Siglo XIX Expediciones francesas a México en el siglo XIX Segunda expedición francesa a México. Operaciones en el primer semestre de 1865

Batalla del Espinazo del Diablo (1 de enero de 1865)

Hacia finales de 1864, los franceses se habían apoderado de Mazatlán, al sur de Sinaola y pretendían ocupar el noreste del estado. Para ello, los mandos franceses enviaron desde Durango una sección de su ejército conducida por el general Armand A. de Castagny.

Castagny se preparó para trasladar sus tropas a través de la Sierra Madre Occidental. Recibió el apoyo de los habitantes de Durango para reparar el camino que conducía a Mazatlán, ya que sus intereses comerciales dependían de la comunicación con el mar.

El 18 de noviembre, para dirigir la reparación del camino, se envió un destacamento a Duraznito, único poblado entre Durango y Mazatlán, ubicado a 50 leguas del primero, mientras que el BIL-I de cazadores y el RI-51 y RI-62, destinados a dicha operación, se concentraron en Durango.

En diciembre de 1864, La DI-1 del general Armand Alexandre de Castagny, se encontraba en posesión de la ciudad de Durango, capital de la Nueva Vizcaya. En la última quincena de ese año decidió que era tiempo de avanzar hacia Mazatlán, para ello dividió a sus casi 3.000 hombres en tres columnas; la primera al mando del coronel Isidore Garnier, la segundo era comandada por el mismo, y la última por el Tcol de apellido Cotteret. Entre todos los hombres figuraba otro coronel también descrito como valiente al extremo, de nombre Eugéne Chauffeur.

El 18 de diciembre, una vanguardia de tres compañías, bajo el mando del Tcol Deplanque, inició el traslado. Fue seguida por la columna de dos batallones del RI-51, al mando del coronel Garnier, que partió el 22. El día 26 salió el cuartel general, con un batallón y un escuadrón. Finalmente, el 1 de enero salió una última columna.

Enterado de los movimientos de los franceses, el general Ramón Corona, quién dirigía la resistencia republicana en Sinaloa, nombró coronel del batallón Pánuco a Domingo Rubí y le dio órdenes de situarse en un punto llamado El Espinazo del Diablo, donde debería levantar parapetos y vigilar el avance francés. Una vez establecido en dicho punto, Rubí le comunicó a Corona que los franceses ya habían salido de Durango, pero no contaba con fuerzas suficientes para hacerles frente, porque además del Espinazo del Diablo era necesario guarnecer el camino del Rey y el de Ventanas.

Al llegar allí, mandó al BI-I del RI de Concordia, bajo el mando del coronel Isidoro Peraza, a resguardar el punto de Ventanas; mientras que para resguardar el camino del Rey envió al Tcol Miguel Martínez, al mando de una parte del batallón de Pánuco.

Pese a los preparativos, la situación era crítica: los republicanos apenas contaban con 300 hombres, 60 de ellos desarmados; además, se carecía de piezas de batir y de montaña. Por lo anterior, el coronel Rubí fue enviado a construir parapetos en la cuesta de Guamúchil, a 20 km de distancia, sobre el camino que tendrían que transitar los franceses en caso de querer forzar su paso por el Espinazo.

Los republicanos se enteraron de que los franceses habían pernoctado en Tepalcates y tendrían que entrar a Sinaloa por el camino del Favor. Los soldados oriundos del lugar quemaron sus hogares, graneros y pasturas para que no fueran de provecho para los franceses.

El general Corona ordenó al coronel José María Gutiérrez ocupar la línea derecha del camino por donde debían pasar los franceses, advirtiéndole que, por lo quebrado y difícil del terreno, como por la distancia y falta de reserva, no esperara ninguna ayuda, y cuando ya no pudiera resistir, se retirara a la cuesta de Guamúchil colocando una bandera que sirviese de contraseña sobre un árbol que le indicó. El coronel Canales se colocó en el centro del camino, el Tcol Saavedra en la izquierda mientras el general Corona se coloca en un punto que dominaba la posición, mientras que el parapeto en la loma a su derecha estaba a cargo del capitán Calixto Mariles.

El 30 de diciembre de 1864, 800 soldados franceses, pertenecientes al RI-51 y el BIL-XVIII de cazadores de a pie y una sección de artillería consistente en 2 piezas, bajo el mando del coronel Garnier llegaron al frente de línea. Una guerrilla de 25 hombres al mando de Teófilo Noriega disparaba sobre los franceses mientras cruzaban por una pequeña cañada, logrando matar a varios de ellos.

El día 31, se pasó haciendo algunos reconocimientos y finalmente, en la mañana del 1 de enero, Garnier dividió a sus hombres en tres columnas: la primera por el camino nuevo hacia el centro; la segunda por el camino viejo, a la izquierda; y la tercera por la derecha, sobre el cerro que ocupaba Gutiérrez, y los mandó a atacar las fortificaciones. El jefe francés iba en la retaguardia con una columna de reserva y la artillería, tratando de colocarse sobre una elevación ventajosa, desde donde pudiera dirigir el ataque. Después de tres horas de combate general, la columna central francesa fue rechazada, mientras que la de la izquierda logró flanquear los parapetos de Saavedra, donde atacaron a los allí refugiados con bayonetas y los persiguieron de cima en cima.

Corona fue con el capitán Lucas Alemán a reforzar a Saavedra, mientras encargó al alférez Manuel Martínez que desde su lugar observara todo lo que pasara y se lo comunicara, tras lo cual marchó a cubrir a Saavedra. Corona hizo que con palancas arrojaran grandes rocas al enemigo mientras intentaban rodear la posición. La defensa iba tan bien dirigida que todos los que intentaban pasar se despeñaban. Corona volvió al cuartel general, pero tuvo que regresar rápidamente al enterarse de que el capitán Alemán había huido. Al mismo tiempo, la fuerza de Gutiérrez también se retiraba. Saavedra tuvo que retirarse hacia el mineral de los Metates. Con todo perdido, Corona no tuvo más remedio que salvarse cubriéndose entre las rocas de una barranca mientras los franceses, ya dueños de la posición, le disparaban desde las alturas.

Los republicanos perdieron cerca de 100 hombres, mientras que los franceses tuvieron 10 muertos y 39 heridos. Los franceses fusilaron a sus 14 prisioneros. Garnier continuó su avance hasta Mazatlán, siempre hostigado por los guerrilleros, pero sin que se produjeran más combates serios.

El 7 de enero de 1865, Castagny entró en Mazatlán. Desde entonces aplicó una política brutal de “tierra arrasada”, incendiando pueblos y castigando a la población civil para quebrar la resistencia.

Esta batalla, aunque perdida en lo inmediato, alimentó la memoria de la resistencia mexicana y la figura de Ramón Corona, quien más tarde sería general y gobernador de Jalisco, recordado como uno de los héroes que nunca se doblegaron ante el imperio.

Segunda intervención francesa de México (1862-67). Mapa de movimiento de fuerzas.

