Edad Moderna Guerra Franco-española 1635-59 Status quo

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Situación en 1.637

En febrero de 1.637, murió Fernando II. Después de haber tenido éxito en la influencia de la dieta de Regensburgo en julio de 1.629, fue su hijo Fernando III quien lo sucedió al frente del Imperio Alemán.

El duque de Víctor Amedeo de Saboya también murió el mismo año, después de haber librado varias batallas con los españoles. Fue entonces cuando su esposa Cristina, hermana de Luis XIII, recibió la regencia en nombre de su hijo Francisco Hyancinthe (pero este último murió en octubre de 1.638, por lo que fue su hermano menor, Carlos Manuel II, quien lo sucedió). Este último tuvo que enfrentar las intrigas de estos cuñados, Tomás y Mauricio, este último había decidido aliarse con los españoles.

Al abrirse la campaña de 1.637, Francia tenia en linea de combate cuatro cuerpos de ejército, con los que ataco a un tiempo la Alsacia, el Luxemburgo, el Franco Condado y las plazas de Picardia. Por otra parte, el príncipe de Orange, adueñado de Schenck, aprestándose a la lucha mas animoso que nunca. Breda se rindió al de Orange y Landreccies al cardenal de la Valette. La réplica de Fernando de Austria fue la toma de Roremunda y Vanloo e infligiendo al de Orange una colosal derrota en Waes.

La reacción francesa, en la persona del mariscal de Chatillon, progresaba por Luxemburgo, cuyas plazas de Dinant y Danvilliers, encomendadas al príncipe Tomás de Saboya, se rindieron a merced. Salvóse Saint Omer por la llegada oportuna de Piccolomini. El Franco Condado sufría el mas cruel saqueo y exterminio a cuenta de los duques de Longueville y de Bernardo de Sajonia-Weimar, que lo continuaron durante el ano siguiente de 1.638. En Italia, los duques de Saboya y de Parma se declaraban por el francés (Rivoli, 1636), con animo de expulsar a los españoles del Milanesado, defendido por Diego Felipe Mexía de Guzmán, marqués de Leganés, héroe de Nördlinghen, mas valiente que estratega.

Llegaron de Francia los mariscales de Crequi y de Toiras, con 10.000 hombres; y juntas sus fuerzas con las de los duques, pusieron cerco a Valencia del Po, gobernada por Martín Galiano. A los seis meses, levantaron el asedio, con gran mengua y pérdida de sus efectivos; pero cayó al fin la Valtelina con todo su valle, mas los condados de Bornio y de Chiavena, en poder del duque de Rohan, que avanzó al mando de un ejército formado por franceses, suizos y grisones; y aunque las maniobras de Leganés y los reiterados triunfos del conde de Cerbellón (o Zerbellone) le recluyeron en aquellos desfiladeros, la amenaza continuo cerniéndose sobre nuestras posiciones italianas, no mas seguras que las luxemburguesas. La presión que se ejercía sobre Milán, principalmente después de la indecisa batalla del Tessino, en la que el tercio de Lombardía perdió 500 hombres y los franceses muchos más y ambos proclamaron la victoria; las urgentes llamadas del Cardenal-infante, las razias en el Franco Condado, acuciaban angustiosamente al monarca español y a su valido, dispuestos a intentar algo mas eficaz que la aventura de las islas de Lerins (cerca de Cannes), recuperadas aquel mismo año por los franceses, y que la empresa de Gascuña, acometida con tanta languidez por el cortesano marqués de Valparaíso y continuada con tanto desmayo por el duque de Nocera o Nochera.

