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Situación en México a principios de 1866
A principios de 1866, la situación militar en México marcaba un punto de inflexión desfavorable para el Segundo Imperio Mexicano de Maximiliano de Habsburgo y las fuerzas de intervención francesas, mientras que el ejército republicano de Benito Juárez ganaba terreno y cohesión gracias a la ayuda de los Estados Unidos.
Francia, bajo el emperador Napoleón III, comenzó a planear la retirada de sus tropas debido a la creciente presión de Estados Unidos, que había finalizado su guerra de Secesión y había desplegado tropas en la frontera con México, y los altos costos financieros de la guerra. A inicios de año ya se sentía el repliegue y la falta de refuerzos para el ejército imperial.
El ejército francés mandado por el mariscal Achille Bazaine constituía la columna vertebral, a lo que hay que sumar las fuerzas austriacas y belgas.
El mando francés y el emperador Maximiliano se enfrentaban a la ineficacia de sus fuerzas auxiliares y conservadoras, además del desgaste provocado por la constante guerra de guerrillas de la resistencia republicana que operaba en gran parte del territorio nacional.
Aunque el Imperio aún controlaba las principales ciudades, la capital (Ciudad de México), el centro del país y varias plazas del norte y sur, empezaban a sufrir desgaste por la guerrilla republicana que controlaba cada vez más campo.
Las fuerzas de la República, lideradas políticamente por el presidente Benito Juárez, quien operaba desde el norte del país junto a la frontera. En el norte operaban generales como Mariano Escobedo, Luis Terrazas y Sóstenes Rocha, quienes empezaban a ganar terreno. En el noreste y oriente actuaban los generales Sóstenes Rocha, Jerónimo Treviño, Servando Canales Molano y Francisco Naranjo, que libraban una guerra de guerrillas. En el sur y centro, líderes como Porfirio Díaz organizaban la resistencia en Oaxaca y Puebla.
El año 1866 se inauguró con la entrada en vigor del sistema decimal francés para pesos y medidas. El despacho que anunciaba esta noticia comunicaba también que el gobierno mexicano trabajaba enérgicamente en el desarrollo del ámbito marítimo. En un país que posee una extensión de costa tan vasta en ambos océanos, la marina estaba llamada a desempeñar un papel importante. El emperador comprendía que México se hallaba en una posición comercial privilegiada: por un lado, con China, los mares del Sur y la costa noroeste del Pacífico; por otro, con las Antillas, Estados Unidos y Europa; y se ocupaba, con tanta inteligencia como entusiasmo, de aprovechar estas ventajas naturales.

Decisión de Napoleón III de retirarse de México
Napoleón III decidió retirar las tropas francesas de México en 1866, comunicándoselo oficialmente al emperador Maximiliano de Habsburgo el 15 de enero de 1866, y completando la salida de las fuerzas francesas de la Ciudad de México el 5 de febrero de 1867. Las principales causas de la decisión fueron:
- Presión de Estados Unidos: Al terminar la guerra de Secesión (1865), el gobierno estadounidense exigió la salida de las tropas francesas de América, conminando a Napoleón III y apoyando al presidente Benito Juárez.
- Amenaza de Prusia en Europa: El ascenso militar de Prusia (que derrotó a Dinamarca y Austria) desató el temor de una guerra inminente en territorio europeo, obligando a Francia a concentrar sus recursos y ejércitos en casa.
- Costes económicos insostenibles: El Cuerpo Legislativo francés se negó a aprobar nuevos presupuestos y subsidios para sostener el costoso y sangriento esfuerzo bélico en México.
- Falta de sustento local: La imposibilidad de que Maximiliano financiara por sí mismo el ejército imperial y la creciente resistencia de las fuerzas republicanas mexicanas hicieron inviable la ocupación.
Operaciones militares en el primer trimestre de 1866
El 1 de enero, el general republicano José Eulogio Parra Espinoza se adelantó para hostigar las fuerzas imperialistas en Palos Prietos (Sinaloa). La operación no dio todo el resultado que se buscaba, aunque obligó a los imperialistas a reforzar sus fuerzas en Palos Prietos y retrasar su salida para febrero, en espera de más buques de guerra y nuevos refuerzos, protegiendo así las tropas del general Ramón Corona.
Los disidentes de Juchitán, unidos a una partida de la Sierra, se presentaron ante Tehuantepec el día 2 de enero; sumaban unos 2.000 hombres. El general Prieto, prefecto político, resistió todos los ataques y logró desalojar a una columna juarista de un fuerte del que se había apoderado.
El 4 de enero de 1866, sacando provecho de la salida de los barcos franceses Adonis, Tartare y Tisiphone, el general Mariano Escobedo, en una maniobra sorpresa y mandando una fuerza reforzada por un grupo de 150 negros mandados por un teniente llamado Linscott y al parecer enviados por el general Crawford y que habían cruzado el río Bravo, atacó el pueblo de Bagdad (en la actualidad Matamoros, en Tamaulipas). Ante la sorpresiva acción, los mexicanos conservadores y los franceses se replegaron sobre su embarcación, mientras los 30 marineros de Antonia aseguraron su cubierta. El testimonio de un residente: «Los soldados se lanzaron como animales a las calles, disparando sus fusiles y pistolas para intimidar al vecindario».
El general norteño Wetzel envió a 150 hombres para restablecer el orden en Bagdad, que había sido ocupado por las fuerzas republicanas. Después de conocer del envío de 150 hombres estadounidenses negros a esta batalla, el almirante francés Georges Cloué formuló una protesta exigiendo la salida de las mismas, por lo que las fuerzas estadounidenses dejaron el pueblo el 25 de enero.
El 16 de enero, desembarca en Veracruz el barón de Saillard, representante de Napoleón III, con objeto de informar la decisión de este de retirar gradualmente todas las tropas francesas de México al emperador Maximiliano, llegando a la Ciudad de México el 14 de febrero.