Batalla de Veranos (10 de enero de 1865)

Tras la batalla del Espinazo del Diablo, venciendo mil dificultades, Corona logró llegar a Pánuco en la noche del día 4, con Rubí, que se le había reunido en el rancho del Platanillo, en donde le dio un parte pormenorizado de sus operaciones en el Huamícbil, lo mismo que extensos informes sobre las medidas concertadas con Gutiérrez en vista de las eventualidades que pudieran ocurrir.

El 6 de enero, llegó con su estado mayor a Concordia, adonde había ordenado que se dirigiera Rubí con el batallón de Pánuco, e inmediatamente se movió Gutiérrez para ir a reforzar a Martínez con 50 hombres del batallón Degollado con objeto de hostigar a los franceses antes que llegaran al puerto; así se hizo, en efecto, pero sin obtener gran resultado; Castagny y su DI-1 entraron en Mazatlán el día 7, y el 8 de enero pernoctaron en la Puerta de San Marcos. A la mañana siguiente emprendería su camino hacia Veranos, a donde llegaron esa misma tarde.

En vista de esto, Corona, que se había movido hasta Siqueros para tomar parte en la combinación proyectada, y que recibió aviso de Martínez, diciéndole que había dejado en observación del puerto al comandante Eulogio Parra, mientras él se retiraba al Verde, donde esperaba órdenes y quedaba en acecho de los franceses, el 9 comunicó Martínez que el general francés, con una fuerza de 2.000 a 3.000 hombres, había pernoctado la noche anterior en la puerta de San Marcos, y que aquel día debía llegar a Veranos.

Veranos es una población perteneciente al municipio de Mazatlán, ubicada a unos 36 km al noreste de esta ciudad, a la orilla del río Presidio.

El 10 de enero, se supo que los franceses se encontraban en Veranos, escoltando una gran cantidad de mercancías de Durango; inmediatamente mandó Corona órdenes a Gutiérrez, Rubí y Correa para que contramarcharan; a las 15:00 horas se reunieron todos con Martínez en el Verde; pero ya entonces se había movido Castagny a Siqueros, distante 30 km, quedando en en un corral cercano de Veranos 150 soldados del BIL-VII de cazadores de Vincennes al mando del teniente Eugène Chauffeur y 50 arrieros armados custodiando las mercancías que no se habían podido llevar y 50 arrieros armados. El pueblo está situado sobre una eminencia en el seno de una curva que forma la falda de una loma que la domina, pasando por el lado opuesto un río que lleva el mismo nombre. Previendo que los republicanos pudieran atacarlos, ingenieros franceses habían fortificado, aunque de forma ligera, la iglesia del lugar. Así, los hombres se atrincheraron en dicho templo, en una casa grande contigua donde depositaron las mercancías, y en otra más de adobe.

Corona, después de dar algunas horas de descanso a su tropa, compuesta de 600 hombres, se dirigió a Tepusta, en donde dictó las órdenes para el ataque; se movió enseguida hacia Veranos y, al dar los franceses el toque de retreta y lista de ocho, se abrió fuego sobre el enemigo.

Los republicanos atacaron desde varios ángulos a los imperialistas. Sorprendidos por el ataque, estos se refugiaron en las tres edificaciones. Hacia las once de la noche, los mexicanos se apoderaron de la casa de adobe, dejando un elevado número de sus enemigos muertos. Pero desde la casa grande los franceses también diezmaban las líneas republicanas. Y ante el temor de que el tiroteo alertara al resto del ejército francés, Corona y sus allegados tomaron una determinación: incendiar la casa. Y así fue, muy pronto los hombres de Corona arrojaron al techo de esta zacate (hierva) encendido, lo que ocasionó que la conflagración comenzara con los franceses adentro. Convertida aquella casa en horno, muchos de aquellos soldados intentaban salvar sus vidas escapando por las ventanas, pero eran recibidos por las balas de quienes los rodeaban, escapando únicamente 2 heridos en medio de la confusión y el desorden.

Ya sólo quedaba la iglesia, y sus puertas pronto cayeron; pero desde el interior los imperialistas ya preparaban su abrupta salida y a bayoneta emprendieron una estampida cuyo fin era escapar del incendio provocado y del fuego enemigo. Montarby fue uno de ellos, pero al intentar huir fue alcanzado por una bala que le atravesó la cabeza; Chauffeur fue otro de ellos, pero la suerte le fue distinta; a pesar de haber recibido varias heridas, él sí sobrevivió.

Batalla de Veranos (10 y 11 de enero de 1865). Los mexicanos incendiando una casa donde estaban refugiados los franceses.

Los vencedores se apoderaron de 3 oficiales, 57 cazadores de Vincennes y 40 arrieros.

Rubí salió inmediatamente con los prisioneros rumbo al pueblo de Jacobo; a las tropas se ofreció como botín, en premio de su buen comportamiento, la mitad de lo que se tomara al enemigo, debiendo pasar la otra mitad a la pagaduría; esta, sin embargo, solo percibió 10.000 pesos, pues el dinero se había fundido en gran parte debajo de los escombros, y no había que perder un tiempo precioso en recoger lo que se había salvado del desastre.

A las dos de la mañana se procedió a la evacuación de Veranos, retirándose el coronel Gutiérrez con los heridos hacia Concordia, mientras Corona se dirigió en unión de Martínez hacia Jacobo, en donde alcanzaron la fuerza que conducía a los prisioneros.

Un explorador avisó a Corona de la llegada de fuerzas francesas procedentes de Siqueros; se trataba de cazadores a caballo de África al mando del conde de Montholon. Se produjo un enfrentamiento con arma blanca en el que los franceses tuvieron 36 bajas, incluido el propio conde. Los republicanos perdieron el capitán Jesús Félix, 13 de tropa y 33 caballos.

Toda la gente se dispersó, quitando en su retirada al enemigo tres hermosos caballos árabes, uno de los cuales era el mismo que montaba el conde de Montholon, que mandó regalar al capitán Antonio Rosales, en nombre del capitán Guadalupe Gómez, que era su dueño.

Cuando Castagny fue avisado de este ataque, regresó a Veranos, donde encontró 2 oficiales y 14 soldados aún heridos. Al ver el resultado de la batalla, acusó a los moradores de Veranos de complicidad con el enemigo, por lo que ordenó que el pueblo fuera quemado.

Al término de la refriega, los republicanos tenían 100 imperialistas prisioneros: tres oficiales, 57 cazadores y 40 arrieros, a quienes Domingo Rubí condujo hasta Jacobo, donde, según la fuente consultada, de 50 a 60 de los prisioneros fueron colgados.

Autores mexicanos arguyen que era necesario ahorcar a los prisioneros franceses, ya que así se ahorraban municiones y se evitaba advertir a las tropas de Castagny que aún se encontraban en la zona. Autores y prensa francesa de la época acusaron crueldad innecesaria, y fue por ello que esta dio a Corona el mote de “el verdugo de Sinaloa.”