 

Batalla de Leucata (27 de agosto al 29 de septiembre de 1.637)

El Conde-duque decidió responder a los ataques atacando Francia, grandes rasgos, se trata de un plan para llevar la guerra a suelo enemigo y limitar su capacidad ofensiva, al mismo tiempo que se buscaba obligarla a aceptar un acuerdo de paz favorable a España. En cuanto a las zonas por donde se podría llevar a cabo el ataque propusieron dos: Navarra-Guipúzcoa, en una reedición de las operaciones emprendidas durante la campaña de 1.636, o el condado de Rosellón y el principado de Cataluña, pues eran las dos regiones más apropiadas para el tránsito de un ejército desde los Pirineos. También se plantearon dos posibilidades. La primera de ellas sería en una campaña de saqueo y destrucción, asolando territorio francés, sin un objetivo claro, para lo cual sería necesario contar con unas fuerzas capaces de enfrentarse al enemigo en una batalla campal. La otra era invadir territorio enemigo para, bien por asedio o bien por asalto, conquistar alguna plaza estratégica. En esta segunda alternativa serían necesarias unas fuerzas de menor calidad y una caballería menos cuantiosa, sobre todo en coraceros, pues el carácter de la guerra de asedio no exigía unas tropas tan selectas.

Al final se decantaron por la segunda opción y se esbozaron dos objetivos: Bayona (entrando por Guipúzcoa y Navarra) o Narbona (por el otro lado de la frontera pirenaica, con Cataluña como plaza de armas del ejército). Finalmente se decidió por Narbona. Así se consideró apropiado entrar en Francia por el Rosellón y realizar una diversión en favor de teatros de guerra más importantes como los de los Países Bajos o Italia.

A mediados de 1.637 se habían reunido 12.000 infantes reunidos en 6 regimientos y 2 tercios, y 1.300 jinetes en 15 compañías y 37 cañones y 4 morteros.

Con el fin de juntar un ejército, a parte de las escasas fuerzas regulares disponibles, se decidió disponer de contingentes de milicias catalanas siguiendo el uso “Princeps namque” con un edicto que Enrique Ampurias, duque de Cardona y virrey de Cataluña, promulgó el 13 de junio, pero enseguida fue rechazado públicamente por parte de las instituciones catalanas por dos motivos de fondo: el uso había sido invocado por el Virrey y no por el Rey estando presente dentro del Principado, y segundo, no había guerra dentro del Principado, luego no se trataba de una guerra para defender el territorio catalán.

A pesar de la general oposición se empezaron a formar unas pocas compañías de milicias catalanas para participar en la empresa. El 8 de agosto, Gerona ofreció con una compañía de 90 hombres recomendada por Galcerán de Cartellá, barón de Falgons para servir durante 3 meses en la campaña. una compañía de la Villa de Olot y conde de Peralada con 400 hombres y un tercio de 500 hombres pagado durante 3 meses por el Consell de Cent de Barcelona.

El 27 de agosto, las fuerzas españolas mandadas por el duque de Ciudad Real (la infantería), y el conde de Cerbellón (la caballería) se adentraron en territorio francés. El 29 de agosto el ejército entró en el Plan de la Palma e inició sus ataques en el pueblo de Leucata, situado a nueve leguas (43 km) de Narbona y a nueve y media (46 km) de Perpiñán, que era un objetivo intermedio.

La guarnición francesa de la plaza estaba mandada por Hércules Boursier de Berri, señor de Berri, gobernador del fuerte con 110 soldados, quién decidió defender el pueblo para permitir la llegada de refuerzos a la guarnición. Llegaron dos compañías del regimiento de Languedoc bajo el mando del señor de Lermont, y gracias a su resistencia Leucata pudo ser reforzada por un millar de hombres. Finalmente el pueblo fue ocupado e incendiado el 2 de septiembre. A continuación se inició el asedio del fuerte. El castillo estaba sobre la montaña que le daba nombre, en un promontorio rocoso, cara al mar, dominado de altos picachos por el norte y el levante, a 72 metros sobre el nivel de la albufera.