El 19 de enero, García de la Cadena levantó de nuevo el estandarte de la insurrección; reunió en pocos días 1.500 hombres; ocupó Nochistlán y Teocaltiche, y se estableció en los valles de Jeréz y de Juchipila, sin que las columnas francesas y las guardias rurales enviadas contra él obtuviesen ningún resultado. Al nordeste, las tropas franco-mexicanas se limitaban a ocupar la línea de San Luis a Monterrey y la de San Luis a Tampico. Este puerto y el de Matamoros estaban asediados por las guerrillas, y los caminos se hallaban de tal manera inseguros que ningún convoy podía viajar sin ir acompañado de numerosa escolta.
El 31 de enero, el comandante francés Billot se retiró de Chihuahua y se dirigió a Durango, dejando al frente de esa plaza una pequeña guarnición de 500 soldados imperialistas mexicanos.
El 2 de febrero, el general Porfirio Díaz recibió el nombramiento de general en jefe del Ejército de Oriente por parte de la Secretaría de Guerra.
El general Douay, jefe de la DI-2, había recibido la orden de avanzar hasta el Saltillo, conservando su comunicación con San Luis, y que adelantase el general Jeanningros a dos jornadas de marcha hacia Matamoros, con objeto de apoyar a Mejía en caso necesario, manteniéndose, sin embargo, bastante lejos de la frontera para evitar todo contacto con los americanos. Jeanningros llamó la fuerza francesa que había quedado en Parras, y a principios de febrero se dirigió a Monterrey con un batallón de infantería, dos piezas de montaña y dos compañías de auxiliares, una de ellas montada; en Cadereyta estableció la fuerza mexicana al mando de Tinajero, y él aguardó para avanzar la llegada del regimiento belga que el mariscal destinaba para ocupar Monterrey. Douay trasladó su cuartel general a Matehuala el 15 de febrero, enlazando con el Saltillo por puestos colocados en el Cedral, Venegas, el Salado y la Encarnación.
El 5 de febrero, la compañía de partisanos del RI-95 alcanzó en El Gallo a un pequeño destacamento de 250 jinetes que escoltaba un convoy de municiones y víveres; quedaron en su poder siete cajas de plomo y pólvora, fusiles, más de cien caballos, mulas y carros cargados de provisiones. Los objetos arrebatados, procedentes del saqueo de una ciudad, fueron devueltos a sus propietarios, quedándose solo con las armas y los caballos.
Las tropas austriacas concluyeron una campaña iniciada al norte de la sierra de Zacopaxtla con la toma de Papantla. La plaza tuvo que entregarles todo su material de guerra, y allí se establecieron. El día 12, el capitán Schauer, al mando de una columna de auxiliares mexicanos apoyada por medio escuadrón de húsares austriacos, había librado un primer combate contra los republicanos. Ese mismo día, el capitán de lanceros austriacos Goldren alcanzó a un medio escuadrón cerca de Tecolutla y causó la muerte de 33 de sus hombres. Fue a raíz de estas acciones que la ciudad capituló. Aunque las partidas sabían que serían derrotadas en toda ocasión por las tropas imperialistas, no por ello quedaban totalmente aniquiladas. Dispersas en un punto, volvían a reunirse en otro tan pronto como surgía la oportunidad de llevar a cabo un golpe de mano.
El 15 de febrero, las tropas de Manuel Lozada se preparan en Acaponeta, Nayarit, para atacar en combinación con los franceses a las tropas republicanas en Mazatlán, según informe rendido por el general Perfecto Guzmán al general Ramón Corona.

Batalla de Santa Isabel (1 de marzo de 1866)
A principios de 1866, los imperialistas controlaban las ciudades de Saltillo, Monterrey y Matamoros. Así como otras poblaciones de menor importancia, como la villa de Parras. Mariano Escobedo, general en jefe del Ejército del Norte, era el encargado de dirigir las operaciones militares que tenían por objetivo la expulsión de los imperialistas de la zona.
Uno de los generales republicanos bajo las órdenes de Escobedo, Andrés Saturnino Viesca, gobernador de Coahuila, deseaba recuperar Parras, pese a las reservas de Escobedo. No obstante, este último autorizó a los coroneles Jerónimo Treviño y Francisco Naranjo salir a apoyar a Viesca.
Viesca, quien se encontraba en Monclova, salió rumbo a Parras, pero al no poder contactar con Treviño y Naranjo, regresó a la hacienda de Castaños, a poca distancia de Monclova. De dicha población le llegaron nuevos refuerzos, con los que salió el 5 de febrero con 500 hombres y 3 piezas de artillería, con la esperanza de llegar a Parras entre el 5 y el 6 de febrero. Viesca pensaba que podría distraer a las fuerzas imperialistas que tenían control de Saltillo y Monterrey para poder atacar Parras. Sin embargo, los problemas logísticos y la falta de recursos complicaron su avance.
El 9 de febrero, Viesca llegó a la villa de Parras, donde se encontró con que los imperialistas habían abandonado la plaza. Sin embargo, pocos días después, los jefes imperialistas Máximo Campos y Francisco Treviño, con una fuerza de unos 800 hombres, regresaron para atacar. A pesar de ser inferior en número, las fuerzas republicanas lograron repeler a los atacantes, forzando su retirada hacia el sur.
Pese a la victoria, Viesca sabía que la situación seguía siendo peligrosa debido a la amenaza constante de las fuerzas imperialistas, especialmente con el avance de tropas francesas hacia Parras. Sin embargo, la falta de recursos le impidió asegurar la plaza. Finalmente, después de diversas maniobras y encuentros con las fuerzas imperialistas, Viesca se trasladó a la región de La Laguna, donde continuó su lucha con la esperanza de mantener el control sobre el sur de Coahuila y hacer frente a las fuerzas invasoras.
El 16 de febrero, el conde de Brian, comandante imperialista de Saltillo, entró a Parras con una columna de la Legión Extranjera, compuesta por 150 hombres, a la que se sumó la caballería de Máximo Campos. El día 20 del mismo mes, el coronel Paul Brian de Foussier de Fonteniulle, de la Legión Extranjera, reinstauró a Campos como prefecto de Parras.