Castagny entró con su DI-1 en Mazatlán el día 13 de enero.

Toma de Oaxaca (9 de febrero de 1865)

Porfirio Díaz, uno de los principales jefes disidentes, ocupaba Oaxaca. El general Hurbal marchó sobre dicha ciudad a través de terrenos muy accidentados, y tuvo que realizar esfuerzos extraordinarios para transportar su artillería por zonas donde jamás había penetrado vehículo alguno. Los indígenas ayudaron a sus tropas con una espontaneidad que revelaba sus sentimientos respecto a la intervención.

Para tomar una plaza que, al parecer, iba a estar fuertemente defendida, el comandante en jefe decidió dirigir personalmente el asedio. Con este fin, salió de Ciudad de México el 3 de enero. Su plan consistía en cercar Oaxaca para apoderarse de la guarnición; para ello disponía de 2 BIs del RI-3 de zuavos, 12 Cías del RI Extranjero, un BIL de cazadores africanos, una Cía de zuavos montados. Además de las tropas de infantería, dispuso de 8 escuadrones al mando del general de Lascours, 4 franceses (1 de zuavos montados y 3 de cazadores franceses) y 4 mexicanos; una batería de a 4, otra de a 12 y dos de montaña. Lo que permitía esperar una pronta resolución.

El 17 de enero, comenzó a cercar la ciudad simultáneamente por el norte y el sur. Los trabajos de circunvalación continuaron en los días siguientes.

El 31 de enero, el general Bazaine había sido ascendido a mariscal este grado, al igual que su predecesor, en reconocimiento a sus servicios; trasladó su cuartel general a la hacienda Blanca, en el centro de los ataques. Para las obras de asedio, tal como habían hecho para la apertura de los caminos que permitieron transportar la artillería, los indígenas les prestaron una ayuda útil y abnegada; gracias a ellos, se pudo establecer en diez días una línea de circunvalación de 36 km de longitud. También llegaron las últimas tropas y los convoyes de víveres y municiones.

El 4 de febrero, se abrió fuego, que fue contestado vigorosamente por la plaza; sin embargo, las operaciones del sitio prosiguieron con la mayor actividad.

El mariscal había concentrado sus esfuerzos principales en el Cerro de la Soledad y el Cerro Dominante, al oeste de Oaxaca. Para el 8 de febrero ya se habían instalado cuatro baterías equipadas con piezas de calibre doce y morteros, conectadas entre sí por varias trincheras de aproximación; simultáneamente, otras tres baterías, también dotadas de piezas de sitio, amenazaban la plaza desde el sur. Estas obras no pudieron llevarse a cabo sin provocar enfrentamientos con el enemigo: el más grave de todos tuvo lugar en la hacienda de Aguilera, tomada con gran ímpetu por el BIL-2 de cazadores de África.

Durante la jornada del 4 de febrero, tres de las baterías abrieron fuego contra la plaza, cuyos alrededores sufrieron graves daños; en la noche del 7 al 8, nuestras trincheras de aproximación llegaron a unos 150 metros del revellín del Cerro Dominante. Dichas obras se realizaban sobre terreno rocoso, por lo que fue necesario emplear sacos terreros. El mariscal Bazaine relataba de la siguiente manera el desenlace que, al hacerse dueño de Oaxaca sin recurrir al asalto, frustró el ardor de los soldados:

«La tarde del día 8, todas las baterías abrieron fuego entre las 5 y las 6, con el fin de destrozar las obras del Dominante, que yo debía atacar. Hacia las 4 de la mañana, debía intentar un ataque por sorpresa contra los cerros de la Soledad y de la Libertad con tres compañías del 3.er regimiento de zuavos; a las 5 y media, debía ordenar que todas las baterías abrieran fuego de nuevo y, hacia las 6, lanzar nuestras columnas de asalto contra la obra en punta situada frente al Dominante. Todas las órdenes estaban dadas: las tropas se hallaban en sus puestos de combate, aguardando con impaciencia la hora del asalto, cuando Porfirio Díaz, acompañado por dos coroneles (sus ayudantes de campo), se presentó a la una y media de la mañana en mi cuartel general, entregándome la plaza de Oaxaca y rindiéndose a discreción, tanto él como toda la guarnición. Inmediatamente di la orden de cesar el fuego en toda la línea. Ese mismo día tomé posesión de la ciudad y de sus fuertes».

La guarnición de Oaxaca contaba con más de 4.000 hombres; además de las 60 piezas de artillería de la plaza, el arsenal contenía recursos valiosos para la reorganización militar de esta rica provincia y para el armamento de las fuerzas rurales.

Lo que hasta entonces había hecho tan difícil la lucha contra los juaristas era que recibían refuerzos de Estados Unidos. Sin embargo, esto dejaría de ser así en adelante. Un despacho de finales de mayo informó que el fiscal del gobierno de Washington en Nueva York había recibido la orden de impedir los alistamientos para México; aquello constituía una prueba de los sentimientos pacíficos que animaban a dicho gobierno hacia el del príncipe Maximiliano.

La ocupación de la ciudad de Oaxaca y la destrucción de aquel cuerpo de ejército eran sin duda acontecimientos altamente deplorables para la causa republicana; se repitió lo mismo que había pasado en todas las demás partes de la República. El general Mangin, que quedó con dos batallones del regimiento extranjero y el batallón de infantería ligera de África, procuró tranquilizar a los vecinos estimulándolos a que reconstruyesen sus casas destruidas por el sitio; enseguida tomó el mayor empeño en que todo el estado reconociese la autoridad del emperador: esto era algo más difícil, pues había que destruir previamente el cuerpo de caballería del general Félix Díaz y las guerrillas de Figueroa.

Tras rendir la plaza de Oaxaca, Porfirio Díaz fue trasladado a Puebla y recluido finalmente en el Edificio Carolino, de donde conseguiría escapar el 20 de septiembre.

Batalla de Guatimotzin o de Cuauhtémoc (2 de febrero de 1865)

Simón Gutiérrez, popularmente conocido como “La Simona”, había estado organizando y reclutando a sus soldados a partir de los partidarios republicanos que permanecieron en Colima después de que el gobernador Ramón R. de la Vega declarara el estado de sitio y cediera el mando al coronel Julio García ante el avance de los franceses. Consiguió reclutar 90 soldados. El 2 de febrero, cuando se encontraba en el pueblo de Guatimotzin (actual Cuauhtémoc), en el estado de Colima, fue atacado por 100 efectivos (franceses y mexicanos aliados) al mando del general francés Carlos Oronoz. El resultado fue la victoria de los imperiales, que tuvieron 30 muertos; los mexicanos tuvieron 20 muertos y 40 capturados (incluidos los heridos).