Gerardo de Cervelló y Mercader, barón de Oropesa, intentó comprar mediante el espía doble Rouc (comerciante francés afincado en Barcelona), con 5.000 escudos en mano y 6.000 de por vida a Boursier para que entregara el castillo, oferta que rechazó.

Mientras el ejército castellano construía trincheras alrededor del fuerte, levantando una muralla de 6 pies (2 metros) de altura y construyendo 2 fuertes, el fuerte principal tenía el nombre de Cervellón y estaba situado en el lado de la albufera, tocando el Mediterráneo estaba el fuerte de la Guardia. Se construyeron 3 baterías desde donde batían la plaza con unas 400 o 500 balas cada día.

La reacción francesa fue rápida: por un lado el 11 de septiembre se convocaron las milicias del Languedoc, por otra parte se llamó a las fuerzas que bajo el mando de Enrique Harcourt de Lorena, el conde de Harcourt, que había ido a reconquistar las islas Lerins. Estas fuerzas se unieron a las regulares de Carlos de Schomberg, el duque de Hallwin, formadas por el regimiento de Languedoc y sus jinetes.

Mientras se reunían estas tropas, la caballería española saqueaba el país hasta las mismas puertas de Narbona. La escasez de víveres en la plaza se volvía punzante y sus reductos exteriores quedaron progresivamente demolidos. La toma del fuerte se daba por hecho en España.

El 22 de septiembre, Schomberg revistaba sus tropas: 9.000 infantes y unos 800 jinetes. Los días 23 y 24 acampó en Sigean, en donde recibió nuevo refuerzo de 1.200 infantes y 200 jinetes. Juan de Cerbellón escribió reiteradamente al de Cardona le remitiese dos o tres mil infantes para hacer frente a las fuerzas que iban a llegar, pero no recibió ninguno.

El total de las fuerzas reunidas por el ejército francés era de 20.000 infantes y 4.000 jinetes.

El 28 de septiembre una vez el ejército francés llegó frente al campamento español, lo inspeccionó con atención. La superioridad en artillería de los castellanos era notable, ya que entre 15 y 20 cañones protegían los accesos exteriores al campo. En cambio los franceses sólo disponían de cañones de las galeras suministrados por el almirante Enrique de Escoubleau de Sourdis. Por esta razón, se decidió en consejo de guerra atacar el campamento español de noche y por cinco lugares diferentes, manteniendo una reserva.

Batalla de Leucata (27 de agosto al 29 de septiembre de 1.637)

En la tarde del 28 de septiembre, una hora antes de anochecer, los soldados franceses se lanzaron contra las trincheras españolas. Los españoles resistieron heroicamente tres asaltos consecutivos. El combate fue encarnizado y feroz, con alternativas de triunfos y de retrocesos.

Cuando los franceses se disponían de nuevo a embestir contra los españoles, la luna se ocultó, levantándose un fuerte viento que les cegaba con la polvareda y ambos combatientes se vieron precisados a interrumpir la lucha, porque en el desorden de la obscuridad llegaron a acometer contra los propios compañeros de armas. Los franceses se replegaron al atrincheramiento recién conquistado y aguardaron las luces del amanecer para reanudar la lucha. Con las primeras luces, los franceses comprobar que las empalizadas estaban desiertas. Los españoles habían levantado el cerco, y se habían retirado. Los últimos fugitivos trataban de ganar a nadó o a la carrera (bordeando la costa) la orilla opuesta de la albufera Salces-Leocata. Los franceses no salían de su asombro, en el campamento habían quedado toda la artillería. Unos 200 hombres del regimiento del Conde-duque ocupaban todavía el fuerte de Cervellón. Por la mañana fueron atacados y no se les dio cuartel.

En total las bajas españolas fueron de unos 1.500 hombres entre muertos, heridos y capturados, aparte de toda la artillería, 400 quintales de pólvora, 600 quintales de plomo, y la caja del ejército que fueron abandonadas y 12 estandartes (10 banderas y 2 cornetas de caballería) que fueron capturados. Los franceses, por su parte, sufrieron un gran número de bajas entre la nobleza (gentilhombres) del Languedoc. En total los franceses tuvieran unas 1.200 bajas.

