Edad Moderna Conquistadores españoles Francisco Pizarro y Diego Almagro

El ejército Inca

Organización

El ejército inca tenía dos tipos de soldados: los profesionales y los de reemplazo.

Desde el gobierno de Túpac Yupanqui existió una élite de soldados especializados en el cuidado del  Sapa Inca durante los paseos, viajes o conquistas. Estos eran principalmente tropas de origen cuzqueño aunque con el tiempo también se incluyó a soldados destacados de otras etnias como los kollaguas que procedían de los actuales territorios de Arequipa. Esta guardia imperial llegó a tener unos 10.000 miembros que acompañaban siempre al Emperador, todos ellos de origen noble. Gozaban de grandes privilegios, el estado les alimentaba, les daba casa, ropa y muchos regalos de coca, joyas y esposas.

El ejército de reemplazo lo conformaban todos los incas físicamente aptos entre 25 (edad en que los incas cumplían mayoría de edad) y 50 años. Todos los súbditos del imperio, o runas, hacían el servicio militar o trabajos para el Estado. Estaban exceptuados solamente los que por defectos físicos no podían portar armas ni desplazarse con rapidez, y los runas de la costa, a diferencia de los de la sierra, estaban libres de servir, posiblemente porque no podían soportar las condiciones climáticas de los Andes donde solían librase las batallas. Normalmente, se elegía a uno de cada 50 hombres para el servicio militar (de preferencia hombres jóvenes) de 25 a 30 años, pero en caso de necesidad se reclutaban más llegando en caso necesario al reclutamiento total.

En el caso de los nobles, este era un honor y un deber; en caso de los plebeyos era un medio para ascender socialmente. Los incas podían movilizar un ejército de 200.000 efectivos de una población de 10 a 15 millones.

Unidades

Las unidades se organizaban según la etnia de los soldados (auca runas), se armaban y adornaban según su tribu, con cueros, telas escudos, plumas, joyas o con pinturas corporales.

Los soldados se especializaban en armas arrojadizas, lanzas y cuerpo a cuerpo. También había otros como exploradores o runancha, los que tocaban la trompa o quipaycamayoc, los que sonaban una caracola o chorucamayoc, y tamborileros o huancarcamayoc.
Empleaban unidades múltiplos de 5:

  • La escuadra se componía de 5 soldados y estaba mandada por un unan chayanuk o cabo.
  • El pelotón se componía de 10 soldados y estaba mandado por un chunga-camayuk o sargento.
  • La sección se componía de 50 soldados y estaba mandado por un piccka-chuncamayuk o teniente.
  • La compañía se componía de 100 soldados al mando de un pachaca-camayuk capitán.
  • El batallón se componía de 500 soldados al mando de un pisca-camayuk o teniente coronel.
  • El regimiento se componía de 1.000 soldado al mando de un guaranga-camayuk o coronel.
  • La brigada se componía de unos 5.000 soldados al mando de un hatun apu o general de brigada.
  • La división se componía de 10.000 soldados al mando de un apusqui randin o general de división.
  • El ejército se componía de varias divisiones y estaba al mando de un apusquipay o mariscal.

Hasta nivel regimiento estaba conformado por una sola etnia, y dirigida por el curaca de dicha etnia, una vez muerto este era reemplazado por otro curaca de la misma etnia. Para evitar las rebeliones cada etnia estaba dividida en dos batallones cada uno con su general que competía con su compatriota para lucirse y alcanzar un mayor rango. Este concepto de «dualidad» existía en todo el mundo andino para representar sus dos dinastías: Hanan y Hurin.

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Guerreros incas: (1) general; (2) general chinchaysuyo (región del norte); (3) guerrero inca; (4) guerrero cinchaysuyo; (5) hondero quechua; (6) guerrero chimor (costa de Perú). Autor Angus Mcbride.

Armamento

Armas arrojadizas

  • Honda o huaraca. Era una de las armas más antiguas y frecuentes, estaban compuestas por una cuerda de longitud mediana donde se colocaba el proyectil (normalmente piedras esféricas) en el medio y lanzarlas mediante un movimiento circular. También arrojaban proyectiles incendiarios.
  • Boleadora o liwi. Era una cuerda que terminaba en tres ramales, en cada uno de los cuales se ataba una piedra siendo lanzadas juntamente con la cuerda.
  • Estólicas o cumanas. Era una especie de bastón, de 30 cm a 90 cm de largo, para lanzar venablos, como el átlatl mexicano. Lo usaban los soldados de etnias selváticas.
  • Arcos y flechas: De uso mayormente selvático, empleaban arcos de dos metros de largo capaces, con unas flechas de 1,2 a 1,5 metros capaces de atravesar a varios enemigos a la vez con el fin de asustar al enemigo, para que este huyera o rompiera filas.
  • Jabalina o antañaui. Tenía la punta de cobre o de bronce en forma cónica. Penetraba profundamente en las carnes o en los escudos ligeros
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Armas arrojadizas incas

Armas de acometida

  • Lanzas o suchuc chuqui. Tenían dos metros de longitud, eran las favoritas de los soldados que pertenecían íntegramente a la etnia inca cuzqueña. Todos los generales lo usaban como símbolo de poder.
  • Hachas o cunca chucuna. Eran de bronce o de sílex, tenían un mango de 50 cm a 1 m de largo. Con un golpe fuerte podían destrozar del cuerpo del adversario pasando a través de la protección.
  • Mazas o macanas o chambis. Se componía de un mango con un objeto contundente atado en el extremo, que tenía distintas formas, como esféricas, ovaladas, siendo la de estrella o chaska chuqui la favorita.
  • Porra o huactano. Era de una sola pieza de madera, de 60 a 80 cm de largo, con el extremo más ancho, estaba hecho de madera de chonta, guaycán, moque o mutuy.
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Armas de acometida incas

Protecciones

  • Cascos si estaban hechos de madera se llamaban umachina y si estaban hechos de metal ñauhichina. Ambos llevaban adornos de plumas en lo alto a modo de insignias. los cascos de cobre eran usados por generales y soldados de alto rango, mientras que los de madera lo usaban la milicia que a veces no llevaban ninguno.
  • Corazas o purapuras eran para proteger el pecho, estaban hechos de oro, plata y bronce. Solamente era empleada por los nobles y llevaban adornos.
  • Acolchados o esacupiles eran chalecos rellenos de lana o algodón para proteger el torax principalmente de flechas enemigas.
  • Escudos o hualcanas eran trapezoidales de madera y forrados con una tela gruesa o cuero de venado también los hubo pequeños y ligeros de forma redonda o cuadrada, hechos de vara de palma y algodón con adornos de lana y pluma.

Tácticas

Los ejércitos incas se caracterizaban por ser disciplinados y bien organizados, sus tropas solían estar en silencio y solamente al momento de atacar gritaban o cantaban, acompañados de instrumentos de música con el fin de asustar al enemigo.

La acción militar se iniciaba con un desfile para impresionar al adversario. Los soldados marchaban con sus distintivos. El general en jefe iba en su litera y llevaba en su mano el emblema de su mando. A la vista del ejército enemigo, se hacía el alarde. El general o el Inca, pasaba revista a sus tropas mientras se hacían sonar instrumentos musicales.

Luego venía la arenga y, finalmente, se efectuaba el ataque.

Las unidades del ejército inca solían desplegar con los lanzadores de armas arrojadizas al frente como los honderos, arqueros y estólicos; tras ellos, los soldados con hachas, macanas y porras (para el choque cuerpo a cuerpo); más atrás soldados con lanzas cortas (a veces arrojadizas), y al final, las tropas con lanzas largas de hasta 6 metros para acoger a las fuerzas de delante que se replegaban.

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Ejército inca desplegado. El general sobre una litera en el centro de la formación. Autor Pierre Joubert

La disciplina inca representaba una enorme ventaja frente a sus enemigos, que solían hacer ataques frontales con masas desorganizadas de guerreros, que atacaban gritando y que entrados en combate perdían todo el orden. De hecho, el ejército incaico era tan disciplinado que rara vez rompía filas y casi siempre mantenía la formación siendo capaz de rechazar incluso una emboscada en terrenos selváticos, montañosos, desérticos o pantanosos. En este punto, las batallas de los ejércitos incaicos se asemejaban a las batallas entre romanos y celtas o germanos, en las cuales la superior organización y disciplina terminaba por derrotar al número.

En una batalla en campo abierto el ejército inca solía dividirse en tres unidades, la principal atacaba al enemigo de frente mientras las otras dos envolvían por los flancos hacia la retaguardia del enemigo donde se unían y lo atacaban con el propósito de rodearlo.

Los ejércitos incas por motivos rituales no luchaban de noche.

Logística

La máquina de guerra Inca se benefició enormemente de un sistema de redes de caminos y sendas eficaces llamado Qhapaq Ñan. Con una longitud de 5.200 kilómetros, que se iniciaba en Quito (Ecuador), pasaba por Cuzco y terminaba en lo que hoy es Tucumán, Argentina, se componía del camino de la costa y el camino de la sierra con ramales de unión entre ambos. Para cruzar los obstáculos se empleaban puentes de piedra cuando el río era estrecho, puentes colgantes cuando el obstáculo era ancho, consistía en gruesos cables de agave o maguey, de los que colgaba el puente; los oroyas o teleféricos cuando no se podían tender de puentes colgantes, en este caso con un grueso cables de maguey extendidos de una orilla a la otra, a través del cual se deslizaba una canasta, donde se situaba el viajero. Los caminos y puentes eran mantenidos por las autoridades locales.

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Mapa del Imperio Inca. A la izquierda expansión del Imperio. Centro división territorial. Derecha Qhapaq Ñan o red de caminos incas.

Los tambos eran como albergues y también funcionaban centros de acopio de alimentos, lana, leña u otros materiales básicos para la supervivencia. De este modo, en épocas de penurias climáticas o desastres naturales, los tambos alimentaban y proveían de algunos materiales para la supervivencia a las aldeas más cercanas a la redonda. Estaban situados en los caminos, cada 20 o 30 kilómetros (una jornada de camino a pie). En las ciudades importantes estaban los tambos reales, que eran almacenes más importantes y disponían de un lujoso mobiliario en previsión de posibles visitas del Emperador.

Para llevar los mensajes se utilizaban los chasquis, estos eran jóvenes corredores entre los 18 y 20 años que iban de tambo en tambo llevando los mensajes. Se les llamabas chasquis porque cuando marchaban por los caminos chasqueaban la lengua para que los demás se apartasen y los dejasen pasar. Este sistema era tan veloz, que los chasquis a veces llevaban pescado fresco desde la costa hasta Cuzco, para el deleite del Inca.

Un ejército inca marchando desde Cuzco podría engrosar sus filas en movimiento haciendo recogiendo a las milicias de los asentamientos de la periferia. Los tambos, por su parte, permitían al comandante mantener sus tropas alimentadas y en buena forma para los combates incluso durante las marchas más largas, con sus hombres, finalmente, llegando al campo en condiciones relativamente frescos y listos para la batalla.

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Ejército inca en marcha. Museo Brüning. Lambayeque, Perú.

Para transportar equipos y armas se solían usar llamas. Los incas le daban mucha importancia a la logística militar, lo cual tenía mucho que ver con el tipo de guerra que llevarían a cabo. Para campañas cortas se empleaban campesinos que requerían lo mínimo como para lanzar una ofensiva directa, pero si, en cambio, se esperaba una guerra larga de desgaste, se empleaban a soldados profesionales que necesitaban muchos más recursos.

El ejército marchaba acompañado por un alto número de mujeres, a veces familiares de los soldados, quienes se encargaban de cocinar, vestir, encargarse de los heridos y enterrar a los muertos (esto era algo común en la zona centro andina precolombina). Los sacerdotes viajaban con el ejército; su función era rezar, hacer sacrificios y tratar de debilitar al enemigo mediante prácticas.

Guerra civil entre Huáscar y Atahualpa

La guerra entre los dos hermanos empezó con la muerte del Sapa Inca Huayna Cápac y de su heredero, Ninan Cuyuhi en el año 1527. Probablemente, murieron ambos a causa de la viruela, enfermedad que se propagó rápidamente entre las comunidades indígenas desde la llegada de los españoles al continente.

Tradicionalmente, el Sapa Inca legaba el trono a su primogénito. En el caso de Huayna Cápac, sin embargo, su hijo mayor, Ninan Cuyochi, había fallecido antes que él. Poco después de la muerte de su hijo, también Huayna Cápac se encontró en su propio lecho de muerte, y fue por esta razón por la que el Sapa Inca rompió la tradición y dividió el imperio entre sus dos hijos menores: Huáscar y Atahualpa.

Huáscar fue proclamado Inca en Cuzco, Atahualpa fue proclamado Inca en Quito y contaba con el apoyo de los generales Quisquis, Calcuchimac, y Rumiñahui quienes antes sirvieron a su padre Huayna Capac,

El momento de inicio fue cuando Huáscar ordenó a su medio hermano Atahualpa presentarse en Cuzco para que le jurara formalmente su vasallaje. Desconfiando de las intenciones de Huáscar, Atahualpa ordenó públicamente hacer todos los preparativos para el viaje, pero en secreto ordenó a sus generales Quisquis, Calcuchimac, y Rumiñahui, marchar con diferentes grupos de tropas al sur.

