerro. Las brigadas de caballería marcharon hasta Guaracha, distante más de 10 km de Jiquilpan, y la mayor parte de la DI-4, al mando del general Ignacio Herrera y Cairo, se alojó en la población. El resto de los soldados, finalmente, se quedó en la loma que daría nombre a la batalla: La Trasquila.
El general Douay, alertado sobre el movimiento de Arteaga, dirigió tres destacamentos por otras tantas rutas paralelas. El Tcol Cottat partió de Zapotlán; el coronel de Potier se desplazó desde Zacoalco hacia Teoquitatlán; y el coronel Clinchant tomó una dirección intermedia entre el coronel de Potier y el Tcol Lepage. Este último avanzaba por la ruta más cercana al lago y, por consiguiente, al enemigo. Sin embargo, en la mañana del 22 de noviembre, oyó disparos de cañón frente a su posición
Según el cronista José Luis Ceja, toda la noche del 21 de noviembre llovió de modo torrencial. El día 22, durante la madrugada, la avanzada del ejército mexicano que acampaba en La Trasquila escuchó el ruido de fuerzas armadas que atravesaban las milpas (maizales) cercanas.
Se trataba del coronel Justin Clinchant del RI-2 de zuavos con 600 zuavos, 200 cazadores del RCL-18, 2 cañones de montaña y 400 contraguerrilleros mexicanos capitaneados por Remigio Tovar y Rito Zabalza, que se habían adelantado a los mexicanos y avanzaron hasta las primeras casas del pueblo. La tarde del día 21, tras una marcha forzada, había llegado a 7 km de Jiquilpan, donde se hallaban acampados 4.000 republicanos con 20 piezas de artillería.

Tras permitir que sus hombres descansaran, reanudó la marcha en plena noche y, hacia las 05:00 de la mañana, alcanzó una pequeña meseta situada sobre Jiquilpan, donde el enemigo se había posicionado. El teniente Arcadio Ruiz Zepeda, que estaba de avanzada, oyó el ruido de una tropa que atravesaba una milpa inmediata, lo que puso en el acto en conocimiento del general Pedro Rioseco, quien inmediatamente galopó al campo de la Trasquila para detener el paso al enemigo, siendo muerto a bayonetazos por los zuavos.
En primer lugar, su vanguardia arrolló a bayonetazos los puestos avanzados y liberó a 80 prisioneros franceses, cogidos en Jonotepec; muchos de ellos eran artilleros, se apoderaron precipitadamente de los cañones de los republicanos y comenzaron a batir a estos, introduciendo en sus filas el más espantoso desorden. A continuación, los zuavos ascendieron la altura empujando al enemigo ante sí. Por un momento, se vieron rodeados por todos lados, pero una carga decisiva del escuadrón de cazadores los liberó y aseguró el éxito.
Los zuavos penetraron en la plaza de Jiquilpan y sorprendieron al grueso de las fuerzas que estaban acuarteladas, y que apenas dispararon unos cuantos tiros, huyendo enseguida hacia el sur, fuera de la población.
El Tcol Lepage llegó poco después del combate con su columna de 500 efectivos, que participaron en la persecución. El coronel de Potier, que había ampliado su movimiento hacia el sur, se encontraba en Tinguindin esa misma tarde, y su vanguardia logró alcanzar a una parte de las fuerzas derrotadas por la mañana en Jiquilpan.
A las 22:00 del día 22, el general Arteaga recibió la triste noticia de que había muerto el general Leonardo Ornelas, que se habían dispersado dos batallones, que el Tcol Villalpando había salvado sus baterías, haciendo fuego en retirada, y que la caballería francesa que lo perseguía tuvo que dar media vuelta, pues el bombardeo con que los recibió el Tcol Villalpando fue oportuno.
El comandante Ignacio Bravo hizo funcionar sus cañones, protegiendo así a su camarada Villalpando. La caballería también auxilió a la artillería; ambas fuerzas continuaron su retirada y se unieron al grueso de las columnas, salvando sus cañones.
El día 23 de noviembre, al amanecer, las líneas de tiradores republicanas abrieron fuego sobre las de los franceses, las que, ya reforzadas por potentes columnas paralelas, cargaron sobre el frente de batalla, y los recibieron con fuego graneado de fusilería y artillería. Formándose el combate de una manera terrible, a las 3 horas de combate, los republicanos comenzaban a batirse en retirada.