A su regreso las tropas españolas a su punto de partida fueron debidamente guarnecidas las fortalezas fronterizas del Rosellón y de la Cerdeña y el resto de la tropa se distribuyó entre varias localidades catalanas, donde queda alojada para invernar. El conde-duque de Olivares acusó a los catalanes de no haberse implicado en la campaña, y estos replicaron que había estado mal planificada por los castellanos.

La derrota produjo un distanciamiento entre el principado de Cataluña y la corona española, de los diputados de la Generalitat, que comenzaron por manifestar su desazón con sendos memoriales al Rey, cargados de resentimiento, de invectivas contra los ejércitos de naciones, es decir, no catalanes, y de rudos acentos de protesta por lo que unos y otros creyeron infracción constitucional en la llamada a las armas. Por lo que se ve no hay nada nuevo bajo el sol de Cataluña.

 

Batalla naval de Guetaria (22 agosto de 1.638)

Durante los meses de febrero y marzo de 1.638 los franceses acometieron las plazas Hendaya y San Juan de Luz, Diego de Isasi Sarmiento al mando de la coronelía de Guipúzcoa, se distinguió en la defensa y obligó al enemigo a retirarse con numerosas pérdidas.

A primeros de julio, Enrique II de Borbón-Condé al mando de más de 20.000 franceses, cruzaron el río Bidasoa. Diego de Isasi, coronel de la provincia de Guipúzcoa, reunió como pudo unos 2.000 hombres, que hicieron lo que pudieron escaramuzando desde los lugares estratégicos, los franceses consiguieron hacerse con los lugares abiertos de Irún, Oyarzun, Lezo, Rentería y Pasajes. En los tres últimos estaban en actividad los astilleros, construyendo en ese momento 12 galeones para la armada real: cuatro se hallaban todavía sobre las gradas; cuatro, concluidos que pudieron sacarse; los otros cuatro quedaron en poder del enemigo, así como también 60 cañones de bronce que estaban en el muelle para armamento de los buques, que rápidamente fueron clavados. Tomaron igualmente el castillo de Higuer, situado sobre el cabo del mismo nombre, dominando la boca del Bidasoa, se presentaron ante Fuenterrabía a donde se pusieron a cavar trincheras por no dejar a plaza fuerte a su retaguardia. Dentro de ésta había, entre presidio y vecinos unos 700 hombres hábiles; la muralla que mira al mar estaba arruinada, pero no faltaban municiones. En los primeros días Alonso Idiáquez introdujo en la ciudad refuerzos. El gobernador era el maestre de campo Miguel Pérez de Egea, el defensor de la isla de Santa Margarita; puso a trabajar a todos incluidas las mujeres que fueron empleadas como auxiliares, se hincó estacada en sustitución de la muralla derruida y se prepararon para el asedio.

Cuando la noticia llegó a la corte, se dieron órdenes encaminadas para la formación en Navarra y Guipúzcoa de ejércitos bajo el mando del almirante de Castilla Juan Alonso Enríquez. Por mar se dieron, suspendiendo la marcha de las escuadras que estaban en Lisboa punto de salir para el Brasil, encargando también a Antonio de Oquendo que dejase en las Baleares los navíos de Nápoles, y que pasara con el resto al Cantabrico; también se dio la orden a Lope de Hoces, que partiese de la Coruña con el tercio de irlandeses que había traído de Flandes, para introducirlo en Fuenterrabía.

Mientras los navíos franceses se habían anticipado situándose en la concha del Bidasoa, bajo el castillo de Híguer, cerrando la boca del río con línea de lanchas encadenadas que completaban la circunvalación por tierra, aislando completamente Fuenterrabia. Alonso Idiáquez procuró inútilmente forzarla con sus zabras y pinazas para aumentar el socorro de la plaza; las fuerzas superiores del bloqueo le rechazaron con pérdida. Idiaquez pidió que la flota de Lisboa rompiese el bloqueo, pero su petición fue rechazada.