Batalla de Chillopampa (1529)

Atahualpa, astutamente, no avanzó más al sur una vez que alcanzó con su comitiva el límite sur de sus dominios, mientras que su ejército continuó su avance. Las unidades de los generales Challcuchimac y Quizquiz se reunieron, hecho del que fue informado Huáscar.

Huascar envió al general Ätoc o Atoco con 20.000 soldados quiteños cruzaron el río Apurímac en franca actitud bélica, y posteriormente se les unió un refuerzo de 10.000 soldados más. Habían empezado a salir del Tomebamba cuando las tropas de Atahualpa habían llegado a Ambato y ocuparon el puente sobre el río del mismo nombre y marcharon hacia Mocha en donde se encontraron con las tropas enemigas.

El combate fue instantáneo, prolongado y muy sangriento, como resultado de esto la batalla fue favorable para el general Ätoc y las tropas quiteñas diezmadas tuvieron que replegarse y huir.

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Guerra civil entre incas. Autor Richard Hook

Batalla de Mullihambato, de Ambato o de Chimborazo (1530)

Al enterarse Atahualpa de la derrota de sus tropas, reunió a todos los refuerzos que pudo y encabezando este nuevo contingente marchó hasta llegar a Latacunga. Allí envió órdenes a Calicuchima para que detuviese la huida y para que volviese a enfrentar a las huestes de Atoco. Calicuchima empezó a reunir a los fugitivos, al llegar Atahualpa a Ambato se reunió con Calicuchima quien rápida y efectivamente logro reunir a los soldados que sobrevivieron y prepararon un nuevo ataque contra el ejército de Cuzco.

El ataque fue furibundo y duró un día entero y al llegar la noche la victoria se hizo para los quiteños. Tanto Atoco como Chapera y otros altos rangos fueron apresados y llevados a Quito para ser ejecutados. Chapera fue matado casi al llegar, en tanto que Atoco fue torturado hasta hacerle confesar todos los datos necesarios para poder enfrentar a las tropas de Huascar que ya estaban en camino, luego fue asesinado, su cráneo fue revestido de oro y utilizado como vaso trofeo por Atahualpa.

Los ejércitos quiteños se hicieron con Cajamarca, que convirtieron en su base de operaciones. Hasta allí se trasladó Atahualpa, mientras sus  generales Quizquiz y Chalcuchímac proseguían la campaña hacia el sur.

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Avance del ejército de Atahualpa a Cajamarca. Autor Pierre Joubert.

Batalla de Huanacopampa o de Cotabambas (1532)

Las derrotas cuzqueñas se sucedieron, los quiteños se hicieron dueños de Huancabamba, Chachapoyas y Huamachuco y siguieron hasta que Chalcuchímac donde sufrieron un revés temporal en Tavaray, que hizo creer a Huáscar que podía cambiar su suerte.

A finales del año 1531, los quiteños derrotaron a los cuzqueños en el valle de Yanamarca, entraron en el valle del Jauja y ocuparon Hatun Xauxa. Esto provocó la destitución del general Auqui, quien fue reemplazado por Mayta Yupanqui. El nuevo comandante cuzqueño decidió establecer una línea defensiva en el río Angoyaco, que era atravesado únicamente por un puente colgante rodeado de desfiladeros. Tenía a sus órdenes 12.000 soldados. En esa sólida posición esperaba ganar tiempo mientras su Inca preparaba la defensa de Cuzco. Pasó un mes de exitosa resistencia hasta de Chalcuchímac atravesó el desfiladero y rodeó y exterminó a los defensores. El resto de los cuzqueños, con Mayta a la cabeza, se retiraron al valle del río Vilcas, un lugar de topografía similar a Angoyaco, pero en lugar de intentar repetir la misma defensa tan efectiva, prefirieron retirarse a Cuzco.

La vanguardia quiteña, formada por 25.000 honderos, comandada por Calchuchímac llegó al valle del río Apurímac, específicamente en Tavaray, junto al puente de Huacachaca, defendido por una poderosa fuerza cuzqueña. Sin saberlo Calchuchímac, otra tropa enemiga había cruzado el río por el puente de Cunyac y le ataco por la retaguardia. Más de 10.000 quiteños murieron y el resto se retiró. Esta victoria dio nuevos bríos al Inca, que creyó nuevamente en la victoria.

Con el enemigo cerca del Cuzco, el Inca reorganizó sus fuerzas en tres cuerpos: uno estaba bajo su mando personal y permaneció cerca de la capital como reserva; otro lo dirigía Huanca Aunqui y debía vigilar al enemigo hasta tener la oportunidad de emboscarlo; y otro comandado por Uampa Yupanqui marchó a la llanura de Huanacopampa, pues en ese punto los quiteños vadeaban el río Cotabambas hacia el oeste. Hasta ese momento, tanto Atahualpa como Huáscar se habían mantenido en retaguardia o en sus capitales, dejando la dirección de las operaciones a sus generales.

Húascar envió ayuda a su general y los cuzqueños hicieron retroceder a los enemigos hasta una colina, muriendo el general quiteño Tomay Rima, después prendieron fuego a los pastos secos que rodeaban el lugar. Los norteños sobrevivientes debieron cruzar de vuelta el Cotabambas, pero el Inca decidió no perseguirlos. Destacaron en el combate los generales cuzqueños Tito Atauchi y Topa Atao.

Huáscar no persiguió al enemigo, prefirió quedarse en su campamento y celebrar la victoria. Al día siguiente envió a su hermano Topa Atao a seguirlos.

Batalla de Quipaipán (abril de 1532)

Topa Atao cruzó el curso fluvial, llegó a una hondonada o barranco profundo y decidió entrar, pues su misión era actuar de vanguardia de su Inca, pero una vez dentro fue atacado desde las laderas por los norteños, resultando su tropa masacrada.

Huáscar se aproximaba detrás, sin haber establecido comunicación con Topa Atao pero confiado en su éxito. Fue entonces que Chalcuchímac ordenó a Quizquiz desplazarse secretamente con 5.000 hombres para aparecer en la retaguardia. La maniobra salió a la perfección y el Inca quedo atrapado al este del río. Huáscar fue capturado cuando intentaba huir y su hueste se dispersó en una turba de fugitivos. Otras fuentes dicen que lo atacaron mientras aún estaba en su campamento.

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Guerra civil inca

Pero las tropas de Atahualpa les atacaron y en la zona llamada Quepaipán se dio la batalla decisiva en abril de 1532. El enfrentamiento fue muy sangriento y los quiteños resultaron vencedores gracias a la experiencia de sus comandantes. Tras enterarse de la victoria, Atahualpa viajó a Xauxa donde llamó a todos los orejones y curacas del imperio al sometimiento.

Los quiteños saquearon Cuzco y destruyeron la momia de Túpac Yupanqui, quien los había conquistado muchos años atrás. Después asesinaron a los hijos, hermanos y esposas de la familia de Huáscar. Atahualpa tenía todo el poder para él solo, pero no pudo disfrutar la victoria. Se enteró de que un grupo de españoles al mando de Francisco Pizarro y decidió salir a su encuentro con 40.000 soldados.

Los incas tenían una leyenda sobre que un día, el dios Viracocha regresaría desde la tierra del sol poniente, una deidad que según ellos vestía de oro y plata, con barba blanca y ojos verdes; y que se había ido a través del océano Pacífico para volver en tiempos de gran necesidad. Los nativos norteños vieron la llegada de los españoles que tenían características semejantes a las de Viracocha, narradas en su leyenda. Los indios tayanes le comunicaron a Atahualpa que los españoles eran dioses, dada su piel blanca, sus barbas, sus brillantes armaduras y que habían venido en grandes naves desde el océano Pacífico.

Atahualpa creyó el origen mitológico de los conquistadores y lo tomó como buen presagio en ánimos de acabar con la guerra civil.

Orígenes de Pizarro

Francisco Pizarro nació en la ciudad de Trujillo (Extremadura). Existen dudas acerca de la fecha exacta para unos historiadores fue el 16 de marzo de 1476, para otros fue la misma fecha, pero del año 1478. Algunos historiadores llegan a hablar de 1473. Nació fuera de matrimonio, de una criada.

Permaneció analfabeto toda su vida, en 1492 o 1493, habiendo perdido algunos animales y temiendo ser castigado, huyó de Trujillo y partió hacia Sevilla en compañía de viajeros que se dirigían a la metrópoli andaluza. Tenía 14 años, quizás apenas un poco más.

A la edad de 20 años, se alistó en los tercios españoles que, a las órdenes de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, luchaban en las conocidas como campañas de Nápoles contra los franceses. Según López de Gómara, habría servido bajo las órdenes de este, siempre como soldado, en el sur de la península contra los moriscos, Calabria y Sicilia. Viajó a Sevilla, donde permanecerá hasta su marcha a América.

En 1502, llegó a América en la expedición de Nicolás de Ovando, el nuevo gobernador de La Española. De sus primeros años en América se sabe muy poco. Probablemente, pasó un tiempo en la isla de La Española.

Hombre inquieto y de fuerte carácter, Francisco Pizarro no logró adaptarse a la vida sedentaria del colonizador.

En 1509, hubo una expedición comandada por el bachiller y alcalde mayor de Nueva Andalucía Martín Fernández de Enciso, que salió a socorrer a su superior jerárquico, el gobernador Alonso de Ojeda. Ojeda, junto con 70 hombres, había fundado el poblado de San Sebastián de Urabá en Nueva Andalucía, lugar donde después se levantaría la ciudad de Cartagena de Indias; sin embargo, cerca del establecimiento existían muchos indígenas belicosos que usaban armas venenosas, y Ojeda había sido herido en una pierna. Poco después, Ojeda se retiró en un barco a La Española, dejando el establecimiento a cargo de Francisco Pizarro, que en ese momento no era más que un soldado en espera de que llegara la expedición de Enciso. Ojeda pidió a Pizarro que se mantuviera con unos pocos hombres por 50 días en el poblado, o que de lo contrario empleara todos los medios para regresar a la Española.

En enero de 1519, Francisco Pizarro arrestó a Vasco Núñez de Balboa por orden de Pedro Arias de Ávila, gobernador de Castilla de Oro.

En 1519, cuando participó de forma directa en un suceso relevante de la conquista de América. Francisco Pizarro arrestó y llevó a juicio a su antiguo capitán Vasco Núñez de Balboa, el primer europeo en divisar el océano Pacífico, por orden de Pedro Arias de Ávila, gobernador de Castilla de Oro. El descubridor fue finalmente decapitado ese mismo año con la ayuda de la versión más oscura de Pizarro.

Entre 1519 y 1523, Pizarro fue el alcalde de la colonia de Panamá, una insalubre aldea de covachas poblada por una horda de aventureros europeos; algo así como una sala de espera antes de lanzarse a las entrañas del continente en busca de tesoros. Estando en este cargo, el conquistador debió escuchar las historias que llegaban sobre un rico territorio al sur del continente que los nativos llamaban el Birú (transformado en Pirú por los europeos, de ahí el nombre de Perú).

Viajes de Pizarro al Tahuantinsuyo o imperio Inca

Primer Viaje (1524-25)

En 1522, fue Pascual de Andagoya el primero en intentar llegar hasta esas ricas tierras. Navegó hasta la provincia de Chochama, en donde entabló contacto con la tribu de los cuevas; indígenas que se quejaron al conquistador español de que unos indios de la provincia del Birú o Pirú realizaban duras incursiones contra ellos y les mataban la gente y les robaban todo lo que tenían. Andagoya les ofreció su ayuda y les conminó a que le llevasen hasta estos indios que les atacaban. Los cuévanos aceptaron y remontando el río de San Juan dieron con esos indígenas enemigos y los vencieron. Allí le hablaron del gran imperio Inca, el Tahuantinsuyo, y le comentaron el poderío y riquezas que atesoraba. Andagoya, pocos días después, cayó enfermo y tuvo que regresar a Panamá en donde hizo relación de todos estos hechos y extendió la leyenda de una gran civilización que no hizo sino aumentar los deseos de llegar hasta allí de más aventureros.

En 1524, Pizarro se asoció con Diego de Almagro y Hernando de Luque, un hombre influyente, vicario de Panamá, para conquistar «Birú» o «El Birú» (el Imperio Inca del Perú), del que tenían vagas noticias, repartiéndose las responsabilidades de la expedición. Pizarro la capitanearía, Almagro se encargaría de la intendencia y Luque estaría al cargo de las finanzas y de la provisión de ayuda. Existen noticias de un cuarto asociado, el licenciado Espinosa, que no quiso figurar oficialmente y que habría sido el financiador principal de las expediciones hacia el Perú.

Francisco Pizarro inició la conquista del Perú ese año con 112 hombres y cuatro caballos en un solo navío el Santiago. Sus socios Diego de Almagro y Hernando de Luque se quedaron en Panamá con la misión de contratar más gente y salir posteriormente con ayuda y víveres tras Pizarro. Almagro con otro navío el San Cristóbal, que partió poco después.

La navegación fue muy dura, los vientos eran contrarios y llovía copiosamente al ser la temporada húmeda. Tocaron en el archipiélago de las Perlas, atravesaron el golfo de San Miguel, el puerto de las Piñas y entraron en el río Birú, que navegaron durante dos millas. Solo encontraron pantanos, bosques y peñascos. Siguieron navegando en dirección sur quedándose ya casi sin provisiones. Pizarro quería continuar a toda costa, pero sus marineros comenzaban a impacientarse y deseaban volver a Panamá a refugio seguro. Finalmente, decidieron que uno de los buques volvería a Panamá a por más bastimentos y el otro continuaría su navegación desde el llamado puerto del Hambre, así llamado por ser aquí donde se dieron los primeros casos de hambre entre la tripulación. Más al sur, encontraron un poblado donde fueron atacados por los naturales. Por ello incendiaron el pueblo, al que llamaron a partir de ese momento Pueblo Quemado, con el resultado de varios españoles muertos y Almagro con varias lanzadas y perdió en un ojo por un flechazo. Tras estos hechos decidieron regresar a Panamá y empezar a preparar otra nueva expedición.