El general Zepeda mandó a su batallón de Defensores de Jalisco que formase en columnas paralelas por compañías. De esta manera lograron salir de la zona peligrosa, no atreviéndose los franceses a detener la retirada que dirigía el general Zepeda, rumbo al pueblo de Chapala, donde entraron ya muy noche.
Los dispersos que se incorporaron, dando la fatal noticia de que el general Pedro Rioseco había muerto.

Los mexicanos se retiraron, dejando un gran número de muertos, 9 obuses de montaña y una gran cantidad de municiones. Un general y una veintena de oficiales se entregaron como prisioneros. El coronel Clinchant, un oficial y 15 zuavos resultaron heridos; un oficial y 6 zuavos murieron.
Los cadáveres de Ornelas y Rioseco fueron sepultados en el camposanto de Jiquilpan, que a la sazón se localizaba en el atrio de la parroquia de San Francisco de Asís. Hay actualmente un monumento a los generales Leonardo Ornelas Rourigner y Pedro Rioseco Romero, en la loma de la Trasquila, Michoacán.
El general Arteaga llegó a los Reyes y el día 23 citó en su alojamiento una junta de honor. En ella manifestó a los jefes que, visto el desastre que acababa de sufrir el cuerpo de ejército, desde ese día variaba el plan de campaña, adoptándose el sistema de guerrillas y de pequeñas columnas móviles que obrarían sin descanso, en medio de toda clase de penalidades, principalmente de la falta de recursos.
Unánimemente contestaron los jefes de la junta que seguirían la suerte del general Arteaga y que estaban dispuestos a hacer la guerra de montaña en Michoacán. El general Arteaga fue abrazando a cada uno de sus fieles camaradas y se concertó la marcha a Uruapan para el día siguiente.
Batalla de San Pedro (22 de diciembre de 1864)
Martínez había rechazado el 23 de noviembre en las Higueras una fuerza de 600 hombres entre argelinos y auxiliares, persiguiéndolos hasta las goteras de Mazatlán.
El 20 de diciembre, las 500 tropas del capitán de fragata Gazielle y de Bel-Kassam, embarcadas en el barco de guerra a vapor Lucifer, desembarcaron en Altata, a 70 kilómetros de Culiacán. El coronel republicano Antonio Rosales marchó con 400 efectivos para hacerles frente, pernoctando en el pueblo de San Pedro. Antes de la salida del sol del día 21, Rosales emprendió la marcha al encuentro de los franceses.
En el camino, un explorador informó que las avanzadas republicanas habían hostigado con éxito a los franceses desde Bachimeto a Navolato. Comprendiendo Rosales que ese era el lugar menos indicado para presentar batalla, retrocedió a San Pedro, pero dejó la caballería republicana para provocar a los franceses y conducirles al lugar que tenía previsto para la batalla. Las fuerzas republicanas colocaron trampas de nopales (cactus), que hicieron que la caballería francesa retrocediera.
Los franceses avanzaron en la mañana del 22 de diciembre sobre San Pedro, población distante 25 km de Culiacán. El coronel Rosales formó en batalla, colocando en su centro cuatro piezas de artillería de montaña, dirigidas por el teniente Evaristo González, y un trozo de infantería. En la izquierda situó el batallón mixto, mandado por su comandante Jorge García Granados, y dos piezas ligeras. A la derecha desplegó el batallón Hidalgo, a las órdenes del coronel Correa. La caballería quedó de reserva. La fuerza francesa colocó a su izquierda mexicanos aliados, a su derecha franceses con 2 obuses de montaña y en su centro argelinos y mexicanos. Más de media hora duró el fuego de fusil y de cañón.

Los franceses intentaron enseguida apoderarse de las 2 piezas de a izquierda republicana, lo que evitó el comandante Granados, haciéndolos retroceder, no sin quedar gravemente herido. Continuó la acción: el coronel Rosales ordenó que toda la brigada cargara a la bayoneta. Este ataque general se ejecutó con brío, y en él murió gloriosamente el capitán Fernando Ramirez. La bizarría de los mexicanos hizo perder terreno al enemigo. Su resistencia fue tenaz por más de media legua y durante tres horas, hasta que las cargas dadas por el escuadrón de lanceros de Jalisco, mandados por el capitán Francisco Tolentino, acabaron de decidir el éxito de la batalla. Los franceses y sus auxiliares tuvieron un número considerable de muertos y heridos, contándose entre los primeros al jefe de los tiradores argelinos y otros tres oficiales.