El 27 de febrero, Viesca fue informado de que los coroneles Jerónimo Treviño y Francisco Naranjo habían salido de Villaldama con la BRC-I y BRC-II del Ejército del Norte con el objetivo de unírsele y juntos atacar Parras.
Brian, enterado de que había un contingente del ejército republicano en el rancho de Santa Isabel, a 11 kilómetros de la ciudad, decidió salir a atacarlos. Marchó de Parras la noche del 28 de febrero con 150 hombres de la Legión Extranjera, 150 hombres de infantería y 100 jinetes mexicanos al mando de Máximo Campos. La caballería francesa, por su parte, estaba bajo las órdenes del capitán Moulinier. En Parras dejó una compañía de 80 hombres al mando del teniente Bastidon. Lo que ignoraban las tropas de Brian era que los republicanos habían logrado reorganizar sus fuerzas y hasta aumentar su número, gracias a la llegada de las fuerzas de los generales Jerónimo Treviño y Francisco Naranjo, al igual que habían logrado tomar posiciones defensivas en las casas y los cerros de Santa Isabel en previsión de un posible ataque.
A la medianoche, la avanzada imperialista llegó a la hacienda de San Lorenzo, que estaba ocupada por soldados republicanos que la abandonaron tras disparar una vez contra los imperialistas. Estos últimos ocuparon la hacienda y descansaron durante una hora antes de continuar.
En la madrugada del 1 de marzo, hacia las tres de la mañana, el coronel Jerónimo Treviño, quien había llegado la tarde del 28 de febrero a la hacienda, se enteró de los movimientos de los imperialistas, pero no les dio importancia hasta que nuevos informes le hicieron darse cuenta de que estos pretendían atacar su posición. Según el parte del general Viesca, la defensa fue acordada entre él y Treviño.
Hacia las 04:00 de la mañana, Brian tomó a una compañía para encabezar el ataque y ordenó al resto de su columna que se unieran en cuanto escuchasen la trompeta y sonara la carga. Según el testimonio de un sargento mayor imperialista capturado, Brian y sus hombres habían visto dos fogatas y recibido fuego: fue entonces que el comandante dividió sus tropas y se dispuso al ataque, pero al oír la trompeta, los disparos republicanos se interrumpieron, por lo que, pensando que los republicanos habían huido, la columna imperialista avanzó. Según el parte de Treviño, este organizó la defensa cuando ya comenzaba el ataque de los imperialistas, quienes avanzaban sobre las trincheras de los Guardias Nacionales de la República, pero fueron recibidos por una descarga del escuadrón Monclova bajo el mando del Tcol Ildefonso Fuentes.
En cuanto vieron el fuego del combate, las otras dos compañías francesas y sus aliados mexicanos comenzaron a moverse con el objetivo de tomar el cerro. La caballería imperialista buscó flanquear por la izquierda a los republicanos, mientras que la infantería hacía lo propio por la derecha. Para cuando estos refuerzos llegaron, el ataque principal ya había sido rechazado por la brigada del coronel Francisco Naranjo y parte de la brigada de Coahuila.
El ataque de la infantería francesa fue repelido por los republicanos, quienes estaban atrincherados detrás de muros y abrían fuego con 2 cañones, impidiendo a los franceses tomar el cerro. Por otra parte, la caballería fue derrotada por 500 jinetes. Eran lanceros de los Supremos Poderes y lanceros de Coahuila bajo las órdenes de los Tcols Pablo Gómez y Emiliano Laing, respectivamente.
Los imperialistas se retiraron; en su huida tuvieron que adentrarse en una barranca que corre paralela al camino, donde no encontraron salida y fueron capturados. Del destacamento francés fueron capturados un oficial y 82 hombres, 28 de los cuales estaban heridos. El resto (103) murieron. Entre los muertos en combate estaba el propio de Brian, así como los capitanes Cazes, Ravix y Moulinier.
A las 06:00 de la mañana, algunos jinetes mexicanos que lograron huir llegaron a Parras, donde informaron de la derrota a Bastidon.
Asalto de la diligencia en Río Frío (4 de marzo de 1866)
El 4 de marzo, una guerrilla republicana que al parecer aguardaba una diligencia para asaltarla, atacó, a 70 km de Ciudad de México y en un paraje llamado Río Frío (en el límite entre el Estado de México y Puebla); era un punto estratégico y de constantes atracos debido a que por allí pasaba la crucial carretera que conectaba la Ciudad de México con el puerto de Veracruz. En la diligencia viajaba un general belga que regresaba de la capital hacia Veracruz tras haber notificado al emperador el ascenso de Leopoldo II al trono de Bélgica. La misión estaba integrada por el general Foury, el teniente barón Huart (su ayudante de campo) y los señores Alcántara y de Dorlodot; les acompañaba el comandante Altwies, miembro del cuerpo belga al servicio del emperador. El general Foury y los señores Altwies, Huart y Maréchal viajaban en coche de posta, mientras que los señores Alcantara y de Dorlodot iban delante a caballo. De repente, el coche fue asaltado en un desfiladero por los bandidos, quienes descargaron sus armas contra él.

Los viajeros empuñaron las suyas y pusieron en fuga a los agresores; sin embargo, el barón Huart cayó muerto, alcanzado por una bala en la cabeza, y el general Foury resultó herido, al igual que otros tres miembros de la comitiva. Fue un médico quien llevó a Ciudad de México la noticia del atentado. El emperador, profundamente conmovido, montó a caballo acompañado únicamente por su ayudante de campo, el conde de Bombelles, y dos jinetes y partió a toda prisa hacia Río Frío. A mitad de camino se encontró con los oficiales. En ese mismo instante llegó un escuadrón de cazadores de África que el mariscal Bazaine, al enterarse de la partida del emperador, había considerado oportuno enviar tras sus pasos. Su Majestad regresó a Ciudad de México con los jinetes.