Enrique de Escoubleau de Sourdis, arzobispo de Burdeos pasó desde el Mediterráneo con una flota compuesta de 64 velas, de ellas 44 gruesas de guerra, 2 pataches, 4 urcas, 12 transportes con municiones de guerra, 12 navíos de fuego (brulotes), con 2.000 mosqueteros del regimiento La Couronne y 10 compañías de infantes de marina, con 5.200 hombres. Su primera disposición fue hacer alarde de fuerza ante la plaza sitiada disponiendo en parada las naves, entre las que descollaban La Couronne, de 2.000 toneladas, Le Vaisseau du Roy, de 1.000.

A pesar de la presencia de la flota, Alonso Idiáquez intentó, en circunstancias favorables de marea y viento, forzar el bloqueo, romper la cadena de lanchas introducir víveres municiones en Fuenterrabía con 60 pinazas. Siendo cañoneadas por la escuadra, dos de las pinazas se sumergieron, y las demás hubieron de volver forzosamente a San Sebastián.

El 17 de agosto el señor de Montigny, que llevaba dos días con una escuadra de 8 navíos, 2 pataches y 2 brulotes haciendo la guarda entre San Sebastián e Higuer avistó 14 galeones a la altura de Getaria enviando la fragata del barón de Marsay a avisar a Sourdis. Se trataba de la armada de Lope de Hoces que había salido de La Coruña con orden de apoyar al almirante de Castilla en la liberación de Hondarribia. Esta escuadra estaba compuesta por 17 barcos de gran porte, 12 galeones, la almiranta y vicealmiranta de entre 800 y 1.000 toneladas y el resto de 600 a 700, dos navíos y tres fragatas de Dunkerque y transportaba 3.000 soldados para reforzar el ejército de auxilio. En una carta enviada por Lope de Hoces, tras el desastre, al rey afirmaba que “los galeones de su flota estaban mal prevenidos por la desprevención y poco tiempo, y peor tripulados, con bisoños la mayor parte de los marineros, y el todo de la infantería, gente miserable y presos de Galicia por los obispos y frailes, pastores que guardaban ganado transformados de golpe en soldados, y enviarlos a pelear, y que aun de esta gente faltaban más de 550 plazas para la tripulación que les tocaba“.

Sourdis reunió consejo e informa a sus capitanes que él personalmente zarparía con una escuadra de 10 navíos de guerra más d2 brulotes e iría a reunirse con Montigny. En la bahía de Hondarribia permanecerá el resto de la flota, 20 navíos más una chalupa armada de cada uno de los barcos que habían partido bajo las ordenes del vicealmirante. Sourdis dio la orden a Delaunay-Razilly (La Couronne) para que protegiera el puerto y envió copia de sus órdenes a Condé. Éste no quería que el arzobispo dejara la guardia del canal bajo ningún pretexto, por ello Sourdis no esperó la repuesta de Condé y decidió zarpar.

Sourdis consideraba que mantener toda la flota para guardar el canal era ridículo, pues creía que con unos pocos navíos y algunas chalupas armadas era suficiente, además consideraba que el lugar de fondeo era muy peligroso y que en cualquier momento podría perder la flota.