Quedaron en poder de los republicanos dos piezas rayadas, todo el material de guerra, 98 prisioneros franceses y argelinos, entre los que estaban Garielle, capitán del Lucifer y el jefe de la expedición, y 6 oficiales, dejando además 10 heridos y veintitantos muertos. De los imperialistas mexicanos quedaron unos 200 prisioneros.
Se les confiscaron armas, banderas y guiones, pero, a pesar de la orden de Juárez de aplicar la Ley de Octubre, que ordenaba el fusilamiento sin juicio de los imperialistas mexicanos que luchaban junto a los franceses, le perdonó la vida a Gazielle y a todos los prisioneros, a los cuales hizo desfilar como ejército vencido, por las calles de Culiacán.
Operaciones del general Douay
El 15 de octubre, el general Douay, jefe de la DI-2, salió de Guadalajara marchando directamente al sur, mientras que algunos cuerpos de imperialistas se movían a su derecha para explorar el país hasta el mar, y que Márquez, cubriendo su izquierda, se dirigía de Zamora por el camino de los Reyes con 1.500 infantes, 300 caballos y algunas piezas de artillería. Esta columna se incorporó con la DI-2 de Douay en Zapotiltic el 26, y dejando una fuerza al frente de las barrancas, en observación de los republicanos, parapetados en el lado opuesto, el general en jefe hizo un gran rodeo a la izquierda y siguió un camino de montaña que le permitía, según las circunstancias, bordear la posición o marchar directamente a Colima. Cuando los liberales supieron de este movimiento, se retiraron precipitadamente arrojando en las barrancas sus piezas de grueso calibre, y salieron por el paso del Jabalí que rodea el volcán al sudoeste; así fue cuando el 5 de noviembre llegó Douay sin obstáculo a Colima, en donde había entrado Márquez tres días antes.
El general francés dejó a sus aliados en esa ciudad y retrocedió para emprender la persecución del enemigo, que había tomado el camino de Autlán, concentrándose enseguida en Tecolotlán, y el 15 se supo con sorpresa en Guadalajara que había cortado la línea avanzada entre Cocula y Ahuacatlán, y que se dirigía a marchas forzadas hacia el este. Ya varias veces Rojas y Gutiérrez habían atacado los destacamentos franco-mexicanos de aquel rumbo, y Rivas, jefe de Lozada, apenas pudo escapar el 7 en Ameca, merced al auxilio oportuno que le prestó el capitán Bertbelin. Después de que el general Neigre, a quien había dejado Douay en Guadalajara, tuvo noticia de aquel movimiento, mandó que las fuerzas diseminadas se replegasen en Santa Anna Acatlán, y envió para apoyarlas una columna a las órdenes del coronel Lepage, el cual siguió a los republicanos que se dirigían por el lado sur del lago de Chapala, y que en su camino habían sorprendido y hecho prisionero, la noche del 16 al 17, un destacamento de 80 franceses.
Entretanto, el general Douay había hecho mover rápidamente una fuerza de León sobre Jalpa con el fin de cubrir la salida del norte, y Douay dirigía tres destacamentos por tres caminos paralelos: el Tcol Cottat, que partió de Zapotlán; el coronel de Potier, que salió de Zacoalco sobre Teocuitatlán, y el coronel Clincbant, que siguió una dirección intermedia entre de Potier y Lepage. El 21 de octubre en la noche, después de una marcha forzada, Clincbant llegó a 7 km de Jiquilpan, donde se encontraba acampado el ejército liberal, que fue atacado el día siguiente, sobre las 05:00 de la mañana, sufriendo una completa derrota.
Arteaga con los restos de su fuerza se retiró a Michoacán. Douay, por orden de Bazaine, marchó a Morelia con objeto de pacificar el departamento, y Márquez, que el 18 había ocupado el Manzanillo, retrocedió sin dejar allí guarnición, dividió su tropa entre Colima y Zapotlán, y él marchó a recibir órdenes a la capital.