Batalla de Chihuahua (25 de marzo de 1866)
El 20 de noviembre se instaló de nuevo el gobierno republicano en Chihuahua. Sin embargo, ante los amagos de una nueva invasión francesa, la administración juarista se dirigió una vez más a Paso del Norte, mientras los imperialistas tomaban posesión de Chihuahua el 11 de diciembre de 1865. El nuevo jefe militar francés, coronel Billault, procedió a organizar el gobierno imperial, nombrando a Julián Ramírez y a Julio Carranco como mandos subalternos de la policía y el ejército, como jefe y subjefe del mando militar y político.
Carranco, por su parte, se movilizó contra una sección del ejército juarista formada por el coronel Juan José Méndez, en la región de Cusihuiriachi. El 21 de febrero de 1866, los imperialistas tomaron ese mineral. En la acción causaron 11 muertos y un mayor número de heridos a los republicanos, así como 58 prisioneros, la mayor parte trabajadores de las minas. Fueron hechos prisioneros algunos vecinos que militaban de manera destacada en las filas republicanas, entre ellos varios del cantón Guerrero, como Teodoro Casavantes.
El jefe de la fuerza republicana, coronel Méndez, fue herido en la batalla y luego asesinado con alevosía por un grupo al mando de Carmen Mendoza, el mismo que disparó sobre el gobernador Ojinaga, que le dio alcance en el rancho de los Álamos.
No conforme con esto, Carranco exhumó el cadáver de Méndez para exhibirlo, hizo fusilar a Jesús Jurado, Higinio Romero y Rafael Coz, e impuso una fuerte multa a Jesús José Salazar, a la familia de Méndez y a José María Mendoza y Caraveo.
El 3 de marzo, el coronel republicano Luis Terrazas, quien también era gobernador de Chihuahua, salió del Paso del Norte rumbo a la capital del estado, para liberarla. Llegó el día 9 al Carrizal, y desde allí estableció contacto con los republicanos de Aldama, Valle de Allende, Rosales y Camargo para que apoyaran la causa y enviasen voluntarios. Se mandó, también, una comitiva para que se tomase Hidalgo del Parral, con lo cual, se buscaría cortar la línea de retirada y evitar apoyo imperialista desde Durango.
La travesía de los republicanos que iban rumbo a San Gerónimo (Aldama) fue dura; el inclemente desierto los hizo pasar hambre y sed, pero, por fin, el 16 de marzo llegaron.
Puesto que esperaban los refuerzos, las fuerzas republicanas se refugiaron en Aldama hasta el 24 de marzo, cuando llegaron 800 refuerzos; ese mismo día partieron en dirección a la vejada capital chihuahuense.
En la noche se escuchó el repique de las campanas de la catedral; habían llegado 300 hombres para defender la plaza. Los republicanos desde el rancho de Ávalos esperaban iniciar el combate.
El ataque a la capital del estado de Chihuahua comenzó a las 8 de la mañana del 25 de marzo de 1866, encabezado por el coronel Luis Terrazas, quien se percató de que el ejército imperialista se encontraba posesionado de esta plaza y que ellos mismos pretendían iniciar un movimiento por las cercanías del lugar. Ordenó a sus tropas de caballería dar batalla contra el flanco izquierdo enemigo, logrando así capturar muchos prisioneros y el desalojo de gran parte de los edificios del lugar.
Ya casi ganada la batalla para los republicanos, Terrazas ordenó el asalto final, al mando de Sóstenes Rocha. Los imperialistas luchaban desde la iglesia de Santa Rita, pero finalmente fueron sucumbidos; solo faltaba rescatar las torres de la catedral para efectuar el total desalojo imperialista y evitar más bajas en la infantería.
Lo relevante fue que la artillería republicana dirigida por Platón Sánchez se asentó en el jardín del Porvenir, actual parque Lerdo, y el artillero Brígido Chavira logró dar de lleno a una campana de la catedral en donde estaban atrincherados los imperialistas, de tal suerte que el ruido ensordecedor los hizo abandonar sus puestos de batalla y, con esto, para el anochecer finalmente se rindieron, mientras las tropas de tierra ocupaban la plaza en forma contundente.
A las 23:00, se dio la rendición completa de los imperialistas, que tuvieron 26 muertos y más de 200 prisioneros, además de que se les confiscó mucho material de guerra, según lo escrito por el coronel al general Ignacio Mejía, entonces secretario de Guerra y Marina. Las bajas republicanas fueron 7 muertos y se desconoce el número de heridos.
Al día siguiente, Chihuahua ya estaba libre y esperaba el regreso de Benito Juárez, que se encontraba en Paso del Norte, regresando el 17 de junio para establecerse en el Palacio Nacional.
Reorganización del ejército expedicionario de cara a la evacuación
El emperador Napoleón III había decidido que las tropas francesas evacuarían México en tres destacamentos, debiendo partir el primero en noviembre de 1866, el segundo en marzo de 1867 y el tercero en noviembre de 1867. Ya que no había podido hacer que los Estados Unidos reconociesen al archiduque, pensó en que no le faltasen los medios de sostenerse una vez que se efectuase la retirada de su ejército: con este fin le escribió prometiéndole facilitar la creación de una brigada de tropas europeas, en que se refundirían el regimiento extranjero del cuerpo expedicionario y los voluntarios austro-belgas, y el mariscal se ocupó además en organizar, bajo el nombre de “Cazadores de México”, algunos batallones mixtos franceses y mexicanos. Se calculaba así que Maximiliano podría contar con un ejército de unos 50.000 hombres, de los cuales 16.000 serían europeos. Según M. Niox las fuerzas europeas se distribuirían en:
Tropas permanentes que formaban 14 batallones, 11 escuadrones y 18 baterías, cuyos efectivos serían 8.000 hombres y 2.000 caballos.

Guardias rurales móviles y cuerpos auxiliares irregulares organizados, repartidos en todo el territorio y de efectivos muy variables, pero que se calculaba en 27.000 hombres y 9.000 caballos. Tropas extranjeras, es decir, la Legión Extranjera Francesa, que constaba de 5 batallones, se haría aumentar a 8.000 hombres, incluyendo un sexto batallón de unos 1.000 hombres, cuya tercera parte sería de franceses voluntarios, que se estaba formando en Blida y que se embarcaría próximamente para México. Los voluntarios austríacos, que constaban de 3 batallones, 2 regimientos de caballería a 5 escuadrones, 3 baterías y otros con 6.400 hombres y 1.400 caballos. Los voluntarios belgas, dos batallones de a 6 compañías, 1.300 hombres.