Operaciones del general Corona

Difíciles eran las circunstancias en que se hallaba el general Ramón Corona para continuar la campaña en el estado de Sinaloa. Los destacamentos franceses de Concordia y Mesillas formaron guerrillas compuestas de soldados originarios de dichas poblaciones, con el fin de destruir a Martínez, que tanto inquietaba a los imperiales; pero las expediciones emprendidas con tal objeto fueron siempre estériles, pues aquel jefe tenía sus fuerzas muy divididas. En el mes de marzo, Corona recorrió su línea y tuvo el desconsuelo de encontrar sus tropas en la más completa miseria, sin lograr proporcionarles más que los escasísimos recursos que podían sacarse de pueblos devastados por la terrible guerra, que como desolador incendio se extendía por todo el territorio del Estado.

El 22 de abril, una fuerza franco-imperial de 500 hombres, estuvo a punto de apoderarse de Corona y Martínez en el rancho de los Naranjos; Corona siguió para Cópala y, al llegar, recibió un parte en que se le decía que la referida fuerza había sorprendido en Jacobo al batallón Concordia, mandado por el Tcol Manuel Crespo, haciéndole muchos muertos y dispersándolo. Los exploradores de Mazatlán avisaron que los franceses esperaban en aquellos días a Lozada con 3.000 hombres para abrir la campaña y hacer una guerra sin cuartel al ejército republicano, y al mismo tiempo se supo que el general Guzmán había sido sorprendido y derrotado en Guajicori por fuerzas de Lozada.

En vista de tales sucesos, Corona dictó algunas disposiciones a Rubí y Parra y se movió enseguida rumbo a Escuinapa para pasar por la hacienda de San José, adonde había sido citado Martínez; pero en el camino recibió un parte de Isiordia en que le decía que estando en los ranchos del Rincón, a orillas de Escuinapa, había sido sorprendido el 24 en la mañana por tropas de Manuel Lozada, sufriendo considerables pérdidas entre muertos, heridos y dispersos, y que por lo mismo se retiraba a incorporarse con Gutiérrez. Algunas horas después llegó otro parte de este último jefe, noticiando que una columna francesa, que acababa de ocupar El Rosario, había sorprendido, acuchillado y destrozado la guerrilla que estaba al mando del comandante Miguel Martínez; por último, en la noche del mismo día, el farmacéutico Crispín Gallegos, encargado del hospital militar establecido en Maloya, comunicó al cuartel general que un número considerable de fuerzas de Lozada había caído sobre aquel punto, dando muerte en sus mismas camas a 35 heridos o enfermos que estaban bajo su dirección.

Después de recibir tan infaustas noticias, Corona dispuso que Gutiérrez se replegara a Matatán y continuó su marcha hasta San José. Entretanto, llegó Lozada a El Rosario e inmediatamente destacó una fuerte sección sobre Matatán, en donde estaba Gutiérrez, quien al observar aquel movimiento marchó hacia el sur para replegarse al cuartel general. Al saber Corona que la fuerza enemiga no bajaba de 500 hombres, dispuso que Martínez con 150 caballos y Gutiérrez con 150 infantes salieran a su encuentro; Martínez se movió en efecto, cayendo sobre los lozadeños con tal ímpetu y tan buena fortuna que los destrozó y dispersó, siguiendo luego en su alcance por cosa de una legua, de donde tuvo que retroceder al encontrarse con la mayor parte del ejército de Lozada, que desplegado en dos alas por ambos flancos del cerro, le atacaba con ventaja.

Apenas se informaba Corona de estos sucesos, cuando le llegó la noticia de que los franceses habían ocupado de nuevo Cópala, y que parecía que obraban en combinación con otra columna desprendida de la Noria. La situación no podía ser más crítica. En el estrecho espacio del estado de Sinaloa que ocupaba, las poblaciones se hallaban incendiadas; los campos talados; la tierra improductiva por falta de brazos; los ganados habían concluido; las caballerías estaban pereciendo por la fatiga y falta de forrajes; los soldados carecían de alimentos; las chozas de los campesinos no encerraban ni el sustento indispensable para sus infelices moradores, y la misma estación les era enteramente desfavorable. Lozada llegaba a Mazatlán al frente de una fuerza de 3.000 hombres y 4.000 había en el puerto. Los republicanos tenían que combatir en circunstancias adversas a 7.000 soldados en las mejores condiciones.

Guzmán se encontraba a seis jornadas del cuartel general, lo cual hacía casi imposible prestarle auxilio, y estando, además, al frente de soldados oriundos de aquellos pueblos, era muy difícil obligarlos a retirarse dejando enteramente abandonadas a sus familias. Estas consideraciones inspiraron a Corona la singular idea de ordenar a aquel jefe que se pusiese aparentemente a las órdenes de Lozada, por cuyo medio pediría el respectivo indulto; para vencer la repugnancia que a Guzmán debía causar semejante paso, Corona le proporcionó un documento que en caso necesario le sirviera para justificar su conducta. Otro tanto hizo con Gadea Fletes y otros varios jefes, lo cual puede explicar el verdadero significado de muchas de aquellas adhesiones con que hacían tanto ruido los periódicos imperialistas.

Corona se dirigió luego a Santa Lucía, adonde llegó el 1 de marzo. Allí supo que la guarnición de la Noria se había movido probablemente sobre Pánuco en combinación con la de Cópala. Inmediatamente convocó una junta, a la que asistieron los generales Martínez, Gutiérrez y Rubí, los coroneles Saavedra e Isiordia, y los comandantes de escuadrón Pacheco, Salas y Peregrina. El general en jefe expuso con toda franqueza los motivos que le impulsaban a evacuar el sur de Sinaloa, haciendo una reseña de las dificultades que hasta entonces había tenido que vencer, y de las nuevas e insuperables que se presentarían en caso de no efectuar oportunamente la retirada hacia Culiacán. Después de una hora en que se debatió un punto que tanto interesaba a todos, se acordó por unanimidad que aquella misma tarde se emprendiera la marcha, pues tal vez el día siguiente sería ya preciso verificarla bajo los fuegos del enemigo.

Corona tomó todas las medidas necesarias para efectuar su movimiento, dirigiéndose por camino extraviado a la mesa de la Noriega; de allí siguió por el rumbo de la hacienda del Potrero al campo del Carrizal y la cumbre de los Negros; en la noche del 5 al 6 de marzo, forzó la marcha para trasponer la vereda del Espinazo del Diablo; el día 7, llegaron todas las columnas al mineral de los Metates; el 8 a Santa Polonia, el 9 a San Miguel y el 10, dejando a San Ignacio del lado de Mazatlán, fueron a dormir al pueblo de Ajoya. Allí permaneció el ejército dos días, continuando por el Chilar, las Canoas y Guadalupe de los Reyes hasta Cosalá, adonde llegó el día 18 de marzo. Las fuerzas se detuvieron en aquel punto, y Corona se dirigió a Culiacán con objeto de arreglar las dificultades que allí habían surgido entre Rosales y el coronel Ascensión Correa, quien le había desconocido con la guarnición que mandaba. Encargó de ambos mandos al general Domingo Rubí.