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Primer y segundo viaje de Francisco Pizarro al Imperio Inca

Segundo viaje (1526-227). Los 13 de la Fama

Los resultados obtenidos en las dos primeras expediciones castellanas tiraron por el suelo el crédito de posibles inversores para una segunda expedición de Pizarro. Sin embargo, con mucha maña y tratando de aprovechar lo máximo posible, prepararon los dos buques ya utilizados y adquirieron muchas más provisiones. Contrataron al piloto Bartolomé Ruiz de Estrada, hábil marinero de Moguer y buen conocedor de las costas panameñas.

En este segundo viaje fueron más afortunados, merced a los reconocimientos practicados por Bartolomé Ruiz. Descubrieron la isla del Gallo y desembarcaron en la bahía de San Mateo continuando posteriormente por la tierra de Coaque, muy cerca de Quito. Tropezaron con nativos procedentes de Tumbez, al parecer mercaderes y con visos de pertenecer a una civilización ciertamente desarrollada. Llevaban camisetas de algodón y lana, y adornos de oro y esmeraldas. Hicieron grandes ponderaciones de las riquezas de su país y de los tesoros y opulencia de la capital, que se llamaba el Cuzco.

Allí surgieron nuevos problemas de abastecimiento y de falta de soldados, por lo que tuvieron que discutir lo que había que hacer y fue entonces cuando por primera vez Pizarro y Almagro discutieron agriamente, incluso llegando a las manos, ya que uno defendía regresar (Almagro) y el otro continuar. Pizarro aún no había asumido que Almagro fuese capitán a su mismo nivel, hecho impuesto por el financiador de la expedición. Al final decidieron que Almagro iría a Panamá a por refuerzos y Pizarro se quedaría en la isla del Gallo a esperarle.

En la capital de Castilla del Oro (Panamá), la expedición no tenía muchos apoyos; Pedrarias ya no era el gobernador, entonces gobernaba Pedro de los Ríos, que se negó a enviar más pertrechos para la continuación de la expedición, sencillamente envió dos buques al mando del capitán Juan Tafur a recogerlos y traerlos de vuelta. Una vez llegados a la isla del Gallo los marineros se alegraron de poder regresar vivos a tierra segura, pero Pizarro no se rindió; exhortó a los sobrevivientes a continuar con él, para ello trazó en la arena de la playa una línea de este a oeste y dijo señalando con su espada: “este es el camino de las penalidades; más por aquí se va al Perú á ser ricos; por allí al descanso, á Panamá; pero á ser pobres: escoged”, y él cruzó la raya. Tan solo cruzaron la línea trece hombres. Los Trece de la Fama, o los Trece caballeros de la isla del Gallo, sus nombres eran: Bartolomé Ruiz, Pedro Alcón, Alonso Briceño, Pedro de Candia, Antonio Carrión, Francisco de Cuéllar, García Jerén, Alonso de Molina, Martín Paz, Cristóbal de Peralta, Nicolás de Rivera (el viejo), Domingo de Soraluce y Juan de la Torre.

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Pizarro y los Trece de la Fama en la Isla del Gallo. Autor Juán Lepiani

El capitán Tafur no pudo negarse a dejarlos allí, pero les recomendó ser transportados a la isla de Gorgona en donde no había nativos hostiles como sí había en la isla del Gallo. Allí estuvieron durante 7 meses esperando la llegada del piloto Bartolomé Ruiz que había ido a Panamá con la promesa de volver con nuevos buques y provisiones. Pero tan solo pudo regresar con un buque y lo justo para mantener esa nave, nada de más material para nuevas aventuras, por lo que andaban muy justos de todo. Era el mes de marzo de 1528.

El navío encontró a Pizarro y los suyos en la isla de la Gorgona, hambrientos y acosados por los indios. Ese mismo día, Pizarro ordenó zarpar hacia el sur. Tras veintiún días de navegación llegaron a Túmbez en costas peruanas en donde entablaron contacto con una civilización mucho más avanzada que las que habían visto por todo el litoral recorrido y recabaron más información sobre lo que allí había y quienes eran.  Pudieron contemplar la bella ciudad de Túmbez, con sus murallas y bastiones, un templo solar y un pequeño palacio del reyezuelo y una fortaleza militar.

Muy contentos con todo esto siguieron navegando hacia el sur llegando a la isla de los Lobos, Paita y Huanchaco y, finalmente, el río Santa en donde contemplaron la majestuosidad de la cordillera andina a la que Pizarro bautizó como sierra Morena.

Con estos nuevos descubrimientos y tan magníficas noticias decidieron regresar a Panamá para pedir la autorización de conquistar las tierras halladas, iniciando el viaje de regreso el 3 de mayo de 1528. Los recién llegados a Panamá alardeaban de las maravillas vistas con sus propios ojos. Sin embargo, Pizarro viajó a España para ser facultado por el Rey Carlos I, llevando consigo nativos cautivos, animales, cerámicas y otros objetos. La Corona española firmó la capitulación de Toledo en 1529, documento que los autorizaba a llevar a cabo su empresa.

Tercer viaje (1532-33). Captura de Atahualpa

La Capitulación de Toledo de 1529, firmada por Isabel de Portugal con la autoridad del rey Carlos I, se concedieron los derechos de dominio sobre la zona de Perú explorada hasta ese entonces. El territorio que correspondía a Pizarro iba desde el río de Santiago (río de Tempula o Cayapas) en el norte de Ecuador, hasta el Cuzco.

En 1532, Pizarro con sus cuatro hermanos zarpó desde la ciudad de Panamá con 106 soldados, 62 jinetes y 4 cañones y, desembarcando cerca de Tumbes, en lo que ahora es la frontera norte del Perú; entonces formaba parte del imperio Inca llamado Tahuantinsuyo, que se extendía desde Colombia hasta Chile.

Durante el viaje de la expedición española, Atahualpa envió varios mensajeros con regalos para los españoles, algunos de ellos de oro, lo que aumentó las esperanzas de Pizarro de hallar grandes tesoros. Pizarro fue invitado por Atahualpa a encontrarse en la fortaleza inca de Cajamarca, por intermedio de un emisario muy allegado a él. El emisario se encontró con los españoles en Cajas, y además de llevarle regalos (patos desollados, vasijas en forma de fortaleza, etc.); contó las fuerzas de los españoles y los invitó a continuar su marcha por el valle del Chancay, cerca del pueblo de Chongoyape, hasta Cajamarca para entrevistarse con Atahualpa. Pizarro aceptó y le envió una fina camisa de Holanda y dos copas de vidrio al Inca como regalo.

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Itinerario de Francisco y Hernando Pizarro en el imperio Inca 1532-33

Cuando Pizarro llegó a Cajamarca el 15 de noviembre de 1532 hacia el medio día, esta se encontraba desierta, y la exploraron inquietos temiendo una emboscada. Sin embargo, Atahualpa se encontraba en un manantial cercano en Pultumarca (actualmente llamado Baños del Inca) con su hermana sin preocuparse en absoluto por la presencia de los españoles. El ejército inca de alrededor de 30.000 guerreros se encontraba acampado en las afueras, a una legua de la ciudad.

Francisco Pizarro encomendó a Hernando de Soto la misión de ir donde el Inca para invitarle a que viniera a cenar con él en Cajamarca. Pizarro fue muy insistente en el sentido de que la invitación debía ser transmitida de manera cortés y pacífica, para evitar malentendidos. Soto partió acompañado de 20 jinetes entre los que se encontraba Diego García de Paredes. Cuando la avanzadilla se hallaba ya a medio camino, Pizarro viendo desde lo alto de una de las “torres” de Cajamarca las numerosas tiendas de campaña que conformaban el campamento del Inca; temió que sus hombres pudieran sufrir una emboscada y envió a su hermano Hernando Pizarro con otros 20 jinetes más.

Soto y sus hombres llegaron a Pultumarca, a través de una calzada de piedra que corría entre dos canales de agua y terminaba en un río, a partir del cual comenzaba el campamento del Inca. Mientras que Hernando Pizarro y su grupo iban ya casi al alcance de Soto.

El encuentro que tuvo lugar entre el Atahualpa y Hernando de Soto fue muy tenso. Atahualpa y sus hombres vistieron sus mejores galas en el recibimiento y tenían una pose muy seria. Los incas nunca habían visto caballos, de modo que los españoles decidieron permanecer en sus monturas y encabritarlos y hacerlos relinchar en presencia del monarca inca. Atahualpa respondió bebiendo del cráneo de un prisionero ejecutado. Posteriormente, ofreció copas de oro a los españoles, de las que ellos bebieron. Finalmente, prometió ir a Cajamarca al día siguiente a entrevistarse con Pizarro.

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Hernando de Soto encabritando su caballo para impresionar a Atahualpa

Los exploradores habían contado al menos 30.000 guerreros incas, por lo que iniciar una conquista militar sería imposible. La noche del 16 de noviembre de 1532 los españoles rezaron pensando que sería la última vez. A la mañana siguiente los españoles se prepararon para la batalla y se escondieron en un patio a esperar. Posteriormente, vinieron miles de soldados incas desarmados y los rodearon. Luego, vino un desfile de cientos de sirvientes limpiando el camino para el paso del Inca Atahualpa, que iba subido en un trono de oro rodeado de sus líderes.

Entonces el capellán de los españoles se acercó al trono con una cruz y una biblia. Pidió al rey que se retractara de sus creencias paganas, y aceptara el bautismo y la autoridad del rey de España Carlos I. Atahualpa tomó la Biblia, la examinó sin entender nada de lo que ponía, y la arrojó al suelo; lo que fue interpretado como una blasfemia por los españoles y Pizarro ordenó abrir fuego. Los españoles posteriormente sacaron sus espadas, iniciaron una matanza y tomaron prisionero a Atahualpa (16 de noviembre de 1532).

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Captura de Atahualpa en la batalla de Cajamarca (16 de noviembre de 1532). Autor Juan Lepiani

Fue así que Pizarro ordenó a sus hombres a que entraran en acción; sonaron las trompetas y simultáneamente, el artillero Pedro de Candía disparó uno de los falconetes que estaban en la cima de la torre (el otro se averió), impactando el disparo en medio de la masa humana, matando y mutilando a los que en su línea de fuego encontró. Y antes de que los sorprendidos indios se recuperasen, los españoles de a caballo, al grito de «¡Santiago, Santiago!», salieron estrepitosamente barriendo todo lo que tenían delante, seguidos de una tropilla de negros e indios con corazas, estoques y lanzas. Simultáneamente, el otro escuadrón de españoles abría fuego con sus mosquetes desde larga distancia.

Se produjo un gran caos, pues los pocos guerreros armados no tuvieron tiempo de sacar sus armas escondidas, las cuales tampoco eran de mucha ayuda contra los tiros lejanos españoles y los caballos; la mayoría de la masa india trató de salir del complejo para alejarse de la masacre, y como la única puerta principal estaba abarrotada cargaron contra uno de los muros haciendo un hueco en este y salieron del complejo.

El principal blanco del ataque español fue entonces Atahualpa y sus comandantes. Pizarro se dirigió a caballo hacia donde estaba Atahualpa, pero el Inca no se movió. Los españoles cortaron las manos o brazos de los asistentes que portaban la litera de Atahualpa para obligarlos a dejarla caer y poder alcanzarlo. Los españoles estaban sorprendidos porque los asistentes ignorando sus heridas, y con sus miembros todavía sanos, sostuvieron la litera hasta que varios de ellos fueron matados y la litera volcó. Atahualpa permaneció sentado en la litera mientras que un gran número de asistentes se apresuraron a colocarse entre la litera y los españoles, dejando que los españoles los mataran. Mientras sus hombres mataban a los indios, Pizarro cabalgó entre ellos hasta donde un soldado español de a pie había extraído a Atahualpa de la litera. Mientras que sucedía esto, otros soldados también alcanzaron la litera y uno de ellos intentó matar a Atahualpa. Reconociendo el valor de Atahualpa como prisionero, Pizarro lo defendió y fue herido en una mano con una espada.

Como resultado del encuentro entre 4.000 a 5.000 personas murieron (entre sirvientes y guardias atahualpistas junto a terceros que allí se encontraban, como los pobladores de Cajamarca y varios orejones huascaristas enviados con ofrecimientos de parte del Inca cautivo); otros 7.000 fueron heridos o capturados, según los cronistas los españoles tuvieron solo un muerto (un esclavo negro) y varios heridos.

La esposa de Atahualpa, Cuxirimay Ocllo (que por entonces tendría entre 13 y 15 años de edad), estaba con el ejército y acompañó a Atahualpa mientras estuvo prisionero.