Se contaba, además, con 662 piezas de artillería repartidas en diferentes plazas; México y Veracruz estaban en buen estado de defensa; la mayor parte de las ciudades situadas en las líneas principales habían sido fortificadas y poseían buenos reductos; la ciudadela de México estaba provista de todos los talleres necesarios para la confección y reparación del armamento y del material. En Puebla existían talleres menos importantes, y la fundición del Molino del Rey se había puesto en actividad. Parece, pues, que Maximiliano contaba con los elementos suficientes para sostenerse contra las fuerzas republicanas; pero para esto habrían sido necesarias dos condiciones: que tuviese en su favor la voluntad nacional, y que fuesen exactos los cálculos indicados. Ambas condiciones no se cumplirián.

El mariscal propuso organizar dos brigadas, una con la legión francesa a las órdenes del general Jeanningros, y la otra compuesta de los austríacos y de los belgas al mando del general de Thun. Ambas brigadas formarían una división administrada por la intendencia francesa, y cuyo mando se confiaría al general Neigre, pues el general Brincourt, a quien se le había ofrecido, lo rehusó con mucha razón diciendo que «después de la partida del cuerpo expedicionario, sería imposible hacer con 15.000 hombres lo que no se había podido alcanzar con 30.000.» Estas proposiciones fueron aceptadas en principio, y el archiduque se reservó dar a los austríacos y a los belgas una gratificación especial sobre el presupuesto mexicano, que compensase la reducción de sueldos que iban a sufrir.
Los únicos recursos con que Maximiliano contaba eran los que pudiera proporcionar el tesoro francés; pero Napoleón había ordenado al mariscal que se abstuviese de hacer tales prestaciones. Lacunza creyó, sin embargo, ablandar a Bazaine, y el 28 de abril le dirigió un largo despacho en que se hacía la pintura más triste de la situación rentística. En el Norte, la división Mejía vivía a duras penas consumiendo las pocas rentas de las localidades que ocupaba, imponiendo préstamos forzosos y girando sumas importantes sobre la plaza de Veracruz. Las tropas de Quiroga no tenían que comer; este jefe se veía obligado a hacer pagar adelantadas las contribuciones de todo un año, y los habitantes emigraban para sustraerse a tales vejaciones.
En el Sur, las tropas de Franco no podían salir de Oaxaca para rechazar al enemigo que les amenazaba, porque la paga de los soldados no estaba segura y faltaban forrajes para los caballos. Las mismas razones habían retenido largo tiempo a Florentino López en San Luis. Las tropas austro-belgas tenían una deuda de cerca de 500.000 pesos, y antes de que fuesen pagadas por el tesoro francés, habrían gastado su último peso y consumido todas las provisiones de sus plazas de guerra. En la caja central de México había por 300.000 pesos en libranzas que no se habían pagado ni había esperanza de pagarlas. Los gastos más urgentes no se cubrían, y se debían ya dos meses de sueldo a las tropas de la guarnición. Lacunza creía que las instrucciones enviadas de París para que no se hiciesen ya adelantos al tesoro mexicano eran porque no se conocía la situación, sin lo cual no se habrían dado aquellas instrucciones contradictorias con las intenciones amistosas y con la política de Napoleón.
Operaciones militares en el segundo trimestre de 1866
Uno de los sucesos que más llamó la atención en aquellos días fue el feliz éxito con que se efectuó la captura del vapor John I. Stephens, confiado al comandante Dana. Al llegar dicho vapor al cabo de San Lucas en la Baja California, Dana, que se encontraba allí, se trasladó a bordo en unión de unos cuantos compañeros, obligando al capitán a que le obedeciera, y manifestándole que el barco había perdido su carácter de neutral en el hecho de estar subvencionado por el imperio. Presentó las órdenes en forma que llevaba para practicar la captura, y le obligó a hacer rumbo al puerto de La Paz, ocupado por los republicanos, en donde se desembarcarían los pertrechos de guerra que conducía para los franceses, sin dejar de advertirle que, siendo él americano, y perteneciendo aquel buque a una compañía de nacionales de los Estados Unidos, nada tenían que temer los intereses de sus compatriotas, limitándose únicamente a declarar buena presa los pertrechos. Estos consistían en 25 cajas de rifles Enfield; 11 cajas de monturas; 22 de cápsulas, pólvora y otras municiones; 8 barriles de pólvora; 4 cajas de botas; algunas otras armas, y la correspondencia y documentos imperiales que acreditaban la procedencia de dichos efectos.
El 1 de abril, en La Concordia, Sinaloa, el republicano Ramón Corona se enfrentó a las tropas de Manuel Lozada, haciendo huir a estos últimos.
El 13 de abril, el coronel Gregorio Méndez se concentra en Tepetitán con el fin de preparar un ataque sorpresa sobre la villa de Jonuta en poder de los imperialistas, y el 15 de abril, inició el ataque a la villa de Jonuta. Al día siguiente, las fuerzas de Gregorio Méndez fueron reforzadas por el ejército del coronel Celestino Brito. Dos días después, el 17 de abril, se rindieron los imperialistas, dejando como botín de guerra 3 cañones, 14 cajas de parque, 150 fusiles y 1 bandera. Una vez recuperada Jonuta, las fuerzas republicanas al mando del coronel Filomeno López Aguado salieron de la villa el 23 de abril y tomaron Palizada y el puerto de El Carmen, Campeche, expulsando a los imperialistas. Sin embargo, el 4 de mayo la villa de Jonuta fue tomada nuevamente por los imperialistas franceses.