Algunos días después, dejando de guarnición en Cosalá al general Gutiérrez con el batallón Degollado, se trasladó el cuartel general a Culiacán con todas las tropas, y en el mes de junio se pasó revista de comisario, dándose una nueva organización al cuerpo de ejército.

La guarnición francesa que había permanecido encerrada en Guaymas sin poder moverse al interior de Sonora recibió un refuerzo a mediados de mayo, y el 22 de dicho mes el coronel Garniér atacó las tropas republicanas que se hallaban en un punto llamado la Pasión, al mando del general Pesqueira, y que, después de un combate que duró poco tiempo, se retiraron a Hermosillo. Garniel, a su vez, contramarchó a Guaymas.

Batalla de Tacámbaro (11 de abril de 1865)

Los sucesos del Norte habían hecho retirar a Durango la mayor parte de las fuerzas francesas que se encontraban en Michoacán. El 7 de marzo, Arteaga ocupó Tacámbaro, mientras que Ugalde y Valdés hacían prisionera la guarnición de Zitácuaro.

La primera brigada de la Legión Belga llegó a la ciudad de Morelia el 22 de marzo; en dicha ciudad esperó el resto de las fuerzas belgas, las cuales tardaron algunos días en llegar, entrando en la ciudad el 2 de abril, y de inmediato empezaron las operaciones en el interior del estado. Las fuerzas fueron divididas para entrar más tarde en campaña; una se dirigiría a Pátzcuaro, para formar allí una comandancia belga, la cual se encargaría de dicha ciudad y de los pueblos de alrededor; la otra fue enviada a Tacámbaro para combatir a los republicanos, pues se sabía que en ese lugar se encontraba el cuartel-maestre de los republicanos.

La columna que partió para Tacámbaro estaba mandada por el mayor Constant Tydgadt y fue el día 3 con una fuerza de 251 tiradores, 38 jinetes mexicanos, un cañón mexicano rayado y 16 oficiales. Tenían la intención de derrotar a las fuerzas republicanas de Nicolás Regules, encargado de esa zona.

Después de salir de Morelia, los belgas hicieron su primera jornada en Azcuitio, donde se dirigieron al cementerio, porque ese lugar estaba tapiado, lo cual les serviría de defensa en caso de ataque enemigo. A los vecinos les causó gran indignación, no porque acuartelaran en el cementerio, sino por la sencilla razón de que, para encender sus fogatas, se apoderaran de las cruces de madera que se encontraban sobre las tumbas, lo cual fue visto como una falta de respeto porque se suponía que venían a defender la religión y sus ideas. En esa población permanecieron 3 días; después levantaron el campamento el 6 de abril con rumbo a Tacámbaro, pero al parecer fue un recorrido bastante lastimoso, por el temor de ser sorprendidos por los enemigos en cualquier lugar.

Los belgas llegaron a Tacámbaro el día 7 de abril, se atrincheraron en la ciudad, particularmente en la iglesia de la ciudad, que transformaron en fuerte.

El médico del destacamento sugirió a Van der Smissen tomar de rehenes a Soledad Solórzano de Régules (esposa del mexicano Nicolás Régules) y a los tres hijos que había procreado con el general, encerrándolos en la sólida fábrica del ex-convento de San Francisco, donde los belgas y sus aliados mexicanos se habían hecho fuertes.

El coronel de Potier, que dirigía las operaciones en Michoacán, envió dos columnas en persecución de Régules, que disponía de 2.000 hombres; sin embargo, el jefe republicano, obrando con la mayor habilidad, marchó rápidamente de Zipimeo a Cuitzeo, después a Queréndaro, dirigiéndose enseguida hacia el sur, y el 11 de abril cayó repentinamente sobre Tacámbaro, en donde se encontraban las 4 compañías belgas y el escuadrón mexicano.

Régules preparó sus hombres para el asalto, dividió sus fuerzas en 4 columnas mandadas por los coroneles Luis Cáceres, Luis Robredo, Jose María Méndez Olivares y el Tcol José Vicente Villada. A las 05.00 de la mañana, se inició el ataque que iba precedido por los chinacos de Jesús Villanueva que iban reconociendo el terreno.

La primera columna de asalto desembocó frente a la iglesia y los belgas salieron a combatirlos con las armas en la mano. El enfrentamiento fue muy fuerte; el general Régules tuvo que cambiar de caballo dos veces al ser abatidas sus monturas. Tres horas duraba el combate ni los belgas ni los republicanos cedían, desde una casa que se encontraba junto a la iglesia varios tiradores belgas hacían estragos en las filas republicanas. Régules mandó al coronel Robredo que asaltara la casa y el coronel de inmediato se dirigió a la casa, pero fue herido de muerte, siendo sustituido por Bernal, que continuó con el asalto derribando los portones y los los ocupantes fueron muertos al instante.

Batalla de Tacámbaro (11 de abril de 1865). Lucha en la plaza de la ciudad. Autor Godefroy Durand, Le Monde Illustré.

El comandante de batallón Tiburcio Mejía prendió fuego al techo de la casa que se encontraba junto a la iglesia para que se extendiera y pasara al techo del templo donde estaban resguardados los belgas. Por su parte, el comandante Jesús Villanueva siguió su ejemplo y prendió fuego al portón, con lo que el fuego avanzó en dos frentes y pronto quedaría reducido a cenizas.

Cuando los guerrilleros tenían dominada la situación y la Iglesia empezaba a incendiarse, poniendo en grave riesgo a sus defensores, los belgas llegaron a poner en la línea de fuego, en el momento más terrible del combate, a la mujer de Régules y a los tres niños, para impedir que los republicanos dispararan. Pero un soldado republicano que se encontraba cerca puso a salvo a la señora y a los hijos, y los republicanos combatieron con mayor brío aún.

El coronel Morales murió acribillado a tres pasos de la iglesia cuando el incendio devoraba sus paredes. El techo del templo se vino abajo y los belgas, diezmados, quedaron reducidos a la sacristía, que se incendiaba también. Entonces entró un jinete envuelto en un sarape escarlata: era Régules, quien les ofreció la capitulación. El teniente Walton quiso dispararle, pero se lo impidió el capitán imperialista mexicano Miñón y en español le preguntó cuáles eran las condiciones de la capitulación. Este le contestó «capitulación honrosa», que los belgas aceptaron. A pesar de que habían disparado contra los parlamentarios mexicanos y de haber tenido en rehenes a su familia, Régules perdonó la vida de los soldados que se rindieron en la sacristía.

Murieron 7 oficiales y 20 soldados belgas; el mayor Tydgadt, mortalmente herido, capituló, quedando en poder del vencedor 210 prisioneros, los cuales fueron tratados con consideración por el general Régules. Los belgas tuvieron 70 heridos, de los cuales 75 resultaron no transportables, que fueron conducidos a casas particulares.