Después de su ejecución fue llevada a Cuzco y adoptó el nombre de doña Angelina. Hacia 1538 era la concubina de Francisco Pizarro, con quien tuvo dos hijos, Juan y Francisco. Después de que Pizarro fuera asesinado en 1541; ella se casó con el intérprete Juan de Betanzos, quien escribió posteriormente «Suma y Narración de los Incas«. La parte primera cubre la historia de los Incas hasta la llegada de los españoles. La segunda parte abarca la conquista hasta 1557, principalmente desde el punto de vista de los incas, e incluye menciones a entrevistas con guardias del Inca, que se encontraban cerca de la litera de Atahualpa cuando fue capturado.

Pizarro y Atahualpa

El rescate de Atahualpa

Atahualpa fue confinado en una sala de Cajamarca con sus tres esposas y se le dejaba seguir conduciendo sus asuntos de gobierno.

Estando en prisión Atahualpa, venían los curacas a visitarle trayéndole obsequios, en oro y plata. El Inca se dio cuenta entonces de que el oro y la plata tenía para los españoles otro valor, diferente, al que él y su pueblo le daban. También se dio cuenta y se convenció de que la única forma de salvarse era ofreciéndoles gran cantidad de oro y plata. Y así lo hizo. Le propuso a Francisco Pizarro: «te daría de oro una sala que tiene 7 metros de largo y 5 de ancho, llena hasta una raya blanca que está en la mitad del alto de la sala; y dijo que hasta allí henchiría la sala con diversas piezas de oro, cántaros, ollas y tejuelos, y otras piezas, y que de plata daría todo aquél bohío dos veces lleno, y lo cumpliré dentro de dos meses» (El Perú en los tiempos modernos). Pizarro se apresuró a confirmar la promesa por escrito en un acta ante escribano. Atahualpa le informó además de que el templo de Pachacámac y de sus riquezas, que se encontraba a «10 jornadas al sur«.

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Atahualpa señalando la altura en el cuarto del rescate. El cuarto tenía 7 metros de largo y 5 de ancho.

Pizarro, además, hizo que el inca Atahualpa aprendiera el idioma español y le hizo aprender a leer y a escribir. De esta forma, fue posible comunicarse con el rey inca, que le informaba de sitios donde había oro. Además, jugaba partidas de juegos de mesa con el rey indígena.

El primer cargamento de oro ofrecido por Atahualpa llegó del sur y lo trajo un hermano del Inca, «trájole unas hermanas y mujeres de Atahualpa, y trajo muchas vasillas de oro; cántaros y ollas y otras piezas y mucha plata, y dijo que por el camino venía más; que como es tan larga la jornada, cansan los indios que lo traen y no pueden llegar tan aína; que cada día entrará más oro y plata de los que quedan más atrás«. «Y así, entran algunos días veinte mil, y otras veces treinta mil, y otras cincuenta, y otras sesenta mil pesos de oro en cántaros y ollas grandes de tres arrobas y de a dos, y cántaros y ollas grandes de plata y otras muchas vasijas«. Pizarro iba acumulando esas piezas en uno de los aposentos donde estaba Atahualpa, «hasta que cumplió su promesa«.

El 6 de enero de 1533, Hernando Pizarro, con Francisco de Jerez, secretario del gobernador, partieron con 20 hombres a caballo, algunos de infantería y varios indios auxiliares, hacia Huamachuco, por orden de Francisco Pizarro. En Huamacucho, los españoles tranquilizaron a Pizarro, al informarle que todo se encontraba en calma, a lo que Pizarro les ordenó avanzar hasta Pachacámac, ya que tenía de rehenes a los señores de este lugar, que también habían ofrecido oro y plata por su libertad.

 Estando en Cajamarca Pizarro, arribaron al puerto de Manta (actual Ecuador) seis navíos. El 20 de enero de 1533, Pizarro recibió mensajeros enviados desde San Miguel de Piura, avisándole tal llegada. Tres de las naves mayores arribaron de Panamá, al mando de Diego de Almagro, con 120 hombres. Las otras tres carabelas llegaron de Nicaragua, con 30 hombres más. En total desembarcaron, además, 84 caballos. El cacique de Túmbez entró en rebeldía, más no levantó a su gente.

El 21 de enero de 1533, llegó a Cajamarca otro cargamento de oro y plata, traídos por otro hermano de Atahualpa. Fueron “trescientas cargas de oro y plata en cántaros y ollas grandes y otras diversas piezas”. Este hermano del Inca, informó también de la existencia de otro cargamento que se encontraba en Xauxa, al mando del general Challcuchimac. Entre tanto, en Cajamarca, Pizarro comisionó a un hermano de Atahualpa, a los españoles Pedro Martín de Moguer, y a Martín Bueno, negros esclavos y cientos de indios aliados; para que viajasen al Cuzco, por el Cápac Ñam, y apresurasen el envío del oro y plata de Xauxa y se informen de la situación en la capital del Imperio. Esta tropa salió de Cajamarca el 15 de febrero de 1533.

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El rescate de Atahualpa. Los incas consiguieron reunir 84 toneladas de oro y 164 de plata.

El 25 de marzo de 1533, llegó a Cajamarca el grupo enviado al mando de Hernando Pizarro; habían recorrido Huamachuco, el Callejón de Huaylas, Pachacámac, Xauxa, las pampas de Junín y el Callejón de Conchucos. De Pachacámac, traían “veintisiete cargas de oro y dos mil de plata” y un rehén importante: el general Challcuchimac, apresado en Jauja.

El 14 de abril de 1533, llega Diego de Almagro a Cajamarca y el 28 del mismo mes, entró otro cargamento de oro y plata a esa ciudad, procedente de Xauxa; traían “ciento siete cargas de oro y siete de plata”.

El 13 de mayo de 1533, se procedió a la fundición de las piezas de oro y plata que había en Cajamarca para su reparto; además, existía el convencimiento de Francisco Pizarro, que ya se había recolectado la mayor parte del oro y plata de este reino.

Uno de los españoles, que había ido al Cuzco, informó a Pizarro que “se había tomado posesión en nombre de su majestad en aquella ciudad del Cuzco”; así como el número y descripción de las ciudades existentes entre Cajamarca y el Cuzco, de la cantidad de oro y plata recogidas, entre otras cosas. Quizá un dato importante que informan a Pizarro fue la presencia en el Cuzco del general Quízquiz con 30.000 hombres de guarnición.

El 13 de junio, llegó a Cajamarca el oro y plata procedentes del Cuzco y de Jauja, eran “doscientas cargas de oro y veinticinco de plata”. Días después llegaron “otras sesenta cargas de oro bajo”.

El gobernador hacía resguardar la plaza fuerte de Cajamarca con una vigilancia permanente, por rondas, de 50 soldados de a caballo, durante el día y gran parte de la noche. Durante las madrugadas, era de 150 de a caballo, amén de los espías, informantes y vigías de pie; indios y españoles.

Reparto del tesoro

Se sabe que no existía moneda en el Imperio Inca, en donde se presume se usaba trueque. El Oro y la Plata poseían un valor ritual, pero no tenían ni mercado ni comercio en las culturas prehispánicas, no tenían valor comercial. El valor monetario se lo añadió el transporte español al mercado de Europa.

El 18 de junio de 1533, el gobernador Francisco Pizarro, ordenó fundir lo recaudado y se repartiese. Toda la fundición arrojó un valor español total de 1.326.539 pesos de oro y 51.010 marcos de plata (84 toneladas de oro y 164 de plata). A la Corona le tocó 262.259 pesos de oro y 10.121 marcos. Los jinetes recibieron 9.386 pesos de oro y 396 marcos de plata; los infantes recibieron 3.438 pesos de oro y 143 marcos de plata de media. El gobernador, según su criterio, premió a unos con más y a otros con menos.

También entregó unos 15.000 pesos de oro a los vecinos que quedaron en San Miguel. A Diego de Almagro y sus huestes les repartió de acuerdo con su criterio. Les dio 20.000 pesos de oro para que se repartieran entre todos ellos. Por supuesto, recibieron mucho menos que los jinetes e infantes que intervinieron directamente en la captura de Atahualpa.

Almagro había pedido que a él y a sus compañeros les tocase la mitad que a los de Cajamarca. Como no se pusieron de acuerdo, fue otro motivo para que ambos socios se distanciasen más, arrastrando en sus diferencias a los soldados que estaban bajo el mando de cada uno de ellos. Los que en Cajamarca se beneficiaron del repartimiento fueron el cura Valverde, 65 de a caballo y 105 de infantería.

Ejecución de Atahualpa (26 de julio de 1533)

Para crear un vínculo más cercano, Atahualpa ofreció a Pizarro a su hermana favorita en matrimonio. Quispe Sisa era hija del emperador inca Huayna Cápac. El conquistador la hizo bautizar como Inés Huaylas y tuvo dos hijos con ella: una primera hija a la que llamó como su padre, Francisca Pizarro Yupanqui, y Gonzalo, que murió joven.

Nunca estuvo en la mente del Gobernador Francisco Pizarro, respetar la vida del Inca. Para continuar con su estrategia, inventó rebeliones de los leales a Atahualpa, responsabilizándolo de actos de traición.

Se le acusó de los delitos de sublevación, poligamia, adoración de falsos ídolos y por haber ordenado ejecutar a Huáscar. Además, se creía que había mandado un ejército para luchar contra los españoles desde el sur hacia el norte comandado por el general Calcuchimac. Se le ofreció ser quemado vivo o convertirse al cristianismo y ser estrangulado, y eligió el estrangulamiento. Fue estrangulado en el poste, después de que el sacerdote lo bautizara dándole el nombre cristiano de Francisco. Esa noche miles de súbditos de Atahualpa se suicidaron para seguir a su señor al otro mundo.

La sentencia de muerte, fue dada el viernes 25 de julio de 1533 y al día siguiente sábado 26 de julio, fue muerto en la plaza de Cajamarca. Fue ejecutado el 26 de julio de 1533.

La noticia de su muerte originó una gran anarquía, muchas etnias dominadas por los incas se sublevaron e intentaron recuperar su independencia.

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Muerte de Atahualpa el 26 de julio de 1533

Fue enterrado en la iglesia de Cajamarca, pero unos días después su cadáver desapareció misteriosamente; probablemente sus súbditos lo rescataron para momificarlo y enterrarlo junto con sus antepasados.

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Funeral de Atahualpa. Autor Luis Montero, museo de Lima

Muerto Atahualpa, terminó la dinastía de los Incas, que gobernaron el Imperio (aunque Atahualpa, no fue reconocido por las panacas reales cuzqueñas, los españoles lo consideraron Sapa Inca). Para guardar las apariencias, y tener un seguro hasta la toma del Cuzco, Francisco Pizarro, nombró otro Sapa Inca, que recayó en un hijo de Huayna Cápac, duodécimo Sapa Inca del Imperio: Túpac Hualpa, y que los cronistas españoles nombran como Toparpa, quien reconoció vasallaje al rey de España.

Conquista del Imperio Inca

Viaje a Cuzco

Los españoles salieron de Cajamarca el lunes 11 de agosto de 1533 por la mañana. En el camino, se enteran del asesinato de Guaritico, que era hermano de Atahualpa y de Túpac Huallpa (Toparpa), este era colaboracionista de los españoles y había salido antes que Pizarro de Cajamarca y formaba su vanguardia en el viaje al Cuzco. Llegaron a Huamachuco y después de reponer fuerzas por dos días, Pizarro envió una avanzada al mando de Diego de Almagro, y posteriormente se reunieron en Huaylas, donde permanecieron durante ocho días.

Continuaron su viaje al sur por Andamarca, Corongo, Yungay, Huaraz, Recuay, Chiquián y llegaron a Cajatambo. Allí, Pizarro reforzó su vanguardia y retaguardia, ante el temor de levantamientos y ataques de los naturales, leales a Challcuchimac, que venía con él y porque las llactas (ciudades) por donde pasaban, siempre estaban abandonadas. En ese camino, Francisco Pizarro se enteró por informantes, que los generales atahualpistas Yncorabaliba, Yguaparro y Mortay, habían estado reclutando gente de guerra en Pumpu (Bombón). A partir de entonces quedaron incomunicados, el Sapa Inca, Túpac Huallpa y Challcuchimac. El cronista Sancho de la Hoz, dice que el motivo de esa rebelión era porque ellos “querían guerra con los cristianos, porque veían la tierra ganada por los españoles y querían gobernarla ellos”.

Tomando el camino de Oyón, se enteran de que a cinco leguas de Xauxa había gente de guerra para destruirla y para que los españoles no encontraran nada. Llegaron a Tarma, sin encontrar resistencia. En esa llacta, pasaron la noche. Al amanecer reemprendieron la marcha hacia Xauxa. A dos leguas de Xauxa, Pizarro dividió su ejército. Cerca, se dio cuenta de que la llacta estaba íntegra y no solamente eso, sino que tuvieron un recibimiento cordial, “celebrando su venida, porque con ella pensaban que saldrían de la esclavitud en que les tenía gente extranjera”. Entrando en Xauxa, encontraron levantado al general Yukra Huallpa, dejado allí por Challcuchimac, antes de su captura. El enfrentamiento fue una atroz matanza de indios; los españoles con sus armas, perros dogos e indios auxiliares, emboscaron a las tropas de Yukra Huallpa, haciendo una matanza; como dicha tropa fuera dejada por Challcuchimac, eran partidarios de Atahualpa. Esta tropa inca, había sido enviada por los generales Yncorabaliba, Yguaparro y Mortay, que se encontraban con el grueso de su ejército a 6 leguas de Xauxa y en permanente contacto con el ejército de Quízquiz, que se hallaba en el Cuzco. Enterado Francisco Pizarro, envió una tropa a hacerles frente, pero los incas los hicieron retroceder. Pizarro ante esto pretendió atacar por sorpresa a la tropa inca; pero fue engañado y cuando quiso continuar hacia el Cuzco, se dio cuenta de que los puentes estratégicos, habían sido cortados.