Martínez había logrado la pacificación de los sublevados, expidiendo enseguida una amplia amnistía a todos los indios de los distritos del Fuerte y de Sinaloa que hubiesen estado con las armas en la mano, después de lo cual se retiró a Los Alamos, adonde llegó el 24 de marzo, con objeto de continuar la campaña de Sonora, de cuyo gobierno volvió a encargarse el 10 de abril en Paredones el general Pesqueira. Corona, por su parte, tomó las medidas necesarias para dar un asalto a Mazatlán, y al efecto reunió el 2 de mayo una parte de sus fuerzas; pero no pudiendo llegar al punto objetivo en la hora convenida, todo su plan se desconcertó, y entonces retiró sus tropas en la creencia de que el enemigo saldría el día siguiente, como en efecto lo verificó, acampando en Palos Prietos; pero el 4 de mayo, se movieron hacia el Presidio 600 franceses y más de 200 auxiliares yendo a pernoctar en Urías y el Castillo.
El 5 de mayo, continuó su marcha rumbo al Valamo y, después de incendiar la población, acampó en los Callejones del Barrón. Al saber que permanecía en ese lugar, al amanecer del 6, Corona se resolvió atacar, lo cual hizo a las 09:00 de la mañana; pero el enemigo cargó con una columna, logrando por medio de un rápido movimiento desconcertar a las fuerzas republicanas, compuestas en su mayor parte de reclutas, y hacerles dar media vuelta. Corona entonces ordenó la retirada, y el 7 retrocedió el enemigo rumbo al puerto, conduciendo al comandante de la expedición y 2 oficiales franceses muertos, y 77 heridos entre extranjeros y auxiliares.
El descalabro del día 6 no fue aprovechado por los imperialistas, que se encerraron en Mazatlán sin emprender ninguna nueva salida en los meses de mayo y junio, mientras que las fuerzas republicanas continuaron hostigándoles como antes, y Corona, dueño de Sinaloa, siguió aumentando y disciplinando su cuerpo de ejército, extendiendo su acción sobre Sonora y Jalisco. En efecto, Martínez ocupó el 4 de mayo la plaza de Hermosillo, después de un sangriento combate en que fue derrotado el jefe intervencionista Almada, y en la tarde del mismo día puso en fuga a 800 hombres que al mando de Lamberg, Tánori y Salvador Vázquez marchaban a atacarlo. Sin embargo, al saber el día siguiente que los franceses desembarcados en Guaymas habían llegado a un punto llamado el Caballo, se retiró Martínez San Marcial.
Pocos días después se dirigió a Ures y logró penetrar en la plaza; pero ocupando el enemigo los puntos principales, marchó sobre Tepahue, de donde huyó ante la aproximación de una pequeña fuerza intervencionista; pero sabiendo que se acercaban Lamberg y Tánori, que iban en auxilio de Ures, Martínez levantó el campo, regresando por Subíate a San Marcial.
A principios de junio se movió de nuevo sobre Hermosillo, estando a la vista de la población el 6 de mayo; pero al tener noticia de la derrota que había sufrido la fuerza del coronel Alcántara, con la cual contaba para aquella operación, acordaron retirarse los generales Pesqueira y Martínez con todas sus fuerzas a San Marcial y Tecoripa, y García Morales con una escolta a los distritos de Magdalena y el Altar, para organizar nuevas tropas. A finales de junio se recibió en el cuartel general una comunicación del Ministerio de Hacienda por la cual quedó organizado el Ejército de Occidente, y nombrado Corona su general en jefe, detallándose las instrucciones y facultades sobre los Estados de Sinaloa, Jalisco y Colima.
Carácter más serio todavía tomaban los sucesos en los Estados del Norte. Los republicanos extendían cada día más su zona de acción: habiendo entrado sucesivamente Escobedo en el Cedral y en el mineral de Catorce, el 1 de abril atacó el puesto francés de Matehuala, de donde se retiró al saber que se aproximaba una columna enemiga; pero dos días después aparecía delante de Tula de Tamaulipas, sitiando la guarnición francesa que allí estaba, y se retiró nuevamente al tener noticia de que se movían tres columnas destacadas contra él. Los franceses fueron poco después reemplazados en Tula por una guarnición mexicana, que abandonó la plaza el 7 de mayo al acercarse el general Aureliano Rivera, con lo cual quedaron de nuevo cortadas para el enemigo las comunicaciones, ya tan difíciles entre San Luis y Tampico.
El mariscal, conforme a las órdenes recibidas de su gobierno, había prevenido al general Douay, jefe de la DI-2, que replegase las tropas francesas que se encontraban en Nuevo León; quiso, sin embargo, que antes de ejecutar ese movimiento, se procurase destruir las fuerzas republicanas mandadas por el general Escobedo. Jeanningros, que había avanzado el 12 de abril hasta Charco Escondido por el camino de Matamoros con objeto de conducir 600 hombres para Mejía y cambiar convoyes de mercancías, había vuelto a Monterrey a finales del mes; enseguida recibió orden de dirigirse sobre Montemorelos, mientras que Douay se movería del Saltillo a Galeana y que la contraguerrilla, de cuyo mando se había encargado de nuevo Dupin, cerraría los caminos del lado de la Soledad. Este plan no produjo ningún resultado, pues los republicanos interceptaron los despachos y pudieron frustrar el golpe que se preparaba; pero el enemigo se vengó sobre las poblaciones indefensas, imponiendo fuertes multas a San Pedro Iturbide, Galeana y la hacienda de Potosí, destruyendo además grandes provisiones, todo bajo pretexto de que aquellos habitantes simpatizaban con la causa republicana.
Batalla de Santa Gertrudis (15 de junio de 1866)
Los franceses se retiraron, y las tropas republicanas conservaron su gran línea de operaciones desde Río Grande por Cerralvo, Linares, Victoria, Tula y Río Verde, hasta los límites de la Huaxteca y Sierra Gorda. Después de la expedición de Galeana, se organizó a las órdenes del Tcol de Tucé una columna compuesta de dos batallones de la Legión Extranjera, de destacamentos belgas y mexicanos, de alguna caballería y de 6 piezas de artillería. Esta columna salió de Monterrey el 8 de junio, marchando las tropas por tres caminos paralelos. Escobedo había sabido por las comunicaciones interceptadas, que el plan del enemigo era tomar por las villas situadas en las riberas del río Bravo para reunirse en Mier con una fuerza que destacaría Mejía de Matamoros, donde cambiarían sus cargamentos para conducirlos a sus respectivos destinos, previniendo que, si alguna de las fracciones era atacada por los republicanos, se hiciese fuerte en el sitio en que fuera acometida, con objeto de dar lugar a ser auxiliada.