Sólo el médico de los belgas, Lejeune, quien había sugerido la acción de secuestrar a la familia Régules, fue ejecutado por el coronel Jesús Gómez, que le mandó llamar y le disparó con su pistola en la cabeza. Régules, por su acción en esta batalla, recibió de manos del presidente Benito Juárez el nombramiento de general de división.

La princesa Carlota se sintió profundamente afligida por la suerte que habían corrido sus paisanos en Tacámbaro, y de Potier, después que tuvo noticia del suceso, se dirigió a ese lugar, adonde llegó el 16 de abril, recogió los heridos y unos 20 prisioneros que se habían escapado, y siguió su marcha sobre Régules.

Semanas después, el general Vicente Riva Palacio canjeó a los belgas por prisioneros chinacos y los legionarios regresaron a su patria.

Régules atacó el 17 de marzo Uruapan, sin lograr tomarlo, y creyendo haberse adelantado bastante la columna francesa, trató de marchar sobre Morelia, que estaba casi desguarnecida; pero de Potier le alcanzó el día 24 de abril en Huaniqueo, y después de un rudo combate, los republicanos se vieron obligados a tomar de nuevo el camino del sur, aliviando la presión republicana en la zona de Michoacán.

La legión belga en México. Autor Charles Dominique Oscar Lahalle.

Este hecho de armas, así como la derrota de Tacámbaro, hizo estallar un grave disgusto entre el jefe francés y el belga, pues a la vez que el primero se expresaba en términos desfavorables de la jornada del 11 de abril, el Tcol Van der Smissen calificaba de poco brillante la acción de Huaniqueo.

Potier desplegó una gran ferocidad en contra de los habitantes, sobre quienes recaían sospechas de hallarse en connivencia con las fuerzas republicanas, y aunque el prefecto del Moral procuró moderar aquella furia de persecución, no logró impedir que se impusiese una fuerte multa a los habitantes de Quiroga, y que en Morelia se aplicase a dos mexicanos la infamante pena de azotes.

Situación militar en México en el mes de abril

En el mes de abril de 1865, las fuerzas militares de que disponía el mariscal Bazaine ascendían al respetable número de 63.800 efectivos, distribuidos del modo siguiente: 28.000 franceses; 20.000 mexicanos aliados; 8.500 de guardas rurales o cuerpos de policía; 6.000 voluntarios austríacos y 1.300 belgas. Dice M. Niox: «Propiamente hablando, el ejército nacional no existía; al menos, no era sino una aglomeración sin consistencia de hombres que obedecía a tal o cual jefe, y que no había sido posible someter a una centralización enérgica de mando y administración; excepto las divisiones Mejía y Márquez, las tropas mexicanas se empleaban en las expediciones como agregados a las columnas francesas. Sus efectivos aumentaban a medida que el radio de las operaciones del cuerpo expedicionario se extendía; pero ningún progreso sensible se había realizado en su organización desde el reglamento provisional de septiembre de 1863».

El emperador Maximiliano no había consagrado a este punto suficiente atención. Poco inclinado a las cosas militares por la naturaleza de sus anteriores estudios, era incompetente en la mayor parte de las cuestiones de esta clase. Formó una comisión bajo la presidencia del mariscal Bazaine, y se descargó enteramente en ella el cuidado importante de constituir su ejército. Los soldados mexicanos le inspiraban poca simpatía. Los indios enclenques, desmañados, mal vestidos, tenían, es verdad, una triste apariencia militar, y no ofrecían nada que pudiese halagar el amor propio de un soberano; así es que se había cuidado poco de saber qué partido se podría sacar de esas pobres gentes. En cuanto a los oficiales, lo que de ellos había oído decir, lo que había visto por sí mismo, no era a propósito para corregir la mala impresión producida por el aspecto exterior de los soldados.

El emperador Maximiliano tenía, pues, en poca estima al ejército mexicano: lo desatendió, y el día que se ocupó en él, solo fue para arruinar la poca organización que poseía, y reducir sus efectivos, so pretexto de que “costaba demasiado caro”. Sea como fuere, la cifra indicada era más que suficiente para someter el país y consolidar el imperio, si se hubiera contado con dos elementos esenciales: las aptitudes necesarias en la persona encargada de realizar tal empresa y la voluntad de la nación para aceptar el gracioso presente que Luis Napoleón le ofrecía en la punta de las bayonetas; pero como ambas cosas faltaban, no era difícil predecir el fin desastroso del ensayo napoleónico.

Operaciones en Taumalipas

Las operaciones en Sinaloa habían debilitado el contingente de tropas imperialistas en Durango, dando como resultado que la mayor parte de las poblaciones de su territorio se levantasen contra los invasores. Bazaine trató de conjurar la tormenta que asomaba por el Norte, enviando refuerzos en aquella dirección, a cuyo fin preparó la reunión en San Luis de una columna móvil de 1.000 hombres, y dispuso que se formase en Querétaro un cuerpo de reserva para dirigirse donde el peligro amenazara.

En efecto, el coronel Naranjo se había reunido con el general Escobedo y con el coronel Goroztieta, ocupando el 7 de febrero, con la pequeñísima fuerza de 27 hombres, la villa de Laredo, que les proporcionó los recursos que pudo. Aumentada su tropa con la de los imperialistas Patiño y Ríos, que abandonó a estos para unirse a los republicanos, se presentaron el 5 de marzo 300 hombres al frente de Piedras Negras, de donde se retiraron después de haber emprendido un ataque, por faltarles las municiones y aproximarse en auxilio de la plaza los imperialistas Florentino López y Tabachinski, procedentes de Monterrey y el Saltillo.

López llegó a Piedras Negras y salió luego en persecución de los republicanos, con el grueso de los cuales retrocedió Escobedo por el camino viejo de Lampazos, mientras Naranjo, haciendo un movimiento de flanco, se colocaba a la derecha del enemigo. López se volvió solo con dos terceras partes de su gente a Monterrey y al Saltillo al saber que la tormenta asomaba por aquellos rumbos, dejando el resto para cubrir los puntos amenazados por los flanqueadores, y Escobedo continuó su retirada para Candela y Monclova, incorporándose a la división del general Negrete.

Tabachinski salió de la villa de Nava con objeto de atacar a Naranjo, que estaba en Gigedo, pero murió en una emboscada en la que fue enteramente destruida la fuerza de más de 200 hombres que conducía. Entretanto, Negrete se había movido de la hacienda de San Fernando y ocupaba el Saltillo el 9 de abril, habiéndose retirado los imperialistas Olvera y López para Monterrey. La división marchó el 11 para San Gregorio; en el camino tuvo aviso de que el enemigo había abandonado Monterrey, tomando el rumbo de Matamoros, y el 12 entró Negrete en la capital de Nuevo León. El 21 se movió el cuerpo de ejército, anunciando en una proclama su general en jefe, que marchaba sobre Matamoros, alentado por el deseo de combatir en defensa de la patria más que por la esperanza de la victoria.