Francisco Pizarro fundó la ciudad de Jauja, muy cerca de la Xauxa inca, dejó en ella a 80 españoles, al tesorero de su Majestad y a un lugarteniente como su representante. En esta ciudad murió misteriosamente Túpac Huallpa.

Muerto Túpac Huallpa, Pizarro convocó a Challcuchimac y otros nobles colaboracionistas que viajaban con él, para que propusieran al nuevo Sapa Inca “títere”. En esta reunión y frente al enemigo común, nuevamente se notan las diferencias entre huascaristas y atahualpistas, lo que fue explotado hábilmente por Francisco Pizarro. Challcuchimac, propuso a Aticoc, hijo quiteño de Atahualpa, mientras que los nobles colaboracionistas cuzqueños propusieron a un hermano del Sapa Inca muerto, pero de origen cuzqueño. Como estaban cerca del Cuzco, Pizarro hábilmente, se decide por el Inca de origen cuzqueño.

Mientras los colaboracionistas nobles, buscaban a este hermano cuzqueño del Sapa Inca asesinado, Pizarro envió expediciones a la costa, con la finalidad de encontrar lugares idóneos para instalar puertos marítimos, y esperando los resultados, se quedó en Xauxa. Entre tanto, envió otra tropilla con rumbo al Cuzco, a fin de que fueran reponiendo los puentes que estuvieran cortados. Los españoles, en su viaje por todo el valle del Mantaro, fueron constantemente ayudados por los huancas. Entraron a Tarcos, una llacta entre Xauxa y Vilcas, el 31 de octubre de 1533. En Vilcas se enfrentaron a los incas, en una feroz batalla, que a pesar de la superioridad numérica, los incas perdieron, por la superioridad de las armas españolas, con gran matanza entre los indios.

Continuó Pizarro su viaje hacia el Cuzco, cuando recibe la noticia de Hernando de Soto, que el general inca Narabaliba, se encontraba con una tropa de 2.000 soldados, enviados por Quízquiz en Andabailla (Andahuaylas).

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Batalla entre conquistadores e incas

Algo que contribuyó a debilitar los ataques de los incas, en este tramo del viaje hacia el Cuzco, fue el hecho de que tuvieran como rehén al general Challcuchimac, hombre muy querido por sus tropas. Temían la represalia de Pizarro y la muerte del valiente general atahualpista.

Pizarro entró en Andahuaylas (Anadabailla, para los españoles), sin ser molestado, pasó la noche y al día siguiente continuaron hasta Curamba o Airamba, en donde encontraron dos caballos muertos. Esto preocupó al gobernador sobre la suerte de Hernando de Soto y su tropa. Después de la entrada a Andahuaylas y del hallazgo de los caballos, Pizarro recibió la noticia que Hernando de Soto, se encontraba en el camino al Cuzco, que estaba bloqueado, pero que no había tropas incas y que los caballos habían muerto de “tanto calentarse y enfriarse”.

Tras dejar a Andahuaylas, Pizarro continuó su viaje hacia el Cuzco y encontrándose en un río, recibe la noticia de un enfrentamiento de su vanguardia con los rebeldes incas.

Lo que había pasado era que Hernando de Soto, en su avance con la vanguardia hacia el Cuzco, tras vadear un río, al que habían cortado los puentes, se encontró con tropa imperial, que le hizo frente. Esta tropa pertenecía al ejército imperial de Quízquiz. Los incas se habían dado cuenta, que los españoles, estaban cansados, al igual que sus caballos y perros, por lo que de “mutu propio”, a veces sin órdenes de Quizquiz, atacaban a los españoles. Tras el vadeo del río, al subir la cuesta, fueron atacados por los indios, que presionaron con tanta fuerza que mataron a cinco jinetes españoles. “A cinco cristianos cuyos caballos no pudieron subir a lo alto, cargó tanto la muchedumbre, que a dos de ellos les fue imposible apearse y los mataron encima de sus caballos…”; “les abrieron a todos la cabeza por medio, con sus hachas y porras”; “…hirieron dieciocho caballos y seis cristianos; pero no de heridas peligrosas, que sólo un caballo de éstos murió”.

Después de este ataque, los incas se fueron a una colina cercana, esperando el enfrentamiento franco, “casi concertado, esperando siempre un arreglo amistoso”, costumbre de la guerra andina. Mientras que Hernando de Soto, recurrió al engaño, al fingir que se refugiaba en un llano, aparentando huir; mientras que una parte de la tropa imperial, los perseguía a hondazos, hasta que una vez que los hubieron alejado lo suficiente del grueso de las tropas incas, preparó la caballería y arremetió contra ellos, aniquilándolos.

Cuando el grueso del ejército inca vio esto, se retiró, pero acamparon muy cerca ambos ejércitos, se podían oír las voces de los enemigos. La llegada inesperada de Diego de Almagro, con 40 jinetes, hizo que los indios se retiraran, sin presentar batalla. Juntos, Hernando de Soto y Diego de Almagro continuaron viaje hacia el Cuzco, cuando fueron informados de la presencia de una tropa inca, que había enviado el general Quízquiz, por lo que optaron por atrincherarse en una llacta, en donde esperaron a Francisco Pizarro.

Enterado de estos hechos, Francisco Pizarro, sospechó que todos sus movimientos eran espiados y que el general Challcuchimac, era el que enviaba dichos informes a las tropas incas. Continuando el camino y estando ya cerca del Cuzco, Diego de Almagro, se presentó en el campamento del gobernador y continuaron hasta donde se encontraba Hernando de Soto. Unidos así, siguieron ese mismo día, a “Sachisagagna (Xaquixaguana), Sacsahuana o Jaquijahuana), donde acamparon”.

Diego de Almagro y Hernando de Soto, estuvieron de acuerdo con Francisco Pizarro, que todas las cosas que les estaban pasando, eran producto de la perdida de confiaza de Challcuchimac, y lo condenaron a muerte quemado vivo. «El religioso trataba de persuadirlo a que se hiciera cristiano diciéndole que los que se bautizaban, pero él no quiso ser cristiano diciendo que no sabía que cosa fuese esa ley y comenzó a invocar a Paccamaca (Pachacámac) y al capitán Quízquiz que vinieran a socorrerlo«. Murió en la plaza de Sachisagagna, quemado vivo.

El 14 de noviembre de 1533, se presentó en el campamento de Francisco Pizarro, de Xaquixaguana, Manco Inca Yupanqui, hijo de Huayna Cápac, de ascendencia cuzqueña, que había andado siempre fugitivo de las huestes de Atahualpa.

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Encuentro de Francisco Pizarro con Manco Inca el 14 de noviembre de 1533

Manco Inca Yupanqui, llamado también Manco II, era uno de los 500 hijos de Huàyna Capac que en su mayoría fueron masacrados por Atahualpa para no tener rivales al trono. También masacró a los partidarios de su hermano Huáscar. Por ello, Manco tuvo que huir y, como muchos incas partidarios de Huáscar, vio a los españoles como unos salvadores enviados por los dioses. Luchó junto a ellos en las batallas de Cuzco y en los saqueos más importantes. También continuó la lucha contra el ejército quiteño de Quiz-Quiz al que derrotó y obligó a huir de la zona de Jauja.

Fue nominado Sapa Inca pizarrista al poco tiempo de morir Túpac Huallpa (Toparpa). Su ascenso a Sapa Inca títere, fue pactado en el encuentro que tuvo con Pizarro en Jaquijahuana. Su reconocimiento y colocación de la mascapaycha (corona símbolo del poder) se produjo en el Cuzco ocupado. Fiel a los términos del compromiso adquirido, al principio colaboró en todo con Pizarro.

La adhesión de Manco Inca Yupanqui o Manco Cápac II, a los españoles, adicionó más tropas incas al lado de Francisco Pizarro; este inesperado apoyo, influyó en el ánimo del conquistador para entrar al Cuzco, presentando batalla a las huestes de Quízquiz.

Sin obstáculos, entró al Cuzco el conquistador Francisco Pizarro, con Manco Inca y las huestes españolas e incas huascaristas.

Pizarro, entre tanto, al no ser hostilizado cuando tomó el Cuzco, organizó otro ejército con gente de Manco Inca Yupanqui que logró reunir “cinco mil guerreros”. Pizarro ordenó a Hernando de Soto, que apoye a dicha tropa india con 50 de a caballo, saliendo del Cuzco para presentar batalla a Quízquiz a 5 leguas de la ciudad, en donde estaba su campamento. En la localidad de Sapi, se enfrentaron ambos ejércitos, de donde salió victoriosa la tropa combinada de Manco Inca Yupanqui, pero sin poder derrotarlo.

Después de esta batalla, regresaron al Cuzco. El general Paullu Inca, que comandaba las tropas de Manco Inca, persiguió al ejército de Quízquiz, siendo derrotados en esa persecución; en el Cuzco se recibió la noticia “que les habían matado mil indios”. Entre tanto Manco Inca Yupanqui solicitó a los curacas “gente de guerra”, y en menos de diez días, tenía en el Cuzco un ejército de 10.000 guerreros.

Pero la armonía entre Francisco Pizarro y Manco Inca Yupanqui duró muy poco. No por culpa de él sino de los españoles, hasta que llegó Hernando Pizarro de España y lo puso en libertad en febrero de 1536; pero sin que pudiera salir de Cuzco.

Batalla de Sacsayhuamán (16 de mayo de 1536)

Pese a las órdenes de Francisco Pizarro de dar un trato óptimo a la población local, y uno digno de un emperador a Manco Inca; el trato vejatorio de los hermanos del trujillano hacia estos era habitual, lo que provocó que el emperador intentara escapar de la ciudad en cuanto tenía la más mínima oportunidad. Tras varios intentos de fuga, los hermanos Pizarro recluyeron a Manco Inca en su palacio, generando una situación hostil entre los indios, llegando a haber revueltas causadas por diversos grupos indígenas de la serranía.

Todo esto coincidía con la llegada al territorio de las Cédulas Reales que otorgaban a Almagro legitimidad sobre Cuzco.

Con la llegada de Hernando Pizarro a Cuzco, se puso en “libertad vigilada” a Manco Inca, que tras embaucar a los hermanos del clan al revelar el paradero de un ídolo de oro de unos 80 centímetros. Evidentemente, picaron en el anzuelo y permitió partir al inca, pero este no fue a buscar esos ficticios tesoros, sino que marchó directamente al valle de Yucay donde el sumo sacerdote Villac Umu estaba esperándole para atacar a los españoles era el mes de abril de 1536.

Los intentos de búsqueda y persecución del Emperador fueron fallidos, pues inmediatamente, según nos cuentan los cronistas, este logró reunir a unos 200.000 indios que se levantaron en todo el Imperio inca.

Su primera acción militar fue sitiar el Cuzco el 3 de mayo de 1536 con 20.000 hombres, al mismo tiempo también fue sitiada la recién creada Ciudad de los Reyes o Lima defendida por Francisco Pizarro.

Cuzco estaba ocupada por 200 españoles dirigidos por los hermanos Gonzalo, Hernando y Juan Pizarro junto con nativos de Nicaragua, Guatemala, chachapoyas y cañaris que no sumarían ni un par de miles de hombres.

Los quechuas conocían ya las tácticas de los españoles y sabían cómo enfrentarlas. Tenían que evitar sobre todo el ataque de la caballería, que era el arma que más temían.

Un día, la fortaleza quedó desprotegida la fortaleza de Sacsayhuamán por parte de los españoles, quienes habían dejado su cuidado a los indios cañaris. El momento fue aprovechado por las huestes de Manco Inca que procedieron a asaltar la fortaleza, tras intensos días de combates los nativos tomaron la fortaleza de desde la que se dominaba toda la ciudad del Cuzco poniéndola en evidente peligro. Desde allí se inició lo que sería el sitio del Cuzco, que duraría varios días y en el cual las tropas atacantes eran entre 20.000 y 30.000 hombres, mientras que la ciudad era defendida por 180 españoles y 15.000 indios cañaris y chachapoyas, entre otros).

Durante estos primeros días, y gracias a su superioridad numérica, tomaron Cuzco y levantaron una serie de empalizadas en la ciudad para evitar las cargas de caballería. A su vez, los españoles y sus aliados indígenas se parapetaron en los palacios y principales plazas del centro de la ciudad.

Hernando Pizarro reagrupó a sus hombres y consultó con Páscac Inca, hermano de Huayna Cápac y tío del en ese momento emperador Inca en el exilio Manco Capac II, acerca de como tomar la fortaleza. Inmediatamente, el capitán español dirige a sus tropas hacia el camino a la recién fundada ciudad de los Reyes (Lima), con lo cual los indios pensaron que los españoles emprendían la huida, saliendo de prisa en su persecución. Sin embargo, Hernando, hábilmente, maniobró en dirección de la fortaleza, llegando a ella tras eliminar a cuanto cuzqueño tratara de cerrarle el paso.

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Batalla de Sacsayhuamán (16 de mayo de 1536). Hernando Pizarro fingió una retirada de Cuzco y cuando los incas lo persiguieron, dio media vuelta y contraatacó persiguiéndoles hasta la fortaleza.