Estos datos inspiraron al general republicano una feliz combinación. Después de saber que había llegado a Cerralvo la fracción más importante mandada por Tcol Tucé, Escobedo se dirigió con todas sus fuerzas sobre aquella plaza y, dejando a su vista 600 caballos mandados por el jefe Ruperto Martínez, para que el enemigo se mantuviese en el error de que iba a ser atacado, se dirigió con el resto de sus tropas a Derramaderos, andando en 2 días 200 km para situarse en aquel lugar, equidistante de Cerralvo y el punto en que se hallaba el convoy salido de Matamoros, desde donde podía observar cuál de los dos caminos que se dirigen a Mier tomaba el enemigo y, una vez conocido, salirle al encuentro en una posición donde faltase el agua, pues escaseando en aquellas regiones, el enemigo no podría sostenerse por muchas horas.
El convoy, compuesto de 200 carros y escoltado por 1.000 mexicanos, más de 300 austríacos y 2 cañones, bajo el mando del jefe imperialista Olvera, apareció el 14 de junio, avanzando sin desconfianza hacia las lomas de Santa Gertrudis, donde se hallaban emboscados los republicanos. Escobedo había ordenado que se guardase el mayor silencio para que la sorpresa fuese completa; pero cediendo a la impaciencia, uno de los jefes subalternos salió a provocar al enemigo, que, advertido del peligro, destacó una columna de caballería, haciendo replegar a la guerrilla y poniendo a los republicanos en la necesidad de replegarse. Los imperialistas se detuvieron entonces, organizándose para librar el combate al día siguiente, pues ya estaba muy entrada la tarde.
Entretanto, Escobedo dispuso que se cambiase el campamento de manera que el enemigo no sospechara que existía la emboscada casi a la misma distancia que el día anterior, previniendo severamente que se guardara absoluto silencio. Al amanecer del 15 de junio, Olvera tenía dispuestos los carros del convoy, de modo que pudiesen servirle de parapeto, tendidas las tropas en batalla y establecidas sus baterías; y al observar una completa inmovilidad, pues los republicanos habían aprovechado todos los accidentes del camino para ocultarse, emprendió su avance sobre el campamento descubierto la víspera, abriendo el fuego en abanico para descubrir si sus adversarios tenían alguna artillería con que pudiesen contestarle.
La línea de Escobedo se componía de 4 columnas de infantería, 2 de caballería y la de reserva, que era también de infantería. Formaban la primera el BIL de cazadores y otro llamado mixto al mando del coronel Alonso Flores, y como segundo el coronel Cáceres. La segunda constaba de los batallones de Zaragoza e Hidalgo, a las órdenes del coronel Miguel Palacios y del Tcol Emilio Mayer. La tercera estaba compuesta de los batallones de Naranjo y de China, al mando del coronel Naranjo y de su segundo, el coronel Adolfo Garza. La cuarta estaba formada por la brigada Canales a las órdenes del general Canales y su segundo el coronel Julián Cerda. La primera de las columnas de caballería estaba compuesta de la legión del Norte, al mando del coronel Joaquín Garza Leal, y la segunda, de carabineros de Lampazos y un piquete de Supremos Poderes, a las órdenes del Tcol Higinio Villarreal, que tenía por segundo jefe al Tcol Juan N. Sáenz. En la reserva quedaron los batallones de Zapadores libres de la Frontera y Tiradores del Bravo, teniendo a su cabeza al coronel Salvador F. de la Cabada y como segundo al Tcol Vicente Mariscal.
El general Escobedo tomó el inmediato mando de todas las columnas de infantería, llevando de segundo al general Sostenes Rocha. El mando de las caballerías se confirió a Jerónimo Treviño, nombrado ocho días antes general de brigada.

Comprendiendo los imperialistas que sus fuegos de artillería eran inútiles para el fin que se proponía, desplegó sus columnas de ataque cubriendo el frente con una línea de tiradores que avanzaron por el camino. Conforme a las órdenes que tenían, los republicanos permanecieron sin disparar un solo tiro; pero cuando los imperialistas estuvieron a unos 150 metros de distancia, se pusieron en pie y abrieron el fuego. Apenas se hizo la primera descarga, las tropas republicanas se lanzaron a la bayoneta con tal ímpetu, que el enemigo retrocedió hasta protegerse de una pequeña eminencia, dispuesto a defenderse tenazmente. En vista de esto, Escobedo ordenó que el general Rocha cargase por el flanco izquierdo de los imperialistas, y Canales por el derecho, mientras que él con sus infanterías atacaba por el frente de la batalla. La operación fue ejecutada con tal vigor y precisión, que los imperialistas no pudieron resistir: sus batallones, arrollados por todas partes, se rindieron a discreción; solo algunos austríacos prolongaron la defensa, y el jefe Olvera logró apenas ponerse a salvo con unos cien caballos y algunos oficiales. La derrota de los imperialistas fue completa; todo el material de guerra, lo mismo que el numeroso convoy conducido por ellos, quedó en poder de Escobedo.
Los republicanos tuvieron 155 muertos y 78 heridos; las pérdidas de los imperialistas consistieron en 251 mexicanos y 145 austríacos muertos; 121 mexicanos y 45 austríacos heridos, y 858 mexicanos y 143 austríacos prisioneros. M. Niox en su obra, que los republicanos tenían en sus fuerzas de 1.200 a 1.500 americanos. La primera columna del ejército vencedor se ocupó en recoger los heridos, enterrar los cadáveres y conducir los prisioneros a Camargo. Enseguida, Escobedo dividió su fuerza en dos divisiones, una de infantería al mando del general Rocha, y otra de caballería a las órdenes del general Treviño; al mismo tiempo destacó una fuerza mandada por Naranjo, que fuese en auxilio de Martínez, quien había quedado amagando a los franceses para ocultar el movimiento de Escobedo. Después de esto, el grueso del ejército marchó a tomar posiciones a orillas de Camargo, por si avanzase el enemigo.