El 23 de abril, Negrete ocupó Ciudad Victoria (Tamaulipas) con el coronel Pedro F. Méndez, después de 19 días de asedio, quedando en su poder el armamento de la fuerza enemiga y saliendo del territorio del estado en virtud de una capitulación el jefe, los oficiales y la tropa desarmada, esta en su totalidad. El mismo día ocupó el coronel Naranjo la plaza de Piedras Negras, abandonada por la guarnición de 200 hombres que la defendía, y que en su mayor parte se pasó al lado americano protegida por los confederados.

El general Cortina, que había vuelto a la obediencia del gobierno desde el 1 de abril, se incorporó con su brigada al ejército de operaciones, que continuó para Matamoros, a cuya vista llegó en la mañana del 30; en la tarde se abrió fuego sobre la plaza; pero sabiendo Negrete que el enemigo contaba con fuerzas superiores, retrocedió en la noche del 1 de mayo a la ciudad de Monterrey.

Entretanto, el general Aymard, encargado del mando en Durango, había ido a ponerse a la cabeza de los puestos avanzados del río Nazas, para vigilar de más cerca los movimientos del enemigo. El general Brincourt, que se había movido rápidamente de León sobre el Fresnillo y Cuencamé, había llegado a Durango, y el general Neigre, que salió de Michoacán, fue a situarse en el Fresnillo. Negrete, que permaneció en Monterrey hasta el 18 de mayo, se dirigió a Saltillo y reorganizó sus tropas, poniendo a la cabeza de la división de infantería al general Mariano Escobedo y dando el mando de la caballería al general León Guzmán.

Bazaine quería envolver a Negrete y destruir su ejército; dio orden de que convergiesen tres columnas sobre el Saltillo: la primera, al mando de Brincourt, debía llegar por el camino de Parras; la segunda, a las órdenes del coronel Jeanningros, por el de San Luis; y la tercera, que partiría de Matamoros. Las dos primeras efectuaron el movimiento; pero Mejía, ocupado en arreglar sus relaciones con los confederados recientemente establecidos en Brownsville, temió debilitar su fuerza y no concurrió a la operación.

En vista de esto, Guzmán marchó el 22 de mayo con la brigada de Pérez Castro a situarse en Aguanueva para vigilar al enemigo procedente de San Luis, y en Parras se situó un destacamento de caballería en observación del de Durango; se fortificó el punto de la Angostura, y el día 25 marchó la infantería a la hacienda de Buenavista, avanzando a la Encantada la brigada de Coahuila. Ese mismo día llegó a San Buenaventura la columna de Jeanningros, compuesta de 1.200 a 1.500 hombres; entonces marchó en vanguardia Naranjo con su fuerza; Treviño se colocó en Buenavista, adonde se retiró la brigada Pérez Castro; Aguirre, con la brigada de Coahuila, ocupó el puerto de la Cruz para evitar que el enemigo envolviera la posición por la derecha; la infantería se situó en la línea fortificada, apoyándose por la derecha en un cerro elevado y por la izquierda en una serie de lomas de poca altura; la artillería estaba distribuida en toda la línea, y en Buenavista se hallaba la reserva general al mando del jefe Lorenzo Vega.

En la noche del 30 de mayo, envolviendo los puntos del Piñón, de Carnero y de Aguanueva, avanzó el enemigo a la punta de Santa Elena, con objeto de cortar la caballería, que se replegó a la Ensenada. El día 31, Jeanningros avanzó a San Juan de la Vaquería, y el 1 de junio a las siete de la mañana atacó las avanzadas, que comenzaron a batirse en retirada, disputándole el paso 12 km. El enemigo marchaba formado en dos columnas de infantería, con 2×12 cañones rayados y dos piezas de montaña, y en otras dos columnas de caballería, protegidas por cortas guerrillas de ambas armas.

Los republicanos permanecieron ocultos y en silencio hasta que el enemigo llegó a tiro de fusil de la fortificación, y entonces abrieron fuego de artillería, obligándole a retirarse precipitadamente, y siendo perseguido en el espacio de 15 km por el coronel Treviño con su caballería. Jeanningros permaneció en espera de Brincourt para renovar las operaciones, y temiendo Negrete ser atacado a la vez por aquellas columnas y por la que se desprendiera de Matamaros, resolvió retirarse, lo cual verificó en el mejor orden, en la noche del 6 al 7 de junio, disponiendo que una brigada a las órdenes de Escobedo marchara al estado de San Luis por el camino del Valle de la Purísima, y que quedasen en Tamaulipas, Nuevo León y Coahuila las fuerzas necesarias para mantener la insurrección, mientras que él, con el resto de sus soldados, se dirigía a Chihuahua por el camino de Monclova. En la madrugada del día 7, atacó el enemigo al cuerpo de lanceros de México que cubría la retaguardia; el encuentro fue bastante reñido; pero protegidos los republicanos por la brigada de Coahuila, se retiraron en buen orden sin ser hostigados.

Batalla de Tula (4 de junio de 1865)

Tras el revés sufrido durante la derrota en la batalla de Tacámbaro en abril, las tropas francesas habían dejado al Tcol Alfred van der Smissen al mando de las fuerzas militares en el estado de Michoacán, manteniendo bajo sus órdenes una brigada mexicana y a sus voluntarios belgas. El 16 de julio, en Santa Clara del Cobre, tres meses después de la derrota en Tacámbaro, el Tcol Alfred van der Smissen se enteró de que el general José María Arteaga, reforzado por 1.000 hombres de Huetamo, había reocupado Tacámbaro con 3.500 hombres. Van der Smissen partió de Santa Clara ese mismo día con su columna belga-mexicana de 850 hombres.

El capitán Léon Visart de Bocarmé vivaqueando en Morelia el 15 de julio de 1865.

A 15 km de Tacámbaro, van der Smissen recibió confirmación de que la ciudad estaba ocupada y que fuerzas considerables controlaban las alturas de la Loma. Para evitar desorden y confusión durante el ataque, van der Smissen dividió sus fuerzas en tres columnas separadas: dos columnas de ataque y una columna de reserva. La primera columna estaba compuesta por las Cías 1, 2 y 4 de granaderos, la Cía-1 de voltigeurs, los zapadores, el escuadrón del capitán Patcha y un obús, todos bajo el mando del capitán León Visart de Bocarmé. La segunda columna comprendía el batallón Méndez de los Colorados de Toluca y un cañón bajo el mando del coronel Ramón Méndez. La tercera columna, compuesta por las Cías 5 y la 6 de granaderos, ambas de muy pocos efectivos, la Cía-3 de voltigeurs, los 80 infantes de la brigada Tapia, los 200 hombres del RC-3 y 2 obuses, fue puesta bajo el mando del Tcol Rodríguez.