La ocupación de Mazatlán se había hecho con tropas aliadas de Acapulco, pero habiendo quedado en este último puerto una débil guarnición y deseando conservarlo, el general francés dio orden a Vicario para que con tal objeto se moviera de Iguala: la marcha se verificó el 14 de setiembre, yendo a sitiar a Chilapa, ocupada por los republicanos; pero al saber que se dirigía una fuerza mandada por el general Diego Álvarez en auxilio de la plaza, Vicario se retiró el 11 de octubre, y los republicanos salieron inmediatamente en su persecución, dándole alcance y derrotándole completamente. Después de que el jefe de la expedición supo lo que había pasado, ordenó a Abrahán Ortiz de la Peña que se encargara de la brigada de Vicario, mientras que este se presentaba en la capital para dar cuenta de sus operaciones.
Destruida toda esperanza de que fuerzas mexicanas llegasen a Acapulco, se resolvió la evacuación del puerto, y el 14 de diciembre se embarcaron para Mazatlán las cuatro últimas compañías del BIL de tiradores.
Operaciones francesas en Yanbuitlán
Desde el mes de julio había dispuesto Bazaine las operaciones sobre Oaxaca, en donde defendía la causa nacional el general Díaz. Con tal objeto, el general Brincourt salió de Puebla en dirección de Huajuapan, que ocupó sin resistencia el 1 de agosto, a la vez que el coronel Giraud, que había partido de Orizaba, entraba en Teotitlán y avanzaba más allá, dejando detrás varios destacamentos. Entretanto, el general Díaz, ocultando su marcha por la montaña, se dirigía a Teotitlán, sorprendía el día 10 en San Antonio a una compañía del RI-7, mientras su hermano Félix atacaba otra compañía en la hacienda de Ayotla, y la derrota del enemigo habría sido completa si no le hubiera llegado un refuerzo oportunamente.
El 17 de agosto, Brincourt se unió con Giraud en Teotitlán, adonde el segundo había vuelto, disponiéndose a marchar a Orizaba, y juntos avanzaron a Nocbistlán, de donde luego retrocedieron, dejando una guarnición en Yanbuitlán, pues no disponiendo de fuerzas suficientes, temió Bazaine que no le fuera posible sostener la columna expedicionaria en caso de un revés.
Durante los meses de setiembre, octubre y noviembre, los franceses estuvieron trabajando en los caminos, y a finales de noviembre se organizó una nueva columna de las tres armas, a las órdenes del general Courtois d’Hurbal. Esta columna se dirigió por el camino principal de Puebla a Yanbuítlan, al mismo tiempo que salían otras dos ligeras de Orizaba y de México, siguiendo la primera el camino de herradura de Teotitlán y pasando la segunda por Cuernavaca, Morelos y Matamoros, con el fin de tranquilizar las poblaciones de aquellas zonas, fuertemente alargadas con las recientes derrotas de algunas fuerzas imperialistas. Ambas columnas debían incorporarse con Courtois d’Hurbal en Acatlán.
El 12 de diciembre llegó el ejército francés a Yanbuitlán, hasta donde se había abierto camino carretero; por este motivo se dejó allí todo el material rodante, y el general en jefe avanzó seguido de las tropas ligeras para organizar las cuadrillas de trabajadores que expeditasen la vía, y reconocer las posiciones de los republicanos. El día 17, la columna de Orizaba, que había sido hostigada en su tránsito por las guerrillas de Figueroa, se incorporó en San Francisco Huitzo a Courtois d’Hurbal; al día siguiente se estableció en la villa de Etla, después de un ligero combate con una fuerza republicana, que se retiró causando la muerte de un oficial y 6 soldados de caballería del pelotón francés de vanguardia.
La situación de México al concluir el año de 1864. Parecería a primera vista que la causa del imperio estaba próxima a consumar su triunfo sobre las ruinas de la República vencida: las armas francesas habían ensanchado considerablemente el círculo de su dominación en los Estados del Norte y Occidente, y si bien se había reembarcado una brigada entera, el BIL de cazadores, el RI-99 y el RI-2 de zuavos, tropas que habían llegado primero al país, constaba todavía el ejército expedicionario de 30.000 efectivos, y habían comenzado a llegar los voluntarios austríacos y belgas.
Sin embargo, la realidad era muy distinta: el imperio no contaba con más apoyo que el del ejército francés, y el emperador era incapaz de resolver las grandes cuestiones de que se hacía depender la consolidación de su gobierno.