Una vez roto el cerco, impetuosamente se dirigió el ataque a la fortaleza, chocando muchas veces con las enormes murallas del complejo. En la recia lucha cayó muerto Juan Pizarro, hermano de Francisco y Hernando, como consecuencia de una fuerte pedrada arrojada desde uno de los torreones de la fortaleza. Muchos españoles cayeron de la misma forma y tuvieron que ser retirados de la lucha en dirección al Cuzco.

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Asedio de Sacsayhuamán (1536). Juan Pizarro muere de una pedrada durante el asalto a la fortaleza. Autor Adam Hook.

La lucha había sido tan intensa que comenzó a disminuir el número de flechas y piedras que llovían desde la fortaleza. El agua, así mismo, empezó a escasear y el ánimo de los cuzqueños comenzó a decaer. El Sumo sacerdote inca Willaq Uma dispuso que se abandone la lucha, pero muchos capitanes decidieron permanecer ahí.

Los españoles apreciaron que un gran número de soldados se retiraban, por lo que presionaron con mayor continuidad hasta ganar las terrazas y llegar a los torreones de la fortaleza. A la hora de llegar al segundo torreón llamado Muyucmarca, se toparon con un capitán cuzqueño llamado «Cahuide»que iba de un lado a otro de la torre con un escudo en una mano y un mazo en la otra, atacando a cualquier enemigo que trataba de trepar por escaleras o arrojando del lugar a sus compañeros si es que estos caían en la desesperación. Entonces, cuando Pizarro gritó para que lo tomen por prisionero, reconociendo su valor, el guerrero arrojó sus armas contra sus adversarios y, envolviéndose en su manto, «se arrojó al vacío donde murió al esnafrarse«

Finalmente, Hernando consiguió retomar el control de la fortaleza, con lo que se contuvo en algo el ímpetu de los sitiadores, más no la intención, puesto que el acecho al Cuzco siguió por muchos meses más desde la fortaleza de Ollantaytambo.

Ataque inca a Lima

El levantamiento de Manco Inca en Cuzco habría resultado ser un fracaso si no hubiera planeado una sublevación general en prácticamente todo el territorio de la gobernación de Nueva Castilla, ya que las tropas españolas habrían aunado fuerzas para ir sofocando cada una de las rebeliones. Por lo tanto, el siguiente objetivo militar del emperador iba a ser la ciudad de residencia del gobernador, Lima.

Ante la preocupante situación de no recibir noticias de Cuzco, Francisco Pizarro envió a Pedro de Lerma con un cuerpo auxiliar indígena y una serie de jinetes; tras haber recorrido dos leguas de costa, se cercioraron de que una gran cantidad de indios hostiles se dirigían hacia la ciudad capitaneados por Tizo-Yupanqui. Estos, divididos en tres columnas, envolvieron rápidamente la ciudad y se dispusieron en los cerros de alrededor, donde podían protegerse de una carga de caballería.

No obstante, el sitio de Lima no tendrá el mismo resultado que el de Cuzco. En primer lugar, la Ciudad de los Reyes tenía salida al mar, lo que permitió a Pizarro establecer una serie de comunicaciones vía naval para pedir auxilio a las diferentes gobernaciones de América, entre las que se encontraba la de Nueva España de Fernando Cortés.

Asimismo, al prever la llegada de tropas indígenas, las tropas españolas pudieron prepararse con mayor antelación para defenderse del ataque inca. Finalmente, durante el sexto día, y tras producirse una serie de escaramuzas, el general inca, Tizo-Yupanqui, ordenó a sus tropas entrar en la ciudad con la formación típica de batalla indígena. Sin embargo, estas fueron sorprendidas por la caballería castellana, que se había ocultado en las primeras casas esperando a que los indígenas hicieran entrada en la ciudad para emboscarles. Los españoles estaban capitaneados por el mismísimo Pizarro que, espada en mano, se lanzó raudo y valiente al combate, factor que propició que la moral de las tropas se mantuviera alta. Durante el combate, el mismísimo Tizo-Yupanqui fue abatido, hecho que causó la retirada de las tropas incas al monte de San Cristóbal, donde habían aguardado la batalla previamente.

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Defensa española de la ciudad de Lima (1536). Los españoles dejaron entrar a los incas en la ciudad y contraatacaron cuando estaban dentro

Pizarro organizó además una expedición bajo las órdenes de Pedro de Agüero y Hernando de Montenegro para perseguir a los indios huidos, la cual contó con la ayuda exterior de Alonso de Alvarado, que encabezó una brutal expedición de castigo contra los indígenas. Además, llegaron más refuerzos desde la zona del Istmo, América Central y las Antillas.

También encomendó una expedición a Alvarado con 500 hombres para socorrer Cuzco y pacificase todos los territorios que se encontraba en su camino. Este se detuvo en Jauja durante cinco meses debido al cansancio que sus tropas arrastraban por el viaje y las diferentes batallas con los indios. Este fue un hecho significativo en la contienda civil, pues si Alvarado hubiese llegado a la ciudad antes que Almagro, la guerra habría tomado otro curso.

Acciones posteriores de Manco Inca

Con la llegada de las tropas de Almagro desde Chile, Manco Inca se retiró a Ollantaytambo para pasar de allí hacia Vilcabamba. Desde allí, e invitado por los antis, marchó hacia Chachapoyas, derrotando en Ongoy a un ejército español que intentó sorprenderlo, obteniendo una aplastante victoria en la que solo se salvaron dos cristianos.

El Inca mandó a someter y castigar a los huancas por haberse aliado a los españoles, para lo cual mandó expediciones de castigo que acabaron vencidas por la coalición huanco-española. Enfurecido el Inca, marchó el mismo saliendo de Sapallanga matando a todos los que encontró en reñidos combates en el camino. Llegó a Jauja, la Grande, donde se produjo un gran combate en el que tropas españolas participaron al lado de los huancas. Tras dos días de combate, el Inca venció al ejército enemigo matando 50 españoles y miles de aliados huancas. Tras estas acciones de castigo en el valle del Mantaro, Manco Inca regresó al sur donde mandó sacar al ídolo huanca, llamado Varihuillca, y echarlo al río Mantaro, cumpliendo de esta forma su venganza.

Después de terminada la campaña huanca, el Inca pasó a Pillcosuni, donde en Yeñupay derrotó y puso en fuga a una expedición española. Una vez producida la batalla de las Salinas el 6 de abril de 1538 en la que Pizarro derrotó a los almagristas; Manco Inca regresó a Vilcabamba y Victos, donde puso espías y atalayas en los caminos que llevan a esa región, enterándose de que una gran expedición iba en su búsqueda al mando de Gonzalo Pizarro y con la compañía de sus traidores hermanos, Paullo, Inguill y Huaspar. Salió Manco a defender el paso y para mejor cumplir ocupó una pequeña fortaleza de piedra junto a un río.

La lucha fue tan tenaz como ardua, prolongándose durante 10 días. En la refriega cayeron presos de Manco Inca sus hermanos Inguill y Huaspar, y pese a las súplicas de la coya Curi Ocllo, los decapitó diciendo: “más justo es que corte yo sus cabezas que no llevar ellos la mía”.

Se reanudó la lucha con furor y los españoles lograron capturar la fortaleza. Acosado por sus enemigos, Manco Inca tubo lanzarse al río y atravesarlo a nado, ganando la otra orilla para gritar a sus burlados adversarios desde ella: “Yo soy Manco Inca, yo soy Manco Inca”, para desconcertarlos y que lo dejasen de buscar, pero no pudo impedir que capturasen a su esposa la Coya y al general Cusi Rimanchi.

Los vencedores partieron inmediatamente a Cuzco y, estando descansando en Pampacona, algunos quisieron violar a la Coya, pero ella se defendió cubriéndose con “cosas hediondas y de desprecio”, por lo que el abuso no se consumó. Así llegaron al pueblo de Tambo, donde para vengarse de su marido entendieron más provechoso matar a Coya, lo que hicieron los ballesteros asaetándole. También sirvió la ocasión para encender varias hogueras y matar en ellas al valeroso Villac Umu y a los generales Tisoc, Taipi, Tangui, Huallpa, Urca Huaranga y Atoc Supi; días después estando ya en Yucay, los españoles quemaron a Ozcoc y Curi Atao, también caudillos de la rebelión incaica, en mayo de 1539.

Vuelto el Inca a Vilcabamba, hizo sacar de Cusco a su hijo Titu Cusi Yupanqui y a la madre de este, recibiéndoles en Victos en 1541. Estando en Victos llegaron 7 almagristas sobrevivientes de las Salinas, suplicando servir al Inca a perpetuidad si este protegía sus vidas. Aceptó Manco Inca a tomarlos como vasallos para aprender mejor los usos de la guerra entre los españoles, por lo que pronto se supo que ningún indio los debería tocar siendo establecidos como criados y amigos del Inca. Pronto los españoles alcanzaron amistad con el monarca, enseñándole a este y a su corte a perfeccionar sus conocimientos sobre los caballos y aprendiendo a su vez los juegos de bolos y el herrón.

En 1545 (algunos sostienen que fue en 1544), Alonso de Toro, teniente gobernador de Cuzco ofreció una oportunidad a los almagristas que habían traicionado a España. Les dijo que si mataban a Manco Inca les perdonarían, y ellos aceptaron; por lo que un día a primeros de 1545, en Vilcabamba, los siete almagristas asesinaron a Manco Inca delante de su hijo, Titu Cusi Yupanqui. Le sucedió su segundo hijo, Sayri Túpac, quien renunció y dejó el trono a su hermano mayor (hijo mayor de Manco Inca), llamado Titu Cusi Yupanqui; y cuando este murió le dejó el trono a su hermano llamado Túpac Amaru I. Los cuatro incas de Vilcabamba fueron de la familia de Manco Inca.

Guerra civil entre conquistadores

Disputa de Cuzco

La capitulación de Toledo, firmada el 26 de julio de 1529, sentó las bases jurisdiccionales de los territorios conquistados por Pizarro y Almagro, siendo ampliada después por la Real Cédula del 21 de mayo de 1534. En ella se establecía dos gobernaciones: para Pizarro la gobernación de Nueva Castilla, que comenzaba en el norte en el pueblo de Teninpulla o Santiago (al norte del actual Ecuador) y se extendía 270 leguas hacia el sur. Y para Almagro, la gobernación de Nueva Toledo, que se extendía inmediatamente al sur de la Nueva Castilla, extendiéndose en 200 leguas.

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Repartición de América del Sur según las reales Células de 1.529 y 1.534

En teoría, no debía haber problemas en determinar exactamente donde terminaba la Nueva Castilla y donde comenzaba la Nueva Toledo, pero estalló entonces la controversia: mientras Almagro sostenía que las mediciones de las 270 leguas de la Nueva Castilla debía hacerse siguiendo las sinuosidades de las costas, con sus golfos y caletas, en cambio, Pizarro sostenía que debía hacerse siguiendo la línea del meridiano. De acuerdo a la tesis de Almagro, la gobernación de Nueva Castilla terminaba al norte de Lima, y de acuerdo a la de Pizarro, terminaba al sur del Cuzco. Consultada la Corona española, esta daría la razón a Pizarro, pero su resolución llegaría muy tarde.

Convencido de su tesis, Almagro se dispuso a ocupar Cuzco en 1535, alentado por sus partidarios. La guerra civil habría estallado entonces, de no ser que el astuto Pizarro convenciera a su socio a que marchara a la conquista de Chile, situada al sur de su gobernación, pues se decía que era una tierra donde abundaban los metales preciosos y donde hallaría, presumiblemente, un segundo Cuzco. Almagro emprendió entonces la expedición a Chile, partiendo del Cuzco el 3 de julio de 1535. El viaje por Chile fue duro y penoso, no encontrando nada de valor, a pesar de haber llegado hasta la altura del actual Valparaíso. En su mayor parte era un territorio desértico, poblado de indios belicosos. Esta expedición duró alrededor de dos años, y terminó en 1537, con el retorno de Almagro y los restos de sus tropas, que descansaron en Arequipa, antes de marchar hacia el Cuzco.

Captura del Cuzco y batalla de Abancay

De vuelta en el Perú, Almagro se enteró del levantamiento de Manco Inca (llamado por los españoles Manco II). Por un lado, desalentado por los resultados de su viaje a Chile, y por otro, creyendo que estaba dentro de su gobernación, decidió tomar la ciudad del Cuzco. Y lo hizo en los precisos momentos en que los hermanos Gonzalo y a Hernando Pizarro acababan de romper el cerco del Cuzco de Manco Inca. Era el 8 de abril de 1537. Almagro apresó a Gonzalo y Hernando y se proclamó gobernador del Cuzco.

Creyendo que aún continuaba el cerco incaico del Cuzco, envió a Alonso de Alvarado con 500 soldados españoles, con la misión de pacificar toda la región y apoyar a los españoles que aún estuvieran defendiéndose en el Cuzco. Para segundo en el mando fue designado Pedro de Lerma, quien estaba defraudado, ya que esperaba ser nombrado jefe de la expedición.