Así, a las once de la noche levantan anclas aprovechando el viento terral y se dirigieron hacia Getaria, pero la calma les sorprendió a la altura de Pasajes. A esto se le uniría una marejadilla del oeste que arrastró la flota hacia la costa. El propio Arzobispo, viendo el peligro, embarcó en un patache para salvar la vida. La marejadilla arrastró la flota hacia las costas de Bayona, donde se vieron obligados a echar el ancla para capear el temporal. En estas circunstancias llegó mensaje de Montigny diciendo que tenía cercados a los galeones en Getaria, pero que no podría aguantar mucho tiempo por estar en inferioridad en fuerzas. El día 19 por la mañana, un viento terral permitió zarpar hacia Getaria donde llegan ese mismo día. El día 20 y 21 la falta de viento impidió cualquier tipo de operación naval. Mientras, Lope de Hoces atrapado decidió desembarcar la artillería y fortificarse en tierra y si el enemigo quería llevarse los navíos, los quemaría primero. Los franceses vieron movimiento de caballería e infantería (milicias forales) en tierra y observaron cómo se construían baterías.

El día 22 de agosto el fuego de estas baterías obligó a la escuadra francesa a retirase fuera de su radio de acción, la almiranta fue alcanzada en un mástil y mató a dos marineros en cubierta. Hacia las diez de la mañana el viento empezó a soplar en dirección este-nordeste, creando la situación inmejorable para el ataque. Se preparan los brulotes y los barcos de apoyo y se dirigen hacia la escuadra española. Ésta, junto con las cinco baterías de tierra, abrió fuego sobre la escuadra que se les venía encima. Eran las 12,00 horas, la batalla naval de Getaria había empezado. Uno de los brulotes alcanzó a la vicealmiranta española. Poco después otros galeones fueron alcanzados. La escuadra francesa levantó anclas y se dirigió hacia la escuadra española disparando a discreción.

El efecto de los brulotes fue devastador. Casi todos los galeones españoles, fueron incendiados. Lope de Hoces dió la orden de quemar aquellos que no habían sido alcanzado por el fuego enemigo para impedir que fueran apresados. La almiranta estaba protegida bajo las baterías del muelle de Getaria. Rodeado por algunas embarcaciones de su flota que le protegían del fuego enemigo, un brulote fue dirigido hacia este grupo tratando de alcanzar la almiranta pero fue tocado en el timón y terminó abordando a uno de los barcos que la protegía.

Batalla naval de Getaria 22 agosto de 1638. Autor Andries van Eertvelt

Sin embargo, al poco tiempo una terrible explosión lanzó la almiranta española por los aires. No se sabe bien si a consecuencia del brulote francés o de los disparos de las baterías de tierra que disparaban por entre la escuadra de Hoces. La confusión y el desorden eran terribles. Nadie escucha las ordenes de nadie, todo el mundo trata de salvarse. Se lanzaron al agua y tratan de alcanzar los botes de salvamento y algunas chalupas que habían enviado los de Zarautz, fueron abordadas y con exceso de peso se fueron al fondo. Mientras ocurría esta espeluznante escena, reventaron los cañones que habían sido abandonados en la almiranta sin disparar y a esto se unió la explosión de algunos de ellos al alcanzar el fuego la santa bárbara de ese navío.

Una lluvia de fuego y hierro cayó sobre los restos de la escuadra, sobre aquellos que a nado intentaban alcanzar la costa y sobre aquellos que ya la habían alcanzado y se creían a salvo. Los propios franceses quedaron impresionados al ver la imagen dantesca de una Getaria arrasada por esta furia abrasadora, y los montes de los alrededores padecieron un pavoroso incendio que se prolongó durante varios días. La batalla duró desde las 12,00 horas hasta las 18,00 del 22 de agosto de 1.638. El número de bajas, como en todo conflicto, es variable, según los orígenes de la información. Las fuentes francesas hablan de desperfectos de poca consideración en algunos de sus navíos y apenas 30 o 40 muertos entre soldados y marineros. En cuanto a la flota española dan la cifra de entre 5.000 y 8.000 muertos. Las fuentes españolas solo hablan de 1.500.