Con estos preparativos, las tropas reanudaron su marcha al paso más rápido posible, y aproximadamente a las 14:00, las tropas belga-mexicanas coronaron la colina al este del pueblo, avistando a todo el ejército de Arteaga, formado en buen orden en los tres montículos de la Loma. El montículo central estaba ocupado por una gran fuerza de infantería que seguía las dos ramas de un ángulo saliente muy obtuso, y precedida por seis cañones posicionados para bombardear las empinadas laderas de la posición. Un batallón, especialmente designado para apoyar esta artillería, estaba en columna entre el montículo central y el ocupado por el ala derecha del enemigo. Esta ala derecha estaba formada por un batallón de infantería en formación de batalla, apoyado por una fuerte columna de caballería, compuesta principalmente por granaderos a caballo, los lanceros de Jalisco, y una columna mixta de aproximadamente 800 hombres. El ala izquierda, que corona la colina que domina la carretera de Chupio, estaba compuesta por la reserva y el BIL de cazadores de Michoacán. La fuerza republicana total ascendía a casi 3.000 hombres (1.500 según fuentes mexicanas).

El mismo 16 de julio, precedidas por sus líderes, las tropas belga-mexicanas descendieron corriendo hacia la colina y emergieron en la plaza Tacámbaro, desde donde los primeros en llegar expulsaron a un puesto de avanzada sorprendido por este repentino ataque con fuego de fusil. Mientras las dos columnas de ataque cerraban filas, van der Smissen se separó con su estado mayor (Léon Visart de Bocarmé, Eugène Delannoy, Eugène Gouzée y Théophile Wahis), la primera compañía de voltigeurs, mandada por el teniente Jules Wurth, y el comandante de zapadores salieron de la ciudad para reconocer las posiciones del enemigo.

Solo un sendero estrecho y difícil conduce de Tacámbaro a La Loma; discurre junto a un pequeño rancho donde los cazadores michoacanos, apostados tras los árboles y entre la maleza, disparaban fusiles y carabinas belgas capturados en la batalla de Tacámbaro. Van der Smissen ordenó al teniente Wurth y al comandante de zapadores que desplegasen sus compañías en formación de escaramuza. El teniente Wurth recibió inmediatamente un disparo en el corazón y murió casi al instante. El subteniente Alfred Désiré Stoeps toma entonces el mando de la compañía. Los republicanos comenzaron a disparar su artillería. Van der Smissen envió al teniente Wahis con el coronel Méndez para que ordenase avanzar las columnas de ataque.

Al recibir esta orden, los belgas que formaban la primera columna, seguidos por el batallón de Méndez y el escuadrón de la Guardia, lanzaron una carrera y se dispusieron en formación de batalla tras un obstáculo natural frente al centro de las posiciones enemigas. Con las tropas atacantes reunidas, el coronel van der Smissen dio la señal para el asalto y dirigió la carga, seguido por Visart, Gouzée, Delannoy y Wahis. Cargaron con bayonetas contra la infantería republicana, que ofreció poca resistencia, rompió filas y huyó. El comandante de caballería que los apoyaba por la derecha intentó luchar, pero se vio obligado a retirarse. Después de que la caballería republicana se retirara, los granaderos belgas asaltaron la colina central, defendida por artillería, que huyó, y por infantería, que intentó resistir pero se dispersó. En ese momento, el batallón de Méndez emergió en la colina central y, junto con los soldados belgas, persiguió a los hombres que huían.

El escuadrón Imperial y los Colorados, convocados por van der Smissen, fueron enviados tras los soldados en fuga. Mientras tanto, la Cía-1 de voltigeurs y los zapadores asaltaron las posiciones ocupadas por los cazadores michoacanos y los desalojaron a bayonetazos. En tres horas y tras una marcha de 40 km, los soldados belga-mexicanos desalojaron al enemigo de todas sus posiciones, dejándolo en completo desorden.

En el campo de batalla yacían entre 300 y 400 muertos, incluyendo un coronel y varios oficiales republicanos de alto rango, así como unos 165 prisioneros, la mayoría de ellos gravemente heridos por bayonetas. Además, los derrotados fueron despojados de toda su artillería, toda su munición, 100 cajas de cartuchos y al menos 600 fusiles. La lluvia, que comenzó a caer a las 17:30, y la noche que se acercaba, impidieron que los soldados belgas se llevaran todo el equipaje que los republicanos habían dejado en el campo de batalla. Los vencedores, seguidos por sus prisioneros, entraron en Tacámbaro a las 18:00. El coronel van der Smissen se apresuró a enviar al general Bazaine un informe resumido de la importante hazaña militar que acababa de tener lugar.

La mañana del 17 de julio fue dedicada a enterrar a los muertos y recuperar el equipaje dejado el día anterior en el campo de batalla. Varios heridos, a quienes la oscuridad y el terreno habían impedido ver, fueron encontrados, entumecidos por el dolor, entre los cadáveres. El doctor L. Wuillot, el único médico de la legión belga, prestó atención sin discriminación tanto a imperialistas como a republicanos. Los oficiales belgas y mexicanos, así como las tropas inactivas, se reunieron para dar su último adiós al teniente Jules Wurth, a quien entierran junto al mayor Constant Tydgadt y los demás oficiales que cayeron en la batalla de Tacámbaro tres meses antes y a quienes declaran haber vengado.

En las filas belga-mexicanas, las pérdidas fueron limitadas: un teniente del cuerpo belga, Jules Wurth, murió por un disparo en el corazón; diez hombres del mismo cuerpo murieron o resultaron heridos; y una docena de hombres quedaron fuera de combate. El éxito de Van der Smissen, a pesar de verse obstaculizado por sus numerosos hombres enfermos o heridos, hizo imposible que Arteaga reanudara la campaña durante algún tiempo. Por otro lado, su victoria le dio a Van der Smissen la oportunidad de intercambiar prisioneros, lo que le permitió recuperar a sus hombres capturados en Tacámbaro.

Uniformes de la Legión belga en México. Autor Godefroy Durand, Le Monde Illustré.

La batalla de La Loma y la llegada de la temporada de lluvias pusieron fin a la campaña de pacificación del coronel Potier. Con ello, las tropas francesas se retiraron del estado. Sin la presencia francesa, Van der Smissen confiaba en que se haría efectivo su nombramiento de febrero. Sin embargo, el 3 de agosto, el general Méndez, con quien había compartido la victoria en La Loma, fue designado gobernador militar de Michoacán. Bajo sus órdenes, el comandante belga estaría encargado del distrito de Morelia. La medida conmocionó a los oficiales del cuerpo de voluntarios belga; sentenciaba un oficial: «No solo hería nuestro amor propio, sino el honor del cuerpo que acababa de dar tan importante servicio». Como medida de protesta, el cuerpo de oficiales belgas presentó su dimisión. Si bien habían aceptado el mando francés, aunque no sin disgusto, la obediencia a un militar mexicano les parecía humillante e inadmisible. Van der Smissen afirmaba no estar dispuesto a someterse «a un canalla, aunque se nombre coronel, seguido por cincuenta pillos en harapos». Y agregaba que había venido a «organizar el ejército mexicano, no a aprender de él».

Entrada creada originalmente por Arre caballo! el 2026-11-01. Última modificacion 2026-11-01.
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