En la madrugada del 12 de julio de 1537, Rodrigo Orgóñez, lugarteniente de Almagro, planeó sorprender a las fuerzas de Alvarado. Contaba con el valiosísimo apoyo de 10.000 soldados incaicos comandados por Paullu Inca (a quien Almagro proclamó Inca en una ceremonia especial para oponerlo a Manco Inca). En la madrugada del 12 de julio de 1537, aún bajo la oscuridad, Orgóñez atravesó con su caballería el vado principal del río; la corriente era muy rápida y algunos de sus hombres murieron ahogados. Él mismo recibió una pedrada en la boca al saltar a la orilla opuesta, pero no se desanimó, y alentando a los suyos, arrolló con furia a la gente de Juan Pérez de Guevara que defendía el otro lado. Pronto, los partidarios de Lerma se unieron a los almagristas, según lo acordado, y entonces los hombres de Alvarado, no pudiendo distinguir a los amigos de los adversarios, se vieron en confusión total. Alertado del ataque, Alvarado se apresuró a ir en auxilio de los suyos. Almagro aprovechó entonces la ocasión para asaltar el puente que defendía Gómez de Tordoya, cuyos soldados se dispersaron sin oponer resistencia seria. Enseguida, Almagro cayó sobre la retaguardia de Alvarado, quedando este acorralado. Aunque Alvarado trató de alentar a los suyos, fue en vano, pues unos huyeron y otros se rindieron; él mismo intentó huir, pero fue alcanzado y apresado.

Orgóñez quiso decapitarlo, pero Almagro se opuso. Alvarado permaneció prisionero en el Cuzco; poco después se fugaría. El encuentro fue breve. Los vencedores festejaron ruidosamente el triunfo que tan pocas vidas les había costado: de los pizarristas murieron 3 o 4, mientras que los almagristas tuvieron similar número de bajas, gente que se ahogó en el cruce del Abancay. Rara vez en los anales de la historia militar se vio un triunfo donde un ejército tomase prisionero a otro de similar número.

Una vez que ocupó el Cuzco, Almagro, aconsejado por algunos partidarios, se fijó en Lima, la ciudad que Pizarro fundara para ser la capital de su gobernación. Llevando preso a Hernando Pizarro, Almagro salió del Cuzco y bajó a la costa, con rumbo hacia Lima, aunque cometió el error de dejar a Gonzalo Pizarro y a Alonso de Alvarado, quienes no tardaron en escaparse de la prisión.

Fundación de Chincha y negociaciones con Pizarro

En su trayecto hacia Lima por la costa del sur, Almagro fundó la Villa de Almagro, en el valle de Chincha, a fines de agosto de 1537, con la intención de convertirla en la capital de su Gobernación de Nueva Toledo. Posteriormente, esa capital sería trasladada más al sur, a Sangallán, en la provincia de Pisco, actual región de Ica. En medio de los festejos de la fundación, Almagro se enteró de la huida de Gonzalo y de Alonso de Alvarado; entonces pensó seriamente en ejecutar a Hernando Pizarro, tal como lo venía aconsejando su lugarteniente Rodrigo Orgóñez, pero no lo hizo, pues por entonces le llegaron unas cartas de Francisco Pizarro, invitándolo a solucionar pacíficamente el conflicto, lo cual aceptó. Ambos gobernadores se sometieron al arbitraje del fraile mercedario Francisco de Bobadilla y se encontraron en el pueblo de Mala (sur de Lima), el 13 de noviembre de 1537. Se armó una discusión que terminó en un altercado; finalmente, temiendo un atentado, Almagro montó su caballo y regresó a Chincha. Bobadilla quedó entonces en libertad de dictar su fallo en el litigio en ausencia de una de las partes, pero antes encargó hacer las mediciones correspondientes a unos pilotos de mar, luego de las cuales quedó convencido de que los pizarristas tenían la razón: que el Cuzco no pertenecía a la jurisdicción de Almagro. Por ende, falló ordenando el cese de hostilidades y obligando a Almagro abandonar el Cuzco y liberar a Hernando.

Dicho fallo enfureció a los almagristas, quienes exigieron su jefe que decapitara a Hernando. Pero entonces intervino Francisco Pizarro, quien, al ver que el fallo le era enteramente favorable y que no contentaría jamás a Almagro; astutamente sugirió acordar una tregua, aceptando que Diego de Almagro siguiera siendo gobernador del Cuzco hasta la llegada de un emisario del rey Carlos I, quien ventilaría definitivamente el asunto. A cambio de esta concesión, suplicó a Almagro que dejara en libertad a su hermano Hernando, comprometiéndose enviarlo a España antes de cumplirse seis semanas. Creyendo de buena fe las promesas de su viejo socio de la conquista, Diego de Almagro aceptó y soltó a Hernando, lo que constituyó un grave error que le costaría la vida.

Batalla de las Salinas o de Cachipampa (6 de abril de 1538)

En efecto, Francisco Pizarro, antes de retornar a Lima, en vez de ordenar a Hernando Pizarro viajar a España, lo mandó de retorno al Cuzco, con el pretexto de someter a las fuerzas rebeldes de Manco Inca. En realidad iba con el propósito de recapturar el Cuzco de manos de los almagristas.

Encabezando una nutrida tropa de soldados leales a los Pizarro, Hernando avanzó a marchas forzadas subiendo hacia la sierra. Almagro comprendió entonces que no le quedaba otra salida sino la guerra, y se dirigió también a la sierra, para defender lo que consideraba de su propiedad; como se hallaba muy enfermo (posiblemente de sífilis), dejó la dirección de la campaña a su lugarteniente Rodrigo Orgóñez, nombrado mariscal. Este ordenó a sus hombres que se hicieran fuertes en los pasos del Huaytará (actual región Huancavelica), una sierra alta y áspera donde con pocos efectivos era factible impedir el avance de los pizarristas. Sin embargo, los almagristas descuidaron la defensa, y Hernando logró mediante un rodeo ganar el otro lado de la sierra. Apenado por tal revés, Almagro y sus tropas se dirigieron a marchas forzadas hacia el Cuzco, para defenderla del avance pizarrista.

Sin embargo, los hermanos Pizarro no se dirigieron de inmediato a Cuzco, sino que bajaron al valle de Ica, a fin de reabastecer y reanimar a sus tropas, muy afectadas por la altura. Francisco Pizarro, cuya edad ya no le permitía bregar en una campaña militar tan exigente, se retiró a Lima, dejando en sus hermanos Hernando y Gonzalo la conducción de la guerra. Una vez listo, Hernando Pizarro reemprendió la marcha hacia el Cuzco: tomó la ruta por Lucanas y Aymaraes, y sin mayor contratiempo, llegaron a las cercanías del Cuzco, en abril de 1538. Unos días antes Almagro había entrado en la ciudad, preparando su defensa.

Ambos ejércitos se encontraron a cinco km al sur del Cuzco, el 6 de abril de 1538, en un lugar conocido como Cachipampa o la pampa de las Salinas por hallarse allí una fuente de agua salada que los lugareños dejaban decantar para obtener sal. Se libró la batalla de las Salinas o de Cachipampa.

Las tropas de Almagro fueron derrotadas, pereciendo en el campo el mariscal Ordóñez. Almagro en litera contempló de lejos la derrota de sus tropas, huyó al Cuzco, y se refugió en uno de los torreones de Sacsayhuamán, pero fue tomado prisionero por Alonso de Alvarado y condenado a muerte. Almagro suplicó por su vida, a lo cual respondió uno de los hermanos de Pizarro, Hernando, diciendo: “Sois caballero y tenéis un nombre ilustre; no mostréis flaqueza; me maravillo de que un hombre de vuestro ánimo tema tanto a la muerte. Confesaos, porque vuestra muerte no tiene remedio”. Finalmente, fue ejecutado el 8 de julio de 1538 en la cárcel por estrangulamiento de torniquete y su cadáver decapitado en la Plaza Mayor de Cuzco ese mismo día.

Mientras tanto Pizarro en Lima sufrió también el cerco de dicha ciudad por parte de Quizu Yupanqui, general y pariente de Manco Inca, quien tras estar a punto de tomar la capital fue muerto en batalla. La victoria de Pizarro en Lima se debió a su estratégica alianza con los señores étnicos enemigos de los incas. En este caso en particular destacó la alianza con el cacique de Huaylas. Estos acudieron a Lima con 5.000 hombres, quienes pelearon junto a los españoles en la defensa de Lima frente al cerco y ataque de Quizu Yupanqui.

Pizarro despojó de sus tierras al hijo de Almagro y le cerró el acceso al cargo que había ostentado su padre, gobernador de Chile.

Tras la muerte de Almagro, Pizarro se dedicó a consolidar la colonia y a fomentar las actividades colonizadoras (envía a su hermano Gonzalo a Quito y a Pedro de Valdivia a Chile).

Muerte de Francisco Pizarro

Los partidarios de Almagro se agruparon en torno a su hijo Almagro el Mozo, con el fin de acabar con el gobierno de Pizarro amenazando con matarlo. Los doce almagristas, comandados por Juan de Rada iniciaron un complot con el que se abastecieron de armas.

La mañana del domingo 26 de junio de 1541, enterado de que su vida corría peligro, Pizarro no salió a la misa dominical de la Catedral y la oyó en su casa. Después de la misa, los almagristas lo buscaron en la catedral, y después cruzaron la plaza en dirección al palacio del Marqués Gobernador gritando: «Viva el Rey, muera el tirano«. Pizarro, quien se encontraba almorzando con un grupo de amigos, logró ser advertido con poco tiempo de que el grupo estaba a las puertas de su residencia, por lo que dejó el comedor y pasó a armarse a su dormitorio. Cuando regresó al comedor, sus invitados ya habían huido y solo quedaban su medio hermano, Francisco Martín de Alcántara, Gómez de Luna y los pajes Tordoya y Vargas.

Los almagristas asesinaron al conquistador extremeño. Pizarro tenía 65 años de edad, murió con al menos 20 heridas de espada. En posteriores estudios, el antropólogo forense Edwin Greenwich ha defendido que por las evidencias se puede afirmar que «Pizarro se defendió bravamente» e incluso su rostro quedó desfigurado: recibió una estocada que indica que le vaciaron el ojo izquierdo y otro corte recto en el pómulo derecho.

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Muerte de Francisco Pizarro por los almagristas en 1541
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Muerte de Francisco Pizarro por los almagristas el 26 de junio de 1541

Los agresores obligaron a las autoridades de Lima a nombrar gobernador al joven Diego Almagro y forzaron que Francisco Pizarro fuera enterrado de forma casi clandestina en un patio de la catedral de la ciudad, pero quedaron lejos de tomar ventaja en esta guerra civil entre conquistadores. El conflicto se prolongó durante años obligando incluso a la Monarquía hispánica a tomar partido. En este contexto, el hermano menor de Pizarro, Gonzalo, encabezó la Gran Rebelión de Encomenderos en 1544 contra la Corona española en protesta por la dación de las Leyes Nuevas. Él y muchos de los conquistadores rebeldes fueron ajusticiados por esta causa.

Expedición de Diego Almagro a Chile (1535-36)

Sin embargo, los hermanos Pizarro no se dirigieron de inmediato a Cuzco, sino que bajaron al valle de Ica, a fin de reabastecer y reanimar a sus tropas, muy afectadas por la altura. Francisco Pizarro, cuya edad ya no le permitía bregar en una campaña militar tan exigente, se retiró a Lima, dejando en sus hermanos Hernando y Gonzalo la conducción de la guerra. Una vez listo, Hernando Pizarro reemprendió la marcha hacia el Cuzco: tomó la ruta por Lucanas y Aymaraes, y sin mayor contratiempo, llegaron a las cercanías del Cuzco, en abril de 1538. Unos días antes Almagro había entrado en la ciudad, preparando su defensa.

Almagro gastó más de un millón y medio de pesos oro en los preparativos de su expedición a Chile. Los indios peruanos, deseosos de alejar a Almagro para sublevarse contra Pizarro, dieron a Chile una exagerada fama de riqueza. El propio Almagro ambicionaba mayor fama y fortuna como había conseguido Pizarro. Almagro envió reclutadores a la ciudad de los Reyes (Lima) y reunió 500 españoles para la expedición, muchos de los cuales lo habían acompañado al Perú y otros provenían de la expedición de Pedro de Alvarado a Quito. La fama de generosidad de Almagro facilitaba el reclutamiento. Iban también en la expedición unos 100 esclavos negros y unos 1.500 yanaconas para el transporte de las armas y víveres. Contrató también el servicio de tres naves que seguirían la ruta por mar, para reunirse en un punto acordado y reabastecer a la expedición.

Almagro pidió al inca Manco Cápac II que les preparara el camino enviando a dos dignatarios junto a tres soldados españoles a caballo para que en los puntos del tránsito se acataran las órdenes de Almagro. El inca les entregó al más alto jefe religioso del imperio, el Villac-Umu y también a su propio hermano menor llamado Paullu Inca. Los comisionados debían avanzar con una fuerte escolta indígena hasta el pueblo de Tupiza a 200 leguas del Cuzco y por el camino fueron recogiendo el oro y la plata que encontraban por donde pasaban para entregarlo a Almagro, predisponiendo a los indígenas contra los españoles.

Almagro encomendó a Juan de Saavedra, que se adelantase con una columna de 100 a 150 soldados a mitad del camino a unas 130 leguas, concretamente en el río Desaguadero, en la provincia de Paria; y que fundase un pueblo y lo esperase con llamas, alpacas y el maíz e indígenas de relevo que pudiese reunir en aquellas comarcas. Los preparativos de la expedición fueron realizados con gran celeridad, pues 20 días después del pacto con Pizarro, Almagro se puso en campaña, aunque algunas versiones señalan que salió presuroso por temor a que Pizarro aprovechara la partida de sus hombres para apresarlo.