El coronel de Tucé supo el 17 de junio la concentración de las fuerzas republicanas en Camargo, y en el acto se dirigió a Mier, adonde llegó el día siguiente, dejando en Cerralvo el destacamento belga con los enfermos que eran harto numerosos; pero enterado enseguida de la derrota de Olvera, y viendo que las deserciones aumentaban en su tropa, retrocedió hasta Monterrey, en donde entró el 28 del mismo mes.
Continuación de las operaciones
Los imperialistas no podían ya sostenerse en Matamoros después del desastre de Santa Gertrudis, y Mejía se apresuró a negociar una capitulación con el general Antonio Carbajal, nombrado gobernador y comandante militar de Tamaulipas, que se hallaba a la sazón en Brownsville con objeto de proporcionarse armas y dinero para continuar la campaña. Mejía desocupó la plaza el 23 de junio, dejando en ella 43 piezas de artillería; los restos de su fuerza fueron transportados a Veracruz. El gobierno republicano desaprobó la capitulación; Escobedo, por su parte, fue del mismo parecer, y aunque tenía facultades para remover y nombrar gobernadores, consecuente con la conducta que se había trazado de respetar a las autoridades puestas por el gobierno, dejó todo a la resolución del presidente de la República y se dirigió a Nuevo León para dar nuevo orden a su cuerpo de ejército.
Se produjo un pronunciamiento de la guardia rural de Parras en la noche del 23 al 24 de junio. Los republicanos se posesionaron luego de la población, escapando el jefe imperialista Campos con 8 soldados de caballería. Maximiliano supo de la derrota de Olvera, en Cuernavaca, adonde iba a menudo para distraerse de las terribles complicaciones que por todas partes le agobiaban.
Los ecos siniestros de la campaña en las remotas regiones de Sinaloa y Sonora; de Chihuahua, Nuevo León, Coahuila y Tamaulipas; de Oaxaca, Chiapas y Tabasco, se hacían cada vez más sonoros, repercutiéndose fuertemente en Michoacán y Jalisco, Zacatecas, San Luis y Guanajuato. Las poblaciones de la Huasteca, mal sometidas apenas al imperio, se levantaban nuevamente en armas, favoreciendo el movimiento de las guerrillas republicanas hasta la costa del golfo. Huejutla de Reyes (Hidalgo) fue tomado el 21 de mayo, y recobrado luego el 12 de junio por una columna móvil de voluntarios austríacos, mandada por el mayor Polak; pero Huauchinango (Puebla) era invadido, y el distrito minero se veía de tal manera amenazado, que fue necesario reforzar Tulancingo y Tula. El mes siguiente se replegaron todas las columnas expedicionarias austríacas.
Viaje de la emperatriz Carlota a Europa
Los nuevos emperadores fijaron su residencia en el castillo de Chapultepec, entonces a las afueras de Ciudad de México. Desde allí se esforzaron por aplicar reformas de estilo liberal y que beneficiaran al pueblo, pero ese empeño debilitó su posición, pues los liberales seguían luchando por acabar con la monarquía, mientras que, debido precisamente a su carácter liberal, los soberanos iban perdiendo el apoyo de conservadores y católicos.
Por otra parte, Carlota era cada vez más infeliz. Mientras las infidelidades de su marido continuaban y ella veía frustradas sus esperanzas de maternidad, se encerró en sí misma, se volvió irritable y, como apenas comía, su estado físico se hizo preocupante. Maximiliano logró que se retirara un tiempo a Cuernavaca, a unos 85 kilómetros al sur de la capital.
Paralelamente, la situación política en México se complicaba. En 1866, Bélgica y Francia habían anunciado la evacuación de sus tropas, y el nuevo rey belga, Leopoldo II, hermano de Carlota, aconsejó a Maximiliano que abdicara. Pero Carlota se negó a hacer tal cosa y el 5 de julio, acordaron postergar la abdicación y se ofreció a ir a Europa para conseguir nuevos apoyos; confiaba en la amistad de la esposa de Napoleón III, Eugenia de Montijo. El 8 de julio Carlota partió de la Ciudad de México.
Al llegar a Francia, la emperatriz se dio cuenta de que el gobierno de Napoleón III se oponía radicalmente a enviar cualquier tipo de ayuda. Desesperada, consiguió entrevistarse a solas con el monarca francés y su esposa.
No hay testimonios de lo que aconteció en aquella reunión, pero lo cierto es que Carlota salió de allí convencida de que habían querido envenenarla y a continuación sufrió una crisis que la mantuvo postrada en cama. Durante dos días se negó a hablar y a probar bocado, al cabo de los cuales recibió una nota en la que Napoleón se despedía de ella y recomendaba a Maximiliano que abdicase de inmediato.
Sin ningún tipo de solución a la vista, Carlota puso rumbo a Miramar, donde empezaron a llegarle noticias de la debacle de su marido en México. Para intentar confortarla, el papa Pío IX la recibió en audiencia. Para entonces los signos del desequilibrio mental de Carlota eran evidentes.
Durante la entrevista con el pontífice, no cesaba de meterse los dedos en la boca, intentando escupir el veneno que, supuestamente, Napoleón le había dado. De vuelta al hotel se negó a comer y, cuando tenía sed, salía a la calle para beber de las fuentes públicas, pues pensaba que no solo el agua, sino también los vasos del hotel estaban envenenados.
Tras una noche en vela, volvió al Vaticano y acabó encerrándose en la biblioteca, huyendo de supuestos envenenadores. Finalmente, su hermano Felipe, conde de Flandes, logró convencerla de regresar a Miramar. Allí recibió también la visita del doctor Riedel, director del manicomio de Viena, quien diagnosticó un estado demencial incurable.