Tras la batalla naval de Getaria, los franceses vieron más cerca que nunca la toma de Hondarribia, Richelieu escribió al arzobispo Sourdis para felicitarle y le animó a acabar cuanto antes el sitio para que pueda poner proa a otros objetivos, señalándole el de La Coruña. El arzobispo se encontraba exultante, tras la victoria, el Cardenal insistió a Sourdis en que animase a Condé, pues al parece estaba algo deprimido por el desarrollo del asedio.

 

Batalla de Hondarribia (1.638)

En el recinto amurallado de Hondarribia, los defensores apenas llegaban a 700: 500 soldados, incluida una compañía de irlandeses, y 200 vecinos, a los que rápidamente se sumaron 50 hombres de Tolosa y 22 de Azpeitia, enviados por la diputación a Guerra.

El asedio duró 79 días, fue horroroso. Había caído sobre la ciudad una lluvia de hierro plomo, las casas estaban desmoronadas por las bombas, habían caído 16.000 balas de cañón y 473 bombas de mortero, que explotaban una vez llegadas a su objetivo y causaron grandes estragos; se habían desmenuzado las murallas por la voladura de 7 minas, causando dos brechas en las murallas; se habían quemado los reparos, y se habían rechazado 9 asaltos. De los 700 hombres con armas, al cabo de un mes sólo quedaban 300. El socorro del exterior, que había sido prometido, no llegaba. Cada día era más difícil y la resistencia estaba al límite.

Asedio francés de Hondarribia 1638. Vista del asedio. Grabado español

El 7 de septiembre, un ejército español dirigido por Juan Alfonso Enríquez de Cabrera, IX almirante de Castilla, acudió en auxilio de la ciudad. Sus fuerzas e estiman en 15.000 infantes y 500 jinetes, entre los que se encontraban las milicias forales, Gipuzkoa enviaba 3.000 hombres, Alaba 500, y Bizcaya un regimiento. Por los altos y laderas del Jaizkibel llegaron sobre el campamento francés, el regimiento de caballería Enghien trató de presentar resistencia cuando las líneas y las defensas del campamento fortificado francés fueron rotas por el ejército de socorro y la mayor parte de los soldados franceses corrieron hacia el Bidasoa, ladera abajo, presas de un pánico incontrolable a quedar cogidos entre la tenaza de la fortaleza de Hondarribia y sus defensores, que continúan haciendo fuego sobre ellos, y las tropas recién llegadas en socorro de esos irreductibles defensores de la plaza.

Asedio francés de Hondarribia 1638. Plano del asedio. Grabado francés

El gesto del regimiento de Condé, fue inútil. La carga de la caballería del ejército de socorro fue devastadora y dejó prácticamente aniquilado ese regimiento.

La derrota, considerada desastrosa por los franceses, fue atribuida por Enrique d’Escoubleau de Sourdis a uno de sus generales, Bernardo de La Valette, duque d’Épernon, que se había negado a dirigir un ataque ordenado por Sourdis, en la creencia de que no podía tener éxito.

Las bajas francesas, entre muertos y heridos, se calculan en 4.000; en unos 2.000 los prisioneros. No hay datos de las bajas españolas.

El hecho se celebra todavía todos los días 8 de septiembre con un desfile denominado El Alarde. La ciudad recibió el título de “Muy noble, muy leal, muy valerosa y muy siempre fiel”.

El ingenioso escritor Francisco de Quevedo contó una chanza al respecto:

Huyeron los hugonotes,
y se dexaron las bragas,
y no las dexaron limpias,
pues descubrieron la caca.”

Sin embargo, no todo fueron alegrías, en diciembre de 1.638, Bernardo de Sajonia-Weimar logró apoderarse de Brisach, una importante ciudad alsaciana. El paso entre el ducado de Milán y los Países Bajos españoles quedaba cerrado. A partir de entonces, España se vio obligada a enviar refuerzos por mar, incluso aunque tuviera que enfrentarse a la marina inglesa.

Entrada creada originalmente por Arre caballo! el 2018-03-15. Última modificacion 2018-03-15.