Avance hasta Chile

Almagro salió del Cuzco el 3 de julio de 1535, con 50 hombres y se detuvo en Moina (a 5 leguas al oeste del Cuzco) hasta el 20 de ese mes, debido al inesperado arresto del inca Manco Cápac II por Juan Pizarro, acción que le causó problemas. En el Cuzco Almagro dejó a Rodrigo Orgóñez reclutando soldados para unirse a la expedición, cumpliendo Juan de Rada la misma comisión en la Ciudad de los Reyes (Lima).

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Diego de Almagro partiendo de Cuzco para la conquista de Chile (1535). Autor fray Pedro Subercaseaux.

Dejando atrás Moina, Almagro se encaminó por el camino del Inca recorriendo el área occidental del lago Titicaca. Cruzó el río Desaguadero y se encontró con Saavedra en Paria a principios de agosto, quien había reunido a sus fuerzas a 50 españoles más, que pertenecían al grupo del capitán Gabriel de Rojas, y que decidieron abandonar a su jefe y dirigirse a Chile. Rojas había partido previamente del Cuzco por orden de Pizarro en misión de descubrimiento hacia el sur con 60 españoles y retornó a esa ciudad casi solo.

Almagro ordenó que los expedicionarios permanecieran cerca del lago Augallas todo agosto, en espera que se derritieran las nieves de la cordillera de los Andes, mientras él se dirigió a Tupiza con 12 hombres a caballo, lugar en donde lo esperaba Paullu Inca. Durante el camino había recibido la noticia de la llegada al Perú del obispo de Panamá, Tomás de Berlanga, encargado por el rey de dirimir las diferencias entre Almagro y Pizarro, pero continuó viaje pese a que sus amigos le solicitaron que volviese para defender mejor su causa.

En Tupiza Paullu Inca y el Villac-Umu habían recolectado oro de los tributos de la región. Los tres españoles que los acompañaban, mientras esperaban a Almagro, se habían dedicado al pillaje y continuaron viaje sin esperarlo. Una caravana que supuestamente provenía de Chile con 90.000 pesos de oro fino de los tributos al Inca fue entregada a Almagro. Esto renovó los bríos de los expedicionarios haciéndoles olvidar los padecimientos de la marcha. Aquí Almagro realizó una nueva pausa de dos meses en la expedición, esperando que llegasen las tropas, que lo fueron haciendo en grupos y acopiando víveres.

Antes de que Almagro llegara a Tupiza, el Villac-Umu se escapó de la expedición con todos los porteadores y volvió al norte con planes de aprovechar la división de las fuerzas españolas. Pero Almagro y sus hombres siguieron adelante, ya que aún contaban con Paullu Inca como aliado. Los españoles tuvieron que tomar porteadores a la fuerza para poder transportar los avituallamientos, esto causó más de un conflicto con los nativos. Incluso hasta el mismo Almagro estuvo a punto de perecer a manos de un indígena que lanzó una flecha y erró dándole al caballo, que cayó encima de Almagro y le causó serias heridas.

Con más dificultades, incluyendo la pérdida de bagaje a manos indígenas, los españoles llegaron finalmente al norte de Salta, en la antigua Chicoana (en los valles Calchaquíes, no la actual Chicoana en el valle de Lerma), el último paso antes de atravesar los Andes. En Chicoana los expedicionarios se detuvieron dos meses para conseguir provisiones. Los guías que pudo encontrar señalaron a Almagro que para llegar a Chile había dos caminos, uno por el desierto en el que debían transitarlo en grupos pequeños y otro por un paso cordillerano cubierto de nieve.

Almagro eligió la que bordeando el lago Titicaca se internaba en la actual Bolivia, pasaba por las provincias argentinas de Jujuy, Salta y Catamarca y cruzaba a Chile atravesando la cordillera de los Andes. Desechó la ruta costera que atravesaba el desierto de Atacama, probablemente debido al peligro de perder allí a sus caballos por la falta de agua y forrajes.

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Itinerario de Diego Almagro a Chile (1635-36)

El cruce de los Andes

Almagro partió de Chicoana en marzo. Ya los deshielos habían comenzado y encontraron crecido al río Guachipas y hubo de ser atravesado a pie todo un día con la pérdida de llamas, y la deserción de los porteadores quienes aprovecharon para huir.

En su avance por la cordillera, los expedicionarios sufrieron muchas penalidades; ya que caminaban agotados por el frío, el congelamiento de sus manos y pies, y por la dificultad de un suelo lleno de guijarros pequeños, de bordes afilados, que les destruían las suelas de los zapatos y las herraduras a los caballos. El gélido clima de la cordillera mató a gran parte de los yanaconas, que empezaron a dejar en la ruta como un sendero de muerte; pues no tenían la ropa adecuada y andaban a pie desnudo, y a varios de los españoles cuando se quitaban las botas, se les caían los congelados dedos de los pies.

En el otoño austral de 1536, llegaron al pie de la cordillera de los Andes. Las crónicas españolas no mencionan el paso cordillerano utilizado por Almagro para acceder a Chile, la tradición dice que fue por el paso de San Francisco a 4.000 metros de altura, otros autores sugieren que fue por el paso de Come-Caballos. En el camino quedaron muertos 10 españoles, 170 caballos y cientos de indígenas auxiliares.

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Diego de Almagro cruzando la cordillera de los Andes (1536). Autor Rodolfo Gutierrez AKA Zerreitug (Gutierrez al revés). Diorama galería de la Historia de Concepción

Llegada a Chile

Por fin el resto de la columna llegó a Copayapu a principios de abril con 240 españoles, 1.500 yanaconas, 150 esclavos negros y 112 caballos, entre los negros venía una mujer leal a Almagro llamada Malgarida.

En el valle de Copiapó Almagro reunió 500.000 ducados de oro y cumplió las obligaciones por valor de 150.000 pesos oro que sus capitanes le habían firmado por adelantado en el Cuzco, diciéndoles que él no podía ser acreedor de sus valientes y leales camaradas. Almagro consiguió el favor de los indígenas locales deponiendo a un usurpador de un cacicazgo local y restableciendo al cacique Montriri, quien le fue agradecido y fiel. Después de la natural recuperación de energías durante una semana, se dio la orden de reiniciar la marcha en los primeros días de julio de 1536; sin embargo, le desertaron una multitud de yanaconas que dejaron prácticamente sin sirvientes a los españoles.

Al pasar por los valles de Huasco y Coquimbo Almagro recibió hostilidad de los indígenas, quienes abandonaron sus poblados para evitar ser esclavizados. Al llegar a Coquimbo Almagro endureció la mano e hizo quemar a varios culpables de haber matado españoles. Estos indios habían asesinado a los tres soldados enviados en vanguardia que habían llegado a Chile. Para su escarmiento, Almagro decidió darles un cruel castigo, reuniendo a todos los caciques importantes de la región; entre ellos el apunchic Anien, y condenó a los tres culpables a morir en la hoguera.

Durante la realización de su castigo le llegaron noticias de que más al sur había dos españoles viviendo, Antón Cerrada y Gonzalo Calvo, dos hombres que se habían sublevado contra Pizarro, y que en realidad fueron los primeros en descubrir y pisar Chile. Pizarro les había mandado cortar las orejas y para no exhibir su afrenta se dirigieron hacia el sur del valle de Zama, internándose posteriormente hacia el sur. Sería el más leal colaborador de Almagro.

Al llegar al valle del Aconcagua, los españoles fueron bien recibidos por los naturales; por los consejos de los dos españoles, que lograron pactar con los nativos del valle y efectivamente fueron bienvenidos, pero no existían riquezas, excepto unos casi insignificantes lavaderos de oro, nada de la fortuna fácil que esperaba Almagro.

Cuando a Coquimbo, Almagro se reunió con Ruy Díaz, quien por mar había llegado con un solo barco el San Pedreo, con suministros después de una penosa travesía navegando contra el viento; las otras dos embarcaciones que salieron de El Callao, se habían visto obligadas a regresar. Díaz traía noticias importantes. Pudo informar al adelantado que Carlos V le había concedido la gobernación de Nueva Toledo, al sur de Nueva Castilla, en manos de Pizarro, aunque faltaba deslindar ambas y decidir dónde quedaría la capital inca.

Sin embargo, los mismos naturales fueron mal influenciados por el indio Felipillo, intérprete de castellano-quecua, que advirtió a los nativos de las malas intenciones de los españoles y les recomendó atacarlos de noche o huir de ellos. Los nativos le hicieron caso, pero no se atrevieron a atacarlos y escaparon en masa durante la noche, y con ellos se fueron varios yanaconas, tomando el camino del norte. Felipillo fue atrapado y descuartizado con caballos frente al curaca de la región como escarmiento.

El territorio que el adelantado esperaba encontrar lleno de riquezas no cumplía ni sus más mínimas expectativas, esto le causó una gran desilusión, por lo que decidió enviar una columna de 70 jinetes y 20 infantes dirigida por Gómez de Alvarado para que explorase el sur del territorio.

Los exploradores no tuvieron contratiempos hasta cruzar el Maule, donde encontraron a los mapuches. En Reinogüelén disputaron una encarnizada batalla en la que pusieron en fuga a los indígenas después de que estos ofrecieran gran resistencia y cedieran terreno, tras sufrir numerosas pérdidas. Cuando de regreso al Aconcagua relataron lo ocurrido, la mayoría se pronunció por abandonar el país y regresar al Perú, pues nada justificaba permanecer en aquel falso Dorado, donde amenazaba una vida insegura y en guerra.

Regreso

Almagro sopesó la situación y decidió no proseguir hacia el sur. Sin oro y con tan belicosos naturales, decidió regresar al Perú. Entre la alternativa de volver a atravesar la cordillera, o dirigirse por el desierto, se decidió por la segunda opción. En un acto de reconocimiento al sacrificio hecho por sus hombres en la expedición, y que no fueron recompensados con el ilusorio oro de esta región, decidió perdonar las deudas que sus soldados habían contraído con él, destruyendo todas las escrituras que los comprometían.

El camino por el desierto de Atacama fue tan horroroso como la travesía por la cordillera, días abrasadores y noches heladas, la hostilidad de los indígenas, sin contar con la escasez de agua y alimento, pero de cualquier forma se le consideró mejor que la travesía por los Andes.

Salieron en grupos pequeños de no más de 10 hombres haciendo jornadas de 20 km cada día. Durante el día se refugiaban bajo la sombra de los tamarugos (árbol endémico de Chile que vive en extremas condiciones), en la pampa del Tamarugal y caminaban de noche.

Para ponerse a cubierto de una sorpresa, ya que el Perú ardía en una rebelión general contra Pizarro; Francisco Noguerol de Ulloa se hizo a la mar y desembarcó en el caserío como protección adelantada de los expedicionarios permaneciendo 18 días y luego regresando por tierra a Arequipa en febrero de 1537 con la pérdida consignada de un hombre, Francisco de Valdés que murió ahogado en un río.

Tal era el estado físico en que llegó Almagro y sus seguidores que desde entonces se les llamó los «rotos de Chile» a quienes vinieran de esas tierras. Solo se atrevería a ir a conquistarlo 4 años más tarde Pedro de Valdivia.

Entrada creada originalmente por Arre caballo! el 2018-04-21. Última modificacion 2024-07-01.
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Comentarios:

  1. Démidas línes Ráez dijo el 2020/08/03 a las 6:38 pm

    Le faltó Martín Galeano, Pedro de Heredia, Alonso de Ojeda, Gonzalo Jiménez de Quesada, Ambrosio Alfinger, Sebastián de Belalcázar, Pedro de Añasco y otros conquistadores.

  2. Ignacio dijo el 2021/10/11 a las 9:29 am

    ¡¡Hola!!
    No conocía esta página la verdad, pero me he quedado FASCINADO con la calidad y cantidad de información histórica que hay. Ha sido el descubrimiento del día. Muchas gracias, de verdad, por la labor educativa y de divulgación que hacéis con la historia.
    Si me lo permitís, aporto un breve vídeo sobre la muerte de Pizarro.
    https://www.youtube.com/watch?v=SeDLYAv39nc
    Un abrazo.

  3. Diego dijo el 2022/01/12 a las 5:41 am

    No incluistes que durante el asedio del cusco francisco pizarro mando varias expediciones de allua un total de 4 y las 4 pñfueron masacradas por los incaa

  4. SYLVIA SAMAME dijo el 2022/07/20 a las 2:13 pm

    MUY BUENOS DIAS BUSCABA INFORMACION PARA MIS NIÑOS Y NIÑAS Y ME ENCONTRE CON ESTA PAGINA, HE QUEDADO IMPACTADA PUES LA CALIDAD DE INFORMACION ,TAN DETALLADA Y LAS IMAGENES DE TAN BUENACALIDAD Y QUE NOS MUESTRAN LOS HECHOS QUE ACONTECIEROS, ME HA DADO LA OPORTUNIDAD DE QUE LLEVE EXCELENTE MATERIAL A MI AULA. GRACIAS

  5. SYLVIA SAMAME dijo el 2022/07/20 a las 2:20 pm

    ME GUSTARIA CONTAR CON LA INFORMACION SOBRE EL ARMAMENTO ESPAÑOL DURANTE LA CONQUISTA, Y SI EL iNCA ERA LA AUTORIDAD EN EL IMPERIO, CUAL ERA LA DENOMINACION CORRECTA QUE RECIBIAN LOS DEMAS DEL IMPERIO.GRACIAS

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